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QUIéN QUIERE SER MADRE

Silvia Nanclares  

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Fragmento

1. Los hijos de las demás

Dicen que detrás de toda mujer sin hijos hay una historia. ¿También detrás de las que los tienen la hay?

Sonia, por ejemplo, casi no se enteró, y de golpe estaba tocando la cabeza de Simón.

Laura lo tuvo en casa, en una piscina hinchable, a las pocas horas de romper aguas durante un ensayo con el coro en el que cantaba.

A Gloria le rajaron longitudinalmente el perineo en un hospital público.

Celia no recibió un solo punto en la privada.

Lidia acabó en cesárea, entre lágrimas. Bárbara también. Ambas se morían por un parto vaginal.

Lorena entró en crisis al percatarse de que no había un plan B y de que aquello, su hijo, tendría que salir de alguna manera.

Ana tuvo una, y después dos cesáreas programadas.

Natalia, después del primer retraso, se esforzó por recordar el nombre de aquel desconocido con el que tampoco, mierda, recordaba haber usado condón. Lucas tiene hoy siete años.

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Alba le preguntó a la matrona que le atendió en casa si ya estaba de parto. Ella contestó, riendo, que ya lo sabría cuando llegara el momento. Sin duda, lo supo.

Carolina se asustó de sus propios bramidos durante el parto, como si los produjera otra persona.

Helena tuvo un parto eterno.

Tania le pedía a su hermano que le trajera comida a escondidas.

Sara tuvo a Lena, una niña de once años, en acogida, antes de empezar el largo proceso de la adopción.

Inés, con la tercera, rompió aguas por la noche y se acostó; sabía que hasta la mañana siguiente eso no estaría ni para empezar.

Paula dice que ni de coña, que ella es extincionista.

Cruz no lo expresa en esos términos pero dice que tampoco, que no está interesada en reproducirse.

Olga cuenta que en la sala de dilatación una mujer china gritaba señalándose la barriga: «¡Cuchillo, cuchillo!».

Nora vino con dos vueltas de cordón. Y aun así, vaginal. Milagro.

Julio venía de culo.

A Victoria se le infectaron los puntos.

Bibiana y sus amigos se bebieron la placenta en un batido.

A Andrea, los mellizos le causaron una distensión crónica en los abdominales.

Ari no quiso dar de mamar para no estropearse las tetas. Pepa también pidió las pastillas, para desaprobación general y cuchicheo en la planta de neonatos.

Pero esta historia no empieza con todas mis amigas y sus historias de maternidad y no maternidad. Empieza mucho antes. Empieza conmigo conmocionada viendo un parto en una escena de Barrio Sésamo, sola frente al televisor. Cómo lloraba, incontenible. El deseo se materializó en casa de mis padres igual que el bebé que salía del cuerpo de la madre del parto televisado. A partir de ese recuerdo, durante años deduje que lo que quería era ser matrona.

Errónea conclusión.

No, lo que quería era un bebé. Conmigo. Ya. A los siete años. Así empecé a juntarme con todos los críos que había a mi alcance y a agobiar a mis primos pequeños para cumplir mis fantasías precoces de maternidad. Los adultos, con mi madre a la cabeza, me empezaron a apodar la Pediatra.

La ambivalencia hacia la maternidad llegaría mucho después.

Hubo un tiempo, ya casi puedo decir una época, no sé, los dos mil se me apelotonan con todos sus ceros en la memoria como una masa informe—, en que tenía un álbum en Facebook titulado «Los ladrones de amigas». Desde que cumplí los treinta, algunas de ellas empezaron a abandonar nuestra zona de amor comunal para atender y amar a unas criaturas que reclamaban toda su atención. Sentía celos. Tener amigas madres fue toda una revolución en nuestro ecosistema.

A aquella serie iba subiendo las fotos de sus hijos. Algunas llegaron incluso a anunciarme por entonces sus embarazos diciéndome: «Pronto vas a tener que añadir un nuevo ladrón al álbum». Cuando la galería estaba bien nutrida, la eliminé: no me daba la gana de seguir regalándole los derechos de imagen de unas personitas a Mark Zuckerberg. O quizá fue entonces cuando empezó a parecerme que, o me espabilaba, o hasta a mí iba a dejar de hacerme gracia la impostura de reírme de las madres que nacían a mi alrededor.

Tengo amigas con hijas de catorce, con hijos de siete, con hijos de cuatro, con niñas recién nacidas, y muchas amigas sin hijos.

Ahora busco fechas mientras sumo y resto edades de madres e hijos. Alicia tuvo a Tomás con cuarenta y uno. Mi abuela Teresa, el último, con cuarenta y dos. Julianna Margulies, la actriz de The Good Wife, también: cuarenta y dos. Elvira tuvo a Aitor, el primero, con cuarenta y tres, después de haber asumido que probablemente ya no sería madre. Renata Adler, con cuarenta y seis, el primero y único.

Estoy dentro de una historia hecha de historias y necesito referentes. Mi futurible embarazo, mi acuciante Kinderwunsch —solo la lengua alemana podía tener la palabra perfecta: Kinderwunsch, deseo de tener hijos, búsqueda de bebé—, mi posible parto, se inserta indefectiblemente en ese hilo previo de las historias de fertilidad y descendencia que me rodean. Quiero creer ahora en este rosario de posibilidades, más que en la ciencia y en la tecnología reproductiva. Más que en el fatalismo edadista del ginecólogo que me mira de soslayo por encima de la receta. Ahora. Rezo. Y lo hago de la única manera que sé: escribiendo.

2. Lo que importa

El día más frío que recuerda la humanidad. Mi humanidad.

Estamos frente al cristal de la sala del tanatorio. La sala es amplia y está llena de gente. En una esquina, estratégicamente dispuesto, en una estancia aparte, como si fuera preciso disponer de una separación entre nuestras conversaciones y su estatismo fatal; en una especie de rincón laico para rezar, separado por un cristal, está él. Le recuerdo a mi madre que mi padre está sin camisa, que no lleva camisa, que los del SUMMA se la quitaron para la reanimación y que se ha quedado así. Descamisado. En casa había intentado darles una a los operarios de la funeraria que vinieron a «retirar» el cuerpo.

Ellos me tranquilizaron, me dijeron que «allí» le pondrían una gasa. Que lo envolverían con una gasa. Un sudario, pensé. Un capullo. Pero para no volar. Yo quería darles una de sus camisas bonitas. A cuadritos, a rayas, mil rayas, papel milimetrado. Toda su gama, todos sus colores, ¿dónde están ahora? Sus puños abrochados, sus muñecas finas, morenas, sus manos.

Mi madre y yo frente al cristal:

—Mamá, no lleva camisa. ¿No crees que deberíamos ponerle una?

—Si a él eso ya le da igual, hija.

No le importa. Ya no está. Hija. Una certeza rotunda.

A mí sí me importa, pero asumo que ella tiene más derecho que yo sobre este cuerpo, y una capacidad casi clarividente para saber lo que mi padre quiere o no. No quiero violentar la situación. Pero ese detalle se me quedará como una cicatriz en la memoria: papá se ha ido sin camisa.

Mi madre me trae de nuevo al mundo de los quehaceres y deseos de los vivos:

—Ahora sí que te voy a poder echar una mano cuando tengas un hijo. Voy a tener todo el tiempo del mundo…

El ataúd está cerrado, de tan espartano casi parece soviético. A su lado solo hay una corona, del Real Madrid C. F. para más señas. Todo está lleno de detalles grotescos y conmovedores.

Nuestros cuerpos al otro lado parecen de mantequilla, fundiéndose, temblorosos, encogidos, helados. Pero están. Somos.

El tiempo entre mi padre y yo se ha terminado. Entre mi padre y mi madre. Entre mi padre y el mundo. Con rotundidad. Así nos golpea la falta de un cuerpo. Una historia clausurada. Algo inexorable en nuestro mundo de opciones aparentemente reversibles.

Detrás, en un horrendo sillón de escay marrón, está mi hermano Andrés, el mayor. Demudado. Y nunca pensé que fuera a utilizar esta expresión para referirme a él. A su lado está Carolina, su mujer. Parece hoy mucho más pequeña, su pelo recogido, su cara sin maquillaje, su dolor sincero. Y mi hermano mediano de pie junto al sofá, Félix; también su tamaño parece redefinido, como si su propia altura fuera lo único que pudiera sostenerle del derrumbe total.

En otro rincón de la sala asignada, aprovecho un momento de intimidad con mis dos primas mayores. Todo lo que digo suena como si mi cabeza estuviera metida en una campana de cristal. Escucho mi propia voz como si viniera de lejos pero al mismo tiempo estuviera amplificada.

—Primas, ¿vosotras a qué edad os quedasteis embarazadas?

—Yo con treinta y nueve —dice Pepa.

—Yo con cuarenta —dice Clara.

—Él ya no va a conocer a mis hijos. ¿Vosotras creéis que yo también podré quedarme? Valentina es un nombre muy bonito para una niña, ¿verdad? Y Valentín también.

—Precioso. Pero no pienses en eso ahora, bonita —Clara me pasa otro clínex. Pepa no deja de retorcer sus manos con las mías. Es un gesto de las mujeres de mi familia que sirve para expresar que están contigo. Lo había olvidado.

Y sin embargo sí pienso en eso. De una manera infantil, lo sé. Si he acompañado a mi padre en su muerte, la vida me debe otra vida.

No estamos en una saga vikinga donde los cuerpos son ofrecidos y dados en sacrificio a la deidad.

Estamos en la segunda década del siglo XXI, en la ciudad de Madrid, y estoy a punto de cumplir cuarenta años. Aun así, me lo merezco.

3. Me gusta tu vida

Antes de la pérdida y de la certeza, mucho antes, hubo otro día fundacional. Bueno, no tanto antes. En esta historia el tiempo apremia y los cuerpos decaen. Y, a veces, lo que importa de verdad no son los acontecimientos ni las decisiones, sino lo que viene después.

Está diluviando, pero mi madre y yo tomamos un menú a resguardo en un bar de la calle Sáinz de Baranda, enfrente del hospital donde está ingresado mi padre. El barrio nos es familiar. Conocemos tramo a tramo sus bulevares, nuestro antiguo instituto está a dos calles y la casa de mis padres en una avenida algo más arriba. El cacharreo estruendoso —nuestra mesa está cerca de la cocina— y el ir y venir de los camareros gritones nos permite crear enseguida un espacio de intimidad. Mi madre lleva la ropa cómoda que las largas estancias en el hospital le obligan a ponerse, una camisa a cuadros, juvenil e impecable, por no hablar de su maquillaje, su peinado y su manicura. Ella siempre ha tenido un cuarto de baño propio. Su propio aleph de producción cosmética. Allí se esforzó por enseñarme la importancia crucial de la máscara de pestañas, la cera depilatoria, el uso de pinzas, secador, base de maquillaje. Yo traté de aprender, pero me fascinaba más la persona que entraba que la persona que salía de la sala de posproducción. Así que aprendí a dibujarla mientras se arreglaba. Y a entretenerme. Luego caminábamos juntas hacia el metro, ella con las palmas de las manos boca arriba y estiradas y el metrobús entre los dedos mientras se le secaba el esmalte de uñas. Yo, leyendo en el vagón con la mochila a la espalda y el dibujo entre las páginas del libro.

Mi madre no es una madre excesivamente maternal, valga la contradicción, así como tampoco fue nunca miedosa. Mi madre es bastante crítica y poco dada al sentimentalismo. Me enseñó a desapegarme, a tomar el mundo como mío, como de cualquiera, a saltarme algunas normas, también a añorar en ocasiones los regazos de las madres sobreprotectoras. El amor de mi madre no es una vacuna, pero sí es un modo de permanencia en medio de mi habitual estado de dispersión, un ancla.

Con el primer plato, le cuento que he conocido a «alguien». Alguien es joven. Más joven. Mi madre dice que muy bien. Que los hombres mayores, es decir, de mi edad, ya están maleados. Que vienen de vuelta. Mira tus hermanos. Ya tienen hijos, no se meten en líos. Paso por alto la idea de que mi madre me vea como «un lío». Entro al trapo:

—¿Sabes qué, mamá? Creo que quiero tener hijos solo para que papá y tú me queráis más —la frase denota una trayectoria implícita de más de quince años en el diván feminista—. No sé, como si hasta el momento en que no tenga un bebé, no fuera a ser una hija completa…

—Anda…, eso está ya más pasado que qué. Eso era en mi época —mi madre cree que los mandatos de género son tan efímeros como la moda.

—En serio.

—Pues, hija, yo te voy a decir una cosa: con la vida que tú tienes, yo, si fuera tú, pasaba de tener un hijo.

—Pero cuando Andrés tuvo a Sara te pusiste feliz. Y con Félix y… Se te cae la baba con ellos. ¿No te gustaría ser abuela de uno mío?

—Vaya, claro, pero es que tener un hijo es una renuncia completa —mi madre concibe la crianza como una tarea que recae especialmente sobre uno de los miembros de la pareja, es decir, la madre—. Además, no es lo mismo tener un hijo a los veinte, veinticinco, treinta si me apuras, que ahora, como tú, con treinta y muchos. Y piensa que yo no te lo voy a poder cuidar, con la que tengo encima con tu padre…

La manzana preparada que incluye el menú como postre se me hace bola. Mi madre, sesenta y siete años, curtida a diario con el deterioro de mi padre y de su propio cuerpo, está aquí, apretando la minúscula taza del café cortado y confrontándome con mi propia edad como si tal cosa. Me recuerda a Blanca, una amiga que, unos años atrás, mientras me contaba lo mal que su hijo adolescente se lo estaba haciendo pasar, me miró de pronto de un modo parecido. «Yo hace nada era como tú. Y un día, pim-pam-pum, de pronto tienes cuarenta y pico. Y no te has enterado», me dijo.

Puede que esa sea también la misma mirada que yo he empezado a echar recientemente a las mujeres más jóvenes, y sobre todo a las madres jóvenes. Ese día, yo respondí con condescendencia al vértigo que me transmitía Blanca; no me parecía de recibo que una feminista como ella se preocupara por los mandatos edadistas, que se plegara a esos miedos inveterados y opresivos.

Blanca. Hace ya años que no la veo. Casi desde aquella sentencia. Y han pasado ya esos pocos años que cambian la calidad de todo. La textura del tiempo. En nada voy a tener cuarenta y pico, como ella entonces. Miro mis manos, me parecen más venosas de repente. Las escondo debajo de la mesa con mantel de paño.

—Es que a mí me encanta tu vida, hija.

Mis oídos amasan esa frase, transformada en música para cuarteto de cuerda y soprano. O puro techno liberador de serotonina.

La camarera trae la cuenta y, una vez más, dando por hecho el hecho, paga mi madre. Se crea un silencio entre nosotras, protegido por el trajín en sordina que no deja de emitir el bar.

«Es que a mí me encanta tu vida.»

Creo que a partir de este momento mi eterna deuda, pecuniaria y moral, con toda la recua de terapeutas de los que he sido clienta, no va a dejar de descender. Es como si las tres campanitas del Jackpot de las máquinas tragaperras se hubieran alineado para concederme el premio y gritar el molesto: «¡Avance! ¡Avance!». Una de las principales compuertas de la presión social, la de la familia nuclear, la de la madre, se acaba de abrir silenciosamente. Estamos en paz. Respiro.

También leo entre líneas, junto al aire fresco de la descompresión, un runrún ácido, algo que mi madre también quisiera comunicarme: «No tengas los hijos de cualquier manera», que es otro modo de decir «como yo». Sin necesidad de haber leído a Simone de Beauvoir, mi madre ha aprendido que las condiciones materiales pueden y deben cuestionar los mandatos femeninos de la reproducción, con su sacrificio y su sublimación, esos ítems que parecen venir por defecto en el pack mujer.

—Me vuelvo, que papá ya estará aburrido en la habitación —dice muy resuelta después de apurar su vaso de agua.

Yo bebo lo que queda en el mío casi por inercia, como en un espejo.

—Ahora, que si te vas a poner, ponte ya, que no estamos en esta familia para perder el tiempo.

No sé si se refiere a mí o a mi padre. O a ella.

Bien, respira, Silvia, busca a conciencia el paraguas en el paragüero. Los niveles de presión nunca descienden sin reflujos. Concéntrate en ponerte la mochila sobre los hombros. Con mamá nada puede resolverse de un plumazo.

—¿Eh, guapa? —insiste en la puerta terminando de colocarse la chaqueta y el bolso, intuyendo que ha hecho el comentario inapropiado en el último momento.

Me da un pellizco en la mejilla y un beso antes de darse la vuelta en la dirección opuesta a la mía. La miro irse por el bulevar y me entra esa pena que me agarra cada vez que la veo alejarse con el hospital de fondo.

Ella no es de las que se dan la vuelta para saludar por última vez. Ella siempre mira hacia delante.

Ha escampado y decido volver andando, a pesar de llegar tarde.

Cruzo el Retiro lentamente, disfrutando del ambiente renovado por la lluvia y dando gracias a mis hermanos por haber tenido hijas y haberle quitado a mi madre con tanta eficacia el mono de ser abuela.

Llego tarde porque voy camino de una de mis primeras citas con Gabi.

4. El mensajero

La vida que le encantaba a mi madre era en parte esa: la vida de salir y viajar con mis amigas, la vida de la no dependencia, la de poder subir y bajar, hacer y deshacer, vivir sola, estar abierta a la vida, en sus palabras: «Poder apuntarte a un bombardeo», no tener en tu haber «cargas», esa expresión tan odiosa. Eso que tanto valoran en las entrevistas de trabajo.

«Lo primero tu gozo, tu realización.» Mi madre era el componente hedonista del binomio padres. Donde mi padre jugaba el papel de abanderado de la cultura del esfuerzo y la austeridad, ella asumía el de entusiasta corredora de apuestas vitales. Lo que no sabe mi madre es que no depender ni que nadie dependa de ti también significa, de alguna manera, no pertenecer.

Hoy hemos vuelto a quedar para comer juntas, esta vez en la cafetería del hospital, mientras a mi padre le hacen la enésima prueba. Aquí absolutamente todo está envuelto en plástico, salvo unos donuts secos que reinan sobre la fresquera de una barra vacía mientras les asiste el cortejo de una mosca. El zumbido de las cámaras y la cara mustia de la cajera enturbian nuestra conversación. Estas paredes parecen haber absorbido toda la tristeza de este hospital sin maternidad, la única planta de las clínicas donde la gente ríe sin culpa. La textura correosa de las ensaladas individuales que nos estamos terminando como si tal cosa me ayuda a calibrar la importancia de la prueba que le están haciendo a mi padre.

—Esa vida de inde ...