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REVIVAL

Stephen King  

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Fragmento

I

El quinto en discordia. Monte Calavera.

Lago Apacible.

Al menos en un sentido nuestras vidas son ciertamente como las películas. El elenco principal se compone de la familia y los amigos. Los actores secundarios son los vecinos, los compañeros de trabajo, los profesores y los conocidos. Están también los papeles de reparto: esa cajera del supermercado de sonrisa bonita, el camarero cordial del barucho del barrio, los otros socios del gimnasio junto a los que hacemos ejercicio tres días por semana. Y hay miles de figurantes, todas esas personas que pasan por nuestra vida como agua por un cedazo, personas a quienes vemos una sola vez y nunca más. El adolescente que hojea novelas gráficas en Barnes & Noble, ese al que rozamos al pasar (susurrando «Disculpa») de camino hacia las revistas. La mujer detenida en el carril contiguo ante el semáforo, que aprovecha el momento para retocarse con el pintalabios. La madre que limpia la cara a su hijo de corta edad, manchado de helado, en un restaurante de carretera donde hemos parado a comer algo. El vendedor ambulante al que compramos una bolsa de cacahuetes en un partido de béisbol.

Pero a veces entra en nuestra vida una persona que no encaja en ninguna de esas categorías. Es el comodín que nos sale muy de vez en cuando en una partida de naipes, a menudo en momentos críticos. En el cine se conoce a esta clase de personaje como el quinto en discordia, o agente del cambio. Cuando este elemento aparece en una película, sabemos que está ahí porque lo ha puesto el guionista. Pero ¿quién escribe el guión de nuestras vidas? ¿El destino o el azar? Quiero creer que es este último. Quiero creerlo con toda mi alma. Cuando pienso en Charles Jacobs —mi quinto en discordia, mi agente del cambio, mi maldición—, se me hace insoportable creer que su presencia en mi vida tuvo que ver con el destino. Si fuera así, significaría que desde el principio estaba escrito que todas estas atrocidades —estos horrores— ocurrirían. En tal caso, no existe nada parecido a la luz, y creer en ella es vana ilusión. En tal caso, vivimos en la oscuridad como animales en una madriguera, u hormigas en lo más hondo de su hormiguero.

Y no estamos solos.

Claire me regaló un ejército cuando cumplí los seis años, y un sábado de octubre de 1962 me preparaba para una gran batalla.

Yo pertenecía a una familia numerosa —cuatro niños varones, una chica— y, como era el benjamín, recibía muchos regalos. Los mejores procedían siempre de Claire, quizá por ser la mayor, o por ser la única chica, o por las dos cosas. Pero, entre todos los regalos fenomenales que me hizo a lo largo de los años, ese ejército fue el mejor con diferencia. Lo componían doscientos soldados verdes de plástico, unos con fusiles, otros con ametralladoras; una docena de ellos llevaban acoplados ciertos artilugios tubulares que, según mi hermana, eran morteros. Incluía, además, ocho camiones y doce jeeps. Quizá lo más imponente de aquel ejército era la caja en que venía, un pequeño cofre de cartón en tonalidades verde y marrón de camuflaje con el sello PROPIEDAD DEL EJÉRCITO DE ESTADOS UNIDOS estampado en la parte delantera. Debajo, Claire había añadido su propio rótulo: JAMIE MORTON, COMANDANTE.

Ese era yo.

—Lo vi anunciado en la última hoja de un tebeo de Terry —explicó Claire cuando dejé de chillar de júbilo—. No me dejó recortarlo, el muy albondiguilla…

—Eso sí es verdad —dijo Terry. Contaba ocho años—. Yo soy una albondiguilla, y él, mi hermano menor. —Con los dedos índice y medio, formó una horquilla y se hurgó las fosas nasales.

—Para ya —terció nuestra madre—. Nada de discusiones entre hermanos el día que uno de vosotros cumple años, por favor y gracias. Terry, sácate los dedos de la nariz.

—El caso es que hice una copia del cupón y lo mandé —prosiguió Claire—. Tenía miedo de que no llegara a tiempo, pero sí ha llegado. Me alegro de que te guste. —Y me dio un beso en la sien. Siempre me besaba ahí. Después de tantos años, siento aún esos tiernos besos.

—¡Me encanta! —exclamé, estrechando el cofre contra el pecho—. ¡Siempre me encantará!

Eso fue después del desayuno, que había consistido en beicon y crepes de arándano, mi comida favorita. En el cumpleaños, siempre nos preparaban nuestro plato preferido, y los regalos se entregaban después del desayuno, allí en la cocina, con su estufa de leña y su mesa alargada, y un trasto de lavadora que se averiaba continuamente.

—Para Jamie, «siempre» quiere decir, más o menos, cinco días —aclaró Con, que era un niño delgado (aunque con el tiempo se robusteció) y ya por entonces, a sus diez años, mostraba una clara inclinación científica.

—Esa sí que es buena, Conrad —comentó nuestro padre. Llevaba puesto el mono de trabajo con su nombre, RICHARD, bordado en hilo dorado en el bolsillo izquierdo del pecho. En el lado derecho se leía MORTON FUEL—. Me has impresionado.

—Gracias, papá.

—Por ese pico de oro, el premio es la oportunidad de ayudar a tu madre a recoger la mesa.

—¡Le toca a Andy!

—Le tocaba a Andy —rectificó nuestro padre a la vez que echaba sirope al último crepe—. Coge un paño, Pico de Oro. Y procura no romper nada.

—Lo malcrías —protestó Con, pero cogió el paño.

Connie no andaba muy desencaminado en cuanto a mi idea de «siempre». Al cabo de cinco días el juego de cirugía que me había regalado Andy, Operación, acumulaba borra debajo de mi cama (y dicho sea de paso, faltaban varias piezas del cuerpo humano; Andy lo había comprado por veinticinco centavos en el mercadillo de Eureka Grange). También estaban allí los rompecabezas obsequio de Terry. Con me había regalado un visor View-Master, y eso me duró un poco más, pero al final acabó en mi armario, perdido de vista para siempre.

Mis padres me compraron ropa, porque mi cumpleaños cae a finales de agosto, y al curso siguiente yo empezaba primaria. Encontré pantalones y camisas nuevos, tan interesantes como una carta de ajuste, pero procuré expresar mi agradecimiento con el mayor entusiasmo. Imagino que no coló: a los seis años no es fácil simular falso entusiasmo… aunque, lamento decirlo, esa es una habilidad que casi todos aprendemos con relativa rapidez. En cualquier caso, la ropa acabó lavada en el trasto, colgada en el tendedero del jardín a un lado de la casa y plegada en los cajones de mi cómoda. Donde, como seguramente huelga decir, quedó guardada hasta septiembre, el momento de ponérsela. Había un jersey marrón con listas amarillas, recuerdo, que en realidad no estaba nada mal. Cuando lo llevaba, me hacía pasar por un superhéroe llamado la Avispa Humana: ¡malhechores, cuidado con mi aguijón!

Pero Con sí se equivocó con respecto al cofre que contenía el ejército. Jugué con aquellos soldados un día sí y otro también, normalmente en el extremo del jardín delantero, donde una franja de tierra separaba el césped de la calle, Methodist Road, que por entonces era también de tierra. En aquellos tiempos, a excepción de la Interestatal 9 y la carretera de dos carriles que llevaba a Monte Cabra, donde había un complejo turístico para ricos, todas las calles y carreteras de Harlow eran de tierra. Recuerdo

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