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PROMETEO ENCADENADO

Esquilo  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Esquilo nació en el 525/524 a.C. en Eleusis, un demo de Atenas, célebre en la Antigüedad por sus misterios de Fátima, y hoy por una refinería de petróleo que lanza milagros por sus chimeneas. Esos milagros, transportados por las aves, luego acaban comercializándose en Lourdes. Esquilo fue hijo de un terrateniente, Euforión, y de una madre, de nombre desconocido, como ocurre habitualmente con las mujeres, que ya se sabe que son invisibles. Tuvo tres hermanos varones —Aminias, Euforión y Cinegiro— y una hermana, de nombre también ignorado, como en el caso de su madre, y que se casó con Filopites quien, por ser varón, como se ve, hoy sabemos cómo se llamaba. La hermana de Esquilo dio origen por la vía del parto a un pequeño equipo de tragediógrafos que todavía pervivía, en el siglo IV a.C., en la persona de Astimadante. Esquilo tuvo dos hijos, Euforión y Eveón, que siguieron el oficio del padre. Gracias a ellos —y, sobre todo, a Euforión— se representaron póstumas algunas obras del eleusino.

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Esquilo está marcado por las Guerras Médicas. Luchó con gloria, junto con su hermano Cinegiro, en la batalla de Maratón (490 a.C.). Hasta ayer, y ateniéndonos a algunas fuentes antiguas, se decía que también luchó en Salamina (470 a.C.), Platea, Artemisión y Mícale: su participación en estas batallas hoy es cuestionada. Las Guerras Médicas, en las que Grecia, contra todo pronóstico, se impuso al imperio persa, lo marcaron a fuego. Se puede entender bien esta intensísima impronta de la guerra en su vida si pensamos en cómo millones de españoles necesitaron varias décadas de vida para reponerse de la catástrofe de nuestra Guerra Civil.

Lo que han sido París y Nueva York, para tantos cientos de artistas, en el siglo XX, Sicilia, a su escala particular, lo fue para los griegos de la época de Esquilo. Las cortes de los tiranos de Sicilia atraían a los artistas. En el 476 a.C. coinciden en Sicilia Píndaro, Simónides y Baquílides, tres genios de la lírica coral. En este año Hierón de Siracusa funda la ciudad de Etna, a dos pasos de Catania, e invita a Esquilo a que se largue unas jotas trágicas para celebrar la fundación. En el 472 a.C. Esquilo triunfa en Atenas con Los Persas. En el 471 a.C. Esquilo estrena en Sicilia Las Etneas, una obra que se representó en Etna y que no nos ha llegado. Al año siguiente, en el 470 a.C., Hierón de Siracusa obtiene en Delfos un triunfo con el carro y Píndaro canta la hazaña en su magnífica oda Pítica I. Píndaro anima a Esquilo a que represente Los Persas en Sicilia: se estrena allí la obra con algunas modificaciones. Entre 467458 a.C. Esquilo obtiene varias victorias teatrales en Atenas. En el 458 a.C. Esquilo triunfa con la Orestía, su única trilogía que nos ha llegado completa. La Orestía es una de las cimas del teatro occidental. Esquilo, con 67 o 68 años, vuelve a Sicilia. En el 456 a.C. muere allí, en Gela.

Relata la Vida que, a su muerte, le erigieron en Gela un sepulcro que era un lugar de peregrinación visitado por gentes del teatro. En su tumba un epitafio, centrado en el asunto de la participación del poeta en las Guerras Médicas, decía:

Al ateniense Esquilo, hijo de Euforión, encierra

este arruinado sepulcro de Gela, la fértil en trigo.

Y de su célebre coraje podría hablar el recinto sagrado de Maratón

y el medo de espesa cabellera que tan bien lo conoce.

Cuando Esquilo muere deja varias docenas de tragedias. El número exacto varía según las fuentes. La Suda, léxico biográfico del siglo X, le atribuye noventa obras. La biografía anónima, transmitida por el códice Mediceo de la Biblioteca Laurenciana de Florencia, le atribuye sesenta y tres. Según el filólogo Wartelle, se puede aceptar la cifra de noventa tragedias escritas. Además de las tragedias, Esquilo también escribió elegías. De estas posibles noventa tragedias, los manuscritos medievales sólo nos han legado siete obras: la trilogía completa de la Orestía —Agamenón, Coéforos, Euménides— y otras cuatro tragedias sueltas: Los Persas, Los Siete contra Tebas, Las Suplicantes y el Prometeo encadenado. La cronología de las obras suscita grandes controversias.

Prometeo encadenado es la obra de Esquilo que ha levantado mayor polvareda crítica. La tradición vivía feliz en la fe unánime de que era una obra de autoría indiscutible de Esquilo. Pero, en 1856, Westphal planteó las primeras dudas sobre su autenticidad. En 1913 Niedzball, basándose en el léxico de la obra, pasó de las dudas de Westphal a la cruda certeza de que no era una obra de Esquilo. Lanzándose por el tobogán imparable del cuestionamiento de la autoría, W. Schmid analizó con bisturí el léxico, el estilo y la cosmovisión de Esquilo: llegó a la conclusión de que la obra se escribió bastante más tarde de lo que se creía. Se habría escrito en los años de crítica corrosiva de la Sofística, a la que tanto saqueó Platón, y a la que, tras saquearla, injurió encarnizadamente. También hay defensores de la autenticidad esquílea de Prometeo encadenado —J. Coman, Méautis, L. Séchan— que no aceptan las tesis de los autores mencionados. Las tesis de ambos bandos críticos tienen puntos fuertes e igualmente débiles. Por tanto, es un buen momento para recitar los primeros versos del poema Columpio de Gerardo Diego —«A caballo / en el quicio del mundo / un soñador / jugaba al sí y al no…»—, y aparcar el tema de la autenticidad de la obra para nuestra próxima reencarnación, que, por supuesto, será, en Eleusis, a quinientos metros de la refinería de petróleo.

La figura de Prometeo hunde sus raíces en la noche de la mitología. Como ocurre con tantos héroes mitológicos, el personaje evoluciona según se van ocupando de él los diversos autores. Para Hesíodo, Prometeo es un ser negativo —se opone a Zeus, que personifica la bondad— pero, ya para Esquilo, adquiere un aire positivo: Prometeo encarna la rebelión contra el tirano. Esta rebelión contra la tiranía será muy admirada por los románticos: para ellos Pometeo será un héroe sagrado. Esquilo toma de la mitología el tema de la tragedia. Zeus ha creado a los hombres: pero, para animarles a que agucen el ingenio, les oculta el gran invento del fuego. Prometeo es el benefactor de la Humanidad: monta en cólera, le roba el fuego a su primo Zeus —Prometeo y Zeus son hijos de dos titanes hermanos, Jápeto y Crono, respectivamente— y se lo entrega a los hombres. Pero, naturalmente, Zeus es Zeus y se toma el robo con serenidad olímpica: maldice los testículos de Prometeo —aunque ninguna fuente lo cuenta con estas palabras— y lo condena a ser clavado por Hefesto a una roca del Cáucaso. Hefesto encadena a Prometeo y, todas las mañanas, una diligente águila le roe al titán el hígado, que le vuelve a crecer cada noche. Pero Prometeo resiste con altivez. Tiene un modo de liberarse: revelarle a Zeus la profecía que le anuncia al dios un matrimonio criminal que lo defenestrará del trono. En la obra Prometeo es el protagonista —el coro pasa a un segundo lugar— y no sale de escena en ningún momento. Como salvador que es de los hombres, la figura de Prometeo ha dado pie a algunos exégetas cristianos a ver en él un embrión helénico de Jesucristo. Obviamente, las diferencias son enormes. Prometeo se mueve en el Olimpo —una región celestial donde los dioses actúan como auténticas bandas de gángsteres: el propio Prometeo ayudó a Zeus a destronar a Crono, y luego el Don Corleone del Olimpo se lo quita de en medio condenándolo a la roca del Cáucaso— y Jesucristo procede de la Biblia, que es también rica en los más variados crímenes. Pero Prometeo es más macho que Jesucristo, quien, por cierto, ya sabemos que andaba sobrado de carácter por la furia con que arrojó a los mercaderes del templo. Prometeo no admite ni la menor ayuda de nadie en la bronca con Zeus. Y Jesucristo, cuando ya las cosas se le han puesto mal en el Gólgota, se ablanda y dice: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Prometeo es el prototipo del macho paternalista. Tiene tal resistencia a la frustración que, a su lado, los legionarios romanos y sus sucesores —los guerrilleros de la selección italiana de fútbol— son aficionadillos en el terreno de tolerar el dolor. Prometeo es el paternalista puro: se machaca a sí mismo hasta niveles marcianos pero, a la hora de ayudar a los demás —o, más bien, de imponer su ayuda a los demás—, no tiene tampoco límites.

Tras el diálogo entre Fuerza, Violencia y Hefesto, que cumple con su deber de clavar a Prometeo a una roca, entra el coro de Oceánides (o hijas de Océano). Luego, Océano trata por todos los medios de ayudar a Prometeo, que se cierra en banda. La entrada en escena de Ío, una víctima de Zeus, nos informa de las tropelías que el dios perpetró con ella y del castigo que le impuso Hera, la esposa de Zeus, que la condenó a recorrer el mundo transformada en ternera. Quien cruce por delante del restaurante turco Bósforos, de la plaza madrileña de Manuel Becerra, puede acordarse de Ío: a ella le debe su nombre el Bósforo, que significa «Paso de la vaca» en memoria de su paso por allí tras su metamorfosis. Prometeo, que ve el futuro, le anticipa a Ío el cúmulo de desgracias que todavía le aguardan. Tampoco hay entendimiento en el posterior diálogo entre Hermes y Prometeo. Un diálogo entre Prometeo y el coro cierra la obra.

El texto griego de Prometeo encadenado aquí reproducido —y en el que se basa mi traducción— es el de Herbert Weir Smyth, editor y traductor al inglés del siguiente libro publicado, en edición bilingüe (griego-inglés), por Harvard University Press en su Loeb Classical Library: Aeschylus: Supliant Maidens. Persians. Prometheus. Seven against Thebes. A los lectores que se pregunten escandalizados por qué no utilicé el texto griego de West, publicado por Teubner, o el texto griego del Prometeo encadenado publicado por Gilbert Murray en Oxford les diré la verdad más egipcia: cuando estaba elucubrando sobre esta cuestión, se me apareció un ángel, nacido, por cierto, en Tudela y ataviado con una gorra de jugador de béisbol. Me espetó sin misericordia y, por supuesto, sin pronunciar las comillas: «No te preocupes tanto por el original de Esquilo sobre el que los helenistas no se ponen de acuerdo: déjales a ellos que se centren en el original griego y tú dedícate a la traducción al castellano, que es un asunto que a los helenistas, con las ...