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TU FUERZA INTERIOR

Bernardo Stamateas  

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Fragmento

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

INTRODUCCIÓN

FORTALEZA 1

FORTALEZA 2

FORTALEZA 3

FORTALEZA 4

FORTALEZA 5

FORTALEZA 6

FORTALEZA 7

FORTALEZA 8

FORTALEZA 9

FORTALEZA 10

FORTALEZA 11

FORTALEZA 12

FORTALEZA 13

FORTALEZA 14

FORTALEZA 15

FORTALEZA 16

FORTALEZA 17

FORTALEZA 18

FORTALEZA 19

FORTALEZA 20

FORTALEZA 21

FORTALEZA 22

Bibliografía

Notas

Dedicatoria

Mamá, te amo. Eres la mejor.

Tu gran corazón y tu ejemplo me han inspirado

cada día de mi vida para ser mejor persona,

soñar en grande, amar a Dios y saber

que siempre hay fuerza dentro de nosotros.

Recibe antes que nadie historias como ésta

INTRODUCCIÓN

INTRODUCCIÓN

Hoy en día mucho se habla del «síndrome de Peter Pan» o del «síndrome de Wendy». Ambos hacen referencia a personas con dificultades para crecer, que se han quedado en la comodidad, en la quietud, en la búsqueda del placer y del no-esfuerzo. También se habla de los «jóvenes ni-ni», que ni trabajan ni estudian, y de «padres ni-ni», a los que ni les importa ni les interesa nada.

Algunas personas me han contado que al conversar con su madre o su padre los perciben atascados en las mismas problemáticas de siempre. Son padres que no han crecido, que se han quedado detenidos en el tiempo. No crecer es morir antes de tiempo. Fuimos creados para desarrollarnos, crecer y avanzar.

Podríamos comparar la evolución en la vida del ser humano con un arco que incluye la niñez, la adolescencia, la juventud, la adultez y la vejez. La mayoría de las personas piensan que hay una etapa óptima en sus vidas, que es la juventud, y que después viene, indefectiblemente, el declive. Su lema es: «Yo quiero sembrar en la primera mitad de mi vida para luego cosechar.» Imaginan que cuando sean mayores echarán mano de una caña y se irán a pescar.

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Sin embargo, también es posible ver la vida desde otra perspectiva: como una escalera. Imaginemos que somos como una luz que va en aumento. Es decir, que vamos creciendo a medida que pasan los años. Esta visión nos transmite el mensaje de que, más allá del deterioro físico que todos tengamos a partir de los cuarenta años, interiormente podemos seguir creciendo.

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Uno de los principios fundamentales para crecer y desarrollar nuestra fuerza interior es la capacidad de mirarnos a nosotros mismos, conocida como «introspección». Mirarme a mí mismo me permite saber qué estoy pensando, cómo estoy funcionando, en qué áreas me está yendo bien y en cuáles me está yendo mal.

Esa capacidad de mirar hacia dentro nos conduce a un gran descubrimiento: que en nuestro interior existe una caja llena de recursos extraordinarios y fortalezas, que ya empleamos en alguna situación de crisis que atravesamos en el pasado. Esos recursos están allí, solo tenemos que reconocerlos y volver a hacer uso de ellos.

En este libro hallarás algunos de esos recursos y fortalezas que ya se encuentran dentro de ti. Como suelo decir, ningún libro le cambia la vida a nadie, ni es una varita mágica. La presente obra solo intenta ser una guía para que, juntos, seamos capaces de «ver» esa enorme caja de recursos y fortalezas y utilizarlos para adquirir fuerza interior y disfrutar de la apasionante aventura de la vida, lo cual significa seguir creciendo hacia delante.

BERNARDO STAMETEAS

FORTALEZA 1

FORTALEZA 1

Acariciar y ser acariciado nos da fuerza interior

para alimentar nuestra vida

1. CARICIAS Y AMOR SANO

Todos necesitamos amar y ser amados. El verdadero amor no consiste en regalar un osito de peluche, dedicar una canción o cambiar la situación sentimental en el muro de Facebook. El amor verdadero valora, respeta, sirve a los demás y es capaz de sobreponerse a la diversidad de circunstancias desfavorables a que a menudo debemos enfrentarnos. Hacer algo por amor implica poner empeño, invertir, esforzarse, y todo sin esperar nada a cambio. Y las caricias, tan importantes y necesarias para todo ser humano desde el primer día de vida, constituyen parte de ese amor.

2. LA IMPORTANCIA DE LAS CARICIAS A LO LARGO DE LA VIDA

La caricia es un estímulo amoroso. Todos necesitamos ser acariciados, desde que nacemos hasta que morimos. Las caricias son ladrillos que se van agregando en la construcción de nuestra vida. Cuando una madre acaricia a su bebé y lo mima, le está dando alimento afectivo, algo absolutamente indispensable para un crecimiento saludable. El bebé necesita que se lo sostenga en brazos, se lo mire, se lo abrace, se lo acaricie. El calor físico, el contacto con el cuerpo de sus padres, hace que la criatura se sienta amada, cuidada y protegida.

A medida que el niño va creciendo, los padres no solo lo acarician físicamente, sino con acciones: lo toman de la mano, lo llevan a la escuela y van a buscarlo, le controlan los deberes, le preparan el desayuno o la merienda, etc. Cada acción que realizamos hacia nuestros hijos es una caricia que lo acompañará durante toda su vida.

Todos los seres humanos necesitamos, desde el nacimiento hasta el último día, el contacto corporal con el otro. Sin embargo, en la adolescencia, muchas veces los chicos evitan el contacto físico. En esta etapa nuestros hijos comienzan a diferenciar lo que es una caricia física de lo que es una caricia sexual, y esta es la razón por la que necesitan distanciarse físicamente de nosotros. A nuestros hijos tenemos que abrazarlos, quererlos y, obviamente, acariciarlos; pero en el trascurso de la adolescencia lo fundamental será acariciarlos con acciones y palabras.

Las palabras también acarician: cada vez que los aconsejamos, cuando conversamos con ellos e intercambiamos ideas, les estamos dando caricias que necesitan para su sano crecimiento y evolución hacia la juventud. De esta manera, cuando dejen atrás la adolescencia y se transformen en jóvenes, ya tendrán incorporada la caricia física, las acciones y las palabras.

Por último, llegamos a la vejez. El anciano también necesita caricias físicas, acciones y palabras. En el caso de las caricias físicas, tienen que ser más fuertes, porque la piel, las arterias, el sistema nervioso, están envejecidos. Cuando saludamos a una persona mayor, tenemos que apretarle fuerte la mano o palmear su hombro con decisión.

3. LAS CARICIAS EN LA PAREJA

Por desilusión o rutina, con el tiempo muchas parejas van perdiendo el hábito de las caricias. Tanto la mujer como el hombre echan de menos ese contacto físico, ese roce que experimentaban juntos en los primeros años de la relación. ¿Cómo deberían funcionar las caricias en la pareja? Veamos dos ideas prácticas:

a. Respetar el contexto

Una pareja de adolescentes enamorados no tiene reparos en darse un beso, abrazarse en la calle o en medio de una plaza, y no les molesta ser vistos por otros, porque no hay contexto para ellos. Pero a medida que van creciendo comienzan a valorar y evaluar el contexto. Así, por ejemplo, ella quiere que él le dé un beso en el trabajo, pero él no quiere hacerlo en la oficina, frente a las cámaras de seguridad que los están grabando. Cada uno en la pareja evalúa el contexto de distinta manera. A ella no le importa el contexto, sino la caricia, el contacto físico; a él también le importa la caricia, pero además le importa el contexto. Él no quiere ser visto en el trabajo besándola, pero de todos modos la besa, no sin antes mirar a los lados a fin de asegurarse de que nadie lo ve, y, claro, no disfruta del beso. Ella percibe su incomodidad y le reprocha: «Ya no me quieres como antes, te importa más este trabajo que mi amor», y allí comienza una discusión. Es muy importante respetar el contexto.

b. Disfrutar ambos

No sirve que solo un miembro de la pareja disfrute de las caricias; siempre ha de haber una mutua satisfacción. Y esto no solo es aplicable al ámbito de la pareja. Por ejemplo, una abuela quiere besar a su nieto, pero el niño le dice: «Abuela, no quiero un beso.» La criatura no quiere que lo acaricien; un niño no es como una mascota que siempre viene a uno para que lo acaricie. La abuela no comprende esta situación, ella cree que en cualquier momento puede decirle a su nieto «Ven acá» y darle un beso; sin embargo, eso no es acariciar. ¿Os ha pasado alguna vez que estabais conversando con alguien y de pronto este os tomó por el hombro y os puso su mano en la cintura? Seguramente pensasteis: «¿Qué le pasa?» Esa persona no estaba acariciando, sino pensando en sí misma, en lo que ella siente.

Una caricia sana es aquella en que ambos disfrutan; y para que sea así tiene que haber empatía, es decir, a los dos les tiene que gustar. Esa es la manera correcta de acariciarse, y debería ser una dinámica de pareja que se va construyendo a lo largo del tiempo. Tanto él como ella deberían ser capaces de decirse: «Ya sé que esta caricia no le gusta y esta sí le gusta», «Sé que ahora no es el momento», «Sé que ahora sí es el momento». Muchos problemas surgen porque uno de los dos toca con la mano, con una acción o con palabras en momentos que el otro no quiere, o de la forma que al otro no le gusta. Las parejas sanas saben cuándo, cómo y dónde acariciarse, y todo surge espontáneamente. Así funciona la empatía en la pareja. Por eso es fundamental explicitar, expresar, decir: «Esto me gusta», «Esto no me gusta», «Ahora quiero», «Ahora no quiero». Y no me refiero a sexo, sino a la caricia física afectiva. En ciertas parejas ambos piensan: «Si me ama, tiene que saber lo que necesito, y debe ser espontáneo.» Lo cierto es que resulta necesario hablar y manifestarle al otro lo que uno quiere. Esta es la manera sana de ir construyendo el vínculo. Llegará un momento en que lo que se habló ya no se hablará más, porque la información se habrá incorporado; entonces la pareja funcionará bien, dado que ambos se conocen.

4. ALGUNOS MITOS RESPECTO A LAS CARICIAS DE LOS QUE NECESITAS LIBERARTE

• Mis padres no me acariciaron, por eso no sé acariciar.

Falso. Esto no explica por qué una persona no sabe acariciar, ya que los hechos del pasado no determinan lo que esa persona hace hoy. Lo que hacemos en el presente depende exclusivamente de nosotros. Si hoy no acaricio, puedo explicar que en mi niñez no tuve carencias afectivas y por eso no sé acariciar, o puedo decir la verdad: que no acaricio porque tengo vergüenza, miedo o simplemente porque no estoy acostumbrado a hacerlo. Nuestro comportamiento de hoy no depende del pasado, lo que vivimos antaño no es excusa para no cambiar. Podemos decir: «Soy besucón porque vengo de una familia donde nos dábamos besos continuamente», pero la verdad es que somos besucones porque elegimos ser así. Tenemos libertad para cambiar todo aquello que no nos agrade o nos haga mal. Así pues, no culpemos al pasado, ya que, aunque se puede explicar, no determina nuestro presente.

• Mis padres no me amaron, me rechazaron totalmente.

Falso. Mucha gente me ha dicho: «Mis padres me abandonaron», «Mis padres me rechazaron», «Mi padre me pegaba», «Mi madre nunca me quiso». Tal vez no nos quisieron como hubiésemos deseado, o quizá nos hubiese gustado que nos quisieran más. Sin embargo, nadie puede decir que no lo amaron en absoluto. Si este fuera el caso, hoy tendríamos una incapacidad total y todos los recursos disminuidos para enfrentar la vida.

• Mis abuelos me acariciaban, pero mis padres no.

Falso. Porque esos abuelos que acariciaban fueron los padres de uno de nuestros progenitores. Muchas veces nos formamos esas ideas porque nos hubiese gustado ser acariciados de otra manera, ya que el amor tiene indicadores distintos a lo largo de la vida. Por ejemplo, alguien puede decirme: «¡Qué alegría verte!», sin que eso sea un indicador de amor o cariño. De hecho, los vendedores siempre se alegran al vernos entrar en su negocio y nos tratan con afecto, pero eso no significa que nos amen; solo que están interesados en que les compremos lo que venden. Todos tenemos distintos indicadores. Quizá cuando esperábamos una acción nos dieron una caricia física, o cuando necesitábamos una caricia física nos dieron una palabra. Es importante que aprendamos de los distintos indicadores. Pero las caricias siempre son necesarias.

Todos los seres humanos necesitan el amor expresado a través de las caricias, ya que la caricia afectiva es el combustible y la fuerza de sentirse amado y de poder amar. ¡Hagámoslo, acariciemos cada vez más y cada vez que podamos!

FORTALEZA 2

FORTALEZA 2

Construir vínculos afectivos

nos da fuerza interior para construir

una madriguera afectiva

1. LO QUE NO DECIMOS

Hoy en día existen muchos problemas de pareja, ya sea de violencia de género, de infidelidad o de adicciones de diversa índole, por mencionar solo algunos. ¿La razón? Entre los muchos factores que existen, está la imposibilidad de construir un vínculo afectivo.

¿Qué es el vínculo afectivo?

Cuando una persona dice: «Quiero que me digas que me amas», el problema no es el planteamiento verbal, sino el no verbal. Toda vez que falla el vínculo no verbal, la pareja demandará palabras: «Dime que me quieres.» Pero la verdadera cuestión es lo no verbal, y, a pesar de que la persona declare «Te amo», no se resolverá el conflicto, porque se está buscando confirmar algo que no es verbal. Uno desea lo verbal porque cree, o tiene la ilusión, de que así la relación de pareja mejorará. Pero el problema nunca es lo verbal, sino lo no verbal. ¿Qué es lo no verbal? Supongamos que le doy las llaves de mi casa a un amigo porque confío en él. No necesito decirle: «Te doy las llaves porque confío en ti.» Simplemente le doy las llaves porque hay un vínculo ya consolidado entre los dos, un sincero interés mutuo que no precisa de lo verbal.

¿Recordamos cuando nos enamoramos por primera vez? Cuando estamos enamorados, en la primera etapa de la relación, el cuerpo habla más que las palabras. Nuestro primer lenguaje es el cuerpo. Si en una entrevista dijera: «Estoy abierto a todas las preguntas que quieran hacerme», pero me cruzo de brazos, mi cuerpo estaría diciendo que, en realidad, no estoy abierto. Si un hombre intima con una mujer que le gusta de verdad y le dice sinceramente «Te amo», lo no verbal (el cuerpo) coincidirá con lo verbal. En cambio, si ese hombre solo le dice que la ama y no se lo demuestra con sus actitudes, entonces lo verbal no coincidirá con lo no verbal.

En la primera etapa de una pareja, generalmente la actitud corporal de interés sincero coincide con lo verbal. La manera en que el hombre del ejemplo anterior se acerca y mira a su amada es refrendada por lo verbal. En una segunda etapa, el hombre se acerca a la mujer porque tiene un interés sincero corporal que sella con un «Te quiero, ¡qué guapa estás!». Y más adelante en la relación, ya no le dice que la ve hermosa, simplemente la mira, porque el vínculo ya está consolidado: el lenguaje no verbal se ha afianzado y él no necesita decirle nada. El vínculo, entonces, es el interés sincero por el otro.

Ahora bien, cuando una pareja funciona mal, lo que hay que recomponer no son las palabras, sino la conexión no verbal. ¿Y cómo se hace?

Primero, es preciso mencionar lo que no se debe hacer. Una relación no se reconstruye pidiéndole al otro: «Dime que me amas; dime que estás interesada en mí; dime que soy bonita; dime que soy atractivo.» Eso no lo resuelve. Tampoco se reconstruye entregándole al otro un listado de todos los «yo quiero...»: «Quiero que vayamos al cine; quiero que me trates bien; quiero que me prepares la comida; quiero llegar y encontrar la casa ordenada.» Ninguna de esas acciones construye el vínculo, porque un vínculo no es una lista de tareas, sino un interés sincero por el otro que se expresa en actos.

Cuando ese vínculo de interés sincero no es sano, uno le reprocha al otro: «Tú no tienes interés en mí.» Pero el vínculo tampoco se reconstruye mediante el reproche, ya que tal actitud es una imposición. El otro dirá: «¿Y cómo quieres que tenga un interés sincero en ti, vista la forma en que me tratas?» A veces se hace algo por obligación, pero en una pareja nada se resuelve por obligación, todo se debe hacer por interés sincero en el otro. Si en una pareja no existe interés por parte de ambos, el vínculo no se consolida.

2. RECONSTRUIR EL VÍNCULO

El vínculo afectivo se puede reconstruir de dos maneras:

• Recordando los buenos momentos vividos

Cuando recordamos los buenos tiempos, nos emocionamos y revivimos en el cuerpo lo que sentimos cuando eso ocurrió. Por ...