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Tú, TU HIJO Y LA ESCUELA

Ken Robinson  

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Fragmento

1

Situarte

Si tienes hijos en edad escolar, este libro es para ti. Mi objetivo es ayudarte a facilitarles la educación que necesitan para tener una vida provechosa y plena. Trabajo desde siempre en el ámbito de la educación. Con los años, he mantenido innumerables conversaciones con madres y padres sobre la escuela. También tengo hijos y sé por experiencia que ser padre es un reto además de un placer. La situación se complica cuando nuestros pequeños empiezan a ir al colegio. Hasta ese momento, nosotros hemos sido los principales responsables de su desarrollo y bienestar. A partir de entonces, los dejamos en manos de otras personas durante la mayor parte del día, a quienes concedemos que tengan una enorme influencia en su vida durante los años más cruciales de su formación.

Ver cómo tu hijo va a la escuela el primer día suscita diversas emociones. Esperas que tenga ilusión por aprender, haga buenas amistades y esté contento y motivado. Asimismo, es probable que sienta bastante temor. El colegio conlleva una nueva serie de relaciones. ¿Cómo reaccionará tu hijo ante sus profesores? ¿Verán estos lo que tiene de especial? ¿Qué hay de los otros padres y niños? ¿Superará los escollos sociales desconocidos hasta entonces o se tropezará con ellos? Cuando entra en la escuela ese primer día, no es de extrañar que notes un nudo en la garganta. Piensas que ya nada volverá a ser igual. No te equivocas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Emma Robinson (no somos parientes) es profesora en Inglaterra. También es madre y sabe qué sienten los padres cuando dejan a su hijo en la escuela el primer día. Compuso un poema titulado «Querido profesor», que desde entonces han compartido miles de progenitores. Aquí tienes un extracto:

Sé que estás muy ocupado,

es el primer día, vaya follón.

Todos los pequeños son nuevos

y este de aquí es el mío.

Sé que lo tienes todo controlado

y que no es tu primera vez,

pero mi hijo es muy pequeño,

todavía no ha cumplido los cuatro.

 

Vestido de uniforme esta mañana,

¡qué alto y mayor se le veía!,

pero ahora, junto a tu fantástica escuela,

no sé si está realmente preparado.

 

Casi parece que fue ayer,

la primera vez que lo acuné.

Mi deber ha sido quererlo, enseñarle,

protegerlo de todos los males.

 

Cuando le doy un último beso

y lo miro mientras se aleja,

sé que ya nunca volverá a ser completamente mío

como lo había sido hasta hoy.[1]

A los padres y madres siempre les ha preocupado dejar a sus hijos en manos de otras personas, pero hoy en día la escuela les causa incluso más preocupaciones. A muchos les exaspera lo que sucede en el ámbito de la educación. Les inquieta que haya demasiados exámenes y presión en las aulas. Les parece que el plan de estudios se ha vuelto restringido en exceso debido a recortes en programas importantes en las áreas de las artes, los deportes y las actividades al aire libre. Les intranquiliza que no traten a sus hijos como individuos y que los colegios no consigan estimular su curiosidad, creatividad y talento. Les angustia la cantidad de niños y niñas a los que diagnostican problemas de aprendizaje y medican para que mantengan la concentración. Les inquieta la posibilidad de que sus hijos sean víctimas de intimidaciones y acoso. Si estudian secundaria, les preocupa el coste cada vez mayor de los estudios universitarios y que no encuentren trabajo, vayan o no a la universidad. Más que eso, a menudo sienten que, como progenitores, no tienen poder para influir en nada.

ENFADO Y PREOCUPACIÓN

Hace poco, pregunté a la gente que me sigue en Twitter y Facebook cuáles eran sus mayores preocupaciones con respecto a la educación de sus hijos. En menos de una hora, centenares de personas de todo el mundo habían respondido. Bec, una joven madre que reside en Estados Unidos, hablaba en nombre de muchos cuando decía: «Las virtudes de los niños no se valoran y sus defectos se exageran. Sus notas son más importantes que su identidad». Kimmie, otra madre, preguntaba: «¿Descubrirán mis hijos su verdadero potencial y los orientarán hacia unos estudios que les gusten y apasionen?». Conchita escribió: «Tengo toda clase de inquietudes con respecto a mis dos hijas. Me parece que el sistema actual no las dejará brillar y que mi hija de diez años podría no recibir la ayuda que necesita para superar sus problemas de aprendizaje y ansiedad».

A Jon le preocupa que a los niños «les estén enseñando poco a poco a no disfrutar del aprendizaje: este es, por alguna razón, un duro rito de iniciación por el que todos estamos obligados a pasar sin que haya razones de peso para hacerlo. Es una guerra constante mantener viva esa chispa de curiosidad y placer por aprender cuando el sistema encorseta la educación y tiene una idea preconcebida de esta». Karin decía: «La educación está rota. Hay demasiada presión, demasiados exámenes, demasiadas exigencias, demasiado gregarismo. ¿Cómo podemos reiniciar el sistema? ¿Cómo podemos preparar a nuestros hijos para una vida radicalmente distinta de la vida para la que los prepara el sistema actual?».

A Carol le inquietaba que el «enfoque de que una sola fórmula sirve para todos, acordado por individuos que no deberían determinar la política educativa, está creando alumnos que son incapaces de pensar por sí mismos y tienen un miedo atroz al fracaso». La principal intranquilidad de otra madre era si las escuelas «enseñan a su alumnado a resolver los problemas de forma creativa. Los exámenes no aleccionan a los niños y niñas a ser pensadores versátiles». Tracey señala una cuestión alarmante para muchos padres: «Lo que más me preocupa es el hecho de que los responsables de la política educativa parecen mostrar poca consideración por las opiniones de los progenitores. La cultura imperante subestima estas opiniones en el mejor de los casos, y quienes toman las decisiones sobre el alumnado no tienen la menor idea de lo que verdaderamente ocurre en las aulas». Todas estas son inquietudes fundadas y, si las compartes, tu preocupación está justificada.

A veces, la educación se entiende como una preparación para lo que sucede cuando tus hijos terminan la escuela: encontrar un buen trabajo o ir a la universidad. Esta idea tiene parte de verdad, pero la infancia no es un ensayo. Tus hijos viven en este momento con sus propios sentimientos, pensamientos y relaciones. La educación tiene que ocuparse de ellos en el presente, igual que haces tú. Quiénes serán y a qué se dedicarán en el futuro está muy relacionado con las experiencias que tienen hoy. Si tus hijos reciben una formación limitada, es posible que no descubran los talentos e intereses que podrían enriquecer su vida en el presente y servirles de inspiración para su futuro después de la escuela.

¿CÓMO PUEDE AYUDAR ESTE LIBRO?

Así pues, ¿cómo puede ayudarte este libro? Espero que te sea útil de tres maneras. La primera es mediante un análisis de la clase de educación que los niños necesitan en la actualidad y qué papel desempeñas como padre. Los progenitores piensan a menudo que sus hijos necesitan el mismo modelo de formación que ellos recibieron. Depende de cómo los educaron, pero, en general, lo más probable es que no sea cierto. El mundo cambia tan deprisa que la educación también necesita hacerlo. La segunda es mediante un análisis de las dificultades a las que te enfrentas cuando ayudas a tus hijos a recibir esa educación. Algunas de estas guardan relación con la política oficial en esta materia y otras, más generales, con los tiempos en que vivimos. La tercera es con un análisis de las opciones y de la capacidad de los padres para superar estas dificultades. Antes de continuar, permíteme hacer una serie de advertencias.

En primer lugar, este libro no es un manual sobre cómo ser buenos padres. Yo no me atrevería a escribirlo. Estoy seguro de que esto es un alivio para ti, porque, según parece, los demás sí se atreven. Desde Benjamin Spock hasta las madres tigre, ya soportas un bombardeo de consejos sobre cómo educar a tus hijos. Aparte de los consejos gratuitos de amistades, familiares y probablemente incluso de tus propios hijos sobre cómo hacerlo mejor, hay más de cuatro millones de blogs en la red y más de ciento cincuenta mil títulos en la categoría de libros sobre educación en las librerías en línea. No quiero bombardearte todavía más.

Mi mujer y yo tenemos dos hijos adultos y muchos parientes y amistades que son asimismo padres. Hemos pasado por muchas de las dificultades que tratamos aquí. También lo ha hecho el coautor de este libro, Lou Aronica, padre de familia numerosa. Sabemos que el peso que los progenitores llevan sobre los hombros no se aligera jamás. Siempre te preocuparás por tus hijos e intentarás ayudarles a abrirse camino en la vida. Nunca se deja de ser padre o madre. A veces puede ser duro, y hay momentos que son infernales. Este libro puede ser un alivio momentáneo de parte de ese peso. No habitamos en una realidad alternativa superior donde todos viven mejor que tú. Quiero proponerte una serie de principios para criar a tus hijos que son importantes en el ámbito de la educación y ampliamente respaldados por investigaciones y experiencias. No obstante, te aseguro que estoy en el mismo nivel que tú y que los consejos que ofrezco se basan en la perspectiva de quienes se han equivocado en más de una ocasión.

Este libro tampoco es una guía de buenas escuelas. A menudo me preguntan por colegios o sistemas concretos y si los recomendaría. No hay dos centros educativos iguales. Hay escuelas públicas magníficas y otras deficientes; lo mismo ocurre con las concertadas, las privadas y las alternativas. Mi respuesta siempre es la misma: visitar el centro y valorar si os conviene a tu hijo y a ti. Para hacerlo, necesitas tener una noción de qué se considera una buena escuela, y eso es lo que tratamos en este libro.

No estoy sugiriendo que una sola fórmula sirva para todos. Al contrario, no hay dos niños iguales y los tuyos no son distintos.

Tus propias experiencias y circunstancias influyen, como es natural, en tus opciones y prioridades para educarlos. Si crías tú solo a tu hijo en un barrio pobre, tus opciones son distintas a las de una persona que tiene asistenta y vive en una zona acomodada. Tal vez no estás en situación de elegir la escuela que quieres para tu hijo. La mayoría de los progenitores no lo están. Así que no tienes más remedio que aguantarte, ¿verdad? De hecho, no. Tienes opciones, y veremos cuáles son.

En general, mi objetivo es ofrecer consejos sobre qué se entiende por buena educación y qué puedes hacer para asegurarte de que tus hijos la reciban. Eso incluye recomendaciones para apoyarlos en su camino por el sistema educativo actual, o fuera de este si así lo decides. Estas son algunas de las cosas que podéis hacer los progenitores.

• Matricular a tu hijo en la escuela local y dejar que el centro se ocupe de todo.

• Participar en su formación manteniendo una relación fluida con el profesorado y apoyándole en casa.

• Participar más en la vida general de la escuela.

• Influir en la legislación educativa a través del consejo escolar local.

• Promover cambios haciendo campaña con otros padres y madres.

• Buscar otra escuela.

• Educar a tu hijo en casa.

• Aprovechar las posibilidades del aprendizaje en línea.

Si puedes escoger escuela, ¿cuál deberías elegir y por qué? En caso contrario, ¿qué deberías esperar de la escuela de tus hijos, y qué puedes hacer si no se adecua a tus necesidades? La decisión de qué camino tomar depende de varios aspectos, que trataremos en los siguientes capítulos. El primero es valorar qué funciones tienen las familias en general y en relación con la educación. El segundo es considerar el desarrollo global de tus hijos desde que nacen hasta que se convierten en jóvenes adultos. Es importante conocer cómo se desarrollan para saber qué clase de experiencias deberíais brindarles tú y la escuela y por qué. El tercer tema es la importancia de reconocer sus talentos, intereses y personalidad. El cuarto es preguntarte si la educación que tus hijos necesitan hoy puede o debe ser distinta de la que tú recibiste. El quinto aspecto es por qué hay tantos colegios que siguen sin ofrecer este tipo de formación y qué puedes hacer para cambiar eso.

APRENDIZAJE, EDUCACIÓN Y ESCUELA

Antes de entrar en materia, permíteme diferenciar tres términos, que aparecerán a menudo a lo largo del libro: aprendizaje, educación y escuela.

• Aprendizaje es la adquisición de nuevos conocimientos y destrezas.

• Educación es un programa de aprendizaje organizado.

• Escuela es una comunidad de personas que aprenden.

A los niños les encanta aprender; no siempre les gusta que los eduquen, y algunos tienen problemas graves con el colegio. ¿Cuál es la razón?

El aprendizaje es natural en los niños. Los bebés aprenden a una velocidad prodigiosa. En el caso del lenguaje, por ejemplo, en los primeros veinticuatro meses pasan de ser criaturas que gritan y gorjean a saber hablar. Es una hazaña y nadie, ni siquiera sus padres, se lo «enseña». No lo hacen porque no podrían. Aprender a hablar es demasiado complicado. ¿Cómo lo consiguen los bebés? Tienen una capacidad innata para ello y les encanta aprender. Escuchan e imitan a sus padres y otras personas que están con ellos. Tú los estimulas con tus sonrisas y regocijo, y ellos te estimulan con los suyos. Aprenden a hablar porque quieren y pueden. Con los años, adquirirán muchos otros conocimientos y destrezas de todo tipo solo por su afán de aprender: porque quieren y pueden.

Educación es una manera más organizada de abordar el aprendizaje. Puede ser reglada o no reglada, autónoma u organizada por otra persona. Puede ser en casa, en línea, en el trabajo o en otro lugar. Peter Gray es profesor investigador de psicología en el Boston College y autor de Libres para aprender. Los niños, afirma, «están perfectamente preparados, por naturaleza, para dirigir su propia educación. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, se han educado solos, al observar, explorar, cuestionar, jugar y participar. Estos instintos educativos siguen funcionando a la perfección en aquellos niños a quienes se les brindan las condiciones adecuadas para florecer».[2]

Una escuela es cualquier comunidad de personas que se reúnen para aprender juntas y unas de otras. Hace poco me preguntaron si creía que las escuelas continuaban siendo una buena opción. Lo creo, y la razón reside en que casi todo lo que aprendemos en la vida lo aprendemos de otras personas y con ellas. El aprendizaje es un proceso tan social como individual. La verdadera pregunta es: ¿qué clase de escuelas ayudan a los niños a aprender mejor? Muchos jóvenes detestan la educación no porque no quieran aprender, sino porque los rituales y rutinas de los colegios convencionales son un inconveniente para ellos.

Para la mayoría de nosotros, la principal experiencia con la educación reglada es la escuela de enseñanza primaria. ¿Qué imágenes te evoca el concepto de «escuela»? Si piensas en un instituto de secundaria, quizá visualices largos pasillos con taquillas, aulas llenas de pupitres con pizarras o pizarras digitales, un salón de actos con un estrado, un gimnasio, laboratorios de ciencias, un aula de música o un taller de arte y una cancha deportiva en alguna parte. Y ¿qué hay de lo que sucede ahí? Tal vez pienses en diversas asignaturas (unas más importantes que otras), horarios fijos, timbres y campanas, alumnos agrupados por edades que van de un aula a otra, trabajos, exámenes y actividades extraescolares. ¿Y si piensas en el parvulario o el centro de enseñanza primaria? Opines lo que opines de la escuela, lo cierto es que, si te desmayaras en alguna parte y recobraras el conocimiento en una de ellas, lo más probable es que enseguida la reconocieras como tal. Desde que se introdujo la escolarización de las masas en el siglo XIX, las escuelas se han convertido en lugares reconocibles con un funcionamiento característico. En gran medida, muchos de sus rituales no se cuestionan porque son así desde hace mucho tiempo. Pero no todas lo son, y no hay nada que las obligue a ser de esa manera. El hecho de que tantos centros educativos sigan el mismo modelo estereotipado se debe a la costumbre, no a la necesidad. Describiremos distintos conceptos de escuela y veremos cómo las mejores crean condiciones en las que el alumnado se lo pasa bien aprendiendo y quiere darlo todo de sí. Es importante que tus hijos disfruten con la educación, por su bien y por el tuyo.

¿CUÁL ES EL PROPÓSITO?

Desde que aprenden a andar, la mayoría de los niños y niñas estadounidenses pasan unos catorce años en la escuela, cuarenta semanas al año, cinco días a la semana, durante una media de ocho horas diarias si se tienen en cuenta los deberes. La suma total son unas veintidós mil horas de escolarización, sin incluir aquí la universidad. Ese es más o menos el mismo tiempo que todos los conductores suizos pasaron en embotellamientos en 2016. Los suizos son un pueblo paciente, pero, aun así, eso es mucho tiempo. Esta cifra no cuenta el tiempo que dedicas a preparar a tus hijos para ir al colegio por las mañanas, a llevarlos, recogerlos, ayudarles con los deberes, asistir a actos y reuniones, ni todas las horas que pasas en embotellamientos a consecuencia de ello. ¿Qué esperas de esta ingente inversión de tiempo y energía? Para empezar, ¿por qué educas a tus hijos? ¿Qué esperas que la escuela les aporte? ¿Y a ti?

Según mi experiencia, casi todos los padres quieren que sus hijos aprendan sobre el mundo que los rodea, desarrollen sus talentos e intereses innatos y adquieran los conocimientos y destrezas que necesitarán para convertirse en personas cívicas y ganarse bien la vida. Estas son expectativas razonables. Nosotros las teníamos cuando nuestros hijos iban a la escuela, y nuestros padres las tuvieron cuando lo hicimos nosotros. Quieras lo que quieras, ¿qué clase de educación crees que necesitan tus hijos? Si consideras que una formación académica convencional respaldada por unas notas perfectas es lo mejor, puede que te equivoques. Aunque no pienses así, muchos responsables de la política educativa lo hacen, y eso es un problema. En mi opinión, ellos también se equivocan.

TODO SON CAMBIOS

Una de las razones por las que debemos modificar nuestro concepto de educación hoy en día reside en que el mundo en el que viven tus hijos es muy distinto de aquel en el que tú y tus padres crecisteis. Trataremos este tema en profundidad en posteriores capítulos, pero estas son algunas de las nociones básicas.

Las familias están cambiando. En la actualidad, el 60 por ciento de los niños de Estados Unidos viven en familias en las que su padre y su madre biológicos están casados. El otro 40 por ciento vive en situaciones muy diversas: solo con su madre, solo con su padre, con sus abuelos, con progenitores del mismo sexo, en una familia reconstruida, o en ninguno de los casos anteriores. El escenario es similar en muchos otros países. A propósito, por si tú o tu pareja os preguntáis si sois padres, haré una aclaración. Ante estos enormes cambios sociales, para el propósito que nos ocupa ser padres significa cumplir determinadas funciones más que tener un parentesco de sangre. Podéis ser o no los padres biológicos de vuestro hijo. Cualquiera que sea la situación, si sois los principales responsables del cuidado y bienestar de un niño en casa, sois padres.

Los niños están cambiando. Físicamente, los niños maduran más pronto que antes, sobre todo las niñas. Están sometidos a fuertes presiones sociales ejercidas por la cultura popular y las redes sociales. Experimentan graves niveles de estrés y ansiedad, relacionados en gran parte con la presión que sufren en la escuela. Cada vez llevan una vida menos saludable y más sedentaria. Por ejemplo, la obesidad infantil ha aumentado a más del doble en los últimos treinta años y más de cuatro veces en adolescentes.

El trabajo está cambiando. Las tecnologías digitales están trastocando muchos mercados de trabajo tradicionales y creando otros nuevos. Es casi imposible predecir qué clase de tareas desempeñarán los alumnos actuales dentro de cinco, diez o quince años, suponiendo que tengan siquiera empleo.

El mundo entero está cambiando. Seamos realistas, se producen cambios convulsos que azotan al planeta en todos los frentes: cultural, político, social y ambiental. La educación debe tenerlo en cuenta si ha de ayudar a tus hijos a abrirse camino, por no hablar de prosperar, en un mundo que cambia más rápido que nunca.

Evidentemente, los gobiernos son conscientes y trabajan sin descanso en salas de reuniones y cámaras constitucionales, intentando controlar lo que sucede en las escuelas. Con los años, la educación se ha convertido en un importante problema político, y tú y tus hijos estáis en el punto de mira.

¿CUÁL ES EL PROBLEMA?

Desde hace más de treinta años, gobiernos de todo el mundo invierten grandes cantidades de recursos en tentativas de reformar la educación y mejorar el nivel de las escuelas. Sus motivos son sobre todo económicos. Como las tecnologías digitales en particular han transformado los ámbitos del comercio y del trabajo a escala internacional, los responsables políticos han reconocido que la calidad de los sistemas de educación es crucial para la prosperidad y competitividad de los países. No se equivocan. Los problemas para ti y tus hijos radican en las estrategias que han adoptado para «mejorar» la educación. En muchos países, hay cuatro estrategias principales: disciplinas STEM, exámenes y competencia, academicismo y diversidad y posibilidad de elegir. En algunos países, concretamente en Estados Unidos, existe una quinta: beneficios. A primera vista, algunas de estas estrategias de reforma pueden parecer razonables. En la práctica, a menudo han fracasado con consecuencias preocupantes para muchos jóvenes y sus familias.

Disciplinas STEM

Quieres que tus hijos saquen buenas notas y encuentren un trabajo que encaje con sus talentos y les ayude a tener estabilidad económica. Los gobiernos quieren algo similar para el país, pero no piensan concretamente en tus hijos, sino en la población activa en su conjunto y en cuestiones de mayor envergadura como el producto nacional bruto. En consecuencia, han conferido especial relevancia a las disciplinas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas; del inglés, science, technology, engineering, mathematics) en las escuelas con la clara convicción de que son las más importantes para el crecimiento económico y la competitividad. Sostienen que las innovaciones en estas disciplinas son las que impulsan en gran parte las economías modernas, y que las personas con los requisitos adecuados pueden optar a buenos empleos en estos campos.

Las disciplinas STEM son fundamentales en la educación, tanto en sí mismas como por razones monetarias. Pero los profesionales de la ciencia, la ingeniería y las matemáticas no son los únicos que hacen prosperar las economías. Estas dependen del talento de personas empresarias, inversoras y filántropos; también progresan gracias a la labor de diseñadores, escritores, artistas, músicos, bailarines e intérpretes. Apple es una de las compañías más prósperas del mundo. Su éxito no lo han impulsado solo expertos en ingeniería de software y programación, pese a lo indispensables que son, sino personas de múltiples disciplinas: narrativa, música, cine, marketing, ventas y muchas otras.

La obsesión con las disciplinas STEM ha reducido los recursos destinados a programas de humanidades y artes en las escuelas, los cuales son igual de importantes para el desarrollo equilibrado de tus hijos y la vitalidad de nuestras comunidades y economías. Se transmite a tus hijos el mensaje erróneo de que, si no dominan las disciplinas STEM, el mundo no los necesita, cuando de hecho lo hace, y mucho.

En 2011, el Grupo de Investigación Farkas Duffett (FDR; del inglés Farkas Duffett Research Group) encuestó a mil docentes de tercero de primaria a primero de secundaria que enseñaban en centros públicos de Estados Unidos.[3] El objetivo era reunir información sobre el comportamiento del profesorado y su manera de impartir clase. El sondeo pedía a los docentes que proporcionaran información sobre lo que sucedía en sus aulas y escuelas: qué hacían durante la clase; cómo influían los exámenes normalizados en su labor, y qué áreas del plan de estudios recibían más atención y cuáles menos. Según la mayoría de los encuestados, los colegios restringían el plan de estudios, dedicaban más tiempo y recursos a matemáticas y lenguaje y menos a arte, música, lengua extranjera y ciencias sociales. Todo el alumnado parecía afectado. La encuesta sugería que el plan de estudios estaba limitándose sobre todo en las escuelas de enseñanza primaria.

Bob Morrison es el fundador de Quadrant Research y un destacado experto en cómo influye la política oficial de Estados Unidos en los recursos destinados a las artes en las escuelas. Sostiene que una de las tendencias que se observa en todos los ámbitos a consecuencia de la insistencia en preparar al alumnado para exámenes es una disminución tanto de los viajes de estudio como de los talleres prácticos de artes. Cuando les preguntan la razón, los administradores escolares lo atribuyen casi de forma unánime a la falta de tiempo.[4]

La mayoría de los docentes encuestados creían que un plan de estudios amplio es fundamental para brindar una buena educación, y que los exámenes normalizados de matemáticas y lenguaje son la causa de la restricción del plan de estudios, y que el sistema de pruebas había provocado profundos cambios en la enseñanza cotidiana y la cultura escolar. Según opina el profesorado, poner el énfasis en las matemáticas y el lenguaje a costa de otras disciplinas ha tenido consecuencias. Nueve de cada diez docentes dijeron que, cuando una disciplina está incluida en el sistema de exámenes normalizados, las escuelas se la toman mucho más en serio. Dos de cada tres afirmaron que era más fácil obtener dinero para tecnología y materiales para disciplinas que van a examen.

Muchas personas educadoras y partidarias de enfoques educativos más equilibrados abogan por ampliar STEM y que incluya la A de las artes: STEAM. Me alegra que lo hagan. Las escuelas también deberían dar cabida a las humanidades: así que, ¿SHTEAM? ¿Y qué hay de la educación física? Ya ves cuál es el problema. La verdadera respuesta es tener un planteamiento de la educación bien concebido y sin acrónimos, y eso es lo que todos deberíamos exigir.

Exámenes y competencia

Muchos responsables de la política educativa inciden en la necesidad de mejorar el nivel académico de las escuelas. Es difícil no estar de acuerdo con esa ambición. ¿Por qué habría que empeorarlo? El método elegido suele ser la administración masiva de exámenes normalizados, a menudo con preguntas tipo test. Las respuestas se procesan con escáneres ópticos y generan aluviones de datos, fáciles de volcar en gráficas comparativas y tablas de clasificación. En concordancia con el énfasis en las disciplinas STEM, estos exámenes son sobre todo en matemáticas, ciencias y lectoescritura.

La introducción de los exámenes de alto impacto pretendía ser un acicate para mejorar el nivel académico. En cambio, se ha convertido en una tediosa cultura que desmoraliza a alumnado y profesorado por igual. En los años ochenta, los alumnos de secundaria estadounidenses contaban con que harían unos pocos exámenes en cada curso. No me refiero a un control sorpresa de vez en cuando: me refiero a exámenes de los que dependía que pasaran de curso y terminaran la etapa secundaria, o que fueran a la universidad y a cuál. Hoy saben que harán una serie de exámenes aparentemente interminable, curso tras curso, desde primaria (y a veces ya incluso en educación infantil), con presiones cada vez mayores sobre ellos y también sobre sus progenitores. No se llaman exámenes de alto impacto porque sí. Las notas que sacan tus hijos se utilizan para elaborar tablas clasificatorias de las escuelas, lo que puede influir en el sueldo de los docentes, en lo bien financiadas que están o en si no reciben ninguna financiación en absoluto.

Anya Kamenetz es una escritora y periodista estadounidense con un interés especial en la educación. También es madre. Corrobora la desmesurada importancia que las escuelas públicas conceden a los exámenes normalizados anuales. Las pruebas tipo test, despreciadas casi de forma unánime, señala, «se utilizan en la actualidad para decidir no solo los destinos de los alumnos, sino de sus profesores, centros, distritos y sistemas locales de educación enteros, aunque estos exámenes tienen poca validez cuando se emplean de esta manera». Como son determinantes para pasar curso y graduarse, «esto excluye a gran cantidad de minorías, los pobres, los que están aprendiendo lengua inglesa y los que tienen discapacidades de aprendizaje. Hacen las veces de rasero para medir el rendimiento del profesorado, a quienes se niega un puesto fijo o incluso se despide, en virtud de las notas de sus alumnos. Las escuelas que no alcanzan el rendimiento académico exigido son sancionadas, pierden puntos o cierran; los distritos y estados deben gestionar la realización de los exámenes y acatar las reglas o, de lo contrario, pierden miles de millones de dólares en ayudas nacionales a la educación».[5] Como dice Kamenetz, estas solo son las consecuencias más evidentes y directas de los exámenes; las consecuencias indirectas de juzgar nuestras escuelas con estos baremos repercuten en toda la sociedad.

La obsesión con los exámenes está convirtiendo muchas escuelas públicas, «en las que están matriculados nueve de cada diez niños estadounidenses, en lugares poco agradables. Las prácticas de examen, junto con los exámenes de prueba, diagnóstico y conocimientos, aumentan el número total de exámenes normalizados hasta treinta y tres al año en algunos distritos. La educación física, el arte, las lenguas extranjeras y otras materias fundamentales pierden terreno en favor de una mayor preparación en las materias troncales que van a examen [...] En distritos pobres, es incluso más probable que enseñar para aprobar los exámenes sustituya a las otras actividades que los alumnos tanto necesitan».[6]

Existe una mayor competencia por obtener plaza en determinadas escuelas y facultades, y las decisiones que toman los seleccionadores suelen basarse en las notas. Cada vez más pronto, el alumnado oye que obtener buenas notas es la clave para tener éxito en la vida y que un único desliz podría ser catastrófico. Saca mala nota en ese examen y no podrás ir a clases de nivel avanzado, y si no vas a esas clases, las universidades de élite no te tomarán en serio, y si no te aceptan en una de ellas, ya puedes ir olvidándote de encontrar un empleo decente y bien pagado. Este mensaje está plagado de errores, pero los niños y niñas lo reciben a diario por parte de la escuela y, a menudo, también de sus familias.

La cultura de los exámenes ha engullido miles de millones de dólares de los contribuyentes sin lograr una verdadera mejora del rendimiento escolar. Los niveles académicos en matemáticas, ciencias y lenguaje apenas han cambiado; tampoco lo ha hecho la clasificación internacional de Estados Unidos en estas disciplinas. Entretanto, están generando grandes tensiones para ti, tus hijos y sus profesores. Por cierto, a los docentes de ciencias, tecnología y matemáticas también les preocupa que la cultura de los exámenes acabe con el placer y la creatividad del alumnado en sus disciplinas.

Academicismo

La idea central de la reforma educativa reside en aumentar el nivel en la clase de aptitudes académicas que se requieren para obtener un título universitario. Los gobiernos animan a ir a la universidad al mayor número de personas posible, porque suponen que los graduados universitarios poseen las cualidades que las empresas necesitan y tienen más posibilidades de conseguir empleo que aquellos que carecen de estudios superiores.

La estrategia parece razonable, pero no está dando los resultados que se esperaban. Un título universitario ya no es garantía de un trabajo bien remunerado, en parte por la cantidad de titulados universitarios que hay en actualidad. Las empresas tampoco están contentas, y es a estas a quienes los políticos intentan complacer. Dada la velocidad a la que está cambiando el mundo laboral, el empresariado arguye que necesitan personas versátiles y capaces de acometer nuevas tareas y desafíos; personas creativas y que aporten ideas para nuevos productos, servicios y sistemas, y personas capaces de colaborar y trabajar juntas. Se quejan de que muchos jóvenes con titulaciones académicas convencionales no son versátiles ni creativos ni saben trabajar en equipo. ¿Cómo van a ser de otro modo? Han pasado años en el sistema educativo aprendiendo que el régimen de constantes exámenes premia la conformidad, el acatamiento y la competencia.

No se trata únicamente de un problema estadounidense. En 2016, el Foro Económico Mundial publicó un informe sobre las competencias clave que los trabajadores de todo el mundo necesitarán en 2020: creatividad, flexibilidad, colaboración, capacidad de trabajar en equipo e inteligencia emocional.[7] El foro reconocía que estas competencias tienen que cultivarse en el ámbito de la educación. El énfasis en los exámenes académicos también ha restringido los programas de formación técnico-profesional, que antes eran una útil vía de acceso al mundo laboral para muchos jóvenes cuyos intereses y capacidades no están reconocidos en las escuelas actuales.

Diversidad y posibilidad de elegir

En otra época, los padres y madres se limitaban a llevar a sus hijos a la escuela pública local. Hoy en día puedes elegir entre escuelas públicas, privadas, concertadas, virtuales y especializadas, o educar a tus hijos en casa o libremente. O quizá vives en un distrito que aplica un sistema de cupones. En sí mismos, los colegios que ofrecen alternativas a la educación pública pueden ser buenos o no, pero la consecuencia general de financiarlos ha sido un empobrecimiento de los recursos del sistema público y una reducción de las posibilidades de elegir para muchas personas. Tomemos el caso de los sistemas de cupones.

Varios estados de Estados Unidos y algunos países de Europa han probado los sistemas de cupones. En lugar de asignar dinero público a las escuelas basándose en el número de alumnos, el dinero que corresponde a cada alumno se entrega a los progenitores en forma de cupón. En teoría, ellos pueden elegir el colegio al que quieren que vaya su hijo y entregarles el cupón a ellos. La idea es fomentar la competencia entre centros educativos con el supuesto de que permitir que los padres elijan mejorará el nivel de todos ellos. Aparentemente, estos sistemas resultan atractivos. Si no te gusta tu escuela pública local, puedes emplear tu cupón para llevar a tu hijo a otra, o para matricularlo en un centro concertado o privado. En la práctica, los sistemas de cupones no han dado estos resultados.

Las escuelas tienen un número limitado de plazas, y las que gozan de más popularidad enseguida reciben un exceso de solicitudes. Cuando tienen demasiados candidatos, estos centros educativos tienen dos opciones. Establecen criterios de selección concretos —notas o características de la familia, por ejemplo— que reducen la probabilidad de que tu hijo sea aceptado, u organizan un sorteo, y tú tienes las mismas posibilidades de ganar que el resto de los participantes. Si pierdes, la opción que te queda es probablemente el centro público local, que ahora dispone de menos dinero porque el sistema de cupones ha reducido su financiación.

Ofrecer la posibilidad de elegir escuela parece un gesto admirable. En la práctica, la posibilidad de elegir suele ser más aparente que real.

Beneficios

La educación pública es costosa y los gobiernos de la mayoría de los países aceptan este hecho. Algunos, en particular los de Estados Unidos y Reino Unido, no lo han asumido y parecen empeñados en acabar con el sistema público al ponerlo a disposición de la empresa privada. En consecuencia, la formación se ha convertido en un suculento mercado para las grandes compañías, con redes de escuelas privadas, nuevas plataformas tecnológicas, millares de aplicaciones e innumerables dispositivos, vendidos todos con fines lucrativos y la promesa de mejorar las notas, rendimiento académico y éxito de tus hijos. Como es evidente, uno de los motivos de esta política gubernamental reside en pasar la responsabilidad de sufragar la educación del erario público a la empresa privada. Esta estrategia acarrea las mismas consecuencias que en otros mercados impulsados por los beneficios: las empresas rentables prosperan, las que no lo son, se hunden. La cuestión es si crees que el precio puede garantizar una educación de calidad y si no te incomoda que la índole de la educación de tu hijo dependa de intereses privados.

FUERA DE JUEGO

Esta caótica vorágine de estrategias reformistas está causando problemas a muchos jóvenes y sus familias, y los padres, tanto por su cuenta como de manera colectiva, pueden desempeñar importantes funciones para contrarrestarlas. Para algunos jóvenes, son especialmente perjudiciales.

La cifra de estudiantes que no terminan la enseñanza secundaria es preocupante. En Estados Unidos, en torno a uno de cada cinco alumnos que comienzan tercero de secundaria no termina cuarto. En otras palabras, todos los años más de un millón de jóvenes abandonan los estudios antes de g ...