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PRINCESA DE CENIZAS

Laura Sebastian  

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Fragmento

Thora

—¡Thora!

Me vuelvo y veo a Crescentia, que viene hacia mí por el pasillo dorado del palacio. Corre con las faldas de seda rosa levantadas y una ancha sonrisa en su bonito rostro. Sus dos criadas, con los cuerpos demacrados hundidos en sus simples vestidos cosidos a mano, a duras penas pueden seguirle el ritmo.

«No las mires a la cara, no las mires», me digo. Mirarlas nunca trae nada bueno, ni ver sus ojos apagados y sus bocas hambrientas. Nunca trae nada bueno ver lo mucho que se parecen a mí, con su piel tostada y su pelo negro. Lo único que consigo si las miro es que la voz de mi mente grite más, y cuando esa voz grita lo suficiente para sobrepasar la barrera de mis labios, el káiser se enfurece.

«No enfureceré al káiser y así me mantendrá con vida.» Esa es la regla que he aprendido a respetar.

Me concentro en mi amiga. Cress lo hace todo más fácil. Luce su felicidad como si se tratase de los rayos del sol, que propaga para calentar a quienes están a su alrededor. Sabe que yo lo necesito más que los demás, así que no duda en entrelazar nuestros brazos con fuerza al alcanzarme.

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Disfruta de una libertad en sus afectos que solo unos pocos afortunados pueden permitirse; nunca ha perdido a nadie a quien haya amado. Su belleza espontánea e infantil la acompañará hasta que sea una anciana, una belleza de rasgos delicados y ojos grandes y cristalinos que no han sido testigos de ningún horror. Lleva el cabello rubio claro recogido en una larga trenza que le cae por encima del hombro. Está adornada con docenas de Gemas del Espíritu que parpadean bajo la luz del sol que atraviesa las vidrieras.

Tampoco puedo mirar las gemas, pero las siento de todos modos: ejercen una ligera atracción que se despliega desde debajo de mi piel y que tira de mí; me ofrecen su poder solo si me decido a tomarlo. Pero no lo haré. ¡No puedo!

Las Gemas del Espíritu eran sagradas antes de que los kalovaxianos conquistaran Ástrea. Se extraían de las cavernas que había bajo los cuatro templos principales, uno por cada uno de los cuatro grandes dioses y diosas del fuego, el aire, el agua y la tierra. Las cavernas eran el centro de sus poderes; estaban tan empapadas de magia que las gemas que había dentro también se impregnaban de ella. Antes del asedio, los devotos pasaban años en la caverna del dios o la diosa a quien hubieran jurado lealtad. Allí veneraban a su deidad, y, si lo merecían, esta los bendecía y les confería el poder que el mismo dios o diosa poseía. Después usaban sus dones para servir a Ástrea y a su pueblo en calidad de Guardianes.

En aquel entonces, los elegidos por los dioses no eran muchos; tal vez unos pocos cada año. Algunos se volvían locos y morían poco después. Solo los verdaderamente devotos estaban dispuestos a correr con ese riesgo. Ser un Guardián era una vocación, un honor, pero todo el mundo entendía lo que estaba en juego.

Todo aquello fue hace una vida. Fue... antes.

Después del asedio, el káiser mandó destruir los templos, esclavizó a decenas de miles de astreanos y los envió a las cavernas para que trabajasen extrayendo las gemas. Ahora, el pueblo astreano ya no puede elegir si vivir o no tan cerca del poder de los dioses; son otros quienes lo eligen por ellos. Ya no es una vocación, ni se jura ninguna lealtad, y por eso la mayoría de gente a la que envían allí contrae el mal de la mina: pierden la razón y, poco después, la vida.

Todo ello para que los ricos puedan pagar una fortuna para cubrirse de gemas sin ni siquiera pronunciar el nombre de los dioses. Para nosotros es un sacrilegio, pero para los kalovaxianos, no. Ellos no creen. Y sin la bendición de los dioses, sin haber pasado el tiempo necesario en las profundidades de la tierra, solo pueden poseer una sombra del verdadero poder de un Guardián, sin importar cuántas gemas luzcan. Y la mayoría de ellos lucen muchas. Las Gemas de Agua de la trenza de Cress concederían a un Guardián entrenado el poder de crear una ilusión tan potente como para fabricarse un rostro nuevo, pero a Cress solo le conceden un ligero brillo en la piel, un bonito color sonrosado en los labios y las mejillas y un resplandor en su cabello dorado.

Ahora los kalovaxianos las llaman Gemas de la Belleza.

—Mi padre me ha enviado un libro de poemas de Lyre —me dice. Se le tensa la voz, como pasa siempre que me habla de su padre, el theyn—. Deberíamos subir al pabellón y traducirlo. Es mejor que disfrutemos del sol mientras podamos.

—Pero no hablas lyriano —contesto con el ceño fruncido. Cress tiene habilidad para los idiomas y la literatura, dos áreas para las que su padre nunca ha tenido paciencia. Es el mejor guerrero del káiser y el líder de su ejército, así que el theyn entiende de batallas y de armas, de estrategias y masacres, y no de libros y poesía. Aun así, lo intenta por el bien de su hija. La madre de Cress murió cuando ella era solo un bebé, así que el theyn es la única familia que le queda.

—He aprendido algunas frases de aquí y de allá —dice, moviendo la mano con impaciencia—, pero mi padre hizo que el poeta tradujera algunas más para que yo pudiera descifrar el resto. Ya sabes lo mucho que le gustan los rompecabezas.

Me mira de reojo para ver cómo reacciono, pero tengo el cuidado de no hacerlo.

Tengo el cuidado de no imaginar al padre de Cress apretando su daga contra el cuello de un pobre poeta escuálido, inclinado sobre su obra, ni la forma en que la apretó contra el cuello de mi madre, tanto tiempo atrás. No pienso en el miedo de sus ojos. En su mano sobre la mía. En su voz fuerte y clara, incluso en aquel momento.

No. No pienso en nada de eso. Me volvería loca si lo hiciera.

—Bueno, seguro que entre las dos lo desciframos rápido —le contesto con una sonrisa, esperando que se la crea.

Me pregunto, y no por primera vez, qué pasaría si yo no reprimiese un escalofrío cada vez que menciona a su padre. Si no sonriese e hiciese ver que no es el mismo hombre que mató a mi madre. Me gusta creer que, con el tiempo que hace que somos amigas, lo comprendería, pero esa clase de confianza es un lujo que no puedo permitirme.

—Tal vez Dagmaer esté allí —comenta Crescentia, bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspiratorio—. Ayer te la perdiste en el almuerzo de la condesa... Una elección de modelito bastante arriesgada. —Sonríe con un brillo en los ojos.

«Me da igual.» El pensamiento me asalta de forma tan repentina y afilada como la picadura de una abeja. «Me daría igual si Dagmaer hubiese ido al almuerzo desnuda. Nada de esto me importa en absoluto.» Empujo el pensamiento hasta lo más profundo y lo entierro, como hago siempre. Ese tipo de pensamientos no son propios de Thora; son propios de la voz. Normalmente, esa voz no es más que un susurro bastante fácil de ignorar, pero a veces suena más alta y salpica la mía propia. Y es entonces cuando me meto en líos.

Me apoyo en Cress, en su mente despreocupada y sus simples placeres.

—No creo que nada pueda superar las plumas de avestruz con que iba envuelta la semana pasada —susurro a modo de respuesta, haciéndola reír.

—Créeme, esta vez era mucho peor. Llevaba un vestido de encaje negro. Casi se le podía ver la ropa interior... ¡Si la hubiera llevado!

—¡No puede ser! —contesto con un gritito agudo, fingiendo estar escandalizada.

—¡Sí! Se comenta por ahí que tiene la esperanza de seducir al duque Clarence —me informa Cress—. Aunque no consigo entender por qué. Es tan viejo que podría ser su padre y huele a carne podrida. —Arruga la nariz.

—Bueno, si tienes en cuenta las deudas de su padre... —me interrumpo y alzo una ceja.

Crescentia abre los ojos, sorprendida.

—¿De verdad? ¿Dónde has oído eso? —pregunta tras ahogar un grito. Cuando mi única respuesta es una sonrisa, ella suspira y me da un suave codazo en el costado—. Siempre te enteras de los mejores chismes, Thora.

—Eso es porque escucho —contesto, y le guiño un ojo.

No le confieso la razón por la que escucho en realidad, que analizo cada rumor insignificante que oigo en busca de susurros sobre la resistencia astreana, en busca de alguna esperanza de que todavía hay alguien ahí fuera, de que algún día, tal vez, me rescaten.

Durante los años posteriores al asedio siempre se oían historias sobre rebeldes astreanos que organizaban ataques contra el káiser. Una vez a la semana me arrastraban hasta la plaza de la capital para que uno de sus hombres me azotase para dar ejemplo conmigo, mientras detrás de mí, clavadas en picas, se pudrían las cabezas de los rebeldes. En la mayoría de las ocasiones conocía sus caras: eran Guardianes que habían servido a mi madre, hombres y mujeres que me regalaban caramelos y me contaban cuentos cuando era pequeña. Odié aquellos días, y la mayoría del tiempo también odié a los rebeldes, porque me sentía como si fuesen ellos los que me hacían daño al provocar la ira del káiser.

Sin embargo, la mayoría de los rebeldes ya están muertos y de la rebelión solo quedan susurros, sombras fugaces de rumores que se oyen cuando a los cortesanos se les agotan los temas de conversación. Han pasado años desde que atraparon al último. No echo de menos aquellos castigos, más brutales y públicos que cualquier otro, pero sí que extraño la esperanza que los acompañaba, la sensación de que no estaba sola en el mundo, de que un día, quizá, mi pueblo triunfaría y acabaría con mi desgracia.

Detrás de nosotras se oyen unos pasos cada vez más fuertes, demasiado pesados para pertenecer a las esclavas de Cress.

—Señorita Crescentia, señorita Thora —nos llama una voz masculina. Cress, que se ha quedado sin aliento, me agarra el brazo con más fuerza.

—Alteza —saluda ella. Se da la vuelta y se agacha para hacer una reverencia, arrastrándome con ella. El título hace que se me acelere el corazón, aunque ya sé que no es el káiser. Conocería su voz en cualquier parte. Aun así, no me relajo hasta que no me incorporo y confirmo que estoy en lo cierto.

El desconocido que hay frente a mí tiene el mismo cabello rubio pajizo, los mismos ojos azules y fríos y la misma mandíbula cuadrada que el káiser, pero es mucho más joven, tal vez un año mayor que yo.

«Es el prinz Søren», pienso, sorprendida. Nadie ha mencionado su regreso a la corte, algo curioso, puesto que los kalovaxianos están mucho más encandilados con su prinz que con su káiser.

La última vez que lo vi fue hace casi cinco años, cuando no era más que un niño de doce años delgaducho y de cara redonda que iba siempre con una espada de madera en la mano. Pero frente a mí ya no hay un niño escuálido, sino un hombre cuyas mejillas han perdido esa redondez infantil. Sigue llevando una espada colgada de la vaina del cinturón, pero ya no es de madera. Es una espada de hierro forjado llena de marcas y arañazos con una resplandeciente empuñadura cubierta de Gemas del Espíritu, estas para concederle fuerza.

De niña, vi a Guardianes de Tierra con la fuerza suficiente para arrastrar rocas que pesaban tres veces más que ellos como si no fuesen más que aire, pero dudo que las gemas del príncipe añadan más que unos pocos kilos de potencia a sus golpes. Tampoco es que importe. Durante los cinco años que Søren ha entrenado junto al theyn, esa espada habrá hecho correr una cantidad nada desdeñable de sangre. La corte es siempre un hervidero de murmullos sobre las proezas del prinz en el campo de batalla. Dicen que es un prodigio, incluso para los estándares kalovaxianos. Al káiser le gusta referirse a su hijo como a una extensión de sí mismo, pero los méritos del prinz Søren no hacen más que evidenciar las limitaciones del propio káiser. Desde que se hizo con el trono, se ha vuelto perezoso y conformista, y se ha mostrado más interesado en los festines y la bebida que en participar en las batallas.

Me pregunto por qué habrá vuelto el prinz después de tantos años, aunque supongo que ya ha terminado su instrucción junto al theyn. Ya es oficialmente un adulto, y doy por hecho que pronto liderará su propio ejército.

Inclina levemente la cabeza y se agarra las manos detrás de la espalda. Su expresión de placidez no cambia; su rostro bien podría estar tallado en mármol.

—Me alegro de veros a ambas. Espero que hayáis estado bien.

En realidad no es una pregunta, pero Cress le responde con un nervioso «sí» mientras se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja y se alisa las faldas, apenas capaz de mirarlo a los ojos. Está embelesada con él desde que éramos niñas, igual que cualquier chica de nuestra edad que haya crecido soñando con ser prinzesina. Pero, para Cress, esta nunca ha sido una fantasía vacua. Ástrea es solo uno de los muchos territorios que el theyn ha ganado para el káiser. Se dice que su padre ha conquistado más reinos que cualquier otro señor de la guerra, y que su hija ascendiera a prinzesina sería una recompensa a su lealtad que nadie podría cuestionar. Desde que Cress llegó a la mayoría de edad hace seis meses, los rumores que corren en la corte sobre el compromiso son ensordecedores.

Tal vez esta sea otra de las razones de su regreso.

Sin embargo, si los rumores han llegado a oídos de Søren, estuviera donde estuviese, no da muestras de ello. Su mirada se desliza sobre Cress como si esta no fuese más que luz y aire y se detiene sobre mí. Frunce el ceño, igual que hace su padre cuando me mira, aunque al menos no acompaña el gesto con una sonrisa de suficiencia o de lascivia.

—Me alegra oírlo —le contesta a Cress con voz cortante e inexpresiva, sin despegar sus ojos de los míos—. Mi padre requiere de tu presencia, señorita Thora.

El terror me envuelve el estómago como si de una pitón hambrienta se tratara, constriñéndolo y constriñéndolo hasta que ya no puedo respirar. La necesidad de salir corriendo me apremia y me esfuerzo por mantener las piernas quietas.

No he hecho nada. He tenido mucho cuidado. Pero, claro, tampoco tengo que hacer nada para provocar la ira del káiser. Cada vez que hay cualquier indicio de rebelión en el barrio de los esclavos o que un pirata astreano hace naufragar un barco kalovaxiano soy yo quien paga por ello. La última vez que me mandó llamar, hace apenas una semana, fue para azotarme como respuesta a un motín en una de las minas.

—Bien. —Me tiembla la voz, pese a todos mis esfuerzos por mantenerla estable—. Será mejor que no lo haga esperar.

Por un fugaz momento, parece que el prinz Søren vaya a decir algo, pero, finalmente, solo aprieta los labios y me ofrece el brazo.

El traidor

El trono de obsidiana se erige en un estrado en el centro de la sala, que es redonda y está coronada con una cúpula. Es grandioso y descomunal, tallado en la piedra sólida y negra en forma de llamas que parecen lamer a quienquiera que se siente en él. Es sencillo, casi feo en medio de todo el oro y la grandeza que lo rodean, pero es sin duda imponente, y eso es lo que importa.

Los kalovaxianos creen que el trono surgió de los volcanes de la Vieja Kalovaxia y que sus dioses lo depositaron aquí, en Ástrea, para asegurarse de que algún día llegarían a salvar el país de sus débiles y tercas reinas.

La historia que yo recuerdo es distinta. El dios astreano del fuego, Houzzah, amaba tanto a una mujer mortal que le regaló un país y una heredera con su propia sangre en las venas. Una voz rítmica y familiar me susurra la historia en mi mente, pero si trato de concentrarme en ella se desvanece, como sucede con una estrella lejana a la que intentas mirar directamente. De todos modos, es mejor olvidarla. Es más seguro vivir solo en el presente, ser una chica sin un pasado que anhelar ni un futuro que puedan arrebatarle.

El tumulto de cortesanos, ataviados con sus mejores galas, se hace a un lado enseguida mientras el prinz Søren y yo nos dirigimos hacia el káiser. Los cortesanos, igual que Cress, lucen Gemas de Agua para la belleza y Gemas de Aire para la gracia, tantas que mirarlos resulta casi cegador. Algunos lucen también de las otras: Gemas de Fuego rojas, para sentir calor, y Gemas de Tierra, de un amarillo dorado, para la fuerza.

Echo un vistazo a la sala. Por entre el mar de kalovaxianos rubios y pálidos destaca Ion, que está en su lugar a un lado del trono. Además de mí, él es el único astreano sin cadenas, pero verlo no me resulta precisamente agradable. Tras el asedio, se entregó ante el káiser y suplicó por su vida, ofreciendo a cambio sus servicios como Guardián de Aire. Ahora, el káiser lo mantiene cerca para que espíe para él en la capital, y para que ejerza de curandero para la familia real. Y para mí. Después de todo, golpearme no es tan divertido si me desmayo debido al dolor. Ion, el mismo que una vez juró lealtad a nuestros dioses y a mi madre, usa su don para curarme solo para que los hombres del káiser puedan romperme otra vez, y otra, y otra.

Su presencia es una amenaza muda. Casi nunca se le permite asistir a los actos de la corte; normalmente solo aparece durante mis castigos.

Si el káiser tuviera la intención de azotarme, querría hacerlo en un lugar más público. Pero tampoco lo ha descartado, y por eso Ion está presente.

El káiser le dirige a Søren una mirada penetrante, y él me suelta el brazo y se mezcla entre la multitud, dejándome sola frente al peso de la mirada de su padre. Me siento tentada de aferrarme a él, a cualquiera, con tal de no quedarme sola.

Pero yo siempre estoy sola. Debería haberme acostumbrado ya, aunque no creo que sea algo a lo que una persona llegue a acostumbrarse.

El káiser se inclina hacia delante en el trono. Sus ojos fríos brillan a la luz del sol que entra por el techo cubierto de vidrieras. Me mira de la misma forma que miraría a una cucaracha aplastada que le ensucia la suela del zapato. Yo me quedo mirando el estrado, las llamas talladas. No enfurecer al káiser es lo que me mantiene viva. En la última década podría haberme matado en un millar ocasiones, y no lo ha hecho. ¿No es eso un acto de generosidad?

—Aquí estás, princesa de Cenizas. —Para cualquier otro, su saludo podría sonar amable, pero yo me estremezco. Con el káiser siempre hay algún truco, algún juego, una delgada línea sobre la que mantener el equilibrio. Y, por mi experiencia sé que, si ahora está jugando a ser amable, la crueldad no tardará en llegar.

A su derecha, de pie con las manos juntas y la cabeza inclinada está su mujer, la kaiserina Anke, que me mira con sus ojos lechosos a través de las escasas y rubias pestañas. Es una advertencia que hace que la pitón se me enrosque con más fuerza alrededor del estómago.

—¿Solicitasteis mi presencia, Alteza? —pregunto, y me agacho para hacer una reverencia tan profunda que casi me quedo tumbada en el suelo. Ha pasado una década, pero mis huesos todavía protestan ante la postura. Mi cuerpo recuerda, incluso cuando el resto de mí lo olvida, que no estoy hecha para hacer reverencias.

Un grito gutural corta el aire antes de que el káiser pueda contestar. Cuando me incorporo, reparo en que hay un hombre de pie a la izquierda del trono, sujetado por dos guardias. Unas cadenas oxidadas le envuelven las piernas demacradas, los brazos y el cuello con tanta fuerza que le cortan la piel. Lleva la ropa hecha jirones y bañada en sangre y su rostro es una maraña de huesos rotos y piel rasgada. Bajo la sangre se ve claramente que es un astreano, con piel oscura, pelo negro y ojos hundidos. Parece mucho mayor que yo, aunque le han hecho tanto daño que es imposible saber cuál es su edad exacta.

Es un desconocido, pero sus ojos oscuros se clavan en los míos como si me conociera, me imploran, me suplican, y busco entre mis recuerdos. ¿Quién puede ser? ¿Qué quiere de mí? Yo no tengo nada para él. No me queda nada para nadie. Y entonces el mundo da una sacudida bajo mis pies.

Recuerdo esos ojos de una vida pasada; los recuerdo en un rostro amable una década más joven, sin sangre que lo manchase. Los ecos de esas vivencias salen a la superficie, incluso cuando intento reprimirlos.

Lo recuerdo de pie junto a mi madre, susurrándole algo al oído para hacerla reír. Recuerdo sus brazos envolviéndome y levantándome para que pudiese coger una naranja del árbol; recuerdo cómo me sonreía, como si compartiésemos un secreto.

Escondo esos pensamientos y me concentro en el hombre acabado que tengo delante de mí.

Siempre se ha mencionado a un hombre conectado con las rebeliones. Un hombre que estaba detrás de cada movimiento contra el káiser. Un hombre cuyo nombre basta para que este se deje llevar por una ira salvaje que se traduce en unos latigazos tan brutales que me dejan postrada en la cama durante días. Un hombre cuyos desafíos me han causado mucho dolor, pero que ha sido mi único rayo de esperanza cada vez que me he permitido imaginar que hay un después tras estos días infernales.

No me extraña que el káiser esté tan contento. Por fin ha atrapado al último de los Guardianes de Ástrea, y el Guardián más cercano a mi madre, Ampelio.

—Mi reina —dice. Su voz se propaga de forma que todos los que están en la silenciosa sala del trono oyen su traición.

Cuando oigo sus palabras, me encojo. «No, no, no», quiero decirle. «No soy la reina de nadie. Soy la señorita Thora, la princesa de Cenizas. No soy nadie.»

Tardo un momento en darme cuenta de que está hablando en astreano, de que ha pronunciado las palabras prohibidas que una vez usó para dirigirse a mi madre. ¡Mi madre! En otra vida, yo fui otra chica. Otra clase de princesa. Y a aquella chica le dijeron que un día sería reina, pero ella nunca quiso que se hiciera realidad. Después de todo, ser reina significaba vivir en un mundo en el que su madre ya no existía, y aquello era inconcebible.

Pero aquella chica murió hace una década. Ya nadie puede ayudarla.

El hombre da un bandazo, aunque las cadenas no lo dejan avanzar. Está demasiado débil para llegar a la puerta, aunque ni siquiera lo intenta. Se derrumba a mis pies y me agarra el borde del vestido, manchando de rojo la seda amarillo pálido.

«No. Por favor.» Una parte de mí quiere levantarlo y decirle que se equivoca. Otra quiere apartarse de él, porque este vestido es precioso y me lo está ensuciando de sangre. Y todavía hay otra parte más, que quiere gritarle que sus palabras acabarán con los dos, pero que él al menos tendrá la clemencia de la muerte.

—Se ha negado a hablar con nadie que no fueras tú —dice el káiser Corbinian con voz áspera.

—¿Yo?

El corazón me late con tanta fuerza en el pecho que me sorprende que la corte no lo oiga. Todos los ojos de la sala están posados sobre mí; todo el mundo espera que cometa un error, desesperada ante la más leve sombra de rebelión, para poder ver cómo el káiser me quita el anhelo a golpes. Pero no pienso darles esa satisfacción.

«No enfureceré al káiser y así me mantendrá con vida.» Repito el mantra para mis adentros una y otra vez, pero las palabras suenan sin fuerza alguna.

El káiser se inclina en el trono con los ojos brillantes. He visto esa mirada demasiadas veces; me acecha en mis pesadillas. Es como un tiburón que ha olido la sangre en el agua.

—¿Acaso no lo conoces?

Es de la clase de preguntas que al káiser más le gusta hacer. Las que no tienen ninguna respuesta correcta.

Vuelvo a mirar al hombre, como si me estuviese esforzando por ubicarlo, aunque mi mente grita su nombre. Más recuerdos salen a la superficie, pero los aparto. El káiser me observa con atención, esperando cualquier señal que le indique que no estoy totalmente doblegada. Pero yo no consigo apartar la vista de los ojos del hombre.

En aquella otra vida, lo quise.

Era el Guardián en quien mi madre más confiaba y, según prácticamente todo el mundo, mi padre carnal. Aunque ni siquiera mi madre podía afirmarlo con certeza.

Recuerdo observar su rostro en busca de parecidos con el mío tras haber oído el rumor por primera vez, y no encontrar nada concluyente. Su nariz tenía la misma inclinación que la mía, y el pelo se le rizaba alrededor de las orejas, igual que a mí, pero yo me parecía demasiado a mi madre como para estar segura de nada. Sin embargo, eso era antes, cuando mis ojos eran grandes, infantiles y sin forma, imposibles de encajar en la cara de mi madre ni en la de ningún otro adulto. Ahora el parecido es tan evidente que se me clava en las entrañas como un cuchillo.

Como Guardián, a menudo viajaba para mantener el país a salvo con su magia de Fuego, pero siempre regresaba con juguetes, caramelos y nuevas historias para mí. A menudo me dormía en su regazo, agarrada a la Gema de Fuego que siempre le colgaba del cuello. Su magia resonaba a través de mí como una nana, cantándome para que me durmiese.

Cuando mi madre murió y el mundo que yo conocía se rompió en pedazos, esperé que él me salvara. La esperanza menguaba con cada cabeza de Guardián que el káiser mandaba clavar en las picas de la plaza, pero nunca se esfumó del todo. Todavía se oían rumores sobre las rebeliones de Ampelio, rumores que la mantenían viva, incluso después de que cayesen el resto de los Guardianes. Por escasas que fueran las veces en que se oían, me aferraba a ellos. Mientras él siguiese libre, mientras él siguiese luchando, yo sabía que me salvaría. Nunca me permití imaginar que le vería así, ni siquiera en mis peores pesadillas.

Intento dejar la mente en blanco, pero es inútil. Incluso ahora, una esperanza mortecina parpadea en mi corazón, la esperanza de que el día de hoy tendrá un final feliz, de que veremos otro amanecer, juntos y libres.

Es una esperanza estúpida y peligrosa, pero arde dentro de mí de todos modos.

Las lágrimas se me agolpan en los ojos, pero no puedo permitir que caigan.

Ya no lleva su gema. Quitársela debió ser lo primero que hicieron los hombres del káiser al capturarlo. Para un cortesano cualquiera, una única gema apenas puede proporcionar el calor suficiente para sentirse cómodo en una noche de invierno, pero Ampelio tenía un don. Le bastaría con una sola para hacer que este palacio ardiera hasta los cimientos.

—Este es el afamado Guardián Ampelio —dice el káiser, arrastrando las palabras burlonamente—. Seguro que lo recuerdas. Ha estado sembrando la traición en las minas, intentando que se alzasen contra mí. Incluso instigó el motín de la Mina de Aire la semana pasada. El theyn lo encontró cerca de allí y lo trajo.

—¿No fue un terremoto lo que provocó el motín? —Las palabras se me escapan antes de que pueda detenerlas. En realidad, no parecen palabras propias de mí. Mejor dicho, no parecen palabras propias de Thora.

El káiser Corbinian aprieta la mandíbula y retrocedo, preparándome para un golpe que no llega. Todavía.

—Un terremoto provocado por él, sospechamos, para que más gente se uniese a tu causa —contesta.

Para eso también tengo réplica, pero me muerdo la lengua y dejo que la confusión se adueñe de mis rasgos.

—¿Mi causa, Alteza? —pregunto—. No sabía que tuviese ninguna causa.

Su sonrisa se ensancha.

—La causa que busca, como ellos dicen, «devolverte el lugar que te pertenece como reina de Ástrea».

Trago saliva. Esta conversación está yendo por unos derroteros totalmente distintos de lo habitual, y no sé qué pensar al respecto. Creo que casi prefiero el látigo a este nuevo juego, cualquiera que sea.

Bajo la vista al suelo, a mis pies.

—No soy la reina de nadie, y Ástrea ya no existe. Soy una dama, gracias a vuestra bondad, Alteza, y solo soy una princesa de cenizas. Este es el lugar que me corresponde, y el único que deseo.

Mientras recito la frase que se ha grabado a fuego en mi corazón con el paso de los años, no soy capaz de mirar a Ampelio. He dicho estas palabras tantas veces que ya no significan nada, pero decirlas ahora delante de él hace que la vergüenza corra por mis venas.

El káiser asiente.

—Eso mismo dije yo, pero los astreanos son tercos como mulas.

La sala del trono estalla en carcajadas. Yo también me río, pero es un sonido que parece que me hayan arrancado de las entrañas.

El káiser se vuelve hacia Ampelio con una expresión compasiva que es pura pantomima.

—Acércate e inclínate ante mí, mula. Dime dónde encontrar a tus rebeldes y podrás pasar el resto de tus días en una de las minas. —Sonríe al hombre roto que sigue postrado a mis pies.

«¡Acepta!», quiero gritar. «Júrale lealtad. Sobrevive. No enfurezcas al káiser y así te mantendrá con vida. Esas son las reglas.»

—No me inclino ante nadie que no sea mi reina —susurra Ampelio, tropezándose con la dureza de la lengua kalovaxiana. Pese a que habla en voz baja, sus palabras se propagan por el salón del trono, seguidas de los gritos ahogados y los murmullos de la corte.

Alza la voz y clama:

—¡Larga vida a la reina Theodosia Eirene Houzzara!

Algo se rompe dentro de mí, y todo lo que he estado conteniendo, cada recuerdo reprimido, cada momento que he intentado olvidar, se abalanza sobre mí, y esta vez no puedo contenerlos.

«Theodosia.» Es un nombre que no he oído en diez años.

«Theodosia.» Oigo cómo mi madre lo pronuncia mientras me acaricia el pelo y me besa en la frente.

«Eres la única esperanza para nuestro pueblo, Theodosia.»

Ampelio siempre me llamaba Theo, por mucho que le reprendiera por ello mi niñera, Alondra. Decía que yo era su princesa, y que Theo era un nombre para una sucia granujilla. Pero él nunca le hacía caso. Tal vez fuese su princesa, pero también era algo más.

Él debía salvarme, pero nunca lo hizo. He estado diez años esperando que alguien viniera a por mí, y Ampelio era el último atisbo de esperanza que me quedaba.

—Tal vez responda ante ti, princesa de Cenizas —dice el káiser.

Siento una vaga sorpresa, amortiguada por el sonido de mi nombre, que reverbera en mi mente una y otra vez.

—Yo... No puedo presumir de tener tal poder, Alteza —consigo decir.

Aprieta la boca en una expresión que conozco demasiado bien. El káiser no es un hombre a quien se le pueda negar nada.

—Por esto te mantengo con vida, ¿no? Para que hagas de intermediaria con escoria astreana con la cabeza dura como una piedra. ¿No es así?

«El káiser ha sido bondadoso al perdonarme la vida», pienso, pero me doy cuenta una vez más de que no me la ha perdonado por bondad. Me mantiene con vida para utilizarme contra mi pueblo.

Mis pensamientos son cada vez más audaces, y aunque sé que son peligrosos, ya no soy capaz de acallarlos. Y, por primera vez, tampoco quiero.

He estado diez años esperando que me salvaran, y lo único que he conseguido es una espalda llena de cicatrices y la muerte de incontables rebeldes. Con la captura de Ampelio, ya no queda nada más que el káiser pueda arrebatarme. Pero ambos sabemos que no es lo suficientemente piadoso como para matarme.

—¿Se me permitiría hablar astreano? —le pregunto al káiser—. Tal vez se sienta más cómodo...

Él mueve la mano con impaciencia y se apoya en el trono.

—Mientras así me consigas respuestas...

Vacilo antes de arrodillarme frente a Ampelio y coger sus manos destrozadas. Aunque la lengua astreana está prohibida, seguro que algunos de los cortesanos la comprenden. Dudo que el káiser me permitiera hablarla de no ser así.

—¿Hay otros? —le pregunto. Las palabras suenan antinaturales en mi boca, aunque el astreano fue el único idioma que hablé hasta la llegada de los kalovaxianos. Me lo arrebataron, lo ilegalizaron. No recuerdo la última vez que sentí una palabra astreana en los labios, pero todavía conozco la lengua, la encuentro en algún lugar más profundo de lo que pensaba, como si estuviera incrustada en mis propios huesos. Aun así, tengo que esforzarme para que los sonidos sean suaves y largos, a diferencia del habla sincopada y gutural de los kalovaxianos.

Duda antes de asentir.

—¿Estás a salvo?

Tengo que hacer una pausa antes de hablar.

—Tanto como un barco en un ciclón. —La palabra astreana para «ciclón» (signok) es muy similar a la palabra para «puerto» (signak), tanto que solo un oído entrenado podría entenderlo. Pero es una posibilidad. Pensarlo me paraliza, pero me sobrepongo—. ¿Dónde están los otros? —le pregunto.

Niega con la cabeza y aparta la vista.

—En ninguna parte —dice con voz entrecortada, aunque desdibuja la segunda palabra para que suene más como «todas partes» para los oídos más vagos.

No tiene ningún sentido. Hay menos astreanos que kalovaxianos. Antes del asedio solo éramos un centenar de miles. Ahora, la mayoría son esclavos, aunque se rumoreaba que trabajaban con aliados de otros países. Hace demasiado tiempo que no hablo astreano; debo de haberlo traducido mal.

—¿Quién? —lo acucio.

Ampelio deja la mirada fija en el borde de mi falda y niega con la cabeza.

—El hoy terminó, ha llegado la hora de que los pajarillos vuelen. El mañana se acerca, para los viejos cuervos ha llegado la hora de la muerte.

Mi corazón reconoce las palabras antes que mi cabeza. Son parte de una vieja nana astreana. Mi madre me la cantaba, y mi niñera también. ¿Me la habrá cantado él alguna vez?

—Dale algo y te dejará vivir —le digo.

Ampelio se echa a reír, pero su risa pronto se convierte en un jadeo. Tose y se limpia la boca con el dorso de la mano. Se le queda llena de sangre.

—¿Qué sería la vida a la merced de un tirano?

Habría sido fácil deslizar un par de consonantes más para que la palabra astreana para «tirano» sonase como la de «dragón», el símbolo de la familia real kalovaxiana, pero Ampelio escupe la palabra con énfasis, se la dirige al káiser, para que incluso aquellos que no hablan ni una palabra de astreano entiendan lo que significa.

El káiser se inclina y se agarra a los reposabrazos del trono con tanta fuerza que los dedos se le ponen blancos. Le hace un gesto a uno de los guardias. Este desenvaina su espada y da un paso hacia el cuerpo postrado de Ampelio. Presiona la hoja de la espada contra su nuca y le desgarra la piel, y después levanta la espada de nuevo, preparándose para atestarle el golpe mortal. He visto hacerlo muchas veces a otros rebeldes, o a esclavos que habían faltado al respeto a sus amos. La cabeza nunca se separa completamente del cuerpo con el primer golpe. Cierro los puños agarrándome la tela del vestido para no lanzarme a protegerlo. Ya no hay salvación posible para él, lo sé, pero no puedo soportarlo. Ante mis ojos se suceden imágenes de él, y veo el cuchillo deslizándose a través de la garganta de mi madre. Veo a esclavos a los que azotan hasta que la vida se les escapa del cuerpo. Veo las cabezas de los Guardianes clavadas en las picas de la plaza de la capital, donde permanecen hasta que los cuervos las despedazan por completo. He visto a gente morir ahorcada por actuar contra el káiser, por tener el coraje de hacer lo que yo no he hecho.

«¡Corre!», quiero decirle. «Lucha. Suplica. Negocia. Sobrevive.»

Pero Ampelio no intenta alejarse de la espada. Su único movimiento consiste en alargar la mano para agarrarse a mi tobillo. La piel de la palma de su mano es áspera, está llena de cicatrices y pegajosa de la sangre.

«Para los viejos cuervos ha llegado la hora de la muerte.» Pero no puedo permitir que el káiser me arrebate a nadie más. No puedo ver morir a Ampelio. No puedo.

—¡No!

La voz consigue abrirse paso a través de los pedazos rotos de mí.

—¿No? —La pregunta en voz baja del káiser reverbera en el silencio y me provoca un escalofrío que me recorre la espina dorsal.

Tengo la boca seca, y cuando hablo mi voz suena áspera.

—Le ofrecisteis clemencia si hablaba, Alteza. Y habló.

El káiser se inclina de nuevo.

—¿Seguro? Tal vez yo no hable astreano, pero no me pareció especialmente comunicativo.

Las palabras fluyen antes de que pueda detenerlas.

—No le quedaban más que media docena de camaradas, tras vuestros grandes esfuerzos por destruirles. Cree que los hombres y mujeres que quedaban murieron en el terremoto de la Mina de Aire, pero si alguno de ellos sobrevivió, deben encontrarse con él al sur de las ruinas de Englmar. Junto a un pequeño bosque de cipreses que hay allí.

Al menos, hay una parte de verdad en ello. Yo solía jugar en aquellos árboles cada verano, cuando mi madre hacía su viaje anual al pueblo que había sido arrasado por un terremoto en el año anterior a mi nacimiento. Aquel día habían muerto quinientas personas. Hasta el asedio, fue la mayor tragedia que se había vivido en Ástrea.

El káiser ladea la cabeza y me mira con gran atención, como si pudiese leer mis pensamientos con tanta claridad como palabras s ...