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RELATOS REUNIDOS

César Aira  

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Fragmento

Índice

Relatos reunidos

A BRICK WALL

PICASSO

LA REVISTA ATENEA

EL PERRO

EN EL CAFÉ

EL TÉ DE DIOS

EL CEREBRO MUSICAL

MIL GOTAS

EL TODO QUE SURCA LA NADA

EL HORNERO

EL CARRITO

POBREZA

LOS OSOS TOPIARIOS DEL PARQUE ARAUCO

EL CRIMINAL Y EL DIBUJANTE

EL INFINITO

SIN TESTIGOS

EL ESPÍA

PROVENIENCIA DE ALGUNOS DE LOS RELATOS

Biografía

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

A BRICK WALL

De chico, en Pringles, yo iba mucho al cine. No todos los días, pero nunca veía menos de cuatro o cinco películas por semana. Cuatro o seis, debería decir, porque eran funciones dobles, nadie pagaba la entrada por ver una sola película. Los domingos iba toda la familia, a las cinco de la tarde, a la función llamada «ronda». Había dos cines para elegir, con programas diferentes. Daban, como digo, dos películas, una importante (el «estreno», aunque no sé por qué se la llamaba así, ya que todas eran estrenos para nosotros), precedida por otra de relleno. Pero yo a veces, o casi siempre, iba también a la función matinée, los domingos a la una, también dos películas, para el público infantil, pero en aquel entonces no había un género infantil específico en cine, así que eran películas comunes, westerns, aventuras, ese tipo de cosas (y alcancé a ver algunos seriales, como Fu Manchú o El Zorro, de los que recuerdo). Un poco mayor, a los doce años, empecé a ir de noche también, los sábados (programa distinto) o los viernes (el mismo programa del domingo «ronda», pero como había dos cines…), o incluso noches de semana. Y a partir de cierto momento en uno de los cines empezaron a dar continuados de cine nacional los martes, toda la tarde. ¿Cuántas películas habré visto? No es serio hacer cuentas, pero a cuatro películas por semana son doscientas al año, como mínimo, y si ese régimen lo mantuve desde los ocho a los dieciocho años, suman dos mil películas. Menos serio que hacer una cuenta de ese tipo es seguir haciéndola hasta las últimas consecuencias: dos mil películas de hora y media suman tres mil horas, o sea ciento veinticinco días, cuatro meses largos de cine ininterrumpido. Cuatro meses. Esto puede dar una imagen más concreta que el número desnudo; aunque tiene el inconveniente de hacer pensar en una sola larguísima y torturante película, cuando fueron dos mil, todas distintas, intercaladas en una larga infancia, ansiosamente esperadas, y después criticadas, comparadas, contadas, recordadas. Sobre todo recordadas; almacenadas como el variado tesoro que eran. De eso puedo dar fe. Esas dos mil películas siguen vivas en mí, vivas con una vida extraña, de resurrecciones, de apariciones, como una historia de fantasmas.

Muchas veces me han elogiado la memoria, o se han pasmado del detalle con que recuerdo conversaciones o hechos o libros (o películas) de cuarenta o cincuenta años atrás. Pero lo que admiren o critiquen otros no cuenta, porque lo que uno recuerda, y cómo lo recuerda, uno mismo es el único que lo sabe.

Justamente por eso (porque si no lo escribo yo no lo va a escribir nadie), no tanto por combatir «el fastidio de la vida de hotel», empecé a escribir esto, para dar cuenta de la curiosa circunstancia que se dio anoche con una película. Debo aclarar que estoy en Pringles, y en un hotel; es la primera vez que me alojo en un hotel en mi pueblo natal; sucede que volví para ver a mi madre que está prostrada por una caída, y me alojé en el Avenida porque su pequeño departamento está ocupado por las acompañantes que la atienden. Anoche, cambiando de canales en el televisor, caí sobre una película vieja, en blanco y negro, inglesa (el volante de los autos estaba a la derecha), ya empezada pero en sus preliminares –un aficionado experimentado reconoce los comienzos de película con sólo ver un par de tomas– algo me olió conocido, y a los pocos segundos, al ver a George Sanders, confirmé mi sospecha: era El pueblo de los malditos, Village of the Damned, que yo había visto cincuenta años atrás, en el mismo Pringles donde estaba ahora, a doscientos metros del hotel, en el cine San Martín, que ya no existe. Desde entonces nunca la había vuelto a ver, pero la tenía muy presente. Verla ahora, de pronto, sin aviso, era un oportuno regalo del azar. No era la primera vez que volvía a ver una película que recordaba de la infancia, en la televisión o en video. Pero ésta tuvo algo especial, quizás porque la estaba viendo en Pringles.

La película, como lo sabe cualquier cinéfilo (es un clásico menor), trata de un pueblito al que una fuerza desconocida paraliza un día, sus habitantes se duermen,

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