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UN REFLEJO EN EL AGUA MOVIDO POR EL VIENTO

Felipe Reyes  

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Fragmento

ERROR DE PRINCIPIANTE

Comienza la década del veinte. En la calle Bezanilla del barrio Independencia está la casa de Juan Agustín Araya, uno de los creadores de la revista Selva Lírica; un inmueble de fachada continua con un extenso patio trasero que también sirve como taller de encuadernación de la revista Claridad y que permanece abierto al encuentro de escritores y periodistas.

En un extremo del patio, junto a los gladiolos, Araya ha dispuesto un cajón de barro para amenizar las reuniones con partidas de rayuela que los invitados acompañan con garrafas de chicha, vino tinto y blanco.

A pocas cuadras, un joven de provincia aspirante a poeta se ha instalado en una pensión de la calle Maruri. Ahí compone poemas bucólicos, autorreferentes y sentimentales en torno al amor y la nostalgia; vuelca sus lecturas, ensaya, amparado en un seudónimo con pretensión mundial: Pablo Neruda.

Una tarde, el poeta Pablo de Rokha llega hasta la casa de Araya acompañado del joven Neruda —su discípulo, dicen algunos con sorna—, un muchacho tranquilo y callado, pero que sabe exactamente lo que quiere. De Rokha lo ha integrado a una pequeña tropa que también conforman dos jóvenes con ansias literarias: Tomás Lago y Diego Muñoz. El poeta de treinta años prefiere la compañía de los poetas de veinte, una conexión vampírica compleja de descifrar (¿quién necesita a quién en sus particulares propósitos?) y que invierte la verticalidad del mandato maestro/discípulo. Neruda, con lealtad inicial, había escrito en la revista Claridad un elogioso comentario a Los gemidos, en el que define a De Rokha como «un amador de la vida y de las vidas, azotado por la furia del tiempo, por los límites de las cosas, corroído hasta la médula por la voluntad de querer y por la horrible tristeza de conocer».

De Rokha, «de anchas espaldas y chuletas dignas de la ópera Carmen —anotaría Volodia Teitelboim sobre esos días—, camina balanceándose como un oso o un orangután. Emplea un tono imperativo, inapelable, da órdenes a los muchachos para ir a cumplir su deber de pedir plata prestada, vender libros, cometer pequeñas estafas».

En algún momento de ese embrión de amistad, los contornos de la historia se nublan hasta perderse. En su primer libro, Crepusculario, Neruda incluye el «Nuevo soneto a Helena», en el que aborda los estragos del paso del tiempo sobre el cuerpo, parafraseando el «Soneto para Helena» del poeta renacentista francés Pierre de Ronsard, al que cita en el primer verso («Cuando estés vieja, niña (Ronsard ya te lo dijo), / te acordarás de aquellos versos que yo decía. / Tendrás los senos tristes de amamantar tus hijos, / los últimos retoños de tu vida vacía»). Sin embargo, no fueron pocos los que creyeron y afirmaron que ese soneto estaba dedicado a Helena Díaz, una de las hermanas de De Rokha, por la que Neruda tuvo una inclinación amorosa que muy pronto se vio impedida por el p

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