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POESíA

Luis De Gongora  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

1. PERFILES DE LA ÉPOCA

1.1. DEL SUEÑO IMPERIAL A LA DECADENCIA POLÍTICO-MILITAR

España, desde 1556, estaba gobernada por Felipe II, el monarca que había heredado el mayor imperio conocido, en el que “no se ponía el sol”. Precisamente en 1561 trasladó la Corte a Madrid, hecho que convertirá a la capital española en “corte del Universo” y símbolo de la hegemonía del país. Sin embargo, y a pesar de haber reunido en su corona territorios de todos los continentes y de haber logrado la unidad ibérica al ser coronado rey de Portugal en 1581, su decidida vocación por defender el catolicismo frente a la Reforma luterana le llevó a entablar constantes guerras con las consiguientes mermas económicas y sacrificios para el país. Si a las ocho guerras contra los hugonotes, mantenidas entre 1562 y 1594, más el desastre de la Armada Invencible en 1588 contra Inglaterra por apoyar a los protestantes holandeses, se añaden los conflictos que desde todos los territorios iban surgiendo, tanto desde el interior (moriscos, en las Alpujarras, motín de Zaragoza en defensa del ex secretario del rey, Antonio Pérez, acusado de espionaje, y las graves crisis económicas derivadas del considerable descenso de la población, diezmada por las guerras), como del exterior (el problema de los turcos, en el Mediterráneo, y las sublevaciones de los Países Bajos, en donde la dura represión del duque de Alba, entre los años 1567 y 1573, dio lugar a la leyenda negra sobre España), se comprenderá que a su muerte, ocurrida en 1598, comenzase el desmoronamiento de ese imperio cuya grandeza hacía insostenible mantener su equilibrio y unidad. La fecha de su muerte resulta asimismo un anticipado símbolo de lo que será tres siglos después (en 1898) la definitiva pérdida de las últimas colonias españolas en América.

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El espíritu político e imperialista de Felipe II no se vio continuado por su sucesor Felipe III, quien delegó sus responsabilidades en hombres de confianza, favoritos, como el duque de Lerma, primero y el de Uceda, después, políticos de gran ambición personal que permitieron toda clase de abusos y privilegios para favorecer sus propios intereses. Durante su reinado (1598-1621) se consiguió mantener la paz con Francia, rival permanente de España, y con los Países Bajos, desde 1604, en que se firmó la paz de Londres, con Jacobo I de Inglaterra. Asimismo, desde 1609 se estableció la tregua de los Doce Años con los holandeses, lo que puso fin a un conflicto iniciado en 1566. A partir de 1610, España, al igual que toda Europa, conoció un período de paz (Pax Hispanica), basado más en las necesidades diplomáticas que en las conveniencias auténticas de una política exterior justa. Por ello, pese a las protestas de muchos nobles que consideraban un signo de debilidad española la firma de treguas, el reinado de Felipe III continuó manteniendo de cara al exterior la hegemonía española. La habilidad diplomática, el poder militar español, la estrategia de conciertos matrimoniales entre las diversas monarquías europeas, y el apoyo incondicional prestado por la Iglesia y el Papa, en justa respuesta a la gran ayuda proporcionada anteriormente por su padre, Felipe II, permitieron un gobierno de tranquilidad aparente, que se empezó a desmoronar a partir de 1618, desde Italia, Bohemia y los Países Bajos. Sus consecuencias se dejaron sentir en el reinado de su sucesor. En el interior los conflictos económicos se multiplicaron, especialmente tras la expulsión de los moriscos, decretada en 1609, lo que provocó la pérdida de 400.000 personas de un censo ya suficientemente mermado por las guerras, y el grave perjuicio económico consiguiente puesto que los musulmanes expulsados eran, en su mayoría, artesanos y campesinos.

Su heredero, Felipe IV (1621-1665) continuó con la nefasta política de los validos y dejó en manos del conde duque de Olivares (hasta 1645) los destinos de España. Su política centralista y su imposición absolutista provocaron constantes conflictos en todas las regiones, siendo el más negativo el producido en Cataluña en 1640 (el Corpus de sangre) que duró doce años, hasta concluir con la rendición de Barcelona. En el mismo año se sublevó también Portugal y diferentes intentos de secesión se produjeron en Andalucía (1641), Navarra, Aragón, Nápoles y Sicilia. No menos desastrosa fue la política exterior, cuyas consecuencias soportó el pueblo español. Al reanudarse la guerra con los Países Bajos y con Francia, la economía, ya muy reducida, se vio sumida en una grave depresión que se tradujo en constantes revueltas a causa del aumento de los impuestos. Sólo un éxito se pudo contabilizar en su reinado: la toma de Breda en los Países Bajos (en 1625), motivo inmortalizado por Velázquez. El resto de los acontecimientos puso de manifiesto el fracaso de la política del conde duque de Olivares y la decadencia naval (derrota en las Dunas, en 1639) y militar (derrota de los tercios en Rocroi, en 1643), como preámbulos de la evidente y definitiva decadencia española y la consiguiente pérdida de su hegemonía.

1.2. EL DIFÍCIL EQUILIBRIO SOCIAL EN EL NUEVO MARCO URBANO

El período comprendido entre 1561 y 1627 (correspondiente a la vida de Góngora) es uno de los más conflictivos y dramáticos para la sociedad española. Además de los problemas generales a toda Europa (guerras, despoblación y crisis económica), España tuvo que soportar la mayor intensidad de todos esos conflictos debido al empecinamiento de Felipe II en mostrarse como el adalid de la Contrarreforma. Para conseguirlo tuvo que sacrificar la ganadería y el comercio castellano, principal fuente económica del país, y necesitó hipotecar sus riquezas para sostener los numerosos ejércitos. En pocos años, el reinado de Felipe II, el más privilegiado, conoció dos bancarrotas (en 1575 y 1597, que con la anterior de 1557 nos describe el panorama real de la economía frente a su ostentosa apariencia). Por otra parte, el oro y la plata que con tanta abundancia llegaba de América sólo servía para elevar los precios y empobrecer las economías domésticas, ya débiles por la escasez de población debida a las guerras y a la emigración a América.

Precisamente a causa de la despoblación se va produciendo un progresivo abandono del campo y una mayor concentración en los núcleos urbanos, coincidente con la mentalidad moderna que se va abriendo paso en las estructuras sociales. Este hecho dio lugar a una completa transformación de la cultura. Los campesinos se instalaron en las ciudades formando parte del proletariado y la pequeña burguesía. El aumento de los comerciantes, de los funcionarios de la administración, de los servicios y de los obreros en las primitivas “fábricas” (talleres) de las industrias textiles y de la imprenta, sobre todo, provocaron la primera masificación de la historia moderna. El hacinamiento en determinados lugares y el anonimato correspondiente dio lugar a una tensa situación social que se tradujo en el aumento de la delincuencia, en la mayor relajación de costumbres, con continuos altercados y proliferación de pordioseros, vagos, prostitutas y marginados que vivían fuera de la ley, unas veces por motivos económicos y otras por causas sociales. El resultado fue una profunda alteración en el medio de vida tradicional y en las formas de relación personal. El viejo lema de que el hombre es un lobo para el hombre cobró nueva actualidad y acentuó el sentimiento de soledad y la inquietud en el individuo.

Ciudades como Sevilla, Valencia, Toledo y Segovia centraron la atención preferente, pero fue Madrid la que acogió a mayor número de habitantes por estar ubicada la administración y la política del Estado. Se convirtió en centro del universo, en la sucesora de Roma, capaz de integrar a las gentes más heterogéneas y con razón se la denominaba “Babilonia de España” y “madre de todos” (de acuerdo con la etimología de su nombre árabe). En ella se podía encontrar todo cuanto era más apreciado por la sociedad: el lujo, el dinero, la diversión, los privilegios y la ostentación, en contraste con su polo más opuesto, la desgracia, el crimen y la pobreza. Las noticias que puntualmente publicaban los Avisos, Relaciones y Gacetas de la época (primeras formas de periodismo) nos relatan la infinidad de robos, el elevado número de crímenes y los graves problemas de orden público que constantemente asolaban sus calles.

1.3. CULTURA URBANA Y CONSERVADORA PARA UNA SOCIEDAD MASIFICADA

La imagen del hombre y del mundo revela la inestabilidad social y la situación de crisis en que se debate el individuo entre las aspiraciones idealistas, fomentadas por el humanismo y la hegemonía política española, coincidentes con el período renacentista, y el nuevo sentimiento de desengaño ante la realidad del fracaso individual y colectivo. Las penalidades que soporta el español y la inseguridad en la que vive se manifiesta en el desencanto y la melancolía que, como mal del siglo, se extiende a todas las manifestaciones artísticas. Asimismo, la preocupación religiosa acentúa la tendencia ascética y didáctica pero, al mismo tiempo, favorece su contrapunto festivo, alentado por las constantes fiestas con que la Corte celebraba cualquier acontecimiento. Por ello no es extraño encontrar un arte absolutamente mundano, pleno de color y vitalismo o de afirmación del individuo (retratos), junto a las moralizadoras vanitas, Cristos yacentes o motivos religiosos. Lo mismo la pintura que la literatura ofrecen multiplicidad de ejemplos. El Greco y Velázquez representan en pintura lo que en literatura Góngora: un arte de estética elitista, refinado, culto y al mismo tiempo una burla de esa misma estética (de los mitos) con la inclusión de lo feo, de lo cotidiano y de la deformación del ser humano. Se trata de la difícil respuesta a esa crisis que adelanta la modernidad y que sitúa al hombre en un mundo al revés, en donde todo aparece confuso, distorsionado, difícil, como un laberinto del que no se puede salir o como un mesón o mercado en donde todo tiene un precio. No es extraño que el arte del Bosco fuese muy admirado en la época.

El pensamiento experimental del Renacimiento, que había permitido una investigación científica en torno al hombre, al cosmos y a la Naturaleza, choca ahora con el pensamiento religioso conservador, y sólo permanece la idea de movimiento, de cambio, como forma de manifestar la inconsistencia de todo. Los mitos de Proteo y Circe y las metáforas del caminante se multiplican para expresar la angustia del tiempo y el carácter pasajero de la vida, única esencia de tanta apariencia festiva con que el hombre barroco teatralizó su existencia.

2. CRONOLOGÍA

AÑO AUTOR-OBRA HECHOS HISTÓRICOS HECHOS CULTURALES 1561 Nace en Córdoba. Se instala la corte en Madrid. Nace F. Bacon. 1562   Se reanuda en Roma el Concilio de Trento.   1563   Finaliza el Concilio de Trento. Comienza la construcción de El Escorial. 1564     Nacen Shakespeare y Galileo. Muere Calvino. 1565     Surgen los primeros “corrales” de teatro. Muere Lope de Rueda. 1566   Se inicia la rebelión de los Países Bajos.   1568   Sublevación de los moriscos en las Alpujarras.   1569     Cervantes marcha a Italia. Ercilla: La Araucana (primera parte). 1571   Victoria española en la batalla de Lepanto.   1572   Insurrección general de los Países Bajos. Camóens: Os Lusiadas. Arias Montano: Biblia Políglota de Amberes. 1574   Bancarrota de la Hacienda y crisis económica. Tiziano: retrato de Felipe II. 1575 Destinado a la carrera eclesiástica, recibe órdenes menores.   Cervantes es prisionero en Argel. Se inauguran corrales de comedias en Madrid, Sevilla y Valladolid. 1576 Se matricula en la Universidad de Salamanca para cursar Cánones después de haber estudiado en Córdoba con el humanista Ambrosio de Morales.   Muerte de Tiziano. 1577     El Greco conoce Toledo. Lope de Vega inicia los estudios en Alcalá. 1579     El Greco: El martirio de San Mauricio. 1580 Publica su primer poema. Portugal se anexiona a la corona española. Nace Quevedo. T. Tasso: Jerusalén libertada. Herrera: Anotaciones a Garcilaso. 1581 Obtiene el grado de bachiller y vuelve a Córdoba para tramitar los beneficios que le corresponden por herencia en el Cabildo.     1582     Muere Santa Teresa de Jesús. 1583     Fray Luis de León: La perfecta casada y De los nombres de Cristo. 1584     Finalizan las obras de El Escorial. 1585 Es ordenado diácono de la mezquita-catedral de Córdoba y obtiene el puesto de racionero, que le permite viajar constantemente; escribe su soneto a Córdoba.   Cervantes: La Galatea. 1586     El Greco: El entierro del conde de Orgaz. 1587   Drake ataca las costas españolas.   1588 Es acusado por un obispo por escribir “prosas profanas” y vivir como si no fuese religioso. Desastre de la Armada Invencible. Nace Ribera. 1590   Se hunde el mercado textil en Castilla.   1591     Mueren Fray Luis de León y San Juan de la Cruz. Pedro de Moncayo: Flor de varios romances nuevos. Primera y segunda parte. 1592   Sublevación de Aragón contra Felipe II. Muere Montaigne. 1594   Comienzan las disputas en Valladolid sobre el problema de la libertad y la gracia (Disputas de Auxiliis).   1596     Nace Descartes. 1597   Nueva bancarrota de Felipe II.   1598   Muere Felipe II y se inicia el reinado de Felipe III. Paz con Francia. Nace Zurbarán. 1599   Peste en España con repercusiones sociales y económicas. Nace Velázquez. Mateo Alemán: Guzmán de Alfarache (primera parte). 1600   G. Bruno es quemado por hereje en Roma. Nueva peste. Nace Calderón de la Barca. Publicación del Romancero general. 1601   Traslado de la corte de Madrid a Valladolid. Nace Gracián. 1603   Muere Isabel I de Inglaterra. Shakespeare: Hamlet. 1604   Paz con Inglaterra. Segunda edición del Romancero general. Mateo Alemán: Guzmán de Alfarache (segunda parte). Shakespeare: Otelo. 1605     Cervantes: Don Quijote (primera parte). P. Espinosa: Flores de poetas ilustres de España. Quevedo: El Buscón. Shakespeare: El rey Lear. 1606   Se traslada la Corte de Valladolid a Madrid. Nacen Rembrandt y Corneille. 1607 Estancia en Niebla y Lepe. Nueva bancarrota y crisis económica.   1609 Quevedo dedica a Góngora el Anacreón castellano. Expulsión de los moriscos. Tregua de los Doce Años en los Países Bajos. Lope de Vega: Arte nuevo de hacer comedias. Kepler: Astronomia nova. 1610 Escribe la comedia Las firmezas de Isabela, y la Canción a la toma de Larache.   Galileo: Siderius mundi. 1611 Reparte sus prebendas entre sus sobrinos.   L. Carrillo y Sotomayor: Libro de la erudición poética y Fábula de Acis y Galatea, modelo para la Fábula de Polifemo. Sebastián de Covarrubias: Tesoro de la lengua castellana. 1612 1613 Las primeras copias manuscritas de la Fábula de Polifemo y la primera Soledad gongorinas se divulgan por Madrid. Critica a sus opositores (Quevedo y Lope, sobre todo).     1614     Muere El Greco y Góngora le dedica un soneto. Lope de Vega se ordena sacerdote: Rimas sacras. 1615     Cervantes: Quijote (segunda parte). Suárez de Figueroa: Plaza universal de todas las ciencias y artes. 1616 Un certamen celebrado en Toledo con motivo de la inauguración de la capilla del Sagrario realza el arte de Góngora frente al de Lope.   Mueren Cervantes y Shakespeare. 1617 Ataques literarios a Lope. Se instala en Madrid como capellán real, gracias al favor de Rodrigo Calderón, a quien dedica el Panegírico. Francia conquista el Franco-Condado. Se publican, con carácter póstumo, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de Cervantes. 1618 Se instala en Madrid y es ordenado sacerdote. Fábula de Píramo y Tisbe. Comienza la Guerra de los Treinta Años. Nace Murillo. 1619     Sancho de Moncada: Restauración política de España. Kepler: Armonía del mundo. 1620     Éxito popular de Lope de Vega en las Justas madrileñas organizadas para celebrar la canonización de San Isidro. 1621 Por las cartas de Góngora puede verse su precaria situación económica y social. Muere Felipe III y comienza el reinado de Felipe IV. Condenado a la horca Rodrigo Calderón, protector de Góngora. Fin de la tregua de los Doce Años. Quevedo es desterrado a la Torre de Juan Abad. 1622 Es retratado por Velázquez. Difícil situación económica de Góngora. Canonización de San Ignacio de Loyola y Santa Teresa. Asesinato del conde de Villamediana. Lope de Vega: Rimas y La Dragontea. 1625 Situación desesperada de Góngora a causa de su escasa salud y sus muchas deudas. Le echan de la casa en que vivía de alquiler y tiene que vender sus enseres para comer. Toma de Breda por Spínola.   1626 Enfermo, pobre y cansado regresa a su ciudad natal.   Quevedo: El Buscón. 1627 Muerte de Góngora. Edición póstuma de Obras en verso del Homero español. Grave crisis económica en España.  

3. VIDA Y OBRA DE LUIS DE GÓNGORA

Córdoba, la patria de Séneca y Lucano, ve nacer en 1561 a Luis de Góngora, hijo de un prestigioso jurista de familia noble aunque no gozase de una posición económica desahogada. El único familiar rico era su tío materno, racionero de la catedral y propietario de fincas, quien muy pronto decidió que el poeta, primogénito de la familia, fuese su heredero, para lo cual fue destinado a la carrera eclesiástica. El ambiente culto de su casa le permitió conocer desde muy joven a los grandes autores clásicos latinos (Virgilio, Ovidio, Horacio, Juvenal) y a los italianos más influyentes de su época (Petrarca, Ariosto, Bembo, Bernardo y Torcuato Tasso). Realiza los primeros estudios de Gramática en su ciudad natal con el humanista Ambrosio de Morales que enseguida se da cuenta de su talento. En 1576 se traslada a Salamanca para estudiar Derecho, pero le atraen más los naipes, la caza y la vida alegre, entre amoríos y travesuras juveniles (“las bellaquerías / detrás de la puerta”) que los libros, aunque muestra gran interés por las formas italianizantes (sonetos, canciones) de moda por entonces. Esa imagen juvenil de Góngora pocas veces se recuerda. El autor era muy poco aficionado a divulgar su biografía, y la situación de desaliento y amargura de sus últimos años, que le llevó a confesar, sobre todo en su epistolario, sus angustias, forjó una imagen retraída y severa que ha prevalecido sobre la del hombre festivo que también fue, pues incluso cuando en los escasos poemas que habla de sí mismo lo hace riéndose de sus propias flaquezas.

En 1581 vuelve a Córdoba con la intención de conseguir los beneficios que por herencia le correspondían en el Cabildo de la catedral. Consigue el empleo de racionero en 1585 y con él la posibilidad de viajar por toda España puesto que el cargo era representativo y su misión era estar presente en fiestas solemnes o defender los derechos en determinadas causas. El cargo le permitió conocer diferentes regiones (Galicia, Navarra, Andalucía, Castilla), alternar con nobles, eruditos y poetas y, sobre todo, observar para después criticar o elogiar lo contemplado. En sus versos están recogidas las impresiones de los diferentes paisajes y gentes conocidos en sus viajes. Su participación en certámenes poéticos le hizo famoso muy pronto y a los 19 años ya había conseguido ver impreso un poema (una canción en elogio de la versión de Os Lusiadas, realizada por el sevillano Gómez de Tapia) y había escrito el conocido romance “Hermana Marica”, un auténtico cuadro de la vida adolescente del momento, en donde el ambiente familiar y la picardía juvenil se entrelaza con el más minucioso costumbrismo.

Sin embargo, y pese a haber recibido las órdenes religiosas, no renunció lo más mínimo a su vida anterior, y si bien es cierto que en la época los clérigos eran sobre todo humanistas y no tenían la respetabilidad religiosa que hoy pensaríamos asignarlos, su caso debió ser llamativo cuando tuvo que intervenir el obispo de Córdoba, Francisco Pacheco, para censurar su modo de vida. Fue en 1588 cuando le denunciaron por vivir “como un mozo y andar de día y de noche en cosas ligeras, tratar representantes de comedias, y escribir prosas profanas”. Quizá para compensar y ofrecer méritos a este mismo obispo, Góngora colaboró en la empresa patriótica y católica de Felipe II, escribiendo, con motivo de la Armada Invencible, la canción “Levanta, España, tu famosa diestra”, considerada en el siglo XIX como “una verdadera oda nacional”. A partir de este incidente, y aun sin abandonar estas costumbres, el poeta se mostró bastante más recatado en su comportamiento aunque siguió escribiendo composiciones amorosas (“La más bella niña”, “Corcilla temerosa”), por las que ya se había ganado alguna que otra reprimenda eclesiástica, como la del padre Pineda contra el soneto en que el poeta describió las partes de una dama (“De pura honestidad, templo sagrado”), calificado de “loca exageración de profanos poetas, que en boca de un sacerdote, y junto con otras demasías, se hace más intolerable”. En otras composiciones, de tono burlesco, proclamaba su personal filosofía, entre hedonista y escéptica (“Ándeme yo caliente / y ríase la gente”), así como su desconfianza en las instituciones sociales (“Da bienes Fortuna”) y su oposición a las normas establecidas (“Manda Amor en su fatiga”), al tiempo que manifestaba su profundo vitalismo (“Mientras por competir con tu cabello”).

El período de 1580 a 1616 fue el más tranquilo en su biografía y el más gratificante en todos los aspectos. Tenía su residencia en Córdoba, ciudad por la que siempre mostró un gran afecto, y a la que dedicó un precioso soneto en donde recogió lo más selecto de su geografía y el ambiente, entre austero y melancólico, de su querida “flor de España”; disfrutaba de un trabajo agradable y bien remunerado que le permitía conocer las principales ciudades; era respetado en la sociedad, y sus méritos literarios reconocidos por todos hasta el punto de que sus versos se incorporaron muy pronto y en gran cantidad a las Flores de romances nuevos y a la Antología poética más importante del XVII, las Flores de poetas ilustres (1605), compiladas por el antequerano Pedro Espinosa, en donde puede estudiarse el cambio estético que se produce entre el Renacimiento y Barroco. En estos años alterna los viajes con la creación literaria. Además de componer originales letrillas, canciones y sonetos, Góngora revoluciona el metro más popular de la lírica castellana, el romance. Hay que recordar la enorme popularidad que tuvo el Romancero, o compilación de romances anónimos transmitidos de forma oral, que se cantaban y gustaban a todas las clases sociales, desde el rey, Felipe II, al pueblo más iletrado. A partir de este éxito Góngora compuso otros romances personales, imitando las formas populares pero introduciendo la singularidad de su arte, lo mismo para expresar el lirismo que la sátira o la burla.

El primer contratiempo de este período tuvo lugar en 1605, cuando vino a Madrid, ciudad que ya le había decepcionado suficientemente según el soneto de 1588 dedicado “A la Corte”. La muerte de un sobrino suyo, en una pelea, y sus reiteradas peticiones ante los grandes, a quienes antes había alabado en sus versos, sin conseguir ver aplicada la justicia ni escuchados sus ruegos, le produjo una honda frustración plasmada en la composición dedicada “A lo poco que hay que fiar de los favores de los príncipes castellanos”, de 1609. Tampoco tuvo fortuna con el conde de Lemos, a quien deseaba acompañar a Nápoles, como miembro de su séquito, sin éxito. Esta nueva decepción se transformó en uno de los sonetos más agrios y sinceros del autor (“El conde, mi señor, se fue a Nápoles”), de 1610, en donde mostró no sólo su oposición a la corte, sino la crítica a la Inquisición, el sentimiento de soledad que le embargaba, la melancolía por el paso del tiempo y su desconfianza hacia los nobles, que le confirmó en su negativa visión de la sociedad. Tras una estancia breve, en la que conoció al famoso predicador Paravicino, de cuyos elaborados sermones se burló Calderón, y al Greco, cuya pintura elogió extraordinariamente en su famoso soneto elegíaco, decidió abandonar Madrid, centro de pretensiones cortesanas y volver a su “huerta de Don Marcos”, próxima a Córdoba, para recuperarse de las decepciones sufridas.

En 1611, cumplidos los cincuenta años, repartió sus prebendas entre sus dos sobrinos y, aunque disminuyeron sus ingresos, aumentó su tiempo libre que dedicó a su obra. Son los años de mayor fecundidad creadora. Escribe la comedia Las firmezas de Isabela (1610), el Polifemo (1612), la comedia del Doctor Carlino (1613), que dejó incompleta, las Soledades (1613-14) y numerosas letrillas sacras, aparte de sonetos y romances. Pero fue sobre todo la originalidad del Polifemo y las Soledades, que enseguida circularon manuscritas por la corte, lo que desconcertó en los círculos culturales. Pronto se habló de la nueva manera de escribir poesía, del ingenio y modernidad de su arte, sin ocultar el vicio de la oscuridad que encerraban sus versos. La crítica se dividió entre admiradores y detractores, y mientras para unos su originalidad representaba un cambio positivo que venía a realizar los proyectos lingüísticos propugnados por los teóricos acerca de la necesidad de una lengua culta diferente a la vulgar, para otros, se trataba de una experimentación frívola y absurda. El enfrentamiento más agrio fue con Lope de Vega y sus partidarios, que temían ver eclipsado al genio de la naturalidad. Circularon muchas cartas y alusiones anónimas entre unos y otros durante varios años hasta que se hicieron públicas en 1621. En ese año Góngora ya estaba en Madrid, alentado por sus amigos y seguidores. Pese a las desagradables experiencias cortesanas, en 1617 decidió cambiar definitivamente la vida tranquila de su ciudad natal por la babilónica capital, convirtiéndose de nuevo en uno de tantos pretendientes que buscaban el favor de los nobles. Para conseguir el cargo que le ofrecían sus amigos de capellán del rey tiene que ordenarse sacerdote y así lo hace ese mismo año. Logra el favor de Rodrigo Calderón, protegido del duque de Lerma, a quien dedica un Panegírico alabando la paz conseguida durante su valimiento, y entabla gran amistad con el conde Villamediana, pero la mala fortuna con los poderosos se le presenta una vez más. Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, cayó pronto en desgracia debido a su rápido encumbramiento y, tras la muerte de Felipe III (1621), fue condenado a muerte, degollado, después de permanecer varios años en la cárcel acusado de robos, crímenes y hechicerías; el conde de Villamediana fue asesinado, y tuvo que volver otra vez con el conde de Lemos, quien enseguida perdió el favor real y murió en 1622, quedándose en Madrid desamparado y con una ya muy menguada economía que se iba estrechando cada vez más.

Esa nueva cadena de desgracias le sume en una honda desesperación, manifiesta en sus cartas y en los sonetos morales, que se multiplican en los últimos años. Sin embargo, a medida que el sufrimiento íntimo se hace más intenso su fama cobra más fuerza. Los poetas celebran su gloria y los pintores y escultores inmortalizan su figura. Velázquez lo retrata en 1622 y otro pintor, de origen flamenco aunque anónimo, pinta su retrato, hoy perdido pero del que se conserva el famoso grabado que antecede a las obras coleccionadas por Antonio Chacón a la muerte del poeta. Mientras tanto escribe a Cristóbal de Heredia en 1622: “En materia de mis alimentos he padecido todo este tiempo mil necesidades y abierto la puerta a muchos inconvenientes, pensando remediarme, y soy tan desgraciado que me han salido todos tan fuera del intento, que es lástima tratar de ellos”. Las deudas crecen; los acreedores le acosan y, un año después se dirige al mismo destinatario suplicando su ayuda: “Socórrame, que está mi coche que es vergüenza y no pueden aparecer los caballos con aquellas guarniciones que usted me vio, ni tengo qué comer, porque cuando viene un socorro lo debo, y basta la fatiga del espíritu sin lastimar la carne tanto: sobre la vigilia, el ayuno matará los muertos”.

La humillación que debió sufrir Góngora en una ciudad como Madrid, que vivía y juzgaba por apariencias y en donde en muy poco se consideraba a quien no tenía o no sabía mostrar lo que tenía, sólo puede compararse a la tortura moral que tuvo que padecer siendo a la vez elogiado por su ingenio y despreciado por su estado. La pensión que tantas veces le había prometido el conde duque de Olivares nunca llegaba, y en 1623 el deseo de volver a Córdoba le obsesionaba aunque no se atrevía a hacerlo por no sentirse más deshonrado. Al mismo tiempo el hambre, el frío y la situación de completa miseria le hacía insostenible la vida: “No quiero andar ya más tiempo como necesitado, ni calzarme para defensa del lodo borceguíes… Basta la descomodidad…, sin poder encender en mi chimenea una pequeña astilla de leña”. Sus reflexiones, vertidas en soneto, sobre la vanidad de las ambiciones, el engaño de la vida, la angustia del tiempo y la proximidad de la muerte constituyen un auténtico poemario de dolor y pesimismo.

La desgracia se precipita en 1625. Le echan de la casa en que vive por no poder pagar; tiene que vender sus enseres para comer y aunque llega a comprar sus propios poemas para corregirlos y publicarlos no puede hacerlo porque dos nobles se disputan la dedicatoria y uno de ellos es el Conde Duque de Olivares en quien todavía confía. En 1626 sufre un ataque cerebral y, tras una ligera mejoría vuelve a Córdoba en donde muere en mayo de 1627.

Acerca de su personalidad poco sabemos ya que las opiniones conservadas son totalmente opuestas según procedan de sus amigos incondicionales o de sus enemigos irreconciliables. Tal vez la pasión que no traducen sus versos sea la cualidad más destacada de su temperamento y de ella derive la dualidad de su arte y de su biografía: juventud alegre y vividora, y madurez amarga y desilusionada; ilusión por la corte y menosprecio por la vida burguesa; prosperidad y decadencia; creaciones de un lirismo extraordinario junto a otras absolutamente chabacanas. En definitiva, puede decirse que la evolución de Góngora va pareja a la realidad española de la época que se inaugura con el optimismo renacentista hasta desembocar en la curva peligrosa de la miseria y la decadencia general. Perteneciente a la misma generación que Lope y Cervantes (la llamada generación de la Invencible), como ellos recibe una formación renacentista y, aunque espectador del momento de cambio entre Renacimiento y Barroco, reacciona en su obra como hombre plenamente barroco y todos los temas, símbolos y motivos que representan la inestabilidad, la desilusión y el pesimismo están presentes en su obra, lo mismo que el afán vitalista y el orgullo propio de la educación humanista que recibió. Su temprana inclinación hacia lo “sabroso de la erudición” y el título de poeta erudito que acuñó antes de los veinte años ha de entenderse desde nuestros días en su auténtico significado que procede de la perspectiva renacentista que interpretaba el valor del individuo en función de su preparación, arte y conocimiento.

4. Poesía

Cuando Góngora hace su aparición en el mundo de las letras, hacia 1580, está de moda la poesía italianizante, influida por Petrarca y asimilada en castellano por Garcilaso de la Vega, y ya estaban plenamente incorporadas las nuevas formas de expresión a los nuevos metros (sonetos, canciones, liras, tercetos encadenados y octavas reales). Con la publicación de las Anotaciones a Garcilaso por Herrera en ese mismo año de 1580 se había consumado la renovación de la poesía castellana que, modernizada con el petrarquismo, convivía armónicamente con la lírica popular de tipo tradicional (Romancero) y culto (Cancionero). La tradición clásica, con la recuperación del mundo pastoril y de los temas mitológicos, había permitido una nueva manera de expresar los sentimientos amorosos, pero no por ello se habían marginado las formas tradicionales ni se despreciaban las audacias innovadoras en la lengua poética. Si el Renacimiento propició el ideal de naturalidad para el arte, también alentó a manifestar la individualidad de sus creadores. Fruto de esas varias tendencias fueron las diferentes escuelas poéticas surgidas a la sombra de los grandes creadores renacentistas, como la sevillana, la antequerano-granadina, la aragonesa y la madrileña. Sus componentes coincidían en cultivar la poesía como norma cortesana, por lo que cualquier tema u ocasión eran apropiados para el ejercicio literario. No hay que olvidar que el creador de entonces no podía vivir de su trabajo (tan sólo algunos dramaturgos lo pudieron hacer, como Lope de Vega y Calderón) y sólo por el mecenazgo, o el triunfo en juegos florales o festejos (siempre celebrados bajo el patrocinio de un noble o institución oficial), o el puesto de secretario o de capellán, se podía llevar a cabo una creación poética. Por ello no debe extrañar que los autores más importantes de la época, desde Cervantes a Calderón, tuvieran que dedicar sus composiciones a los nobles que les protegían o que siguieran la carrera eclesiástica para poder subsistir y dedicarse a la cultura, como es el caso de Góngora.

En la encrucijada en que vivió el poeta coincidieron los más eminentes escritores y resultaba muy difícil destacar. La moda de los romances viejos, impuesta durante el siglo XVI, había constituido un estímulo para la creación de los nuevos poetas, entre los que se encontraban Góngora y Lope, los grandes renovadores, por caminos distintos, de la poesía tradicional. El Fénix logró una extraordinaria popularidad y sus composiciones se cantaban entre el pueblo como si perteneciesen al acervo popular. Su lirismo, musicalidad y conseguida naturalidad con la que transmitía su propio sentir le convirtieron en el autor más aclamado por el público. La renovación poética de Góngora tenía que efectuarse por otro camino y es lo que hizo el autor. Aprovechó su honda formación humanística para indagar en sus raíces y extraer aquellos aspectos menos conocidos rescatando temas y formas de los mitos clásicos. En lugar de fijarse en la historia conocida seleccionó los episodios menos explorados o se remontó a las fuentes mismas para reconstruirlos.

Al mismo tiempo, su preocupación por el lenguaje (propia de los intelectuales de la época) le llevó a estudiar todas las posibilidades expresivas de las palabras, fijándose en su capacidad evocadora, sensorial y sugeridora, de manera que pocas veces los objetos aparecen nombrados en su obra directamente, sino aludidos por sus elementos más significativos o descritos mediante asociaciones con otros conceptos. Consiguió enriquecer extraordinariamente el vocabulario y la sintaxis al utilizar el término cuyo significado era más culto y menos conocido, así como las palabras más sensoriales; rompió con las formas tópicas anteriores que el petrarquismo había difundido; estableció un nuevo esquema sintáctico, más amplio y dominado por el hipérbaton, y fue maestro en el manejo de la perífrasis. Con estos recursos consiguió una originalidad desconocida hasta entonces consistente en transformar y recrear la naturaleza en términos artísticos. Había descubierto así una lengua poética diferente a la habitual. Gracias a su cultura y erudición supo desprenderse de todo lo que el Renacimiento había convertido en tópico y seleccionar lo original y desconocido, lo mismo de la vertiente culta que de la popular (romances). El que en su obra se encontrasen estas dos direcciones (culta y lo popular) llevó a la crítica a hablar de dos estilos diferentes en el autor, pero la realidad demuestra que ambos conviven en toda su producción aunque la utilización de un metro breve facilite la comprensión de las composiciones populares sobre las cultas.

La dificultad que entrañaba su novedad poética (ya iniciada por Mena en el siglo XV y continuada por Garcilaso y Herrera) le apartaron del vulgo (término que en la época no significaba tanto un concepto social como cultural) situándole en la élite de los cultos o aristócratas intelectuales e ingeniosos. Los enemigos de su arte recurrieron para definir su nueva modalidad artística al término de gongorismo, identificado enseguida con el peyorativo culteranismo. Con ese paralelo de luteranismo, tanto él como sus seguidores aparecieron como peligrosos renovadores, sólo comparables a los miembros de una secta. Parece que fue el teórico Jiménez Patón el primero en utilizar esa forma burlesca para designar la compleja innovación de su lengua. Sin embargo, los defensores de Góngora apoyaban la “alta empresa” de su creador y justificaban su dificultad en beneficio del estímulo para el lector. La realidad es que el paso del Renacimiento al Barroco necesitaba para expresar artísticamente la nueva mentalidad nuevas formas y expresiones. Góngora, como el Greco y Velázquez en pintura, tuvieron que partir de la estética renacentista e intensificar sus formas hasta conseguir las nuevas maneras. Es lo que en arte se conoce como manierismo y que en poesía se manifiesta por hacer del lenguaje no sólo un medio de expresión sino un motivo más de inspiración. Los recursos del lenguaje literario (metáforas, imágenes, comparaciones) ya no tratan de describir o definir objetos, sino de proporcionar la admiración del lector y demostrar la originalidad del creador. Así, las dos tendencias, aparentemente diferentes pero procedentes de una misma causa (búsqueda de la originalidad), el cultismo y el conceptismo (término utilizado para definir la poesía de Quevedo), compiten en dificultad para mostrar el ingenio y las dotes intelectuales del autor, que así se distancia de la mayoría para quien resulta oscura y difícil la poesía. Unas veces por la acumulación de conceptos (conceptismo) y otras por la asociación imprevista de citas cultas (culteranismo), la nueva estética se aparta del modelo natural, arquetípico, fijado por la tradición y el equilibrio renacentista.

Sin embargo, y por influencia de esta poesía aristocrática, el pueblo también había ido cambiando sus preferencias y mostrando cada vez más interés por la poesía emblemática que, a imitación de los jeroglíficos egipcios, incitaba al espectador a desarrollar su ingenio para descifrar los mensajes de esa nueva modalidad en la que se combinaba lo visual (un grabado) con un lema (texto). Gracias a esta modalidad literaria, que recogió toda la cultura procedente de diversas fuentes (Biblia, bestiarios, herbarios, fábulas, mitología), el pueblo fue capaz de entender y asimilar incluso la dificultad conceptista y culterana. Así, y sin abandonar la tradición popular de los romances, la poesía se vio enriquecida con las diferentes tendencias y con las diferentes escuelas, y fue la andaluza (Carrillo y Sotomayor, Pedro Espinosa), en la que se educó Góngora, la más audaz en sus hallazgos. A partir de las innovaciones de Herrera y de la intensificación sensorial impuesta por el manierismo, Góngora desarrolló su nueva estética que aplicó tanto a las composiciones de tipo popular como de tipo culto y supo intercalar entre los rasgos más cultos los elementos populares que contenían un sentido poético. El resultado fue una poesía ante todo sugeridora y muy personal, que para unos significaba la destrucción de la realidad y para otros su exaltación.

En su obra están representados los temas más importantes, estrechamente relacionados con la concepción barroca del mundo, y orientados en sus dos tendencias opuestas, hacia la trascendencia y hacia el mundo y los sentidos. Entre los primeros, destacan el tiempo (expresado mediante reflexiones directas o motivos, como el reloj, flores, ubi sunt), el desengaño, las lecciones morales y el valor de la vida y de la muerte. Respecto a los segundos, destaca la exaltación de la belleza, la afirmación de la vida, la importancia del amor y el elogio de la Naturaleza, sin olvidar los temas laudatorios o de circunstancias, obligados por la situación de los escritores (y artistas en general). Asimismo, el tema del sueño como ilusión que permite acceder al mundo de la imaginación, y que tanta relación ofrece con el teatro de la época, cobra una gran importancia y adelanta concepciones románticas, como puede verse en el soneto dedicado “A un sueño”. Estilísticamente, la preferencia por los valores plásticos (luz, color y sombra) se manifiesta en las metáforas, comparaciones y adjetivación procedente del mundo de la naturaleza o de la paleta del pintor. La gran relación entre poetas y pintores que había en la época se deja sentir en el lenguaje poético que, en un intento moderno de fusionar las artes, recoge una extensa gama de sensaciones. El soneto dedicado a la muerte de El Greco condensa las cualidades artísticas que pueden descubrirse en su propia poesía: naturaleza, arte, estudio, colores, luces, sombras. A partir de estos elementos, y del mismo modo que el pintor dio “espíritu al leño” y “vida al lino”, el poeta logró trascender con la forma el contenido de la palabra.

Su obra, desde el punto de vista del metro utilizado, puede agruparse en composiciones populares y cultas. Entre las primeras destacan los romances y letrillas, y entre las cultas, los sonetos, canciones, y los dos poemas de mayor extensión y originalidad, la Fábula de Polifemo y Galatea y las Soledades, además del Panegírico al duque de Lerma.

Originalidad y perfección en la estructura del soneto gongorino

En la técnica del soneto supera a sus contemporáneos. Desde los más tempranos, de 1582, se observa, junto a la influencia petrarquista (imita a los italianos Tasso, Ariosto y Sannazaro), su aportación original en el léxico, las imágenes utilizadas y el colorido, sobre todo cuando expresa el sentimiento amoroso, bien sea para celebrar su goce como para cantar su fracaso, su miedo, sus dudas o su decepción como amante. Cuando se trata de expresar el fracaso se apoya sobre todo en motivos míticos o procedentes de la tradición pastoril. El amor es el tema predominante en sus primeras composiciones y, aunque el “carpe diem” horaciano, elaborado por la cultura italianizante, está presente en algunos de los sonetos, el desenlace que inserta Góngora los transforma totalmente hasta constituir un violento choque dramático entre el mundo hedonístico descrito inicialmente y el desengaño y nihilismo final, en una clara conversión del Renacimiento en Barroco, como ocurre en el famoso “Mientras por competir con tu cabello”.

La interpretación del amor como sentimiento perecedero, o no correspondido, domina en los sonetos, en clara herencia del amor cortés que se manifiesta en las continuas referencias a la crueldad de la amada, a la imposibilidad de amar y en las quejas del amado quien, convertido en vasallo, se dirige a ella como su señor. Expresiones como “ídolo bello, a quien humilde adoro”, “el fiero desdén de mi señora”, “oh dulce mi enemiga”, “ninfa cruel”, revelan la influencia trovadoresca, que, como primera escuela literaria difícil y obscura (por la necesidad de utilizar símbolos para burlar la vigilancia social), influyó en su poesía amatoria. En otras ocasiones son las imágenes petrarquistas las utilizadas para definir el amor (luz, llama, helar, arder) y el ambiente pastoril y los nombres de la tradición arcádica (Flora, Clori) los elegidos para encubrir un ambiente real y la personalidad de los verdaderos protagonistas.

Asimismo, su pasión por el arte se deja sentir en las composiciones dedicadas a artistas (El Greco) o a obras (El Escorial). También las ciudades en que vivió están registradas en este metro, al igual que sus relaciones sociales derivadas de su vida cortesana (a partir de 1586), unas veces expresadas de forma seria y otras de manera burlesca o satírica, como ocurre con la corte madrileña o Valladolid. Uno de los más elaborados, casi con una estructura matemática, pero al mismo tiempo de los más apasionados, es el dedicado a su ciudad natal. La nostálgica visión de Córdoba y el recuerdo de las sensaciones infantiles manifiestan su gran afecto por ella, pero su sentimiento, lejos de desbordarse, se controla mediante una elaborada estructura en donde las correspondencias horizontales y verticales y la alternancia ...