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PERSUASIóN

Jane Austen  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Se advierte al lector que la

«Introducción» revela aspectos de la trama

Persuasiones

En 1815, unos meses antes de empezar a escribir Persuasión, Jane Austen comprendió con amargura que había empujado a su querida sobrina Fanny Knight hacia un largo noviazgo. Había escrito favorablemente1 sobre el pretendiente de su sobrina y el cariño que ésta sentía por su tía se convirtió en motivo para aceptar al joven. Jane Austen se quedó consternada, tanto por su responsabilidad en el compromiso como por las perspectivas de la relación durante un período de noviazgo de seis o siete años.

Con gran sensatez, prevé la improbabilidad de que Fanny mantenga el compromiso sentimental durante la etapa necesaria de noviazgo.

No temería que te casaras con él, pues, con toda su valía, pronto llegarás a amarlo lo suficiente para que ambos seáis felices, pero sí me preocuparía la continuidad de esta suerte de compromiso tácito, con toda su incerteza en cuanto a cuándo podría llegar a completarse. Pueden transcurrir años antes de que él sea independiente. Te gusta lo suficiente para casarte con él, pero no tanto para esperar.2

Tras haberse mostrado a favor del hombre, Jane Austen se descubre como causa del compromiso. Se rebela. Va más allá: sitúa la motivación del compromiso en un plano más cercano a la vergüenza social que al amor entregado, más relacionado con el castigo que con el placer.

Parecer veleidosa resulta sumamente desagradable, pero si crees que mereces un castigo por tus ilusiones del pasado, ahí lo tienes, pero nada puede compararse con la desgracia de estar unida a alguien sin amor; de estar unida a uno cuando se prefiere a otro. Ese es un castigo que no te mereces.

La inquietud que provocan en Jane Austen la persuasión y la responsabilidad se expresan aquí de manera apasionada. Se niega a formar parte de la maquinaria de la que Fanny se sirve para formalizar su compromiso. Convertirse en el motivo que justifique de cara a la galería las acciones de otra persona la espanta. Aun así, no puede evitar intentar persuadirla, con fines disuasorios.

Bien, mi querida Fanny, te comentaré un asunto que surge de manera natural. Me has dado un susto de muerte al mencionarme. Tu cariño me causa un gran placer, pero no debes permitir que nada dependa de mi opinión. Tus sentimientos y solamente los tuyos deberían decidir en un asunto tan importante. Sin embargo, no tengo reparo alguno en responder a tu pregunta. Estoy plenamente convencida de que tus sentimientos actuales, suponiendo que te casaras ahora, bastarían para la felicidad de él. Pero cuando pienso en lo muy, muy lejano que está ese «ahora» y cuando considero todo lo que «puede ocurrir», no me atrevo a decirte que te decidas a aceptarlo. El riesgo para ti es demasiado grande, a menos que sean tus sentimientos los que lo suscitan.3

Jane Austen tiene motivos para oponerse; no está convencida de la capacidad de Fanny para soportar la demora ni confía en la fuerza de su amor. Si pretende evitar formar parte de los mecanismos mentales de su sobrina en favor del compromiso, debe manifestarse persuasivamente en contra del mismo. Esto significa inventar un futuro.

El hecho de persuadir a alguien sobre cierto asunto siempre implica señalar acciones aún no realizadas, que se entrelazan con posibles futuros y ficciones necesarias. Conlleva muchos riesgos, ya que el resultado de las acciones no puede acotarse por completo. En esta situación real, Jane Austen apunta al menor de los males: es mejor ser tenida por veleidosa, y tal vez no conocer jamás a un hombre como él, que unirse de manera prematura, antes de saborear la plenitud del amor.

Cuando pienso en los pocos jóvenes que has tenido ocasión de conocer, en tu capacidad (sí, sigo pensando que eres muy capaz) de enamorarte de verdad, y en cuán llenos de tentaciones probablemente estarán los próximos seis o siete años de tu vida (es justo en este período en que se forman los vínculos más fuertes), no puedo desear, teniendo en cuenta tus fríos sentimientos, que te entregues por completo a él.4

Todo esto se basa en su convencimiento de que Fanny no está plenamente comprometida o enamorada. Pero ¿y si estaba equivocada? ¿Y si su sobrina languideciera, con resentimiento o magnanimidad, tras la ruptura? Con la vehemencia de su carta, Austen parece querer apartarla a la fuerza de una senda peligrosa, dispuesta a aceptar el riesgo de actuar con brusquedad, con crueldad si fuera necesario, a fin de evitarle un daño grave.

Las dudas y los dilemas de este caso se proyectan de un modo curioso sobre los conflictos que se presentan en Persuasión. Aquí, Anne Elliot, al volver la vista atrás, se muestra partidaria de «una inclinación tan firme y temprana, de una confianza optimista en el porvenir y en contra de esas precauciones excesivas que parecen desdeñar el esfuerzo y la fe en la ayuda providencial» (4). En ésta, su última novela acabada, escrita en un momento en que empezaba ya a notar los síntomas y el posible desenlace de su fatal enfermedad, Jane Austen describe las consecuencias de un compromiso roto. El temor a un noviazgo largo e indefinido aparece en la novela como un miedo real. Sin embargo, la separación de Anne Elliot y Frederick Wentworth simplemente sustituye un distanciamiento prolongado debido al largo compromiso. Ninguno de los dos ha encontrado un nuevo amor, pero al principio de la novela tampoco parecen creer en un posible renacimiento de sus antiguos sentimientos. Anne Elliot, al reflexionar sobre el período de tiempo transcurrido desde que su amiga y consejera Mrs. Russell la persuadiera de separarse de Wentworth, se pregunta:

¿Qué no había ocurrido en ocho años? Acontecimientos de toda clase, cambios, mudanzas, partidas, todo, todo había sucedido en aquel tiempo; y ¡cuán natural era que entre todo aquello se olvidara el pasado! (7)

Al igual que Mrs. Russell, Jane Austen advirtió a Fanny del riesgo de un compromiso largo e indefinido con un hombre que no podía garantizar una independencia económica. Sin embargo, ella lo hizo porque no creía que su sobrina estuviera comprometida emocionalmente con él, de un modo que le permitiera mantener sus sentimientos intactos a lo largo de varios años. El razonamiento de Mrs. Russell es más mundano, aunque no muy distinto del de Austen.

Mrs. Russell percibe el posible compromiso de Anne Elliot como «un desperdicio»:

¡Anne Elliot, una mujercita tan joven, a la que tan pocos conocían, arrancada de su casa por un extraño sin posición ni fortuna, o arrastrada a una vida de fatigas y obligaciones que sin duda acabarían por destruir su juventud! No podía ser. La intervención de la amistad y los consejos de quien la amaba como una madre y asumía las obligaciones de ésta habrían de impedirlo. (4)

Mrs. Russell pretendía salvar a Anne de «una vida de fatigas y obligaciones que sin duda acabarían por destruir su juventud», pero la ruptura tuvo unas consecuencias emocionales que, de todos modos, destruyeron su juventud: «La melancolía del amor contrariado ensombreció las ilusiones de su juventud, y como efecto definitivo de aquel sacrificio pasional su lozanía se esfumó y huyó para siempre la lozanía de su espíritu» (4). Mrs. Russell había supuesto, de acuerdo con el sentido común social, que Anne superaría la ruptura y que no era necesario tomarse el compromiso de una joven de diecinueve años con mucho celo. En Persuasión, Jane Austen sigue una línea de posibilidad distinta: la disuasión puede ser, en realidad, la forma más perjudicial de persuasión.

La persuasión puede ser una empresa cruel, como se expresa en la novela favorita de Austen: Sir Charles Grandison (1753-1754), de Samuel Richardson:

Sin embargo, los ruegos de esos amigos, sin duda cargados de buenas intenciones, nos expanden y desarman el corazón, y hacen que deseemos complacerlos; y así, caemos en el abatimiento, tanto si accedemos a sus ruegos como si no. Creedme... la persuasión conlleva una gran crueldad que afecta más a los indulgentes y amables que a los testarudos. Quienes persuaden no saben lo que hacen sufrir a esas personas. (Sir Charles Grandison, VI, Carta 34)

El cariño entre la gente funciona aquí como una herida. La intención de quienes aconsejan es buena pero opresiva en su cuestionamiento del corazón afectado.

Tres novelas de Jane Austen establecen un debate intelectual y moral en sus títulos, dos de ellas son Sentido y sensibilidad y Orgullo y prejuicio. La tercera es Persuasión. Los dos primeros títulos han provocado numerosos comentarios acerca de los razonamientos combativos que exponen; sin embargo, el complicado debate que insinúa el título Per

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