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REFUGIO DEL VIENTO

George R R Martin  

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Fragmento

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PRESENTACIÓN

Hay obras que se leen y se olvidan y hay otras que, aunque pasen los años, perduran en nuestro recuerdo gracias a los sentimientos que despertó su lectura. Un perfecto ejemplo de lo segundo es Refugio del Viento (Windhaven), de los por aquel entonces casi desconocidos George R. R. Martin y Lisa Tuttle, publicada en España por vez primera en 1988.

Corría el ya bastante lejano 1976 cuando ambos publicaron una novela corta titulada The Storms of Windhaven, que obtuvo el premio Locus y llegó a ser candidata a los premios Hugo de aquel año. Era una historia completa, pero presentaba un escenario y unos personajes que daban para mucho más, y entre 1976 y 1981 escribieron dos nuevas novelas cortas ambientadas en él: One-Wing y The Fall, que, junto con la primera, fueron recogidas posteriormente en un único volumen bajo el título de Windhaven.

Probablemente muy pocos conozcan a Lisa Tuttle, aunque casi ninguno dirá lo mismo del gran George R. R. Martin, cuya serie Canción de hielo y fuego no necesita presentación. Poseedor de uno de los estilos narrativos más depurados de la ciencia ficción actual, Martin es un autor capaz de evocar sentimientos, capaz de fascinar al lector con sus descripciones de personas y escenarios, y de desarrollar convincentemente argumentos imaginativos. Su primera novela, Muerte de la luz, es una de las mejores aportaciones de la ciencia ficción anglosajona a la literatura universal, una obra llena de lugares maravillosos con un argumento crepuscular repleto de intriga y aventuras. Las recopilaciones, como Canciones que cantan los muertos (que contiene el que para mí es uno de los relatos de ciencia ficción más terroríficos jamás escritos, “Los reyes de la arena”) y Una canción para Lya, o las novelas, como Sueño del Fevre, son asimismo muy recomendables.

Recibe antes que nadie historias como ésta

La carrera de Lisa Tuttle es mucho más discreta. Autora de cerca de una docena de novelas y antologías, recibió el premio John W. Campbell al mejor autor novel en 1974, y el premio Nébula de 1982 por su cuento “The Bone Flute”, siendo la primera persona que rechazó dicho premio en medio de una gran polémica, como protesta por la actitud de otro de los candidatos. Se mudó en 1981 a Gran Bretaña cuando contrajo matrimonio con el también escritor Christopher Priest. En 1989 la Asociación Británica de Ciencia Ficción le concedió el premio al mejor relato por “In Translation”. Actualmente vive en un pueblecito de Escocia con su segundo marido, el editor Colin Murray, y con su hija.

La historia que van a leer a continuación transcurre en Refugio del Viento, un planeta eminentemente acuático sin más tierra firme que un puñado de islas. Un mundo barrido por fuertes vientos y violentas tempestades, donde la fauna marina es, la mayoría de las veces, mortífera, dificultando la navegación marítima. En él viven los descendientes de los colonos que sobrevivieron al aterrizaje forzoso de la nave en la que viajaban entre las estrellas. La tecnología de la sociedad emergente es similar a la de la Edad Media, y de la de sus antepasados solo queda el tejido con el que están fabricadas las alas de seis metros de envergadura que permiten a quienes las llevan volar aprovechando las corrientes de aire.

A lo largo de tres capítulos de su vida conoceremos a Maris, la primera terrana que conseguirá convertirse en voladora a pesar de las trabas que le impone un entorno lleno de prejuicios y diferencias de clases, desde su juventud hasta su vejez, un personaje completo, bien dibujado, que lucha por lo que considera justo y que, durante el transcurso de los años, se mantiene fiel a sus creencias aunque eso la lleve a enfrentarse a sus amigos. En realidad, Maris no pretende cambiar las cosas porque sí, sino mejorarlas y dar una oportunidad a los que, según las costumbres ancestrales, nunca habrían podido convertirse en parte de esa élite alada. Refugio del Viento es un canto a la libertad y contra la injusticia, una invitación a luchar por lo que se cree. Unas gotas de idealismo en un mar de materialismo.

Refugio del Viento es un libro reposado donde las cosas pasan poco a poco. Los tres argumentos son lineales y no hay subtramas que los compliquen. Entonces, ¿qué lo hace tan memorable? Pues la habilidad descriptiva y narrativa de Martin y Tuttle, que consigue emocionar al lector y hacer que, cuando se narran los vuelos, sienta el viento en la cara, el vértigo de los picados; que experimente la sensación de sobrevolar el mar en silencio y ver el mundo desde arriba; que comprenda la importancia de escapar de tierra firme para cabalgar el viento y la tormenta. Las descripciones son tan vívidas, las sensaciones tan vibrantes, que Refugio del Viento se convierte en una de esas obras cuyo recuerdo perdura muchos años después de leerla, no por lo que se cuenta, sino por cómo. Y lo mejor de todo: se puede releer al cabo de los años sin miedo a sentirse defraudado.

Me atrevería a afirmar que Windhaven no solo no ha envejecido en todos estos años, sino que incluso ha mejorado. Como los buenos vinos.

JOAN MANEL ORTIZ

Lisa Tuttle:

Dedico este libro con cariño y agradecimiento

a mis padres, aunque no lo lean.

George R. R. Martin:

Este es para Elizabeth, Anne, Mary Kaye, Carol,

Meredyth, Ann, Yvonne y el resto de mis buscalíos del

Courier, con la esperanza de que sigan metiéndose

en líos, haciendo preguntas y consiguiendo que las

expulsen de las oficinas.

Pues aquellos que hayan conseguido volar caminarán con la mirada puesta en el cielo, pues habiendo estado en él, anhelarán regresar.

LEONARDO DA VINCI

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Prólogo

El fragor de la tormenta había durado casi toda la noche.

La niña estaba despierta en el amplio lecho que compartía con su madre, tapada con la áspera manta de arpillera, escuchando. La lluvia repiqueteaba sin pausa, insistentemente, contra las finas tablas de limonero de la cabaña. En ocasiones se alcanzaba a oír el estampido lejano de los truenos, y cuando destellaba un relámpago, por las rendijas de los postigos se filtraban estrechos haces de luz que iluminaban la minúscula habitación. Cuando aquella luz se desvanecía, volvía a reinar la oscuridad.

Al oír el tamborileo del agua contra el suelo, la niña supo que se había abierto otra gotera en el tejado. La tierra batida se convertiría en barro y su madre se enfurecería, pero no había nada que hacer; su madre no era hábil para arreglar el tejado, y no tenían medios para contratar a nadie. Algún día, le decía su madre, la maltrecha cabaña se hundirá bajo el peso de las tormentas. “Entonces nos iremos y volveremos a ver a tu padre”, añadía. La chiquilla no recordaba muy bien a su padre, pero su madre hablaba de él con frecuencia.

Un fuerte golpe de viento sacudió los postigos. La niña oyó el crujido estremecedor de la madera y el chasquido del papel aceitado que cubría la ventana, y durante un instante tuvo miedo. Su madre seguía durmiendo plácidamente; las tormentas eran frecuentes, pero no le alteraban el sueño en absoluto. La chiquilla no se atrevió a despertarla; era una mujer de genio vivo y no le haría gracia que interrumpieran su descanso por algo tan trivial como los temores infantiles.

Las paredes crujieron y temblaron otra vez. Un relámpago y un trueno llegaron casi al unísono, y la niña se estremeció bajo la manta y se preguntó si aquella sería la noche en que volvería a ver a su padre.

No lo fue.

La tormenta acabó por aplacarse e incluso escampó. La habitación quedó a oscuras y en silencio.

La niña sacudió a su madre hasta que consiguió despertarla.

—¿Qué? ¿Qué quieres?

—Ya pasó la tormenta, Madre.

La mujer asintió y se levantó.

—Vístete —ordenó a la niña, mientras buscaba su ropa a tientas en la oscuridad.

Aún faltaba una hora para el alba, como mínimo, pero era importante llegar a la playa cuanto antes. La chiquilla sabía que las tormentas destrozaban embarcaciones: pequeñas barcas de pesca que se habían quedado en alta mar hasta demasiado tarde o que se habían aventurado demasiado lejos y, a veces, incluso grandes buques mercantes. Tras una tormenta se podían encontrar restos de todo tipo en la playa. En cierta ocasión habían encontrado un cuchillo con la hoja de metal desgastada; el importe de su venta les permitió comer como es debido dos semanas. Pero si querían encontrar algo bueno no podían ser perezosas. Los perezosos esperarían al amanecer y no encontrarían nada.

La madre se echó a la espalda un saco de lona vacío, para cargar lo que encontrasen. El vestido de la niña tenía grandes bolsillos. Las dos llevaban botas, y la mujer agarró una larga pértiga con un gancho tallado en un extremo, por si acaso veían en el agua algo que flotase fuera de su alcance.

—Vamos, niña. No te entretengas.

La playa estaba oscura y fría, barrida por el viento helado y constante que soplaba desde el oeste. No estaban solas; otras tres o cuatro personas se les habían adelantado y rastreaban arriba y abajo la arena húmeda, dejando huellas de botas que no tardaban en encharcarse. De vez en cuando, alguien se inclinaba a examinar algo. Uno de los merodeadores llevaba una linterna. Tiempo atrás, ellas también habían tenido una buena linterna, en vida del padre, pero más adelante tuvieron que venderla. La madre se lamentaba de ello con frecuencia; no tenía la visión nocturna de su hija; a veces tropezaba en la oscuridad, y a menudo se le pasaban por alto cosas que debería haber visto.

Se separaron, como de costumbre. La niña se dirigió hacia el norte por la playa, y la madre se dispuso a explorar por el sur.

—Vuelve cuando amanezca —ordenó—. Tienes cosas que hacer, y cuando haya luz ya no quedará nada.

La chiquilla asintió y se apresuró a continuar la búsqueda.

Aquella noche no hubo grandes hallazgos. La niña caminó durante largo rato siguiendo la orilla, con la mirada en el suelo y buscando, siempre buscando. Le gustaba encontrar cosas. Si volvía a casa con un trozo de metal, o quizá un diente de escila largo como su brazo, curvado, amarillo y terrible, su madre le sonreiría y le diría que era una buena niña. No era algo que ocurriera a menudo; lo más habitual era que la reprendiera por tener la cabeza llena de pájaros y hacer preguntas tontas.

Cuando el leve resplandor que anunciaba la aurora empezó a ocultar las estrellas, no llevaba en los bolsillos más que un par de trozos de vidrio blanquecino y una almeja grande y pesada, tan ancha como su mano y con la concha rugosa que indicaba que era de las mejores para comer, de las de carne negra y cremosa. Pero solo había encontrado una. Casi todo lo que habían transportado las olas eran trozos de madera sin valor.

Estaba a punto de dar media vuelta, tal como le había ordenado su madre, cuando vio un reflejo metálico en el cielo: un repentino resplandor plateado semejante a una estrella recién nacida, que empequeñecía el brillo de las otras.

Había aparecido al norte, sobre el mar. La chiquilla se quedó observando aquel punto, y al cabo de un momento vio de nuevo el resplandor, un poco más a la izquierda.

Sabía qué era: las alas de un volador habían capturado los primeros rayos del sol naciente mucho antes de que llegaran a posarse en el resto del mundo.

Quería seguirlo; echar a correr y verlo de nuevo. Le encantaba observar el vuelo de las aves: los pequeños cuclillos, los feroces chotacabras y los milanos carroñeros. Y los voladores, con sus grandes alas de plata, eran mejores que ninguna ave. Pero estaba a punto de amanecer, y su madre le había ordenado que regresara al alba.

Echó a correr. Pensó que si se apresuraba y corría todo el camino de ida y vuelta, aún tendría tiempo de mirar durante un rato antes de que su madre la echara de menos. De modo que corrió y corrió, más allá de los perezosos que se habían levantado tarde y acababan de llegar a la playa. La almeja rebotaba dentro del bolsillo.

El cielo oriental había adoptado un tono naranja claro cuando llegó a la explanada de los voladores: una amplia franja de playa arenosa donde solían aterrizar, al pie del gran acantilado desde el que alzaban el vuelo. Le gustaba escalar el acantilado y contemplar el paisaje desde la cima, con el viento acariciándole el pelo, las piernecitas colgando por el borde y el cielo rodeándola. Pero aquel día no había tiempo: si no regresaba pronto, su madre se enfadaría.

Además había llegado tarde, de todas formas. El volador estaba aterrizando.

Realizó una última y elegante pasada sobre la arena, y las alas pasaron a apenas diez metros por encima de la cabeza de la niña, que lo observaba completamente inmóvil con los ojos abiertos como platos. Cuando quedó de nuevo sobre el agua, el volador se inclinó; un ala plateada bajó y la otra se elevó, y la trayectoria se convirtió en un amplio cír ...