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PERSUASIóN

Jane Austen  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Se advierte al lector que la

«Introducción» revela aspectos de la trama

Persuasiones

En 1815, unos meses antes de empezar a escribir Persuasión, Jane Austen comprendió con amargura que había empujado a su querida sobrina Fanny Knight hacia un largo noviazgo. Había escrito favorablemente1 sobre el pretendiente de su sobrina y el cariño que ésta sentía por su tía se convirtió en motivo para aceptar al joven. Jane Austen se quedó consternada, tanto por su responsabilidad en el compromiso como por las perspectivas de la relación durante un período de noviazgo de seis o siete años.

Con gran sensatez, prevé la improbabilidad de que Fanny mantenga el compromiso sentimental durante la etapa necesaria de noviazgo.

No temería que te casaras con él, pues, con toda su valía, pronto llegarás a amarlo lo suficiente para que ambos seáis felices, pero sí me preocuparía la continuidad de esta suerte de compromiso tácito, con toda su incerteza en cuanto a cuándo podría llegar a completarse. Pueden transcurrir años antes de que él sea independiente. Te gusta lo suficiente para casarte con él, pero no tanto para esperar.2

Recibe antes que nadie historias como ésta

Tras haberse mostrado a favor del hombre, Jane Austen se descubre como causa del compromiso. Se rebela. Va más allá: sitúa la motivación del compromiso en un plano más cercano a la vergüenza social que al amor entregado, más relacionado con el castigo que con el placer.

Parecer veleidosa resulta sumamente desagradable, pero si crees que mereces un castigo por tus ilusiones del pasado, ahí lo tienes, pero nada puede compararse con la desgracia de estar unida a alguien sin amor; de estar unida a uno cuando se prefiere a otro. Ese es un castigo que no te mereces.

La inquietud que provocan en Jane Austen la persuasión y la responsabilidad se expresan aquí de manera apasionada. Se niega a formar parte de la maquinaria de la que Fanny se sirve para formalizar su compromiso. Convertirse en el motivo que justifique de cara a la galería las acciones de otra persona la espanta. Aun así, no puede evitar intentar persuadirla, con fines disuasorios.

Bien, mi querida Fanny, te comentaré un asunto que surge de manera natural. Me has dado un susto de muerte al mencionarme. Tu cariño me causa un gran placer, pero no debes permitir que nada dependa de mi opinión. Tus sentimientos y solamente los tuyos deberían decidir en un asunto tan importante. Sin embargo, no tengo reparo alguno en responder a tu pregunta. Estoy plenamente convencida de que tus sentimientos actuales, suponiendo que te casaras ahora, bastarían para la felicidad de él. Pero cuando pienso en lo muy, muy lejano que está ese «ahora» y cuando considero todo lo que «puede ocurrir», no me atrevo a decirte que te decidas a aceptarlo. El riesgo para ti es demasiado grande, a menos que sean tus sentimientos los que lo suscitan.3

Jane Austen tiene motivos para oponerse; no está convencida de la capacidad de Fanny para soportar la demora ni confía en la fuerza de su amor. Si pretende evitar formar parte de los mecanismos mentales de su sobrina en favor del compromiso, debe manifestarse persuasivamente en contra del mismo. Esto significa inventar un futuro.

El hecho de persuadir a alguien sobre cierto asunto siempre implica señalar acciones aún no realizadas, que se entrelazan con posibles futuros y ficciones necesarias. Conlleva muchos riesgos, ya que el resultado de las acciones no puede acotarse por completo. En esta situación real, Jane Austen apunta al menor de los males: es mejor ser tenida por veleidosa, y tal vez no conocer jamás a un hombre como él, que unirse de manera prematura, antes de saborear la plenitud del amor.

Cuando pienso en los pocos jóvenes que has tenido ocasión de conocer, en tu capacidad (sí, sigo pensando que eres muy capaz) de enamorarte de verdad, y en cuán llenos de tentaciones probablemente estarán los próximos seis o siete años de tu vida (es justo en este período en que se forman los vínculos más fuertes), no puedo desear, teniendo en cuenta tus fríos sentimientos, que te entregues por completo a él.4

Todo esto se basa en su convencimiento de que Fanny no está plenamente comprometida o enamorada. Pero ¿y si estaba equivocada? ¿Y si su sobrina languideciera, con resentimiento o magnanimidad, tras la ruptura? Con la vehemencia de su carta, Austen parece querer apartarla a la fuerza de una senda peligrosa, dispuesta a aceptar el riesgo de actuar con brusquedad, con crueldad si fuera necesario, a fin de evitarle un daño grave.

Las dudas y los dilemas de este caso se proyectan de un modo curioso sobre los conflictos que se presentan en Persuasión. Aquí, Anne Elliot, al volver la vista atrás, se muestra partidaria de «una inclinación tan firme y temprana, de una confianza optimista en el porvenir y en contra de esas precauciones excesivas que parecen desdeñar el esfuerzo y la fe en la ayuda providencial» (4). En ésta, su última novela acabada, escrita en un momento en que empezaba ya a notar los síntomas y el posible desenlace de su fatal enfermedad, Jane Austen describe las consecuencias de un compromiso roto. El temor a un noviazgo largo e indefinido aparece en la novela como un miedo real. Sin embargo, la separación de Anne Elliot y Frederick Wentworth simplemente sustituye un distanciamiento prolongado debido al largo compromiso. Ninguno de los dos ha encontrado un nuevo amor, pero al principio de la novela tampoco parecen creer en un posible renacimiento de sus antiguos sentimientos. Anne Elliot, al reflexionar sobre el período de tiempo transcurrido desde que su amiga y consejera Mrs. Russell la persuadiera de separarse de Wentworth, se pregunta:

¿Qué no había ocurrido en ocho años? Acontecimientos de toda clase, cambios, mudanzas, partidas, todo, todo había sucedido en aquel tiempo; y ¡cuán natural era que entre todo aquello se olvidara el pasado! (7)

Al igual que Mrs. Russell, Jane Austen advirtió a Fanny del riesgo de un compromiso largo e indefinido con un hombre que no podía garantizar una independencia económica. Sin embargo, ella lo hizo porque no creía que su sobrina estuviera comprometida emocionalmente con él, de un modo que le permitiera mantener sus sentimientos intactos a lo largo de varios años. El razonamiento de Mrs. Russell es más mundano, aunque no muy distinto del de Austen.

Mrs. Russell percibe el posible compromiso de Anne Elliot como «un desperdicio»:

¡Anne Elliot, una mujercita tan joven, a la que tan pocos conocían, arrancada de su casa por un extraño sin posición ni fortuna, o arrastrada a una vida de fatigas y obligaciones que sin duda acabarían por destruir su juventud! No podía ser. La intervención de la amistad y los consejos de quien la amaba como una madre y asumía las obligaciones de ésta habrían de impedirlo. (4)

Mrs. Russell pretendía salvar a Anne de «una vida de fatigas y obligaciones que sin duda acabarían por destruir su juventud», pero la ruptura tuvo unas consecuencias emocionales que, de todos modos, destruyeron su juventud: «La melancolía del amor contrariado ensombreció las ilusiones de su juventud, y como efecto definitivo de aquel sacrificio pasional su lozanía se esfumó y huyó para siempre la lozanía de su espíritu» (4). Mrs. Russell había supuesto, de acuerdo con el sentido común social, que Anne superaría la ruptura y que no era necesario tomarse el compromiso de una joven de diecinueve años con mucho celo. En Persuasión, Jane Austen sigue una línea de posibilidad distinta: la disuasión puede ser, en realidad, la forma más perjudicial de persuasión.

La persuasión puede ser una empresa cruel, como se expresa en la novela favorita de Austen: Sir Charles Grandison (1753-1754), de Samuel Richardson:

Sin embargo, los ruegos de esos amigos, sin duda cargados de buenas intenciones, nos expanden y desarman el corazón, y hacen que deseemos complacerlos; y así, caemos en el abatimiento, tanto si accedemos a sus ruegos como si no. Creedme... la persuasión conlleva una gran crueldad que afecta más a los indulgentes y amables que a los testarudos. Quienes persuaden no saben lo que hacen sufrir a esas personas. (Sir Charles Grandison, VI, Carta 34)

El cariño entre la gente funciona aquí como una herida. La intención de quienes aconsejan es buena pero opresiva en su cuestionamiento del corazón afectado.

Tres novelas de Jane Austen establecen un debate intelectual y moral en sus títulos, dos de ellas son Sentido y sensibilidad y Orgullo y prejuicio. La tercera es Persuasión. Los dos primeros títulos han provocado numerosos comentarios acerca de los razonamientos combativos que exponen; sin embargo, el complicado debate que insinúa el título Persuasión se ha pasado por alto en gran medida. A decir verdad, la naturaleza debatible de la persuasión ha pasado curiosamente inadvertida. Mientras que las dos novelas anteriores polarizan cualidades (el sentido y la sensibilidad) o las sitúan en difícil yuxtaposición (el orgullo y el prejuicio), Persuasión comprende todos los debates en un único término. La persuasión es el objetivo de toda retórica. Es una energía de carácter dual, astuta como la serpiente, redentora como la conversión razonada. Es el arte de la seducción y del esclarecimiento a un mismo tiempo.

A Jane Austen y a sus primeros lectores la idea de que el ejercicio de la persuasión abarca estos valores discordantes no debió de sorprenderles. Los razonamientos de la filosofía clásica y los relatos de la Biblia ya sugerían los peligros del engaño en la persuasión, del mismo modo que los diccionarios de la época. En su Diccionario de la lengua inglesa (1755), Johnson cita El paraíso perdido:

Sus persuasiones [de la serpiente]

me han convencido de suerte,

que yo también he comido.

Para Johnson la persuasión es, en primer lugar, «la acción de persuadir; la acción de influir por medio de objeciones; la acción de alcanzar las pasiones o de aspirar a ello». La deriva hacia la seducción se expresa en la segunda parte, mientras que en la primera se refiere a la acción de convencer. En sus definiciones del verbo «persuadir», comenta que «la persuasión parece bastante aplicable a las pasiones, y un argumento para la razón, pero esto no siempre se observa». En los términos de Johnson, quien persuade es alguien desmesurado: «Se aplica al que influye mediante persuasión; consejero insistente». Sorprende que, según su criterio, el hecho de ser persuadido pueda obedecer a un acto racional, pero que la acción de persuadir sea, en el mejor de los casos, moralmente ambigua.

Así pues, Austen y sus lectores eran conscientes de que la persuasión estaba plagada de peligros morales. Sin embargo, era también el arte fundamental de la comunicación. (Al fin y al cabo, el escritor de ficción es una gran figura persuasiva.) La retórica, sostiene Sócrates en Gorgias de Platón, «es la autora de la persuasión, que hace creer, y no de la que hace saber, respecto de lo justo y de lo injusto».5 La creencia que elude el criterio de la justicia es sin duda peligrosa. En Persuasión, Austen extrae paulatinamente las implicaciones de distinguir entre persuasión justa e injusta. Aristóteles, en su Retórica, describe tres modos de persuasión. La primera depende de la posición y el carácter de la persona que expone el razonamiento: quien habla es resuelto (ethos), y así lo percibe Anne cuando Mrs. Russell le aconseja:

A pesar de su juventud y de su carácter dócil y sumiso, cabía la posibilidad de que osara desafiar a su padre, quien contaba con el firme apoyo de Elizabeth. Pero la intervención amable y tenaz de Mrs. Russell, a quien Anne tanto amaba y en quien confiaba ciegamente, acabó por persuadirla de que aquel noviazgo era una cosa disparatada, improcedente y de muy dudoso éxito. (4)

Anne confía en Mrs. Russell, y de ahí el poder de la mujer, pues como Aristóteles sostiene: «A los hombres buenos les creemos de modo más pleno y con menos vacilación».6 Persuasión explora las dolorosas consecuencias de un consejo en apariencia sensato ofrecido por una buena amiga. Cuestiona la fiabilidad del ethos y de la autoridad. Si bien resulta acertado que Anne, a sus diecinueve años, se deje persuadir, probablemente Mrs. Russell se equivoca al ejercer su influencia sobre ella.

En la novela, la palabra «persuasión» aparece con frecuencia a través de la forma activa del verbo «persuadir». Persuadir significa adquirir poder sobre los otros, en ocasiones con delicadeza y por su bien, otras veces para obtener una satisfacción personal. Puede resultar difícil distinguir una intención de la otra. La persuasión tiene tanta relación con la propia conveniencia como con la acción noble. La propia Anne asume constantemente el papel de figura persuasiva, para conveniencia de otros.

—¿Por qué no tratas de convencer a Mary de que no está enferma? —le decía Charles.

Y Mary, con tono compungido, le confesaba:

—Estoy convencida de que si Charles me viese morir aún pensaría que no tenía nada. Creo, Anne, que si quisieras, podrías persuadirlo de que estoy realmente mal, mucho peor de lo que demuestro. (6)

Mary deja a Anne en casa al cuidado de su hijo enfermo, y comenta con ligereza su propia incompetencia: «Si estuviera siempre encerrada con el chico no lograría contener sus caprichos. Anne se quedará y cuidará de él» (7). Pero a Anne, que ha aceptado la responsabilidad (evitando así el temido encuentro con el capitán Wentworth), «no hubo modo de persuadirla» (7) cuando la invitaron a reunirse con ellos por la tarde. ¿Quién persuade a quién en esta escena? Anne se queda de buena fe al cuidado del niño, pero por el momento le ha servido para evitar la incomodidad de un encuentro con Wentworth, una perspectiva que le causa dolor y fascinación. Pero eso sólo lo saben Anne y el lector. Descubrimos las relaciones entre el autoengaño y las buenas acciones.

El atributo de distinción de Louisa Musgrove, y lo que atrae a Wentworth, es su convencimiento de ser una persona decidida a elegir su propio camino: «A mí no se me convence tan fácilmente» (10). Ha apoyado con firmeza la intención de su hermana Henrietta de visitar a sus primas (y reconciliarse con su pretendiente, Charles Hayter), en contra de los deseos caprichosos de Mary Musgrove. Sin embargo, su seguridad en que lo que está decidida a hacer es lo correcto, como justifica en esta conversación, es tal que, como confirma después, resulta imposible diferenciarla de su obstinación. Salta del Cobb con petulante seguridad y se hace daño a ella misma y también a los demás. Wentworth, que con anterioridad ha aprobado su negativa a dejarse persuadir, se siente en parte responsable de su acto. Anne piensa con ánimo vengativo que «si a él se le ocurriría meditar acerca de sus propias opiniones respecto de las ventajas que reportan a la felicidad humana las personalidades firmes y resueltas» (12).

Mrs. Russell tiene fama de ser «capaz de convencer a cualquiera de cualquier cosa. Por supuesto, le tengo miedo», manifiesta Henrietta Musgrove (12). Anne, tan hábil para persuadir a la gente a fin de facilitar la vida diaria, duda constantemente si hizo bien en permitir que Mrs. Russell la convenciera tiempo atrás de que abandonara a Wentworth. Sabe que ha sufrido por ello, pero aún siente que no tuvo elección. Teme incluso que, si Mrs. Smith no lo hubiera revelado todo, Mrs. Russell pudiera haberla convencido de que se casara con Elliot: «Hasta hubiera sido probable que Mrs. Russell tratara de persuadirla» (21).

No es hasta el final de la novela cuando la protagonista es capaz de esclarecer las implicaciones éticas y sentimentales de este acto de persuasión en particular para su propia satisfacción. Decide que hizo lo correcto al consentir, y que, pese a lo desacertado del consejo, Mrs. Russell no se equivocó necesariamente en su intención de persuadirla: «Se trataba quizá de uno de esos casos en que la indicación sugerida no es buena ni mala en sí, sino que el acierto o el desacierto dependen de los acontecimientos posteriores. En cuanto a mí, le aseguro que en circunstancias similares me guardaría de dar un consejo semejante» (23). Esta postura débil y relativista se alcanza a partir de toda la reflexión que se hace a lo largo de la novela sobre las presiones del poder, las seducciones y los nuevos caminos que abre la persuasión. La condensación en una sola palabra de impulsos y resultados tan diversos permite al lector reflexionar con pleno conocimiento. Esa disposición mental, más que el escenario otoñal o la atmósfera de la obra, es lo que hace que Persuasión sea recordada como una novela seria, incluso profunda, pese a la relativa ligereza de su textura narrativa.

 

Parentescos y organizaciones

 

Persuasión se abre con la entrada dedicada a la familia Elliot en el libro favorito de sir Walter, la Crónica de los baronets. Dicha entrada contiene información muy dolorosa. La ausencia fundamental en esta historia familiar es la de «un hijo, nacido muerto, el 5 de noviembre de 1789» (1). Esa muerte da lugar a varios argumentos de compensación en la novela. Ha dejado a un padre sin un heredero, por lo que habrá de depender de las excentricidades de Mr. William Elliot, el primo que heredará todo. La muerte de la esposa de sir Walter, madre de sus tres hijas, queda registrada entre guiones «—que murió en 1830—». La mujer sólo importa por su función genealógica, subordinada al único procreador que se menciona: «De esta mujer [...] tuvo a...». Anne es la hija mediana, y su presencia está atenuada por la ausencia del hijo que llegó después de ella. Elizabeth, la mayor, es «Miss Elliot»; se ha convertido en una metaesposa para su padre tras la muerte de su madre, cuando ella tenía dieciséis años. Se ha quedado estancada en su papel de simulacro femenino de sir Walter, reflejando y reafirmando su narcisismo, formando una representación recíproca similar a la de un espejo, no un matrimonio. Al final de la novela siguen juntos como pareja —una pareja imposible—, encerrados en una estéril vanidad. La hija menor, Mary, ha cambiado de apellido tras su matrimonio con un vecino idóneo, Charles Musgrove. Sir Walter añade a la Crónica de los baronets dos fragmentos de su puño y letra: el relato de la boda de Mary y «anotó con toda exactitud el día del mes en que perdió a su esposa» (1). ¿Obedece ello a un alarde de afección, o ésta queda excluida por completo? La apreciación narrativa «con toda exactitud» indica que, con esa anotación, da por cerrado el asunto de la muerte de su esposa.

En Persuasión se desarrollan dos tramas de parentesco: las ventajas y los peligros de casarse dentro de la propia familia o fuera de ella, endogamia y exogamia. En esta obra, Jane Austen presenta de manera entusiasta e imparcial ambas posibilidades como potencialmente satisfactorias: Henrietta Musgrove se casa con su primo carnal Charles Hayter. La excelente relación en el seno de la familia Musgrove y la amistad entre las jóvenes hermanas, Louisa y Henrietta, y con sus primas menos adineradas, demuestran los placeres de una densa e íntima red de parentesco. Sin embargo, el sentido de la endogamia para sir Walter Elliot está teñido de narcisismo. En la versión de sir Walter de la historia familiar, los hombres son el centro de interés, aun cuando nacen muertos; las mujeres son tan sólo «todas las Marys y Elizabeths con quienes los Elliot se unieron en matrimonio» (1). Su interpretación concuerda felizmente con los valores de su lectura favorita, la Crónica de los baronets. Los baronets son herederos poco destacados de la aristocracia, aunque no se perciba así cuando el único punto de referencia lo constituye la propia Crónica de los baronets. Sin embargo, la inquietud se apodera de él al añadir la última anotación: «Presunto heredero, William Walter Elliot, biznieto del segundo sir Walter» (1). Una de las tramas del argumento de Persuasión se centra en los esfuerzos de sir Walter para encerrar a este presunto heredero en el núcleo familiar, a fin de mantener el libro y la familia limpios, sin contaminar. Sir Walter espera que, si William Elliot se casa con Elizabeth, el título y el patrimonio permanezcan bajo su control. Por su parte, William Elliot también muestra su preocupación más adelante por un posible segundo matrimonio por parte de sir Walter, que si tuviera descendencia masculina lo dejaría sin herencia. Esta obsesión egoísta con la endogamia motiva por igual a los dos miembros opuestos de la familia Elliot a lo largo de la novela, si bien durante su juventud, William Elliot se había casado con una mujer rica que pertenecía a una clase inferior.

Esta trama árida y egoísta aporta buena parte de la intriga del libro, avivada por la diligente Mrs. Clay, amiga y constante acompañante de Elizabeth, quien está decidida a quedarse con uno u otro de los Elliot, y puede que lo consiga tiempo después de la finalización del relato. Al término de la novela, se instala con el joven, William Elliot, «al amparo del caballero» (24), como su amante. Mrs. Clay,7 cuyo nombre sugiere maleabilidad, se muestra firme y dura en sus propósitos, y tiene una gran capacidad de persuasión: «Pero no estaba la determinación exenta de habilidad ni debía confiarse demasiado en la victoria de los afectos sobre los cálculos, porque aún estaba por ver si triunfaría la astucia del caballero o la de la dama, ya que era muy probable que al impedir aquél que ésta se convirtiera en esposa de sir Walter se le ocurriese algún día hacerla esposa de sir William» (24).

Sin embargo, como lectores, no nos sentimos guiados a prestar excesiva atención a todas estas maquinaciones, con la excepción del placer analítico de rastrear las duplicidades de Mrs. Clay. Nuestro interés se dirige hacia otro lugar, entre los familiares y amigos que Anne visita y, sobre todo, hacia la vida silenciosa de este personaje. Los episodios de la novela rebosan de entretenidas escenas de individuos y familias. Persuasión presta especial atención a la variedad de familias, esas pequeñas organizaciones sociales. Anne «reconocía como muy natural que toda organización social, por pequeña que fuese, dictara sus propios temas de conversación» (6). Los habitantes de Uppercross hablan en la lengua de Uppercross y su interés por Kellynch es limitado, salvo cuando su vocabulario se encuentra con sus intereses, y viceversa. La protagonista es muy consciente de que «un cambio de medio, aunque sólo suponga desplazarse tres millas, puede implicar una transformación total de conversaciones, ideas y pareceres» (6). Sin embargo, ella es intérprete entre todas las pequeñas organizaciones familiares y, en cada una de ellas, una observadora que debe aprender la lengua nativa: «Y con la perspectiva de pasar un mínimo de dos meses en Uppercross, le importaba mucho ajustar sus fantasías e ideas a las de la familia que la acogía» (6). El atractivo de Bath para las clases adineradas es que absorbe todos esos dialectos en ese idioma ligeramente desgastado del cotilleo propio de Bath, una lengua franca utilizada en la temporada de acontecimientos sociales.

Anne, al igual que el lector, y al igual que la autora, participa con discreción en estas escenas, y su drama psicológico pasa casi inadvertido para todos los demás. Es capaz de adaptarse y ser útil en cualquier lugar, de ahí lo oscuro de su figura. A lo largo de la novela, el lector observa el interior de varios hogares familiares de larga tradición y multitud de alojamientos, majestuosos o humildes, que arrojan luz sobre el carácter de sus habitantes. El capitán Harville y su esposa pueden convertir una pensión en un cálido hogar; los marineros trasladan sus habilidades en las tareas diarias a bordo a la vida doméstica. La casa familiar de los Elliot está alquilada a fin de reducir gastos para que sir Walter y Elizabeth puedan seguir viviendo por todo lo alto en la desarraigada ciudad de Bath. Anne sospecha que los inquilinos de sir Walter Elliot, el almirante Croft y su esposa, cuidan mejor la finca de Kellynch y a sus trabajadores que su propia afamada familia. Bath es el súmmum de la vida pasajera. Dado que la gente llega allí sin que todo su pasado sea visible, todo se ordena según una jerarquía basada en el lugar de residencia. Las conversaciones están llenas de diálogos en los que las calles y las casas sirven de moneda social. El coronel Wallis, «persona muy respetable e intachable caballero... vivía de modo más que decoroso en Marlborough Buildings» (15). Algunos personajes se refieren a la gran lady Dalrymple y a su hija como «Laura Place», el lugar que ocupa la espléndida casa que tienen alquilada. Al visitar a Mrs. Smith en Westgate Buildings, Anne cruza una línea invisible pero rígida hacia abajo.8

Entre el ajetreo de encuentros, familiares y sociales, el lector se encuentra limitado al alcance de la vida de Anne, incluso de su propio cuerpo. Cuando mira hacia abajo, la escena se nos describe únicamente mediante sonidos; cuando dirige la vista al suelo, vemos sólo lo que queda dentro de su campo de visión. En las primeras escenas de encuentros su experiencia nos llega por completo a través de su mirada abatida. El lector oye, no ve. El hecho de situarnos dentro de Anne hace que compartamos su angustia. Tras la primera mirada fugaz entre Anne y el capitán Wentworth, ella baja la vista. Es algo que conocemos desde dentro: «Apenas cruzó Anne una mirada con la del capitán Wentworth, que hizo una breve reverencia. Enseguida se dirigió éste a Mary, e intercambió con ella los comentarios de rigor. Algo dijo a las hermanas Musgrove; lo necesario para incluirlas en la charla. La estancia se llenó de voces y personas, pero a los pocos minutos todo había terminado» (7). En una escena de gran intensidad psicológica, cuando Anne está al cuidado de los niños, su sobrino pequeño se le sube a la espalda mientras ella se encuentra de rodillas y se agarra a ella a pesar de sus súplicas. Es Wentworth quien lo aparta de ella en silencio. El episodio está cargado de pánico y erotismo, aunque nunca trasciende el ámbito de lo doméstico. La carga añadida de emoción se consigue al situar al lector en los propios límites de la postura corporal de Anne: «Alguien lo cogió en brazos a pesar de que el niño la obligaba a mantener la cabeza tan baja que hubo de arrancar de su cuello las recias manitas de aquél» (9). Abrumado, el lector comparte también el alivio triste e impotente que Anne siente cuando se percata de que Wentworth ha intervenido para liberarla de su sobrino. La empatía sensorial del lector con Anne restringe la ironía a su costa, que sí está permitida en relación con el resto de personajes.

Persuasión es una novela de textura relativamente ligera, carente de las ricas ironías de Emma, que aportan equívocos y reflexión a cada página de la obra, y hacen que el lector entienda o no a la protagonista según la situación. Aquí, la novela y el lector persuaden a Anne Elliot para que se forme una mejor opinión de sí misma. A medida que avanza la trama, Anne se esfuerza por superar su extremado decoro y reserva. Le divierte hasta cierto punto su propia actitud y piensa con libertad aunque sus acciones están coartadas. Anhela sentir y comportarse con la espontaneidad que admira en otros. Consigue romper barreras al cobrar conciencia de sus elucubraciones:

Anne experimentó un deseo incontenible de asomarse a la otra puerta para comprobar si aún llovía. ¿Por qué había de suponerse que el motivo fuera otro? El capitán Wentworth ya debía de haberse perdido de vista. Se puso de pie y se acercó a la puerta. Las dos mitades de su ser debían de poseer distintos grados de cordura, o tal vez desconfiaran excesivamente la una de la otra. Ella quería, sencillamente, enterarse de si llovía o no. (19)

Todo se observa desde su punto de vista, aunque se representa de manera independiente. Anne es la sutil conciencia de la novela. La creciente confianza en su interior y su capacidad para burlarse de sí misma ofrecen unas posibilidades en apariencia suficientes, aunque carezca de las compensaciones que se observan en Emma.

Para el lector, los otros personajes existen debido a su relación con Anne (hecho del que no suelen darse cuenta, por lo que a menudo no le prestan la menor atención al considerarla una figura secundaria en sus preocupaciones: y es ahí donde se origina buena parte del tono cómico de la obra). En términos narrativos, la reconfortante función de las hermanas Musgrove es terminar con la concentración excesiva en la figura de Anne. Sin embargo, incluso la desgracia en Lyme, cuando Louisa se cae al saltar del Cobb, sirve para sacar a la luz a Anne. A Benwick no se le concede ninguna intervención directa, pese a sus inclinaciones tan literarias y a los entusiastas diálogos indirectos con Anne. (Este sometimiento de su voz puede servir para evitar el desconcierto en el lector por el cambio en su foco de atención de Anne a Louisa). Wentworth, en los últimos capítulos de la novela, puede relatar a Anne de manera directa sus sentimientos y su historia con la confianza de que volverán a encontrarse. Wentworth, el mejor representante del mérito y la autosuficiencia, afirma que «tendré que resignarme a ser más feliz de lo que merezco» (23).

El problema de Anne es que ella no se incluye en una organización social sino que, más bien, es una isla solitaria, y conversa incesantemente consigo misma sobre lo bonito de la pasión y la pérdida, la semiótica del gesto, el silencio significativo o la utilización del discurso engañoso. No puede hablar con nadie de sus sentimientos, ni siquiera con Mrs. Russell. Por consiguiente, el lector establece una relación particularmente afectuosa con Anne, convertido en el otro único integrante de su organización. Además, su reflexión silenciosa es análoga al proceso de lectura en que se sumerge el lector, lo que convierte a Anne en el doble del lector, y a éste en el de ella. Gran parte de la novela está escrita en estilo indirecto libre, de modo que a menudo resulta imposible distinguir la pura narración de todo aquello que se genera a partir de las inquietudes de Anne. Su propia conducta ejemplifica el «espíritu firme y un dulce temperamento» (7) que Wentworth menciona cuando habla con su hermana sobre su mujer ideal, pero —mientras Anne analiza con tristeza la situación entre ellos, de nuevo juntos pero en extremos opuestos de la sala— «ahora eran extraños el uno para el otro, y aún más que extraños, porque nunca volverían a conocerse. Se trataba de un alejamiento definitivo» (8).

«Alejamiento» es la palabra para angustia, la palabra para final. En la novela, gran parte de la diversión consiste en conocerse, y buena parte de su profundidad se encuentra en la conversación; el alejamiento supone la pérdida de posibilidades, un rigor mortis del amor, una supresión del «yo» futuro. En la primera mitad de la novela ni Wentworth ni Anne conciben la posibilidad de un nuevo comienzo. Al final, cuando se reencuentran, la perfección de su unión se impone y nos recuerda que una vez, en el pasado, todo había parecido seguro, pero que se había desmoronado y convertido en alejamiento:

Allí cambiaron aquellas mismas dulces promesas que en otro tiempo parecieron ser garantía de su dicha, pero que habían concluido en tantos años de alejamiento. (23)

La palabra «tantos» crea aquí la oposición perfecta, no resulta ominosa en su contexto, pero nos recuerda fugazmente que la seguridad nunca es tal. Esta historia, con la abrumadora solidaridad que destila hacia un personaje, Anne Elliot, y pese a sus muchas escenas de comedia social y realismo prudente, está impregnada de romanticismo, un romanticismo compensatorio que corrige un mal inicio: «Obligada a conducirse prudentemente en su juventud, con la edad se hacía cada vez más romántica: ésa era la consecuencia lógica de una iniciación antinatural» (4). Entre todos los deleites, un dolor constante domina la obra.

En contraposición a la identificación lírica con Anne, el tono de Persuasión es en ocasiones brusco, incluso mezquino, hacia aquellos como Dick Musgrove, que están muertos y son estúpidos, o como Mr. Elliot, vivos y que van por el mismo camino. La impaciencia con que se trata el duelo de Mrs. Musgrove tras la muerte de su torpe hijo ha inquietado a muchos. El hecho de que sus padres apenas se preocuparan por él mientras estuvo vivo y se libraran de él haciéndolo salir a la mar explica la aspereza de Austen. Sin embargo, se observa una falta de tacto en la negativa a reconocer que la culpa por ese alejamiento subyace al sufrimiento de Mrs. Musgrove. Jane Austen, tan sinuosa en su persuasión, nos escandaliza aquí con el discordante atrevimiento de sus bromas. La gordura de Mrs. Musgrove parece animar a Austen a utilizar un humor igualmente grueso: durante un momento se impone la comedia burda. Así, Wentworth tiene la oportunidad de enderezar la situación con sus muestras de perfecto decoro y compasión. Sir Walter Elliot, el personaje que más se asemeja a una figura teatral, curiosamente está a salvo de un juicio moral por su estatus cómico: es pura superficie y no se le atribuye vida interior, no tiene vísceras. Por ello no se lo puede destripar, porque carece de entrañas. Él sobrevive. Sin embargo, Jane Austen deja en el aire el destino de la propiedad de Kellynch. ¿Quedará en manos de Mr. Elliot y Mrs. Clay? Tal vez. En realidad, ¿qué más da? Anne Elliot se ha marchado. El nuevo mundo de las profesiones se impone sobre la antigua aristocracia rural.

Argumento y propiedades

Mr. Elliot impulsa en primera instancia el argumento de la novela: es la mirada de admiración hacia su desconocida prima Anne la que reaviva el interés de Wentworth por ella, y los celos que siente hacia él, los que frustran y también provocan sus acercamientos, que resultan penosamente circunspectos y lentos tanto para Anne como para el lector. El joven Wentworth, ocho años atrás ansioso y entusiasta, se ha convertido en un marino con experiencia en combate que no puede permitirse un segundo rechazo. Tal vez la función de Mr. Elliot como el motivador de la segunda trama amorosa entre Anne y Wentworth sea la razón que subyace al rotundo repudio que provoca. Tiene que ser apartado, por lo que se arremete contra él. Sus reivindicaciones deben ser desestimadas. Por supuesto, no basta con mostrar su falta de afecto hacia sir Walter y la fría Elizabeth, pues el lector comparte su sentimiento. Su buen criterio al fijarse en Anne, quien goza de las simpatías del lector, también tiene que contrarrestarse. ¿Por qué no podría ser, sencillamente, el amante al que ella rechaza? Austen no se conforma con presentarlo como un joven en busca de riquezas, o como alguien que no valora lo suficiente el título heredado que un día le pertenecerá (defecto que invierte la imagen del aprecio excesivo de sir Walter por su posición). No, hay que desenmascarar al rico sinvergüenza que había llevado a su amigo al endeudamiento y a la muerte, y después había abandonado a su viuda en la pobreza más extrema.

La hipérbole de su expulsión indica que existe una dificultad. Y la hay. Sobre Mr. Elliot se proyectan los sentimi ...