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SIRENAS

Joseph Knox  

0


Fragmento

 

Después de aquello volví al turno de noche. Ya no se fiaban de darme un trabajo de día. Me pasaba el rato atendiendo llamadas de emergencia a las cuatro de la madrugada, subiendo y bajando escaleras mecánicas inmóviles e intentando no pensar. En otro tiempo se me daba bastante bien. Casi no pude creérmelo cuando, unos meses después, vi que mi aliento humeaba en el aire: noviembre otra vez.

—Está cayendo mierda —dijo Sutty, negándose a salir del coche.

A veces era granizo, a veces nieve fangosa. Esa noche de la que hablo llovía a mares, una cortina de agua visible a la luz de las farolas, limpiando las calles. Falta les hacía. Mi socio me pasó el periódico que tenía en la mano y me apeé sosteniéndolo sobre la cabeza a modo de paraguas.

Habíamos recibido una llamada del encargado de una tienda de artículos de segunda mano. Miré cómo movía la boca. Pretendía que sacáramos del portal a unos sintecho que se habían guarecido allí. No lo entendí muy bien, claro que tampoco le prestaba demasiada atención. Los pelos que le asomaban de la nariz eran muy negros y apelmazados, un principio de bigote hitleriano. Miré a la pareja, hombre y mujer, que dormitaba en el umbral y le dije al encargado que nos estaba haciendo perder el tiempo. Luego volví a mojarme hasta llegar al coche.

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Una vez dentro le pasé a Sutty el periódico empapado, como castigo por no acompañarme. Él me lanzó una miradita y luego desvió la vista hacia el periódico doblado.

—¿Has leído esto? —dijo, señalando la página y mirándome para calibrar mi reacción—. Esa no es manera de morir, qué quieres que te diga.

El agua había dejado la foto medio borrosa, y el texto también, pero identifiqué a la chica enseguida. La había conocido el año anterior, junto a otras dos. En el ladillo ponía que había muerto a los veintitrés años, o sea que yo la había conocido con veintidós. Contemplé la noche de noviembre por la ventanilla. Ella fue la última de las tres. Sutty se inclinó hacia mí y carraspeó con tos de camposanto.

—Oye, en serio —dijo—, ¿qué pasó en realidad?

Le miré fijamente.

—No es a mí a quien deberías preguntar.

Yo solo sabía cómo había empezado todo, un año atrás. Que había recibido tres strikes, y los muchos motivos por los que no pude negarme. No podría haber explicado nada sobre las chicas, las mujeres, que pasaron fugazmente por mi vida; que la cambiaron fugazmente. Él no habría entendido sus risas ni su indignación ni sus secretos. Me pasé el resto de la noche observando a los transeúntes, las chicas, las mujeres, y fue como si pudiera ver todo lo que no iban a poder vivir.

Llegué a casa de amanecida, me preparé una copa y me senté. Estuve toqueteando un rato el dial de la radio hasta que me harté de moverlo. Releí el periódico y me puse a pensar seriamente por primera vez en meses.

«Me estás matando», había dicho ella.

¿Qué había pasado, realmente?

I

PLACERES DESCONOCIDOS

1

Aquella pareja joven cambió de acera para evitarme, y oí un tintineo de monedas en el bolsillo de alguien.

Una calle que ves cada día puede resultar poco familiar si estás tendido boca abajo en el suelo, y yo tardé cosa de un minuto en entender dónde me encontraba. El asfalto estaba helado. Una niebla a ras de suelo empañaba la visión, nada podía atravesarla sin salir convertido en algo ligeramente diferente. La ciudad entera parecía otra y la noche del viernes había perdido todo su brillo.

Tenía el brazo izquierdo entumecido. Me volví hacia el otro lado para mirar la hora. La esfera de mi reloj estaba hecha añicos. Suponiendo que se hubiera parado al dar yo contra el suelo, y que eso hubiera ocurrido hacía solo unos minutos, me quedaba una hora todavía. Podía ir a casa a ponerme ropa seca y llegar al bar con tiempo de sobra para presenciar la entrega. Apoyándome en una pared, logré ponerme de pie. Me dolía la cara y sentía como si se me hubiera soltado algo dentro del cerebro, algo que traqueteaba de un lado al otro de mi cráneo borrando números pin y nombres de amigos de la infancia.

Vi cómo la pareja se perdía entre la niebla. A pesar de las redes sociales, las cámaras de vigilancia y el Estado, seguimos viviendo en un mundo en el que, si quieres, puedes desaparecer. Incluso aunque no quieras. Hacía cosa de un mes que se había filtrado la historia.

Un mes desde que yo estaba desaparecido.

Me palpé la nuca, allí donde alguien me había golpeado con fuerza. Aún llevaba la cartera en el bolsillo, de modo que no había sido un atraco. Había sido una advertencia. No vi a nadie en las inmediaciones, pero notaba que me estaban observando.

La calle se bamboleó y tuve que agarrarme al poste de una farola. Cuando eché a andar, recorrí trechos largos con los ojos cerrados, sin pensar siquiera en que podía tropezar con algo.

Al doblar una esquina, vi que estaba en Back Piccadilly; reconocí al instante sus viejísimos edificios de ladrillo rojo por las escaleras de incendios exteriores. Entre ellos pasa un callejón cuya travesía se hace claustrofóbica. La lluvia había captado la luz de la luna y empecé a quitarme de encima la nostalgia y todo lo demás. Al final del callejón había un bar de los que no cerraban; en otra vida yo había pasado allí unos cuantos ratos. Hacía años que no entraba, y la ciudad había cambiado tanto que supe que no encontraría ninguna cara conocida.

Solo me había adentrado unos pasos en el callejón cuando oí que un coche arrancaba a mi espalda: el gruñido del motor flexionando sus músculos antes de adoptar un ronroneo estable. El pasadizo se inundó de luz y una silueta encorvada se extendió ante mis pies.

Me sorprendió su delgadez.

Volví la cabeza hacia unos faros cegadores; el coche permanecía en la boca del callejón, el motor al ralentí. «Aquí no hay nada que ver.» Seguí caminando. Estaba a mitad de camino cuando el haz de luz se movió: habían empezado a seguirme.

Oí el aumento de las revoluciones. El coche se fue acercando. Ahora me parecía tenerlo a solo dos o tres palmos de mí, y supe entonces que en realidad yo no había llegado a desaparecer. Notaba los faros quemándome la espalda. No quería volverme y mirar al conductor entre los dos haces de luz. Tenía miedo de quién pudiera ser.

Me pegué a la pared con el fin de dejarlos pasar. El coche se quedó donde estaba unos segundos. Distinguí, pese al resplandor, que era un BMW, todo negro y cromados. Podía notar la noche en mis pulmones. La sangre, recorriendo cantarina mis venas. La luna de una ventanilla descendió, pero no pude ver nada en el interior.

—¿Inspector de policía Waits? —dijo una voz de hombre.

—¿Quién lo pregunta?

Oí reír a una mujer en el asiento del acompañante.

—Nosotros no preguntamos, guapo. Sube.

2

La lluvia que golpeaba el parabrisas me hacía muecas. Sentía las venas deshilachadas y frágiles, y mientras iba sentado en el asiento de atrás intenté cerrar un puño por mera diversión. Pensé en la anfetamina que llevaba en el bolsillo del abrigo.

—Entonces ¿es verdad lo que cuentan? —dijo el que conducía, leyéndome el pensamiento.

Parecía tener algo menos de cincuenta años. Cada vez que giraba el volante movía sus anchas espaldas como un campeón de los pesos medios. Llevaba una americana entallada de un tono gris marengo que casi hacía juego con su cabello. Cuando miraba por el retrovisor lo hacía con indiferencia, como si yo no estuviera allí detrás. La mujer era una rubia teñida con una expeditiva cola de caballo.

Guardé silencio.

La ropa empapada me daba frío y apreté las mandíbulas para no tiritar. Del coche, lo único que no venía de serie era un escáner policial. Apagado. Me llegó un aroma de perfume caro como a vainilla, pero no reconocí la marca. Eso sí, no pegaba con ninguna de las dos personas que iban delante; olía a dinero, a juventud.

Nos estábamos alejando claramente. De la vida nocturna y de los neones. De las tiendas vacías y de negocios que habían cerrado tras una larga agonía. Aquellos enormes edificios deshabitados. Aquella calle comercial en declive.

—¿Qué es lo que quiere? —dije.

El hombre me miró por el retrovisor.

—No se lo he preguntado.

El coche enfiló Deansgate.

A lo largo de casi dos kilómetros, Deansgate recorre la ciudad de una punta a otra. En esa travesía hay un poco de todo, desde restaurantes exclusivos hasta comedores de beneficencia, pasando por todo cuanto uno pueda imaginar.

—Ya, ¿y dónde está?

—En Beetham Tower.

Creo que solté un taco, porque la mujer dijo:

—Tú ya has estado allí, ¿verdad?

Beetham Tower, el edificio más alto de las afueras, había formado parte de un plan de rascacielos urbanos. La idea era ampliar y ampliar, en vertical, cada nuevo rascacielos unos metros más alto que el anterior, como una imponente gráfica de metal opaco que registrara un crecimiento imparable. Las inmobiliarias pensaban sacar millones hipotecando carísimas y pequeñas viviendas a solteros de ambos sexos, nuestro mayor activo. Pero aquello no fue más que un sueño. Cuando la economía empezó a irse a pique, propietarios, inversores y constructoras lo perdieron todo. El índice de suicidios masculinos subió ligeramente y el resto de la gente siguió tirando.

Ahora, muchos de estos solares abandonados son objeto de canibalismo en busca de chatarra. El resto se va pudriendo lentamente, sus cimientos al descubierto otras tantas cubetas para el agua de lluvia. Oxidándose como llagas abiertas en el suelo. En Beetham Tower nunca ondearía la bandera señalando el final de la obra, pero allí estaba, erguida pese a todo, haciéndole una peineta a la ciudad.

Nos desviamos de Deansgate y seguimos hasta la zona de estacionamiento del rascacielos. Un risueño aparcacoches vestido como Frank Sinatra se inclinó hacia la ventanilla del BMW, reconoció al conductor a la primera, dejó de sonreír y señaló el aparcamiento subterráneo.

3

Beetham Tower lo comparten un hotel Hilton, pisos de particulares y, en lo más alto, suites diseñadas a medida.

Aunque la estructura en sí es aerodinámica, el anexo de cuatro plantas que hay en la base del rascacielos es mucho más ancho. Por fuerza tiene que serlo, pues hay un salón de baile, una piscina y los sonrientes hijos e hijas del dos por ciento más pudiente. Las paredes del vestíbulo y del bar son de cristal de espejo casi en su totalidad, de tal manera que si a alguien le diera por mirar hacia el exterior solo vería su propio reflejo.

Yo ya había estado allí.

El año anterior, a raíz de que una chica se matara lanzándose contra un cristal de la planta decimonovena y precipitándose al vacío. Dasa Ruzicka era una trabajadora sexual de la República Checa, menor de edad. Su padre la había vendido a un tratante de blancas local cuando ella tenía catorce años, y así había recorrido media Europa. Era fácil hacerse con chicas de esos países porque había numerosas desapariciones. El tráfico quedaba disimulado por la frecuencia de las mismas. Pero en el caso de Dasa hubo otro motivo, uno muy elemental.

Dasa era bella, no la versión demacrada que quieren hacernos tragar ahora como belleza, sino hermosa con todas las letras. Su cutis claro había propiciado de manera natural el sexo porque, a pesar de todas las cosas tristes que había vivido, ella seguía conservando un aspecto de pureza. Una frustración recurrente de mi oficio era que las chicas, las mujeres, eran objetos a los que follarse y dar palizas. Arrojar por la ventana. Que ser hermosa fuera lo peor que podía pasarte, pensé, decía muy poco a nuestro favor.

En su momento no me cupo duda de que Dasa no pudo haberse lanzado sola con tanta fuerza contra la ventana. En el cuarto de hotel desde el que cayó, sin embargo, no había nadie más. Me pasé horas interrogando a huéspedes y personal, a todos aquellos con tarjeta electrónica para acceder a la planta. Hubo quejas, gente de dinero, y la central envió a un inspector para que me relevara. Cuando llegó, lo hice entrar en una habitación vacía de la planta diecinueve para explicarle la situación.

En vista de que no quería escucharme, retrocedí hacia la puerta, mirando hacia la ventana. Allá abajo, la ciudad. El tipo entendió lo que yo me proponía y me gritó que parara. Corrí hacia el cristal, sobre todo para ver la cara que ponía, pero consiguió interponerse antes de que yo me estrellara.

Aquel fue el segundo de los tres strikes contra mí que finalmente conducirían a titulares de primera plana. A mi absoluta deshonra. A que aceptara el único trabajo que quedó disponible para mí.

La muerte de Dasa pasó como un suicidio y no se habló más del asunto.

Yo no había vuelto a Beetham Tower desde entonces.

4

—Subinspectora Conway —dijo la agente, tendiéndome la mano.

Su colega estaba hablando con la recepcionista mientras esperábamos en el vestíbulo. Para lo que yo consideraba un agente de la Sección Especial, habría dicho que el tipo se tomaba muchas confianzas. Se oyeron carcajadas procedentes de la enorme puerta giratoria: era un grupo de hombres con frac. Se pusieron a bailar bajo una lámpara de araña del tamaño de un coche familiar. Yo deseé que les cayera encima cuando volví a mirar a la subinspectora Conway.

—¿Qué ocurre entre usted y él? —dijo haciendo un gesto hacia su socio.

El hombre se apartó del mostrador y caminó hacia nosotros, y Conway recompuso la postura como si yo no le importara en lo más mínimo.

La subida en ascensor hasta las suites de la planta superior duró una eternidad. Yo nunca había estado en esa parte del edificio. El hombre utilizó una tarjeta electrónica para acceder a esa zona. Una versión hilo musical de «My Heart Will Go On» terminó en un fundido, y acto seguido volvió a sonar desde el principio. Como todo lo demás en aquel edificio, el interior del ascensor era de cristal de espejo y acero reflectante.

Me miré los zapatos.

Llegamos a la planta cuarenta y cinco y las puertas se abrieron con un afectado sonido hidráulico. Antes de que la mecanizada voz de maestra de escuela dejara de hablar, el hombre ya tiraba de mí agarrándome del brazo.

Recorrimos un largo pasillo de estilo agradablemente minimalista, dejando atrás a la subinspectora Conway. Pasamos junto a los otros dos apartamentos que había en aquel nivel hasta llegar a una escueta puerta negra. Con la tarjeta electrónica, el hombre la abrió y me indicó la zona de estar de un espacioso y anónimo apartamento.

La prensa había hablado mucho sobre esos áticos de lujo; solo los megarricos podían permitírselos. Por sí sola, la suite no merecía tantos aspavientos, pero no era ese el motivo de su precio. Pagabas el hecho de estar a ciento cincuenta metros de altura. Una oportunidad única de mirar por encima del hombro a millones de personas o, si uno tenía la cabeza muy grande, que esos millones lo miraran a uno desde abajo.

La sala estaba a oscuras, iluminada apenas por los neones de la ciudad. Tres de las paredes del gran salón consistían en enormes lunas de cristal, lo que proporcionaba una vista casi panorámica.

—Siéntese —dijo el del traje marengo. Yo me quedé de pie—. Bien. Llegará enseguida.

Y, dicho esto, se dirigió a la puerta. La abrió lo justo para que pasara una persona y se aseguró de cerrarla sin ruido al salir.

Discreción.

No bien se hubo marchado, yo mismo me acerqué a la puerta y atisbé por la mirilla. El pasillo estaba desierto. Me pregunté cómo podía haber desaparecido tan deprisa. Por un momento pensé si no se habría agachado para que yo no le viera, pero era una idea demasiado absurda.

—Estamos a solas, Waits, si es eso lo que se está preguntando.

Me volví al oír la voz y pude distinguir la silueta de un hombre al contraluz del resplandor urbano.

—¿Cómo se hizo ese ojo a la funerala? —preguntó con un inconfundible acento de Oxbridge.

Me llevé una mano al ojo.

—Estando en el lugar adecuado en el momento justo.

—Pensé que quizá el inspector Kernick le habría tomado antipatía…

—Diría que no le hace gracia que alguien le pase por delante.

—Yo también tengo esa impresión. —El hombre se movió hacia una zona más iluminada y sonrió—. Debería presentarme: David Rossiter, parlamentario.

Di unos pasos hacia él. Era alto y de porte imponente. Tenía alrededor de cuarenta y cinco años, llevaba un traje hecho a medida y despedía la calidez de un buen político. Me estrechó la mano con la firmeza del hombre cuyo oficio consiste en conocer gente, ahuecando la otra sobre la mía. Tenía la piel tibia, pero su anillo de boda estaba frío al tacto.

—Tome asiento, por favor —dijo. Así lo hice y, unos instantes después, él se sentó también—. Interesante.

—¿El qué, señor Rossiter?

—Yo me he movido hacia el asiento de mi lado izquierdo y usted ha elegido el de mi derecha. Y puedes llamarme David. —Sonreí, notando que un dolor sordo atravesaba mis ojos—. Te preguntarás por qué te he hecho venir aquí, Aidan.

—Waits —dije yo—. Supongo que esto no es una visita de cortesía.

—Como quiera, Waits. Dígame, ¿está al tanto de la política?

—A veces es imposible evitarlo.

Rossiter sonrió de nuevo. Cuando sonreía me miraba a la cara, como para hacerme ver que de algún modo yo le agradaba. Había visto mirar de la misma manera a criminales de guerra, en la primera plana de algún periódico.

—No quisiera dar por sentado que sabe quién soy.

—Es David Rossiter, parlamentario.

—¿Qué sabe usted de mi carrera? —dijo, demorándose en la última palabra.

—Solo lo que dicen los periódicos.

—Usted más que nadie debería saber que no hay que hacer caso de todo lo que dicen. Inspector Aidan Waits «caído en desgracia»…

Hice caso omiso.

—Su padre también era parlamentario, y parece que le fue bien. Aunque usted era más idealista: cuando su hermano entró en política, usted todavía estafaba a la gente como abogado. Se casó joven y le ha funcionado. Claro que no debe de ser muy difícil, con una heredera del negocio del vodka.

Otra vez la sonrisa.

—Se metió en política en un momento difícil. Los tories llevaban cuatro años fuera del poder, y luego otros cuatro más desde que usted entró en el partido. A pesar de lo cual consiguió darles un poco de credibilidad. No acató la línea del partido, se declaró partidario del matrimonio gay y de los derechos de la mujer. Incluso de la inmigración. Un tipo lo bastante temerario como para entrar en la Cámara de los Comunes. A nadie le sorprendió que le nombraran secretario de Estado de Justicia, y menos teniendo en cuenta su bagaje jurídico. Por lo demás, supongo que ayuda el hecho de que sea un elegante padre de familia con dos hijas preciosas.

—Debería usted ser mi biógrafo —dijo Rossiter.

La última palabra quedó como en suspenso al darse él cuenta de que me temblaban un poco las manos. Al momento, se levantó y se acercó al mueble bar que había en un rincón de la sala para servir dos copas grandes de coñac.

Le di las gracias cuando me pasó una de ellas.

—¿Y dónde se sitúa usted, políticamente?

—Todavía estoy en el aire.

—Oh, ¿un indeciso?

—Bueno, la política no parece ser lo bastante específica para resolver los problemas que se me presentan.

Rossiter tomó un trago, paseó el licor durante un segundo por el interior de su boca y luego tragó.

—¿Salvar el mundo pero una persona cada vez? —dijo. Yo asentí—. Supongo que hay algo de cierto en eso. —Cambió de postura—. ¿Y si fuera a hablarle de alguien en concreto? ¿De una persona que necesita ser salvada urgentemente?

—Le contestaría que, para eso, mejor usted que yo.

—Y yo ya le he dicho que no creo lo que dicen los periódicos.

Tomé un trago antes de hablar de nuevo.

—Haría lo que pudiera, pero el de gris marengo que está ahí en el pasillo podría hacerlo también. Tal vez mejor que yo.

Esto pareció gustarle.

—En realidad, Waits, usted es el único que puede ayudarme. ¿Qué le dice el nombre de Zain Carver?

Me quedé callado.

—Esta mañana —prosiguió él— he hablado con su jefe, Waits. Un tipo estupendo que se llama Parrs.

—¿Y cómo es que acabo de enterarme?

—Últimamente no está muy localizable; el inspector Kernick ha tardado horas en dar con usted.

—Bueno, pues me alegro de que fuera tan discreto. Ese BMW era el colmo de la discreción.

—Le pido disculpas. Los de la Sección Especial están demasiado acostumbrados a moverse en zonas ricas de la ciudad.

—Y yo siempre estoy metido en los barrios bajos.

—Es por eso por lo que está usted aquí…

—No puedo decirle nada sobre Carver hasta que no haya hablado con el superintendente Parrs.

Rossiter se me quedó mirando unos momentos y luego sacó un móvil del bolsillo de su chaqueta y me lo tendió.

—No, prefiero que marque usted el número —dije.

Rossiter sonrió, buscó en su agenda y esperó a que contestaran. Como de costumbre, Parrs descolgó al momento.

—Tengo aquí a su Waits —dijo Rossiter por el auricular—. Parece el hombre ideal. Muy auténtico. Incluso ha aceptado un trago estando de servicio. Pero dice que no hablará conmigo hasta haberlo hecho con usted.

Volvió a tenderme el teléfono, y esta vez me puse.

—Señor.

—Waits —dijo, o más bien gruñó, el superintendente Parrs con su acento escocés—. Facilítele al parlamentario todo lo que sea necesario. Hablaremos mañana.

Colgó, y yo le devolví el teléfono a Rossiter.

—Zain Carver —dijo él.

—Traficante de drogas.

—¿Relación con usted?

—Muy indirecta, con suerte.

—¿Su trabajo consiste en acercarse a él?

—No sé por qué, tengo la impresión de que mi trabajo está a punto de cambiar. —Rossiter guardó silencio—. Si a Carver le va bien es porque es un tipo único. Un hombre de negocios entre hampones. Mi misión consiste en ver si eso se puede explotar.

—¿Explotar? ¿Cómo?

—Pues de tres maneras. Presionándolo con tacto, él podría informarnos sobre otros traficantes. Carver no es el principal ni el más listo, pero podría hacer caer a alguno que lo sea. Y, si no, podría decirnos a qué policías está untando. Además, y esto es lo mejor, Carver podría ser un simple testaferro.

—¿Testaferro?

—Puede que por encima de él haya una docena de individuos de los que no sabemos nada.

—Siento curiosidad: ¿qué saca usted de todo esto? Al fin y al cabo, su nombre está por los suelos…

—Mi nombre nunca ha estado muy bien considerado. ¿Por qué estoy aquí, señor Rossiter?

Tomó otro sorbo, y oí sus dientes chocar contra el cristal.

—¿Qué sabe de mi hija menor, Isabelle?

—Que es muy guapa y muy joven. Dieciocho o diecinueve años…

—Tiene diecisiete —dijo—. Y se ha mezclado con ese tal Carver.

—Entonces es menor de edad. Envíe un coche patrulla a buscarla y que la lleven a casa, ¿no?

—Es lo que me sugería el superintendente, pero me temo que requerirá un poco más de tacto. —Reparé en las salpicaduras de la lluvia contra las lunas de cristal que nos rodeaban. Durante unos segundos fui capaz de distinguirlas una por una, pero luego la lluvia arreció y toda la sala quedó envuelta en una mortaja borrosa—. Un hombre que lee, como usted, seguro que recordará la última vez que Isabelle fue noticia.

—Se desmayó —dije—. Agotamiento.

Rossiter permaneció inmóvil.

—¿Intento de suicidio?

Asintió con la cabeza.

—Isabelle padece depresión. Le viene de la familia de su madre. No es la primera vez que lo intenta, pero esta última fue contundente. Demasiada sangre, demasiado jaleo como para poder mantener a raya a la prensa. Por eso dijimos que era agotamiento. —Rossiter había desviado un poco la mirada hacia mi derecha, reviviendo la historia—. Yo mismo fui a hablar con los directores de periódico para rogarles que no se cebaran.

—Entiendo —dije.

—¿De veras? —replicó él, pero enseguida lo suavizó—. Solo hay una cosa peor que el que tu hija se raje el cuello. ¿Sabe cuál? —Negué con la cabeza—. Pues que se despierte, que vuelva a casa y que te odie por haberle salvado la vida. —Apuró su copa—. Isabelle habló conmigo, Waits. Dijo que entendía lo que le pasaba, y que había días malos. Y me dijo, con mucha calma, que aquel no había sido uno de los malos; que pensaba con claridad y que no me perdonaba que hubiese llamado a una ambulancia.

—Es caer muy bajo que la hija de un parlamentario acabe mezclada con Zain Carver.

—Sí, eso es exactamente lo que le ha pasado a mi hija, ha caído muy bajo. Creo que un amigo los puso en contacto. Por lo que sé, lleva un mes viviendo en Fairview.

—¿Un mes? —Él no dijo nada. Fairview era el nombre de la residencia de Carver, una mansión victoriana en la zona sur de la ciudad, habitada sobre todo por gente joven y estudiantes. Se había hecho tristemente famosa por sus fiestas privadas, a las que acudían desde jóvenes universitarios hasta famosillos locales—. No sé qué le habrá dicho Parrs, pero mis órdenes son no entrometerme demasiado. He visto entregas de dinero, he tomado copas con traficantes de baja estofa…

—Y parece que se le da muy bien —dijo Rossiter—. Pues ahora sus órdenes han cambiado: tiene que cruzar el umbral. Ensuciarse las manos. Establecer contacto con los que cortan el bacalao.

—¿Y su hija?

—No puedo arriesgarme a que me la traiga a casa un coche patrulla.

—Con todos mis respetos, señor, si la prensa le hizo caso una vez, lo hará de nuevo. Por otra parte, ¿qué importa un escándalo si es a cambio de tenerla de vuelta en casa?

—¿Un escándalo? —dijo—. Renunciaría a mi cargo sin pensarlo dos veces con tal de que ella volviera. —Le creí, pero lo que dijo debería haberme puesto en guardia. Rossiter hablaba de Isabelle como si ya estuviera muerta. Se serenó un poco—. Quiero evitar ser el culpable de que ella lo intente otra vez, ¿comprende?

Quizá le habría comprendido si hubiera podido verle bien la cara, pero estábamos casi a oscuras.

Me encogí de hombros.

—Usted es joven —dijo—. Espere y verá. Uno haría cualquier cosa por sus hijos.

—¿Y qué quiere que haga yo por la suya?

Tardó un momento en responder, como si no se lo hubiera planteado todavía.

—¿Tiene posibilidad de acercarse? ¿Podría ver si se encuentra bien?

—Podría incluso preguntárselo directamente a ella.

—Es preferible que no establezca contacto directo, Waits.

—Me lo pone usted un poco difícil…

—No quiero que traigan otra vez a mi hija a casa en contra de su voluntad. Y menos aún si es la policía.

—Ella ni se enteraría —le dije—. Ni siquiera el tipo de la Sección Especial que está en el pasillo sabe muy bien de qué va todo esto. —Rossiter no dijo nada—. Mire, estamos hablando de gente mala de verdad.

—¿En qué clase de lío cree usted que está metida? ¿Sexo, quizá?

Noté que le costaba pronunciar esa palabra.

—Ni idea, pero no creo que vaya por ahí. Carver se considera un caballero, un auténtico hombre de negocios.

—Lo cual es bueno, supongo.

—Bien, depende de su experiencia con hombres de negocios. Yo de entrada diría que es peligroso. A una chica se la puede explotar de otras maneras, tanto más si tiene un apellido importante. En la ciudad hay otros camellos que la habrían tratado francamente mal. A estas alturas ya la tendría en casa y yendo a terapia, por mucho que ella le odiara.

Hizo un esfuerzo por ignorar mi último comentario.

—¿Y Zain Carver…?

—Él es de otra clase. Probablemente sabe quién es realmente Isabelle. Probablemente intentará cautivarla. Carver vende Ocho y…

—¿Ocho?

—Heroína —dije—. H es la octava letra del alfabeto. Un número como otro cualquiera, solo que pronunciado en una esquina o en un club llama menos la atención.

—Descartado. Isabelle ha tenido sus problemas, pero nunca…

—Uno nunca piensa que lo hará hasta que lo hace. Además, hay mucho universitario en la ciudad. Estos últimos años, a Carver le ha ido muy bien colocando drogas recreativas. ¿Él sabe que es hija de usted?

—Tal vez —dijo Rossiter, y tragó saliva—. Aunque Isabelle normalmente se avergüenza de serlo.

—Incluso si lo supiera, Carver estaría arriesgando mucho si no sabe que usted no quiere que se la traigan a rastras.

—Hum —dijo, jugueteando con su anillo de boda.

—¿Se había escapado otras veces?

—Solo a hoteles de cinco estrellas, pagando con mi American Express.

—¿Tiene a mano alguna foto de ella?

Rossiter buscó en el bolsillo interior de su americana, sacó una foto y me la pasó, abocinando encima la otra mano como para proteger una llama. Su hija era una chica pálida y bonita de cabellos rubios sin brillo e inteligentes ojos azules. En la foto miraba un poco por encima de donde habría estado el objetivo de la cámara. Supuse que miraba a quien le hacía la foto.

—Oiga —dijo inclinándose hacia delante—, perdone la bromita de antes sobre tomar copas con los traficantes. Imagino que estará usted sometido a mucha tensión.

Permanecimos unos segundos en silencio.

—¿Necesita algo más de mí? —dijo.

—Quizá el nombre del amigo que le presentó a Carver a su hija.

—Me temo que no la conozco personalmente.

—¿Es una mujer?

—O un hombre. O varios. Qué sé yo.

—Tal vez su esposa…

—Alexa no está bien —me interrumpió—. Es mejor no molestarla.

—Bien. ¿Y cómo es que de repente tiene usted tanto interés? —Rossiter arqueó una ceja—. Teniendo en cuenta que lleva fuera todo un mes, quiero decir.

—Touché. —Rossiter flexionó la mandíbula—. Más vale que lo sepa. Estoy librando una batalla en dos frentes, Waits. Alexa también padece depresión. Llevamos ya una temporada un poco… tensos. La huida de Isabelle nos ha pillado en medio de todo el jaleo.

—¿Cómo debo ponerme en contacto con usted?

Me tendió una tarjeta de visita con membrete en relieve y pasé la yema de los dedos por las letras.

—Puede llamarme a este número a cualquier hora del día o de la noche.

—Bien, gracias por la copa. Estamos en contacto.

Dejé a Rossiter tirado en el sofá. Parecía un hombre perdido, destrozado.

5

El Rubik’s era uno de esos locales tipo cueva que se transforman en club nocturno conforme el día toca a su fin. En épocas más honradas había hecho sudar tinta a la Hacienda pública acogiendo a la flor y nata de las bandas post-punk. Había llovido mucho desde entonces. El Rubik’s estaba muy cerca de los Locks y miraba a un canal que cruzaba la ciudad entera. La cervecería propiamente dicha tenía una iluminación indirecta de un tono rojizo y durante el horario comercial no había luz directa de ningún tipo. Era uno de los locales más grandes del país; para que hubiera codazos se necesitaban un par de miles de personas.

Había cuatro barras en tres niveles distintos.

Yo venía observando al encargado de la barra central desde hacía tres semanas. Era un tipo corpulento y lucía siempre ese no-afeitado tan en boga. Tenía un aire calculador, de persona muy observadora. Y esto era así especialmente los viernes noche, cuando pasaba grandes sumas de dinero del narcotráfico a uno de los empleados de Zain Carver. Yo había podido establecer que las drogas se entregaban allí para luego ser repartidas a otros clubs de la zona por ese mismo encargado.

Un sistema bien ideado.

El mejor lugar donde esconder a unas cuantas personas en pleno colocón es entre varios miles de borrachos. Eso, para Carver, significaba que quien corría los riesgos era el barman. Tenía un muestrario variado y contaba con un surtido de fiestas especialmente pensadas para cada artículo. A cada uno le correspondía un número. La coca era el Tres, el éxtasis era el Cinco, la ketamina era el Once. De este modo los clientes levantaban el número de dedos correspondiente para que les sirvieran sin necesidad de mencionar la cosa en sí.

El verdadero secreto del éxito de Carver era que tenía más en común con un delincuente de guante blanco que con un hampón puro y duro. Se limitaba a suministrar un producto un día determinado y a recaudar el dinero al día siguiente. De ahí que la conexión con Isabelle Rossiter resultara una interesante anomalía.

Era el día de paga.

Debido a mi entrevista con David Rossiter, había llegado tarde para presenciar la entrega propiamente dicha, pero las cosas habían cambiado. Ahora tocaba un enfoque directo.

No fue difícil detectar a la chica que iba a hacer el cobro. Estaba de pie junto a la barra pidiendo su vodka de siempre, solo y en vaso alto. Llevaba unas mallas negras y unos botines también negros, y mostraba una sonrisa de alto voltaje enmarcada por unos labios de un rosa subido. Tenía una larga cabellera castaña y lucía una cazadora de ante que probablemente era más vieja que ella. Tendría algo más de veinte años, era todo un bombón, la definición de manual de cómo ocultarse a la vista de todos.

Cuando le volqué el vaso, ella se lo tomó bien. Por un momento sus pestañas supervoluminosas amenazaron guerra, pero tras una fracción de segundo avisó al barman y pidió otra vez lo mismo, retomando la fría indiferencia que yo supuse que formaba parte de su cometido.

—Lo siento —dije.

—No pasa nada.

—Te llamas Cath, ¿no? —Ella tardó un momento en volver la cabeza hacia mí—. Creo que nos conocimos en una de las fiestas de Zain…

—Ah, sí.

Sin signos de interrogación.

—Bueno, fue solo un momento.

De hecho, yo la había visto hablar un par de veces con Carver, pero no conocía personalmente a ninguno de los dos. Las chicas feas y tristonas que había al fondo de la sala me habían dicho su nombre. Hablaban de ella como si fuera famosa. «Sí, Cath —dijeron—. Es una de sus favoritas.» Cath había empezado igual que las otras, en un segundo o tercer plano, sin conocer a nadie de por allí, y luego había ido abriéndose camino y pasando de chica del montón a socia. Ellas suponían que lo había conseguido a base de tenacidad y que, esforzándose, podrían tarde o temprano ocupar el puesto de Cath. Las más listas quizá comprenderían, antes de que fuera tarde, que para ellas nunca llegaría el momento adecuado.

El barman le trajo otro vodka y me fulminó con la mirada. De repente, la memoria me dio un aviso: creí haberlo visto antes, y pensé si él me habría reconocido a mí. En cuanto tuvo la copa en la mano, Catherine pareció serenarse. Se volvió hacia mí con una bonita sonrisa en los labios, nada que ver con el rictus que me había mostrado antes. Tenía madera de actriz, sabía aportar a cada papel la dosis suficiente de verdad para resultar convincente. Incluso cuando cambiaba de personaje en medio de una frase, el segundo no convertía en falso al primero, y viceversa.

—Seguro que a partir de ahora me acordaré de ti… —dijo.

—Permíteme que pague la consumición.

—La próxima vez que le tires la copa a una chica para poder invitarla a otra, asegúrate de que no bebe por cuenta de la casa.

Se dispuso a marcharse.

—De lo contrario no me habrías dirigido la palabra —dije, con ella ya de espaldas a mí.

Se volvió.

—Quizá te equivocas. Ese ojo morado te sienta muy bien. Si no lo tuvieras así, a tu cara le faltaría algo.

—Bueno, cuando veo que pierde color siempre salgo a por otro.

—Claro. Dime una cosa, estooo…

—Aidan.

—Aidan. —Su sonrisa se desvaneció—. ¿En serio estás buscando problemas? —Yo no dije nada—. Entonces no lo haces adrede, eso de exponerte a que te hagan daño.

Sus ojos miraron al barman y volvieron a mí. Desvié la vista hacia el tipo; estaba allí de pie observándonos, los brazos cruzados sobre el prominente tórax.

—No, claro que no —dije.

—Entonces deja que te dé un consejo. —Catherine se me acercó—. Vete a casa y ahórrate otro ojo morado.

—Como bien dices, a mi cara le faltaría algo sin él.

Volvió a mirar al barman.

—Lo único que te falta es salir de aquí pitando, cielo.

—Siento haberte molestado.

El barman, satisfecho, se apartó un poco y fue a servir a unas chicas. Catherine levantó su vaso, echó un buen trago y lo dejó de nuevo encima de la barra, momento que aprovechó para deslizar discretamente una tarjeta debajo del vaso.

—No me importará que me invites a un trago cualquier otro día…

Su sonrisa volvía a ser exagerada, pero por un momento me pareció ver un atisbo de autenticidad.

—Me temo que acabaría volcándote el vaso. Buenas noches.

Ella se alejó con amplias y elegantes zancadas hasta salir de la sala.

Me guardé la tarjeta que ella había puesto debajo del vaso y esperé un poco. Luego salí a la calle y fui andando hasta la habitación de alquiler donde me hospedaba. Tiré el reloj roto, me tomé unas anfetas y me cambié de ropa.

6

La culpa del tercer strike que sufrí fue solo mía y de nadie más. Incluso tuve suerte de que luego me asignaran un trabajo: seguir de bar en bar a recaudadoras de la Franquicia.

Yo llevaba unas cuantas semanas, no seguidas, trabajando de noche. Implorando, robando, intercambiándolas por alguno de mis turnos de día. Me encantaba ver la ciudad, que tan bien conocía, transformarse en otra cosa entre las nueve de la noche y las cinco de la mañana. Aquellas caritas sonrientes que los críos habían dibujado en las ventanas perforadas de noche por las luces de neón.

Me gustaba la gente.

Eran jóvenes, estaban ebrios y enamorados. Las chicas eran como relámpagos y los chicos tenían mucha labia. Transexuales, góticos y gais se apoderaban de la noche diversificando la arteria comercial, gritando y bramando palabras cuyo significado yo desconocía. Y la cosa funcionaba. Me mantenía más o menos sobrio. Más o menos a salvo de líos.

El problema era mi jefe, el inspector Peter Sutcliffe. En serio, se llamaba igual que el destripador de Yorkshire. Tal vez quedó predestinado en cuanto imprimieron el nombre completo en su partida de nacimiento. Puede que se burlaran de él cuando era un chaval, asociado desde el principio a un personaje que generaba tanto odio. Sea como fuere, es nombre de hijoputa, y a él le iba que ni pintado. Muchos le llamaban Sutty, un apodo para evitar confusiones y al mismo tiempo una burla a expensas de su fotosensibilidad.

Sutty tenía tez de cadáver porque era alérgico a la luz diurna.

Aprendí mucho de él, pero no todo bueno. Empecé a trabajar en el turno de noche con una idea romántica de la vida nocturna, pero el realismo no tardó en darle la patada al romanticismo. Yo no sabía nada de los vampiros, los traficantes que solo salen de noche, y tampoco tenía ni idea de las bandas, quién vendía qué o cómo diferenciar a unas de otras. Únicamente pude distinguir, a primera vista, a los llamados «risitas», aquellos que lucían cicatrices de un par de centímetros en cada comisura de la boca, producto de haber sido marcados a cuchillo por pagar con retraso, o por bocazas.

Sutty sabía cuáles eran Rushboys y cuáles Whalleys por la manera que tenían de silbar. Sutty podía distinguir a un burnsider que se había alejado demasiado hacia el sur. Podía identificar a las sirenas, las chicas que iban de club en club recaudando para la Franquicia. Y encima tenía un olfato casi sobrenatural para detectar problemas. Era ya domingo, apenas las dos o las tres de la madrugada, y estábamos rec ...