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SOMBRAS DE IDENTIDAD (NACIDOS DE LA BRUMA [MISTBORN] 5)

Brandon Sanderson  

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Fragmento

Prólogo

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Waxillium Ladrian, vigilante de la ley de alquiler, pasó una pierna sobre la grupa de su caballo para bajar al suelo y giró sobre los talones a fin de encarar la cantina.

—Hala —dijo el chiquillo, desmontando de un salto a su vez—. No se te ha enganchado la espuela en la silla, ni has tropezado, ni nada.

—Aquello pasó solo una vez —replicó Waxillium.

—Ya, pero es que fue supergracioso.

—Quédate con los caballos —le ordenó Waxillium, arrojándole las riendas—. No ates a Devastadora. A lo mejor me hace falta.

—Vale.

—Y no robes nada.

El muchacho —de facciones aniñadas pese a sus diecisiete años de edad, con las mejillas teñidas apenas por una sombra de pelusilla a pesar de llevar semanas intentando dejarse crecer la barba— asintió con gesto solemne.

Recibe antes que nadie historias como ésta

—Prometo no mangarte nada, Wax.

Este exhaló un suspiro.

—No es eso lo que te he dicho.

—Pero...

—Tú quédate con los caballos y procura no hablar con nadie. —Wax sacudió la cabeza mientras entraba en la cantina, sintiéndose como si flotara. Estaba llenando un ápice su mente de metal, reduciendo en torno al diez por ciento de su peso. Práctica habitual para él de un tiempo a esta parte, desde que se quedara sin peso almacenado en el transcurso de una de sus primeras cacerías, hacía unos meses.

La cantina en cuestión, ni que decir tiene, era un tugurio cochambroso. En los Áridos prácticamente todo estaba cubierto de polvo, roto o raído. Cinco años llevaba ya allí, y seguía sin acostumbrarse. Cierto, había dedicado la mayor parte de esos cinco años a intentar ganarse la vida como oficinista, alejándose cada vez más de los centros de población en un intento por evitar que lo reconocieran. Pero, en los Áridos, incluso las principales zonas habitadas eran más sucias que Elendel.

Y aquí, en la frontera con la civilización, el término «suciedad» se quedaba corto para describir el estilo de vida reinante. Los hombres con los que se cruzó en el interior del local, encorvados en sus asientos, apenas si alzaron la vista a su paso. Esa era otra particularidad de los Áridos. Tanto las plantas como las personas daban la impresión de estar cubiertas de espinas y crecer sin querer despegarse del suelo, achaparradas y hostiles.

Apoyó las manos en las caderas y paseó la mirada por la estancia, esperando llamar la atención. No tuvo éxito, lo cual le produjo un alfilerazo de irritación. ¿De qué servía ponerse un elegante traje de ciudad, pañuelo de color lavanda incluido, si después nadie lo miraba siquiera? Por lo menos tampoco cuchicheaban a sus espaldas, como los de la última cantina.

Con la palma de la mano encima de la culata, Wax encaminó sus pasos hasta la barra. El camarero era un individuo alto por cuyas venas debía de correr sangre terrisana, a juzgar por sus rasgos y por el color de su piel, aunque a sus refinados primos de la Cuenca les daría un soponcio si lo viesen ahora, royendo el grasiento muslo de pollo que empuñaba con una mano mientras utilizaba la otra para servir una jarra. Wax se esforzó por contener un arrebato de náusea; el concepto de higiene que imperaba en aquellos pagos era otra particularidad de los Áridos a la que no terminaba de acostumbrarse. Allí se consi­deraba pulcro y atildado a todo el que se acordara de restregarse las manos contra los pantalones en el momento que mediaba entre hurgarse la nariz y tenderte la mano para que se la estrecharas.

Wax se quedó esperando. Esperó un poco más. Transcurridos unos instantes, carraspeó. El cantinero se acercó a él, al cabo, sin apresurarse.

—¿Sí?

—Busco a un hombre —dijo Wax en voz baja—. Se hace llamar Granito Joe.

—No lo conozco.

—¿Que no...? Pero si es el forajido más célebre de los alrededores, por no decir el único.

—Pues no lo conozco.

—Pero...

—Se vive más seguro sin conocer a la gente como Joe —lo interrumpió el camarero, antes de pegarle otro bocado al muslo de pollo—. Pero tengo un amigo.

—Menuda sorpresa.

El camarero lo fulminó con la mirada.

—Ejem. Perdón. Continúe.

—Mi amigo podría estar dispuesto a conocer a alguna que otra persona de la que otros no querrían saber nada, aunque llegar hasta él quizá lleve algo de tiempo. ¿Vas a pagar?

—Soy un vigilante de la ley —respondió Wax—. Actúo en nombre de la justicia.

El cantinero parpadeó. Muy despacio, metódico, como si semejante gesto, para él, fuese algo que requiriera un esfuerzo consciente.

—Entonces... ¿vas a pagar?

—Le pagaré, sí —suspiró Wax, repasando para sus adentros todo lo que seguirle la pista a Granito Joe le había costado ya. No podía permitirse el lujo de volver a quedarse sin blanca. Devastadora necesitaba una silla nueva, y a él aquí los trajes le duraban un suspiro.

—Bien —celebró el camarero, indicándole por señas que lo siguiera. Recorrieron el interior del establecimiento en zigzag, sorteando mesas y rodeando el piano (cuyas teclas daban la impresión de llevar una eternidad sin experimentar el contacto de ningún dedo) hasta llegar a una pequeña habitación sita al fondo de la cantina.

Olía a polvo.

—Espera —dijo su guía, antes de salir y cerrar la puerta a su espalda.

Wax se cruzó de brazos mientras echaba una ojeada a la única silla que había en el cuarto. La pintura blanca, desportillada, había empezado a pelarse; no le cabía la menor duda de que si intentaba sentarse terminaría al menos con la mitad pegada a los pantalones. De modo que se limitó a dejar que sus pasos vagaran por la habitación sin rumbo fijo.

Después de cinco años en este páramo, comenzaba a sentirse cada vez más cómodo con los habitantes de los Áridos, ya que no con sus particulares costumbres. Había buenas personas aquí, muchas. Distaba de ser el nido infestado de proscritos y bribones que le habían contado.

Sin embargo, emanaba de todos ellos una obstinada aura de fatalismo. Desconfiaban de la autoridad y a menudo rechazaban a los vigilantes, aunque eso conllevara permitir que alguien como Granito Joe continuase arrasándolo todo y saqueando a placer. Sin las recompensas que ofrecían el ferrocarril y las empresas mineras, nada...

Se estremeció la ventana. Wax se detuvo, cerró los dedos en torno a la culata de la pistola que colgaba de su cinto y quemó acero. El metal propagó una tibieza punzante por su interior, como si acabase de beber algo que estuviera demasiado caliente. A su alrededor se extendieron varias líneas azules que, desde su pecho, señalaban la ubicación de las fuentes de metal más cercanas, varias de las cuales se encontraban justo al otro lado de la ventana con postigos. Otras apuntaban hacia abajo. Esta cantina disponía de sótano, algo poco habitual en los Áridos.

Podría empujar contra esas líneas en caso de necesidad, apoyándose así en el metal con el que estaban conectadas. De momento, se limitó a observar mientras una varilla se deslizaba entre las maderas que cubrían los cristales por fuera de la ventana y ascendía para forzar el pestillo que los sujetaba. Se hizo a un lado para evitar que lo viese quienquiera que, en esos instantes, comenzaba a manipular el marco tras haber abierto los postigos. La hoja de la ventana se levantó con un traqueteo.

Una muchacha vestida con pantalones oscuros entró en el cuarto de un salto, rifle en mano. Enjuta, de facciones angulosas y con un puro sin encender entre los dientes, a Wax le sonaba de algo. Se incorporó, satisfecha, y se giró para cerrar la ventana. Al darse la vuelta, lo vio.

—¡Diablos! —exclamó mientras trastabillaba de espaldas, dejando caer el puro y levantando su rifle.

Wax desenfundó la pistola y preparó su alomancia, deseando haber encontrado alguna manera de repeler las balas. Podría empujar el metal, sí, pero no era tan rápido como para detener los disparos, a menos que empujase contra la pistola antes de que apretara el gatillo.

—Oye —dijo la mujer—. ¿No eres tú el que mató a Peret el Negro?

—Waxillium Ladrian —respondió Wax—. Vigilante de alquiler.

—Me tomas el pelo. ¿Eso es lo que dices para presentarte?

—Pues claro. ¿Por qué no?

En vez de contestar, la mujer levantó la cabeza de la mirilla del rifle y se quedó un momento observándolo.

—¿Un pañuelo? —dijo, al cabo—. ¿En serio?

—Va con mi estilo de caballero cazarrecompensas.

—Pero ¿qué utilidad tiene el «estilo» para un cazarrecompensas?

—Es importante labrarse una reputación —replicó Wax, levantando la barbilla—. Fíjate en todos esos forajidos. De uno a otro confín de los Áridos, la gente ha oído hablar de hombres como Granito Joe. ¿Por qué no iba a hacer yo lo mismo?

—Porque es como pintarse una diana en la frente.

—El riesgo merece la pena —se justificó Wax—. Aunque, hablando de dianas... —Agitó el arma en el aire e inclinó la cabeza en dirección a la de la muchacha, que dijo:

—Vas tras la recompensa que ofrecen por Joe.

—En efecto. ¿Tú también?

La joven asintió con la cabeza por toda respuesta.

—¿Nos la repartimos? —preguntó Wax.

Su interlocutora suspiró al tiempo que bajaba el rifle.

—Vale. Pero habrá porción doble para el primero que le meta una bala en el cuerpo.

—Pensaba capturarlo con vida...

—Bien. Así tendré más oportunidades de cargármelo antes. —La muchacha sonrió de oreja a oreja mientras se acercaba a la entrada de la habitación, furtiva—. Me llamo Lessie, por cierto. Entonces, ¿Granito está aquí, en alguna parte? ¿Lo has visto?

—No. —Wax se reunió con ella en la puerta—. Le pregunté al dueño del local, y este me ha conducido hasta aquí.

Lessie se volvió hacia él.

—¿Le preguntaste al dueño del local?

—Claro. He leído las historias. Los cantineros siempre lo saben todo, y... Y estás meneando la cabeza.

—En este tugurio todos están al servicio de Joe, míster Pañoleta —dijo Lessie—. Diablos, la mitad de los vecinos de esta ciudad lo están. ¿Y tú le preguntas al camarero?

—Creo que ya he respondido a esa pregunta.

—¡Herrumbre! —La muchacha entreabrió la puerta y se asomó al exterior—. En el nombre de Ruina, ¿cómo te las apañarías para cargarte así a Peret el Negro?

—Ya será para menos. Es imposible que toda la cantina esté...

Dejó la frase inacabada, flotando en el aire, al espiar a su vez por la rendija de la puerta. El grandullón que atendía la barra no se había ido corriendo a buscar a alguien. Antes bien, se hallaba en la sala principal del local, gesticulando en dirección a la puerta mientras instaba a los distintos bellacos y bribones a levantarse y desenfundar las armas.

—Maldición —susurró Lessie.

—¿Nos largamos por la ventana? —sugirió Wax.

La respuesta de la muchacha consistió en cerrar de nuevo la puerta con sumo sigilo, apartarlo de un empujón y escabullirse gateando en dirección a la ventana como una exhalación. Se agarró al alféizar con la intención de impulsarse y atravesarla de un salto, pero comenzaron a restallar detonaciones a su alrededor y una porción del marco de la ventana se volatilizó en medio de una lluvia de astillas.

Lessie masculló una invectiva y se tiró al suelo de la habitación. Wax siguió su ejemplo y aterrizó junto a ella mientras exclamaba:

—¡Un francotirador!

—¿Siempre eres tan perspicaz, míster Pañoleta?

—No, solo cuando practican el tiro al blanco conmigo. —Wax se asomó por encima del quicio de la ventana; el francotirador podría haber elegido uno cualquiera de la docena de escondites que se divisaban en los alrededores—. Tenemos un problema.

—Y he ahí de nuevo esas agudísimas dotes de observación. —Lessie empezó a arrastrarse por el suelo en dirección a la puerta.

—Me refería a que tenemos un problema en más de un sentido. —Wax siguió a la muchacha, agazapado—. ¿Cómo les ha dado tiempo a apostar un francotirador? Debían de estar al corriente de mi llegada. La ciudad entera podría ser una trampa.

Lessie maldijo entre dientes cuando Wax llegó a la puerta y la entreabrió de nuevo. Sin dejar de gesticular en dirección a ella, los matones estaban deliberando en voz baja.

—Se ve que me toman en serio —dijo Wax—. ¡Ja! Mi reputación está dando sus frutos. ¿Lo ves? ¡Están asustados!

—Enhorabuena —replicó la muchacha—. ¿Crees que me darán alguna recompensa si te pego un tiro?

—Tenemos que llegar a la planta de arriba —dijo Wax, con la mirada fija en la escalera que se hallaba justo al otro lado de la puerta, en la habitación principal.

—¿Qué conseguiríamos con eso?

—Bueno, para empezar, todos los individuos armados que quieren matarnos están aquí abajo. Preferiría cambiar de aires, y esa escalera será más fácil de defender que este cuarto. Aparte de eso, quizás encontremos una ventana por la que escapar en la otra cara del edificio.

—Ya, si te apetece saltar desde un segundo piso.

Saltar no constituía el menor problema para un lanzamonedas como Wax, que podría lanzar al aire un trozo de metal y empujar contra él para frenar su caída y aterrizar sano y salvo. También era feruquimista, con lo cual, si la ocasión lo exigía, siempre podría valerse de sus mentes de metal para aligerar considerablemente su peso.

Sus habilidades estaban en boca de todos, no obstante, y el propio Wax esperaba que continuasen estándolo. Los rumores sobre su milagrosa supervivencia habían llegado hasta sus oídos, y le gustaba el aura de misterio que los envolvía. Se especulaba con que era un nacido del metal, cierto, pero siempre y cuando la gente ignorase lo que realmente era capaz de hacer, la ventaja seguiría estando de su parte.

—Mira, voy a intentar llegar corriendo a las escaleras —informó a la mujer—. Si tú prefieres quedarte aquí abajo y abrirte paso a balazos, estupendo. Me proporcionarás la distracción ideal.

Lessie le lanzó una miradita de reojo y sonrió de oreja a oreja antes de replicar:

—De acuerdo. Lo haremos a tu manera. Pero como nos acribillen a tiros, me debes un trago.

«Sí que me suena de algo», pensó Wax. Asintió con la cabeza, contó hasta tres en voz baja, cruzó la puerta corriendo y apuntó con la pistola al matón que tenía más cerca. El hombre saltó de espaldas cuando Wax disparó tres veces... y falló. Las balas se incrustaron en el piano, provocando una nota discordante con cada impacto.

Lessie salió gateando tras él y se dirigió a la escalera. El heterogéneo repertorio de bellacos levantó sus armas entre gritos de sorpresa. Wax apuntó con la pistola hacia atrás, alejándola de la dirección de su alomancia, y se impulsó en las líneas azules que, partiendo de él, señalaban a los hombres que había en la sala.

Estos abrieron fuego, pero el empujón había desviado sus armas lo suficiente como para que su puntería se viera alterada. Wax subió por las escaleras detrás de Lessie; no tardó en perder de vista la tormenta de disparos que se había desencadenado a su paso.

—Por todos los diablos —jadeó Lessie cuando hubieron llegado al primer rellano—. Estamos vivos. —Lo miró, con las mejillas encendidas, y Wax recordó de repente dónde la había visto antes, como si se acabara de abrir el candado que pesaba sobre sus pensamientos.

—Yo a ti te conozco —dijo.

—Te equivocas —replicó ella, apartando la mirada—. Sigamos...

—¡El Toro Llorón! —exclamó Wax—. ¡La bailarina!

—Ay, Dios del Más Allá. —La muchacha reanudó el ascenso, encabezando la marcha—. Lo recuerdas.

—Sabía que solo estabas fingiendo. Ni siquiera Rusko contrataría a alguien con semejante descoordinación, por muy bonitas que tuviera las piernas.

—¿Podemos ir a tirarnos ya por alguna ventana, por favor?

—¿Qué haces tú aquí? ¿Vas detrás de alguna recompensa?

—Bueno, algo así.

—¿Y en serio que no sabías lo que te iban a...?

—Doy esta conversación por finalizada.

Una vez en la planta de arriba, Wax aguardó un momento a que asomara la primera cabeza tras ellos. Disparó de inmediato, fallando de nuevo, pero obligando al hombre a retroceder. Oyó imprecaciones y discusiones procedentes de abajo. Quizá los pa­rroquianos de esta taberna estuviesen a sueldo de Granito Joe, pero tampoco eran de los que anteponían la lealtad a cualquier otra consideración. Los primeros en subir por esos escalones recibirían un balazo, seguro, y a ninguno de ellos le apetecía arriesgarse.

Eso le proporcionaría a Wax un respiro. Lessie se coló en una de las habitaciones, pasó junto a una cama vacía junto a la que alguien había dejado un par de botas abandonadas y, de golpe, abrió la ventana, que daba al lado contrario del edificio en relación con la posición estimada del francotirador.

Ante ellos se extendía la ciudad de Erosión, una solitaria colección de comercios y hogares que parecían esperar agazapados —en vano— el día en que al ferrocarril por fin se le antojase extender sus dedos tan lejos. No demasiado lejos, unas pocas jirafas se dedicaban a mordisquear las hojas de los árboles; el único indicio de vida en una planicie, por lo demás, desolada.

La caída desde la ventana era vertical, sin tejados a los que agarrarse. Lessie observó el vacío con suspicacia. Wax se metió los dedos en la boca y emitió un estridente silbido.

No pasó nada.

Volvió a silbar.

—Pero ¿se puede saber qué diablos estás haciendo?

—Llamar a mi yegua —respondió Wax a la pregunta de la muchacha, antes de silbar otra vez—. Podemos dejarnos caer en la silla y escapar al galope.

Lessie se lo quedó mirando fijamente, sin parpadear.

—Y lo dices en serio.

—Pues claro. Lo hemos estado ensayando.

Una figura solitaria apareció en la calle, a sus pies; el joven que había estado siguiendo a Wax.

—Esto, ¿Wax? —lo llamó el chico—. Que Devastadora no se despega del abrevadero.

—Diablos.

Lessie volvió a mirarlo.

—¿Le has puesto a tu yegua el nombre de...?

—Vale, a lo mejor es un poquito demasiado mansa —la atajó Wax, desabrido, mientras se encaramaba al alféizar—. Se me ocurrió que llamarla así podría servirle de inspiración. —Ahuecó la mano para formar una bocina y, dirigiéndose al muchacho, exclamó—: ¡Wayne! ¡Tráela hasta aquí! ¡Vamos a saltar!

—Y un cuerno —protestó Lessie—. ¿O te crees que esa silla de montar es mágica y va a impedir que le partamos el espinazo a tu yegua cuando le caigamos encima?

Wax titubeó.

—Bueno, he leído que hay gente que lo hace...

—Ya. Mira, se me ocurre una idea. ¿Por qué no vuelves ahí abajo, hablas con toda esa gente, salís para plantaros ahí en medio del camino y libráis un bonito duelo con el sol en lo alto, a la antigua usanza?

—¿Crees que daría resultado? Me...

—No, no daría resultado en la vida —lo interrumpió la muchacha—. Eso no lo hace nadie, porque es una idiotez. ¡Ruina! En serio, ¿cómo conseguiste cargarte tú a Peret el Negro?

Se sostuvieron la mirada durante unos instantes.

—Pues... —empezó Wax.

—Ay, rayos. Lo pillaste haciendo de vientre, ¿verdad?

Wax esbozó una sonrisa radiante.

—Eso mismo.

—¿Y no le dispararías también por la espalda, por casualidad?

—Más valientemente de lo que nunca haya disparado un hombre a otro por la espalda.

—Ja. Quizás aún tengas remedio.

Wax inclinó la cabeza en dirección a la ventana.

—¿Saltamos?

—Venga. ¿Qué más da partirse las piernas antes de que la acribillen a una? Ya que hemos empezado esto, míster Pañoleta, sigamos hasta el final.

—Creo que no nos pasará nada, miss Liguero Rosa.

Lessie enarcó una ceja.

—Si tú puedes identificarme por mi gusto en el vestir —dijo Wax—, no veo por qué no iba a poder hacer yo lo mismo.

—Ni una palabra más al respecto, jamás. —Lessie respiró hondo—. En fin, ¿ya?

Wax asintió con la cabeza mientras encendía sus metales, preparándose para sujetarla y ralentizar su caída; tan solo lo justo para dar la impresión de que habían sobrevivido al salto de milagro. En el proceso, sin embargo, se percató de que una de sus líneas azules —bastante gruesa, pero de intensidad reducida— estaba moviéndose y apuntaba al otro lado de la calle.

«La ventana del molino.» En su interior había algo a lo que el sol estaba arrancando destellos.

De inmediato, Wax agarró a Lessie y se tiró al suelo con ella. Una fracción de segundo después restalló una detonación; la bala pasó silbando sobre sus cabezas y fue a incrustarse en la puerta, en la otra punta de la habitación.

—Otro francotirador —siseó la muchacha.

—Tus dotes de observación son...

—Silencio —lo atajó Lessie—. ¿Por qué habrá esperado tanto para disparar contra nosotros? Formabas un blanco perfecto desde hacía rato.

Wax frunció el ceño mientras le daba vueltas al interrogante. ¿Estaría esperando el francotirador a que ocurriera algo en particular? ¿A que saltaran? ¿Por qué...?

Levantó la cabeza para contemplar el impacto del proyectil que había atravesado la ventana. Demasiado alto. El francotirador se había propuesto disparar por encima de su cabeza.

«Para abatirme en pleno vuelo —comprendió—, en cuanto sa­liera volando por la ventana.» Sabían que era un lanzamonedas.

Oyó pasos procedentes de la escalera, pero no vio ninguna línea azul. Hombres armados con cuchillos de obsidiana o ballestas sin componentes metálicos. ¡Herrumbres! El edificio entero era una trampa. Estaban preparados para que saltara. Estaban preparados para que intentase escapar por las escaleras. No podía hacer ni lo uno ni lo otro.

Agarró a Lessie del brazo.

—¿Tu informador te dijo que Granito Joe se encontraba en este edificio?

—Sí —respondió la muchacha—. Casi con toda seguridad. Suele andar cerca cuando se reúne la banda; le gusta tener controlados a sus hombres.

—Este edificio dispone de sótano.

—¿Y...?

—Espera un momento.

Volvió a agarrarla del brazo e incrementó su peso. Reservaba una gran cantidad del mismo en su mente de metal; se movía, por lo general, con el peso reducido, imperceptible salvo por el hecho de que así aparentaba ser un poco más ágil de reflejos. Podía recurrir cuando lo juzgase necesario a todo aquel peso extra, el cual se almacenaba en el brazalete que siempre llevaba encima.

Ganó peso de una forma increíble, aumentando su masa y aplastándose contra el suelo, antes de tirar de Lessie para subirla a su espalda.

—Pero ¿te has vuelto lo...? —comenzó a protestar la muchacha, pero se interrumpió cuando el suelo empezó a resquebrajarse antes de desplomarse de repente bajo el cuerpo de Wax.

Al caer, el elegante atuendo de este se desgarró cuando se giró en el aire y arrastró a Lessie consigo. Un empujón contra los clavos del suelo los propulsó hacia abajo, destrozando el piso del nivel inferior y abriendo así una vía hasta el sótano.

Aterrizaron en medio de una lluvia de polvo y astillas, con Wax empujando contra los mismos clavos de antes para frenar su descenso. Lessie y él cayeron con fuerza, a pesar de todo, y se estrellaron contra la mesa que había en la cámara del sótano, rodeada de maderas nobles y lámparas moldeadas a semejanza de voluptuosas mujeres. Adornaba el mueble que habían golpeado un impecable mantel de color blanco.

Había un hombre presidiendo la mesa. Wax consiguió incor­porarse en medio de los escombros y apuntar con una pistola al interfecto, de facciones amazacotadas y oscura tez gris azulada; señal inconfundible de que por sus venas corría sangre de koloss. Granito Joe. Debían de haber interrumpido su cena, a juzgar por la servilleta que llevaba encajada en el cuello de la camisa y la sopa derramada que empapaba la mesa hecha añicos delante de él.

Con un gemido, Lessie se dio la vuelta y se sacudió las astillas que le cubrían la ropa. Waxillium, por su parte, empuñaba la pistola con firmeza sin perder de vista a los dos guardaespaldas que, embozados en sendos gabanes, se hallaban detrás de Granito Joe, un hombre y una mujer; hermanos, según tenía entendido, y tiradores de primera.

Si disparaba contra su líder, lo abatirían en un abrir y cerrar de ojos. Ya tenían las manos en las caderas, listos para desenfundar. Quizá no hubiera planificado esta caída todo lo bien que cabría esperar.

Joe hundió una cuchara en su cuenco, el cual reposaba inclinado ahora sobre la mesa, con el mantel salpicado de líquido rojo a su alrededor. Volvió a levantarla y se la acercó a los labios.

—Tú —dijo tras sorber la sopa— deberías estar muerto.

—Deberías plantearte la posibilidad de cambiar de matones a sueldo —replicó Wax—. Los de ahí arriba no valen gran cosa.

—Esto no va con ellos —continuó Joe—. ¿Cuánto tiempo llevas ya aquí, en los Áridos, causando problemas? ¿Dos años?

—Cinco —contestó Wax, aunque tampoco es que llevara «causando problemas», por emplear las palabras de Joe, desde el primer día.

Granito Joe chasqueó la lengua.

—¿Te crees que nunca había pasado nadie como tú por aquí, hijo? ¿Con la mirada cargada de asombro, el cinturón abrochado bajo sobre la cadera y las espuelas nuevecitas, relucientes aún? Llegado para rescatarnos de nuestro bárbaro modo de vida. Vemos a decenas como tú todos los años. Solo que los otros tienen la decencia de aprender a dejarse sobornar o palmarla antes de estropear demasiado las cosas. Pero tú, no.

«Está intentando ganar tiempo», pensó Wax. ¿Sería capaz de eliminar a Joe antes de que esos dos guardaespaldas lo hirieran? Probablemente. Pero ¿y después, qué?

«No hay líneas de metal en la de la derecha», pensó Wax. Apostaría lo que fuera a que en esa funda llevaba una bonita ballesta. Diseñada para exterminar lanzamonedas. Aun con su alomancia, Wax nunca podría acabar con los tres sin que le dispararan.

Una gota de sudor comenzó a resbalar por su sien.

—Aquí no pintas nada. —Joe se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en la mesa destrozada—. Vinimos a este lugar para escapar de la gente como tú. De vuestras reglas. De vuestros prejuicios. Aquí somos libres. No sois bienvenidos.

—Si eso fuese cierto —replicó Wax, sorprendido por la firmeza de su voz—, nadie acudiría a mí llorando porque has matado a sus hijos. Nadie me suplicaría que cambiara las cosas, que te parase los pies. Quizá no necesitéis las leyes de Elendel aquí arriba, pero eso no significa que podáis prescindir de las normas. Como tampoco significa que los hombres como tú podáis hacer lo que os apetezca.

Granito Joe sacudió la cabeza y se incorporó.

—Estás fuera de tu elemento, hijo. Aquí todo el mundo tiene un precio. De lo contrario, no encaja. Sufrirás una muerte lenta y dolorosa, igual que le ocurriría a un león en esa ciudad vuestra. Lo que voy a hacer hoy es un acto de misericordia.

Asintió con la cabeza para darles una señal a sus guardaespaldas.

Wax actuó de inmediato y se impulsó contra las lámparas de la pared que tenía a su derecha. No podían moverse, atornilladas a la pared como estaban, por lo que su empujón alomántico lo lanzó hacia la izquierda. Giró la pistola, apretó el gatillo y empujó con todas sus fuerzas.

La bala surcó el aire sin desviarse, para variar, e impactó en la mujer, que ya había desenfundado su ballesta. Se desplomó. El impulsivo empujón de Wax arrancó el arma de la mano del otro guardia y arrojó a Granito Joe de espaldas contra la pared.

También provocó que la pistola de Wax se le escurriera entre los dedos. Golpeó la pared mientras la mujer caía envuelta en una nube de gotitas de sangre. El arma de Wax, orientada por el movimiento involuntario de su brazo, voló por los aires hasta estrellarse contra el rostro del segundo guardaespaldas, que salió disparado contra la pared a su vez.

Wax recuperó el equilibrio y miró a Joe, que, al otro lado de la habitación, parecía haberse quedado estupefacto por la eliminación de sus escoltas. No había tiempo para pensar. Con paso tambaleante, Wax se acercó al fornido descendiente de los koloss. Si consiguiera encontrar una fuente de metal con la que reforzar su ofensiva, tal vez...

A su espalda resonó el chasquido de un arma. Wax se frenó en seco y miró atrás, por encima del hombro, a Lessie, que lo apuntaba con una pequeña ballesta de mano.

—Aquí todo el mundo tiene un precio —repitió Granito Joe.

Wax contempló fijamente la flecha, con su punta de obsidiana. ¿Dónde llevaba escondido algo así? Tragó saliva despacio, con dificultad.

«¡Pero si se puso en peligro al subir conmigo por la escalera a toda velocidad! —pensó—. ¿Cómo podría estar...?»

Joe estaba al corriente de lo de su alomancia, no obstante. De modo que ella también. Lessie era consciente de que Wax podría empujar las balas para repelerlas, por lo que, al sumarse a él en su fuga escalones arriba, sabía que no corría peligro. Había sido una trampa desde el principio.

—Te lo advertí —observó Lessie—, la cantina entera estaba a sueldo de Joe.

—Me... —Wax volvió a tragar saliva con dificultad—. Sigo pensando que tus piernas son muy bonitas.

La muchacha lo miró a los ojos. A continuación, exhalando un suspiro, movió la ballesta y disparó a Granito Joe en el cuello.

Wax parpadeó mientras el gigantesco descendiente de los koloss se desplomaba en el suelo, gorgoteando mientras se desangraba.

—¿Ya? —dijo Lessie, fulminando con la mirada a Waxillium—. ¿Eso es todo lo que se te podía ocurrir para hacerme cambiar de opinión? «Tus piernas son muy bonitas...» ¿En serio? Ay, Pañoleta, qué mal vas a pasarlo por estos lares.

Wax exhaló un suspiro de alivio.

—Armonía... Pensé que me ibas a disparar de verdad.

—Debería haberlo hecho —refunfuñó la muchacha—. Me parece increíble que...

Interrumpió a Lessie el clamor de unos pasos sobre sus cabezas. La caterva de bellacos por fin había reunido el valor necesario para bajar en tromba por la escalera. Al menos media docena de ellos irrumpieron en la habitación, armas en ristre.

Lessie se abalanzó sobre una de las pistolas del suelo.

Sin darse apenas tiempo a pensar, Wax hizo lo que le pareció más natural y adoptó una pose melodramática en medio de los escombros, rodilla en alto, con Granito Joe sin vida a su lado, abatidos los dos guardaespaldas. Aún caía una fina llovizna de polvo procedente del boquete practicado en el piso de arriba, iluminada por el sol que entraba a raudales por una de las ventanas ubicadas sobre sus cabezas.

Los matones se lo quedaron mirando, boquiabiertos, antes de contemplar el cadáver de su líder. A continuación, como chiquillos a los que hubieran descubierto intentando llevarse las galletas de la despensa, bajaron las armas. Los más adelantados intentaron escabullirse abriéndose paso a empujones entre los que tenían detrás y, batiéndose en atropellada huida, todos a una volvieron a subir estruendosamente las escaleras. El cantinero, que se había quedado solo, fue el último en retirarse.

Wax se giró para tenderle la mano a Lessie, la cual permitió que tirara de ella para ponerse de pie y dirigió la vista al hueco de la escalera, tras la estampida de bandidos acobardados, cuyas botas retumbaban en el suelo, sobre sus cabezas, mientras se apresuraban a huir. Instantes después, en el edificio volvía a reinar el silencio.

—Ja —dijo la muchacha—. Eres como un asno que supiera bailar, míster Pañoleta. No gana una para sorpresas contigo.

—Tener una cosita ayuda —observó Wax.

—Ya. ¿Crees que también yo debería hacerme con una cosita?

—Conseguir una cosita fue una de las decisiones más importantes que tomé al llegar a los Áridos.

Lessie asintió con la cabeza, despacio.

—No tengo ni la más remota idea de qué estamos hablando —dijo, contemplando de reojo la figura de Granito Joe, inerte a espaldas de Wax—, pero empieza a sonarme a cochinada. —Tras sus últimos estertores, el difunto líder de los forajidos yacía con la mirada vidriosa clavada en el charco que formaba su propia sangre.

—Gracias —dijo Wax—. Por no asesinarme.

—Je. Pensaba cargármelo tarde o temprano, y llevarme la recompensa por su cadáver.

—Ya, bueno, pero me extrañaría que planearas hacerlo delante de toda su banda, atrapada en un sótano sin vías de escape.

—Cierto. Eso ha sido una idiotez, y de las gordas.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste?

—En nombre de Joe he hecho muchas cosas de las que me arrepiento —respondió la muchacha, sin dejar de observar el cadáver—, pero, que yo sepa, nunca he disparado contra nadie que no se lo mereciera. Si te hubiera matado..., en fin, habría sido como acabar también con aquello que representas. ¿Lo pillas?

—Me parece que voy captando el concepto.

Lessie se masajeó el cuello, donde un trozo de madera rota le había dejado un jirón de piel ensangrentado al caer.

—Para la próxima, eso sí, estaría bien no armar semejante estropicio. Me gustaba esta cantina.

—Se hará lo que se pueda —prometió Wax—. Pretendo cambiar las cosas aquí. Si no en todos los Áridos, por lo menos en esta ciudad.

—En fin —dijo Lessie, acercándose al cadáver de Granito Joe—, estoy segura de que, si algún malvado pensaba atacar la ciudad, ahora se lo pensará dos veces, teniendo en cuenta tu pericia con esa pistola.

Waxillium hizo una mueca.

—Te... te diste cuenta, ¿verdad?

—Semejante proeza no se ve todos los días. —La muchacha se arrodilló y registró los bolsillos de Joe—. Tres disparos, tres notas distintas, y sin rozar ni a un solo bandido. Hace falta destreza. A lo mejor deberías dedicarle menos tiempo a tu cosita y más a tu pistola.

—Eso sí que ha sonado a cochinada.

—Bien. Detesto ser grosera sin proponérmelo. —Con una sonrisa, Lessie sacó la cartera de Joe, la lanzó al aire y la agarró al vuelo. Sobre ellos, por el agujero que Wax había practicado en el edificio, asomó una cabeza equina, seguida de otra más pequeña, adolescente y cubierta por un bombín.

Devastadora los saludó con un resoplido.

—Ahora vienes, claro que sí —se lamentó Wax—. Qué yegua más tonta.

—En realidad —replicó Lessie—, si sabe que no le conviene andar cerca cuando te metes en un tiroteo, yo diría que es la yegua más lista del mundo.

Wax esbozó una sonrisa y le tendió una mano a Lessie. Cuando la muchacha se la estrechó, la atrajo hacia sí y, siguiendo una línea de luz azul, se elevó con ella por los aires, lejos de los escombros.

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DIECISIETE AÑOS DESPUÉS

Winsting sonrió para sus adentros mientras contemplaba la puesta de sol. Hacía una noche estupenda para sacarse a subasta.

—¿Está cerca la habitación de seguridad? —preguntó, apoyado ligeramente en la barandilla del balcón—. Por si acaso.

—Sí, mi señor. —Flog llevaba puesto un ridículo sombrero de los Áridos, a juego con el guardapolvo que lo cubría, pese a no haber puesto un pie fuera de la cuenca de Elendel en toda su vida.

A pesar de su deplorable gusto en el vestir, el hombre era un guardaespaldas extraordinario. Winsting se aseguraba de tirar de sus emociones de todas formas, no obstante, potenciando así sutilmente la lealtad de su empleado. Toda precaución era poca.

—¿Mi señor? —preguntó Flog, lanzando una mirada de soslayo a la cámara que tenía a su espalda—. Ya han llegado todos, mi señor. ¿Estás preparado...?

Sin perder de vista el sol que se ocultaba tras el horizonte, Winsting levantó un dedo para silenciar a su guardaespaldas. El balcón, sito en el cuarto octante de Elendel, daba al centro del Campo del Renacimiento. Las estatuas de la Guerrero Ascendente y el Último Emperador proyectaban sombras alargadas en el exuberante parque, donde, según las más disparatadas leyendas, se habrían descubierto sus cuerpos sin vida después del Gran Catacendro y la Ascensión Final.

El aire estaba cargado, aunque la brisa helada que soplaba procedente de la bahía de Hammondar, un par de millas al oeste, atemperaba en parte el bochorno. Winsting tamborileó con los dedos en la barandilla del balcón, expectante, irradiando pulsos de energía alomántica para moldear las emociones de los ocupantes de la habitación a su espalda.

«De un momento a otro...»

Comenzaba a levantarse la niebla, condensándose en motas del tamaño de cabezas de alfiler en el aire y propagándose como la escarcha sobre una ventana, como una enredadera cuyos zarcillos no dejasen de extenderse y entrelazarse unos con otros. Los zarcillos devenían en venas, y estas a su vez en ríos de actividad, fluctuantes y agitadas sus márgenes, cubriendo la ciudad como un manto. Envolviéndola. Consumiéndola.

—Noche de bruma —observó Flog—. Mal augurio.

—No seas necio —replicó Winsting mientras se ajustaba el pañuelo del cuello.

—Está vigilándonos —insistió Flog—. Las nieblas son sus ojos, mi señor. Voto a Ruina que es cierto.

—Majaderías supersticiosas. —Winsting se giró y entró en la habitación andando a zancadas. Tras él, Flog cerró las puertas del balcón antes de que la niebla pudiera infiltrarse en la fiesta.

La veintena aproximada de personas —junto con los inevitables guardaespaldas— que se entremezclaban y conversaban en la sala adyacente pertenecían a un grupo selecto. No eran solo importantes, sino que diferían extraordinariamente entre sí, pese a sus sonrisitas calculadas y su inane palabrería. Winsting prefería rodearse de rivales en ocasiones así. Que se vieran los unos a los otros, y que, por separado, comprendieran cuál era el precio de perder la puja por su favor.

Se paseó entre ellos, sondeándolos para inflamar su desconfianza. Algunos de ellos llevaban sombreros, por desgracia, y estos estarían revestidos de aluminio para proteger a sus portadores de la alomancia emocional. Winsting había asegurado personalmente a cada uno de los invitados que nadie traería aplacadores ni encendedores consigo. También había omitido hacer mención alguna a sus propias habilidades, por supuesto. Que los demás supieran, él no era alomántico.

Lanzó una mirada de soslayo al fondo de la habitación, donde Blome estaba atendiendo la barra. El hombre sacudió la cabeza. Ninguno de los presentes estaba quemando metal. Excelente.

Winsting se acercó a la barra, se dio la vuelta y levantó las manos para rogar silencio a la congregación. El gesto dejó al descubierto los relucientes gemelos de diamantes que lucía en los puños de su almidonada camisa blanca. Los engarces, ni que decir tiene, eran de madera.

—Damas y caballeros —comenzó a decir cuando el grupo se hubo callado—, bienvenidos a esta subasta. La puja empieza ahora mismo, y terminará cuando haya escuchado la oferta que más me satisfaga.

No dijo nada más; el exceso de cháchara perjudicaría el dramatismo de la ocasión. Winsting se adentró en la sala y aceptó la copa que le ofrecía uno de sus criados. Se disponía ya a mezclarse con la multitud, pero titubeó mientras paseaba la mirada por los congregados.

—Edwarn Ladrian no ha venido —musitó. Se negaba a llamarlo por su ridículo sobrenombre, «míster Elegante».

—No —corroboró Flog.

—¡Me dijiste que habían llegado todos!

—Todos los que confirmaron su asistencia —replicó Flog, que cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro, incómodo.

Winsting frunció los labios, pero, por lo demás, disimuló su desilusión. Estaba convencido de que su oferta había intrigado a Edwarn. Quizás este hubiera comprado a otro de los señores del crimen de la ciudad. Una posibilidad a tener en cuenta.

Se dirigió a la mesa del centro, sobre la cual reposaba el motivo principal de la reunión de esta noche: el cuadro de una mujer reclinada, enmarcado en cristal. Lo había pintado Winsting con sus propias manos; cada vez se le daba mejor. Se le distinguía la cara. Más o menos. El cuadro carecía de valor, pero, a pesar de todo, las personas que llenaban la sala le ofrecerían ingentes sumas de dinero a cambio de él.

El primero en abordarlo fue Dowser, quien dirigía casi todas las operaciones de contrabando en el quinto octante. Ensombrecía la barba de tres días que le cubría las mejillas un bombín que, sospechosamente, había omitido dejar en el guardarropa. El elegante traje y los complementos que lucía Dowser hacían poco por adecentar a alguien como él. Winsting arrugó la nariz. La mayoría de los invitados se ajustaban a la definición de escoria indeseable, pero al menos los demás tenían el decoro de esforzarse por disimularlo.

—Es más feo que pegarle a un padre —dijo Dowser, con la mirada fija en el cuadro—. Me cuesta creer que vayas a obligarnos a «pujar» por esto. Es un pelín descarado, ¿no te parece?

—¿Preferiría usted que fuese totalmente franco, míster Dowser? —preguntó Winsting por toda respuesta—. ¿Le gustaría que expresase mi opinión a los cuatro vientos, sin tapujos? Págueme, y a cambio recibirá un año de votos favorables por mi parte en el Senado.

Dowser miró de reojo a los lados, como si temiera que los alguaciles pudieran irrumpir en la habitación de un momento a otro.

—¿Se ha fijado en los tonos de gris de esas mejillas? —preguntó Winsting, con una sonrisa—. Representan la naturaleza cenicienta de la vida en un mundo precatacéndrico, ¿humm? La mejor de mis obras hasta la fecha. ¿Tiene ya alguna oferta? ¿Para iniciar la subasta?

Dowser optó por no decir nada. Ya pujaría, tarde o temprano. Hasta el último de los presentes en la sala había dedicado semanas a hacerse de rogar antes de aceptar la invitación a este encuentro. La mitad de ellos eran señores del crimen, como Dowser. Los demás eran sus polos opuestos, lores y damas pertenecientes a las casas más nobles, aunque no por ello menos corruptos.

—¿No tienes miedo? —preguntó la mujer que acompañaba a Dowser, colgada de su brazo.

Winsting arrugó el entrecejo. No la reconocía. Cimbreña, de cortos cabellos dorados y grandes ojos que le conferían una expresión aniñada.

—¿Miedo, querida? —preguntó Winsting—. ¿De la gente de esta habitación?

—No. De que tu hermano descubra... a qué te dedicas.

—Me conoce perfectamente —replicó Winsting—. Te lo aseguro.

—El mismísimo hermano del gobernador —insistió la mujer— aceptando sobornos.

—Si en verdad te sorprende eso, querida, debes de haber vivido muy recluida. En este mercado se han vendido peces mucho más gordos que yo. Quizá te des cuenta cuando llegue la siguiente remesa.

Aquel comentario suscitó el interés de Dowser, pero Winsting se alejaba ya, sonriendo mientras veía girar los engranajes tras la mirada del hombre. «Sí —pensó Winsting—, acabo de insinuar que mi propio hermano podría ser susceptible de dejarse sobornar.» Quizás eso impulsaría a Dowser a pujar con más brío.

Winsting se acercó a un criado para seleccionar uno de los diminutos quiches de gambas que portaba en su bandeja.

—La acompañante de Dowser es una espía —susurró para Flog, que nunca se apartaba de su lado—. Quizás esté al servicio del alguacil.

—¡Mi señor! —se sobresaltó Flog—. Hemos comprobado hasta en dos ocasiones el historial de todos los asistentes.

—El de todos menos el suyo —insistió Winsting, aún en voz baja—. Me apostaría toda mi fortuna. Síguela al término de la reunión. Si se separa de Dowser, por el motivo que sea, asegúrate de que sufra un accidente.

—Sí, mi señor.

—Y, Flog, otra cosa —añadió Winsting—: procura ser eficiente. No quiero que pierdas el tiempo intentando encontrar un lugar donde la niebla no tenga ojos. ¿Entendido?

—Sí, mi señor.

—Excelente —dijo Winsting, sonriendo de oreja a oreja mientras encaminaba plácidamente sus pasos hacia donde lo esperaba lord Hugues Entrone, primo y confidente del gran señor con el que compartía apellido.

Dedicó una hora a socializar, y las pujas comenzaron a llegar de forma gradual. Algunos de los asistentes se mostraban reacios. Habrían preferido entrevistarse con él de uno en uno y transmitirle sus respectivas ofertas en la intimidad antes de regresar a los bajos fondos de Elendel.

Dowser no era el único al que incomodaba la falta de sutileza de Winsting. Señores del crimen y nobles por igual, estas eran la clase de personas que preferían soslayar los temas sin abordarlos de frente, sin decir a las claras lo que pensaban. Realizaron sus ofertas, no obstante, y sin racanear. Al término de la primera ronda de conversaciones, Winsting hubo de esforzarse por disimular la emoción que lo poseía. Se acabó el tener que depender de su hermano para obtener su sustento. Se acabó el tener que soportar la amenaza de que le cortaran el suministro como no redujera sus gastos. Si su hermano pudiera...

La detonación fue tan inesperada que, al principio, achacó el estruendo a que alguno de los criados debía de haber roto algo. Sin embargo, ninguna bandeja que se estrellara contra el suelo podría producir un estampido tan violento, tan brusco, tan... doloroso. Nunca antes había oído un disparo entre cuatro paredes; ignoraba el efecto tan desorientador que podía llegar a ejercer.

Se quedó boquiabierto. La bebida se escurrió entre sus dedos mientras intentaba encontrar el origen de la detonación. Se produjo otro disparo, y otro más. No tardó en estallar una tormenta de ellos; las distintas facciones comenzaron a atacarse entre ellas, envueltas en una cacofonía letal.

Sin darle tiempo a gritar para pedir ayuda, Flog lo agarró del brazo y tiró de él hacia las escaleras que descendían a la cámara de seguridad. Uno de sus guardaespaldas se desplomó, estrellándose contra la puerta que tenía ante él, con la mirada desorbitada fija en la sangre que le empapaba la camisa. La mancha dejó a Winsting hipnotizado, hasta que Flog logró ponerlo en marcha de nuevo y lo empujó en dirección al hueco de la escalera.

—¿Qué ocurre? —preguntó Winsting, al cabo, mientras otro de sus guardias cerraba la puerta de golpe tras ellos y giraba la llave en la cerradura. Apretaron el paso para bajar por el lóbrego pasadizo, iluminado por lámparas eléctricas espaciadas a intervalos regulares—. ¿Quién ha disparado? ¿¡Qué ha sucedido!?

—No hay forma de averiguarlo —respondió Flog. Sobre sus cabezas continuaban restallando las detonaciones—. Ha sido muy rápido.

—Alguien empezó a disparar —dijo uno de los guardaespaldas—. Quizá fuese Dowser.

—No, fue Darm —lo corrigió otro—. Oí un estampido procedente del grupo con el que estaba.

Fuera como fuese, era un desastre. Winsting vio que su fortuna agonizaba cubierta de sangre en el suelo. Le sobrevino una arcada cuando por fin llegaron al pie de las escaleras, que de­sembocaban en una puerta semejante a la de las cámaras acorazadas. Flog lo empujó al otro lado y dijo:

—Tengo que volver arriba, a ver si consigo solucionar algo. Averiguar quién ha sido el responsable.

Winsting asintió con la cabeza; cerraron la puerta y echaron la llave. Se sentó, dispuesto a esperar, atemorizado. La habitación, un búnker de pequeñas dimensiones, contaba con vino y otras comodidades, pero ahora no estaba de humor para ellas. Se retorció las manos. ¿Qué diría su hermano? ¡Herrumbres! ¿Qué iban a decir los periódicos? Tendría que silenciar lo ocurrido, aunque no sabía cómo.

Transcurridos unos instantes, alguien llamó a la puerta con los nudillos; cuando Winsting se asomó a la mirilla, vio a Flog. Tras él, un reducido equipo de guardaespaldas vigilaba el hueco de la escalera. El tiroteo de la planta superior había cesado ya, al parecer, aunque desde allí abajo los disparos no sonaban más que como suaves chasquidos.

Winsting abrió la puerta.

—¿Y bien?

—Han muerto todos.

—¿¡Todos!?

—Hasta el último de ellos —reiteró Flog mientras entraba en la cámara.

Winsting se quedó arrumbado en la silla.

—Quizá sea lo mejor —murmuró, buscando algún hilo de luz en todo eso—. Así nadie podrá incriminarnos. ¿No podríamos escaquearnos, sin más? ¿Ocultar nuestras huellas de alguna manera?

Difícil empresa. Este edificio era propiedad suya. Lo relacionarían con todas esas muertes. Necesitaba una coartada. Diablos, al final sí que iba a tener que acudir a su hermano. Esto le costaría el escaño, sin duda, aunque la población no se enterase nunca de lo que había ocurrido. Se recostó contra el respaldo de la silla, frustrado.

—¿Y bien? —preguntó—. ¿Tú qué opinas?

Unas manos hicieron presa en su pelo, por toda respuesta, tiraron de su cabeza hacia atrás y le rajaron la garganta expuesta, de oreja a oreja, con extraordinaria eficiencia.

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