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TAGUADA

Andrés Montero  

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Fragmento

Las historias viajan. Tal vez no hay nada en el mundo tan viajero como las historias, o al menos como las buenas historias. Se pasean por años, siglos y hasta por varios milenios yendo de voz en voz, de tierra en tierra, de fuego en fuego, cruzan los océanos y los desiertos y las montañas, y se acomodan y se acurrucan en la voz de los que ahora las harán suyas. Así parece que le ganan al olvido, al tiempo y a la muerte.

Hasta que un día nadie las vuelve a contar.

Hasta que un día se mueren.

Es curioso el viaje de las historias: casi nunca podemos saber de dónde vienen, casi nunca podemos saber hasta dónde llegan. Lo único importante es su trayecto; solo están vivas mientras viajan de voz en voz, de tierra en tierra y de fuego en fuego.

Y así como toda historia tiene un viaje, todo viaje tiene una historia. Tal vez los viajes no son en realidad más que una excusa para contar una historia. Y tal vez también es cierto que una historia no es otra cosa que una excusa para viajar.

Supongo que por eso a los humanos nos gustan el cine, los libros, los sucedidos ajenos. Buscamos incansablemente nuestra cuota diaria de ficción, nuestro pequeño viaje en los cuentos.

Se viaja para narrar y se narra para viajar. Y de eso se trata este libro: del viaje que realicé en busca del origen de una vieja leyenda chilena, como si tal cosa fuera posible. Estaba intentando impedir que el tiempo y el olvido se la entregaran a la muerte. No quería que dejara de viajar, porque a mí me parecía importante que estuviera viva. Yo no sé si a quien lea estas páginas le parecerá tan importante como a mí, pero le invito a acompañarme en el camino hasta que se le cansen las piernas.

Antes, los preparativos. Para entender la historia de este viaje en busca de una historia, habré de remontarme a una gris mañana de junio de 1998. Mi padre, como todas las mañanas, nos llevaría a mis hermanos y a mí al colegio. Yo tenía ocho años. Esa mañana es importante porque marca el inicio de mi relación con la leyenda que, veinte años después, buscaría infatigablemente.

Nuestra rutina matutina cambiaba muy poco: mi papá gritaba desde la calle que ya estábamos atrasados; mi mamá nos echaba el pan en la mochila mientras corríamos por la casa buscando la corbata, la tarea, la pelota; mi papá gritaba que se iba con el que estuviera listo, y finalmente entrábamos los cuatro hermanos en el viejo Santana verde, año ‘89, con mi padre ya enojado por la demora que, como todas las mañanas, nos haría llegar varios minutos después de las ocho y alimentaría nuestra fama de impuntuales.

El trayecto hasta el colegio era bestial, lleno de bocinazos y arriesgadas maniobras del volante que desentonaban con la música que salía de la radio, sintonizada indefectiblemente en la 96.5: la radio Beethoven. Cinco para las ocho, todavía muy lejos del colegio, los cuatro hermanos empezábamos a repetir de memoria los comerciales que se emitían entre sinfonía y sinfonía. El momento estelar era la prueba de cultura musical: «Sonda le invita a poner a prueba su memoria auditiva. ¿A qué obra musical pertenece el trozo que está usted escuchando?». Mi papá ponía cara de concentración aguda, mientras nosotros lo mirábamos atentos y, casi al final de los diez o veinte segundos en que sonaba la pieza, gritaba: «¡Seguro que es Mozart!». El locutor continuaba: «¿Acertó usted? Claro que sí. Se trata de la Serenata n.° 12 del compositor español Jorge Tobías Moreno».

Entonces mi padre se quedaba callado unos segundos y luego murmuraba, bajito: «Igual sonaba como a Mozart».

Pero algunas veces, en cuanto empezaban los primeros acordes, mi papá gritaba desaforado: «¡Esa es La bohème!». Y el locutor, por una vez, le daba la razón: «¿Adivinó usted? Se trata de un aria de la ópera La bohème, compuesta por Giacomo Puccini».

Nosotros gritábamos celebrando el triunfo del papá, que ya no estaba enojado porque nos hubiéramos demorado en salir, sino que más bien aprovechaba de contar por enésima vez cómo fue que se hizo fanático de la música clásica, cuando un profesor les hizo escuchar un pedazo de El Mesías, de Haendel. Siempre cerraba esa anécdota con una sentencia del tipo «Y ahí me cagó para siempre», que soltaba mientras su mano, palma abajo, realizaba un movimiento horizontal y certero, como un karateka que partía el aire en dos, indicando que después de aquello no hubo vuelta atrás.

Eso explicaba que la Beethoven fuera la única radio que se sintonizaba en el viejo Santana. Ya a sus dieciséis años, mi papá se había hecho público fiel de los conciertos del teatro de la Universidad de Chile y un fanático de la ópera que programaba el Municipal. Era frecuente que a la mañana siguiente de algún concierto apareciera con un casete

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