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PLANTAS CHAMáNICAS

Sylvia Galleguillos Tapia  

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Fragmento

Índice

CUBIERTA

INTRODUCCIÓN. MI INICIO EN EL CHAMANISMO AROMÁTICO

BITÁCORA AROMÁTICA DE MIS VIAJES FÍSICOS Y CHAMÁNICOS

OLOR, MAGIA Y DIVERSIDAD CULTURAL: UN VIAJE ANTROPOLÓGICO AROMÁTICO

CULTURAS DE AMÉRICA

CULTURAS DE ASIA Y ÁFRICA

EL JARDÍN DEL ALMA

EL OLFATO, PORTÓN DE INICIO DEL VIAJE CHAMÁNICO

EL VIAJE AROMÁTICO A LOS TRES MUNDOS CHAMÁNICOS

LOS AROMAS CHAMÁNICOS: SUS ACCIONES Y PROPIEDADES

ABETO SIBERIANO

AMARO O SALVIA ESCLAREA

ÁMBAR

ANGÉLICA ARCANGÉLICA

ARTEMISA

BÁLSAMO DEL PERÚ

BOLDO

CANELO

CASSIA O CANELA CHINA

CLAVO HUASCA

COPAIBA

COPAL

CÚRCUMA

ENEBRO

FRANGIPANI

HINOKI O CIPRÉS JAPONÉS

LABDANUM

Recibe antes que nadie historias como ésta

LAUREL

LINALOE

LOTO

MILENRAMA O ACHILLEA

MIMOSA O AROMO

MOENA ALCANFORADA

MUÑA

NEROLI

NUEZ MOSCADA

OSMANTHUS

OUD O AGAR

PALO DE ROSA

PALO SANTO

PIMIENTA NEGRA

SALVIA

TABACO O NICOTIANA

TULSI O ALBAHACA SAGRADA

VETIVER

ALQUIMIA CHAMÁNICA TRABAJANDO CON EL ALMA DE LA PLANTA

INSTRUMENTOS CHAMÁNICOS

PALABRAS FINALES

AGRADECIMIENTOS

NOTAS

CRÉDITOS

La cultura indígena imagina el alma humana como una de las partes más etéreas y finas del cuerpo que abandona repentinamente al cuerpo en el momento de la muerte. Es algo comparado al perfume, el aroma y la esencia de una flor porque es una de las fibras vegetales sólidas más etéreas.

MIRCEA ELIADE

Orígenes del destino del alma, 1958

INTRODUCCIÓN

MI INICIO EN EL CHAMANISMO AROMÁTICO

Yo no me considero chamana. Soy aromaterapeuta. Pero como sí creo que los aromas de las plantas son chamánicos, puedo decir que practico un chamanismo aromático.

¿Por qué el nombre de «Aromaterapia chamánica»? Porque así es como la siento. La aromaterapia es de por sí una especie de chamanismo, ya que sus principales actores son las moléculas aromáticas que vienen contenidas en los aceites esenciales de estos seres vegetales y son ellos los que inducen los viajes a distintos mundos de nuestra conciencia, mundos que todos poseemos con anterioridad pero que muy pocas veces tomamos en cuenta. Los aromas de las plantas hacen visible el mundo invisible y nos abren a un paisaje interior, a una especie de lago del espíritu, a través del cual nuestras vías se comunican, como he podido confirmar según mis propias experiencias al introducirme en el aprendizaje directo bajo el umbral completo —físico, químico, molecular, energético, sicológico y mágico— de las plantas.

Esta práctica sagrada, pues, abre un mundo otro de comunicación con lo desconocido y con lo arcano. Y ello, ese secreto, esa otredad, es lo que me ha impulsado a intentar aprenderlo y practicarlo para luego darlo a conocer a partir de aquello que me fascina y atañe: el aroma de las plantas.

Con la aromaterapia chamánica aprendí a viajar con los aromas al tiempo que nutría mi mundo emocional de una manera muy sutil. Es un viaje ritual que comienza en el peregrinar de los olores hacia mi nariz y mi mundo interior. Inhalo y me enfoco en un propósito claro: debo viajar a la otra realidad y buscar allí el alma aromática de la planta. Al encontrarnos, establezco una conversación a fin de poder volver a la realidad ordinaria con una respuesta sanadora.

A través de mi práctica aromaterapéutica, entonces, he podido hurgar de maneras impalpables en las moléculas químicas de las plantas, observar sus vivencias, entender cómo conviven entre ellas y más. He aprendido a percibir e inhalar sus atmósferas y entornos, a enterarme de sus historias e intentar seguir sus caminos odoríferos por distintas partes del mundo. Este conocimiento de las plantas aromáticas yo no lo poseo. Es de ellas y les pertenece a ellas. Yo sólo las escucho, sigo atenta sus consejos, me abro a sus señales y las aplico a quien las necesite.

Mirando atrás, veo que a lo largo de mis años mis viajes y movimientos responden a una especie de danza coreográfica guiada por un director en las sombras, que no logro ver, pero que me acompaña por entre las brisas aromáticas que huelo en un bosque, un jardín o una flor. Y con los años, también, he desarrollado un instinto que me permite comunicarme con las plantas. Lo principal es escuchar lo que me dicen a través de su olor cuando recorro sus lugares. O si estoy en una sesión de aromaterapia, me comunico con ellas a través del aceite esencial que utilizo.

Más de una vez una planta aromática me ha dado indicaciones o me ha pedido que haga cosas tales como, por ejemplo, poner un recipiente con agua bajo la camilla para enfriar así un tumor ardiente que crece dentro del cuerpo de la persona que estoy atendiendo. O cubrir las orejas del paciente con la palma de mis manos y dar unos golpecitos con el aroma, como si con ello le tamborileara la resonancia de la fragancia al interior del oído y todo el cuerpo del paciente lo escuchara y entendiera que el aroma también habla a medida que penetra en el cuerpo, entonando mensajes de sanación mediante una percusión que entra vibrante e impulsa rítmicamente el alivio. En otra ocasión una planta aromática me indicó que esparciera agua alrededor de la camilla en forma de brumas que flotan en torno al cuerpo o que soplase entregando con mi propia energía la molécula aromática sobre la parte inflamada del organismo.

Mediante estos consejos voy, como si fueran gusanitos finos y delgados que se desenrollan cual madeja, deshilando la enfermedad y creando fuera un ovillo que sale de alguna parte del cuerpo y que finalmente entrego a la tierra para que la disuelva.

Un caso que jamás he olvidado fue aquel en que una paciente, con seis meses de embarazo, se me acercó preocupada por su presión alta. Inicié la sesión y le pregunté a las plantas cuáles eran los mejores aromas a ocupar en esta oportunidad y, tras hacer ellas la selección final, los cogí de forma consciente. Primero puse el aceite de lavanda cerca de su vientre y viajé para preguntarle cómo usarla de la mejor manera posible. Me dijo que remojara con ella los pies de la mujer para bajar la presión y que esto sería placentero tanto para ella como para su bebé, actuando como un calmante silencioso. También salió al ruedo el vetiver, el que fue directo a las arterias y a enraizar la placenta. «Aquí soy la raíz del niño», me dijo para luego informarme que su aroma afirmaría y desbloquearía los canales que se quieren abrir antes de tiempo. El palo de rosa apareció en tercer lugar, buscando el desarrollo de un cerebro sano. Y apenas liberé su aroma, el niño sonrió abriendo sus manitos. La planta luego me indicó que masajeara con el dedo corazón alrededor del ombligo de la mamá. Qué interesante fue ver el resplandor en su rostro gracias a este aroma. Por último, con el olor de la naranja dulce aparecieron muchos «sí», como si fueran notas musicales, implicando que ayudaría al buen dormir, al estiramiento y, de paso, augurando el alma de un niño remolón.

Hubo un tiempo en que no entendía de dónde ni qué eran esos mensajes que sentía a través de los aromas, y me avergüenzo de reconocer que ignoré unos cuantos. Hoy, al reflexionar sobre ellos, hago caso a todos y los sigo al pie de la letra.

Pero... ¿cuándo fue que empecé a escuchar a las plantas, a entender el mensaje de sus aromas y a verlas de estas otras maneras?

Desde chica veo imágenes, caras y sombras. En su tiempo muchas me asustaban. Ahora sé que eran almas y espíritus que andaban por ahí. Al llegar a la adolescencia, uno de mis juegos favoritos era ir a jugar al cementerio, descubrir tumbas y hacer sesiones bastante amateurs de espiritismo. Allí conversaba con espíritus, pero al volver a la «vida real» aún podía ver almas en las casas y energías en los ojos de algunos seres, como las malas intenciones o cosas así.

Estas visiones no me hacen diferente. Soy igual de miedosa que cuando era niña. La diferencia está en cómo las enfrento hoy: si en la niñez pude haber corrido ante una de estas voces, hoy sé que las plantas son mis compañeras y mis guías protectoras. El palo de chonta, por ejemplo, me previene y me guarda; la rosa damascena levanta mis energías y guía mi día a día; o el oud, que siempre me acompaña y me recuerda que en todo lo que me rodea, un insecto, una hierba o una rama, se esconde un alma.

Hay plantas que me ayudan a crear puentes que destraben los obstáculos que misteriosamente se interponen en mi camino y otras que me permiten «ver hacia dentro». La artemisa, por ejemplo, es una de esas compañeras que desliga y ayuda a ver mejor la salud. O el vetiver, que me ha ayudado a ver la historia de mi vida pasada, esos fragmentos de vida de mi otra realidad, casi imperceptibles, pero que se aferran enviando mensajes constantes a esta realidad —que antes obviaba—, como diciendo: «para que no me olvides».

Estoy convencida de que todos tenemos otra vida, una especie de alma paralela que funciona como si fuera un espejo interno. El aroma de las plantas es un halo sutil que intercomunica y, como he entendido, puede ayudarnos a descubrir algo que está metido en algún secreto rincón de nuestra vida o incluso algo de aquellas vidas pasadas, un fragmento de historia que quizá nunca desenterremos, pero que siguiendo los aromas de las plantas podremos descubrir.

A medida que pasa el tiempo (y hay aromas que tienen una relación muy intensa con él), es inevitable que nuestro cuerpo envejezca. Pero la paradoja está en que el tiempo mismo nunca envejece. Está allí con una única misión: entregarse rítmicamente a la naturaleza en una danza coordinada. Porque las plantas tampoco envejecen. Al contrario, exfolian sus hojas para que aparezcan nuevas y una sola planta produce miles de semillas. Nosotros también exfoliamos la piel, es cierto, pero que moriremos en un momento dado, también lo es; y sólo podemos tener hijos (semillas) hasta cierta edad. El tiempo, en tanto humanos, nos pone límites; sin embargo, la especie de la planta sigue viva y renace año tras año con su misma forma, su mismo color, su misma textura y su mismo olor. A veces puede cambiar un poco —el clima, por ejemplo, puede hacer que un aroma sea más dulce o más agrio—, pero al fin de la jornada las plantan tienen más historias y saben más que nosotros acerca de sus familias y sus raíces. En otras palabras, los seres vegetales se conectan con el tiempo para entregar su sabiduría ancestral y narrar las muchas historias que han pasado por sus ramas.

Solo si logramos mirarlas así tendremos la oportunidad de viajar a conocerlas para conversar con sus almas. Y eso es lo que ofrece la aromaterapia chamánica: una herramienta que nos permita conectarnos con las plantas, una manera de aprender a conocerlas. A cambio solo nos piden observarlas para entender cuándo, cómo y en qué momento se desprenden del tiempo, entregan sus flores, sus frutos, desgajan sus ramas, liberan a sus hojas y esparcen al aire sus efluvios aromáticos conquistando todas las fronteras del mundo y llegando aún más lejos.

Algunas plantas oraculares son muy conocidas, como la coca o la milenrama, que tantas generaciones de vidas han visto pasar. Esta última, conocida también como achillea —la diosa de miles de brazos—, tiene un alma que se encarga de abrazar al tiempo con el oráculo del I Ching, que con paciencia reparte sus varillas y aclara nuestras ideas. O tomen el caso de la angélica, que asiste tomando sutilmente de las manos y acompaña a la muerte, ayudándonos a comprender que se nos acabó el tiempo en este mundo y, en un último despido, entrega y guía dulcemente al que se niega a partir, traspasando el testimonio al tiempo, encargado de llevarlo a un viaje más largo. O mi místico árbol del oud, un árbol de consistencia opulenta, de profundo bagaje de sabiduría, que todo lo sabe e inyecta sus raíces en lo más profundo del mundo de más abajo, al ser la única madera que se hunde y se toma el tiempo en las profundidades para luego liberar su esencia aromática.

Pero tanto hablar del tiempo «físico» hace que me contradiga, porque el tiempo chamánico no existe en la mente. Uno no tiene ni tiempo ni espacio y, como el viaje chamánico es atemporal, uno puede viajar temprano en la mañana y notar que a medida que te desplazas ha caído la noche o viceversa: comienzas rodeado de oscuridad y pronto te descubres envuelto por luces o una iluminación total.

De lo que no hay duda es que la aromaterapia chamánica existe y nos hace entrar en comunión con todos los elementos de la naturaleza, sean minerales, vegetales o animales, imperecederos dentro de los reinos de lo natural. Y comprender esto es lo que me tiene cautivada. Día a día he ido metiéndome, intentando habitar, en ese mundo de plantas y árboles selváticos; he visitado a las que se esconden bajo tierra y escalado para conocer a las que viven en la cima de las montañas. Y este camino, que en sus comienzos semejó una aventura lejana, extrema, me mostró luego lo obvio: debía también ser capaz de ver de otra forma a la simple hierba silvestre que florece año a año en el camino a casa. Es decir, no es necesario viajar a costas extrañas para entablar una relación con las plantas. Estamos rodeados por ellas y todas tienen un mensaje para dar. Como dijo Gustav Fechner, «Ellas, silenciosas, están ahí». Siempre. Es tiempo, pues, de abrir nuestros sentidos.

Y he aquí la razón de este libro: un intento de abrir la puerta de nuestras vidas a los vegetales aromáticos y ayudar a reconocer el gran aporte que nos hacen. Para lograr esto, no puedo olvidar mencionar a todos aquellos primeros conversadores de plantas, los grandes conocedores de su esencia y que, como bien imaginan, son los chamanes y curanderos de las culturas originarias. Siempre me ha conmovido la presencia de la planta en el altar de la machi o de la ñusta, la sacerdotisa que lo dispone todo como una ofrenda de y para la naturaleza en pos de un halo de luz de sanación. Esas curanderas nos han legado, muchas veces incluso sin saberlo «conscientemente» herramientas, llaves y claves esenciales que hoy debemos entender y practicar.

Porque los olores de las plantas nos ayudan a ser y estar más conscientes y alertas ante lo invisible, ante aquello que no vemos pero que está allí y nos puede dañar o ayudar a sanar. Nos ayudan a desarrollar la intuición. Nos enseñan a abrir nuestras puertas para que la sabiduría de la naturaleza nos invada y nos haga mejores seres humanos. Nos permiten desplegar la ventana de nuestros ojos internos y orientarla hacia la trasmutación de los sentidos, para que así podamos ver, por ejemplo a través del erizamiento del vello de nuestra piel, las tramas y urdimbres invisibles que se entretejen en el espacio alrededor. Los aromas traen consigo anuncios invisibles que nos advierten de lo que pasa en nuestro entramado corporal, y si sabemos distinguirlos, podemos aprender a percibir todo aquello, por más sutil que sea, que nos impacta para luego, al haberlo aprehendido, sacar la capa y hacerle un Ole de torero a los peligros.

Esa sabiduría innata —está en todos nosotros, aunque jamás la hayamos escuchado— es la que nos da las herramientas y estrategias para abrir la percepción a la intuición primigenia al unirse a nuestra propia capacidad. Y es precisamente esa búsqueda del cómo fusionar las técnicas chamánicas, sus viajes y sus trances con los aromas del mundo vegetal, animal y mineral lo que abre la puerta de entrada a la aromaterapia chamánica.

Este libro, entonces, pretende traspasar las experiencias, reflexiones y conversaciones que he tenido con las plantas aromáticas y cómo he entregado lo aprendido a mis alumnas.

Si me lo permiten, es hora de entrar por esa mágica puerta aromática.

BITÁCORA AROMÁTICA DE MIS VIAJES

FÍSICOS Y CHAMÁNICOS

En este libro los llevaré por el recuerdo de mis viajes chamánicos, los aromas de las plantas aromáticas que me rodearon y les relataré parte de los cursos que he impartido en distintos lugares del mundo y a diferentes culturas, dándome la hermosa oportunidad de viajar y compartir con la naturaleza aromática nativa de muchos lugares del globo. He viajado con sus sueños, he oído sus experiencias, he conocido sus sanaciones a partir del encuentro entre el aroma y el viaje del alma y he sido también conducida por aquellos elixires aromáticos de las plantas que han acompañado por siglos a los participantes de la ruta de la aromaterapia chamánica: chinos, mongoles, vietnamitas, ingleses, brasileños, mexicanos, peruanos, bolivianos y tantos otros.

Mi bitácora viajera y chamánica empieza con viajes tangibles que realicé muchos años atrás. Ha sido un trayecto largo en que he recorrido las más remotas áreas del mundo en busca del espíritu de las plantas aromáticas.

Gracias al aroma de las plantas he estado en China, Alemania, Rumania, Marruecos, India, Mysore, Shangri-La (en la frontera del Tíbet), Indonesia, Cambodia, Vietnam, Estambul, Singapur, otros países de Europa y también del alto andino, como Bolivia y Perú. Por ahí he husmeado y olido el espíritu vegetal de cada país; seguido las huellas; inhalado en cada visita a sus mercados, granjas, comunidades y jardines; adentrado en los bosques; metido en sus templos; descendido a las cavernas; orillado los mares; subido las montañas hasta el lugar donde levitan las aves y las terrazas arroceras regaron y nutrieron mi espíritu. Estos viajes, sin saber que lo tenía en mí, me volvieron una aventurera, de sentidos siempre abiertos y una nariz inquieta como alas de mariposa o colibrí. Viajé para investigar, pero también para oler, percibir, escuchar vibraciones y murmullos de las distintas fragancias. Y por ellos conocí diversos ritos y saboreé e inhalé las almas de la naturaleza perfumada.

Por todo esto, agradecida, en cada nuevo destino que se cruza en mi camino busco conocer alguna nueva planta aromática, seguir el rastro de las plantas odoríferas, husmeando el terreno como un sabueso. He ido al valle du Dades, Marruecos, en busca de la rosa. A Cambodia siguiendo la huella del oud (agar). A Indonesia, la del ylang ylang; a la India por su sándalo y patchouli; y a Perú por su paizara, moena y muña. Es el alma aromática la que me ha instado a seguir el rastro de las plantas y sus olores, y siempre intento conocerlas como conozco a una amiga, sean nuevas compañeras o ancestrales: busco que me traspasen sus experiencias para poder luego yo traer sus elixires aromáticos del otro lado del mundo a mi país y enriquecer así las percepciones que se agudizan cada vez que una nueva planta —o amiga— pasa a formar parte de mi mundo aromático.

Ya desde el mismo inicio llamo a mis viajes como chamánicos, porque incluso al comenzar a empacar empiezo a conversar con el espíritu de los aromas y a distinguir el sello aromático que las identifica con el lugar donde proliferan. ¿Cómo es su tierra nativa?, ¿cuál es su historia?, son ejemplos de señales que palpo en mi propio cuerpo y dejo registradas en mi mente y en mi corazón para, al entrar en contacto con ellas, recibirlas como si fueran infusiones de sus almas, el alma de las plantas, tal como si se tratara de esas agüitas de hierbas fragantes que uno toma después de la comida. Y así, las absorbo con todos mis sentidos, abriéndolos para «leer» sus mensajes odoríferos que manan de las moléculas que componen el alma del olor.

Como pueden ver, he ido, venido y vuelto a partir, zigzagueando por caminos a la siga de las almas aromáticas vegetales y de las huellas invisibles que sus historias han dejado en mi persona. En este libro, pues, confío en poder expresar a terceros todo aquello que de ellas he aprendido al volver a trazar mis pasos por aquellas rutas en un intento de entreabrir para ti, lector, la puerta de ese mundo de viajes invisibles que configuran los aromas y conforma la aromaterapia chamánica.

Con ello quisiera ayudar a aprender a reencontrarse con el alma de las plantas, a comprender que no existe soledad en el mundo si es que existen plantas, árboles, musgo o una flor que nos acompañe. Las plantas nos recompensan con sus aromas, provenga este de la raíz de un arbusto, la resina de un tronco o la rama que se estira hasta formar la copa del árbol. Y al igual que en una de esas ramas, las hojas de este libro se irán sucediendo para que juntos entablemos una conversación con sus almas aromáticas y comprendamos el mensaje fragante de su interior que nos despertará la alegría y consolará la pena.

Como preámbulo, me gustaría contarles que durante mis viajes me he encontrado y/o enfrentado, más de una vez, con mis propios traumas, muchos de ellos bastante impactantes. Por ejemplo, lo que me sucedió con las serpientes, las que se me han aparecido en más de tres oportunidades. En Bali, mientras visitaba un templo, fue la primera vez. Una experiencia terrorífica, porque les tengo miedo. Al comentar este «encuentro», los balineses me dijeron que era de buena suerte, pero no era eso lo que buscaba. Es más, si para buscar la buena suerte tengo que enfrentarme a una serpiente, la verdad, prefiero abandonar la búsqueda. Pero... ahí estaba yo, caminando en medio de un templo silencioso, sola, bajo un calor abrasador, sin nadie cerca, cuando se me aparece una serpiente justo enfrente. Era delgada, larga, su piel brillante se mimetizaba con el color de la tierra seca. Veo cómo se detiene y me mira. Todos los pelos de mi cuerpo se erizaron de terror. Solo atiné a pensar: ¿Qué hago?, ¿me quedo quieta?, ¿me muevo?, ¿no me muevo? Quise seguir caminando... —no, esto no es verdad; en realidad quise correr y arrancar lo más lejos posible—, pero nada en mí se mueve. Estoy paralizada, aterrorizada, los minutos pasan lentos como horas y ella, la serpiente, sigue allí, mirándome. Decidí caminar por su lado sin mirarla, como si con ello ignorara su presencia, pero la adrenalina recorría furiosa mi cuerpo. Estaba sola.

El segundo encuentro ocurrió en Londres, mientras caminaba de vuelta a mi casa por Coldharbour Lane, un largo camino de tierra en Brixton, un área habitada principalmente por la comunidad afro-jamaicana. Como decía, ahí estaba yo, volviendo de comprar algo para la comida cuando de repente, atravesando todo el ancho de la calle, veo algo muy grueso, una especie de liana de más de cinco metros de largo, custodiado por dos hombres negros, uno a cada lado, y un niño que jugaba cerca. Al acercarme un poco más, recién ahí, me di cuenta de que era una serpiente. Y el trauma una vez más. ¿Qué hace una serpiente en Londres? ¿Estoy viendo visiones? ¿No debiera estar en la selva? Yo estoy en la ciudad, ¿qué hace ella aquí? Y, principalmente, ¿qué hago ahora?

Me vi en la misma situación que en Bali, pero esta vez sí retrocedí y lentamente volví sobre mis pasos. Lloraba y tiritaba mientras mi imaginación dibujaba escenas en que la serpiente, acechante, me tragaba entera si miraba para atrás. ¿Qué hacía una serpiente tan grande en la calle? ¿Qué me está pasando? ¿Estoy segura que era real o la habré imaginado? Aún hoy no sé si estaba en un estado no ordinario de conciencia o era la más pura realidad. Eran las una de la tarde y nadie puede insinuar que me encontrara bajo algún influjo, porque no uso drogas y mis experiencias con plantas alucinógenas fueron muchos años después de haber vivido esta traumática experiencia.

La tercera experiencia la viví en Lima, en un congreso sobre plantas medicinales. Allí, una anciana peruana presentaba las plantas de su país y sostenía que uno podía viajar a otras realidades por otros medios, es decir sin tomar alucinógenos, e insistía en que comunicarse con el alma de las plantas era posible sin tomar ayahuasca u otra preparación en base a plantas enteógenas. Tras esto, invitó a un grupo, la mayoría franceses, a su casa, que era muy misteriosa, llena de huacas y parecía un mini museo. Nos llevó a una catacumba en el subterráneo de su casa y nos instó a sentarnos bien apretados en un círculo al tiempo que ella, desde el centro de este, se largaba a cantar para guiarnos a través de su propio canto y el sonido de la chapalkar (un ramo de plantas), no sin antes advertirnos que, cuando aparecieran, no permitiéramos a las serpientes subirse a nuestros pies. Y una vez más me vi enfrentada al trauma: poco a poco empecé a ver serpientes, grandes y chicas, que bajaban por el caminito que hicimos hasta la catacumba. Brotaban como el agua en un manantial al tiempo que yo me agitaba, pateaba y barría con mis manos el suelo intentando alejar cada serpiente que pretendía encaramarse por mis pies, brazos y espalda. Fue terrorífico, aun cuando todo respondiera a un viaje inducido por el canto de una abuela en un subsuelo en Lima, Perú.

Pero otros viajes me llevaron a lugares placenteros. Como esa vez en la India, en donde un canto sagrado que solo yo escuchaba en las noches me perseguía: era una planta la que cantaba. Dormía en la habitación de un hotel muy cerca de una laguna llena de flores de loto azules y blancas. Yo comenté lo que sentí y oí, pero nadie más había escuchado ese canto nocturno. Hoy pienso que era el alma aromática de aquellos lotos la que cantaba aquel himno tan reconfortante y encantador.

O esa vez en Shangri La, en el borde mismo entre China y el Tíbet, cuando me hospedé en una casa típica de la zona y en cuya entrada tenían una gallina amarrada de una pata a modo de guardián contra los espíritus. Y también allí, en medio de la plaza, ya de noche y con mucho frío, todas las tardes se realizaba un rito muy terapéutico y sanador: el baile al ocaso, en el cual se baila en círculos para marcar el paso del tiempo y, con él, finalizar el día.

En otra ocasión, esta vez durante mis enseñanzas en Fusion Maia, un resort en Da nang, Vietnam, cuando el diálogo aromático se llevó a cabo entre inglés, vietnamita y lenguaje de señas, adquirí para mi «banco o archivo» nuevos aromas chamánicos de las flores: las verdaderas protagonistas de esta aventura. Allí fui a enseñarles a viajar y a reconocer el espíritu aromático de las plantas, a oler y sentir su vibración y a que aprendieran a conversar con su alma aromática. Hicimos rituales, ceremonias y terapias creando mezclas alquímicas con el espíritu vegetal para cada momento, preparando un racimo selecto de aromas celestiales y cósmicos que, para poder encontrarlos, hube de viajar al mundo de arriba para luego, con la información recibida, preparar las mezclas inspirada en cada planeta y diseñadas especialmente para Fusion Maia. En esos días también enseñé el masaje neurofacial, una especie de mandala de halos que gira con danzantes aromas chamánicos mientras se toca la cara con las yemas de los dedos en círculos ondulantes, como el giro del mundo, al tiempo que las almas del agua pulsan rítmicamente la piel como las olas del mar que golpean la arena.

Estando en Vietnam, un monje local me invitó a participar en la ceremonia de celebración de la luna llena. Acepté y ahí estaba, en un templo incrustado en una montaña, una caverna con una serie de cuevas oscuras y húmedas llenas, repletas, de esculturas de dioses; fue una experiencia impresionante el encontrar este mundo espiritual en la profundidad de la tierra. Dioses reclinados y acostados, escuchando solo los ecos susurrantes de una oración, el sonido de una estalactita que caía y rebotaba con un eco de tono musical, sonidos retumbantes similares a los de un tambor. El olor a humedad entremez ...