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PERRO DE OJOS NEGROS

María José Caro  

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Fragmento

Lima, 10 de agosto

El tren de aterrizaje empieza a desplegarse sobre la costa; detrás de la ventana, un colchón de nubes turbias entorpece el descenso. Me repito que es algo natural, como decía mi abuelo, el cielo y los sueños se asemejan a una carretera mal asfaltada. Odio los aviones; sin embargo, el poco clonazepam que queda en mi cuerpo atenúa mi vértigo. Entre la bruma alcanzo a distinguir un par de buques de carga que inician su ruta por el Pacífico. Sé que tendré que alquilar uno de esos containers de colores cuando regrese definitivamente a Lima; muchos cachivaches deben dejar la península conmigo. No soy materialista, pero es imposible instalarse en un lugar sin una pila de objetos que actúe como mástil de bandera de conquista. Entre otras cosas, soy propietaria de una máquina de escribir Remington Deluxe Model 5. Me la regaló C para combatir mi falta de determinación. La compró un domingo de mercado de pulgas en el barrio de Lavapiés y luego apareció en mi departamento, jadeando igual que un chico de delivery que llega tarde. Llevaba la máquina en los brazos como si se tratara de una promesa postergada. Apagó la televisión y bebió un vaso de agua. Me habló del poder de lo irreparable, de la fuerza que envuelve a las cosas una vez que están resueltas. A diferencia de lo que ocurre con mi laptop, con una máquina por fin dejaría de borrar cada oración. Tendría fe. Las palabras surgirían de mis entrañas causándome convulsiones, las letras viajarían hacia el papel en un hachazo sin retorno, como sucedía en tantas novelas

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