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RETRATOS

Truman Capote

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Fragmento

El duque en sus dominios (1956)

La mayoría de las muchachas japonesas se ríen tontamente por nada. La pequeña criada del Hotel Miyako, en Kioto, no fue una excepción. La hilaridad, y las tentativas por suprimirla, enrojecieron sus mejillas (al contrario que los chinos, el rostro de los japoneses por lo general tiene bastante color), y sacudieron su figura rolliza, envuelta en un kimono estampado con motivos de peonías y pensamientos. No había ninguna razón especial para su alegría. La hilaridad japonesa funciona sin motivo aparente. Sólo le había pedido que me dijera cómo llegar a cierta habitación. “¿Vino ver Marron?”, dijo, casi sin aliento, mientras mostraba, como tantos de sus compatriotas, un despliegue de dientes de oro. Luego, con pasos diminutos, como de pies con dedos de paloma que se desliza, propios de quien luce un kimono, me condujo por un laberinto de corredores mientras decía: “Yo llamo usted puerta Marron”. El sonido de la ele no existe en japonés, y la criada decía “Marron” en vez de Marlon; Marlon Brando, el actor norteamericano, que por aquel entonces estaba en Kioto participando en el rodaje de la versión cinematográfica de la novela Sayonara, de James Michener, que producía William Goetz para la Warner Brothers.

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Mi guía llamó a la puerta, gritó “¡Marron!”, y desapareció por el corredor; las mangas de su kimono se agitaban como si fueran las alas de una cotorra australiana. Abrió la puerta otra criada del Miyako, delicada como una muñeca, que inmediatamente sucumbió a su inevitable ataque de extraña histeria.

—¿Qué pasa, encanto? —preguntó Brando en voz alta desde una habitación interior.

Pero la chica, que había cerrado los ojos por la alegre risa y se había metido las manos regordetas en la boca, como un bebé chillón, fue incapaz de responder.

—¡Eh, encanto!, ¿qué pasa? —volvió a preguntar Brando, y apareció en la puerta—. Oh, hola —dijo al verme—. Son las siete, ¿eh? —Habíamos quedado en cenar a las siete, y yo llegaba con casi veinte minutos de retraso.— Pues quítese los zapatos y entre. Enseguida termino. Y tú, encanto —le dijo a la criada—, tráenos hielo. —Luego, contemplando a la chica, que se marchó corriendo, puso las manos sobre las caderas y, sonriendo, dijo—: Me gustan. Me gustan, de verdad. Los niños también. ¿No le parecen maravillosos los niños japoneses, no le roban el corazón?

El Miyako, donde se alojaba casi la mitad de la compañía de Sayonara, es el hotel más destacado, entre los llamados occidentales, de Kioto. La mayoría de las habitaciones están amuebladas a la europea, con sillas y mesas, camas y divanes, muy resistentes, aunque ordinarios e incómodos. Pero para la conveniencia de los huéspedes japoneses, que prefieren su decoración tradicional, si bien desean el prestigio que da alojarse en el Miyako, o de esos viajeros extranjeros ávidos de una atmósfera auténtica aunque poco dispuestos a soportar los rigores sin calefacción de una verdadera posada japonesa, el Miyako tiene algunas suites decoradas a la manera tradicional, y era una de estas la que ocupaba Brando. Constaba de dos habitaciones, un cuarto de baño y un porche-solario con paredes encristaladas. Sin el desorden de las pertenencias personales de Brando, diseminadas por todas partes, las habitaciones habrían sido ilustraciones propias de un manual de decoración de la afición japonesa por la ostentosa escasez de muebles. Los suelos estaban cubiertos con parduscas esteras, llamadas tatamis, y varios almohadones de seda cruda; una pintura sobre papel que representaba carpas doradas nadando colgaba en un nicho de la pared, y debajo, sobre una mesita, había un jarrón lleno de lirios y hojas rojas, dispuestos un tanto al azar. La habitación más grande —la interior—, que Brando usaba como oficina, aunque también comía y dormía en ella, contenía una larga mesa baja laqueada, y un futón. En estas habitaciones podían observarse las diferencias entre la decoración japonesa y la occidental: la primera trata de impresionar mediante la modestia en la exhibición de lo que se posee, mientras que la otra pretende exactamente lo opuesto. Brando no parecía dispuesto a utilizar los armarios que había en la suite, ocultos tras puertas corredizas de papel. Todo lo que poseía estaba en exposición. Camisas, listas para la lavandería, así como calcetines; zapatos y suéteres; chaquetas, sombreros y corbatas colgaban por todas partes como el vestuario de un espantapájaros desmantelado. Y cámaras fotográficas, una máquina de escribir, una grabadora, y una estufa eléctrica que funcionaba con asfixiante eficacia. Aquí y allá había pedazos de fruta a medio comer, y una caja de las famosas fresas japonesas, cada una del tamaño de un huevo. Y libros, una selección de libros profundos, entre los cuales vi El desplazado, de Colin Wilson, y varias obras sobre oración budista, meditación zen, yoga y misticismo hindú, pero ninguna novela, porque Brando no lee novelas. Dice que no ha abierto una novela desde el 3 de abril de 1924, el día en que nació, en Omaha, estado de Nebraska. Pero si bien no le gusta leer obras de ficción, está interesado en escribirlas, y la larga mesa laqueada estaba cubierta de ceniceros desbordantes de colillas y montones de páginas de su esfuerzo creativo más reciente, que es un guión cinematográfico titulado A Burst of Vermilion.

En realidad, Brando estaba trabajando en su guión en el momento de mi llegada. Cuando entré, un hombre más bien joven, de aspecto servil, a quien llamaré Murray, y que con anterioridad me había sido descrito como “el hombre que está ayudando a Brando con el libro”, estaba sentado sobre un tatami, hojeando el guión de A Burst of Vermilion. Sopesando unas páginas, dijo:

—¿Qué te parece, Mar, si reviso esto en mi cuarto y nos volvemos a ver a eso de las diez y media?

Brando puso mala cara, como si le molestara volver a trabajar más tarde. Había estado ligeramente indispuesto, según me enteré después, por lo que había pasado el día en la habitación, y ahora parecía inquieto.

—¿Qué es esto? —preguntó señalando un par de paquetes entre los papeles, sobre la mesa laqueada.

Murray se encogió de hombros. Los había traído la criada; eso era todo lo que sabía.

—La gente siempre le está enviando regalos a Mar —me dijo—. Muchísimas veces no sabemos siquiera de quién son. ¿Verdad, Mar?

—Sí —dijo Brando, que había empezado a abrir los paquetes, los cuales, como todos los paquetes japoneses, incluyendo las compras más comunes hechas en cualquier tienda, estaban hermosamente envueltos. Uno contenía dulces, el otro, pastelillos de arroz que resultaron ser duros como cemento, aunque parecían nubes de algodón. En ninguno de los paquetes había tarjeta identificando al donante—. Cada vez que te vuelves, te encuentras con un japonés haciéndote un regalo. Les enloquece regalar —observó Brando, que se puso a masticar atléticamente un pastelillo antes de pasarnos la caja a Murray y a mí.

Murray meneó la cabeza; sólo le interesaba obtener la promesa de Brando de volverse a reunir a las diez y media.

—Llámame a esa hora —dijo Brando, por último—. Veremos qué pasa.

Murray, según me habían dicho, era uno de los integrantes de lo que algunos de los que intervenían en el rodaje de Sayonara llamaban “la pandilla de Brando”. Además del asistente literario, la integraban Marlon Brando padre, que actúa como administrador de los intereses de su hijo, una bonita secretaria de pelo negro, la señorita Levin, y el maquillador privado de Brando. Los gastos de viaje de este séquito, y todos sus gastos cuando están rodando en escenarios naturales, se hallan incluidos en el contrato del actor y corren por cuenta de Warner Brothers. Al contrario de la leyenda, los estudios cinematográficos no suelen ser tan pródigos financieramente. Un empleado de la Warner con quien hablé más tarde me explicó la excepción hecha en el caso de Brando diciendo: “Comúnmente, no aceptaríamos tantas exigencias. Excepto que…, bueno, esta película necesitaba una gran estrella. Una estrella, eso es lo único que cuenta en taquilla”.

Entre los que intervenían en el rodaje había quienes creían que la protección social que ejercía alrededor de Brando su círculo de empleados no les permitía “llegar a conocer al hombre” tan bien como hubieran querido.

Hacía más de un mes que Brando estaba en Japón, y en ese tiempo había dado la impresión en el estudio de ser un joven distinguido, ligeramente desmañado, amable, siempre listo a cooperar con sus compañeros de trabajo, incluso a darles ánimo (particularmente a los actores), pero que por lo general no hacía vida social y prefería, durante los tediosos momentos de calma entre escena y escena, permanecer a solas leyendo filosofía o escribiendo en un cuaderno de colegial. Después del trabajo, en lugar de aceptar las invitaciones de sus colegas y unirse a ellos para ir a tomar un trago, comer un plato de pescado crudo en un restaurante o dar una vuelta por el antiguo barrio de geishas de Kioto, en lugar de contribuir con su presencia a crear la atmósfera de camaradería y de ser una gran familia que teóricamente origina el rodaje de películas en lugares alejados de los estudios, regresaba a su hotel y se quedaba allí. Como los admiradores más fanáticos de las estrellas de cine son los que trabajan en la industria cinematográfica, Brando era de inmenso interés para los integrantes del grupo de Sayonara, y ese interés aumentó a causa de que su actitud de amistosa lejanía produjo, ante esa curiosidad, ávidas frustraciones. Hasta el director de la película, Joshua Logan, no pudo menos que decir, después de trabajar con Brando durante dos semanas: “Marlon es la persona más excitante que he conocido desde la Garbo. Un genio. Pero no sé cómo es. No sé nada acerca de él”.

La criada había vuelto a entrar en la habitación, y Murray, al salir, casi tropezó con la cola de su kimono. La chica dejó un recipiente con hielo y, con una vehemencia, una risita y una alegría que hacían que sus pequeños pies, que parecían pezuñas dentro de sus sandalias, se levantaran y bajaran como los de un pony haciendo cabriolas, anunció:

—¡Pastel de manzanas! ¡Esta noche en menú pastel de manzanas!

—¡Pastel de manzanas! ¡Eso es todo lo que necesito! —gritó Brando. Luego se tumbó en el suelo y se aflojó el cinturón, que se hundía demasiado en su abultado estómago—. Se supone que estoy a dieta. Pero lo único que tengo ganas de comer es pastel de manzanas y cosas así.

Seis semanas atrás, en California, Logan le había dicho que tenía que perder cinco kilos para su papel en Sayonara, y antes de llegar a Kioto había logrado rebajar tres y medio. Desde su llegada a Japón, sin embargo, tentado no sólo por el pastel de manzanas norteamericano sino también por la cocina japonesa, que insiste deliciosamente en los dulces, las féculas y los fritos, había vuelto a ganar lo perdido, y luego engordó tres kilos y medio más. Ahora, mientras se aflojaba el cinturón y se acariciaba el abdomen pensativamente, estudió el menú, que ofrecía, en inglés, una amplia selección de platos occidentales, y después de decirse “Tengo que perder unos kilos”, pidió sopa, un bistec con guarnición de papas fritas y tres verduras, un plato de fideos, pan y manteca, una botella de sake, ensalada y queso con galletitas.

—¿Y pastel de manzanas, Marron?

Suspiró.

—Con helado, encanto.

Aunque Brando no es abstemio, su apetito es más frugal cuando se trata del alcohol. Mientras aguardábamos la cena, que iba a ser servida en la habitación, me sirvió un generoso vaso de vodka con hielo, pero él sólo tomó un traguito, por cortesía. Volviendo a acomodarse en el suelo, apoyó la cabeza en una almohada, dejó caer los párpados, luego cerró los ojos. Parecía que se había adormilado, y que tenía un sueño perturbador; le temblaban los párpados, y cuando habló, su voz (una voz nada emotiva, en cierta manera estudiada y dulce, y sin embargo sorprendentemente adolescente, una voz inquisitiva, penetrante, de muchacho) pareció venir de letárgicas distancias.

—Los últimos ocho o nueve años de mi vida han sido un desastre —dijo—. Quizá los últimos dos han sido un poquito mejores. No tan agitados. ¿Lo han psicoanalizado? Al principio tenía miedo. Tenía miedo de que destruyera los impulsos que hacen creativo a un artista. Una persona sensible recibe cincuenta impresiones mientras que cualquier otra recibiría sólo siete. Las personas sensibles son muy vulnerables; pueden sentirse tratadas con crueldad y sentirse heridas muy fácilmente porque son sensibles. Cuanto más sensible es uno, más seguro es que sienta la crueldad ajena y trate de inmunizarse contra ella levantando barreras. No evolucionas. No te permites el lujo de sentir nada, porque siempre sientes en exceso. El psicoanálisis ayuda. Me ayudó. Sin embargo, durante los últimos ocho o nueve años he vivido lleno de confusión, hecho un desastre…

La voz siguió hablando, como si sólo tratara de escucharse a sí misma, y este es un efecto que tiene a menudo la voz de Brando, porque como la de tantas personas intensamente absorbidas por su yo, su conversación es un monólogo, hecho que él reconoce y para el cual da una explicación propia.

—La gente que me rodea nunca dice nada —observa—. Parece que lo único que les importa es oír lo que tengo que decir. Por eso hablo siempre.

Al mirarlo ahora, con los ojos cerrados y el rostro blanco y liso, sin arrugas, bajo una luz que venía del techo, sentí como si volviera a vivir el momento de mi encuentro inicial con él. Ocurrió en 1947; era una tarde de invierno en Nueva York, donde tuve ocasión de asistir a un ensayo de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, obra en que Brando hacía el papel de Stanley Kowalski. Fue el papel que le dio la fama, aunque ya había atraído la atención de los expertos dentro del círculo teatral de Nueva York, gracias a su trabajo como alumno de las clases de arte dramático de Stella Adler y unas pocas actuaciones en Broadway, una de ellas en una obra de Maxwell Anderson, Truckline Café, y otra como Marchbanks,1 junto a Katharine Cornell como Candida, donde actuó con un talento que fue muy elogiado y discutido. Elia Kazan, el director de Un tranvía llamado deseo, dijo entonces algo que repitió recientemente: “Marlon es el mejor actor del mundo”. Pero hace diez años, aquella tarde que recuerdo ahora, todavía era relativamente desconocido. Por lo menos, yo no tenía idea de quién podía ser cuando, al llegar demasiado temprano para el ensayo de Un tranvía…, encontré que el teatro estaba desierto y en el escenario había un joven robusto tirado encima de una mesa bajo el débil resplandor de las luces de trabajo, completamente dormido. Debido a que llevaba una camiseta y jeans y a su físico de culturista (los brazos de levantador de pesas, el torso de atleta), y a pesar de que sobre su pecho descansaba un tomo abierto de las obras esenciales de Sigmund Freud, lo tomé por un tramoyista. Hasta que miré bien la cara. Era igual que si al robusto cuerpo le hubieran agregado la cabeza de un extraño, como sucede en ciertas fotografías arregladas. Porque aquella cara no era dura, y superponía un refinamiento y una amabilidad casi angélicos a una apostura basada en fuertes mandíbulas: la piel tirante, una frente alta y amplia, los ojos bien separados, una nariz aguileña, los labios llenos, con una expresión sensual y relajada. Ni la menor sugerencia del tan poco poético Kowalski de Williams. Por eso fue una verdadera experiencia ver, más tarde, con qué facilidad de camaleón Brando adquiría el aspecto cruel y llamativo del personaje, con qué perfección, como una astuta salamandra, se metía en el papel y su propia personalidad se evaporaba, de igual manera que, en la habitación del hotel de Kioto nueve años después, mi recuerdo del Brando de 1947 desaparecía siendo reemplazado por su ser real de 1956. Y el Brando actual, descansando sobre el tatami, fumando plácidamente cigarrillos con filtro mientras hablaba y hablaba, era, por supuesto, una persona diferente, tenía que serlo. Tenía el cuerpo más grueso y la frente más alta, ya que había perdido pelo; era más rico (de los productores de Sayonara podía esperar un salario de trescientos mil dólares, además de un porcentaje de las ganancias de la películ ...