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SOLO TIENES QUE PEDíRMELO

Emily Blaine  

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Fragmento

Junio de 2015

Desenrollé el plano de Jackson y lo mantuve sobre la superficie inclinada deslizando a un lado y a otro dos reglas T de madera de haya. Se estaba poniendo el sol, pero yo me negaba a encender la lámpara articulada, sujeta al borde superior; lo más probable era que me cegara en lugar de ayudarme a ver con claridad. Unos rayos anaranjados que entraban por la ventana iluminaban el plano y trazaban líneas oscilantes.

Me apreté el puente de la nariz y respiré profundamente. De tanto estudiar ese plano, ya ni lo veía: las líneas se desdibujaban. Tiré de la silla de trabajo, de piel agrietada y ruedas recalcitrantes, y me desplomé en ella. Me aflojé la corbata, me la quité, luego me arremangué la camisa y me incliné sobre la mesa de dibujo, resuelto a encontrar una solución. La segunda planta del inmueble era un auténtico rompecabezas y el cliente se mostraba voluble, cambiando de opinión cada semana, esperando que fuéramos tan buenos como para encontrar una solución milagrosa. Borré el dibujo a lápiz de Jackson, dejando tan solo las paredes principales e indispensables, antes de reflexionar rápidamente sobre el espacio que debía volver a crear.

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Un jardín interior, quizá.

¿Un gimnasio?

¿O bien una cafetería adaptable como espacio creativo?

No me gustaba ninguna de estas soluciones. Al cliente no le gustaría ninguna de estas soluciones.

Me hundí en la silla e hice que el respaldo bajara un poco más. Paseé la mirada por el dibujo mutilado. En el lugar donde se situaba la segunda planta había ahora un enorme espacio en blanco. Me metí el lápiz detrás de la oreja y crucé las manos sobre la nuca. Luego volví la cabeza hacia la ventana en busca de inspiración. Había pocas posibilidades de que surgiera una idea fabulosa esa tarde. En general yo prefería la tenue luz del alba; durante el crepúsculo, me abandonaba la inspiración y la oscuridad engullía poco a poco mis pensamientos.

Me enderecé, luego me incliné sobre la mesa y meneé la cabeza para espantar a mis demonios. Finalmente, acabé por arrojar el lápiz sobre el plano antes de levantarme de la silla. Estiré los músculos anquilosados y doloridos. Me oprimí el hombre izquierdo con la mano derecha e hice una mueca de dolor.

—¿Agujetas por el squash?

Sin mirar siquiera a mi ayudante, percibí un asomo de sonrisa en su comentario. Me volví hacia ella y arqueé una ceja al descubrir su inusual y colorido atuendo.

—Una cita —explicó ella.

—¿Con los Pirates?

Desconcertado, señalé su camiseta negra y roja con el emblema del equipo de hockey sobre hielo de Portland. Apoyada contra el marco de la puerta, mi ayudante dejó que una sonrisa de regocijo se dibujara en sus labios maquillados. Emma y su cálida mirada del azul de la noche me acompañaban cada día desde hacía más de cinco años. En un principio su paso por el despacho había de ser solamente temporal. Pero muy rápidamente su eficiencia y su buen humor me habían convencido de seguir con ella.

—La opción «restaurante romántico, velas y conversación íntima» no funciona conmigo, así que he decidido seguir otro plan.

—¿Palomitas, música atronadora y olor a sudor? —resumí entre risas.

—¡Usted se burla, pero reconozca que le encanta que luego le cuente cómo han ido mis citas!

—¡Debo admitir que el relato de su cena de la semana pasada con aquel hombre absolutamente perfecto que acabó dándose a la fuga por la salida de servicio fue muy jugoso!

—Tan jugoso como lo cuenta, de hecho —respondió ella sin ocultar su mal humor. Veamos las cosas por el lado bueno, el perrito caliente de esta noche será mucho menos caro.

La búsqueda del alma gemela de Emma se había convertido en un tema habitual de nuestros viernes por la tarde, su día predilecto para las citas. Yo conocía buena parte de su guardarropa para salir: una multitud de vestidos negros, unos cuantos vestidos azules, un llamativo vestido rojo... y en adelante una camiseta del equipo de hockey de Portland.

—Quizá debería probar usted también —me propuso.

Nuestras miradas se cruzaron y un penoso y pesado silencio flotó en el ambiente. Emma me desafió con la mirada e insistió ante mi silencio.

—Debería probar, en serio.

—Ceno con bastante regularidad —contesté evasivamente.

—¿Con una mujer?

—En ocasiones —respondí, y me dirigí hacia mi escritorio.

Emma no hizo ningún comentario, tanto si se había percatado de mi voz estrangulada como si no. Se irguió y entró con prudencia. Hacía años que era mi ayudante, pero yo sabía que al entrar en mi despacho todos los viernes por la tarde, Emma ensanchaba los límites de nuestra relación profesional. No podía decirse que fuéramos amigos, pero ella siempre estaba ahí, perspicaz y benevolente.

—¿Cuándo? —preguntó.

—¿Cuándo qué?

—¿Cuándo fue la última vez?

—¡Ceno todas las noches! —bromeé, esperando poner punto final al tema.

—Detesto cuando hace eso. ¡Es como Jackson delante de una nota de gastos que no sabe cómo justificar!

Posó las manos delicadamente sobre el respaldo de una silla e inclinó la cabeza hacia delante para animarme a responder en serio a su pregunta. Fruncí el entrecejo, levemente irritado. No me gustaba hablar de mi vida privada, no me hacía gracia que se entrometieran en ella por poco que fuera, y detestaba que la juzgaran. Cerca ya de cumplir los treinta y ocho, no tenía por qué rendir cuentas a nadie.

—Mi último partido de hockey se remonta al año pasado —expliqué finalmente.

—¿Y qué tal fue?

Comprendí entonces cómo conseguía Emma gestionar mi agenda y mis peticiones de última hora siempre con brillantez. Definitivamente era muy combativa.

—¿El partido? —pregunté yo con falsa inocencia.

—Cooper, vuelve a parecerse a Jackson. Y sé que no es eso en realidad lo que usted quiere.

Me cuesta contener una sonrisa. Emma mostraba una expresión hosca y contrariada. Impaciente, tamborileó con los dedos sobre el respaldo de la silla, esperando que me explicara mejor. Agarré la bola de béisbol que reposaba sobre mi mesa y la pasé de una mano a la otra con gesto nervioso.

—El partido estuvo bien. Yo pagué el perrito caliente.

—Le divierte pincharme, ¿verdad?

—¡No se hace usted idea! —dije, riendo—. Debería marcharse, al final acabará llegando tarde. Los Pirates siempre juegan mejor en la primera parte, se va a perder el espectáculo.

Ella exhaló un suspiro de exasperación, atropellando una vez más los límites profesionales de nuestra relación. Emma no era la única en interesarse por mi vida privada, pero era la única en mostrarme su desaprobación con una franqueza desconcertante.

—A veces me pregunto si sabe en realidad... patinar —terminó diciendo con una gran sonrisa de complicidad.

Abrí la boca, dispuesto a replicar, pero Emma giró sobre sus talones y se encaminó a la puerta, retirándose al mismo tiempo, con un fluido gesto, la pinza que le sujetaba los cabellos. El contraste entre sus elegantes botines y la camiseta de hockey me hizo sonreír de nuevo. Lancé la bola al aire y la recuperé con la mano izquierda.

—¡Que disfrute de la velada, Emma!

Ella alzó la mano para saludarme, luego giró sobre sí misma con gracia. Reculando hacia la puerta, me señaló con el dedo.

—¡Y antes de que me lo pregunte, he recogido su esmoquin y le esperan a las nueve en el Nine!

Emma plantó una alegre sonrisa en sus labios mientras yo fijaba en ella una mirada perdida. Por más que rebuscaba en la memoria, no recordaba ninguna cena o cita, ningún evento social cualquiera para el que se precisara esa clase de ridícula vestimenta. No era demasiado amigo de los eventos que me imponían un atuendo concreto; ese era el motivo, por cierto, de que dejara a Jackson ocuparse de las relaciones públicas del despacho. Él apretaba manos, organizaba cenas y se aseguraba de la buena reputación de nuestra firma, mientras que yo me quedaba con sumo gusto encorvado sobre los planos, participaba en las reuniones de proyectos y los discutía con los equipos.

Ante mi silencio, la sonrisa de Emma se fue borrando poco a poco.

—Y no tiene la menor idea de qué le hablo —dedujo, con una leve inquietud.

—¡Ni la más mínima!

—Cena de la Asociación de Arquitectos de Oregón. Jackson me dijo que se lo comentaría.

—¿Ahora se cree lo que dice Jackson cuando le hace esa clase de promesas? —dije con asombro sentándome en mi sillón de despacho—. Ya sabe que yo no asisto a esas veladas.

Apreté la bola entre las manos. Habitualmente me servía como fuente de buenas ideas. En aquel instante, desempeñaba más bien el papel de antiestresante; hasta tal punto que sentí un dolor fugaz cuando la costura de la bola se me clavó en la palma de la mano.

—Es la cena de la asociación. Por lo visto van a homenajear a este despacho por el proyecto Collins.

—Lo que sigue sin explicar por qué debo asistir a esa cena. Normalmente es Jackson quien se ocupa de ese tipo de eventos —dije con irritación.

—Creo que él esperaba que fuera usted.

Emma apretó los labios, incómoda. Yo pasaba la bola de una mano a otra, tratando de desentrañar la lógica tan particular de Jackson. Nos conocíamos desde hacía años, y él sabía hasta qué punto me desagradaban las relaciones públicas. Me había dedicado a aquel negocio para diseñar planos y crear lugares, no para perder el tiempo en cenas mundanas, aburridas e interminables.

—¿Qué ha dicho?

—Ha dicho que el despacho va a recibir un premio y que...

—No —la corté yo enérgicamente—. ¿Qué ha dicho realmente?

Emma exhaló un suspiro nervioso y paseó la mirada por la estancia sin llegar a fijarla en nada. Por el modo en que se aferraba al pomo de la puerta, adiviné que no se sentía a gusto. Tiró de la camiseta, buscando las palabras adecuadas, luego farfulló una explicación vaga con los dientes apretados.

—Repítamelo en un lenguaje que yo pueda escuchar y comprender —dije con tono exasperado.

—Ha dicho que el oso debía salir de su cueva.

Arqueé una ceja mientras mi ayudante se balanceaba sobre los pies, sonrojándose y dispuesta a emprender la huida. Sofoqué mi irritación al darme cuenta de que ella no era más que la mensajera de las caóticas maniobras de mi socio.

—¿Está segura?

Su sonrojo se acentuó y me costó contener la risa. Dejé la bola sobre mi mesa y me hundí en mi sillón. Crucé las manos en la nuca, coloqué los pies sobre la mesa y esperé a que Emma acabara por mirarme. Cuando nuestras miradas se cruzaron, dejó escapar un pesado suspiro.

—Si me responde, la invito a comer.

—Le denunciaré a Jackson por corrupción —replicó ella, sonriente.

—Adelante. ¡Suéltelo sin miedo, Emma!

—Ha dicho que el oso con mala leche y tristón debería salir de su puta cueva para... eh... ir a arrugar unas cuantas sábanas.

Una sonrisa brotó de mis labios. Jackson tenía una rotunda opinión sobre mi vida amorosa. En fin, la ausencia de vida amorosa. Según él, había llegado ya la hora de que me ocupara de nuevo de ese aspecto de mi existencia. Que se sirviera de un evento relacionado con nuestro despacho para alcanzar sus fines no me sorprendía. La sutileza no había sido nunca su punto fuerte.

—Escuche, voy a anularlo y a decir que...

Me incorporé con viveza y salvé la corta distancia que me separaba de Emma. La retuve por el codo antes de que se esfumara en dirección a su mesa. Tenía un destello de inquietud en su mirada, como si temiera haber vendido un secreto diplomático a un Estado enemigo.

—Váyase a su cita y dígame dónde está mi esmoquin.

—¿Está seguro?

—Desde luego. Ya que se ha anunciado mi presencia, iré. Aunque solo sea para patearle el culo a Jackson y tomar un whisky o dos.

—Y pensar que me lo voy a perder... —dijo ella con fingida desesperación.

—¡Y pensar que yo me voy a perder el partido de los Pirates!

Se le escapó la risa y consultó su reloj. Alzó los hombros y añadió:

—¡Yo me voy a perder los diez primeros minutos como mínimo! Será buena señal si el amigo de Annah me espera en la puerta de la pista de patinaje.

—¡¿Mi hermana le arregla citas con hombres?!

—Y su socio conspira para obligarle a salir del despacho. ¿Cuál de nosotros dos es más patético?

—Touché.

—Tiene el traje dentro de su armario. Annah me ha dicho que prefería el gris oscuro, el negro es demasiado solemne.

—¿Mi hermana es cómplice de todo esto?

Emma me lanzó una mirada afligida antes de continuar.

—La cena empieza a las nueve, así que me parece que seguramente también usted se va a perder los diez primeros minutos.

—Ya ve lo preocupado que estoy. Que lo pase bien, Emma.

—Igualmente. ¡Y no me olvido de que me debe una comida! —me soltó, al abandonar mi despacho.

Volví a cerrar la puerta cuando salió y contemplé mi vacío despacho. Enrollé el plano de Jackson y lo dejé sobre mi mesa. Después me desabroché los primeros botones de la camisa al tiempo que me dirigía al minúsculo cuarto de baño, instalado en un rincón del despacho. El cuarto disponía de una estrecha ducha, un espejo y una repisa donde había colocado mi maquinilla y mi perfume habitual.

Me quité la camisa y me pasé una mano por el fatigado rostro. Tenía oscuras bolsas bajo mis ojos azules y no me había afeitado desde principios de semana. Estaba lejos de lucir un aspecto deslumbrante. Me lavé la cara con agua fría e hice una mueca cuando mi agarrotada nuca me recordó su existencia. Unas cuantas gotas de agua me cayeron por el torso y se deslizaron sobre el único tatuaje que exhibía. En un segundo, mi fatiga y mi mal humor se disiparon.

Pensar en mi hija me hacía sonreír siempre. En mi sombría y melancólica vida, ella encarnaba la luz que me mantenía en pie. Según mis padres, Cecilia era mi vivo retrato. Yo tenía mis dudas: a veces, por una sonrisa casual o cuando la miraba sin que ella se diera cuenta, detectaba en ella una actitud familiar, una gracia, un gesto que me recordaban a Laura.

Respiré hondo y me aferré a ambos lados del lavabo. Encorvado y con la cabeza gacha, intenté relajar el cuerpo y forzar el retroceso de la oleada de recuerdos que empezaba a abatirse sobre mí.

Con el paso de los años, había aprendido a controlar las imágenes del pasado. Elegía cuidadosamente los momentos en los que podía entregarme a ellos y controlaba los recuerdos a los que permitía la invasión. A veces, derramaba una lágrima necesaria.

Pero, en todos los casos, el control lo tenía yo.

Me erguí y regresé al despacho para ir en busca del esmoquin. Me cambié de ropa, me ajusté la corbata frente al espejo y me pasé una mano resuelta por los castaños cabellos.

Salí del despacho con la chaqueta en el brazo y fui en busca del coche mientras intentaba hablar con mi hija. En vano: su teléfono sonó cuatro veces, luego me saltó el contestador.

Como era habitual en ella, debía de haberse dejado el teléfono en el fondo del bolso y se encontraría con mi mensaje al despertarse.

—Buenas noches, cariño, seguramente has salido con Anita o Emmy. Solo quería... solo quería hablar contigo. Hasta mañana, un beso.

Colgué y me instalé al volante de mi coche. Vislumbré mi reflejo en el retrovisor y dejé escapar un nuevo suspiro: necesitaba unas vacaciones.

El Nine estaba a unos kilómetros del despacho. Sin embargo, por culpa del atasco típico a la salida del trabajo, tardé casi una hora en llegar al hotel. Sesenta minutos durante los cuales sentí la tentación de dar media vuelta una quincena de veces.

Había decidido hacerme arquitecto observando a mi padre mientras dibujaba planos en su despacho. Aún recordaba la luz amortiguada de su lámpara, su taburete gastado que mi madre soñaba con ver desaparecer, y su manera de sujetar el lápiz entre los dientes cuando reflexionaba. Jamás había visto a mi padre pavoneándose en inauguraciones y cócteles. Así pues, al asociarme con Jackson, había establecido mis normas: los eventos sociales entraban dentro de sus atribuciones, en cuanto a mí, permanecía recluido en mi despacho dibujando. A pesar de ello, comprendía por qué Jackson deseaba mi presencia esa noche: recibir el homenaje de la Asociación Americana de Arquitectos no era nada desdeñable, sobre todo para un despacho tan joven como el nuestro.

Aparqué el coche delante del hotel y dejé el motor encendido unos minutos más. Un aparcacoches se acercó y me abrió la puerta no dejándome más opción que la de afrontar aquella velada. Me bajé del coche, me abroché la chaqueta, tiré de las mangas con nerviosismo y recorrí los cuatro pasos que me separaban del vestíbulo del hotel.

Al entrar, me recibió una sonriente azafata con traje pantalón rojo.

—Buenas noches, señor. ¿Es usted uno de los invitados a la boda de los Gardner?

—No. Vengo a la velada de la Asociación de Arquitectos. Me temo que la cena ha debido de empezar ya.

—¿Su nombre es?

—Garisson. Cooper Garisson.

Recorrió una lista de nombres con el dedo, luego me dedicó una cálida sonrisa. Francamente, no me habría molestado que no me hubiese encontrado en la lista y que entonces me hubiera pedido educadamente que abandonara el lugar.

—Señor Garisson, acompáñeme, por favor.

Enfilamos el largo pasillo del vestíbulo, amortiguados nuestros pasos por la espesa moqueta roja con rayas blancas que cubría el suelo. Subimos por un tramo de escaleras antes de desembocar en un nuevo pasillo ricamente decorado con obras contemporáneas.

—Es la puerta de la derecha —me indicó la azafata—. Le deseo una agradable velada.

—Gracias. Igualmente.

Su sonrisa se ensanchó y me pareció percibir un leve temblor en su mirada. Abrí con cuidado la puerta del salón de recepciones, esperando pasar desapercibido. En el estrado, el presidente de la asociación, con un vaso en la mano, pronunciaba su discurso de apertura. Paseé la mirada por la inmensa sala y sus mesas adornadas con flores y velas. Tras unos segundos, localicé la silueta de mi hermana. Al instante, mi socio —y traidor preferido— levantó una mano para hacerme una seña.

Me acerqué a su mesa con paso resuelto. Con su sonrisa arrogante, Jackson disimulaba mal su satisfacción al verme. Cerca de él, mi hermana fingía escuchar el discurso, apretando los labios para no echarse a reír.

—No sé qué es peor, que hayáis encontrado por fin el modo de entenderos o que yo haya acabado aceptando participar en vuestros retorcidos planes —protesté.

Por toda respuesta, me dirigieron media docena de miradas furiosas y un montón de muecas de enojo. El presidente de la asociación hizo una pausa en su discurso. Los focos azules que iluminaban su atril y su semblante me permitieron distinguir claramente su expresión de descontento. Al parecer, yo había alzado demasiado la voz.

Agaché la cabeza como acto de contrición, luego separé una silla para sentarme en ella. Me incliné sobre Jackson y seguí hablando en voz baja, igual de irritado que antes.

—Y el oso te va a patear el culo.

Mi hermana sofocó una nueva carcajada e intercambió una mirada con Jackson. Su súbita e inesperada complicidad no me tranquilizó. Aquellos dos se habían comportado como el perro y el gato durante años, y yo solía actuar de árbitro enviando de vuelta a los interesados a sus despachos respectivos cuando la conversación se animaba demasiado.

—Tranquilízate, sigo en guerra con Jackson —declaró mi hermana, dándole un fuerte codazo en las costillas.

Jackson reprimió una palabrota, luego le dedicó una sonrisa. Rodeó la silla de mi hermana con el brazo y bebió un sorbo de champán.

—¿Te acompaño a casa esta noche?

—Antes me arrancaría las uñas.

—Ya que insistes, me tomaré una última copa.

—¿Qué te parece un digestivo con arsénico?

—Tu hermana me adora —me dijo Jackson—. Un día me casaré con ella.

—Dame una buena razón para no matarlo —me pidió ella exasperada.

—Ponte a la cola —repliqué—. ¡Venga, contadme qué hago yo aquí! Sabéis que detesto este tipo de eventos.

Un maître se materializó junto a mí y me propuso servirme una copa de champán. Acepté secamente, irritado aún por la situación. Estallaron unas risas a nuestro alrededor y aplaudí cortésmente el final del discurso. Esbocé una leve mueca a modo de sonrisa cuando el murmullo de las conversaciones se intensificó en torno a nuestra mesa.

—Si tanto te aburre esto, ¿por qué no te has quedado en el despacho? —me interpeló finalmente mi socio.

—Porque te conozco. Has incluido mi nombre en la lista y has convertido a mi ayudante en cómplice de tus fechorías, por lo que he supuesto que era importante que asistiera.

—Tu ayudante opina igual que yo —afirmó Jackson—. Cree que deberías...

—¿Salir? —concluí yo por él.

—Salir con mujeres —me corrigió Jackson. Invitarlas a cenar, luego tomar una última copa y, si se da el caso, despertarte en una cama que no sea la tuya.

Me dedicó una mirada severa, recordándome curiosamente a la que yo le lanzaba a Cecilia cuando cuestionaba mi autoridad como padre. Hacía mucho tiempo que no recibía órdenes, y en cuanto a mi vida privada, me negaba a contestar a los comentarios y a los consejos de mis allegados.

Aún no estaba preparado.

Agarré mi copa de champán y la apuré de un trago. Me quité la chaqueta y me arrellané cómodamente en la silla, además de aflojarme el nudo de la corbata. Tenía la sensación de que me ahogaba, rodeado por la multitud y las miradas inquisitivas de mis dos colaboradores más cercanos. El cansancio de varios días que acumulaba me parecía ahora imposible de superar, me inmovilizaba en la silla y me dejaba sin fuerzas para replicar sus argumentos.

—Coop —insistió mi hermana con voz dulce—, no puedes seguir viviendo así para siempre. Tú... Incluso Cecilia lo dice.

Arqueé una ceja, encajando dolorosamente el comentario de mi hermana. Que ella conociera mejor que yo los estados de ánimo de mi hija hería mis sentimientos.

—Cecilia está bien —la contradije yo con voz ronca.

—Lo sabemos. Pero ahora ha llegado el momento de que te preocupes por ti mismo. Esta velada no es más que un pretexto para obligarte a reaccionar. El despacho va a recibir un premio, no podías faltar. Es de tu trabajo del que se habla. Jackson puede ocuparse de muchas cosas, pero cuando se trata de hablar de la trayectoria del despacho, tú eres el más indicado.

—¿Así que os habéis confabulado para obligarme a venir? ¿Por qué no decírmelo directamente?

—¿Quieres hacernos creer que habrías aceptado? —intervino Jackson—. Venga ya, Coop, que hace ya más de ocho años. Rechazas todas las invitaciones, cada vez te aíslas más.

Alzó el brazo para llamar al maître. Yo lo miré fijamente, sorprendido por su respuesta. Crispado en su asiento, hacía lo imposible por reprimir la cólera sorda que lo invadía, como si ya no pudiera contenerla más. Hasta ese preciso instante no me había fijado en sus sienes plateadas y sus mandíbulas demasiado salientes. Con un nudo en la garganta y la horrible sensación de haber caído en una trampa, me erguí, buscando el apoyo en la mirada de mi hermana. Mis ojos se cruzaron con sus iris de color avellana —herencia de mi madre—, que sondearon los míos unos segundos, luego volvió el rostro hacia el escenario y se echó un mechón de su larga cabellera castaña por detrás de la oreja derecha. Mi hermana mostraba un semblante fatigado y, por primera vez, me percaté de las pequeñas arrugas que marchitaban su mirada. Con el rostro tenso, nos miraba a Jackson y a mí como si temiera que la conversación fuera a degenerar. Cuando por fin sus ojos brillantes de tristeza se reencontraron con los míos, supe que la había atormentado el mismo recuerdo que a mí. Un recuerdo con el que yo vivía desde hacía ocho años, un recuerdo que lógicamente solo me pertenecía a mí. Sin embargo, en la mirada demacrada de mi hermana, en el rostro colérico de Jackson, ese recuerdo también estaba.

Laura estaba ahí. Mi hermana y mi socio sufrían por su ausencia igual que yo. Comprendí entonces que sufrían el mismo dolor que yo, igual de insoportable y cegador.

En la mesa se había instalado un pesado silencio. La amargura de Jackson era omnipresente y sobrepasaba incluso la sensación de tristeza que yo percibía en los ojos de mi hermana. Siempre había supuesto que era el único al que atormentaba el recuerdo de Laura, el único al que asaltaba la imagen de mi mujer, el único que recordaba su risa. Me di cuenta ahora de que Jackson y Annah sufrían también por su ausencia y que su muerte nos había alejado poco a poco los unos de los otros.

Otro daño colateral provocado por su desaparición, que actuaba como un veneno lento, insidioso y de gusto amargo. Un veneno que terminaba por paralizarte del todo. Al verlos sentados uno al lado del otro, el brazo protector de Jackson rodeando a mi hermana, comprendí que hacían frente común. Quizá habían hablado de Laura, quizá habían llorado juntos, quizá se habían abrazado esperando que al volver a abrir los ojos la pesadilla hubiese cesado.

Cada mañana, yo abría los ojos esperando que cesara la mía.

El maître volvió a llenarnos la copa y yo decidí romper aquel opresivo silencio. No quería pelearme con Jackson ni discutir con mi hermana. Habíamos perdido ya demasiado con la muerte de Laura: nuestra complicidad, nuestras interminables veladas, nuestras alegres carcajadas.

Con la muerte de Laura habíamos perdido una parte de nosotros mismos y una parte de nuestra amistad. Nos habíamos reencontrado enfrentados a la tristeza, a las lágrimas, a la incomprensión. Yo me había sumido en el dolor, le había dejado envolverme hasta el punto que se había convertido en un rasgo dominante de mi personalidad. Solo ahora me daba cuenta de que me había impedido afrontar la realidad y me había alejado de mis seres queridos, los cuales compartían sin embargo mi dolor. Separado del mundo y enrocado en mi tristeza, había olvidado que no era el único que había perdido a Laura. Al perder a Laura, Annah había perdido a su mejor amiga, su confidente, casi una hermana. Yo jamás me había atrevido a preguntarle cómo se sentía, pero sospechaba que su soledad era similar a la mía. En cuanto a Jackson, él había perdido a una de sus mejores amigas, la que chillaba con él viendo un partido, la que analizaba sus preocupaciones, y para la que había escrito un panegírico tan hermoso como difícil.

Ese insidioso dolor, ese duelo había congelado nuestras vidas como si de un día para otro divertirnos se hubiera convertido en un acto vergonzoso y malsano.

Como si ya no tuviéramos derecho a estar juntos, como si nos castigáramos por seguir vivos.

—Es verdad —admití yo, tragándome la cólera—. Seguramente no habría aceptado venir si me lo hubieras dicho.

Jackson clavó sus ojos en mí para asegurarse de mi franqueza. Levanté la copa en su dirección, en señal de paz. Él esbozó una sonrisa, tomó su copa y la levantó a su vez.

—Por tu corbata —se burló.

—Por tu cuestionable sentido del humor —repliqué.

Su sonrisa se ensanchó y ambos bebimos un sorbo de champán. Annah dejó escapar un pequeño suspiro y, poco a poco, vi cómo se relajaban sus hombros. Me dedicó una cálida sonrisa que no obstante no logró enmascarar su estado de ánimo. Sirvieron unos aperitivos y volvió a oírse el guirigay de las conversaciones.

—He vuelto a trabajar sobre el plano del inmueble y... ¿qué? —pregunté, al ver la expresión consternada de mi hermana y mi socio.

—¿Te vas a poner a hablar del trabajo? —preguntó Jackson.

—Técnicamente esta es una cena profesional —le respondí.

—Técnicamente, una cena con champán no puede calificarse como cena profesional. De lo contrario, tendré que exigir a tu hermana que lleve ese precioso y minúsculo vestido negro a todas nuestras reuniones de trabajo. Yo llevaré el champán —precisó él en voz baja, inclinándose hacia Annah.

Al instante, ella le dio un manotazo en el antebrazo y eso me hizo reír. Mi hermana y mi socio formaban un dúo cómico que conseguía renovarse continuamente: él la provocaba y ella le llevaba la contraria, en una especie de juego del que solo ellos conocían las reglas.

Jackson se frotó el brazo riendo antes de volver a la carga.

—También puedes venir sin él, no soy quisquilloso.

—Gracias por ese maravilloso cumplido. Estoy pensando muy seriamente en estrangularte con una de mis medias.

—La violencia no resuelve nada, querida mía.

—Lo sé. Solo quiero hacerte callar. Y te prometo hacer durar el placer —añadió en tono sarcástico, clavando violentamente el tenedor en un trozo de tomate—. ¿Y si hablamos mejor del discurso que va a tener que improvisar mi hermano?

—Excelente idea —afirmé yo—. Jackson, ¿has preparado una nota?

Por toda respuesta, el principal afectado enarcó una ceja con incredulidad. Lancé una mirada a mi hermana, que se encogió de hombros, abrumada.

—Verte en esta velada es algo excepcional, pero no por eso voy a cambiar mi modo de actuar habitual —explicó él.

—¿Entonces improviso?

—Perfecto.

—¿Voy a tener que improvisar delante de la Asociación Estatal de Arquitectos? —repetí yo, atónito.

—Te sugiero que de ahora en adelante te pases la vida improvisando. A veces hay que dejar que actúe el azar —añadió él, lanzando a mi hermana una mirada cargada de sobreentendidos.

Ella se contentó con soltar una carcajada mordaz, frenando así la danza de seducción iniciada por Jackson. Si la terquedad de mi hermana no tenía parangón, debía admitir que mi socio daba muestras de una abnegación sin límites: hacía años que intentaba atraer la atención de mi hermana. Al ver mi aire inquieto, él intentó tranquilizarme.

—Haz como yo, imagínate a toda esta gente desnuda. Es lo que hago cuando hablo con tu hermana.

—Que te imagines a mi hermana desnuda es un motivo potencial de despido.

—Coop, conviérteme en un mártir y ya está, seguro que me acoge entre sus brazos —fanfarroneó él con su arrogancia habitual.

Annah le dio un palmetazo en la nuca entre risas, luego su mirada se posó en el escenario. Detrás del atril se hallaba entonces el presidente de la asociación, acompañado de su mujer, que llevaba los cabellos sujetos en un impresionante moño. Su vestido largo y de un rojo vibrante contrastaba con el sombrío traje de su marido. Me miró fijamente unos largos segundos e, instintivamente, me reajusté la corbata, como pillado en falta. El presidente de la asociación —no recordaba ya si se llamaba McCain o McCann— ...