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POESíA

Luis De Gongora  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

1. PERFILES DE LA ÉPOCA

1.1. DEL SUEÑO IMPERIAL A LA DECADENCIA POLÍTICO-MILITAR

España, desde 1556, estaba gobernada por Felipe II, el monarca que había heredado el mayor imperio conocido, en el que “no se ponía el sol”. Precisamente en 1561 trasladó la Corte a Madrid, hecho que convertirá a la capital española en “corte del Universo” y símbolo de la hegemonía del país. Sin embargo, y a pesar de haber reunido en su corona territorios de todos los continentes y de haber logrado la unidad ibérica al ser coronado rey de Portugal en 1581, su decidida vocación por defender el catolicismo frente a la Reforma luterana le llevó a entablar constantes guerras con las consiguientes mermas económicas y sacrificios para el país. Si a las ocho guerras contra los hugonotes, mantenidas entre 1562 y 1594, más el desastre de la Armada Invencible en 1588 contra Inglaterra por apoyar a los protestantes holandeses, se añaden los conflictos que desde todos los territorios iban surgiendo, tanto desde el interior (moriscos, en las Alpujarras, motín de Zaragoza en defensa del ex secretario del rey, Antonio Pérez, acusado de espionaje, y las graves crisis económicas derivadas del considerable descenso de la población, diezmada por las guerras), como del exterior (el problema de los turcos, en el Mediterráneo, y las sublevaciones de los Países Bajos, en donde la dura represión del duque de Alba, entre los años 1567 y 1573, dio lugar a la leyenda negra sobre España), se comprenderá que a su muerte, ocurrida en 1598, comenzase el desmoronamiento de ese imperio cuya grandeza hacía insostenible mantener su equilibrio y unidad. La fecha de su muerte resulta asimismo un anticipado símbolo de lo que será tres siglos después (en 1898) la definitiva pérdida de las últimas colonias españolas en América.

El espíritu político e imperialista de Felipe II no se vio continuado por su sucesor Felipe III, quien delegó sus responsabilidades en hombres de confianza, favoritos, como el duque de Lerma, primero y el de Uceda, después, políticos de gran ambición personal que permitieron toda clase de abusos y privilegios para favorecer sus propios intereses. Durante su reinado (1598-1621) se consiguió mantener la paz con Francia, rival permanente de España, y con los Países Bajos, desde 1604, en que se firmó la paz de Londres, con Jacobo I de Inglaterra. Asimismo, desde 1609 se estableció la tregua de los Doce Años con los holandeses, lo que puso fin a un conflicto iniciado en 1566. A partir de 1610, España, al igual que toda Europa, conoció un período de paz (Pax Hispanica), basado más en las necesidades diplomáticas que en las conveniencias auténticas de una política exterior justa. Por ello, pese a las protestas de muchos nobles que consideraban un signo de debilidad española la firma de treguas, el reinado de Felipe III continuó manteniendo de cara al exterior la hegemonía española. La habilidad diplomática, el poder militar español, la estrategia de conciertos matrimoniales entre las diversas monarquías europeas, y el apoyo incondicional prestado por la Iglesia y el Papa, en justa respuesta a la gran ayuda proporcionada anteriormente por su padre, Felipe II, permitieron un gobierno de tranquilidad aparente, que se empezó a desmoronar a partir de 1618, desde Italia, Bohemia y los Países Bajos. Sus consecuencias se dejaron sentir en el reinado de su sucesor. En el interior los conflictos económicos se multiplicaron, especialmente tras la expulsión de los moriscos, decretada en 1609, lo que provocó la pérdida de 400.000 personas de un censo ya suficientemente mermado por las guerras, y el grave perjuicio económico consiguiente puesto que los musulmanes expulsados eran, en su mayoría, artesanos y campesinos.

Su heredero, Felipe IV (1621-1665) continuó con la nefasta política de los validos y dejó en manos del conde duque de Olivares (hasta 1645) los destinos de España. Su política centralista y su imposición absolutista provocaron constantes conflictos en todas las regiones, siendo el más negativo el producido en Cataluña en 1640 (el Corpus de sangre) que duró doce años, hasta concluir con la rendición de Barcelona. En el mismo año se sublevó también Portugal y diferentes intentos de secesión se produjeron en Andalucía (1641), Navarra, Aragón, Nápoles y Sicilia. No menos desastrosa fue la política exterior, cuyas consecuencias soportó el pueblo español. Al reanudarse la guerra con los Países Bajos y con Francia, la economía, ya muy reducida, se vio sumida en una grave depresión que se tradujo en constantes revueltas a causa del aumento de los impuestos. Sólo un éxito se pudo contabilizar en su reinado: la toma de Breda en los Países Bajos (en 1625), motivo inmortalizado por Velázquez. El resto de los acontecimientos puso de manifiesto el fracaso de la política del conde duque de Olivares y la decadencia naval (derrota en las Dunas, en 1639) y militar (derrota de los tercios en Rocroi, en 1643), como preámbulos de la evidente y definitiva decadencia española y la consiguiente pérdida de su hegemonía.

1.2. EL DIFÍCIL EQUILIBRIO SOCIAL EN EL NUEVO MARCO URBANO

El período comprendido entre 1561 y 1627 (correspondiente a la vida de Góngora) es uno de los más conflictivos y dramáticos para la sociedad española. Además de los problemas generales a toda Europa (guerras, despoblación y crisis económica), España tuvo que soportar la mayor intensidad de todos esos conflictos debido al empecinamiento de Felipe II en mostrarse como el adalid de la Contrarreforma. Para conseguirlo tuvo que sacrificar la ganadería y el comercio castellano, principal fuente económica del país, y necesitó hipotecar sus riquezas para sostener los numerosos ejércitos. En pocos años, el reinado de Felipe II, el más privilegiado, conoció dos bancarrotas (en 1575 y 1597, que con la anterior de 1557 nos describe el panorama real de la economía frente a su ostentosa apariencia). Por otra parte, el oro y la plata que con tanta abundancia llegaba de América sólo servía para elevar los precios y empobrecer las economías domésticas, ya débiles por la escasez de población debida a las guerras y a la emigración a América.

Precisamente a causa de la despoblación se va produciendo un progresivo abandono del campo y una mayor concentración en los núcleos urbanos, coincidente con la mentalidad moderna que se va abriendo paso en las estructuras sociales. Este hecho dio lugar a una completa transformación de la cultura. Los campesinos se instalaron en las ciudades formando parte del proletariado y la pequeña burguesía. El aumento de los comerciantes, de los funcionarios de la administración, de los servicios y de los obreros en las primitivas “fábricas” (talleres) de las industrias textiles y de la imprenta, sobre todo, provocaron la primera masificación de la historia moderna. El hacinamiento en determinados lugares y el anonimato correspondiente dio lugar a una tensa situación social que se tradujo en el aumento de la delincuencia, en la mayor relajación de costumbres, con continuos altercados y proliferación de pordioseros, vagos, prostitutas y marginados que vivían fuera de la ley, unas veces por motivos económicos y otras por causas sociales. El resultado fue una profunda alteración en el medio de vida tradicional y en las formas de relación personal. El viejo lema de que el hombre es un lobo para el hombre cobró nueva actualidad y acentuó el sentimiento de soledad y la inquietud en el individuo.

Ciudades como Sevilla, Valencia, Toledo y Segovia centraron la atención preferente, pero fue Madrid la que acogió a mayor número de habitantes por estar ubicada la administración y la política del Estado. Se convirtió en centro del universo, en la sucesora de Roma, capaz de integrar a las gentes más heterogéneas y con razón se la denominaba “Babilonia de España” y “madre de todos” (de acuerdo con la etimología de su nombre árabe). En ella se podía encontrar todo cuanto era más apreciado por la sociedad: el lujo, el dinero, la diversión, los privilegios y la ostentación, en contraste con su polo más opuesto, la desgracia, el crimen y la pobreza. Las noticias que puntualmente publicaban los Avisos, Relaciones y Gacetas de la época (primeras formas de periodismo) nos relatan la infinidad de robos, el elevado número de crímenes y los graves problemas de orden público que constantemente asolaban sus calles.

1.3. CULTURA URBANA Y CONSERVADORA PARA UNA SOCIEDAD MASIFICADA

La imagen del hombre y del mundo revela la inestabilidad social y la situación de crisis en que se debate el individuo entre las aspiraciones idealistas, fomentadas por el humanismo y la hegemonía política española, coincidentes con el período renacentista, y el nuevo sentimiento de desengaño ante la realidad del fracaso individual y colectivo. Las penalidades que soporta el español y la inseguridad en la que vive se manifiesta en el desencanto y la melancolía que, como mal del siglo, se extiende a todas las manifestaciones artísticas. Asimismo, la preocupación religiosa acentúa la tendencia ascética y didáctica pero, al mismo tiempo, favorece su contrapunto festivo, alentado por las constantes fiestas con que la Corte celebraba cualquier acontecimiento. Por ello no es extraño encontrar un arte absolutamente mundano, pleno de color y vitalismo o de afirmación del individuo (retratos), junto a las moralizadoras vanitas, Cristos yacentes o motivos religiosos. Lo mismo la pintura que la literatura ofrecen multiplicidad de ejemplos. El Greco y Velázquez representan en pintura lo que en literatura Góngora: un arte de estética elitista, refinado, culto y al mismo tiempo una burla de esa misma estética (de los mitos) con la inclusión de lo feo, de lo cotidiano y de la deformación del ser humano. Se trata de la difícil respuesta a esa crisis que adelanta la modernidad y que sitúa al hombre en un mundo al revés, en donde todo aparece confuso, distorsionado, difícil, como un laberinto del que no se puede salir o como un mesón o mercado en donde todo tiene un precio. No es extraño que el arte del Bosco fuese muy admirado en la época.

El pensamiento experimental del Renacimiento, que había permitido una investigación científica en torno al hombre, al cosmos y a la Naturaleza, choca ahora con el pensamiento religioso conservador, y sólo permanece la idea de movimiento, de cambio, como forma de manifestar la inconsistencia de todo. Los mitos de Proteo y Circe y las metáforas del caminante se multiplican para expresar la angustia del tiempo y el carácter pasajero de la vida, única esencia de tanta apariencia festiva con que el hombre barroco teatralizó su existencia.

2. CRONOLOGÍA

AÑO AUTOR-OBRA HECHOS HISTÓRICOS HECHOS CULTURALES 1561 Nace en Córdoba. Se instala la corte en Madrid. Nace F. Bacon. 1562   Se reanuda en Roma el Concilio de Trento.   1563   Finaliza el Concilio de Trento. Comienza la construcción de El Escorial. 1564     Nacen Shakespeare y Galileo. Muere Calvino. 1565     Surgen los primeros “corrales” de teatro. Muere Lope de Rueda. 1566   Se inicia la rebelión de los Países Bajos.   1568   Sublevación de los moriscos en las Alpujarras.   1569     Cervantes marcha a Italia. Ercilla: La Araucana

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