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TRAGAR EL SOL

Patricio Jara  

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Fragmento

Capítulo 1

Una vez escuché decir que la diferencia entre un valiente y un cobarde es que el valiente arranca para adelante. O quizás hayan dicho héroe antes que valiente. No estoy seguro ni es mi caso. Yo no arranco. Me voy para siempre, más bien. A algunos les parecerá tan sorpresivo que puedo entender sus comentarios. Pero cuidado: arrancar es salir rápido, a empujones si es necesario, por los techos. No tengo ni tuve la necesidad. Y si algo debo decir a mi favor después de haber tomado del cuello a ese estudiante que colmó mi paciencia en mitad de la clase, lo cual puso término a mi vida de profesor de un modo más espectacular de lo que pueda imaginarse, es que abandoné la sala según indica la señalética en caso de incendio o terremoto: con paciencia, con calma, sin gritar, sin correr. Subí las escaleras de la facultad a paso lento y con la respiración y pulso normales. Dejé la carpeta del curso en el casillero, también el plumón de pizarra. Entré a mi oficina y apagué el computador. Supuse que los colegas con que compartía el espacio hacían clases a esa hora. Cerré la puerta y me despedí de la secretaria como tantas veces durante los años que fui profesor: levantando en silencio la palma de mi mano derecha. Todo esto, lo habrán notado, es distinto de arrancar. Quien arranca entra en una constante. En cambio, yo me fui, corté, desaparecí y sobre esto quiero decir dos o tres cosas.

No recuerdo si en la salida del edificio me topé con alguien. Tal vez saludé a uno que otro estudiante en el pasillo. Eso habrá sido. Un par de minutos después estaba en el andén del metro buscando una manera rápida de llegar a la estación Pedro de Valdivia. El vagón al que subí no estaba lleno. De hecho, había varios asientos disponibles, aunque preferí apoyarme en un rincón y cerrar los ojos. A medida que pasaba las estaciones me sentía como un animal que va perdiendo capas de piel, como un coleóptero que renueva su blindaje.

Salí del carro con un peso en las piernas y pensé que sería incapaz de subir las escaleras. Pero avancé. A esas alturas no tenía otra chance que avanzar. Llegué hasta la agencia de viajes y me senté frente a una señorita vestida con ropa formal y pelo corto. Le dije que quería un pasaje a Miami. El más barato que tuviera. No importaba la línea aérea ni la cantidad de escalas. ¿Fecha de ida? Mañana. ¿Fecha de regreso? Cualquiera. La que usted quiera. No habrá regreso.

La idea de llegar a Miami no ha sido por Miami. En lo absoluto. Me parece que es de esa clase de lugares de los que hablan tanto que qu

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