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UN EXTRAñO EN CASA

Shari Lapena

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Fragmento

1

En esta cálida noche de agosto, Tom Krupp aparca su coche —un Lexus alquilado— en el camino de entrada de su bonita casa de dos pisos. La vivienda, que cuenta con un garaje para dos automóviles, se alza tras un generoso tramo de césped y está enmarcada por preciosos árboles centenarios. A la derecha de la entrada para vehículos, un sendero de baldosas cruza hacia el porche y varios escalones llevan hasta una sólida puerta de madera en el centro de la fachada. A la derecha de la puerta de entrada hay un enorme ventanal que abarca toda la sala de estar.

La casa está en una calle ligeramente en curva y sin salida. Todas las residencias a su alrededor son igual de bonitas y bien conservadas, y se parecen bastante. Los vecinos son gente de éxito y acomodada; todo el mundo es un poco engreído.

Este tranquilo y próspero barrio residencial al norte del estado de Nueva York, habitado principalmente por parejas de profesionales y sus familias, parece ajeno a los problemas de la pequeña ciudad que lo rodea, ajeno a los problemas del mundo, como si el sueño americano siguiera vivo allí, tranquilo e inalterado.

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Sin embargo, este apacible escenario no encaja con el estado de ánimo de Tom. Apaga las luces del coche y se queda un momento sentado a oscuras, odiándose.

De repente, se asusta al ver que el coche de su mujer no está en su lugar habitual en el camino de entrada. Automáticamente, mira su reloj: las nueve y veinte. Se pregunta si habrá olvidado algo. «¿Iba a salir?». No recuerda que mencionara nada, pero últimamente ha estado muy ocupado. «Tal vez ha ido simplemente a hacer algún recado y volverá en cualquier momento». Se ha dejado las luces encendidas; dan a la casa un resplandor de bienvenida.

Sale del coche a la noche de verano —huele a hierba recién cortada— tragándose su decepción. Tenía una necesidad bastante febril de ver a su mujer. Se queda parado un momento, con la mano apoyada en el techo del coche, y mira hacia el otro lado de la calle. Entonces coge su maletín y la chaqueta del traje del asiento del copiloto y cierra la puerta con un movimiento cansino. Avanza por el sendero, sube los escalones y abre la puerta. Algo no va bien. Contiene la respiración.

Tom se queda totalmente inmóvil en el umbral, con la mano apoyada en el pomo. Al principio no sabe qué es lo que le inquieta. Entonces cae en la cuenta. La puerta no está cerrada con llave. Esto en sí mismo no es raro; la mayoría de las noches llega a casa y abre directamente, porque casi siempre Karen está en casa, esperándole. Pero hoy ella se ha ido con su coche y ha olvidado cerrar con llave. Es muy extraño en su mujer, siempre tan maniática con cerrar las puertas. Suelta lentamente el aire de sus pulmones. «Puede que tuviera prisa y se le haya olvidado».

Sus ojos revisan rápidamente el salón, un sereno rectángulo de colores gris claro y blanco. Está completamente en calma; es evidente que no hay nadie en casa. Se ha dejado las luces encendidas, así que no tardará mucho. «Puede que haya salido a comprar leche». Probablemente le haya dejado una nota. Suelta las llaves sobre la mesita que hay junto a la entrada y va directamente a la cocina, en la parte trasera de la casa. Está hambriento. Se pregunta si Karen habrá cenado o si le ha estado esperando.

Está claro que ha estado preparando la cena. Hay una ensalada casi terminada; ha dejado un tomate a medio cortar. Observa la tabla de madera, el tomate y el afilado cuchillo a su lado. Hay pasta sobre la encimera de granito, lista para hervir, y una olla con agua sobre los fogones de acero inoxidable. El fuego está apagado y el agua de la olla, fría; mete el dedo para comprobarlo. Busca una nota en la puerta de la nevera, pero no hay nada escrito para él en la pizarra blanca. Frunce el ceño. Saca el móvil del bolsillo del pantalón y comprueba si le ha mandado algún mensaje y no lo ha visto. Nada. Ahora ya está un poco cabreado. Podría haberle avisado.

Tom abre la puerta de la nevera y se queda un minuto contemplando su contenido con la mirada perdida, luego coge una cerveza importada y decide ponerse a hacer la pasta. Está seguro de que ella va a volver en cualquier momento. Mira a su alrededor para ver qué se puede haber acabado. Hay leche, pan, salsa para la pasta, vino y parmesano. Comprueba el baño; hay mucho papel higiénico. No se le ocurre qué otra cosa puede ser tan urgente. Mientras espera a que hierva el agua, llama al móvil de Karen, pero no lo coge.

Un cuarto de hora más tarde la pasta está lista, pero no hay ni rastro de su mujer. Tom deja la pasta en el colador sobre el fregadero, apaga el fuego de la cazuela con la salsa y va hacia el salón con paso intranquilo. Ya ni se acuerda de que estaba hambriento. Mira por el ventanal la calle más allá del césped. «¿Dónde demonios está?». Empieza a ponerse nervioso. Vuelve a llamarla y oye una tenue vibración detrás de sí. Gira rápidamente la cabeza hacia el sonido y ve su móvil, vibrando sobre el respaldo del sofá. «Mierda. Se ha dejado el teléfono. ¿Cómo la localizo ahora?».

Empieza a buscar por toda la casa algún indicio de adónde ha podido ir. Arriba, en el dormitorio, le sorprende encontrar su bolso sobre la mesilla de noche. Lo abre con torpeza, sintiéndose un poco culpable por mirar en las cosas de su mujer. Es privado. Pero esto es una emergencia. Vuelca el contenido en medio de la cama perfectamente hecha. Su cartera está ahí, también su monedero para el dinero suelto, el pintalabios, un bolígrafo y un paquete de pañuelos de papel: está todo ahí. «Entonces, no ha salido a hacer un recado. Tal vez haya salido a echar una mano a alguna amiga. Alguna emergencia». Aun así, si iba a coger el coche, se habría llevado el bolso. Y, a estas horas, ¿no le habría llamado si pudiera? Podía coger prestado el teléfono de alguien. Esta falta de consideración no es propia de ella.

Se queda sentado en el borde de la cama, intentando comprender en silencio. El corazón le late demasiado deprisa. Algo no va bien. Cree que tal vez debería llamar a la policía. Se pregunta qué le dirán. «Mi mujer ha salido y no sé dónde está. Salió sin el móvil y el bolso. Se le ha olvidado cerrar la puerta con llave. No es propio de ella. En absoluto». Probablemente no le tomen en serio si ella lleva tan poco tiempo fuera. No ha visto ningún indicio de violencia. Nada fuera de su sitio.

De repente, se levanta de la cama y empieza a registrar toda la casa. Pero no encuentra nada sospechoso: ningún teléfono descolgado, ninguna ventana rota, ninguna mancha de sangre en el suelo. Sin embargo, su respiración está alterada como si hubiera sucedido.

Duda por un instante. Tal vez la policía piense que se han peleado. De nada servirá que les asegure que no han discutido, que les diga que casi nunca lo hacen. Que el suyo es un matrimonio casi perfecto.

En vez de llamar a la policía, vuelve corriendo a la cocina, donde Karen guarda la lista con sus números de teléfono, y empieza a llamar a sus amigos.

El agente Kirton menea la cabeza resignado, contemplando el desastre que tiene ante sí. La gente y los coches. Ha visto cosas que le han hecho vomitar en el acto. Esta vez no ha sido tan horrible.

Aún no han identificado a la víctima del accidente, una mujer de unos treinta y pocos años. Ni bolso, ni cartera. Pero los papeles del vehículo y del seguro estaban en la guantera. El coche se encuentra registrado a nombre de una tal Karen Krupp, con domicilio en Dogwood Drive, número 24. Va a tener que darle unas cuantas explicaciones. Y enfrentarse a unos cuantos cargos. Por ahora, una ambulancia se la ha llevado a un hospital cercano.

Por lo que de momento puede deducir, y según los testigos, iba conduciendo a todo gas. Se saltó un semáforo en rojo y fue a dar con el Honda Civic rojo de cabeza contra un poste. Es un milagro que nadie más haya resultado herido.

«Probablemente estuviese colocada», piensa Kirton. Ellos le harán las pruebas de toxicología.

Se pregunta si el coche era robado. Es fácil averiguarlo.

El caso es que no tenía aspecto de ladrona de coches ni de yonqui. Parecía un ama de casa. Por lo que ha podido ver entre tanta sangre.

Tom Krupp ha llamado a la gente con la que sabe que Karen se ve más a menudo. Si ellos ignoran dónde puede estar, entonces no va a esperar más. Va a llamar a la policía.

La mano le tiembla al descolgar el teléfono otra vez. Se siente enfermo del miedo.

Una voz contesta: «911. ¿Dónde es la emergencia?».

En cuanto abre la puerta y ve al policía con gesto serio en la entrada, Tom sabe que algo muy malo ha ocurrido. Le inunda un temor que le produce náuseas.

—Soy el agente Fleming —se presenta el policía, enseñándole la placa—. ¿Puedo pasar? —pregunta respetuosamente, en voz baja.

—Han llegado rápido —responde Tom—. He llamado al 911 hace un par de minutos. —Tiene la sensación de estar entrando en shock.

—No vengo por una llamada al 911 —contesta el agente.

Tom le hace pasar al salón y se deja caer en el gran sofá blanco como si le fallaran las piernas, sin siquiera mirar a la cara al policía. Quiere posponer todo lo posible el momento de la verdad.

Pero ese momento ha llegado. Apenas puede respirar.

—Agache la cabeza —dice el agente Fleming, poniendo una mano suavemente sobre su hombro.

Tom inclina la cabeza hacia su regazo, sintiendo que se va a desmayar. Cree que su mundo está a punto de desaparecer. Tras un momento, alza la mirada; no tiene ni idea de lo que le espera, pero sabe que no puede ser bueno.

2

Los tres chicos —dos de trece años y uno de catorce, al que empieza a asomarle un poco de vello sobre el labio superior— están acostumbrados a actuar sin control. En esta parte de la ciudad los chavales crecen rápido. Por las noches no están en sus casas, frente a las pantallas del ordenador haciendo sus deberes o en la cama. Están por ahí buscando problemas. Y parece que los han encontrado.

—Tío —dice uno, parándose en seco al atravesar la puerta del restaurante abandonado donde van a veces para fumarse un porro, cuando lo tienen. Los otros dos aparecen a su lado y se detienen, tratando de ver en la oscuridad.

—¿Qué es eso?

—Creo que es un muerto.

—No jodas, Sherlock.

Con los sentidos aguzados de repente, los tres se quedan inmóviles, temiendo que haya alguien más allí. Pero comprueban que están solos.

Uno de los más jóvenes suelta una risita nerviosa de alivio.

Avanzan con curiosidad, observando el cadáver en el suelo. Es un hombre, tirado boca arriba, con evidentes agujeros de bala en la cara y el pecho. Lleva una camisa de color claro, empapada en sangre. Ninguno de ellos es ni en lo más remoto impresionable.

—¿Llevará algo encima? —pregunta el mayor.

—Lo dudo —responde uno de los otros.

Pero el de catorce años desliza la mano hábilmente en un bolsillo de los pantalones del hombre y saca una cartera. La registra.

—Parece que estamos de suerte —dice sonriendo mientras levanta la cartera para que la vean. Está llena de billetes, pero a oscuras es demasiado difícil saber cuánto hay. Saca un móvil del otro bolsillo del muerto—. Cogedle el reloj y las cosas —apremia a los otros mientras recorre el suelo con la mirada buscando una pistola. Sería genial encontrar un arma, pero no ve ninguna.

Uno de los chicos le quita el reloj. Al otro le cuesta sacarle al cadáver un pesado anillo de oro del dedo, pero finalmente lo consigue y se lo mete en el bolsillo de los vaqueros. Luego le pasa al hombre la mano por el cuello para ver si lleva cadena. No la lleva.

—Quitadle el cinturón —ordena el mayor, claramente el líder—. Y los zapatos también.

Ya habían robado antes, aunque nunca a un cadáver. Están flipando de la emoción, con la respiración acelerada. Han cruzado una especie de línea.

—Hay que largarse de aquí —dice entonces el mayor—. Y nada de contárselo a alguien.

Los otros dos miran al chico más alto y asienten sin pronunciar palabra.

—Nada de fardar de lo que hemos hecho. ¿Entendido? —advierte el mayor.

Vuelven a asentir, con rotundidad.

—Si alguien pregunta, no hemos estado aquí. Vámonos.

Los tres chicos salen rápidamente del restaurante abandonado llevándose consigo las pertenencias del muerto.

Tom sabe por la voz y la expresión del agente que las noticias son muy malas. La policía tiene que dar noticias trágicas a la gente todos los días. Ahora le toca a él. Pero Tom no quiere saberlo. Quiere que la noche vuelva a empezar: bajarse del coche, entrar por la puerta y encontrar a Karen en la cocina, preparando la cena. Quiere rodearla con sus brazos, aspirar su olor y abrazarla fuerte. Quiere que todo sea como antes. Si no hubiera llegado a casa tan tarde, tal vez lo sería. Puede que esto sea culpa suya.

—Me temo que ha habido un accidente —dice el agente Fleming, con voz grave y los ojos llenos de empatía.

Lo sabía. Tom se queda aturdido.

—Su esposa ¿conduce un Honda Civic rojo? —pregunta el policía.

Tom no contesta. Esto no puede estar pasando.

El agente le lee un número de matrícula.

—Sí —contesta Tom—. Es su coche. —Su voz suena extraña, como si viniera de otro lugar. Mira al agente. El tiempo parece haberse ralentizado. Ahora se lo va a decir. Va a comunicarle que Karen ha muerto.

—La conductora está herida. No sé de cuánta gravedad. Está en el hospital —informa el agente Fleming con suavidad.

Tom se cubre el rostro con las manos. ¡No está muerta! Está herida; pero siente que le brota una desesperada esperanza de que tal vez no esté tan grave. Puede que todo se arregle. Se retira las manos de la cara, inspira profunda y temblorosamente, y pregunta:

—¿Qué demonios ha pasado?

—Ha sido un accidente de un solo vehículo —explica en voz baja el agente Fleming—. El coche chocó con un poste, de frente.

—¿Qué? —pregunta Tom—. ¿Cómo puede chocar un coche con un poste sin motivo? Karen es muy buena conductora. Nunca ha tenido un accidente. Alguien ha debido provocarlo. —Advierte la expresión cautelosa del agente. ¿Qué es lo que no le está contando?

—La conductora no llevaba identificación —dice Fleming.

—Se dejó el bolso aquí. Y el móvil. —Tom se frota la cara con las manos, tratando de mantener la compostura.

Fleming inclina la cabeza a un lado.

—¿Va todo bien entre su esposa y usted, señor Krupp?

Tom le mira con incredulidad.

—Sí, claro que sí.

—¿No han discutido, ni se les han ido las cosas un poco de las manos?

—¡No! Yo ni siquiera estaba en casa.

El agente Fleming se sienta en el sillón frente a él, se inclina hacia delante.

—Porque las circunstancias…, en fin, cabe una leve posibilidad de que la mujer que conducía el coche, la que ha sufrido el accidente, no sea su esposa.

—¿Cómo? —exclama Tom, sorprendido—. ¿Por qué? ¿Qué quiere decir?

—Dado que no llevaba identificación, en este momento no sabemos con certeza si su esposa era quien conducía, solamente que el coche era suyo.

Tom se queda mirándole, mudo.

—El accidente ocurrió en la parte sur de la ciudad, en la esquina de Prospect con Davis Drive —continúa el agente Fleming, clavándole una mirada llena de intención.

—No puede ser —dice Tom. Es una de las peores zonas de la ciudad. Karen nunca va por ahí de día, mucho menos sola y de noche.

—¿Se le ocurre alguna razón por la que su mujer, Karen, pudiera ir conduciendo de forma temeraria, por encima del límite de velocidad y saltándose semáforos en rojo, en esa parte de la ciudad?

—¿Cómo? ¿Qué me está diciendo? —Tom mira al agente con incredulidad—. Karen nunca iría a esos barrios. Nunca superaría el límite de velocidad y nunca se saltaría un semáforo. —Se deja caer contra el respaldo del sofá. Nota cómo le inunda una sensación de alivio—. No es mi mujer —asegura con certeza. Conoce a su esposa y ella nunca haría algo así. Casi sonríe—. Es otra persona. Alguien debe de haberle robado el coche. ¡Gracias a Dios!

Vuelve a mirar al agente de policía, que sigue observándole, profundamente preocupado. Y entonces se da cuenta y el pánico le vuelve de inmediato.

—Entonces, ¿dónde está mi mujer?

3

Necesito que me acompañe al hospital —dice el agente Fleming.

Tom no logra entender del todo lo que está pasando. Levanta la vista hacia el policía.

—Perdón, ¿qué ha dicho?

—Ahora debe usted acompañarme al hospital. Necesitamos una identificación, de un modo u otro. Tenemos que saber si la mujer que está en el hospital es su esposa. Y, si no lo es, tenemos que encontrarla. Me contó que había llamado al 911. Ella no está en casa y su coche ha sufrido un accidente.

Tom asiente de inmediato, comprendiendo al fin.

—Sí.

Coge rápidamente su cartera y sus llaves —le tiemblan las manos— y sale de casa detrás del agente, se mete en el asiento trasero de un coche patrulla blanco y negro aparcado en la calle. Tom se pregunta si los vecinos lo estarán viendo. Piensa fugazmente qué se imaginarán, viéndole sentado en el asiento de atrás de un vehículo de la policía.

Cuando llegan al hospital Mercy, Tom y el agente Fleming entran por Urgencias a la ruidosa y abarrotada sala de espera. Tom camina nervioso de un lado a otro por el suelo liso y reluciente, mientras el agente Fleming trata de encontrar a alguien que les pueda decir dónde está la víctima del accidente. Mientras espera, la ansiedad se desata en él. Casi todos los asientos están ocupados y hay pacientes en camillas a lo largo del pasillo. Policías y ayudantes de ambulancia van y vienen. El personal del hospital trabaja sin cesar detrás del metacrilato. Varias pantallas grandes de televisión colgadas del techo emiten una serie de vídeos aburridos sobre salud pública.

Tom no sabe qué esperar. No quiere que la mujer herida sea Karen. Es posible que esté grave. No puede ni pensarlo. Por otro lado, no saber dónde se encuentra, temer lo peor… «¿Qué demonios ha pasado esta noche? ¿Dónde está?».

Por fin, Fleming le llama desde el otro lado de la abarrotada sala de espera. Tom se apresura hacia él. Junto a Fleming hay una enfermera con gesto preocupado.

—Lo siento —dice ella suavemente, mirando a Tom primero y después al agente—, ahora mismo le están haciendo una resonancia. Tendrán que esperar. No debería tardar mucho.

—Debemos identificar a esa mujer —insiste Fleming.

—No voy a interrumpir una resonancia —responde la enfermera con firmeza. Mira a Tom con empatía—. Verán —añade—, tengo la ropa y los efectos personales que llevaba la mujer encima cuando llegó. Si quieren, se los puedo enseñar.

—Sería de gran ayuda —contesta Fleming, mirando a Tom. Este asiente.

—Acompáñenme. —Los conduce por un largo pasillo hasta una habitación cerrada, que abre con una llave. A continuación rebusca entre varios armarios abarrotados, saca una bolsa de plástico transparente con una etiqueta y la deja sobre una mesa de acero. Los ojos de Tom se clavan inmediatamente en el contenido. En su interior hay una blusa estampada que reconoce al instante. Le invade una ola de náuseas. Karen la llevaba puesta esta misma mañana, cuando se fue a trabajar.

—Necesito sentarme —dice Tom y traga saliva.

El agente Fleming le acerca una silla y Tom se deja caer sobre ella, contemplando la bolsa transparente con los efectos personales de su mujer. La enfermera se ha enfundado unos guantes de látex y empieza a sacar cuidadosamente los artículos, colocándolos sobre la mesa. La blusa estampada, los vaqueros, las zapatillas de correr. Hay salpicaduras de sangre en la blusa y los vaqueros. Tom nota un poco de vómito en la boca, pero se lo traga. El sujetador y las bragas de su mujer también están manchados de sangre. En otra bolsita con cierre hermético están su alianza y su anillo de compromiso, y la cadenita de oro con un diamante que le regaló por su primer aniversario de boda.

Alza la vista hacia el agente a su lado con incredulidad y dice, con la voz quebrada:

—Son suyos.

Poco después, el agente Fleming vuelve a comisaría y se encuentra con el agente Kirton en la cafetería. Ambos cogen un café y buscan sitio para sentarse.

—Pues el coche no era robado —dice Kirton—. Esa mujer iba conduciendo su propio coche de esa manera. ¿Qué demonios…?

—No tiene sentido.

—Debía de ir puesta hasta las trancas.

Fleming le da un sorbo al café.

—El marido está en shock. Cuando le dije dónde se produjo el accidente y cómo ocurrió, no podía creer que fuera su esposa. Casi me convence de que tenía que ser otra mujer. —Fleming menea la cabeza—. Se quedó helado cuando reconoció su ropa.

—Bueno, muchas amas de casa tienen una afición secreta por las drogas y sus mariditos ni se lo huelen —replica Kirton—. Puede que estuviera en esa zona por eso, que se colocara y luego se le fuera la cabeza en el coche.

—Es posible. —Fleming hace una pausa y da otro sorbo a su café—. Con la gente nunca se sabe. —Lo siente por el marido, parecía como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Fleming ha visto muchas cosas a lo largo de sus años en el cuerpo y sabe que algunas personas de las que nunca te lo esperarías esconden serios problemas con las drogas. Y comportamientos muy sospechosos para mantener su hábito. Mucha gente tiene secretos sucios. Fleming se encoge de hombros—. Cuando nos dejen verla, puede que nos cuente qué demonios hacía. —Da un último trago a su café—. Seguro que a su marido también le gustaría saberlo.

Tom sigue en la sala de espera de Urgencias, caminando de un lado a otro preocupado y esperando. Trata de recordar si su esposa estaba distinta, si había algo inusual en ella estos últimos días. No se le ocurre nada, pero ha estado muy ocupado con el trabajo. ¿Se le ha pasado algo por alto?

¿Qué demonios hacía en esa parte de la ciudad? ¿Y yendo por encima del límite de velocidad? Lo que la policía dice que ha hecho esta noche es tan poco propio de ella que no llega a creerlo. Y sin embargo… es Karen quien está ahí dentro con los médicos. En cuanto pueda hablar con ella, se lo preguntará. Después de decirle lo mucho que la quiere.

No puede evitar pensar que si hubiese vuelto a casa antes, como debería, en lugar de…

—¡Tom!

Al oír su nombre, se vuelve. En cuanto llegó al hospital, llamó a su hermano Dan y ahora le ve avanzando hacia él, con su cara de niño fruncida de preocupación. Tom nunca se ha alegrado tanto de ver a nadie.

—Dan —contesta aliviado.

Se dan un abrazo rápido y se sientan en las duras sillas de plástico, uno enfrente del otro, lejos de la multitud. Le pone al corriente. Resulta extraño que Tom se apoye en su hermano menor; normalmente es al revés.

—Tom Krupp —anuncia una voz desde el otro extremo del barullo de la sala de espera.

Se levanta de golpe y va apresuradamente hacia el hombre de bata blanca, con Dan pisándole los talones.

—Soy Tom Krupp —dice con voz temblorosa.

—Y yo el doctor Fulton. He estado tratando a su mujer —contesta, con un tono más expeditivo que cordial—. En el accidente ha sufrido bastantes traumatismos en la cabeza. Le hemos hecho una resonancia magnética. Tiene una conmoción cerebral, pero afortunadamente no hay hemorragia en el cerebro. Ha tenido mucha suerte. El resto de las lesiones son bastante leves. Tiene la nariz rota. Hematomas y cortes. Pero se recuperará.

—Gracias a Dios —responde Tom, hundiendo los hombros aliviado. Se vuelve a mirar a su hermano con los ojos llenos de lágrimas. En ese momento se da cuenta de lo mucho que se ha estado conteniendo.

El médico asiente con la cabeza.

—El cinturón de seguridad y el airbag le han salvado la vida. Estará dolorida durante algún tiempo y va a tener una cefalea importante, pero con el tiempo se recuperará. Tendrá que tomarse las cosas con calma. La enfermera les explicará cómo llevar la conmoción cerebral.

Tom asiente.

—¿Cuándo puedo verla?

—Ahora —contesta el médico—, solo usted de momento, y no mucho tiempo. La hemos llevado a la cuarta planta.

—Esperaré aquí —dice Dan.

Y, al pensar en ver a Karen, Tom siente un cosquilleo de inquietud.

4

Karen no puede moverse. Ha pasado por varios periodos de inconsciencia. Ahora, cada vez más consciente del dolor, gime.

Aunque le cuesta mucho, hace un esfuerzo por parpadear y abre los ojos. Tiene unos tubos insertados en el brazo. Está ligeramente incorporada y la cama tiene raíles de metal a los lados. Las sábanas son de alguna institución, blancas. Se da cuenta inmediatamente de que está en una cama de hospital y le inunda la alarma. Gira la cabeza muy levemente y siente punzadas de dolor. Se estremece y la habitación empieza a dar vueltas. Una mujer que es claramente enfermera entra en su borroso campo de visión y se queda ahí rondando, con una forma indefinida.

Intenta enfocar la vista, pero no puede. Trata de hablar, pero parece que no puede mover los labios. Se siente como si fuera de plomo, como si tuviera pesos lastrándola. Parpadea. Ahora hay dos enfermeras. No, es solo una; está viendo doble.

—Ha tenido un accidente de coche —dice la enfermera en voz baja—. Su marido está fuera. Voy a buscarle. Se va a alegrar mucho de verla. —Sale de la habitación.

«Tom», piensa aliviada. Se pasa la lengua torpemente por el interior de la boca. Tiene mucha sed. Necesita agua. Nota la lengua hinchada. Se pregunta cuánto tiempo lleva allí y cuánto tiempo estará así, inmovilizada. Le duele todo el cuerpo, pero lo peor es la cabeza.

La enfermera vuelve a entrar en la habitación, trayéndole a su marido como si fuera un regalo. Su vista está cada vez menos borrosa. Puede ver a Tom nervioso y agotado, sin afeitar, como si hubiera pasado toda la noche despierto. Aunque sus ojos la hacen sentir a salvo. Quiere sonreírle, pero no lo consigue.

Tom se inclina sobre ella, mirándola con amor.

—¡Karen! —susurra y le coge la mano—. Menos mal que estás bien.

Intenta decir algo, pero lo único que sale es un ronco gemido. La enfermera le acerca con prontitud un vaso de plástico con agua y una pajita quirúrgica doblada hacia su boca para que pueda beber. Sorbe codiciosamente. Cuando termina, la enfermera aparta el vaso.

Intenta hablar otra vez. Le cuesta demasiado esfuerzo y desiste.

—No pasa nada —dice su marido. Levanta la mano para quitarle el pelo de la frente, un gesto familiar, pero la aparta de un modo extraño—. Has tenido un accidente. Pero te vas a poner bien. Estoy aquí. —La mira a los ojos intensamente—. Te quiero, Karen.

Ella intenta levantar la cabeza, solo un poco, pero la recompensa es un dolor punzante, abrasador, mareo y náuseas. Oye que alguien más entra por la puerta de la pequeña habitación. Es un hombre, más alto y esbelto que su marido, casi cadavérico, y lleva una bata blanca y un estetoscopio al cuello. Se acerca a la cama y la mira como desde muy arriba. Su marido le suelta la mano y se aparta para dejarle espacio.

El médico se inclina hacia ella y apunta una linternita sobre sus ojos, primero uno y después el otro. Parece satisfecho y vuelve a guardar la linterna en el bolsillo.

—Ha sufrido una conmoción cerebral grave —explica—. Pero se pondrá bien.

Karen por fin encuentra su voz. Mira hacia el hombre despeinado y desaliñado al lado del médico de bata blanca y susurra:

—Tom.

Tom siente el corazón henchido contemplando a su esposa. Llevan casi dos años casados. Esos son los labios que besa cada mañana y cada noche. Conoce esas manos tan bien como las suyas. Ahora mismo, sus preciosos ojos azules, envueltos en hematomas, parecen llenos de dolor.

—Karen —susurra. Se acerca un poco más y dice—: ¿Qué ha sucedido esta noche?

Ella le mira sin comprender.

Tom insiste, tiene que saberlo. Su voz adopta un tono de urgencia.

—¿Por qué saliste tan rápido de casa? ¿Adónde ibas?

Karen empieza a negar con la cabeza, pero desiste y cierra los ojos un instante. Vuelve a abrirlos y consigue murmurar:

—No lo sé.

Tom la mira abatido.

—Tienes que saberlo. Sufriste un accidente. Ibas por encima del límite de velocidad y chocaste contra un poste.

—No me acuerdo —responde lentamente, como si necesitara hasta su última gota de energía para decirlo. Sus ojos están clavados en los de él y parece asustada.

—Es importante —insiste Tom con tono casi desesperado, acercándose más. Ella se aparta, hundiéndose más en la almohada.

El médico interviene.

—Dejemos que descanse por ahora. —Dice algo en voz baja a la enfermera y hace un gesto a Tom para que le acompañe.

Tom sale de la habitación detrás del médico, girándose otra vez par ...