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PINOCHET

Mario Amorós  

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Fragmento

Presentación

El «retorno» de Pinochet

Las cenizas de Augusto Pinochet Ugarte reposan en la capilla de su parcela de Los Boldos, en el litoral central de Chile, bajo una lápida de mármol que tiene inscritos los principales títulos que conserva hasta el día de hoy: Capitán General y Presidente de la República. Si el recuerdo de sus miles de víctimas está presente en el espacio público a través de construcciones memoriales a lo largo de la geografía nacional —desde Calama, Pisagua y Tocopilla en el Norte Grande hasta Coyhaique y Punta Arenas en los confines australes—, este viejo oficial del arma de Infantería decidió atrincherarse para siempre en una de las dos casas donde penó sus últimos años. Falleció el 10 de diciembre de 2006, en el día internacional de los Derechos Humanos, procesado y sometido a arresto domiciliario debido a su responsabilidad directa en varios crímenes de la dictadura cívico-militar que encabezó y también, en el marco del caso Riggs, por declaración maliciosa de impuestos y uso de pasaportes falsos. Tal y como él mismo anticipó en julio de 1989: «Ahora será la historia la que tendrá que juzgarme». [1]

Augusto Pinochet forma parte de la historia del siglo XX principalmente por tres motivos. En primer lugar, por el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 que derrocó al presidente Salvador Allende. Cuando ya despuntaban las primeras luces del ocaso sobre su larga carrera militar, en el último momento (a treinta y seis horas de la sublevación) decidió sumarse a la conjura fraguada por otros altos oficiales de las Fuerzas Armadas, después de que la derecha, la dirección de la Democracia Cristiana, las organizaciones empresariales y el gobierno de Nixon y Kissinger hubieran situado al país al borde del abismo.

En el Siglo de la Revolución, según la caracterización del maestro Josep Fontana, [2] Pinochet simbolizó, como nadie, la imagen del fascismo en América Latina. [3] La destrucción de la democracia chilena conmovió a la humanidad: para toda una generación fue «un momento formativo, de toma de conciencia moral», ha escrito el profesor Steve J. Stern. [4] La derrota militar de la Unidad Popular y de su proyecto de socialismo democrático y revolucionario, el bombardeo de La Moneda, la inmolación del presidente Allende (y su último discurso transmitido por Radio Magallanes), los asesinatos y fusilamientos, la detención de decenas de miles de personas en campos de concentración, la clausura del Congreso Nacional y el fin de las libertades, el exilio y la acción criminal de la DINA transformaron a Pinochet en un paradigma universal: el arquetipo del villano, un personaje detestado universalmente, [5] cuyo régimen fue condenado, año tras año, por las Naciones Unidas.

En segundo lugar, convirtió Chile, un país sitiado militarmente, en el laboratorio del neoliberalismo. Desde abril de 1975, cedió el timón económico a un grupo de jóvenes profesionales formados principalmente en la Universidad de Chicago que aplicaron las recetas de Milton Friedman y Arnold Harberger con la contundencia de un tratamiento de shock. Fue una contrarrevolución capitalista que imprimió un viraje radical a casi cuatro décadas de desarrollo económico. El «milagro chileno» de los Chicago Boys, tan exaltado por determinados sectores, supuso que, tras su derrota en el plebiscito de 1988, el 11 de marzo de 1990 Pinochet entregara un país que tenía al 40 % de su población en la pobreza más absoluta. Y, hasta el día de hoy, significa unas pensiones miserables, una atención sanitaria adecuada solo para quienes pueden pagarla, la enseñanza superior más cara de América Latina y una brecha social de las más acusadas del mundo. El modelo neoliberal, concentrador de los ingresos y depredador de la naturaleza, y la Constitución de 1980, todavía vigente, trazan la sombra de Pinochet sobre el Chile actual.

En tercer lugar, su viaje caprichoso a Londres en septiembre de 1998 propició que fuera detenido por agentes de Scotland Yard la noche del 16 de octubre a petición del juez Baltasar Garzón, bajo la acusación de crímenes contra la humanidad, un proceso sin parangón desde los juicios contra los criminales nazis en Nuremberg (1945-1946). Empezó entonces una batalla jurídica y política apasionante, que duraría quinientos tres días, en la que los tribunales de justicia británicos terminaron por aprobar su extradición a España, hasta que finalmente la confabulación de los gobiernos de Eduardo Frei, José María Aznar y Tony Blair lo rescató. Pero Londres se convirtió en su Waterloo.

«Soy un soldado. Para mí, lo que es blanco es blanco y lo que es negro es negro», señaló Pinochet el 7 de septiembre de 1984 a The New York Times. De personalidad dogmática e intolerante, desde luego no brilló por su inteligencia, si bien una revisión anticipada del índice de sus obras en el capítulo de bibliografía induciría a error acerca de sus capacidades. [6] Formado en un Ejército marcado por una disciplina absoluta y una rígida verticalidad de mando (herencia de la influencia prusiana), el debate, el consenso, la discrepancia o la oposición, actitudes indisolubles de la democracia, fueron para él sinónimos de rendición, ineficacia o derrota. Careció de apego o intereses en otras materias que no fueran las militares, más allá de coleccionar varias decenas de miles de libros en una suntuosa biblioteca privada. «¿Quiere que le diga una cosa?», le espetó a la periodista Margarita Serrano en 1989. «¡Odio las poesías! Ni leerlas, ni escucharlas, ni escribirlas, ni nada...» [7] Sí leyó a Sun Tzu y Clausewitz y ciertamente tomó nota de sus lecciones.

Fue un oficial de ideas básicas y nítidas, con capacidad de mando, simulador, taimado, paciente, astuto, tenaz, implacable, desconfiado y supersticioso. Sí gustaba de ponerse gorras militares visiblemente más altas y —como hacía su padre— adornar la corbata con una perla, en el dedo anular de su mano izquierda portó siempre, como un fetiche, un grueso anillo de oro con un rubí cuadrado y su signo zodiacal inscrito, Sagitario: «Signo de dominio. De condiciones de mando», proclamó con orgullo en 1991. [8] No pocas veces cayó en actitudes próximas a la paranoia, como sus reacciones tras la abrupta suspensión del viaje a Fiji y Filipinas en marzo de 1980 o después del ataque que el 7 de septiembre de 1986 sufrió en el Cajón del Maipo y que casi le costó la vida. En ambas ocasiones inicialmente creyó que se trataba de un golpe gestado desde las mismas entrañas del régimen.

Fue, además, un político hábil, que supo encaramarse en la cúspide del Estado y postergar a un lugar secundario a los otros tres miembros de la Junta militar, así como marginar a los generales de su generación. De este modo, pudo conducir, con mano de hierro y el puño de acero de la DINA, el Estado y el Ejército, con el apoyo de todos los sectores de la derecha y de los grandes grupos económicos nacidos o reforzados con las sucesivas oleadas de privatizaciones de las empresas públicas. Como ha subrayado Bawden, «demostró una notable capacidad para superar a los enemigos políticos y convertir aparentes derrotas en victorias personales». [9] El respaldo de las Fuerzas Armadas le permitió superar el potente ciclo de movilizaciones de las Protestas Nacionales (mayo de 1983-julio de 1986) y obligar a las fuerzas democráticas a asumir las reglas impuestas por la Constitución de 1980, que condujeron al plebiscito del 5 de octubre de 1988, en el que, como señaló la magistral portada del diario Fortín Mapocho, «corrió solo y llegó segundo».

Y fue, sobre todo, un dictador despiadado que demostró una insaciable ambición de poder: [10] desde la ceremonia de constitución de la Junta militar la noche del 11 de septiembre de 1973 hasta la madrugada del 6 de octubre de 1988, cuando maniobró para desconocer su derrota, estuvo empeñado en perpetuarse al frente de Chile hasta el fin de sus días, como su admirado Francisco Franco. [11] Es el hombre que más años ha permanecido en activo en el Ejército chileno y el que más tiempo ha estado al frente del país, incluso si se considera a los gobernadores de la época colonial, [12] con un control tan absoluto que en varias ocasiones le indujo a advertir: «En Chile no se mueve una hoja sin que yo lo sepa». [13]

Como parte de la ola reaccionaria que recorre el planeta, hoy su figura es reivindicada dentro y fuera de Chile a partir de la actualización de los viejos mitos que, día tras día, martilló en sus discursos, entrevistas y libros, bajo potentes destellos de mesianismo: el 11 de septiembre de 1973, la «intervención» de las Fuerzas Armadas, que respondía a un «clamor nacional», salvó a Chile del «comunismo»; la izquierda preparaba un autogolpe para instaurar una dictadura o bien desencadenar una guerra civil con la ayuda de miles de guerrilleros extranjeros; el modelo económico implantado a partir de 1975 fue exitoso, se adelantó a los tiempos de la historia y convirtió a Chile en el ejemplo para América Latina; Pinochet no fue un dictador, sino un gobernante autoritario que, a través de la Constitución de 1980, se puso límites, terminó por entregar el poder pacíficamente en 1990 y abrió paso a una transición ejemplar. No han faltado los libros que en los últimos años han intentado revivir esta añeja propaganda. [14]

El «fantasma» de Pinochet vuelve a agitar Chile. En mayo de 2018, la ministra de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Alejandra Pérez, tuvo que pedir la renuncia del director del Museo Histórico Nacional ante las críticas porque su nombre, una fotografía y una de sus citas clásicas («la gesta del 11 de septiembre incorporó a Chile a la heroica lucha contra la dictadura marxista de los pueblos amantes de su libertad») aparecieran, junto a mandatarios elegidos democráticamente (Salvador Allende, Michelle Bachelet, Patricio Aylwin), en la exposición Hijos de la libertad: 200 años de independencia, que finalmente fue clausurada. [15]

En agosto, su sucesor en el ministerio, Mauricio Rojas (militante del MIR en su juventud y exiliado en Suecia), dimitió a los cuatro días de su designación por el presidente Sebastián Piñera después de la tormenta política desatada tras recordarse sus afirmaciones en el libro Diálogo de conversos, que publicara en 2015 junto con el anterior titular de la cartera de Relaciones Exteriores, Roberto Ampuero. Entonces, Rojas calificó al Museo de la Memoria y los Derechos Humanos como «un montaje», cuyo fin es «impactar al espectador, dejarlo atónito, impedirle razonar». «Es una manipulación de la historia», sentenció. [16] Tras la masiva movilización del movimiento de derechos humanos, de artistas e intelectuales y de la izquierda, un diario tituló en referencia a su renuncia: «Derribado por el peso de la memoria». [17]

Un mes después de aquella controversia, en su discurso con motivo de los 45 años del golpe de Estado, Piñera señaló, tras lamentar las violaciones de los derechos humanos ocurridas durante el «régimen militar»: «Sin embargo, es bueno y necesario recordar que nuestra democracia no terminó por muerte súbita ese 11 de septiembre de 1973. Venía gravemente enferma desde muchos años antes y por distintas razones...». «Todos, o casi todos, hemos aprendido de nuestra historia. La izquierda ha aprendido a condenar toda violencia en política y a respetar la democracia. La derecha ha aprendido a condenar todo atentado a los derechos humanos y a respetar nuestra democracia.» [18] Su propuesta de erigir un «Museo de la Democracia», como alternativa frente al Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, apunta en esta misma dirección discursiva. Piñera, quien en 2013 cerró el Penal Cordillera [19] y señaló la responsabilidad de los «cómplices pasivos» de la dictadura, recurrió a la socorrida argumentación que reparte las responsabilidades históricas y, sobre todo, asumió el mito, llevado al extremo por el pinochetismo, de que el gobierno de la Unidad Popular violentaba la democracia.

El 5 de octubre, en sus palabras ante el trigésimo aniversario del decisivo plebiscito de 1988, el presidente chileno volvió a exponer su balance de la dictadura: «Más allá de las meritorias modernizaciones realizadas, restringió severamente las libertades y cometió graves, sistemáticos e inaceptables atropellos a los derechos humanos». No obstante, destacó que aquella noche «el régimen militar honró su compromiso y reconoció el veredicto que había dado de forma clara un grupo amplio de chilenos». [20] Ni una palabra sobre las oscuras maniobras del dictador para hacer justamente lo contrario...

Pero la gran protagonista de los últimos meses del pasado año fue la joven diputada derechista Camila Flores, quien se prodigó en una auténtica catarata de elogios hacia el dictador y se definió orgullosamente como «pinochetista». «Pinochet fue absolutamente necesario», señaló en la entrevista que concedió al canal de televisión Vía X. Incluso, fue ovacionada en una reunión de la dirección de su partido, Renovación Nacional (RN), el más importante de la derecha junto con la Unión Demócrata Independiente (UDI). Mientras tanto, la diputada comunista Carmen Hertz presentó un proyecto de ley para establecer como delito el negacionismo de las violaciones de los derechos humanos cometidas durante la dictadura cívico-militar y la exaltación del régimen de Pinochet, como sucede en Alemania, Francia, Suiza o Bélgica con el nazismo. Y, en el momento de escribir las últimas líneas de esta biografía, se ha conocido el anuncio de un «homenaje» masivo a su viuda, Lucía Hiriart, en junio de 2019 por parte de un grupúsculo denominado Fuerza Nacional.

La reivindicación de Pinochet ha llegado también a Brasil, cuyo presidente, Jair Bolsonaro, excapitán de Ejército y defensor a ultranza de la dictadura militar brasileña (1964-1985), es un declarado admirador suyo y, como hiciera este, ha encomendado la dirección de su política económica a un ultraliberal formado en la Universidad de Chicago, Paulo Guedes. «En el periodo de Pinochet, Chile tuvo que vivir un baño de sangre. Triste, la sangre lavó las calles de Chile, pero las bases macroeconómicas fijadas en aquel gobierno continuaron», ha afirmado en marzo de 2019 Onyx Lorenzoni, jefe de gabinete de Bolsonaro. [21]

En Estados Unidos, seguidores de Donald Trump han escogido su nombre para ilustrar una camiseta con un lema desafiante, «Pinochet did nothing wrong!» («¡Pinochet no hizo nada malo!»), en cuya parte posterior aparece un helicóptero que lanza personas al vacío, señaladas como comunistas. [22] Por supuesto, los sectores más extremistas del pinochetismo criollo no tardaron en replicarla.

En España, el partido neofascista Vox, que ya tiene una amplia representación en las instituciones democráticas, ha establecido contacto con José Antonio Kast, líder de la ultraderecha chilena y defensor del golpe de Estado y la dictadura, quien en las elecciones presidenciales de 2017 rozó el 8 % de los votos y quedó en una sorpresiva cuarta posición.

Parece, pues, el momento oportuno para contribuir a fijar la imagen de Augusto Pinochet en la historia. Esta es su primera biografía fundamentada en una amplísima documentación primaria consultada en más de treinta archivos y bibliotecas de cuatro países, una bibliografía superior a los cuatrocientos títulos y un repertorio de ciento treinta y ocho medios de comunicación citados de dieciséis países. Documentos de archivos; discursos, entrevistas, artículos y libros de su autoría; testimonios de sus víctimas y opiniones de sus familiares y colaboradores... están presentes a lo largo de estas páginas.

Por primera vez, a partir de la documentación del Ministerio de Educación y del archivo de la Escuela Militar, se reconstruye su trayectoria escolar y sus cuatro años de formación como oficial con datos sólidamente contrastados y ciertamente novedosos. La consulta de su densa hoja de vida, hasta ahora inédita, en el Archivo General del Ejército de Chile ha permitido relatar su trayectoria militar al detalle y analizar su paciente recorrido, peldaño a peldaño, por todos los grados de la institución hasta coronar la cima el 23 de agosto de 1973, cuando el presidente Salvador Allende, a propuesta del general Carlos Prats, le designó comandante en jefe. Igualmente, ha sido posible por fin esclarecer su etapa como miembro de la masonería —a la que jamás se refirió— a partir de una fuente hasta ahora inexplorada para este personaje: la documentación del archivo de la Gran Logia de Chile.

Su periodo como dictador (1973-1990) se examina a partir del análisis de cientos de discursos públicos, entrevistas y noticias de prensa, así como de la documentación de repositorios como el archivo personal del cardenal Raúl Silva Henríquez (explorado por primera vez en una investigación histórica), el del expresidente Eduardo Frei, el archivo paraguayo donde se conservan los papeles de la Operación Cóndor, los documentos desclasificados por Estados Unidos a lo largo de las últimas dos décadas o la revisión de las miles de páginas que ocupan las actas de las casi cuatrocientas reuniones secretas de la Junta militar hasta marzo de 1981, cuando dejó de pertenecer a este órgano colegiado por iniciar su periodo como «presidente constitucional». [23]

También nos dirigimos a la Fundación Nacional Francisco Franco (misión especialmente ingrata para un nieto de preso político del franquismo), en cuyos archivos se conserva una carta dirigida por Pinochet al dictador español el 12 de septiembre de 1973. Además, por primera vez, se citan y examinan los documentos de la diplomacia chilena relativos al periodo de su detención en Londres, que iluminan las maniobras encubiertas del gobierno para librarle de la extradición a España.

Al mismo tiempo, a lo largo de los dos últimos años nos hemos puesto en contacto con la Fundación Presidente Augusto Pinochet Ugarte para solicitar la consulta de su biblioteca. Pero en reiteradas ocasiones han respondido que esta documentación se encuentra embalada a la espera de disponer de unas nuevas dependencias.

En octubre de 1973, solo cinco semanas después del golpe de Estado, el general Pinochet respondió en estos términos a la pregunta de cómo le gustaría que la historia le recordase. «Me bastaría con la calificación de hombre justo y patriota.» [24] Que los lectores y lectoras de esta obra juzguen si será así...

PRIMERA PARTE

Un militar chileno en el siglo XX

El arte de la guerra se basa en el engaño (...) Ataca al enemigo cuando no está preparado y aparece cuando no te espera...

SUN TZU,

El arte de la guerra

1

Una vocación temprana

Augusto Pinochet nació en 1915 en Valparaíso, en el seno de una familia de clase media de raíces francesas y españolas. Fue inscrito en diferentes colegios católicos y fracasó de manera tan estrepitosa en los estudios que debió repetir hasta tres cursos en la enseñanza media en el colegio de los Sagrados Corazones. Su vocación militar se forjó en una edad muy temprana, debido a la fuerte influencia de su madre, una mujer de acusada personalidad («era miliquera por construcción», afirmó en 1989), la lectura de obras históricas y también los relatos de su padrino, quien combatió en la Primera Guerra Mundial con el Ejército galo. En marzo de 1933, después de dos intentos fallidos en años anteriores, fue admitido como cadete en la Escuela Militar, justo cuando Chile clausuraba casi una década de intervención de los uniformados en la política nacional y el prestigio social de las Fuerzas Armadas estaba en su cota más baja. Durante cuatro años se formó en una institución profundamente imbuida de la doctrina militar prusiana y a fines de diciembre de 1936 se graduó como oficial. Entonces inició una carrera militar que, de manera inopinada, duró más de sesenta años.

Infancia en Valparaíso

El primer Pinochet que llegó a la Capitanía General de Chile, de nombre Guillaume, nació en Saint-Malo (Francia) a fines del siglo XVII. Procedía de la aldea de Gouray, en el departamento de Côtes-d’Armor, en la región atlántica de Bretaña. [1] Se instaló en la villa de Concepción que Pedro de Valdivia fundara en 1550 en la costa de Penco, muy cerca del indómito territorio mapuche. Hacia 1726, con su esposa Úrsula de la Vega y sus cuatro hijos, se estableció en la zona sur del Maule, en Chanco. En esta localidad costera nacieron todos sus antepasados por la rama paterna, incluido su progenitor, Augusto Pinochet Vera, en 1891. [2] «Adoro Francia. La historia de Francia, sobre todo. Mi personaje preferido es Luis XIV. Por lo demás, soy de origen francés...», explicó en marzo de 1986 al periodista de L’Express Jacques Esperandieu. [3]

En opinión de su primer biógrafo, Gonzalo Vial, quien lo conoció de cerca puesto que fue su ministro de Educación entre diciembre de 1978 y diciembre de 1979, en su personalidad influyó sobremanera «la impronta maulina y huasa» que heredó por vía paterna: «El auténtico ancestro de Augusto Pinochet Ugarte es la especialísima clase terrateniente de Chanco y Cauquenes... una pequeña aristocracia local, aislada por la geografía y cerrada por su inconmovible sentido de superioridad; orgullosa; dominante, aún avanzado el siglo que recién pasó y ya empobrecida a raíz del agotamiento de la tierra agrícola. Y huasa, con todos los rasgos de este arquetipo nacional, entre ellos el orgullo, la cortesía, la reserva, la desconfianza, la astucia, la sobriedad, la dureza». [4]

Augusto Pinochet Vera llegó a Valparaíso en su adolescencia con la pretensión de buscar nuevos horizontes tras la temprana muerte de su padre. Fue incapaz de completar los estudios medios y pronto se empleó como junior en la importante compañía británica Williamson Balfour, entre cuyos múltiples negocios estaba la explotación ganadera de Rapa Nui, a casi cuatro mil kilómetros de distancia, en la inmensidad del océano Pacífico. Posteriormente, se ocupó en una empresa que trabajaba en el puerto, en el despacho de las mercancías importadas, y con el tiempo llegó a ser agente general de aduana. Fue voluntario de la Décima Compañía de Bomberos y hacia 1911 cumplió el servicio militar en el Regimiento de Infantería n.º 2 Maipo, en Valparaíso.

El 24 de octubre de 1914 contrajo matrimonio con Avelina Ugarte Martínez, una joven de raíces vascas, emparentada por vía paterna con Mateo de Toro Zambrano y Ureta, conde de la Conquista y presidente de la primera Junta Nacional de Gobierno formada el 18 de septiembre de 1810. Avelina Ugarte pertenecía a una familia mejor situada económicamente y había estado interna en un colegio de religiosas de Santiago, en el que obtuvo el bachillerato. Además, tocaba el piano y cantaba: era toda una dama de su época. De carácter autoritario, influyó poderosamente en la personalidad de su primogénito y fue quien marcó los límites en el hogar, como Pinochet ilustró en varias ocasiones con diversas anécdotas: «Ella manejaba las cosas de la casa. Nosotros le teníamos pánico cuando se enojaba, pues era lógico: con seis hijos algu

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