Loading...

TRAICIONADA

Danielle Steel  

0


Fragmento

1

Los dos hombres que yacían bajo el sol abrasador del desierto estaban tan inmóviles que apenas parecían vivos. Acababan de oírse unas explosiones devastadoras a lo lejos, y uno de ellos estaba cubierto de sangre. Aunque habían sido enemigos, el que estaba ileso sostenía ahora la mano del que se desangraba. Se miraron por última vez. El hombre herido exhaló su último suspiro y murió justo cuando sonaba un disparo cercano. El superviviente, aterrado, abrió mucho los ojos mientras el hombre que había disparado aparecía a su espalda como surgido de la nada, igual que si hubiera caído del cielo cual ángel vengador.

—¡Corten... y a editar! —sonó una voz en mitad del silencio.

En cuestión de segundos todo fue acción. Entró en la escena un tropel de técnicos con cámaras y equipos, el muerto se levantó con el cuello ensangrentado y un ayudante de producción se le acercó corriendo con un refresco, que el otro bebió agradecido. El hombre que un instante antes sostenía su mano se alejó del set en busca de algo que comer en cuanto le dijeron que habían terminado de rodar hasta el día siguiente.

Dos docenas de personas hablaban, gritaban y se reían, mientras una mujer rubia, alta y delgada, vestida con vaqueros cortados y deshilachados, zapatillas deportivas de caña alta y camiseta masculina con desgarrones, charlaba con los cámaras exhibiendo una enorme sonrisa. A pesar de ser de tez clara, lucía un bonito bronceado debido a las muchas horas pasadas al aire libre. La mujer llevaba la larga y revuelta cabellera rubia recogida en un moño. En ese momento se lo cambió por una trenza algo descuidada y se hizo con una de las botellas de agua helada que estaban repartiendo. Había una enorme camioneta de catering allí cerca, y un fotógrafo inmortalizaba a los actores a medida que salían del set de rodaje. Cuatro de las principales estrellas de Hollywood participaban en el filme, como siempre ocurría en las películas que dirigía.

—Va a ser la mejor escena de la película —le aseguró la rubia al director de fotografía.

La gente iba y venía a su alrededor, y muchos se paraban a hacerle preguntas a la directora. El técnico de sonido comentó que también estaba satisfecho con la escena. Todo había salido bien. El hombre de arena sería su mejor película hasta la fecha.

Estaban rodando su nueva cinta, destinada sin duda a ser un éxito instantáneo, como todas las anteriores que Tallie Jones había dirigido. Sus filmes siempre arrasaban en taquilla. Había sido nominada dos veces a los Oscar y seis a los Globos de Oro. Sobre su escritorio descansaban dos Globos de Oro, pero todavía ningún Oscar. El gran éxito de sus películas se debía a que ofrecían la acción intensa que tanto gustaba al público masculino, junto con la suficiente violencia para satisfacer sus ansias de sangre, así como la sensibilidad y la emotividad que las hacían atractivas para las mujeres. Ofrecía lo mejor de ambos mundos. Todo lo que Tallie tocaba se convertía en oro. A sus treinta y nueve años, llevaba diecisiete dirigiendo películas y su filmografía no incluía ni un solo fracaso.

En el set de rodaje se olía ya el triunfo, y Tallie parecía feliz mientras caminaba hacia la caravana que era su despacho durante el rodaje, con su manoseado ejemplar del guion bajo el brazo. Este incluía todos los cambios que habían realizado los guionistas la noche anterior. Tallie nunca perdía la concentración. Era una perfeccionista, y quienes trabajaban con ella la acusaban de controlarlo todo y a todos, pero valía la pena. Encendió su BlackBerry al entrar en la caravana climatizada y vio que tenía dos mensajes de su hija, que estudiaba el primer curso preparatorio para derecho en la Universidad de Nueva York. Maxine, o Max, como la llamaban, no sentía atracción alguna por el cine; solo le interesaba el derecho. Quería ser abogada como su abuelo, el padre de Tallie, Sam Jones. Sam era el héroe de Tallie y Max, y ellas eran las dos únicas mujeres de su vida. La madre de Tallie había fallecido de leucemia cuando su hija aún iba al instituto, y su padre la había apoyado siempre en todo. Ella le había llevado a la ceremonia de los Oscar como acompañante cuando fue nominada, y Sam, cuya actitud hacia su hija era muy protectora, se mostraba tremendamente orgulloso de ella.

Si Tallie se enamoró del cine fue gracias a su madre, que de niña la llevó a ver todas las películas imaginables. Habían visto todos los clásicos juntas, lo que hizo que quedara fascinada por los filmes y los actores. La había llamado Tallulah por Tallulah Bankhead, que era en su opinión la mujer más glamurosa que había existido nunca. Tallie siempre había detestado su propio nombre y lo abrevió para poder soportarlo, pero le encantaban todas y cada una de las películas que había visto con su madre, quien siempre ansió ser actriz y quiso que su hija hiciera realidad sus sueños. No había vivido el tiempo suficiente para presenciar la carrera profesional y las maravillosas películas de Tallie. A esta le gustaba pensar que a su madre le habrían encantado y que se habría sentido orgullosa de ella. La madre de Tallie se había casado con Sam a los veintiún años, cuando él ya era un abogado de éxito de cuarenta y cinco. Fue el segundo matrimonio para él, pero Tallie era su única hija. Sam contaba ahora ochenta y cinco años, estaba jubilado y su salud era bastante delicada. Se llamaban por teléfono a diario, y al hombre le encantaba saber cómo había ido todo en el rodaje. Ella era ahora su enlace con el mundo exterior, ya que Sam casi no salía de casa. Le costaba demasiado moverse por culpa de la artritis.

La trayectoria matrimonial de Tallie había estado llena de altibajos, algo nada extraño en el mundo en que vivía, donde las relaciones inestables y los cambios de pareja eran la norma. Ella siempre decía que resultaba imposible conocer a tipos normales y decentes en la industria cinematográfica. El padre de Max había sido una historia completamente distinta. Era un vaquero de Montana al que conoció en la Universidad del Sur de California y del que se quedó embarazada a los veinte años. Tallie dejó los estudios durante un año para tener el bebé, y Sam insistió en que se casaran. Eran casi unos críos, y cuando Max tenía seis meses su padre se volvió a Montana y la pareja se divorció. Tallie había ido a visitarle en varias ocasiones para ver si podían seguir con la relación, pero sus vidas eran totalmente distintas. Desde entonces, él llevaba veinte años en el circuito de rodeos, se había casado co

Recibe antes que nadie historias como ésta