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THE NIGHT

Rodrigo Blanco Calderón  

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Fragmento

1. Apagones

Al principio fue un largo, inesperado, apagón de cinco horas. Caracas parecía un hormiguero destapado. Más allá de las citas canceladas, los cheques sin cobrar, la comida descompuesta y el colapso del metro, Miguel Ardiles recuerda ese día con una ternura casi paternal: la ciudad sintió el estupor de ser cueva y laberinto.

En los meses siguientes, a medida que los apagones se repetían, los habitantes fueron dibujando sus primeros bisontes, marcando con piedras los recodos familiares del recinto. Luego el Gobierno anunció el plan de racionamiento de energía. Los voceros de la oposición no tardaron en recordar la situación de Cuba en los años noventa y cómo el plan de cortes eléctricos que implementaron durante el periodo especial era idéntico al que se iba a aplicar en Venezuela.

El anuncio se hizo a la medianoche del miércoles 13 de enero de 2010.

Dos días después, Miguel Ardiles se encontraba en el Chef Woo con Matías Rye. Como todos los viernes en la noche, después de ver al último paciente, se iba a los chinos de Los Palos Grandes a esperarlo. Matías Rye dictaba talleres de escritura creativa en un instituto de la zona. Estaba por empezar su más ambicioso proyecto, The Night: una novela policial que involucionaría hacia el género gótico. El título lo había tomado prestado de una canción de Morphine y buscaba trasladar los matices de esta banda a su escritura: entrar en el horror como quien poco a poco se adormece y le da la espalda a la vida.

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Rye declaraba la muerte del policial clásico.

—Desde «Los crímenes de la calle Morgue», de 1841, hasta «La muerte y la brújula», de 1942, se completa el ciclo. Con ese cuento, Borges clausura el género. Lönnrot es un detective que lee novelas y relatos policiales. Un imbécil que muere por confundir la realidad con la literatura. Es el Quijote del relato policial.

La única alternativa, según él, era el realismo gótico.

—En este país, escribir novelas policiales es un acto inverosímil, condenado al fracaso —agregaba—. ¿Cuántos casos de los que tú ves todos los días se resuelven, Miguel? ¿Quién puede creer que la policía de esta ciudad alguna vez va a encarcelar a un criminal?

Rye pareció recordar algo.

—¿Cuándo te llevan al Monstruo? —había bajado la voz.

—No sé aún. El presidente llamó personalmente a la Medicatura Forense para informarse sobre el caso. Sabes que Camejo Salas es su amigo.

—¿El presidente llamó a Johnny Campos?

—Ajá. No creo que sirva de nada mi informe, sea cual sea el resultado.

—Campos es una rata.

—Dicen que el asunto del tráfico de órganos llegó a oídos del presidente. Solo con eso, lo tiene amarrado.

—La mierda.

—Total.

Las luces parpadearon y el restaurante quedó a oscuras. Hubo una ola de gritos y de carcajadas y luego, atenuadas por el apagón, las conversaciones se fueron reanudando en un tono menor, de intriga. Uno de los mesoneros cerró la reja del local, mientras Marcos, el dueño, armado con una pequeña linterna, sacaba la cuenta de todas las mesas. En pocos minutos, el Chef Woo quedó casi vacío, su cuadro denso solo tachonado por los cigarrillos de los últimos clientes, los habituales, los de confianza.

—¿Y no estás emocionado? —dijo Rye.

—¿Por qué?

—Yo estaría cagado en tu lugar.

—Esto del Monstruo de Los Palos Grandes no es nuevo ni es lo peor que está pasando.

—El tipo la secuestró, la violó y la torturó durante cuatro meses. Le arrancó el labio superior y parte de una oreja a punta de golpes. ¿Te parece poco?

—La historia de Lila Hernández es terrible, eso lo sabemos todos. Pero lo que ha llamado en verdad la atención es que el engendro sea hijo de Camejo Salas. ¿En qué cabeza cabe que el hijo de un Premio Nacional de Literatura haga eso? ¿Cómo un poeta, reconocido además, pudo crear eso?

—Ese carajo me dio clases a mí en el posgrado.

—Sobre lo otro, te pongo un ejemplo. Una mañana un tipo ve pasar a dos muchachas por la acera de su bloque. Las ve, le gustan y lo decide. Con la pistola, las encañona, las lleva a su apartamento. Ninguna pasa de quince años. Encierra a una en un cuarto, mientras a la otra la viola en la sala. La que está en el cuarto escucha los gritos. Pasa un tiempo, media hora, una hora, dos horas, no puede saberlo. Al no escuchar nada, ella aprovecha para intentar escapar forzando la puerta. Lo logra y qué encuentra en la sala: el torso de su amiga. El tipo la picó, la violó, la mató. Ha salido un momento para botar los brazos, la cabeza y las piernas. La que sobrevive entra en pánico, grita desaforada por la ventana y los vecinos la rescatan.

—¿Ese es el de Casalta?

—San Martín.

—¿Y ya la viste?

—Sí.

—¿Y?

—Desquiciada.

—A lo mejor ni llegas a ver al tipo.

—Es lo más probable.

—Por lo menos.

—Sí, Matías, pero luego qué. Al carajo lo atrapan y seguro en la cárcel lo revientan. Y luego qué.

—¿Qué más quieres?

—Ese es el problema. No sé qué hace uno después, porque siempre queda algo. De cada crimen que sucede, algo queda flotando y eso se acumula y eso tiene que hacer daño.

—¿Qué hora es?

Observaron a su alrededor y se dieron cuenta de que eran los únicos clientes en el restaurante. Solo quedaban los mesoneros, acodados en la barra, fumando. La lumbre de sus cigarrillos apenas delineaba las ranuras de los ojos. Cuando ellos se levantaron, los cuatro chinos interrumpieron su conversación y los intuyeron en la oscuridad, con absoluta fijeza, por un segundo. Matías se acercó con el dinero hasta la caja, mientras Miguel esperaba a que uno de los mesoneros abriera la reja.

Ya en la acera, Miguel se sintió tranquilo. Durante aquel segundo lo había invadido un insólito terror. Se vio de pronto, a sí mismo y a Matías, tasajeados por aquellos empleados que los atendían cada vez que se reunían en el Chef Woo.

La calle estaba oscura y desierta. Solo hacia el final, en el cruce con la avenida, parecía haber actividad. Miguel quiso apurar el paso hacia el Centro Plaza, donde tenía estacionado el carro, pero Matías estaba en su elemento.

—El atraso tiene su belleza. Y no me refiero al realismo mágico. García Márquez y compañía creen haberla visto, pero no vieron nada. El realismo mágico le puso colorete, alas y vestidos a la miseria. El realismo gótico va por otro lado: encuentra la verdad y la belleza desnudando, escarbando —dijo Matías.

Un bulto se movía entre las bolsas de basura que asediaban un poste de luz.

—¿Ves? —agregó.

El indigente marcó el paso de los dos hombres con una breve mirada de ceniza y siguió en su faena.

—¿Eso te parece bello? —dijo Miguel.

—Por supuesto.

—Me quedo con García Márquez.

—¿Cuál es el mejor cuento de los que ha premiado El Nacional?

Matías Rye concursaba todos los años y siempre perdía. Con el tiempo fue desarrollando un conocimiento exhaustivo y rencoroso sobre la historia del premio. Muchas veces citaba cuentos y autores que lo habían ganado como una metáfora de lo justa o injusta que podía ser la vida.

—«La mano junto al muro», supongo.

—No. El éxito de ese cuento fue haber aparecido en el momento oportuno. Meneses tiene el extraño mérito de ser el fundador de un género inútil: el policial lírico. El único cuento que vale la pena de ese concurso es «Boquerón». Humberto Mata fue el primero entre nosotros en entender que el policial era un género con más pasado que futuro.

—No lo he leído.

—Léelo, y después de que lo leas, cada vez que te encuentres un indigente te imaginarás que vive en las riberas del Guaire y que cada mañana despierta rodeado de garzas. Y esa imagen tiene belleza.

—Si tú lo dices.

—Y ahora dime, ¿cuál es el peor cuento que ha premiado El Nacional?

—El de Algimiro Triana.

—Eso lo dices por lo del caso de Arlindo Falcão. Algimiro es un despreciable, pero ese no es el peor cuento. El título del que yo digo es impronunciable. No lo recuerdo nunca, pero es de Pedro Álamo. Fue en 1982, y ha sido la edición más polémica de la historia del premio. Es un cuento incomprensible, de principio a fin. Yo siempre lo vi como el texto de un loco, pero hubo más de un crítico que quiso ver ahí una obra maestra. Creo que por fin voy a comprobar mi hipótesis.

—¿Cuál hipótesis?

—Tú me vas a ayudar. Tengo a Pedro Álamo como alumno en el taller de escritura.

—¿Qué tengo que ver yo con eso?

—Hemos llegado a ser casi amigos. Le di el número de tu consultorio privado. ¿Puedes abrir un hueco en tu agenda para el lunes? Álamo está sufriendo ataques de pánico.

2. Orígenes de la simetría

Me gustan las simetrías y detesto las motos. En realidad, me apasionan y creo que se trata de cierto temor. Las simetrías, digo. Y también las motos. Yo me entiendo. Y porque me entiendo no tengo necesidad de extenderme en explicaciones sobre este asunto ni tengo que contárselo a nadie. Si estoy hablando con usted, doctor, es solo por consideración con Matías. Insistió tanto en que viniera a verlo, sobre todo después de lo que pasó a la salida de la clase, que no tuve más remedio que darle mi palabra y cumplir. Me convenció con el dato de que usted es psiquiatra, es decir, médico, y no psicólogo o psicoanalista o charlatán. Me refiero a que usted seguro trabaja con fármacos y yo soy un defensor de la prescripción y el consumo de fármacos. La depresión, por ejemplo. Dicen que es la enfermedad del siglo. La depresión, dejando de lado los motivos, es un hecho bioquímico. Bajan los niveles de serotonina y los antidepresivos los restablecen. Por eso digo que en cuestiones de salud, primero las medicinas y luego las palabras. Y si se pueden evitar las palabras, mejor. Pues estoy convencido de que todo el mal del mundo empieza en ellas. En las palabras.

Por eso vine. A que usted me recetara un ansiolítico o lo que sea que me ayude a eliminar la angustia que me invade de repente. O, al menos, algo que funcione como una especie de barrera, un margen de tiempo que me permita maniobrar antes del instante. De modo que cuando yo sienta que la moto se aproxima pueda estar preparado para el choque. O pueda correr más rápido y escapar de ese maldito sonido de sierra que se acerca. ¿Nunca vio las películas de Martes 13? ¿Recuerda a Jason? Bueno, así me siento yo cada vez que escucho alguna aproximarse. En las últimas semanas ni siquiera necesito escucharlas de verdad. Basta con imaginarme el maldito sonido de la moto, como si fuera una sierra que me alcanza para cortarme la cabeza, para que el desastre ocurra.

Le advierto, doctor Ardiles, que lo de Martes 13 es solo un ejemplo. No tengo ningún trauma con eso. Jason o Freddy Krueger siempre me han dejado frío. En Caracas, Jason no pasaría de ser un podador de jardines y Freddy un emo con las uñas largas. Freddy y Jason son unos niños de pecho comparados con esa plaga de motorizados que ha invadido la ciudad. El primer paso para una verdadera reconstrucción de Caracas sería acabar con todos los motorizados. Eliminarlos uno por uno golpeándolos con sus propios cascos hasta la muerte. El otro día, Margarita, mi amiga del taller, contó una historia insólita. Tomó un mototaxi en Altamira para llegar hasta Paseo Las Mercedes. Eran las seis de la tarde, el metro estaba colapsado y los autobuses atestados de gente. Cuando iban a doblar desde Chacaíto para agarrar la principal de Las Mercedes, justo enfrente del McDonald’s de El Rosal, el mototaxista, aprovechando la luz roja del semáforo, sacó una pistola y le robó el BlackBerry a la conductora del lado derecho. No esperó a que cambiara la luz, dejó los carros atrás y continuó su camino. Al llegar a Paseo, Margarita estaba temblando. Aunque ella sepa defenderse, incluso mejor que cualquier hombre de medianas condiciones, apenas podía sacar la plata del monedero. El mototaxista recibió los reales de la carrera y, al verla tan asustada, le dijo:

—Mami, no te alteres. Yo no atraco a mis clientes.

¿Se da cuenta, doctor? ¿Qué se puede hacer con semejante mierda? ¿Ah? Perdóneme. Disculpe las groserías. Es que el tema me… Usted entiende. Pero no crea. No es estrés postraumático. A pesar de todo, toco madera, hace tiempo que no me atracan. El asunto con las motos viene de antes, de cuando estaba casado con Margarita. No, no es la misma Margarita del cuento del mototaxista, es otra, mi esposa.

Podría contarle una experiencia en particular que justifique todo. Pero no lo haré, porque yo no vine aquí a hablar. Veamos esto, si le parece, como una formalidad para que así pueda usted mandarme los medicamentos. Porque si le cuento lo que me pasó en aquellos días, entonces se va a olvidar del presente, de lo que me está pasando ahora. Sería injusto con aquel motorizado (fíjese en mi capacidad de sindéresis: hablo de ser justo con semejante piltrafa) endilgarle todos los desmanes que están cometiendo los motorizados de esta época. Sería imposible, además, que el de entonces sea el mismo de ahora. Sería demasiada coincidencia. Para mí las coincidencias no existen.

¿La semana pasada? Pues, por dónde empezar. Aristóteles decía que por el principio, pero ¿dónde están los orígenes de la simetría? Este asunto podría empezar hace más de veinticinco años o hace un mes. Es igual, usted decida, solo cambiaría la dirección. Tiene razón, yo mismo dije que no quería hablar del pasado ni de causas. Empecemos, pues, por el presente y por los efectos y ojalá ahí nos quedemos.

Todo comenzó, o volvió a comenzar o comenzó a cerrarse, cuando Margarita se quedó mirándome. Sí, la del taller, no la que fue mi esposa. El culpable fue Matías. Al principio, tuve la esperanza de que Matías no me reconociera, de que mi nombre no le hiciera remontarse al año 1982. Pero a la mañana siguiente de la primera clase, leí un email de Matías donde me preguntaba si yo era el autor de «Obmoible». Respondí con apenas un «sí», dando a entender que no me interesaba hablar del asunto. Si usted, doctor, quiere informarse de lo que pasó, le recomiendo que le pregunte a Matías. No le aconsejo, para nada, que lea mi cuento. Jamás sometería a nadie a semejante tortura. Pudiera interesarle, quizás, una versión de esa historia, el reverso de esa historia, titulada «El biombo», que hizo un joven narrador llamado Rodrigo Blanco. Por más que lo pienso, no sé quién le pudo haber facilitado la información a ese muchacho. Sin embargo, el cuento falsea de cabo a rabo mi historia con Sara Calcaño. Es cierto que yo me acosté con ella, pero también lo es que Sara Calcaño se acostó con todos y cada uno de los escritores y escritoras, jóvenes o viejos, de esa época. Es un hecho tan cierto como inútil, pues Sarita terminó loca y probablemente ya haya muerto.

Al final de la última clase de diciembre, nos quedamos Margarita, Matías y yo conversando algunos detalles de las «Tesis sobre el cuento», de Ricardo Piglia. Ahora que lo pienso, aquello fue una emboscada de Matías, una vil excusa.

—Entonces tú sí eres Pedro Álamo —me dijo Matías.

Margarita observó a Matías y luego a mí, como pidiendo una explicación.

—Pedro fue el causante de uno de los mayores escándalos de la literatura venezolana —le dice a Margarita—. Claro que tú ni siquiera habías nacido.

Luego le explica toda la historia de mi cuento, el premio de El Nacional, la reacción airada de buena parte de la crítica, la reacción insólita de unos esporádicos defensores de mi obra, mi terco silencio en los meses posteriores y mi definitiva desaparición de la vida pública.

—Pedro Álamo era lo que, con sincera admiración y secreta mala leche, la gente llama «una joven promesa de nuestra literatura». Después desapareció. ¿Dónde te metiste, Pedro?

Me hubiera gustado explicarle que para desaparecer de eso que él llamaba «nuestra literatura» bastaba con no ir a presentaciones de libros ni contestar las llamadas telefónicas de la prensa. En cambio, solo respondí que me había dedicado a otra cosa.

—Soy publicista.

Le confieso, doctor, que me agradó ver la decepción en el rostro de Matías. Pero esa es la verdad: soy publicista.

—¿Has seguido escribiendo? —Matías no se rendía.

—No —dije—. Por eso estoy aquí. Quiero ver si comienzo desde cero.

Matías no parecía convencido. Yo mismo no sé si dije la verdad. ¿Puede llamarse escribir a lo que he hecho desde entonces? ¿Tiene algo que ver con lo que los escritores entienden frecuentemente por escritura? No lo sé. Tampoco me importa. Toda mi vida me he dedicado a sofocar las extrañas expectativas que, a pesar de mí, genero en los que me rodean. Matías no volvió a tocar el tema, pero esa vez, al despedirnos, Margarita se quedó mirándome.

Aquella noche, mientras dormía, soñé con un ruido. Parecía una moto, y en el sueño yo no sabía si se acercaba o si se estaba alejando o si hacía ambos movimientos de forma simultánea. Yo vivo en el anexo de una casa en la urbanización Santa Inés. No sé si la conoce. Supongo que no. La mayoría de los caraqueños no tiene idea de dónde queda, pues siempre la confunden con Santa Paula, Santa Marta, Santa Fe y cualquier otra santa del este. De modo que los únicos que saben con seguridad dónde queda Santa Inés son los que ahí viven, como si, más que una urbanización, fuese un pacto. Esto sucede porque Santa Inés es apenas un conjunto de casas situadas en una especie de cañón que se forma entre la carretera vieja de Baruta y el sector Los Samanes por un lado, y las colinas de Santa Rosa de Lima y de San Román por el otro. Santa Inés es, cómo decirlo, una extraña caja de resonancia. Los sonidos rebotan, descabezando en sus retornos los puntos de partida, las nociones de lo que está lejos y de lo que está cerca, como átomos perdidos afinando el universo.

Lo cierto es que, en medio del sueño, en el nudo más fuerte de la madrugada, escuché una moto. Un zumbido que se acumulaba en el silencio de aquella hora, erosionando la noche. Ese ruido, el sueño de ese ruido, se me hizo eterno. Al fin desperté, angustiado, rodando de la cama y cayendo en el piso de mi cuarto como un tronco seco.

Tumbé el vaso de agua que siempre pongo en la mesa de noche. A pesar de que podía lastimarme con los pedazos de vidrio, no encendí la lámpara y me quedé así, con el culo mojado, en el suelo. A Margarita siempre le irritó esa costumbre mía. Poner un vaso rebosante de agua en la mesa de noche para luego botarlo en el fregadero a la mañana siguiente, casi intacto. Apenas daba un sorbo después de cepillarme los dientes y antes de apagar la luz. Mi matrimonio con Margarita fue una breve y penosa carrera con obstáculos. La situación económica nos llevaba de un apartamento a otro, de una esquina de la ciudad a la otra, y en cada uno de los lugares donde vivimos el vaso con agua en la mesa de noche fue tema de conversación. Al principio, esa manía suscitaba en ella una incomprensión tierna. Luego, la reacción fue de franca hostilidad. Ya hacia el final, la indiferencia. Yo era muy joven, estaba concentrado trabajando en publicidad luego de fallar en Letras y los palíndromos ya se habían transformado en obsesión. No pude ver los signos evidentes de la despedida. Margarita veía el vaso con agua en la mesa de noche y confirmaba que yo no iba a cambiar, que no iba a abandonar ni esa ni la otra absurda rutina. Eso veía Margarita cada mañana: cómo el líquido de aquella primera intimidad se iba secando poco a poco, en medio de un vaso repleto de agua.

Yo permanecía en el piso de mi cuarto, divagando, y una última sensación me terminó de despertar. Aún tenía en los oídos el sonido lejano del sueño. La moto bien podía ser ahora una avioneta que se perdía en el horizonte. Y el lento apagarse de ese sonido era tan sutil que ya no se diferenciaba del desmoronamiento de la madrugada. Antes de levantarme eché una mirada a mi alrededor. El pequeño charco de agua con pedazos de vidrio me hizo pensar en el calentamiento global y el deshielo de los polos. Me llamó la atención, para el resto del día, ver que el charco vibraba.

El tiempo pasa rápido.

Disculpe el abuso y, de verdad, gracias. Por el récipe y por el Tafil.

Sí, claro, usted dirá.

No se preocupe, en serio, pregunte.

¿Margarita? ¿Mi esposa?

Ella murió. Me la mataron hace años.

3. Ciudad Gótica

Matías me estuvo evitando toda la semana. No contestó mis correos pero sí reenvió un par de cadenas sobre los apagones y el estado de las centrales eléctricas. También me mandó, en un correo sin asunto, sin firma ni acotaciones, un reportaje sobre los cadáveres de mujeres que han encontrado en los terrenos baldíos de Parque Caiza. Algo similar sucedió con las llamadas. Siempre a punto de entrar al cine o a una reunión. No quería que yo soltara prenda hasta el viernes. No llegó a decirlo pero lo sé, lo conozco. Esfuerzo inútil, pues no le contaría nada. No solo porque Pedro Álamo no habló de su famoso cuento, sino porque no es correcto que yo esté comentando por ahí la vida privada de mis pacientes.

—Eso es una tontería —Matías parecía molesto—. Siempre me cuentas los casos que ves en la Medicatura Forense.

—Es distinto. Muchas de esas historias salen en las páginas de sucesos.

—Peor aún. Violación del secreto sumarial.

—Tienes razón. De eso tampoco te contaré nada.

—Tú sabes a qué me refiero.

—Álamo no dijo nada sobre el cuento. Créeme, de lo menos que quiere hablar es de ese cuento. Y si hubiese comentado algo, tampoco te lo diría. No es ético.

Pensé entonces en la grabadora. Esa manía de grabar y reescribir las sesiones con algunos pacientes. «Átomos», «universo», «desmoronamiento de la madrugada», «calentamiento global», «polos». ¿De dónde salía todo aquello? ¿De la ética, acaso?

Después de la primera cerveza me relajé.

—A primera vista, parece un obsesivo compulsivo.

—¿Por qué lo dices? —a Matías le cambió la expresión.

—Con tendencias paranoides. Ciertas ideas fijas. Las motos, sobre todo, pero también su esposa, una tal Margarita que al parecer le mataron hace años.

—Así se llama una muchacha del taller. Es la única persona del grupo, aparte de mí, con quien habla.

—Ahí tienes.

Cambié de tema. Le pregunté por la novela.

—The Night —le gustaba pronunciar el título antes de empezar a hablar de la novela. Quizás porque es un buen título. Quizás porque desde hace un tiempo Matías solo escribe títulos—. Todavía ando en la etapa de las notas y los borradores. Creo que tengo perfilado al protagonista. Un psiquiatra que viola y mata a sus pacientes. Solo a las mujeres. El modelo, por supuesto, es el doctor Montesinos: personificación del psiquiatra nacional, intelectual de referencia los domingos, rector de la Universidad Central, excandidato a la presidencia.

Pensé en Camejo Salas. Traté, en vano, de recordar unos versos suyos que nos obligaban a memorizar en el colegio.

Las luces del Chef Woo parpadearon.

—Hemos sido criados por asesinos.

No planeé decirlo. Lo estaba pensando y sin darme cuenta lo dije.

—¿Te imaginas, Matías, que descubramos un día que también nuestros padres fueron asesinos?

—Al paso que vamos, un día despertaremos y descubriremos que nosotros mismos somos asesinos —dijo Matías—. Quita esa cara —añadió—. Te pones pesado a veces. Deberías dejar la psiquiatría. ¿Cuánto te falta para la jubilación?

—Cinco años —dije.

Esta vez fue Matías quien cambió de tema. Quiso que le volviera a contar, «con lujo de detalles», el caso del doctor Montesinos. Sacó su libreta Moleskine, como siempre que me pide que le regale alguna historia.

Le conté lo que sabía del caso del doctor Montesinos.

—Necesito conocer todo acerca del mundo de los psiquiatras.

—Tú dirás.

—Datos, manías, rutinas, jerga. Ese tipo de cosas.

—A ver. El cuarenta por ciento de los psiquiatras hombres en Venezuela son homosexuales.

—¿Y cómo puedo usar eso?

—No lo sé.

—¿Para qué lo dices, entonces?

—Tú pediste datos. Ese es un dato.

—¿Cuarenta por ciento?

—Bueno, no sé. Cincuenta, quizás.

—¿Cómo sabes?

—Lo saco por los que conozco. Unos pocos lo asumen de manera abierta. Pero la mayoría son hombres casados y con hijos.

Matías se quedó pensativo. Me pareció que al fin iba a preguntarme eso que siempre ha querido preguntarme. Sin embargo, desistió.

—¿Y entonces? —me preguntó.

—¿Qué?

—Me dices que el cuarenta o cincuenta por ciento de los psiquiatras hombres en Venezuela son homosexuales encubiertos.

—Ajá.

—¿Eso qué crees que significa?

—Nada.

—¿Nada? ¿No te parece poco ético? —al fin se desquitaba.

—En absoluto.

—¿Con qué moral, por ejemplo, puede un homosexual de clóset decirle a otro homosexual de clóset que salga del clóset?

—No tiene que ver con la moral.

—Sí tiene. Es predicar lo que no se hace, hablar de cosas que no se conocen. Es como prescribir un medicamento que, llegado el caso, el mismo médico no se atrevería a tomar.

—De eso se trata. Los curas, por ejemplo. Son más santos y más sabios mientras menos sepan de la vida. Estoy convencido de que no se aprende nada de las experiencias. Las ideas tampoco sirven de mucho, pero si te mantienes apegado a ellas, puede que sobrevivas.

La conversación llegó a un punto muerto. Debatimos un rato más sin lograr convencer al otro. Yo fabricaba argumentos lógicos y despreciables, mientras Matías desplazaba la discusión al polo opuesto de la moral. Mi posición al respecto es simple: la moral no tiene nada que ver con un oficio cuya esencia es la ficción. Salvo las breves y, en algunos casos, perniciosas islas de objetividad que brindan los fármacos, todo en el discurso psiquiátrico es ficción. Las palabras del paciente buscan transmitir algo que no puede ser transmitido con palabras. Y esas palabras provocan las palabras del psiquiatra, las cuales jamás podrán traspasar el cerco de aquellas palabras originales y, por esa misma razón, se desviarán hacia otras palabras aún más lejanas, como las de su propio saber, las de los conceptos que maneja, las de las conductas tipificadas, las de casos anteriores que le recuerdan al que tiene enfrente. Si tiene suerte, el paciente saldrá protegido por ese laborioso manto de palabras tejido durante las sesiones de terapia, sintiéndose por el momento a salvo del frío de su propio desamparo.

—No comparto una sola de tus palabras —dijo Matías.

—Al contrario, las palabras son las únicas cosas que podemos compartir. Las que yo comparto todos los días con mis pacientes les ayudan a convivir con la tristeza y a familiarizarse con el horror. Es una negociación persistente e interminable, como todo en la vida. Incluso, puede ser que en esa negociación secreta consista la vida, pero eso no significa que debamos prestarle excesiva atención.

Noté cierto desasosiego en Matías y volví a cambiar de tema. Es así: nos salvamos el uno al otro de los bordes.

Volvimos a hablar de su novela. Me dijo que la etapa de borradores y esquemas era la más estimulante.

—En ese momento, todo es posible; empiezan a florecer las correspondencias y uno se transforma en un Quijote.

—Ese es tu problema, Matías. Te lo señalé desde la primera consulta: te emocionas con los proyectos, te vuelves lo que quieres escribir y al final terminas casi igual que al principio. Sin novela pero destrozado.

—Foucault lo llamaba «el peregrino de las similitudes» —dijo Matías con un guiño.

—¿A quién?

—Al Quijote.

—Sus clases sobre psiquiatría son excelentes.

—¿Recibiste el correo?

—Sí. No entendí por qué me lo mandaste.

—¿Cuántas mujeres decía que han encontrado?

—Ocho.

—Son nueve.

—La noticia decía ocho.

—Pues son nueve.

—¿Para qué me la enviaste si no es así?

—No tiene errores.

—¿Entonces?

—La noticia menciona los cadáveres de mujeres encontrados este año en los terrenos baldíos que están detrás ...