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SYNCO

Jorge Baradit

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Fragmento

2

Jueves 6 de septiembre de 1979

10:30 AM

«Se ruega a todos los pasajeros enderezar sus asientos, fijar sus bandejas y ajustar su cinturón de seguridad. En unos instantes iniciaremos el descenso sobre el Aeropuerto Internacional Poeta Pablo Neruda de Santiago.»

—Casi llegamos y todavía no entiendo muy bien lo que me estás contando —le susurró el delegado sin mirarla a la cara.

Martina hizo una mueca de profunda molestia, apretó las mandíbulas y miró al hombre a los ojos.

—Lo encontré muerto, ¿okey? ¡Entré en su habitación y estaba muerto! —dijo contrariada, levantando la voz—. ¡Yo tuve que recoger a mi padre del suelo y limpiarle la sangre con mis propias manos mientras llegaban los médicos!

El hombre tragó saliva y miró de reojo al resto de los pasajeros.

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—No fue mi intención molestarte —dijo en voz baja—. Solo quería conocerte un poco más y...

—¡Es que sí me molestái! —exclamó Martina, disparando su acento chileno desde el centro de algún recuerdo muy visceral.

Luego suspiró mirando hacia la ventanilla y dejó que el rumor del avión llenara lentamente el silencio entre ambos.

En esos momentos todos miraban hacia afuera, deseosos de sorprenderse con Santiago de Chile, la capital más lejana del mundo, en el país más escondido de todos, donde un milagro había ocurrido. La sensación de descubrimiento y de aventura que llenaba las miradas de los turistas agolpándose junto a las minúsculas y rayadas ventanillas del Tupolev de fabricación soviética la terminó de hartar. Ella no venía por simple curiosidad, ella no era otro turista más. Martina era una chilena que regresaba. No sabía exactamente a qué. ¿Se puede regresar a un nebuloso recuerdo hecho de fragmentos inconexos? Fue el 6 de septiembre de 1970. Había ganado la izquierda y don Eugenio Aguablanca, general de Ejército de brillante carrera, pedía sorpresivamente su baja y abandonaba el país con su única hija. No iba a quedarse a ver cómo la UP incendiaba el país, según sus propias palabras. Él iba a proteger a su hija. Martina tenía quince años entonces, no tenía idea de dónde quedaba Venezuela y no entendía por qué debía abandonarlo todo por culpa de un tipo de apellido Allende.

«Señores pasajeros, si miran a su izquierda podrán apreciar la majestuosa cordillera de los Andes enmarcando la capital de Chile. A su derecha, los valles que han hecho famosa la fruta chilena más allá de sus fronteras.»

—No sabía..., es decir...

—Mira, yo vengo contigo porque el gobierno nos puso en el mismo vuelo. Si crees que vamos a jugar a las casitas durante estos días, mejor anda buscando otra amiguita porque a mí no me vas a ver ni la cola, ¿me escuchaste?

«Martina», pensó el delegado. Le habían advertido de su carácter, así que giró el rostro y le hizo una mueca de desagrado a otro de los funcionarios venezolanos, sentado dos filas más atrás.

Desde que su padre la había dejado «viuda», como ella decía, un año atrás, la necesidad de volver había crecido dolorosamente en su interior. Quería ver Santiago de nuevo, y quizá de esa manera podría verlo a él también otra vez, sentado en un banco del Parque Forestal o almorzando con sus amigos en un restaurante de Providencia. O en la casa de la calle Condell, donde habían tomado esas fotos de colores desteñidos y casi fuera de foco donde salían abrazados. Por eso volvía, para verlo nuevamente y entender aunque fuera un poco la extraña locura de sus últimos días.

Cuando le propusieron integrar la delegación venezolana que viajaría a Santiago de Chile, casi saltó de su asiento para aceptar. «Asistirás a los actos de celebración por la reelección de Salvador Allende. Te entrevistarás con el ministro de Nuevas Tecnologías, Fernando Flores, y otros personeros. Queremos saber más acerca de Synco; nos interesa estudiar la posibilidad de ejecutar algo semejante en nuestro país», le habían dicho solemnemente. Su jefe, un viejo socialista, testigo del increíble renacimiento de un Chile sumido en el más absoluto de los desórdenes, siempre les decía, refiriéndose al compañero Allende y a Synco, su proyecto estrella: «No lo creerán hasta que lo vean». El compañero Allende. El mismo que la sacó del país la traía de regreso.

«Señores pasajeros, estamos a minutos de aterrizar en territorio chileno. Son las 10:34 a.m. y la temperatura sobre la ciudad de Santiago es de catorce grados Celsius. Para hoy se espera un día cubierto de nubes y unos gratos veintidós grados de temperatura máxima.»

Martina Aguablanca, periodista, veintitrés años, miembro de número del partido socialista caraqueño, empleada menor de una oscura repartición del Departamento de Tecnología y Energía del Ministerio del Interior venezolano.

—¿Por qué crees que me eligieron a mí para ir a Chile, Marcelita? —le preguntó a su mejor amiga el día antes de salir de Venezuela.

—¡Pero qué pregunta, chica! Porque tu papá conocía a la mitad de los tipos que ahora gobiernan.

—Era amigo del general Pinochet también.

—¿En serio?

—Dicen que, si no se hubiera venido a Venezuela, él habría estado al mando en 1973. Voy a ir a ver a Pinochet incluso. ¿Quieres su autógrafo?

—No te creo nada, chilena mentirosa —le respondió riendo su amiga antes de despedirse con un sonoro beso y colgar el teléfono.

«Señores pasajeros, de acuerdo a la legislación chilena, la torre de Santiago tomará el control de nuestro avión a través de un sistema remoto de navegación por ondas de radio. Se trata de un procedimiento de seguridad normal en este aeropuerto, que hace del aterrizaje un proceso mucho más seguro para todos.»

—Empezaron las sorpresas, compañera —dijo el delegado sin mirarla, con una sonrisa en los labios.

El aterrizaje fue muy suave. Cuando el Tupolev finalmente se detuvo, todos comenzaron a salir con apuro del avión. Martina prefirió esperar en silencio. Quería disfrutar nítidamente el momento. Respiró hondo y tomó su equipaje de mano. Una niña de quince años se levantó del asiento y fue creciendo a cada paso que daba hacia la salida. Atravesó el umbral del avión encandilada. El aire fresco de septiembre le llegó de costado, moviendo como una bandera su pelo rojo, «largo como pena de viuda», decía su tía Clara. La cordillera y los cerros de Colina, al norte de la ciudad, estaban a la vista. Respiró hondo y cerró los ojos con suavidad.

«No siento absolutamente nada», pensó decepcionada.

No hubo encuadre dramático ni fanfarria emotiva, solo una brisa leve, los cerros resecos por el sol y nadie esperándola en las terrazas del pequeño aeropuerto de la última capital del planeta. Omnipresente, el logo de Synco: un círculo rojo con ocho líneas radiales rematadas en círculos más pequeños. Omnipresentes los afiches y las fotografías de propaganda con frases y rostros desconocidos.

Venía a celebrar el éxito del primer gobierno socialista en Chile, pero también a reconocer el país de su padre, el país que se lo devolvió hecho un guiñapo humano, asustado, irreconocible. Todos celebraban, ella guardaba una piedra en lugar de corazón.

Cruzó la losa casi con sospecha. «Regresar es un verbo mentiroso. Uno siempre llega por primera vez.»

—Buenos días, compañera... de la hermana República de Venezuela. A nombre del compañero Presidente y del pueblo chileno, le damos la bienvenida a nuestro país —le dijo el oficial de policía internacional con una sonrisa llena de dientes amarillentos.

Las cabinas de inmigración estaban construidas en madera y metal. Gruesos cables salían desde el techo hacia unas tuberías que recorrían todo el edificio. En su interior, dos televisores Motorola sin sus cajas se inclinaban sobre el operario, que repasaba las fotos y los datos de quienes ingresaban. A su lado, en una ranura, se insertaban las tarjetas de los pasajeros y solo un par de minutos después, en las pantallas, se desplegaban unos cartones rotulados a plumón con sus antecedentes completos y la autorización de ingreso. Los sistemas de clasificación y entrega de equipaje también estaban completamente automatizados. Los subterráneos estaban llenos de operarios y calígrafos que rápidamente generaban los cartones que se dispondrían frente a enormes cámaras de televisión Hasselblad, donadas por la RDA.

Tras retirar su maleta y dirigirse al exterior, Martina se reunió con el resto de la delegación, una banda de políticos que con suerte se dignaría a dirigirle la palabra; ni pensar en compartir con ellos. Cumpliría con su parte en los actos oficiales, se entrevistaría con Flores, los demás y, luego, haría su vida. Se despidió de cada uno con los besos de rigor y les prometió visitas que nunca haría.

—¡Taxi! —gritó.

Apareció un pesado Chevrolet con un extraño aparato negro erizado de antenas sobre el techo.

—Al Hotel Carrera, por favor.

—Cómo no, compañera —dijo el taxista con entusiasmo. Martina supo que iba a terminar odiando la palabrita esa—. Tan solita que anda. ¿Nadie la vino a buscar?

Martina quiso eludir ese diálogo.

—¿Qué es todo esto de aquí atrás? —preguntó al ver un pesado equipo de radioaficionado conectado por cables a una pequeña pantalla.

—Es una t-Syn, compañera.

—...

—Significa «terminal Synco», y es parte del equipo obligatorio de todo taxista en Chile —agregó el hombre con cierto orgullo—. No se preocupe si no lo entiende; la verdad, yo tampoco entiendo mucho, pero es parte de lo que el gobierno del pueblo hace por nosotros, para que seamos personas bien informadas y mejores socialistas —concluyó, con el convencimiento que dan las frases aprendidas de memoria.

Martina sonrió mirando hacia las primeras casas que aparecían por los costados de la carretera, todas rematadas con el mismo equipo negro lleno de antenas. Se veían fantasmales. Era extraño, no parecían estar ahí. ¿Una terminal en un taxi? Quizá sí era cierto todo lo que le habían contado. Su admiración por la Unidad Popular solo se igualaba al temor a desencantarse una vez que la conociera de cerca.

La brisa entraba por la ventanilla. «Avanzar sin transar», rezaba una valla caminera con el rostro de Allende. Se sentía extraña en medio de esa geografía tan diferente, tan seca, tan pobre. Chile parecía áspero comparado con la exhuberancia venezolana, aunque la brisa lo arreglaba un poco. «La brisa de septiembre en Chile es lo mejor del mundo», le decía su padre en esas tardes de humedad insoportable de Caracas. ¿Y si todo fuera cierto, papá?

—¿Qué la trae por Chile, compañera?

—Las celebraciones por la reelección de Allende —contestó con indiferencia.

El taxista se rió con extraños sonidos que despertaron a Martina de su letargo.

—¡Le sacamos la cresta a la DC...! Estaban bien locos si pensaban que iban a ganarle a Allende. Frei casi se murió cuando el compañero Presidente aceptó ir a la reelección. Ahí supieron al tiro que no tenían ná que hacer —reía entre extraños rugidos—. Creían que la gente se iba a olvidar de que ellos anduvieron apoyando el golpe del 73. Creen que la gente es tonta...

—¿Allende no iba a la reelección?

—No, poh. Pero una concentración de trescientas mil personas convence a cualquiera, ¿no cree usted?

—Lo quieren mucho, ¿no es cierto?

El taxista se enderezó en el asiento, carraspeó y sacó su voz más solemne.

—El compañero Presidente es como nuestro padre; nuestro guía, como se dice. Él nos defendió metralleta en mano y no reculó, como esos otros que se arrancaron para Argentina. El compañero Presidente salvó al país de caer en manos de los fascistas y nos dio dignidad. Viera usted cómo aplaudían a la selección chilena en el mundial de Alemania; «los futbolistas de Allende», decían todos, y los aplaudían y los llevaban para todos lados. Eso no se olvida, compañera. Si hasta me emociono cuando pienso en todo lo que vivimos con él.

—¿Él salvó al país, dice usted?

—Sí, poh. Él solito, muñequeando por aquí y por allá. Sacando a los golpistas de una oreja. Buen ojo tuvo para nombrar a Pinochet. Buen ojo para fusilar a los momios extremistas —dijo casi en un susurro, y Martina sonrió al escuchar el término—. Buen ojo para traer a Flores y a esos gringos girosintornillos también. A mí me dieron este taxi y lo trabajo para darme mis gustos, porque la UP me da todo lo que necesito; y tengo a mi cabro estudiando ingeniería en la Universidad de Chile, y no pago niuno. Él quiere trabajar en Synco cuando salga. Lo que tengo que hacer es ser buen socialista y manejar bien el taxi, cuidarlo y hacer que la gente viaje feliz; eso no más me piden.

—Al menos yo estoy feliz —dijo Martina, y se le escapó una risa nerviosa que anunciaba que sus miedos comenzaban a retirarse y que, tal vez, podría disfrutar del sueño que vino a soñar. A lo mejor su padre estaba equivocado. Quizá el milagro chileno era real. Quizá no debía ser tan desconfiada.

—Eso es lo principal, compañera. A las finales, la felicidad es lo que importa —concluyó el taxista mientras encendía la radio.

Sonaron los Rolling Stones, «Simpathy for the devil». Martina la reconoció y volvió a reír.

—¡Chucha, los imperialistas! —exclamó el taxista, y cambió de sintonía con una risita cómica.

El taxi avanza raudo por la carretera y se adentra en la ciudad del mito, la capital del sur del mundo donde finalmente la utopía parece haber funcionado. Son las 11:30 de la mañana y el sol cae oblicuo sobre la cordillera, que, por efecto de la luz, parece una ola gigantesca y congelada esperando caer de golpe sobre Santiago de Chile.

3

—Es bien pequeño, ¿no es cierto? —dice Martina mirando el Palacio de La Moneda por la ventana.

El mozo que arregla su equipaje la mira de reojo.

—¿Usted cree?

—Siempre me pasa lo mismo —continúa la joven mientras se aleja de la ventana y arroja una bufanda sobre la cama—. Los fotógrafos les hacen un flaco favor a los monumentos. Los enfocan desde abajo, los hacen aparecer enormes, eligen la luz y el día perfectos. Y cuando uno finalmente llega, el día está nublado, estás muerto de hambre y el asunto es claramente más pequeño que en la foto de la enciclopedia, o lo que es peor, descubres que ya conoces todos los detalles y que no hay nada más que ver, como si el verdadero monumento estuviera en la imagen, no en la realidad.

—Nunca lo había pensado —agrega el botones, un tanto nervioso.

—Te voy a ahorrar mucha plata, pana —dice la mujer—. Resulta que la Mona Lisa es un cuadro de mierda diminuto, la Estatua de la Libertad es pequeñísima, el David es un cabezón horrible a metros de altura, y la famosa Última Cena no es más que un manchón descascarado que apenas se distingue.

El mozo espera en la puerta sin saber qué acotar. Martina vuelve a mirar por la ventana.

—¿Por dónde pasaron los jets el 73?

—¿Perdone usted?

—Los jets, cuando fue el intento de golpe de Estado, ¿por dónde pasaron? ¿Es cierto que sobrevolaron La Moneda para saludar al Presidente?

—La verdad, yo soy de Loncoche y no sé mucho de esas cosas, señorita —dice el joven, al borde de la fuga—. Además, yo era muy chico cuando pasó todo eso.

Martina intenta reproducir el recorrido de los aviones con la mirada.

—Es bien chico el famoso Palacio, la pura verdad —gira hacia la puerta, pero el mozo ya no está.

«Los chilenos son tan poco sociables», piensa con desgano, pero algo llama su atención en la pared. Un armario demasiado largo empotrado en un tabique demasiado ancho. Se acerca y distingue una pequeña placa junto a las manillas: «Terminal personal Synco. Gobierno de Chile». Toma las manillas de bronce y loza y abre las puertas del armario. Una parafernalia horrible de cables, pantallas desnudas y teclados desgastados parece venírsele encima. Un enorme switch junto a una ampolleta de cuarenta watts pintada de rojo indica que el t-Syn de esta habitación está apagado. Martina mira con algo de rechazo la combinación de texturas y colores que se adhieren a la pared sin orden ni concierto y cierra las puertas con gesto agrio. Es lo más parecido al interior de una máquina del tiempo de utilería, piensa. Se acerca al teléfono del velador y pide una llamada mientras se sacude las manos como si hubiera tocado artefactos antiguos y llenos de polvo.

—Con la Embajada de Venezuela, por favor. Sí, con el secretario Arsenio Enrieta.

Mientras espera, abre su portafolios, saca una carpeta rotulada y deja a un costado la pistola Browning que siempre carga en el bolso; su padre le había enseñado a usarla a los doce años, antes de saber siquiera lo que era un lápiz labial. El título de la carpeta era más que directo: «Pacificación de Chile. Análisis del renacimiento de una sociedad en crisis tras un intento de golpe de Estado».

—¿Arsenio? ¡Cómo estás, demonio caribeño! —saluda—. ¿Es cierto que las chilenas son fáciles? Porque no me explico de otro modo que alguien tan feo lleve tres años en este país tan frío, pana...

Martina ríe, acercándose a la ventana nuevamente.

—Si sé que soy chilena, qué quieres que haga, nadie es perfecto. Escúchame, chico, ¿pudiste conseguirme esa entrevista que te pedí? ¿Le dijiste que era hija de Eugenio Aguablanca? Mañana comienzan las actividades oficiales y..., okey, okey. Sabía que no me ibas a fallar, negrito lindo. Dame todos los datos.

Martina está feliz; finalmente se enfrentaría cara a cara con uno de sus héroes personales. Se le consideraba una mujer fuerte, madura y determinada para su corta edad, pero después de colgar el teléfono salta sobre la cama pataleando y conteniendo un grito de júbilo, igual que una niña. Luego se ríe unos segundos de ella misma y se va a tomar una ducha. Ya es más de mediodía y a las tres de la tarde en punto debe estar en la comuna de Ñuñoa para entrevistar a Augusto Pinochet, general en retiro y, en su opinión, el héroe secreto del éxito chileno. El gobierno venezolano consideraba parte importante de su misión entender la sorprendente estabilización de la democracia chilena. Comprender el fenómeno de Synco es entender el contexto que permitió su florecimiento. Pinochet, está segura, es el hombre indicado para explicar el milagro.

El sol brilla sobre Santiago.

4

A esa misma hora, en otro lugar de la ciudad, y en medio de una oscuridad absoluta, Carlos Altamirano abrió su único ojo en buenas condiciones y estiró la mano derecha para encender el vocalizador. Movió un interruptor y la sala se iluminó. El silbido de fuelles y máquinas de ventilación aumentó imperceptiblemente el ruido de la sala de suspensión vital clandestina en la que permanecía oculto, enterrado vivo, desde hacía ya tantos años.

«Martín...», sonó en el vocalizador, y una turba de niños entró en la sala de ladrillo, más parecida al subterráneo de una bodega portuaria que a la sala de un hospital.

—Dígame, tío Carlos —respondió el mayor, un muchacho de catorce años, vestido, al igual que todos, con una bata blanca y un cinturón de cuero que albergaba instrumental médico y mecánico.

—Quiero despertar.

El pequeño ejército de niños, adiestrado a la perfección, se repartió entre los cajones, las poleas, las extensiones mecánicas de la cama y los delicados equipos de suspensión distribuidos por todo el perímetro de la sala. Chapoteaban en la humedad que resbalaba por las paredes: la asepsia no parecía ser una preocupación para estos enanos febriles que ajustaban mecanismos con llaves de tuercas y delicadas pinzas de cirujano. Abrieron llaves e inyectaron químicos en las cánulas que desembocaban en el mueble de diálisis, un monstruo de madera del tamaño de una habitación. Desde afuera, un menor que observaba las pantallas y los teletipos, que imprimían los signos vitales en gráficos de punto, gritó un número y todo se detuvo. Los niños acezaban, los fuelles volvieron a funcionar y Carlos Altamirano emitió un largo suspiro de alivio antes de levantar un brazo y hacer una mueca parecida a una sonrisa.

—Gracias, niños —vocalizó—. Llamen a Gabriel. Tenemos solo una semana y demasiadas cosas que preparar.

5

El reloj de pared lo decía claramente: 2:15 p.m. Martina saltó como un resorte de la cama, donde había dormido la siesta más involuntaria del último tiempo. Llamó asustada a recepción, consultando si aún estaba a tiempo de llegar a la dirección que le habían entregado. Le respondieron que todo estaba bien y que si pedía un taxi estaría sin problemas a las tres de la tarde en Ñuñoa.

—¿Yo pido el taxi? —preguntó, extrañada.

—Por supuesto, compañera. Para eso es la t-Syn de su habitación. Los servicios externos los pide usted. Es más eficiente de esa manera. Le ruego consulte los manuales antes de operarla. Si tiene cualquier problema llame y le enviaremos a un especialista de sistemas que la guiará. Muchas gracias.

Martina se quedó unos segundos con el auricular en la mano mirando hacia las puertas del armario. «T-Syn, qué nombre más feo», pensó antes de suspirar y dirigirse resignada a ellas. Tomó las manillas y descorrió las hojas; una pieza de metal fue activando interruptores de luz que iluminaron el muro de cables, televisores, switches y placas apernadas de la t-Syn gubernamental, la ventana hacia un algo que todavía era leyenda en los seminarios internacionales de tecnología a los que ella asistía: computadores personales con acceso a fuentes de datos interconectadas vía redes telefónicas, transmisiones de radio de onda corta y teletipos. Martina tenía una de esas maravillas enfrente, una de las mil caras visibles de Synco, el leviatán oculto bajo Santiago de Chile, que dormía su sueño de tarjetas perforadas y números binarios, respirando calor, alimentado y protegido por enjambres de seres humanos, latiendo su corazón de palancas, vapor y correas transportadoras, extendiendo antenas, venas de plástico y sangre de cobre entre la arquitectura anticuada de la capital del fin del mundo. Ante ella, el ojo dormido de Synco, el espíritu mecánico del Chile socialista. Y lo iba a utilizar para pedir un taxi. No pudo evitar una sonrisa.

El manual de instrucciones parecía la guía telefónica de Ciudad de México, gigante y confuso. Martina fue directo al ítem «Solicitud de servicios urbanos» y, tras un par de minutos de lectura, acercó una silla y ubicó la «interface hombre-máquina», como llamaba el instructivo al viejo teclado adaptado de una máquina de escribir Underwood, que se sacaba como un cajón desde más o menos el centro de toda la parafernalia. Tecleó la instrucción según el código indicado (todas las instrucciones comenzaban con el prefijo CCC, Compañía Chilena de Cibernética), sacó las tarjetas perforadas y las introdujo una por una en una ranura lateral. «¡Qué se requerirá para pedir algo más complejo!», se dijo con ironía.

Para su sorpresa, dos minutos después de la operación sonó el teléfono de la habitación para informarle que había un móvil de Taxis Nacionales esperándola en la puerta del hotel.

—Buenas tardes, compañera —saludó el taxista con el mismo tono entusiasta del anterior—. A Ñuñoa los pasajes.

Martina sonrió, impresionada por la eficiencia del servicio, y se recostó en el amplio asiento trasero. El móvil también contaba con una t-Syn activada por una radio de onda corta. El taxista le comentó que funcionaba con un computador remoto ubicado en el interior del cerro San Cristóbal. Uno hacía las consultas a través de la radio y un funcionario operaba una t-Syn física y traspasaba la información de regreso a través del mismo medio. Luego, una impresora portátil pequeña, que ocupaba todo el maletero del automóvil, imprimía pequeños rollos de papel con los resultados en matriz de punto.

—Sorprendente —afirmó la mujer.

—Así es todo ahora, compañera. Gracias al gobierno del pueblo, ahora todo es como de película en Chile.

El taxista parecía feliz, la ciudad se veía feliz; quizá demasiado llena de cajas negras y antenas por todos lados, pero radiante. El vehículo hizo un giro y bordeó el cerro Santa Lucía. Cruzó la Alameda y entró en las comunas residenciales de Santiago. Cada cierto tramo edificios platinados casi sin ventanas aparecían entre las casas, como cubos caídos del cielo, mudos y resplandecientes.

—¿Prendo la radio?

—¿Perdone usted?

—La radio —dijo el taxista, apuntando hacia el receptor.

—Por favor, por mí no hay problema.

Acordes desconocidos de flautas y zampoñas llenaron la cabina. Frases acerca de los obreros, la revolución y el poder de la raza chilena surgían entre los instrumentos y el tarareo monocorde del chofer. Afuera, los paisajes urbanos pronto dieron paso a casas de dos pisos, parques y calles flanqueadas por árboles; a las personas de a pie, los perros y las bicicletas. La gente se veía alegre, la ciudad se sentía segura, bien mantenida y ordenada. A Martina le costaba asociar este panorama con el que describían su padre y la gente que había vivido los años terribles, antes del milagro de 1973, en el país que la había visto nacer.

—Usted no es de acá, ¿cierto?

—No, la verdad no.

Martina se acomodó sonriendo. Sentía que el país, a pesar de todo, la recibía. Miró hacia el cielo desde su rincón. Árboles, postes, cables, transformadores eléctricos, palomas. A la distancia se divisaban unos letreros pintados sobre gigantescos bastidores anunciando el próximo festival juvenil de teatro. Los firmaba la Brigada Ramona Parra.

—Ya estamos llegando, compañera.

La pasajera se desperezó y miró por la ventanilla las tradicionales calles ñuñoínas, llenas de vegetación, casas y niños corriendo por las veredas con sus uniformes azules de la escuela.

—¿Tengo que pagarle? Disculpe, es que no estoy acostumbrada...

—No se preocupe —le dijo el taxista con un gesto—. Así ayudo yo a la construcción del socialismo, compañera —y agregó, solemne, indicándole una casa de dos pisos y antejardín—: Pedro Torres 151. Esta es.

Paredes blancas y una reja negra que dejaba ver un jardín de pasto y rosas amarillas muy bien cuidadas. Un cachorro de pastor alemán jugueteaba con un trozo de tela en un rincón.

«Finalmente», pensó la mujer. Se regaló unos momentos para revisar con detalle la fachada, la calle y el barrio. Sonriendo casi sin querer, apretó el botón del citófono y escuchó la voz de una anciana a través de la reverberación ruidosa del comunicador.

—Buenas tardes, dígame.

Martina, nerviosa, sintió que le hablaban desde otro mundo.

—Buenas tardes, mi nombre es Martina Aguablanca y tengo una reunión con don Augusto a las tres.

—El general la está esperando, adelante.

El interruptor emitió un ruido espantoso que la hizo retroceder. El cachorro saltó y comenzó a ladrarle; la mujer se paralizó.

—No se preocupe, no mata ni una mosca este —dijo alguien desde la puerta.

Martina miró y se encontró a dos metros de distancia con la figura que tantas veces había visto en fotografías. Un hombre sencillo, de luminosos ojos azules y gesto amable. Un par de cicatrices como de quemaduras antiguas cruzaban su rostro.

—¡Sal de aquí, bandido! —le gritó al perro, que corrió hacia la parte trasera de la casa gimiendo.

—Gracias, don Augusto —titubeó Martina, un tanto aturdida—. ¿O prefiere que le diga general?

—Augusto estaría bien por ahora, Martinita —le respondió el hombre con amabilidad—. Qué manera de crecer, chiquilla, por Dios —y le hizo un gesto invitándola a pasar.

—¿Se acuerda de mí ...