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SOLO TIENES QUE PEDíRMELO

Emily Blaine  

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Fragmento

Junio de 2015

Desenrollé el plano de Jackson y lo mantuve sobre la superficie inclinada deslizando a un lado y a otro dos reglas T de madera de haya. Se estaba poniendo el sol, pero yo me negaba a encender la lámpara articulada, sujeta al borde superior; lo más probable era que me cegara en lugar de ayudarme a ver con claridad. Unos rayos anaranjados que entraban por la ventana iluminaban el plano y trazaban líneas oscilantes.

Me apreté el puente de la nariz y respiré profundamente. De tanto estudiar ese plano, ya ni lo veía: las líneas se desdibujaban. Tiré de la silla de trabajo, de piel agrietada y ruedas recalcitrantes, y me desplomé en ella. Me aflojé la corbata, me la quité, luego me arremangué la camisa y me incliné sobre la mesa de dibujo, resuelto a encontrar una solución. La segunda planta del inmueble era un auténtico rompecabezas y el cliente se mostraba voluble, cambiando de opinión cada semana, esperando que fuéramos tan buenos como para encontrar una solución milagrosa. Borré el dibujo a lápiz de Jackson, dejando tan solo las paredes principales e indispensables, antes de reflexionar rápidamente sobre el espacio que debía volver a crear.

Un jardín interior, quizá.

¿Un gimnasio?

¿O bien una cafetería adaptable como espacio creativo?

No me gustaba ninguna de estas soluciones. Al cliente no le gustaría ninguna de estas soluciones.

Me hundí en la silla e hice que el respaldo bajara un poco más. Paseé la mirada por el dibujo mutilado. En el lugar donde se situaba la segunda planta había ahora un enorme espacio en blanco. Me metí el lápiz detrás de la oreja y crucé las manos sobre la nuca. Luego volví la cabeza hacia la ventana en busca de inspiración. Había pocas posibilidades de que surgiera una idea fabulosa esa tarde. En general yo prefería la tenue luz del alba; durante el crepúsculo, me abandonaba la inspiración y la oscuridad engullía poco a poco mis pensamientos.

Me enderecé, luego me incliné sobre la mesa y meneé la cabeza para espantar a mis demonios. Finalmente, acabé por arrojar el lápiz sobre el plano antes de levantarme de la silla. Estiré los músculos anquilosados y doloridos. Me oprimí el hombre izquierdo con la mano derecha e hice una mueca de dolor.

—¿Agujetas por el squash?

Sin mirar siquiera a mi ayudante, percibí un asomo de sonrisa en su comentario. Me volví hacia ella y arqueé una ceja al descubrir su inusual y colorido atuendo.

—Una cita —explicó ella.

—¿Con los Pirates?

Desconcertado, señalé su camiseta negra y roja con el emblema del equipo de hockey sobre hielo de Portland. Apoyada contra el marco de la puerta, mi ayudante dejó que una sonrisa de regocijo se dibujara en sus labios maquillados. Emma y su cálida mirada del azul de la noche me acompañaban cada día desde hacía más de cinco años. En un principio su paso por el despacho había de ser solamente temporal. Pero muy rápidamente su eficiencia y su buen humor me habían convencido de seguir con ella.

—La opción «restaurante romántico, velas y conversación íntima» no funciona conmigo, así que he decidido seguir otro plan.

—¿Palomitas, música atronadora y olor a sudor? —resumí entre risas.

—¡Usted se burla, pero reconozca que le encanta que luego le cuente cómo han ido mis citas!

—¡Debo admitir que el relato de su cena de la semana pasada con aquel hombre absolutamente perfecto que acabó dándose a la fuga por la salida de servicio fue muy jugoso!

—Tan jugoso como lo cuenta, de hecho —respondió ella sin ocultar su mal humor. Veamos las cosas por el lado bueno, el perrito caliente de esta noche será mucho menos caro.

La búsqueda del alma gemela de Emma se había convertido en un tema habitual de nuestros viernes por la tarde, su día predilecto para las citas. Yo conocía buena parte de su guardarropa para salir: una multitud de vestidos negros, unos cuantos vestidos azules, un llamativo vestido rojo... y en adelante una camiseta del equipo de hockey de Portland.

—Quizá debería probar usted también —me propuso.

Nuestras miradas se cruzaron y un penoso y pesado silencio flotó en el ambiente. Emma me desafió con la mirada e insistió ante mi silencio.

—Debería probar, en serio.

—Ceno con bastante regularidad —contesté evasivamente.

—¿Con una mujer?

—En ocasiones —respondí, y me dirigí hacia mi escritorio.

Emma no hizo ningún comentario, tanto si se había percatado de mi voz estrangulada como si no. Se irguió y entró con prudencia. Hacía años que era mi ayudante, pero yo sabía que al entrar en mi despacho todos los viernes por la tarde, Emma ensanchaba los límites de nuestra relación profesional. No podía decirse que fuéramos amigos, pero ella siempre estaba ahí, perspicaz y benevolente.

—¿Cuándo? —preguntó.

—¿Cuándo qué?

—¿Cuándo fue la última vez?

—¡Ceno todas las noches! —bromeé, esperando poner punto final al tema.

—Detesto cuando hace eso. ¡Es como Jackson delante de una nota de gastos que no sabe cómo justificar!

Posó las manos delicadamente sobre el respaldo de una silla e inclinó la cabeza hacia delante para animarme a responder en serio a su pregunta. Fruncí el entrecejo, levemente irritado. No me gustaba hablar de mi vida privada, no me hacía gracia que se entrometieran en ella por poco que fuera, y detestaba que la juzgaran. Cerca ya de cumplir los treinta y ocho, no tenía por qué rendir cuentas a nadie.

—Mi último partido de hockey se remonta al año pasado —expliqué finalmente.

—¿Y qué tal fue?

Comprendí entonces cómo conseguía Emma gestionar mi agenda y mis peticiones de última hora siempre con brillantez. Definitivamente era muy combativa.

—¿El partido? —pregunté yo con falsa inocencia.

—Cooper, vuelve a parecerse a Jackson. Y sé que no es eso en realidad lo que usted quiere.

Me cuesta contener una sonrisa. Emma mostraba una expresión hosca y contrariada. Impaciente, tamborileó con los dedos sobre el respaldo de la silla, esperando que me explicara mejor. Agarré la bola de béisbol que reposaba sobre mi mesa y la pasé de una mano a la otra con gesto nervioso.

—El partido estuvo bien. Yo pagué el perrito caliente.

—Le divierte pincharme, ¿verdad?

—¡No se hace usted idea! —dije, riendo—. Debería marcharse, al final acabará llegando tarde. Los Pirates siempre juegan mejor en la primera parte, se va a perder el espectáculo.

Ella exhaló un suspiro de exasperación, atropellando una vez más los límites profesionales de nuestra relación. Emma no era la única en interesarse por mi vida privada, pero era la única en mostrarme su desaprobación con una franqueza desconcertante.

—A veces me pregunto si sabe en realidad... patinar —terminó diciendo con una gran sonrisa de complicidad.

Abrí la boca, dispuesto a replicar, pero Emma giró sobre sus talones y se encaminó a la puerta, retirándose al mismo tiempo, con un fluido gesto, la pinza que le sujetaba los cabellos. El contraste entre sus elegantes botines y la camiseta de hockey me hizo sonreír de nuevo. Lancé la bola al aire y la recuperé con la mano izquierda.

—¡Que disfrute de la velada, Emma!

Ella alzó la mano para saludarme, luego giró sobre sí misma con gracia. Reculando hacia la puerta, me señaló con el dedo.

—¡Y antes de que me lo pregunte, he recogido su esmoquin y le esperan a las nueve en el Nine!

Emma plantó una alegre sonrisa en sus labios mientras yo fijaba en ella una mirada perdida. Por más que rebuscaba en la memoria, no recordaba ninguna cena o cita, ningún evento social cualquiera para el que se precisara esa cl

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