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THE WANDERERS: LAS PANDILLAS DEL BRONX

Richard Price  

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Fragmento

1

EL CAUDILLO

Ahí estaba él, en Big Playground. Richie Gennaro. Diecisiete años. Máximo caudillo de los Wanderers, rodeado de los caudillos de los Rays, los Pharaohs y los Executioners. Unos aliados delicados, una asamblea de lo más tensa. El asunto era:

–Tenemos que parar a esos negratas.

–¿Crees que los Fordham Baldies pelearían con nosotros?

–Tío, con los Baldies de nuestro lado se acabó.

–Sí, pero no te olvides de los Wongs. Esos chinos de mierda saben judo.

–¡No hay llave de judo que pueda con esto!

–¡Esconde eso, joder! ¡Vas a hacer que nos trinquen!

–Eh, ¿y qué hay de los tipos de Lester Avenue?

–Qué va, esos son unos putos asesinos.

–Esos te matan igual a ti que a un negrata.

–He oído que los Del-Bombers van con los Pips, porque Clinton Stitch tiene un primo en los Bombers.

–¿Te has dado cuenta de que los negratas tienen siempre dos millones de primos en todo el país?

–Los Del-Bombers… Mierda… Eso es chungo.

–Entonces tenemos que conseguir a los Baldies.

–Antone, tú conoces a Joey DiMassi, ¿verdad?

–Sí.

–¿Por qué no te vas a Fordham con Gennaro esta noche, a ver si puedes hablar con los Baldies?

–Vale.

Richie se sentía incómodo con Antone. Los Wanderers y los Pharaohs se peleaban a menudo, y esa paz de emergencia era solo temporal. ¿Y si Antone, esa noche, mientras esperaban el tren, empujaba a Richie a la vía? Los Pharaohs sabían que Richie era la chispa vital, la mente que había detrás de la máquina de guerra de los Wanderers. Richie sabía que de ser él un Pharaoh y de tener la oportunidad, seguro que empujaría al caudillo de los Wanderers al paso de un tren. Quizá deberían tomar un taxi.

La reunión se aplazó.

–Así que te vienes conmigo a ver a DiMassi esta noche…

–Sí.

–Nos vemos aquí a las diez, ¿okey?

–Okey. ¿Vamos en taxi?

Antone se encogió de hombros y miró a Richie con suspicacia.

–Bueno, mira… no sé si tengo pasta para un taxi.

–Vale, ya veremos.

–Hasta luego.

–Hasta luego.

Cuando se fueron todos, de vuelta a sus tiendas de dulces, descampados o patios de recreo, Richie se sentó en un banco y garabateó notas en una hoja.

NOSOTROS

ELLOS

WANDERERS

(MACARRONIS)

27

PIPS

(NEGRATAS)

50

PHARAOHS

(MACARRONIS)

28

CAVALIERS

(NEGRATAS)

30

RAYS

(IRLANDESES)

42

DEL-BOMBERS

(NEGRATAS)

36

EXECUTIONERS

(POLACOS)

30

MAU-MAU

(NEGRATAS)

40

FORDHAM BALDIES

(MEZCLADOS)

40

WONGS

(CHINOS)

27

LESTER AVENUE

(MUY MACARRONIS)

50

Excepto por los tipos de Lester Avenue, estaba bastante igualado. Richie tenía que encontrar la manera de involucrarlos sin que se volvieran contra sus aliados. Odiaban a los negratas, pero odiaban también al resto del mundo. Los de la pandilla de Lester Avenue eran mayores, de quizá veintiún años de media. Comparar a cualquiera de las pandillas del Norte del Bronx con los tipos de Lester Avenue era como comparar a los guardacostas con los marines. Las otras pandillas tenían sus peleas, y de vez en cuando alguien acababa con una mandíbula rota o necesitaba un par de puntos, pero los tipos de Lester Avenue eran todos ex presidiarios o gentuza de la mafia. El año anterior, los cabecillas de la banda, Louie y Jackie Palaya, habían sido acusados de asesinato, pero tenían abogados de la mafia, que habían hecho un apaño.

La única otra pandilla que había que temer eran los Fordham Baldies, unos tipos tan completamente pirados que se afeitaban la cabeza para que el pelo no se les metiera en los ojos durante las peleas. También eran mayores. Unos dieciocho años de media. El tipo más duro de los Baldies era Terror, un enorme bruto bizco que, cuando no tenían con quien pelearse, zurraba a los de su propia pandilla. Pero incluso él se guardaba mucho de meterse con siquiera el más canijo de Lester Avenue. Aparecerían como una patrulla de vigilancia y pondrían la zona entera de Fordham patas arriba, y lo harían noche tras noche hasta que Terror se rindiera. Entonces montarían su propio tribunal en algún sótano y Terror tendría un cincuenta por ciento de posibilidades de aparecer en el maletero de un coche abandonado en Hunt's Point la semana siguiente.

Richie pensó en sus adversarios. Pocas veces entendía a los negratas. Una vez hizo un test de prejuicios en un libro de cómics y acertó todas las respuestas excepto la pregunta «¿Huelen los negros diferente?». Él puso SÍ, pero al girar el cómic para ver las respuestas, la respuesta era NO. Pero eso era una patraña, porque él sabía que olían diferente. Su madre le había dicho siempre que tuviera mucho cuidado con negros, cuchillos y navajas de afeitar, y con subirse a un ascensor a solas con un negrata, porque los negratas te podían cortar las pelotas sin ningún problema, para cambiarlas por drogas o alcohol. Una cosa que él sabía con seguridad era que si entras en un edificio donde la mayoría de los inquilinos son negratas, el vestíbulo o el ascensor huele a meados. Una vez fue a la parte alta de la ciudad, a las viviendas sociales de Gun Hill, a buscar los apuntes de un chaval de su clase, y el tufo a meados en el ascensor le hizo vomitar antes de llegar a la planta del chaval.

Richie entendía que todas aquellas pandillas se juntaran, porque los negros, en su mayor parte, eran unos cobardes, a menos que fueran en un grupo grande. Lo que no comprendía era por qué los Wongs se juntaban con ellos. Eran de dos mundos diferentes. En la escuela no se peleaban nunca, pero tampoco eran amigos de nadie. Los Wongs eran los más pirados de todos. No solo eran todos chinos, sino que además eran todos parientes. Veintisiete tipos con el mismo apellido: Wong. Todos llevaban un dragón tatuado, y se decía que sabían jiu-jitsu y que con una llave de judo podían matar a cualquiera.

Richie pensaba que, excepto los Reds, la ma

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