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UN DESTELLO DE LUZ (INSPECTOR ARMAND GAMACHE 9)

Louise Penny  

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Fragmento

Contenido

Portada

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Veintiuno

Veintidós

Veintitrés

Veinticuatro

Veinticinco

Veintiséis

Veintisiete

Veintiocho

Veintinueve

Treinta

Treinta y uno

Treinta y dos

Treinta y tres

Treinta y cuatro

Treinta y cinco

Treinta y seis

Treinta y siete

Treinta y ocho

Treinta y nueve

Cuarenta

Cuarenta y uno

Cuarenta y dos

Nota de la autora

Agradecimientos

Créditos

UNO

Audrey Villeneuve sabía que no podía estar pasando, que sólo era fruto de su imaginación. Era una mujer adulta, capaz de distinguir entre realidad y fantasía. No obstante, cada mañana, cuando salía de su casa en el extremo oriental de Montreal y cruzaba al volante de su coche el túnel de Ville-Marie de camino a la oficina lo veía, lo oía, lo sentía ocurrir.

Podía empezar con los destellos rojos de las luces de freno, luego el camión de delante pegaba un volantazo, patinaba y chocaba de lado. Un horrible alarido reverberaba contra las duras paredes hasta llegar a donde estaba ella, y bocinazos, alarmas, frenazos, chillidos de la gente.

Entonces, unos bloques de hormigón enormes se desprendían del techo llevándose consigo una maraña de venas y tendones metálicos: al túnel se le salían las tripas, las tripas que sustentaban la estructura, que sustentaban la ciudad de Montreal.

Que la habían sustentado hasta ese día.

Y entonces, entonces... el óvalo de luz diurna, la salida del túnel, se cerraba, como un ojo.

Y luego, la oscuridad.

Y luego la espera larga, larguísima: quedar aplastados.

Cada mañana y cada tarde, cuando Audrey Villeneuve conducía a través de aquella maravilla de la ingeniería que unía un extremo de la ciudad con otro, el túnel se derrumbaba.

«Todo saldrá bien», se dijo riendo para sí, de sí misma. «Todo saldrá bien.»

Subió el volumen de la música y se puso a cantar en voz alta.

Pero seguía notando un hormigueo en las manos, que empezaba a sentir frías y entumecidas, y el corazón le palpitaba con fuerza.

Una oleada de nieve fangosa golpeó el parabrisas, los limpiaparabrisas se la llevaron y dejaron una media luna moteada.

El tráfico se ralentizó y después se detuvo del todo.

Audrey abrió mucho los ojos: esto nunca había pasado. Tener que circular por el túnel ya era bastante malo, pero quedarse parado dentro era terrible. Se quedó en blanco.

—Todo saldrá bien.

Pero le faltaba el aire y el silbido en su cabeza era tan intenso que no pudo oír su propia voz.

Bajó el seguro de la puerta con el codo, no para dejar a alguien fuera, sino para obligarse a continuar dentro: un penoso intento de contenerse para no abrir la puerta de golpe y salir corriendo y chillando sin parar hasta encontrarse fuera del túnel. Se aferró al volante, fuerte, muy fuerte.

Sus ojos recorrieron la pared salpicada de nieve medio derretida y luego el techo y la pared a lo lejos.

Grietas.

¡Por Dios! Veía grietas.

Y algunos intentos poco entusiastas de rellenarlas con yeso.

No para repararlas, sino para ocultarlas.

«Eso no significa que el túnel vaya a derrumbarse», se dijo para tranquilizarse.

Pero las grietas se ensancharon y le sorbieron el seso. Todos los monstruos de su imaginación se volvieron reales y empezaron a abrirse paso y a emerger por esas fisuras.

Apagó la música para poder regodearse en su hipervigilancia. El coche de delante avanzó unos centímetros... y luego se detuvo.

—Vamos, vamos, vamos —imploró.

Pero Audrey Villeneuve estaba atrapada y aterrorizada. No tenía adónde ir. Lo del túnel ya era malo, pero lo que le esperaba bajo la luz grisácea de diciembre era aún peor.

Hacía días, semanas, meses (años, para ser franca) que lo sabía: los monstruos existían. Vivían en las grietas de los túneles, y en callejones oscuros, y en pulcras casas adosadas. Tenían nombres como Frankenstein y Drácula, y Martha, y David, y Pierre..., y casi siempre te los encontrabas en los lugares más inesperados.

Miró por el retrovisor y vio dos ojos marrones aterrorizados, pero en el reflejo atisbó también su salvación, su bala de plata, su estaca.

Era un vestido de fiesta muy bonito.

Había pasado muchas horas cosiéndolo, un tiempo que podría haber empleado (y debería haber empleado) en envolver regalos de Navidad para su marido y sus hijas. Un tiempo que podría haber invertido (y debería haber invertido) en hornear galletas con forma de estrellas, ángeles y divertidos muñecos de nieve con botones de caramelo y ojos de gominola.

En lugar de eso, nada más entrar en casa, Audrey Villeneuve se iba directa al sótano y a su máquina de coser. Encorvada sobre la tela verde esmeralda, había puesto en las puntadas de aquel vestido de fiesta todas sus esperanzas.

Se lo pondría esa noche. Se presentaría en la fiesta navideña, echaría un vistazo a la sala y en el acto percibiría un aluvión de ojos sorprendidos clavados en ella. Con su vestido verde entallado, la anticuada y sosa Audrey Villeneuve se convertiría en el centro de atención. Pero no lo había hecho para captar la atención de todos, sólo la de un hombre. Y cuando la tuviera, podría relajarse.

Podría soltar el lastre que acarreaba y seguir con su vida. Los daños se repararían, las fisuras se cerrarían, los monstruos volverían al lugar al que pertenecían.

La salida al puente de Champlain ya era visible. No era la que tomaba normalmente, pero ese día estaba lejos de ser normal.

Audrey puso el intermitente y vio al hombre del coche de al lado dirigirle una mirada huraña. ¿Adónde se creía ella que iba? Todos estaban atrapados, pero Audrey Villeneuve lo estaba más, incluso. El tipo le hizo una peineta, pero ella no se ofendió: en Quebec, era un gesto tan trivial como un ademán amistoso. Si los quebequeses diseñaran un coche algún día, el adorno de capó sería una peineta. Lo normal habría sido que ella también respondiera con un «ademán amistoso», pero Audrey tenía otras cosas en la cabeza.

Se desvió poquito a poco hasta el carril más a la derecha, hacia la salida que daba al puente. La pared del túnel quedaba a sólo unos palmos de distancia: podría haber hundido el puño en uno de sus agujeros.

—Todo saldrá bien.

Audrey Villeneuve sabía que las cosas podían salir de varias maneras... y que probablemente, muy probablemente, no saldrían bien.

DOS

—Consíguete tu propio pato, hostia —soltó Ruth, y abrazó más fuerte a Rosa, un edredón vivito y coleando.

Constance Pineault sonrió y se la quedó mirando. Cuatro días atrás nunca se le habría ocurrido tener un pato, pero ahora le envidiaba su Rosa, la verdad, y no sólo por el calor que el animalito proporcionaba en ese gélido día de diciembre.

Cuatro días atrás, nunca se le habría ocurrido abandonar la comodidad de su butaca frente a la chimenea del bistrot para sentarse en un banco helado junto a una mujer borracha, o más bien chiflada. Pero ahí estaba.

Cuatro días atrás, Constance Pineault no sabía que el afecto, al igual que la cordura, se manifestaba de muchas formas, pero ahora sí.

—¡Esa defeeeensaaa! —gritó Ruth a los jóvenes que jugaban en el lago helado—. Por el amor de Dios, Aimée Patterson, hasta Rosa lo haría mejor que tú.

Aimée pasó de largo patinando y Constance la oyó decir algo que podría haber sido «pata», o a lo mejor«puta»...

—Me adoran —le dijo Ruth a Constance, o a Rosa, o al aire.

—Te tienen miedo —puntualizó Constance.

Ruth le dirigió una mirada mordaz.

—¿Sigues aquí? Pensaba que te habías muerto.

Constance se rió y su risa se alejó flotando como una nube sobre la plaza del pueblo hasta fundirse con el humo de las chimeneas.

Cuatro días atrás, pensaba que ya había soltado su última risa, pero allí, junto a Ruth, hundida en la nieve hasta el tobillo y con el culo congelado, había descubierto que había muchas más risas, y que estaban escondidas allí, en Three Pines, el almacén de las risas.

Las dos septuagenarias observaban la actividad de la plaza ajardinada en silencio, salvo por el graznido que se oía a cada rato y que Constance prefería atribuir a la pata.

Aunque tenían prácticamente la misma edad, eran la noche y el día. Lo que Constance tenía de dulce, Ruth lo tenía de dura. Mientras que el cabello de Constance, recogido pulcramente en un moño, era largo y sedoso, el de Ruth era corto y áspero. Donde Constance tenía formas redondeadas, Ruth las tenía angulosas: todo en ella eran cantos y aristas.

Rosa se revolvió y aleteó, se deslizó del regazo de Ruth al banco cubierto de nieve y luego dio unos pasos bamboleantes hasta Constance, se subió a su regazo y se arrellanó encima.

Ruth entornó los ojos, pero no se movió.

Había nevado día y noche desde que Constance llegara a Three Pines. Llevaba viviendo en Montreal toda su vida adulta y había olvidado que la nieve podía ser tan hermosa; para ella, la nieve era algo que hacía falta quitar de en medio: una faena caída del cielo.

Pero ésta era la nieve de su infancia, alegre, divertida, radiante y limpia. Cuanta más hubiera, mejor. Era un juguete.

Cubría las casas de muros de mampostería, las casas de madera y las casas de ladrillo rojo que rodeaban la gran plaza ajardinada del pueblo. Cubría el bistrot y la librería, la boulangerie y el pequeño supermercado. Constance se imaginaba que había un alquimista en plena tarea y que Three Pines, surgido de la nada como por arte de magia y depositado en aquel valle, era el resultado. O quizá, al igual que la nieve, el pueblecito había caído del cielo para proporcionar un aterrizaje mullido a todos los que caerían allí.

El día de su llegada al pueblo, cuando aparcó el coche enfrente de la librería de Myrna, le había preocupado que la nevada se intensificara y se convirtiera en ventisca.

—¿Debería mover el coche? —le había preguntado a Myrna antes de irse las dos a la cama.

Myrna se había plantado delante del escaparate de su tienda de libros nuevos y de ocasión para valorar el asunto.

«Creo que está bien donde está.»

—Está bien donde está.

Y allí se quedó. Constance había pasado una noche inquieta, pendiente de las sirenas de las quitanieves por si acudían a avisarla para que sacara el coche a golpe de pala y lo moviera. El viento arrojaba copos contra las ventanas de su habitación y las hacía repiquetear. Constance oía la ventisca aullando entre los árboles, lejos de la seguridad de los hogares, como si fuera un animal en plena caza. Finalmente se había quedado dormida, calentita bajo el edredón. Cuando despertó, la tormenta había amainado. Fue hasta la ventana esperando ver su coche como un mero montículo blanco, sepultado bajo varios palmos de nieve fresca, pero la calle estaba despejada y todos los coches habían sido desenterrados.

«Está bien donde está.»

Y ella también, finalmente.

Hacía cuatro días y sus noches que nevaba sin parar cuando Billy Williams regresó con su quitanieves, y hasta que eso ocurrió el pueblo de Three Pines había permanecido sumido en la nieve, incomunicado. Pero no les había importado, puesto que ahí mismo tenían cuanto necesitaban.

Lentamente, Constance Pineault, de setenta y siete años, comprendió que estaba bien, y no porque hubiera un bistrot, sino porque era el bistrot de Olivier y Gabri. Y no había una simple librería, sino la librería de Myrna, y la panadería de Sarah, y el supermercado de monsieur Béliveau.

Había llegado como una

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