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REINA ROJA

Juan Gómez-Jurado  

0


Fragmento

Una interrupción

Antonia Scott sólo se permite pensar en el suicidio tres minutos al día.

Para otras personas, tres minutos pueden ser un período minúsculo de tiempo.

No para Antonia. Diríamos que su mente lleva muchos caballos debajo del capó, pero la cabeza de Antonia no es como el motor de un deportivo. Diríamos que es capaz de muchos ciclos de procesamiento, pero la mente de Antonia no es como un ordenador.

La mente de Antonia Scott es más bien como una jungla, una jungla llena de monos que saltan a toda velocidad de liana en liana llevando cosas. Muchos monos y muchas cosas, cruzándose en el aire y enseñándose los colmillos.

Por eso en tres minutos —con los ojos cerrados, sentada en el suelo con los pies descalzos y las piernas cruzadas— Antonia es capaz de:

– calcular la velocidad a la que impactaría su cuerpo contra el suelo si saltara desde la ventana que tiene enfrente;

Recibe antes que nadie historias como ésta

– la cantidad de miligramos de Propofol necesarios para un sueño eterno;

– el tiempo y la temperatura a la que tendría que estar sumergida en un lago helado para que la hipotermia imposibilitara los latidos de su corazón.

Planea cómo conseguir una sustancia controlada como el Propofol (sobornando a un enfermero) y saber dónde está el lago helado más cercano en esa época del año (Laguna Negra, Soria). Sobre saltar desde su ático prefiere no pensar, porque el ventanuco es bastante estrecho y ella sospecha que la comida repugnante que le sirven en la cafetería del hospital está yendo directa a sus caderas.

Los tres minutos en los que piensa cómo matarse son sus tres minutos.

Son sagrados.

Son lo que la mantiene cuerda.

Por eso no le gusta nada, nada, cuando unos pasos desconocidos, tres pisos más abajo, interrumpen el ritual.

No es ninguno de los vecinos, reconocería la manera de subir las escaleras. Tampoco un mensajero, es domingo.

Sea quien sea, Antonia está segura de que viene a buscarla. Y eso le gusta aún menos.

PRIMERA PARTE

JON

—En mi país —jadeó Alicia—,

cuando se corre tan rápido

como lo hemos estado haciendo

y durante algún tiempo,

se suele llegar a alguna otra parte...

—¡Un país bastante lento!

—replicó la Reina—.

Aquí hace falta correr

todo cuanto una pueda

para permanecer en el mismo sitio.

Si se quiere llegar a otra parte

hay que correr por lo menos

dos veces más rápido.

LEWIS CARROL, Alicia en el país de las maravillas

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1

Un encargo

A Jon Gutiérrez no le gustan las escaleras.

No es una cuestión de estética. Son antiguas (el edificio es de 1901, se ha fijado al entrar), crujen y están hundidas por el centro después de ciento diecinueve años de uso, pero son firmes, están bien cuidadas y barnizadas.

Hay poca luz, y las bombillas de 30W que cuelgan del techo sólo sirven para hacer las sombras más densas. Por debajo de las puertas, a medida que va subiendo, se escapan voces extranjeras, olores exóticos, músicas extrañas de extraños instrumentos. Al fin y al cabo, estamos en Lavapiés, es domingo por la tarde y se acerca la hora de cenar.

Nada de todo esto le molesta a Jon de las escaleras, porque Jon está acostumbrado a lidiar con cosas del siglo pasado (vive con su madre), con lugares oscuros (es gay) y ciudadanos extranjeros de ingresos dudosos y en dudosa situación (es inspector de policía).

Lo que a Jon Gutiérrez le jode de las escaleras es tener que subirlas.

Malditos edificios antiguos, piensa Jon. Sin sitio para instalar ascensores. Esto en Bilbao no pasa.

No es que Jon esté gordo. Al menos, no tan gordo como para que el comisario le llame la atención. El inspector Gutiérrez tiene un torso en forma de barril, y dos brazos a juego. En el interior, aunque no se aprecie, hay músculos de harrijasotzaile. Levantar 293 kilos es su propio récord, nada menos, y eso sin entrenar mucho, por puro hobby. Por echar la mañana del sábado. Por que no le toquen los huevos los compañeros, a cuenta de ser marica. Que Bilbao es Bilbao y los polis son polis, y muchos tienen la mentalidad más antigua que estas puñeteras escaleras centenarias que Jon asciende con tanta dificultad.

No, Jon no está tan gordo como para que su jefe le regañe, y el comisario tiene mejores motivos por los que echarle la bronca, además. Para echarle la bronca y para echarle del cuerpo. De hecho, Jon está suspendido de empleo y sueldo, oficialmente.

No está tan gordo, pero el barril de su torso está montado sobre dos piernas que, por comparación, parecen palillos de dientes. Así que nadie en su sano juicio llamaría a Jon un tipo ágil.

A la altura del tercero, Jon descubre una maravilla inventada por los ancestros: un descansillo. Es una humilde tabla con forma de cuarto de círculo clavada contra una esquina en el rellano. A Jon le parece el paraíso, y se deja caer sobre ella. Para recuperar el aliento, para prepararse para un encuentro que no le apetece nada en absoluto y para reflexionar sobre cómo demonios se ha podido ir su vida a la mierda tan rápido.

En menudo lío estoy metido, piensa.

2

Un flashback

—... un lío de cojones, inspector Gutiérrez —concluye la frase el comisario. Tiene la cara de color bogavante, y respira como una olla a presión.

Estamos en Bilbao, en la comisaría de la Policía Nacional de la calle Gordóniz, el día antes de que Jon se enfrente a seis pisos de escaleras en el barrio de Lavapiés, en Madrid. Por ahora a lo que se está enfrentando es a sendos delitos de falsedad documental, alteración de pruebas, obstrucción a la justicia y deslealtad profesional. Y a una pena de cuatro a seis años de cárcel.

—Si el fiscal se encabrona puede pedir hasta diez años. Y el juez tan contento, te los carga. Porque a nadie le gustan los policías corruptos —dice el comisario, pegando una palmada encima de la mesa de acero. Están en la sala de los interrogatorios, que es un sitio en el que a nadie le apetece entrar como invitado de honor. El inspector Gutiérrez está recibiendo el paquete premium: la calefacción alta en ese puntito confortable entre el calor asfixiante y la muerte por sofocación, las luces fuertes, la garrafa de agua vacía, pero a la vista.

—No soy corrupto —dice Jon, resistiendo la tentación de aflojarse la corbata—. Nunca me he metido un céntimo en el bolsillo.

—Como si eso importara. ¿En qué carajo estabas pensando?

Jon estaba pensando en Desiree Gómez, alias la Desi, alias la Brillos. Desi tiene diecinueve años mal cumplidos, y ya lleva tres en la calle. Pateándola, durmiéndola, metiéndosela en la vena. Muñequita de salón, tanguita de serpiente. Nada que Jon no haya visto antes. Pero algunas de estas chicas se te cuelan en el corazón sin saber tú cómo, y de pronto todo es una canción de Sabina. Nada serio. Una sonrisa, un invitarla a un café a las seis y nunca de la mañana. Y de pronto te importa que el chulo la infle a hostias. Y hablas con el chulo, a ver si para. Y el chulo no para, porque en el cerebro le faltan tantas piezas como en la dentadura. Y ella te llora, y tú te vas calentando. Y antes de que te quieras dar cuenta le has plantado en el coche cuarto y mitad de caballo. Lo justo para que le caigan de seis a nueve años.

—No estaba pensando en nada —contesta Jon.

El comisario se pasa la mano por la cara, se la frota como si quisiera borrar su expresión de incredulidad. No funciona.

—A ver, si al menos te la estuvieras tirando, Gutiérrez. Pero a ti no te van las mujeres, ¿no? ¿O ahora pescas en las dos aceras?

Jon niega con la cabeza.

—Si el plan no era malo —ironiza el comisario—. Quitar a esa basura de la calle era una idea cojonuda. Trescientos setenta y cinco gramos de heroína, directo al penal. Sin atenuantes, ni historias. Sin molestos trámites.

El plan era estupendo. El problema fue que le pareció tan bueno que se le ocurrió contárselo a la Desi. Para que supiera que ese ojo morado y esos cardenales y esa costilla fisurada iban a ser los últimos. Y a la Desi, cocidita de jaco, le dio pena su chulo, pobre. Y se lo contó. Y el chulo instaló a la Desi en una esquina, pero escondida y grabando con el móvil. Y el vídeo se lo vendieron a la Sexta por trescientos euros —que me lo quitan de las manos—, al día siguiente de la detención del chulo por narcotráfico. Y se lio bien gorda. Portada en todos los periódicos, el vídeo en todos los informativos.

—Yo no sabía que me estaban grabando, comisario —dice Jon, avergonzado. Se rasca el pelo, ondulado y tirando a pelirrojo. Se mesa la barba, espesa y tirando a cana.

Y recuerda.

La Desi tenía un pulso de mierda y un encuadre nefasto, pero grabó lo suficiente. Y la carita de muñeca daba muy bien en los platós. Interpretaba de Oscar el papel de novia de un inocente inculpado injustamente por la policía. Al chulo no lo sacaban en los programas de por la tarde ni en las tertulias de la noche con su aspecto actual —camiseta sobaquera, dientes marrones—. No, ponían una foto de hace diez años, con la primera comunión aún sin digerir. Un angelito desviado, la sociedad es la culpable, todo ese rollo.

—Has dejado la reputación de esta comisaría por los suelos, Gutiérrez. Hay que ser imbécil. Imbécil e inocente. ¿De verdad no te olías lo que pasaba?

Jon niega por segunda vez con la cabeza.

Se enteró del asunto porque el vídeo le llegó al WhatsApp, entre meme y meme. Había tardado menos de dos horas en hacerse viral en todo el país. Jon se presentó de inmediato en la comisaría, donde el fiscal ya estaba pidiendo a gritos su cabeza, con los testículos de guarnición.

—Lo siento, comisario.

—Y más que lo vas a sentir.

El comisario se levanta, resoplando, y sale de la habitación propulsado por su justa indignación. Como si él no hubiera retocado pruebas nunca, estirado el Código Penal o hecho una trampita aquí y otra allá. Presuntamente. Lo que no había sido era tan tonto como para que le pillaran.

A Jon le dejan tiempo para que se cueza en su propio jugo. Le han quitado el reloj y el móvil, procedimiento estándar para que pierda la noción del tiempo. El resto de objetos personales están en un sobre. Sin nada con lo que entretenerse, las horas pasan muy despacio, dejándole bastante hueco para torturarse por su estupidez. Con el juicio mediático perdido, ya sólo le queda preguntarse cuántos años tendrá que chuparse en Basauri. Un sitio donde le esperarán unos cuantos amigos con los puños apretados y muchas ganas de pillar —tres contra uno— al poli que les alojó allí. O quizás le manden más lejos para protegerle, a algún sitio donde su amatxo no podrá ir a visitarle. Ni llevarle una tartera con sus famosas cocochas de los domingos. Nueve años, a cincuenta domingos por año, le salen cuatrocientos cincuenta domingos sin cocochas. A bulto. Mucho castigo le parece. Y su amatxo ya es mayor. Que le tuvo a los veintisiete, casi virgen del todo, como Dios manda. Y ahora él con cuarenta y tres y ella con setenta. Cuando Jon salga ya no estará amatxo para hacer cocochas. Si es que la noticia no la mata del susto. Ya se lo habrá contado la del 2.º B, menuda lagarta, lengua bífida, pues anda la que montó con lo de los geranios.

Pasan cinco horas, aunque a Jon le parecen cincuenta. Nunca ha sido de quedarse muy quieto en un sitio, así que el futuro entre rejas se le antoja imposible. No piensa en matarse, porque Jon valora la vida por encima de todo y es un optimista irredento. De esos de los que Dios se ríe con más ganas cuando les deja caer encima una tonelada de ladrillos. Pero tampoco encuentra modo alguno de escurrirse fuera de la soga que él mismo se ha colocado al cuello.

Jon está inmerso en estos negros pensamientos cuando se abre la puerta. Espera ver de nuevo al comisario, pero en su lugar hay un hombre alto y delgado. Cuarentón, moreno, de entradas pronunciadas, bigote recortado fino y ojos de muñeca, que parecen más pintados que reales. Traje arrugado. Maletín. Caros.

Sonríe. Mala señal.

—¿Es usted el fiscal? —pregunta Jon, extrañado.

No le ha visto nunca, y sin embargo el desconocido parece encontrarse como en casa. Aparta una de las sillas de acero, que arranca un chillido del cemento, y se sienta al otro lado de la mesa, sin dejar de sonreír. Saca unos papeles del maletín y los estudia como si Jon no estuviera a menos de un metro de él.

—Que si es usted el fiscal —insiste Jon.

—Mmmm... No. No soy el fiscal.

—¿Abogado, entonces?

El desconocido suelta un resoplido, entre ofendido y divertido.

—Abogado. No, no soy abogado. Puede llamarme Mentor.

—¿Mentor? ¿Eso es nombre o apellido?

El desconocido sigue ojeando los papeles, sin levantar la vista.

—Su situación es bastante comprometida, inspector Gutiérrez. Le han suspendido de empleo y sueldo, para empezar. Y tiene unos cuantos cargos encima de la mesa. Ahora vienen las buenas noticias.

—¿Tiene usted una varita mágica para hacerlos desaparecer?

—Algo por el estilo. Lleva más de veinte años en el cuerpo, un buen número de detenciones. Algunas quejas por insubordinación. Poca tolerancia a la autoridad. Le encanta tomar atajos.

—No siempre se pueden seguir las normas al pie de la letra.

Mentor guarda de nuevo los papeles en el maletín con parsimonia.

—¿Le gusta el fútbol, inspector?

Jon se encoge de hombros.

—Algún partido del Athletic de vez en cuando.

Por inercia. Que el Athletic es el Athletic.

—¿Ha visto jugar a un equipo italiano? Tienen una máxima, los italianos: Nessuno ricorda il secondo. A ellos les importa poco cómo ganen, mientras ganen. Simular un penalti no es ninguna deshonra. Dar una patada forma parte del juego. Un sabio llamó a esta filosofía mierdismo.

—¿Qué sabio?

Ahora es Mentor quien se encoge de hombros.

—Usted es un mierdista, como prueba su última hazaña con el maletero del vehículo del proxeneta. Claro que la idea es que el árbitro no le vea, inspector Gutiérrez. Y menos aún que la repetición de la jugada acabe en las redes sociales con el hashtag #DictaduraPolicial

—Oiga usted, Mentor, o como se llame —dice Jon, poniendo sus enormes brazos sobre la mesa—. Estoy cansado. Mi carrera se ha ido a la mierda y mi madre tiene que estar loca de preocupación porque no he ido a casa a cenar y no he podido avisarla todavía de que me voy a tirar un puñado de años sin verla. Así que vaya al grano o váyase a tomar por culo.

—Voy a proponerle un trato. Usted hace algo que yo quiero, y yo le saco de este... ¿cómo lo llamó su jefe? De este lío de cojones.

—¿Va a hablar con la fiscalía? ¿Y con los medios? Venga ya, hombre. Que no nací ayer.

—Entiendo que le resultará difícil escuchar a un desconocido. Seguro que tiene alguien mejor a quien recurrir.

Jon no tiene a nadie mejor a quien recurrir. Ni mejor, ni peor. Lleva cinco horas dándose cuenta de ello.

Se rinde.

—¿Qué es lo que quiere?

—Lo que quiero, inspector Gutiérrez, es que conozca a una vieja amiga. Y que la saque a bailar.

Jon suelta una carcajada en la que no hay ni pizca de alegría.

—Me temo que le han informado mal sobre mis aficiones, oiga. No creo que a su amiga le guste bailar conmigo.

Mentor sonríe de nuevo. Una sonrisa de oreja a oreja, aún más preocupante que la primera.

—Por supuesto que no, inspector. De hecho, cuento con ello.

3

Un baile

Así que Jon Gutiérrez afronta el último tramo de escalera del número 7 de la calle Melancolía (barrio de Lavapiés, Madrid) de un humor bastante agrio. El comisario tampoco quiso explicarle nada cuando Jon le preguntó por Mentor:

—¿De dónde coño ha salido? ¿Del CNI? ¿De Interior? ¿De los Vengadores?

—Haz lo que te diga y no preguntes.

Jon sigue suspendido de empleo y sueldo, aunque los cargos contra él se han paralizado. Y el vídeo en el que se le ve plantando el caballo en el coche del chulo ha desaparecido —¡magia!— de las televisiones y de los periódicos.

Tal y como le había prometido Mentor que ocurriría si aceptaba su extraña propuesta.

La gente sigue hablando del tema en las redes sociales, pero a Jon le importa poco. Es cuestión de tiempo que las hienas de Twitter encuentren otro cadáver que roer hasta dejar los huesos mondos y blancos.

Sin embargo, la respiración del inspector Gutiérrez está agitada y su corazón encogido. Y no es sólo por la escalera. Porque a Mentor no le basta conque Jon conozca a su amiga Antonia Scott. También le ha exigido otra cosa a cambio de su ayuda. Y por lo poco que Mentor le ha explicado, esa segunda parte será la más difícil.

Al llegar al último piso, se encuentra la puerta del ático.

Verde. Antigua de narices. Descascarillada.

Abierta. De par en par.

—¿Hola?

Extrañado, entra en el piso. El recibidor está desnudo. Ni un solo mueble, ni perchero, ni un triste cenicero con la tarjeta de descuento del Carrefour. Nada salvo una pila de túpers vacíos, resecos. Huelen a curry, a cuscús y a otros seis o siete países. Los mismos olores que emanaban de los pisos que Jon se ha ido encontrando en su ascensión.

Al otro lado del recibidor hay un pasillo, también despejado. Sin cuadros, sin estanterías. Dos puertas a un lado, una al otro, una más al fondo. Todas abiertas.

La primera da a un baño. Jon se asoma, y ve sólo un cepillo de dientes, Colgate sabor fresa, una pastilla de jabón. Una botella de gel en la ducha. Media docena de botes de crema anticelulitis.

Vaya, así que cree en la magia, piensa Jon.

A la derecha sólo hay un dormitorio. Vacío. En el armario empotrado, abierto, atisba unas cuantas perchas. Pocas están ocupadas.

Jon se pregunta qué clase de persona vive así, con tan sólo un puñado de objetos. Piensa si se habrá marchado. Teme haber llegado tarde.

Más adelante, a la izquierda, una cocina minúscula. Hay platos en la pila. La encimera es un océano de silestone blanco. Una cuchara de postre, sucia, naufraga a mitad de camino del fregadero.

Al fondo del pasillo, el salón. Abuhardillado. Las paredes de ladrillo visto, las vigas de madera oscura. La luz, tenue, se cuela por dos claraboyas practicadas entre ellas. Y por una ventana.

Fuera, el sol se pone.

Dentro, Antonia Scott está sentada en el suelo, en mitad de la habitación, en la posición del loto. Treinta y tantos. Vestida con unos pantalones negros y una camiseta blanca. Tiene los pies descalzos. Frente a ella hay un iPad, conectado a la corriente por un cable muy largo.

—Me has interrumpido —dice Antonia. Le da la vuelta al iPad, y coloca la pantalla hacia el ajado suelo de parquet—. Es de muy mala educación.

Jon es de esos que cuando se mosquean pasan al contraataque. Preventivo. Por deporte. Por sus huevos morenos.

—¿Siempre dejas la puerta abierta? ¿No sabes en qué barrio vives? ¿Y si fuera un psicópata violador?

Antonia parpadea, desconcertada. No maneja el sarcasmo muy bien.

—No eres un psicópata violador. Eres policía. Vasco.

En lo de vasco, Jon no se engaña, el acento no deja lugar a dudas. Pero que le haya calado como madero, le sorprende. Normalmente los polis apestan a polis. Jon, que no tiene que pagar alquiler, y se deja todo el sueldo en ropa, parece más bien un director de marketing, con su traje de tres piezas de lana fría cortado a medida y sus zapatos italianos.

—¿Cómo sabes que soy policía? —dice Jon, apoyándose en el quicio de la puerta.

Antonia señala el lado izquierdo de la chaqueta de Jon. Pese al cuidado que ha puesto el sastre para compensar el bulto del arma, no lo ha conseguido del todo. Tampoco él ha ayudado con su dieta.

—Soy el inspector Gutiérrez —admite Jon. Duda si ofrecerle la mano, pero se contiene a tiempo. Le han advertido que a esta mujer no le gusta el contacto físico.

—Te envía Mentor —dice Antonia.

No es una pregunta.

—¿Te ha avisado de mi llegada?

—No hace falta. Aquí nunca viene nadie.

—Vienen tus vecinos, a traerte comida. Deben de apreciarte mucho.

Antonia se encoge de hombros.

—Soy la dueña del edificio. Bueno, mi marido lo es. Esa comida es el alquiler que les cobro.

Jon hace un cálculo rápido. Cinco plantas, a tres pisos por planta, a mil euros por piso.

—Vaya. El cuscús te sale por un pico. Ya puede estar bueno.

—No me gusta cocinar —dice Antonia, con una sonrisa.

Es entonces cuando Jon se da cuenta de que es hermosa. No una belleza, tampoco nos volvamos locos. A primera vista, el rostro de Antonia pasa desapercibido, como una hoja en blanco. El pelo, negro y lacio, cortado en media melena, no ayuda mucho. Pero cuando sonríe, su cara se ilumina como un árbol de Navidad. Y descubres que los ojos que parecían marrones son en realidad de un verde aceituna, que un hoyuelo se forma a cada lado de la boca, dibujando un triángulo perfecto con el que le parte la barbilla.

Después se pone seria, y el efecto desaparece.

—Ahora vete —dice Antonia, abanicando el aire con la mano en dirección a Jon.

—No hasta que escuches lo que he venido a decirte —responde el inspector.

—¿Crees que eres el primero que envía Mentor? Ha habido otros tres antes que tú. El último hace sólo seis meses. Y a todos os digo lo mismo: No me interesa.

Jon se rasca el pelo —ondulado tirando a pelirrojo, habíamos dicho— y respira hondo. Llenar ese torso enorme lleva unos cuantos segundos y bastantes litros de oxígeno. Sólo está ganando tiempo, porque en realidad no sabe qué demonios decirle a esa mujer extraña y solitaria a la que ha conocido hace tres minutos. Y todo lo que le había pedido Mentor era: consigue que se suba al coche. Promete lo que quieras, miente, amenaza, engatúsala. Pero consigue que se suba al coche.

Que se suba al coche. No le ha dicho lo que pasará después. Y eso es lo que le obsesiona.

¿Quién es esta tía, y por qué es tan importante?

—Si lo llego a saber, hubiera traído cuscús. ¿Qué pasa, eras policía?

Antonia chasquea la lengua con disgusto.

—No te lo ha dicho, ¿verdad? No te ha contado nada. Te habrá pedido que me subas a un coche, sin saber a dónde vamos. Para uno de sus ridículos encargos. No, gracias. Me va mucho mejor sin él.

Jon hace un gesto hacia la habitación vacía y las paredes desnudas.

—Ya se ve. El sueño de cualquiera: dormir en el suelo.

Antonia se retrae un poco, entorna los ojos.

—No duermo en el suelo. Duermo en el hospital —escupe.

Eso le ha dolido, piensa Jon. Y cuando le duele, habla.

—¿Qué te pasa? No, a ti no. Es a tu marido, ¿verdad?

—No es de tu incumbencia.

De pronto las piezas encajan, y Jon no puede dejar de hablar.

—Le ocurre algo, está enfermo, y tú quieres estar con él. Es comprensible. Pero ponte en mi lugar. Me han pedido que te convenza de que subas al coche, Antonia. Si no lo consigo, habrá consecuencias para mí.

—Eso no es mi problema. —La voz de Antonia se vuelve glacial—. No es mi problema lo que le ocurra a un poli gordo e incompetente, que la ha cagado tanto como para que le manden a buscarme. Y ahora márchate. Y dile a Mentor que deje de intentarlo.

El inspector Gutiérrez, con el rostro de cemento, da un paso atrás. No sabe qué más decirle a aquella chalada. Se maldice por haberse dejado embarcar en este asunto, que ha sido una enorme pérdida de tiempo. No le queda otra que volverse a Bilbao, enfrentarse al comisario y apencar con las consecuencias de su estupidez.

—Está bien —dice Jon, antes de darse la vuelta y enfilar el pasillo, con el rabo entre las piernas—. Pero me pidió que te dijera que esta vez es distinto. Que esta vez te necesita.

4

Una videollamada

Antonia Scott ve desaparecer la enorme espalda del inspector Gutiérrez por el pasillo. Cuenta los pasos, lentos y pesados, que se alejan. Cuando llega a trece, le da la vuelta al iPad.

—Ya podemos seguir, abuela.

La pantalla muestra a una anciana de ojos amables y pelo cardado. En su rostro arrugado hay más surcos que en un viñedo riojano. Lo cual viene al caso porque la anciana está apurando una copa de vino.

—¿Por qué me has llamado? Aún falta para las diez.

—He llamado cuando le he oído subir. Quería que estuvieras ahí por si la cosa se ponía fea.

Ambas hablan en inglés. Georgina Scott vive en Chedworth, a las afueras de Gloucester, en un pueblo pequeñísimo de la campiña inglesa donde el calendario se detuvo hace siglos. Un pueblecito de postal. Con su villa romana. Sus muros cubiertos de musgo. Su conexión a internet de alta velocidad a través de la cual la abuela Scott y Antonia hablan dos veces al día.

—Ese hombre parecía guapo. Tenía voz de guapo —dice la anciana, que está deseando que su nieta se saque las telarañas.

—Es gay, abuela.

—Tonterías, niña. Ninguno es gay cuando le acercas la mano al grifo. En su día yo curé a unos cuantos.

Antonia pone los ojos en blanco. La abuela Scott está convencida de que «políticamente correcto» significa Winston Churchill.

—Eso está muy feo, abuela.

—Tengo noventa y tres años, niña —dice la anciana, por toda justificación, y comienza a servirse más vino.

—Mentor quiere que vuelva al trabajo.

El chorro de burdeos tiembla un poco, y algo de líquido se derrama sobre la mesa. Inaudito. La abuela Scott apenas es capaz de firmar su nombre sin salirse del papel, pero en cuestiones de escanciar el vino sigue teniendo el pulso de un cirujano plástico.

—Pero no es eso lo que quieres, ¿verdad? —dice la abuela. La voz va disfrazada de inocente ovejita, casi no se ve el lobo.

—Ya sabes que no —admite Antonia, que no quiere volver a discutir con ella.

—Claro, querida.

—Por mi culpa, Marcos está en una cama desde hace tres años. Por mi culpa y por ese trabajo.

—No, Antonia —replica la abuela, bajando la voz—. Por tu culpa no. Por culpa del malnacido que apretó el gatillo.

—Al que yo no supe parar.

—Yo sólo soy una vieja chocha, cariño —dice la abuela, con el lobo enseñando ya los dientes—, pero me parece que si te acusas del pecado de inacción, eso valdría también para quedarte sentadita en ese ático.

Antonia se queda en silencio durante un instante. Suficiente para que los monos de su cabeza trabajen a toda velocidad, intentando en vano salir de la trampa.

—¿Por qué me haces esto, abuela? —protesta.

—Porque estoy harta de verte pudrirte ahí, sola. Porque tienes un don que estás desperdiciando. Pero sobre todo, por puro egoísmo.

—¿Egoísmo tú, abuela? —se sorprende Antonia. A los diecinueve años, Georgina Scott se había alistado voluntaria como enfermera, y había desembarcado en Normandía setenta horas después del Día D, con el casco enorme medio caído sobre las cejas y abrazada a una maleta de cartón llena de ampollas de morfina. Los nazis estaban a tiro de piedra, y ella ahí, dale que te pego, corta piernas, cose heridas y pincha analgésicos.

Para Antonia, pensar en su abuela como un ser capaz de albergar el más mínimo egoísmo resulta impensable.

—Egoísmo, sí. Te has convertido en un terrible aburrimiento. Te pasas todo el día encerrada, y las noches... aún peor. Echo de menos cuando trabajabas. Y me contabas. Ya me queda poco por lo que vivir. Esto —dice la anciana, levantando la copa—. Y tú. Y el vino ya no me sabe como antes.

Antonia suelta una carcajada de incredulidad. La abuela cree que los dos únicos propósitos del agua son el baño y cocer marisco. Pero Antonia comprende lo que pretende hacer con ella. Desde lo que pasó,

desde lo que hiciste

el mundo ha virado sobre su eje. No ella, claro. Ha sido el mundo, un mundo en el que ella ya no encaja. Un mundo en el que, reconoce a regañadientes, los días son una letanía interminable de culpa y aburrimiento.

—Quizás tengas razón —dice Antonia, al cabo de un instante—. Quizás ocupar un poco la cabeza me venga bien. Sólo por esta noche.

La abuela da otro trago al vino y esboza una sonrisa beatífica, una sonrisa de anuncio de caramelos.

—Sólo una noche, niña. ¿Qué podría salir mal?

5

Dos preguntas

Jon desciende la escalera casi tan despacio como la ha subido. No es lo habitual. Se suele vengar de la muy cabrona en el descenso, aprovechando el tirón gravitacional, que en su caso es considerable (no es que esté gordo). Pero ahora, derrotado en ese encargo tan absurdo como engañosamente fácil, no sabe qué hacer, y la indecisión ralentiza sus pasos.

A la altura del tercer piso, junto al descansillo, suena el teléfono. Jon se sienta para atender la llamada. No le gusta hablar mientras camina, para que no se le note el resuello entrecortado.

El número es desconocido, pero Jon ya sabe quién llama.

—Ha dicho que no —dice, al descolgar.

Al otro lado de la línea, Mentor gruñe con desaprobación.

—Eso es muy decepcionante, inspector Gutiérrez.

—No sé qué es lo que esperaba. Esa mujer no anda bien de la olla. Vive en un piso vacío, sin un solo mueble. Los vecinos la alimentan, por el amor de Dios. Y dice no sé qué de un marido enfermo.

—Su marido está en el hospital. En coma, desde hace tres años. Scott se culpa de ello. Podría ser una palanca para moverla a la acción, pero se lo desaconsejo. Cuando vuelva a hablar con ella...

—¿Cómo dice? Oiga, yo ya he cumplido con mi parte y he transmitido su mensaje. Así que quiero que usted cumpla con la suya.

Mentor suspira. Es un suspiro largo, histriónico.

—Si los deseos fueran pasteles de chocolate, inspector, todo el mundo estaría gordo. Apáñeselas como pueda, pero la necesitamos a bordo de ese coche ahora mismo.

Jon echa una moneda a la tragaperras.

—Quizás si se dejara de tantos secretitos y me contara qué se trae entre manos...

Al otro lado de la línea hay un silencio, un silencio largo. Jon casi puede escuchar las ruedas de la tragaperras dando vueltas.

—Debe entender que todo esto es confidencial. Habría graves consecuencias para usted.

—Por supuesto.

Y de pronto, contra todo pronóstico, salen las tres fresas.

—Quiero que Antonia me ayude en un caso muy complicado. Permítame que le ilustre al respecto.

Entonces Mentor comienza a contarle al inspector Gutiérrez. Habla durante menos de un minuto, pero es suficiente. Jon escucha, al principio escéptico, después sin creer lo que está escuchando. Sin darse cuenta, se ha puesto en pie. Y, contra su arraigada costumbre, comienza a dar vueltas sin darse cuenta.

—Entiendo. ¿Me dirá al menos para quién trabaja?

—Eso es lo de menos. Cuando llegue el momento, le contaré lo que deba usted saber. Por ahora, lo único que debe preocuparle es llevar a Antonia Scott a la dirección que acabo de mandarle a su móvil.

Jon siente cómo el aparato le vibra en la oreja.

—¿Por qué es Scott tan importante? Seguro que hay seis o siete expertos en Criminalística, en la Sección de Análisis de Conducta que puedan...

—Los hay —le interrumpe Mentor—. Pero ninguno es Antonia Scott.

—¿Qué coño es lo que hace tan especial a esa señora? ¿Es Clarice Starling, y yo no me he enterado? —le apremia Jon, que empieza a estar hasta las narices.

Mentor se aclara la voz. Cuando responde, lo hace con cierto esfuerzo. Renuente. Como si no quisiera compartir lo que va a decir. Y no quiere.

—Inspector Gutiérrez... Esa señora, como usted la llama, no es policía, ni es criminalista. Nunca ha empuñado un arma, ni ha llevado una placa, y sin embargo ha salvado decenas de vidas.

—¿Cómo?

—Podría decirlo, pero no quiero arruinarle la sorpresa. Y por eso necesito que la suba a un coche y la ponga a trabajar. Ahora.

Mentor cuelga. Jon va a darse la vuelta y volver a subir la escalera, cuando una voz le llama.

—Inspector.

Jon se asoma por la barandilla. Tres pisos más abajo, en la penumbra, Antonia le saluda con la mano.

Esta mujer es sorgin, es bruja, o qué hostias, piensa Jon, que es bastante malhablado para sus adentros, y a veces para sus afueras.

Cuando la alcanza, ella está sonriendo.

—Tengo que hacerte dos preguntas. Si la respuesta es correcta, te acompañaré esta noche.

—¿Cómo...?

Antonia levanta un dedo. Apenas le llega al pecho a Jon, no medirá más de metro sesenta, zapatos incluidos. Y, sin embargo, impone. Ahora que está más cerca, Jon ve unas marcas en su cuello. Como gruesos raspones en la piel. Antiguos. Se pierden por debajo de la camiseta.

—Primera pregunta. ¿Qué has hecho? Sé que la has cagado mucho. Mentor escoge a gente a la que no le quedan opciones. Tiene la absurda teoría de que nadie elegiría trabajar conmigo.

—Una teoría absurda, en verdad —responde Jon.

El sarcasmo resbala sobre Antonia como la lluvia sobre un abrigo de GoreTex recién comprado. Se limita a mirarle, expectante, tironeándose de la correa del bolso bandolera que lleva cruzado sobre el pecho. A Jon no le queda otra que contestar.

—Yo... planté trescientos setenta y cinco gramos de heroína en el maletero de un proxeneta.

—Eso está mal.

—Escoria que zurra a una de sus chicas. Acabará matándola.

—Sigue estando mal.

—Lo sé. Pero no lo siento. Lo que siento es que me pillaran. Fui tan idiota que se lo conté a la prostituta, y ella me grabó en vídeo. Se ha montado una buena. Puedo acabar en la cárcel.

Antonia asiente.

—Sin duda, tienes problemas.

—Sin duda eres muy aguda. ¿Y tu segunda pregunta?

—¿Este tipo de irregularidades son habituales en tu comportamiento? ¿Obstruyen tu labor y afectan tu juicio?

—Claro, intento poner pruebas falsas siempre que puedo, mentir, apalear a los testigos, sobornar a los jueces para conseguir condenas. ¿Cómo te crees que he llegado a inspector?

Antonia ni siquiera parpadea. Pero algo en el tono de voz de Jon le hace pensar que el significado de sus palabras quizás no sea exactamente literal.

—Te replanteo la pregunta de forma más simple. ¿Eres un buen policía?

Jon ignora el insulto. Porque la pregunta es demasiado importante. Es, en realidad, todo.

—¿Que si soy un buen poli?

Él mismo lleva haciéndosela una y otra vez desde que empezó todo aquel lío. Y el error infantil que ha cometido no le ha permitido ver la verdad hasta ese instante.

—Sí, sí lo soy. Soy un poli de la hostia.

Antonia le estudia sin parpadear. Hay pesos y balanzas, cintas métricas, básculas en esos ojos. Jon se siente juzgado, y lo está siendo.

—Está bien —concluye ella—. Te acompañaré esta noche. Y luego me dejaréis en paz.

—Espera un momento. Ahora soy yo quien quiere hacerte una pregunta. ¿Cómo demonios has bajado sin que yo te vea?

Ella señala a su espalda.

—Detrás de esa puerta hay un ascensor.

Jon mira boquiabierto a la puerta, que no se le ocurrió abrir. Si casi no se ve. Y menos a la luz de esas bombillas tan cutres. Cuando se recompone tiene que trotar detrás de Antonia, que ya camina hacia la puerta de la calle.

—Espero que no sea una pérdida de tiempo. Ya que sólo voy a hacer esto una vez más, espero que valga la pena.

—¿Que valga la pena?

—Que sea interesante.

Jon se ríe para sus adentros, pensando en todo lo que Mentor le ha contado por teléfono. Interesante, dice.

—Ay, bonita. Vas a flipar.

6

Un trayecto

Antonia sonríe cuando ve el vehículo que les espera —tres ruedas sobre la acera, privilegios de poli—. Un Audi A8 enorme. Negro metalizado, lunas tintadas, llantas de aleación, cien mil y pico euros. Jon nunca ha sido de coches caros —tiene un Prius eléctrico para ligar con millennials—, pero reconoce la sonrisa.

—¿Te gusta el carro que me ha prestado tu amigo Mentor?

Antonia asiente.

Jon aprovecha y le enseña las llaves como el que le agita un sonajero a un bebé. Lo último que le apetece después de darse la paliza de conducir desde Bilbao es volver a ponerse detrás del volante de un coche, incluso de uno como éste, que es más grande que el salón de amatxo.

—¿Quieres llevarlo tú?

Antonia niega con la cabeza.

Y esa es toda la conversación que tienen durante el trayecto. Y no porque el inspector Gutiérrez no se esfuerce, ojo. Que le lanza varios intentos de búsqueda de información camuflados de preguntas bienintencionadas. Pero Antonia no pica, cosa rara, y se limita a apoyar la cabeza en la ventanilla con los ojos cerrados.

Es lo que tienen los críos, en cuanto los subes al coche, se duermen, piensa Jon, que todo lo que sabe de niños lo ha aprendido viendo Modern Family.

Veinte minutos más tarde el Audi se detiene con una suave sacudida en la ubicación que le ha dado Mentor por WhatsApp. Antonia se incorpora en el asiento.

—¿Hemos llegado ya?

—Casi.

Están parados frente a una barrera de seguridad. Dos guardias salen de la garita y rodean el coche, uno por cada lado. El potente haz de una linterna LED impacta en las ojeras de Jon y en los ojos soñolientos de Antonia.

—¿Hacéis el favor de bajar la linternita, corazones? —dice Jon, sacando la placa por la ventana.

El guardia se acerca. Su rostro es apenas visible en la oscuridad, acentuada por la gorra calada hasta las cejas, pero Jon percibe que está muy nervioso. Estudia la placa con detenimiento, sin llegar a tocarla. Al cabo de unos segundos hace girar el dedo índice en dirección a su compañero para que levante la barrera.

—Puede continuar.

—¿Estaba usted aquí hace dos noches?

Una pausa.

—No, me tocaba librar.

Miente o me oculta algo, recela Jon.

—¿Y su compañero?

—Aquí nadie ha visto nada. Siga todo recto hasta la segunda rotonda, y allí continúe por el camino de la derecha hasta el final.

Jon prefiere no insistir y arranca de nuevo el coche, ahora que la barrera está levantada. Los faros de xenon iluminan un letrero de acero pulido en el que se lee el nombre del lugar:

LA FINCA

Están a seis canciones y otros tantos mundos de distancia de Lavapiés, como Jon puede observar en cuanto recorre unos centenares de metros por aquellas calles privadas, nítidas, impolutas.

El último lugar del mundo en el que se puede llevar un polo rosa sin ser comercial de Evax.

Al principio del recorrido encuentran varios grupos de adosados cerca del camino principal, pero éstos empiezan a espaciarse a medida que van dejando paso a chalets de diseño cada vez mayores y más caros, cuyas luces cálidas sobresalen como islas en la oscuridad.

—He leído acerca de este sitio. Una urbanización de superlujo para millonarios celosos de su intimidad —dice Antonia, que ha sacado el iPad del bolso bandolera y navega por la web en busca de información—. Empresarios, jugadores de fútbol. El precio de las casas alcanza los veinte millones de euros. Dicen que es el lugar más seguro de Europa.

Jon tiene el vago recuerdo de un reportaje en la tele sobre La Finca. La mitad de la plantilla del Real Madrid vive en esa maqueta a escala 1:1. Aunque el reportaje no mostraba gran cosa, más allá de las mismas calzadas sintéticas y bien iluminadas que ahora recorrían. Salvo que, de noche, el paraíso de privacidad cobraba un cariz algo más siniestro.

—No sé si será tan seguro como presumen —dice Jon, pensando en lo que Mentor le ha contado por teléfono.

Conduce despacio, con las ventanillas bajadas, intentando comprender el universo en el que se están adentrando. No hay un alma a la vista. El único ruido que se escucha es el de los grillos en el césped impecable y el de la brisa soplando sobre el lago artificial, que Jon deja a la derecha en la segunda rotonda, tal y como el guardia le había indicado. Allí pasan una segunda barrera de seguridad, que el guardia se apresura a descender en cuanto han cruzado.

Es como una zona VIP dentro de la urbanización VIP, piensa J ...