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SYNCO

Jorge Baradit  

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Fragmento

Ops-room de Synco, Santiago de Chile, 1973.

«Synco fue un programa a cargo del británico Stafford Beer y los chilenos Fernando Flores y Raúl Espejo para convertir las empresas estatales en una red interconectada y coordinada en tiempo real desde un centro de operaciones llamado ops-room. El objetivo, convertir a Chile en el primer Estado cibernético de la historia, bajo una red que se adelantó en décadas a la internet como la conocemos.

El espacio de concentración de la información enviada por las empresas para la toma de decisiones (ops-room) fue diseñado por INTEC (Instituto de Investigaciones Tecnológicas de Chile), bajo la coordinación general del ingeniero Jorge Barrientos.

Los equipos de diseñadores industriales y gráficos estaban a cargo de Gui Bonsiepe; el primero conformado por Rodrigo Walker, Guillermo Capdevila, Alfonso Gómez, Guillermo Cintolesi, Fernando Shultz, Michel Weiss (Alemania), Wolfgang Eberhagen (Alemania) y Werner Zemp (Suiza), y el segundo por Pepa Foncea, Lucía Wormald, Eddy Carmona y Jessie Cintolesi.

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La sala era hexagonal y constaba de siete sillas giratorias, una pantalla llamada Futuro, un esquema del VSM (Viable System Model), pantallas de reportes de excepción en tiempo real y un Data Feed. Cada silla tenía en su brazo derecho un dispositivo de control interactivo que, a través de la combinación de sus botones (figuras geométricas), activaba órdenes de proyección en las pantallas según los requerimientos de los usuarios, optimizándose así la comunicación externa e interna.

Todo fue destruido después del golpe militar de septiembre de 1973.»

(www.cybersyn.cl)

Quiero implantar un sistema nervioso electrónico en la sociedad chilena.

Staffor Beer

1

Agosto de 1973

Santiago de Chile

En su sueño más recurrente también aparece Valparaíso.

El océano frente a la bahía se pone de pie con un bramido monstruoso y le escupe la palabra carne directamente al rostro. El pobre niño cae asfixiándose fuera de cuadro, rodando por los cerros de su recuerdo hasta el final de la escena. Desde su cabeza abierta mana rojo y espeso el ruido de una ambulancia que se acerca y lo arranca del ensueño a tirones, como se saca a un recién nacido desde el fondo del agua.

Entonces despierta.

Una ambulancia.

Despierta en Santiago de Chile, de regreso al peso de su cuerpo y a las temperaturas de la realidad. Está más viejo, ya no es un niño. En un segundo recordará que venía en auto desde su casa, medio segundo más tarde recordará que algo raro había ocurrido durante el trayecto, y tardará otra milésima más para que el control de daños lance un grito afilado desde su rodilla derecha.

Está en el suelo.

Hay voces reverberando dentro de su cráneo, los oídos tapados. Una ambulancia.

¿Olor a humo?

A nivel del suelo, donde tiene apoyado el rostro, ve piernas corriendo en todas direcciones, pavimento y chatarra. Restos de piezas metálicas. Un trozo de algo parecido a un espejo retrovisor brilla y le indica que el día está soleado. Recuerda vagamente otro día de mucha luz, cierta mañana en Pisagua.

El dolor en la rodilla lo está matando.

Intenta recordar mientras alguien, a veinte centímetros de su rostro, le grita algo que no entiende; la velocidad de las cosas está trastocada y todo parece transcurrir bajo el agua prístina de un arrecife de coral, llena de brillos y reflejos.

Sacude la cabeza y su memoria comienza a regresar pieza por pieza. Mira hacia un costado y ve rugir un auto en llamas a cinco metros de distancia. De pronto, todos los gritos cobran sentido, la ciudad reaparece, la realidad estalla en su conciencia con todos sus colores. En su brazo ve grados militares. Algo espantoso le viene a la memoria, algo que sube quemándole la columna vertebral.

«¡Lucía, Marco Antonio!», grita hacia el auto en llamas, sin escucharse. Todo regresa atropelladamente en su memoria inflamada. Recuerda quién es: se llama Augusto Pinochet Ugarte. Recuerda que se dirigía a una reunión, donde confirmarían su nombramiento como comandante en Jefe del Ejército de Chile, y que su mujer, Lucía, le había pedido acompañarlo junto a su hijo menor. Dos bomberos lo abrazan mientras intenta ponerse de pie; camina sollozando hacia las llamas, como un sonámbulo que gime y cubre el valle con sus gritos. Pero no son gritos, son ambulancias. Las ambulancias son la manera de llorar que tiene una ciudad.

Es 23 de julio de 1973, son las 8:30 de la mañana y una gruesa columna de humo negro se eleva desde el plano de la ciudad de Santiago.

En la intersección de las calles Providencia y Condell, un auto desfigurado yace como un animal hecho pedazos por algún depredador monstruoso, envuelto en llamas y con los restos calcinados de una mujer y un niño atrapados entre sus costillas metálicas. Sacrificio humeante, rogativa por un mundo que se desmorona.

Un hombre también se derrumba esa mañana: con el rostro desfigurado, se hinca durante largos minutos junto a los fierros ennegrecidos de su propio corazón.

Portada del diario Clarín, 11 de septiembre de 1973.

Inauguración de Synco. El Siglo, 21 de diciembre de 1973.

2

Jueves 6 de septiembre de 1979

10:30 AM

«Se ruega a todos los pasajeros enderezar sus asientos, fijar sus bandejas y ajustar su cinturón de seguridad. En unos instantes iniciaremos el descenso sobre el Aeropuerto Internacional Poeta Pablo Neruda de Santiago.»

—Casi llegamos y todavía no entiendo muy bien lo que me estás contando —le susurró el delegado sin mirarla a la cara.

Martina hizo una mueca de profunda molestia, apretó las mandíbulas y miró al hombre a los ojos.

—Lo encontré muerto, ¿okey? ¡Entré en su habitación y estaba muerto! —dijo contrariada, levantando la voz—. ¡Yo tuve que recoger a mi padre del suelo y limpiarle la sangre con mis propias manos mientras llegaban los médicos!

El hombre tragó saliva y miró de reojo al resto de los pasajeros.

—No fue mi intención molestarte —dijo en voz baja—. Solo quería conocerte un poco más y...

—¡Es que sí me molestái! —exclamó Martina, disparando su acento chileno desde el centro de algún recuerdo muy visceral.

Luego suspiró mirando hacia la ventanilla y dejó que el rumor del avión llenara lentamente el silencio entre ambos.

En esos momentos todos miraban hacia afuera, deseosos de sorprenderse con Santiago de Chile, la capital más lejana del mundo, en el país más escondido de todos, donde un milagro había ocurrido. La sensación de descubrimiento y de aventura que llenaba las miradas de los turistas agolpándose junto a las minúsculas y rayadas ventanillas del Tupolev de fabricación soviética la terminó de hartar. Ella no venía por simple curiosidad, ella no era otro turista más. Martina era una chilena que regresaba. No sabía exactamente a qué. ¿Se puede regresar a un nebuloso recuerdo hecho de fragmentos inconexos? Fue el 6 de septiembre de 1970. Había ganado la izquierda y don Eugenio Aguablanca, general de Ejército de brillante carrera, pedía sorpresivamente su baja y abandonaba el país con su única hija. No iba a quedarse a ver cómo la UP incendiaba el país, según sus propias palabras. Él iba a proteger a su hija. Martina tenía quince años entonces, no tenía idea de dónde quedaba Venezuela y no entendía por qué debía abandonarlo todo por culpa de un tipo de apellido Allende.

«Señores pasajeros, si miran a su izquierda podrán apreciar la majestuosa cordillera de los Andes enmarcando la capital de Chile. A su derecha, los valles que han hecho famosa la fruta chilena más allá de sus fronteras.»

—No sabía..., es decir...

—Mira, yo vengo contigo porque el gobierno nos puso en el mismo vuelo. Si crees que vamos a jugar a las casitas durante estos días, mejor anda buscando otra amiguita porque a mí no me vas a ver ni la cola, ¿me escuchaste?

«Martina», pensó el delegado. Le habían advertido de su carácter, así que giró el rostro y le hizo una mueca de desagrado a otro de los funcionarios venezolanos, sentado dos filas más atrás.

Desde que su padre la había dejado «viuda», como ella decía, un año atrás, la necesidad de volver había crecido dolorosamente en su interior. Quería ver Santiago de nuevo, y quizá de esa manera podría verlo a él también otra vez, sentado en un banco del Parque Forestal o almorzando con sus amigos en un restaurante de Providencia. O en la casa de la calle Condell, donde habían tomado esas fotos de colores desteñidos y casi fuera de foco donde salían abrazados. Por eso volvía, para verlo nuevamente y entender aunque fuera un poco la extraña locura de sus últimos días.

Cuando le propusieron integrar la delegación venezolana que viajaría a Santiago de Chile, casi saltó de su asiento para aceptar. «Asistirás a los actos de celebración por la reelección de Salvador Allende. Te entrevistarás con el ministro de Nuevas Tecnologías, Fernando Flores, y otros personeros. Queremos saber más acerca de Synco; nos interesa estudiar la posibilidad de ejecutar algo semejante en nuestro país», le habían dicho solemnemente. Su jefe, un viejo socialista, testigo del increíble renacimiento de un Chile sumido en el más absoluto de los desórdenes, siempre les decía, refiriéndose al compañero Allende y a Synco, su proyecto estrella: «No lo creerán hasta que lo vean». El compañero Allende. El mismo que la sacó del país la traía de regreso.

«Señores pasajeros, estamos a minutos de aterrizar en territorio chileno. Son las 10:34 a.m. y la temperatura sobre la ciudad de Santiago es de catorce grados Celsius. Para hoy se espera un día cubierto de nubes y unos gratos veintidós grados de temperatura máxima.»

Martina Aguablanca, periodista, veintitrés años, miembro de número del partido socialista caraqueño, empleada menor de una oscura repartición del Departamento de Tecnología y Energía del Ministerio del Interior venezolano.

—¿Por qué crees que me eligieron a mí para ir a Chile, Marcelita? —le preguntó a su mejor amiga el día antes de salir de Venezuela.

—¡Pero qué pregunta, chica! Porque tu papá conocía a la mitad de los tipos que ahora gobiernan.

—Era amigo del general Pinochet también.

—¿En serio?

—Dicen que, si no se hubiera venido a Venezuela, él habría estado al mando en 1973. Voy a ir a ver a Pinochet incluso. ¿Quieres su autógrafo?

—No te creo nada, chilena mentirosa —le respondió riendo su amiga antes de despedirse con un sonoro beso y colgar el teléfono.

«Señores pasajeros, de acuerdo a la legislación chilena, la torre de Santiago tomará el control de nuestro avión a través de un sistema remoto de navegación por ondas de radio. Se trata de un procedimiento de seguridad normal en este aeropuerto, que hace del aterrizaje un proceso mucho más seguro para todos.»

—Empezaron las sorpresas, compañera —dijo el delegado sin mirarla, con una sonrisa en los labios.

El aterrizaje fue muy suave. Cuando el Tupolev finalmente se detuvo, todos comenzaron a salir con apuro del avión. Martina prefirió esperar en silencio. Quería disfrutar nítidamente el momento. Respiró hondo y tomó su equipaje de mano. Una niña de quince años se levantó del asiento y fue creciendo a cada paso que daba hacia la salida. Atravesó el umbral del avión encandilada. El aire fresco de septiembre le llegó de costado, moviendo como una bandera su pelo rojo, «largo como pena de viuda», decía su tía Clara. La cordillera y los cerros de Colina, al norte de la ciudad, estaban a la vista. Respiró hondo y cerró los ojos con suavidad.

«No siento absolutamente nada», pensó decepcionada.

No hubo encuadre dramático ni fanfarria emotiva, solo una brisa leve, los cerros resecos por el sol y nadie esperándola en las terrazas del pequeño aeropuerto de la última capital del planeta. Omnipresente, el logo de Synco: un círculo rojo con ocho líneas radiales rematadas en círculos más pequeños. Omnipresentes los afiches y las fotografías de propaganda con frases y rostros desconocidos.

Venía a celebrar el éxito del primer gobierno socialista en Chile, pero también a reconocer el país de su padre, el país que se lo devolvió hecho un guiñapo humano, asustado, irreconocible. Todos celebraban, ella guardaba una piedra en lugar de corazón.

Cruzó la losa casi con sospecha. «Regresar es un verbo mentiroso. Uno siempre llega por primera vez.»

—Buenos días, compañera... de la hermana República de Venezuela. A nombre del compañero Presidente y del pueblo chileno, le damos la bienvenida a nuestro país —le dijo el oficial de policía internacional con una sonrisa llena de dientes amarillentos.

Las cabinas de inmigración estaban construidas en madera y metal. Gruesos cables salían desde el techo hacia unas tuberías que recorrían todo el edificio. En su interior, dos televisores Motorola sin sus cajas se inclinaban sobre el operario, que repasaba las fotos y los datos de quienes ingresaban. A su lado, en una ranura, se insertaban las tarjetas de los pasajeros y solo un par de minutos después, en las pantallas, se desplegaban unos cartones rotulados a plumón con sus antecedentes completos y la autorización de ingreso. Los sistemas de clasificación y entrega de equipaje también estaban completamente automatizados. Los subterráneos estaban llenos de operarios y calígrafos que rápidamente generaban los cartones que se dispondrían frente a enormes cámaras de televisión Hasselblad, donadas por la RDA.

Tras retirar su maleta y dirigirse al exterior, Martina se reunió con el resto de la delegación, una banda de políticos que con suerte se dignaría a dirigirle la palabra; ni pensar en compartir con ellos. Cumpliría con su parte en los actos oficiales, se entrevistaría con Flores, los demás y, luego, haría su vida. Se despidió de cada uno con los besos de rigor y les prometió visitas que nunca haría.

—¡Taxi! —gritó.

Apareció un pesado Chevrolet con un extraño aparato negro erizado de antenas sobre el techo.

—Al Hotel Carrera, por favor.

—Cómo no, compañera —dijo el taxista con entusiasmo. Martina supo que iba a terminar odiando la palabrita esa—. Tan solita que anda. ¿Nadie la vino a buscar?

Martina quiso eludir ese diálogo.

—¿Qué es todo esto de aquí atrás? —preguntó al ver un pesado equipo de radioaficionado conectado por cables a una pequeña pantalla.

—Es una t-Syn, compañera.

—...

—Significa «terminal Synco», y es parte del equipo obligatorio de todo taxista en Chile —agregó el hombre con cierto orgullo—. No se preocupe si no lo entiende; la verdad, yo tampoco entiendo mucho, pero es parte de lo que el gobierno del pueblo hace por nosotros, para que seamos personas bien informadas y mejores socialistas —concluyó, con el convencimiento que dan las frases aprendidas de memoria.

Martina sonrió mirando hacia las primeras casas que aparecían por los costados de la carretera, todas rematadas con el mismo equipo negro lleno de antenas. Se veían fantasmales. Era extraño, no parecían estar ahí. ¿Una terminal en un taxi? Quizá sí era cierto todo lo que le habían contado. Su admiración por la Unidad Popular solo se igualaba al temor a desencantarse una vez que la conociera de cerca.

La brisa entraba por la ventanilla. «Avanzar sin transar», rezaba una valla caminera con el rostro de Allende. Se sentía extraña en medio de esa geografía tan diferente, tan seca, tan pobre. Chile parecía áspero comparado con la exhuberancia venezolana, aunque la brisa lo arreglaba un poco. «La brisa de septiembre en Chile es lo mejor del mundo», le decía su padre en esas tardes de humedad insoportable de Caracas. ¿Y si todo fuera cierto, papá?

—¿Qué la trae por Chile, compañera?

—Las celebraciones por la reelección de Allende —contestó con indiferencia.

El taxista se rió con extraños sonidos que despertaron a Martina de su letargo.

—¡Le sacamos la cresta a la DC...! Estaban bien locos si pensaban que iban a ganarle a Allende. Frei casi se murió cuando el compañero Presidente aceptó ir a la reelección. Ahí supieron al tiro que no tenían ná que hacer —reía entre extraños rugidos—. Creían que la gente se iba a olvidar de que ellos anduvieron apoyando el golpe del 73. Creen que la gente es tonta...

—¿Allende no iba a la reelección?

—No, poh. Pero una concentración de trescientas mil personas convence a cualquiera, ¿no cree usted?

—Lo quieren mucho, ¿no es cierto?

El taxi ...