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UN VETERANO DE TRES GUERRAS

Guillermo Parvex

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Fragmento

INDISPENSABLES PALABRAS PRELIMINARES

DEL AUTOR

Una historia dormida

Es necesario esclarecer al lector que no está adentrándose en una novela, sino que en una autobiografía rescatada de viejos manuscritos cuya redacción original ha sido respetada en gran medida, y solamente se hicieron modificaciones cuando estas resultaban indispensables para la comprensión de la lectura.

Mi abuelo, Guillermo, trabó una gran amistad con José Miguel Varela aproximadamente en la segunda década del siglo XX, estando ambos en Valdivia. En realidad, se ubicaban de mucho antes, pues cuando Guillermo era niño conoció a Varela en Cauquenes.

Como era habitual en la primera mitad del siglo pasado, mi abuelo tuvo una gran movilidad laboral y por su trabajo residió en los cantones salitreros del norte, como también en Talcahuano, Valparaíso y Valdivia, para quedarse después definitivamente en Santiago.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Durante los años que laboró y vivió en Valdivia, mantuvo extensas conversaciones, que principalmente se centraban en los recuerdos de Varela sobre su participación en las campañas del Pacífico, de Arauco y en la Guerra Civil de 1891.

En improvisados cuadernillos fue tomando nota de los emocionantes relatos de Varela. Sin embargo, por la claridad, precisiones y detalles de estos, además de ciertos comentarios respecto a anotaciones que hacía durante las campañas —que el lector podrá luego observar— es dable suponer que además de lo relatado verbalmente, debió haber existido un «diario de campaña», el cual quizá incluyó en sus apuntes.

A mediados de los sesenta me obsequió estos manuscritos, señalándome que algún día los leyera. Estos me acompañaron de mudanza en mudanza por casi cuarenta años, sin darme el tiempo para abrir el paquete que los contenía.

Una tarde del verano de 2004 comencé a leer esas anotaciones que a esa fecha debían tener a lo menos setenta años. La lectura fue extremadamente dificultosa por lo borroso de la escritura, en su mayor parte con lápiz grafito descolorido por el paso del tiempo, sumado al mal estado de los papeles. Fue entonces cuando comprendí que estaba ante un tesoro histórico a punto de desaparecer por los años y la mala conservación.

Desde ese momento dediqué gran parte de mis horas libres a una difícil transcripción, ya que la mayoría de los apolillados y humedecidos escritos se desintegraba al menor movimiento. Cuando meses después culminé la tarea, encontré que no poseía ningún orden cronológico. Además, estaba desordenadamente escrito en primera, segunda y tercera persona. Aquello demostraba que los apuntes correspondían a distintas épocas, lo que lleva a pensar que las charlas se extendieron por largo tiempo.

Allí se inició una nueva y extensa fase, ya que debí analizar en detalle casi medio siglo de nuestra historia con el propósito de dar coherencia cronológica a lo transcrito. Posteriormente vino la tarea de unificar todo al estilo de primera persona y dividirlo en capítulos, con el fin de entregarle una estructura semántica.

Cuando ya daba por concluido el trabajo, me pregunté si lo que estaba en esas cuatrocientas carillas era realidad, ficción o una mezcla de ambas. Fue entonces cuando decidí comprobar la veracidad de esta historia, lo que presentó muchas dificultades por ser Varela una persona públicamente desconocida hasta esos momentos.

El Servicio de Registro Civil, Archivo Nacional, Biblioteca Nacional, Archivo General de Guerra, Ministerio de Relaciones Exteriores, Boletines del Ministerio de Guerra, archivos de Angol, Temuco y Valdivia, fueron algunos de los lugares visitados en busca de rastros de este personaje.

La información fue surgiendo poco a poco y en la medida que la iba contrastando con el escrito todo calzaba con sorprendente exactitud, demostrando la fidelidad de los relatos de Varela y de las anotaciones de mi abuelo Guillermo.

Esto permitió corroborar que no era un relato novelesco y que muy por el contrario, correspondía a una historia simple, real y que no solamente entregaba detalles de su participación en tres guerras, sino además una visión muy explícita de las transformaciones experimentadas por nuestro país en la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. Concluí que estaba en presencia de un fragmento de la historia de Chile, relatado por quien la vivió y con su propia perspectiva de los hechos, lo que da a esta obra el carácter de biografía.

Es el testimonio de alguien que luchó en tres guerras en poco más de una década, sin haber escogido la carrera militar, sino que convirtiéndose en soldado por las circunstancias y mirando siempre esta actividad como un oficio lateral.

Mucho se ha hablado de la bravura del Ejército chileno siempre vencedor y jamás vencido, pero a través de estas líneas que recogen vivencias de la Guerra de Arauco, de la del Pacífico y de la Civil de 1891 se pretende demostrar, sin ningún ánimo de denostar a nuestro Ejército, que esta institución en todas las grandes gestas que la han coronado de laureles, ha estado conformada mayoritariamente por reclutas, que hasta ese momento eran civiles ajenos a la vida militar.

En todas las guerras que tuvo Chile en el siglo XIX, la orgánica del Ejército, por razones económicas, contemplaba una estructura militar pequeña pero muy capacitada para elevar sus plazas de acuerdo a las necesidades operativas, a través de la movilización masiva de civiles. Es así como en esas gestas, se compuso casi en un ochenta por ciento de ciudadanos convocados voluntaria o forzadamente a los cuarteles, los que gracias a la excelencia de la instrucción entregada por los militares profesionales y a la idiosincrasia que caracteriza a nuestro pueblo, fueron capaces de transformarse en bravos guerreros casi de la noche a la mañana.

En el caso específico de la Guerra del Pacífico, al iniciarse el conflicto el Ejército estaba integrado por casi tres mil oficiales, sargentos, cabos y soldados de planta. En pocos meses era el más poderoso de América, con casi sesenta mil hombres en armas, tanto en los territorios ocupados como en el propio. Es decir, por cada diez hombres casi ocho eran bisoños reclutas instruidos rápidamente para defender los supremos intereses de la Nación. Estos ciudadanos, convertidos en excelentes soldados, supieron derrochar coraje, bravura y dejaron su sello heroico en muchas de las grandes gestas que laurean al Ejército.

A esta categoría pertenecían —entre muchos otros héroes— Rafael Torreblanca, distinguido en el desembarco de Pisagua; Ignacio Carrera Pinto, Luis Cruz Martínez, Julio Montt Salamanca y Arturo Pérez Canto, los inmortales de La Concepción.

Estos conceptos, expresados reiteradamente por Varela, fueron los principales impulsores para desarrollar —sacrificando cientos de horas de descanso— este testimonio de quienes se hicieron soldados no buscando una forma de vida, sino que dejando la que tenían para asumir el puesto de chilenos en la defensa de la Patria amagada. Médicos, curas, estibadores, ingenieros, maestros, artesanos, pescadores, abogados, comerciantes, mineros, campesinos, peones, carrilanos, salitreros, arrieros, talabarteros, panaderos, mozos, sastres, artistas y muchos ciudadanos de otras actividades o profesiones se convirtieron en oficiales, sargentos, clases y soldados.

Esta nación en armas constituyó el grueso del Ejército chileno en la Guerra de la Independencia, en la Campaña Libertadora del Perú, en la Campaña contra la Confederación Perú-Boliviana y en la Guerra del Pacífico. En todas ellas salió triunfante y cubierto de gloria, lo que con justicia le permite decir que es un Ejército siempre vencedor y jamás vencido y además de todos los chilenos.

Uno de los aspectos que más resalta Varela es que, luego de la victoria, los miles de ciudadanos que llenaron ochenta de cada cien plazas volvieron a su actividad —si las secuelas de la guerra lo permitieron— limosneando sueldos impagos y los escurridizos derechos a pensiones. Pero hubo otros que no tuvieron la suerte de regresar y sus deudos persiguieron por años estos legítimos derechos, la mayoría de las veces sin éxito, rindiéndose ante la indiferente burocracia estatal.

Otros siguieron años en las filas, pero siempre esperando el momento de volver a lo suyo. Aunque se habían comportado como militares profesionales en los campos de batalla, tarde o temprano dejarían la milicia.

Esta es una historia personal, mantenida en toda su esencia, que deseo legar para honrar a los miles de chilenos que lo dieron todo por el país.

Guillermo Parvex

JOSÉ MIGUEL VARELA VALENCIA

José Miguel Varela Valencia nació en Concepción el 23 de septiembre de 1856. Cursó sus estudios secundarios en el Liceo de Concepción y la carrera de Derecho en el Curso Fiscal de Leyes del mismo instituto, egresando con distinción máxima en 1878, a los veintidós años. Para obtener su grado de licenciado en Leyes y Ciencias Políticas, su memoria versó sobre «La Deserción. Su Calificación».

Al iniciarse la Guerra del Pacífico se enroló como voluntario en el Ejército, siendo destinado al regimiento de Granaderos a Caballo, recibiendo su nombramiento de alférez de caballería el 8 de abril de 1879.

Participó en las campañas de Tarapacá y Lima. Ejerció el cargo de juez civil de Atacama, jefe militar de San Pedro de Atacama y participó en las acciones de Tacna, Ate, Herbay, Chorrillos y Miraflores.

Formó parte de las fuerzas de ocupación de Lima y El Callao, siendo comisionado a cargo de la Biblioteca Nacional de Lima para catalogar y entregar al mando las obras que se enviarían a Chile como parte de las llamadas Compensaciones de Guerra.

Estando aún en Perú fue trasladado al regimiento Cazadores, unidad en la que alcanzó los grados de teniente y capitán. Durante su estadía en Santiago como oficial del Cazadores fue profesor en la Escuela de Preceptoras Femeninas y creador de la Escuela Primaria del regimiento Buin cuando esta unidad militar regresó de la guerra.

Posteriormente fue trasladado a Angol, al regimiento Húsares, ocupando luego diversos puestos en el Ejército del Sur, cuerpo militar encargado de la llamada Pacificación de la Araucanía.

En 1888 fue designado por el Presidente José Manuel Balmaceda como jefe de la Comisión Repartidora de Tierras Fiscales y presidente de la Comisión Calificadora de Indígenas. Durante ese tiempo también formó parte de la primera generación de maestros del recién fundado Liceo de Temuco, ejerciendo la cátedra de francés.

En 1888, cuando se constituyó el primer municipio de Temuco, fue elegido secretario y a comienzos de 1891 fue electo regidor de la misma municipalidad.

Obtuvo su retiro del Ejército con el grado de sargento mayor. Al inicio de la Guerra Civil de 1891 fue reincorporado como teniente coronel del Ejército Presidencial, retribuyendo con creces la gran confianza y amistad que gozaba de parte del Presidente Balmaceda. Resultó gravemente herido en la batalla de Placilla, logrando eludir durante dos años la persecución del bando vencedor.

Luego de la guerra civil vivió en la clandestinidad, hasta que fue beneficiado por las leyes de amnistía, dedicándose desde entonces al ejercicio de su profesión de abogado en las ciudades de Angol, Temuco y Valdivia.

En Angol destacó por su espíritu filantrópico, siendo el fundador de diversas sociedades educacionales, de ayuda a estudiantes de escasos recursos, de promoción de las artes y de apoyo al hospital local.

Por un breve período se desempeñó como intendente de la provincia de Cautín.

Por Decreto Supremo del 24 de marzo de 1914 fue nombrado notario público y de hacienda, conservador de comercio y minas de Valdivia, que en ese entonces abarcaba un amplio territorio, desde Valdivia hasta la Patagonia.

Además, en esa ciudad, ejerció como auditor de guerra y abogado. Allí también destacó por su ayuda a la comunidad, por lo que fue nombrado Hijo Ilustre.

Hasta sus últimos días, en todas sus conversaciones dejaba entrever su molestia por la ingratitud del Estado con los veteranos de guerra, que se hicieron militares de la noche a la mañana y que cubrieron de gloria los campos de batalla, siendo luego ignorados por décadas y condenados a vivir en la miseria.

Por Decreto Supremo N° 1796, en conformidad a la Ley N° 6096 del 15 de septiembre de 1937, se le nombró coronel de Ejército.

Con casi 85 años, trabajó como notario hasta el 13 de agosto de 1941 y dos días después, el 15 de agosto, falleció. Por su rango y condición de veterano de guerra, fue sepultado con honores en el mausoleo de los Veteranos de la Guerra del Pacífico, en el Cementerio General de Santiago, donde sus restos reposaron por poco más de una década junto a los de sus camaradas de armas de la Guerra del Pacífico. Luego fue trasladado al mausoleo familiar en el mismo camposanto.

José Miguel Varela, teniente del Regimiento Cazadores, 1882. Fotografía:

Eduardo Adaro.

Capítulo 1

DE ABOGADO A MILITAR

¿Por qué no?

En marzo de 1879 casi de lo único que se hablaba era de la guerra del norte. Fue entonces que me invadió el deseo de no quedar fuera de esta historia. Sentía que este acontecimiento unía a Chile, agobiado por sucesivas crisis y enconadas luchas políticas desde que tenía uso de razón.

Desde niño sentí amor por Chile. Estimo que este sentimiento me hizo interesarme desde un comienzo en la guerra que había comenzado en febrero con la ocupación de Antofagasta. Sentí muy claro el llamado a no permanecer como un impávido espectador en esta empresa contra los que nos amenazaban.

Fue entonces que empecé a madurar apresuradamente la idea de enlistarme y partir al norte. ¿Por qué no ser parte de esta historia?, me preguntaba una y otra vez. Por entonces, al iniciarse la guerra contra Perú y Bolivia tenía veintidós años y en un lugar destacado guardaba mi licencia de abogado, lograda unos meses antes al egresar del Curso Fiscal de Leyes del Liceo de Concepción, del que tenía los mejores recuerdos.

El Liceo de Concepción era uno de los más antiguos de Chile, junto con el Instituto Nacional y el de La Serena. En 1869 ingresé al primer año de humanidades de este centro educacional, que ya tenía una muy bien resguardada tradición conseguida en su medio siglo de existencia, ya que había sido fundado en las postrimerías del gobierno de O’Higgins.

Por causa de un par de terremotos y un incendio, había estado ubicado en diversos lugares de Concepción, incluso temporalmente en un convento y también en un viejo cuartel militar. Sin embargo, cuando me correspondió la suerte de ser parte de su alumnado, el liceo funcionaba en un moderno y señorial edificio de no más de diez años de antigüedad, ubicado en la esquina de Chacabuco y Caupolicán.

El establecimiento contaba con modernos laboratorios de astronomía, meteorología, física y química y con un excelente gabinete de cartografía. Sus aulas eran espaciosas, con mucho señorío, buena acústica e iluminación y en sus amplios patios se tejían amistades y juegos enmarcados en el mutuo respeto que nos inculcaban nuestros maestros. Anexo al liceo, en la parte posterior, había una casona del tiempo de la Colonia que milagrosamente se mantenía en pie no obstante los rutinarios terremotos que afectaban a la ciudad. Esta casa de dos pisos servía de internado para los alumnos de pupilaje completo. Allí viví durante todas las humanidades.

Una de las principales características del Liceo de Concepción era su espíritu republicano, forjado durante su administración por el rector Vicente Varas de la Barra, hermano del ministro Antonio Varas.

Culminé mis humanidades en 1874, obteniendo dos premios que me causaron mucha emoción y orgullo, ya que fui elegido por el cuerpo de preceptores como el alumno más destacado en las cátedras de francés y gramática.

En diciembre de 1874 postulé y fui aceptado en el Curso Fiscal de Leyes que se impartía en el mismo establecimiento. Entonces tuve que abandonar el internado del liceo y me trasladé a una pensión ubicada en la misma calle Caupolicán, a unas cinco cuadras del querido edificio.

El Curso Fiscal de Leyes del Liceo de Concepción tenía una duración de tres años, incluida la Academia de Práctica Forense.

En el primer año nos correspondió estudiar y rendir los exámenes sobre las cátedras de Derecho Romano, Derecho Natural y la introducción al Derecho Canónico. El programa contemplaba además el Derecho de Gentes. Este último ramo me apasionaba en especial, ya que partiendo de lo más mínimo que eran los derechos básicos e inalienables de las personas, dejaba entrever la necesidad de construir un derecho internacional que obligara a todas las naciones a reconocer y hacer respetar estas libertades.

En segundo, vimos Derecho Civil y profundizamos el Derecho Canónico y de Gentes. El tercer año nos correspondió Derecho Comercial y Derecho Público Administrativo. También debimos aprendernos y comprender el Código Civil redactado por Andrés Bello y el recientemente dictado Código Penal, que entró en vigencia en 1874.

La parte final de la carrera se denominaba Academia de Práctica Forense y consistía en sesiones semanales, en las cuales se nos enseñaban los códigos de Marina, Comercio y Guerra. Promediando el último año de la carrera se nos incluyó la Ley de Organización y Atribuciones de los Tribunales, que décadas más tarde se convirtió en el Código Orgánico de Tribunales. Este cuerpo legal ya se aplicaba desde 1875.

También, en este período, nuestros preceptores nos ejercitaban en forma práctica sobre escritos y alegatos. Aparte de las sesiones semanales, debíamos concurrir a los tribunales para interiorizarnos de las causas que llevaban nuestros maestros y actuar como sus secretarios procuradores.

Una vez licenciado de los estudios y con todas las materias aprobadas, debí rendir —como indicaba la ley— examen de mi memoria versada sobre la Deserción ante el pleno de la Corte de Apelaciones ya que eran sus ministros, en definitiva, los que aprobaban o rechazaban nuestra postulación al título de abogado, que finalmente nos era entregado por la Corte Suprema. Ya licenciado como abogado me aprontaba a viajar a Santiago para que me entregaran mi título, pero por las circunstancias que me correspondió vivir, solo pude retirarlo el 30 de septiembre de 1885.

A mediados de 1878 me trasladé a Santiago para trabajar en el bufete del abogado Juan de Dios Bazo. Por razones de mejores expectativas, a fines de ese año me fui a Melipilla, a casa de mis tíos maternos que me habían acogido antes de mi estadía en el Liceo de Concepción. Desde entonces trabajaba en forma independiente, viendo los asuntos legales de agricultores de la zona y me estaba empezando a ir bastante bien.

La guerra torció mi destino, que parecía claramente señalado. El detonante para mi decisión fue una prédica dominical en la Parroquia de Melipilla. En ella el cura hizo un llamado a defender la Patria y explicó a su manera las causas del conflicto, que calificó como «horripilantes abusos, vejámenes y torturas a los esforzados y sufridos chilenos que trabajaban el salitre y el guano en Antofagasta y Cobija». En ese instante decidí que quería ser parte de esa aventura.

Unos días después tomé un coche de recorrido y me marché a Santiago. El viaje tardaba un poco más de cinco horas. En la Plaza de Armas me enteré, por un orador, que necesitaban voluntarios para ir al norte y que había un lugar de enganche en La Recoleta. Me puse en marcha hacia allá y llegué hasta el cuartel de dos pisos y de recios muros de ladrillo. En el zaguán había una fila de medio centenar de hombres, la mayoría de ellos de pueblo, que me miraban con mucha atención. Pensé que era por mi estatura —que era más elevada que la del promedio— y por mi ropa más propia de un abogado que la de un trabajador común. Sin embargo, con el correr de los minutos y por las conversaciones con algunos de los que aguardaban para ser reclutados, comprendí que toda la atención se concentraba en mi persona por el hecho de haber llegado solo, lo que me daba carácter de voluntario, a diferencia de todos los demás que habían sido forzados a engancharse.

Al par de horas se asomó un oficial e hizo pasar al grupo en que me hallaba. Cuando pasé por su lado, el oficial me quedó mirando y me preguntó a qué me dedicaba. Yo le dije que era abogado y entonces preguntó por mis habilidades. Le respondí que mi fortaleza estaba en el derecho civil y que tenía experiencia en la administración legal de negocios agrícolas, de herencias, propiedades, contratos y llevaba libros de contabilidad, de administración y también de pagos y deudas. Él se rio y me dijo que primero había que ganar la guerra a los aliados y que después nos podríamos dedicar a ordenarles sus asuntos. Agregó que él se refería a otros talentos que pudieran servir a un soldado. Le respondí que estaba acostumbrado al campo y al monte, que desde que tenía uso de razón había andado a caballo y que de niño mi padre me había enseñado a manejar escopetas, carabinas y revólveres cuando salíamos de caza.

Dijo que parecía servir para la caballería y me llevó para el interior del cuartel dejándome en una habitación en la que no había nadie, solamente un escritorio muy grande con un sillón giratorio de madera y adosados a un muro una poltrona para tres personas y dos sillas de estilo vienés. Al rato llegó otro oficial, ya que al primero no lo volví a ver, y me hizo llenar unas listas de enganche. Luego de completar los papeles, me despachó indicándome que me presentara al día subsiguiente, a las nueve de la mañana.

Antes de volver a Melipilla, pasé por la casa de Clarita. Ella era una joven alegre y simpática. Éramos muy amigos —quizá mi única amiga— con una relación que nos tenía al borde de ser novios, lo cual no se había concretado en varios meses por mi timidez de entonces, que hoy me doy cuenta era excesiva.

Había momentos en que la consideraba mi novia, pero de verdad no lo era. La conocí por intermedio de su padre, Juan Rodríguez, quien era una persona muy culta y con muy buena posición y que se dedicaba al corretaje y medianías en productos agrícolas y a la venta de máquinas y herramientas. Nos habíamos hecho amigos a través de agricultores con los que ambos hacíamos negocios. En varias oportunidades me invitó a su casa cuando visitara Santiago y me escribió un par de veces su dirección. Pero la verdad es que en dos o tres ocasiones estuve parado al frente de la casa y nunca me atreví a tocar su puerta. Una vez don Juan me llevó a Santiago y me presentó a su familia. En esa ocasión recuerdo que dormí en una pieza de invitados que había en un pequeño tercer piso y que me atendieron muy bien. Así conocí a Clarita.

Don Juan había estado el año anterior, en 1878, en la Exposición Mundial de París y había traído de allá muchas ideas nuevas que aplicaba a sus negocios. Su hijo mayor, a quien nunca llegué a conocer, estaba estudiando para ingeniero en Francia.

Clarita vivía en la calle del Estado, entre el callejón que estaba a la entrada de la Cañada y la calle de las Agustinas. Las visitas a su casa eran espaciadas, cada cuatro o cinco semanas más o menos, pero nos comunicábamos frecuentemente, ya que a través de su padre me enviaba cartas. Los contenidos de esas cartas no los recuerdo, pero eran de temas generales y de bromas muy inocentes que ella solía hacerme. Tenía unos dieciocho años, de suaves facciones, bonita, simpática y muy querida por sus padres. Me gustaba mucho, excepto porque la encontraba demasiado delgada para mi gusto.

Tras estas aclaraciones seguimos con la actualidad. Después de tomar un té donde Clarita y escuchar las lamentaciones de ella y de su madre por mi decisión, debí emprender el regreso a Melipilla, para despedirme de mi tío, primos y amistades y dejar finiquitados mis trabajos.

Esa misma noche regresé a Melipilla, después del fatigoso viaje en el coche de posta, y visité a algunos amigos para despedirme, ya que pensaba que en cosa de un par de semanas estaría en Antofagasta. Pero no fue así y eso lo veremos más adelante.

Preparé mi maleta, no muy grande, con el mínimo de vestuario y algunos objetos personales que siempre me acompañaban. El resto de mis tesoros, que podría parecer ridículo pero para mí eran como el ancla que me mantenía comunicado con mi familia, los dejé en un baúl guardado en la habitación que ocupaba en casa de mis tíos. Estos recuerdos eran una chaqueta color café moro de mi padre, un rosario de palo de rosa de mi madre, una muñeca pequeñita de porcelana de mi hermana y unos libros. Mi pluma —que en rigor se denominaba plumín— era otro recuerdo de mi padre y lo puse entre las cosas que me llevaría a la guerra. Había sido fabricada en Inglaterra en 1829 por la fábrica de William Mitchell y aunque requería ser untada constantemente en un tintero, su pluma de acero y el cuerpo de fina madera de ébano daba un trazo muy bonito a la letra. Y haciendo un paréntesis respecto a mi querido plumín, debo agregar que se guardaba en un estuche de madera muy fina, que tenía un contenedor para el tintero y otro para el secante. Esa lapicera la perdí tiempo después, me parece que en Moquehua.

Volví a Santiago en la tarde del día siguiente y me alojé en la casa de mi amigo y colega Ramón Villagra. Él vivía con sus padres en la llamada Calle de Las Cenizas, que quedaba como a cinco o seis cuadras al poniente de la Plaza de Armas y que corría entre Las Delicias y los totorales del río Mapocho. Con Ramón nos habíamos conocido cuando ambos, recién titulados, trabajamos un breve periodo en la oficina del abogado don Juan de Dios Bazo. Desde el primer momento tuvimos una gran afinidad y en alguna oportunidad lo invité a cazar conejos al Paico, y cuando tenía que pernoctar en Santiago lo hice en su hogar.

Al día siguiente, muy temprano, desayunamos en la cocina y luego nos encaminamos hasta la Plaza de Armas. Allí nos detuvimos porque él continuaría hacia la Universidad de Chile, donde desempeñaba una cátedra. Al despedirnos me dio un fuerte abrazo y luego me entregó un pequeño cuaderno de tapas muy gruesas, diciéndome: «Para que tomes apuntes de las campañas y después los leamos juntos».

Seguí mi camino hacia La Recoleta. La mañana estaba bastante helada para ser comienzos de abril y me presenté no a las nueve —como me habían dicho— sino que antes de las ocho, en el cuartel.

Nuevamente una larga espera, consultas y más demoras y al cabo de un rato salió un sargento que me llamó por mi nombre completo, pero anteponiendo un «señor» y junto a otros dos civiles subimos a un coche de dos caballos que nos trasladó hasta La Cañada y luego enfiló hacia el sur por la calle de San Isidro Labrador, que muchos aún llamaban, no sé por qué, calle de la Pelota.

Enlistado en el Ejército

Unas cinco cuadras al sur de La Cañada, casi junto a la iglesia de San Isidro Labrador, el coche se detuvo frente a un pequeño cuartel de un piso en el que deambulaban soldados con sables y se olía el típico olor de las caballerizas. En esos momentos recién supe que ese sería mi destino y que donde llegaba era parte del regimiento Granaderos a Caballo, que hacía pocas semanas había arribado de su guarnición en Angol, donde estaba desde hacía varios años cuidando lo que se denominaba La Frontera. Otra parte del regimiento estaba en un cuartel que conocí mucho después en la calle del Puente, antes de llegar al Cal y Canto.

Supe —por vagas conversaciones— que el regimiento estaba desmembrado. Que esta suerte de escuadrón —muy mermado y que más parecía una compañía— venía llegando del sur; que otra agrupación ya estaba por embarcarse al norte; que otras compañías permanecían en La Frontera y que una cuarta facción se estaba reorganizando en la calle del Puente.

El primer día —a mi juicio— fue de pérdidas de tiempo innecesarias, ya que lo único que quería era la acción caballeresca y romántica de cargas de caballería sable en mano. Pero había paisanos que tomaban hormas de los pies, ayudantes de sastre que te medían no solo una vez, sino que varias, carreras a buscar sábanas y frazadas, a reconocer las dependencias donde dormiríamos, todo ello interrumpido por un almuerzo muy contundente.

Pasaron dos o tres días hasta que por fin me vi vestido de soldado: un pantalón de lana color lacre con una huincha gris en los costados y abotonadura al centro. Una polaca azul oscuro, (chaqueta con abotonadura simple al centro y que era muy ajustada a la cintura y que no llegaba más abajo del cinturón), botines de cuero negro con tacón subido (parecidos a los zapatos del huaso), quepí de paño azul oscuro y lacre con visera de cuero y capote de paño azul oscuro. Lo que más me decepcionó en esos momentos —y bien lo recuerdo— fue la ausencia de insignias y adornos, fuera de los seis botones de bronce de la polaca y de los ocho de igual metal del capote, pero en este caso dispuestos en dos hileras. Por el momento no había nada más.

Al día siguiente, ya estábamos en abril, nos entregaron una tenida de sarga color cáñamo, que sería la que usaríamos casi todos los días en nuestra instrucción. Fue entonces cuando supe que había sido nombrado alférez de caballería con fecha 8 de ese mismo mes. Un sargento, de apellido Macaya, nos comenzó a instruir sobre las formas militares, marchas, giros, manejos de carabina Spencer y de sable.

En eso estuvimos un par de semanas al menos, encerrados en el cuartel, con excepción de cuando marchábamos al Campo de Marte para familiarizarnos con los ejercicios en terrenos de mayor amplitud. Mi mayor decepción era marchar a pie del cuartel al campo y de vuelta hasta nuestra unidad, ya que aún no había animales para nosotros y lo que más quería en mi fuero interno era estar al lomo de un brioso caballo.

Allí estaban Demetrio Polloni, Urízar, Polhamer y otros más que ahora no logro recordar, con quienes después compartiría mucho durante la campaña. De los oficiales que nos trataban de formar como soldados de caballería recuerdo al teniente o capitán Guzmán, que estaba a cargo de los dos lugares de instrucción del Granaderos en Santiago, y también a otro oficial que podría ser Ferrer o Ferreira.

Frontis del cuartel que empleó en 1879 el Regimiento Granaderos en
la calle San Isidro de Santiago. Hoy cuartel de Carabineros de Chile.

Fotografía: Eduardo Parvex.

Ya a mediados de abril llegó la caballada y me tocó un potro bayo, de buen andar y mucha energía, pero que trataba de mandarse solo. Muy poco dócil, pero no chúcaro. Quizá quería ser un buen caballo, pero no tenía las condiciones necesarias de obediencia o capacidades de aprendizaje. Pero era una cabalgadura al fin y al cabo, y ya me sentía muy bien cuando nos íbamos montados al Campo de Marte a ensayar formaciones, cambios de formaciones sobre la marcha, tiro, cargas en bloques, etcétera.

Pasaron más o menos seis semanas y ya usaba el distintivo de alférez en mi guerrera. Aún no tenía uniforme de salida, indispensable para pasear por la ciudad estando de puerta franca. Aquello me disgustaba, ya que lo más deseaba era andar por las calles de Santiago como un oficial de caballería. La última semana de mayo nos enteramos de los pormenores del Combate Naval de Iquique. Fue como una inyección de adrenalina y lo único que todos queríamos era marchar al norte.

Cada vez que se daba puerta franca en el cuartel me iba al centro de la ciudad, visitaba a un primo que vivía en la calle de Las Claras y, por supuesto, a Clarita.

En una de estas visitas, en las cuales se podría decir que ya estábamos de novios informales, su padre me dijo que me tenía un regalo y se acercó con un paquete de papel grueso de color azul y me pidió que lo abriera. Lo recuerdo nítidamente. Era una caja de madera de eucalipto y en su interior un precioso revólver niquelado con su empuñadura de nácar y con un tambor para seis tiros del calibre cuarenta y cuatro. Su marca era Galand, de fabricación francesa, y me comentó que lo había traído de París el año anterior.

Después que me lo enseñó con mucho entusiasmo, abrió otro pequeño paquete de papel y en su interior había una funda de cuero negra, muy bien trabajada, con tapa de doble broche de bronce, que me dijo había mandado a hacer donde un muy buen talabartero y que era el modelo francés, que se coloca en el cinturón al lado izquierdo del cuerpo a fin de extraer el revólver sin dificultad con la mano derecha. Y así, esa noche, regresé al cuartel muy orgulloso, ya que además de mi sable Chatellerault llevaba un moderno revólver y... mío, lo más importante.

Reconociendo Santiago

Yo venía de provincia y en mi estadía en la zona central había trabajado más en el área de Melipilla. Si bien había recorrido Santiago algunas veces, no me era familiar. Por esa razón, cada vez que había puerta franca en el cuartel, me iba a recorrer el centro de la ciudad y aprovechaba de ver, conocer y visitar lugares que para la época dejaban bastante impresionada a una persona como yo. La mayoría de las veces hacía esos reconocimientos solo y generalmente los domingos de mañana, ya que por las tardes iba al té donde Clarita.

Observé muchas cosas que me llamaron poderosamente la atención, pero la nebulosa del tiempo las ha ocultado y solo algunas pocas se vienen a mi mente, pasados tantos años.

Sin duda alguna que lo más hermoso era el cerro de Santa Lucía, con una ornamentación digna del mejor parque parisino (hasta entonces no conocía París más que por fotos o litografías en magazines que alguna vez cayeron en mis manos) que había sido inaugurado pocos años antes y que era obra del intendente Benjamín Vicuña Mackenna. Varias veces recorrí palmo a palmo el bello paseo hasta llegar a su mirador en la cima, desde el cual se veía la ciudad completa. Desde las torres del monasterio de la Recoleta Dominicana en las estribaciones de la cordillera hasta las últimas casas hacia el sur y los potreros Chuchunco Abajo, más allá de Maipú. Siempre observaba desde ese mirador la calle de San Diego, que se perdía hacia mis tierras sureñas, conservando el mismo trazado del antiguo Camino del Inca que entraba a Santiago por la Cañadilla de la Independencia, lo cruzaba por lo que es hoy la calle del Puente y seguía hacia el sur por la calle de San Diego.

Las iglesias siempre me impresionaban. Las había del tiempo de la Colonia y otras más modernas, obra de los arquitectos italianos y franceses, tan de moda en ese tiempo en nuestro Chile. Entre los templos, a los que usualmente ingresaba y recorría por entero estaban los de San Francisco, La Veracruz (al costado oriente del cerro de Santa Lucía), Santa Ana y San Lázaro (en la avenida del Ejército Libertador), que estaba muy de moda por estar situada en el centro de los barrios más aristocráticos de Santiago. Rememoro asimismo la de San Agustín, la de Las Agustinas en Moneda y la de La Merced. El otro templo que solía observar era el que estaba contiguo al caserón que ocupaba el escuadrón, el de San Isidro Labrador, que pocos años después fue reconstruido en el mismo sitio y orientación, para darle un nuevo estilo.

De los edificios más notables de la época que admiré en muchas mañanas de domingo, al menos exteriormente, estaban por supuesto el Palacio de Gobierno en el edificio de la ex Casa de Moneda, frente al cual pasé numerosas veces y me detuve a observar por si veía al Presidente Aníbal Pinto entrar o salir, pero jamás lo logré.

Vienen también a mi memoria edificaciones grandes y fastuosas, algunas de ellas recién construidas, tales como el palacio Pereira, en la calle de Huérfanos, y el imponente edificio de la Universidad de Chile, en La Cañada con San Diego. Muy lindos eran también el palacio Matte en la calle de La Compañía; el palacio de La Alhambra en la misma calle; palacio Arzobispal, en la Plaza de Armas con La Compañía; la casa de Mateo Toro y Zambrano en La Merced; y el palacio Consistorial (Cárcel y Municipalidad) en la Plaza de Armas esquina la Nevería.

Por La Cañada hacia abajo, pasado de la avenida de la República, pero por la acera del lado norte, se emplazaban dos majestuosos palacios, de reciente construcción, que eran de una arquitectura y opulencia impresionantes. El más nuevo era el de la familia Díaz Gana, que con los años fue denominado Concha-Cazotte —por sus nuevos propietarios— y el otro que debe haber tenido un poco menos de veinte años, era el de la familia Olguín.

Siempre me atrajo el Mercado Central. Me gustaba su moderna y bien pintada estructura de hierro. Pero lo que más me agradaba era el delicioso aroma a frutos y buenas comidas que emanaba del lindo edificio, construido pocos años antes, sobre los terrenos de la antigua Plaza de Abastos que se remontaba a tiempos coloniales. Y como el Mercado Central me abrió el apetito, los recuerdos se alimentaron y multiplicaron y ahora afloran aquellos en que mi paladar y mi estómago fueron absolutamente dichosos.

Palacio Concha-Cazotte, en la Alameda en 1880.

Fotografía dominio público.

Además de los sitios señalados —muchos de los cuales subsisten al momento en que hago este relato— también aproveché mis salidas de exploración por la capital para alimentarme, ya que dinero no me faltó en estos meses de estadía en Santiago, puesto que cuando me despedí de mis clientes, tres de ellos me cancelaron los honorarios del mes que me debían y me dieron dinero de más, para que nada me faltara, algo así como quinientos pesos.

Si bien en abril y mayo no recibí paga, tampoco tenía casi nada en qué gastar. En junio me pagaron abril, mayo y junio y de esta forma se me reunió un pequeño tesoro, parte del cual se fue en conocer lugares de comidas, de los populares y en contadas ocasiones, con un par de amigos, en algunos sitios bastante encopetados.

Como decía antes, muchas veces almorcé en el Mercado Central de Santiago, donde había gran número de bonitas y limpias cocinerías en que servían sabrosos y bien aliñados platos típicos. Servían cazuelas de vaca y de gallina, caldo de cabeza, pescado frito, mariscos como el loco y el erizo y los exquisitos picarones con chancaca. En cuanto a lugares de té o café, los más bonitos y renombrados eran la Confitería Torres, de José Domingo Torres, ubicada en Ahumada casi al llegar a Huérfanos y el Café de la Bolsa, del alemán Karl Wiese. Otro lugar de mayor alcurnia estaba en el hotel Santiago, en los altos del portal del lado sur de la Plaza de Armas. También —en al menos una ocasión— me senté en las elegantes mesas del hotel Inglés, que ofrecía comidas exquisitas, aunque no me pidan que recuerde los nombres de los platos, ya que aunque se llamaba hotel Inglés, su dueño era un francés de apellido Cheyre y —por supuesto— todos los menús estaban en ese idioma.

En la calle de la Merced esquina la de San Antonio, estaba el elegante hotel Central, que tenía un restaurante para no huéspedes. Su dueño, de nombre León, también era francés, pero creo que allí nunca entré, sino que lo conocí por afuera y lo demás por referencias.

En esa época había un restaurante recientemente inaugurado que estaba de moda. Se ubicaba en la calle de Huérfanos 54 y su nombre, aunque no estaba escrito en parte alguna, era Papa Gagé. Allí se comía muy bien, carpachos de jaiba, ostras au vent, langosta a la india y su especialidad que era una gran fuente con carne, huevos, papas, cebollas y ajos fritos, llamada «bistec a lo pobre», que con el correr de los años se convirtió en un plato típico chileno. En todo estaba presente el famoso monsieur Francois Gagé, tanto en las cocinas como en las mesas y jamás perdía la ocasión de conversar —aunque fuera un minuto y a medio español— con todos los parroquianos. Este restaurante era el principal centro de reunión de la alta sociedad, que lo había convertido en punto de encuentro y de largas tertulias. La mayoría de los oficiales del naciente batallón Esmeralda eran clientes permanentes de este local. En estos tiempos lo conocí solo desde la vereda, pero ya llegaría la ocasión de ser servido en sus elegantes mesas.

En el centro, pero se me confunde su ubicación, había un restaurante que podría decirse que era como de medio pelo, pero no por eso dejaba de ser excelente, ya que su especialidad eran las comidas tradicionales chilenas. Se llamaba El Hermano y recuerdo haberlo visto absolutamente incendiado por las turbas luego de la caída de Balmaceda en la Guerra Civil del 91. Allí comí muchas veces, antes de volver al cuartel y también después de la campaña del norte. Fue en ese lugar en que probé la deliciosa cerveza Ebner, que se fabricaba en La Cañada, en una cervecería que estaba una cuadra hacia el oriente de los Padres Franceses.

Estos son, más o menos, los recuerdos que tengo de estos reconocimientos de la gran capital, del Santiago de mediados de 1879.

Pero también, mirando hacia atrás, me doy cuenta que era muy solitario y aunque tenía personalidad para desenvolverme bien en mis trabajos, en los estudios y ahora en la milicia, era por sobre todo una persona de hábitos poco sociables. Pero en compensación llevaba una fuerte vida interior, en la cual la fe en Dios me creaba una sólida confianza en mí mismo.

Esto me daba valor para enfrentar todas las nuevas situaciones que se iban presentando. No era un hombre de mundo, ni mucho menos. Sí debo reconocer que hasta entonces había leído todo libro que había caído en mis manos y entre mis preferidos estaban El Quijote, las poesías de Lamartine, biografías de nuestros próceres, todos los libros de geografía, gramática y también de historia, además —por supuesto— los textos legales. Más bien era quitado de bulla pero avanzaba sin miedos por la vida, buscando siempre desafíos, pero sin ánimo de impresionar a nadie, ya que en realidad no tenía interés en ello.

En las interminables noches de mi primera etapa de cuartel me acostaba temprano. Una vez que estaba en la cama, sacaba todo el equipamiento que me iban entregando, lo limpiaba, lo repasaba y lo contemplaba. No era mucho lo que poseía, pero igualmente lo consideraba un tesoro, ya que no obstante la inexperiencia, tenía plena conciencia del camino que estaba tomando y sabía que me esperaban días muy inciertos y duros. En ellos, este equipamiento sería todo lo que tendría para ayudarme.

Cuando apagaba la vela me costaba quedarme dormido. En mi mente primaba la inquietud por lo que vendría, pero también desfilaban alocadamente escenas del pasado, de mi niñez, de mi presente y del futuro. Allí, cuando llegaba al futuro, era cuando más nervioso me ponía. Quería que todo comenzara pronto, ya que esta espera larga era cansadora y todo era desconocido.

No había prácticamente información del terreno en que lucharíamos y tampoco de los planes de guerra. Las únicas noticias eran que habíamos ocupado Antofagasta y que de seguir así las cosas, tendríamos que avanzar hacia Tarapacá, pero esta vez combatiendo contra los peruanos. Eran tantas las dudas que el insomnio me derrotaba y optaba por volver a encender la vela y buscaba los últimos periódicos que había conseguido y volvía a releer las escasas noticias del norte, buscando antecedentes que me permitieran configurar con mayor claridad la situación que se vivía. Equivocadamente pensaba que esta guerra terminaría por hundir a Chile, que estaba sumido en una profunda crisis económica. El tiempo me demostró que la guerra —en realidad— logró sacar al país de la crisis y llevarlo a un gran crecimiento y prosperidad.

El año anterior —en forma directa y también escuchando conversaciones de personas afectadas— me había dado cuenta de que la crisis era realmente fuerte, ya que desde hacía casi un año se registraba una tremenda escasez de dinero, originada en los bajos precios de los minerales y del trigo y de la gran exportación a Europa de monedas de plata y oro, que los agricultores y otros empresarios se vieron obligados a hacer para pagar sus compromisos.

Se había comentado mucho que eso había llevado al Gobierno a dictar una ley llamada «de inconvertibilidad de los billetes de banco» —que regiría hasta fines de 1879— como también a reducir drásticamente los gastos fiscales, en particular aquellos de tipo militar. Por esto último, en el año anterior era habitual leer noticias de disolución o disminución de los regimientos del Ejército de Línea y cuerpos de la Guardia Nacional. A eso había que agregar los crudos inviernos recién pasados —que los había sentido en carne propia— que además de destruir las cosechas y plantaciones, habían causado enormes destrozos en las obras públicas (obras de arte se les llamaba en ese entonces), tanto puentes como caminos y vías férreas.

Estando en el cuartel casi no nos enterábamos de nada relacionado con la guerra y de la situación actual, ya que nadie parecía saberlo y los que seguramente tenían antecedentes no se preocupaban de entregarlos. Por eso, mis fuentes de información eran simples periódicos, entre los que recuerdo El Ferrocarril y La Patria.

La imagen que había formado de la guerra en mi interior creo que estaba muy influenciada por los relatos de mi padre, cuando yo era muy pequeño. Él, por las tardes de invierno —cuando se oscurecía temprano— me contaba de la guerra contra la Confederación, ocurrida algunos años antes. Y así, mientras él me hablaba de las batallas o combates de Guías, de Yungay o del Puente Buin, o de la valentía de Bulnes, Colipí y de otros, me iba creando una imagen del paisaje, de las personas y de sus sentimientos. Esa era la visión de guerra que tenía y, con el paso de los años, me di cuenta que todo lo que había imaginado era en muchos sentidos muy similar, aunque no exactamente así.

En ese primer semestre de 1879 comencé a tener acceso a diarios o periódicos, ya que antes que comenzara la guerra los diarios se entregaban en las casas o en las oficinas y se vendían en muy pocos comercios. Cuando se inició el conflicto, comenzaron a venderse en las calles a través de voceadores, que serían los precursores de los suplementeros de hoy. Y, por cierto, cada vez que veía un voceador empujaba hasta conseguir un ejemplar y repetidas veces después de haberlo comprado me daba cuenta que ya lo había leído, ya que en ocasiones era tanto lo que se vendían, que en días posteriores sacaban reimpresiones. Otra gran novedad de ese año fueron los folletines, que eran generalmente de una hoja, y que se editaban cuando alguna noticia muy importante llegaba a través del telégrafo. Entre mis papeles guardaba aquel del diario La Patria, sobre el Combate Naval de Iquique, que entregaba las primeras noticias de la acción, aunque su fecha era de varios días después, quizá una semana más tarde de ocurrido el combate.

Así pasaban mis días de cuartel. Entrenándome muy duro, aprendiendo los secretos de la caballería, pensando mucho, tratando de conocer la realidad, con pocos pero muy buenos amigos, consiguiendo periódicos y, en los ratos libres, paseando por Santiago y visitando a Clarita.

Frustrada partida

En julio se hablaba de la inminente partida de mi compañía al norte. Sin embargo, mi entusiasmo se quebró pocos días antes de la salida de la tropa, al enterarme de que varios de nosotros deberíamos quedarnos para ayudar a los más experimentados en la instrucción de otros escuadrones.

La compañía salió del cuartel muy de mañana y estaba absolutamente nublado y bastante inundado con la fuerte lluvia que había caído en la noche. Partieron más de cien jinetes con todo su equipamiento, seguidos por una veintena de mulas cargadas con las vituallas y equipajes, encolumnados hacia la Estación Central para embarcarse hacia el puerto. La despedida fue emotiva pero a la vez frustrante, ya que no quería quedarme y me sentí desplazado por no haber sido considerado en ese contingente.

Permanecimos en el mismo cuartel por varias semanas más, con un puñado de campesinos de Renca, Maipo y Colina y de aspirantes de cuerpos cívicos, instruyendo a lo que se denominaba Escuadrón Las Heras, del cual no escuché hablar casi hasta el final de la guerra. Ya la mayoría de mis compañeros se había marchado y estaban en alguna parte del norte y yo aún anclado en la capital, aunque ya considerándome un avezado alférez.

Varias semanas más tarde, de la Comandancia de Armas llegó un despacho que ordenaba marchar a Los Andes. Inmediatamente pensé que esa era la otra ruta natural para llegar a Valparaíso y embarcarse al norte. Pero cuál sería mi desazón al llegar a Los Andes a comienzos de septiembre del 79 —luego de una cabalgata de tres días junto a un piquete de bisoños soldados granaderos— y enterarme que debía permanecer en Calle Larga, junto a diez soldados del Granaderos y cooperar en la formación e instrucción del Escuadrón de la Subdelegación N°3 de Los Andes, a la espera de la reunión de caballada, aperos y atalajes que el regimiento requería en el norte y que serían proporcionados en la medida que se recolectaran o fabricaran.

Una semana antes de las fiestas patrias, un capitán cívico que estaba como delegado del Parque General dio instrucciones para el retiro de la caballada y los atalajes. Cuarenta potros amansados, cien sillas con sus respectivos peleros, pellones, estribos y atalajes, cien cabezadas y cincuenta aperos para animales porteadores de carga. Ese fue el encargo que recibí y que debía llevar al norte, junto con los diez soldados de mi regimiento que me acompañaban en Calle Larga, más diez arrieros enganchados que eran naturales de Curimón.

Como era el de mayor graduación, me apresuré en confiarme en mi ojo y elegí para mi uso un potro negro, con una mancha blanca alargada en la nariz y manchitas blancas en sus dos manos. Era brioso, amigable y tenía una buena talla, ya que sus remos eran largos y musculosos. Debe haber tenido menos de tres años y estaba recién tusado y herrado. Lo bauticé como Carboncillo y el noble amigo me acompañó por más de dos años hasta llegar a Lima. Sobre su lomo cabalgué por lo menos unos cinco mil kilómetros. Cruzamos desiertos, pantanos, vadeamos esteros, dormimos juntos y sufrimos uno al lado del otro las ansias de combate, la pena y el nerviosismo propio que precede a las batallas anunciadas.

Juntos nos palpitó fuerte el corazón que trataba de salirse por la boca en medio de los combates y muy pegados recorrimos los campos de batalla dirigiendo las cuadrillas que sepultaban a los caídos. Cuántas veces recorreríamos inmensos descampados, sin un matorral y bajo un sol abrasador. En muchas ocasiones me privé del agua para darle la de mi caramayola a Carboncillo, que después que la bebía como enajenado con su hocico lleno de espuma, agachaba la cabeza y la restregaba en mi hombro, como diciéndome «muchas gracias amigo, sé el sacrificio que estás haciendo, pero la necesitaba mucho». Carboncillo fue mi compañero inseparable, incluso en los buques, y no pude afirmar el llanto cuando vine por segunda vez a Chile en 1881 y lo dejé en unas caballerizas de Lima y jamás lo volví a ver ni supe de su destino.

Pasado este paréntesis muy necesario para plasmar este importante y sentimental recuerdo del momento en que nos conocimos con Carboncillo, sigo tratando de desenterrar mis recuerdos.

Poco antes del 18 de septiembre llegó a Los Andes un tren que venía de Valparaíso, trayendo una gran novedad: buenos y muy gallardos uniformes confeccionados en Francia por encargo del gobierno chileno y que recién habían sido desembarcados en el puerto. Por supuesto que corrí al bodegón instalado a la derecha del convento y que servía de almacén temporal de vestuario y a empujones me busqué en los listados. Me probé lo que podía encontrar de mi talla y, como era delgado y alto, no me costó mucho hacerme de unos paquetes que otros desechaban por ser ropas demasiado grandes.

Mi ajuar quedó compuesto por un quepí azul oscuro con huinchas lacre; guerrera azul de paño de brin de triple abotonadura, muy bien confeccionada y con ribetes azul claro en las bocamangas lacre; pantalón de montar de color lacre con vivos azules, con abotonaduras al costado y tirantes; y un par de botas de montar con cubre rodilla, más un capote de campaña de un grueso impresionante y de forros muy lindos de un negro lustroso.

A eso sumaba el equipaje anterior, consistente en una casaca tipo polaca; pantalones de montar color lacre con franja simple al costado de color gris azulado, pantalón de paño azul oscuro con vivos celestes; zapatos de montura con tacón de color negro; un poncho de lana color marrón con rayas café; un capote azul con doble corrida de botones; una tenida de sarga color cáñamo, un quepí azul simple y un quepí color cáñamo con cubrenuca. Esto se complementaba con cuatro juegos de camisas blancas, dos de camisetas de algodón y cuatro o más calzoncillos blancos con botones para las calcetas, que eran todas de color lino.

Los oficiales guardábamos este equipo en una caja de campaña de madera, tipo baúl, de aproximadamente un metro de largo por unos ochenta centímetros de ancho e igual dimensión de alto, con una tapa recta y llave, que llevaba el nombre en una placa de metal colocada en el centro del costado derecho... Parecía un pequeño ataúd. Esa caja siempre fue llevada, tanto en los traslados como en las campañas, por los encargados de las vituallas que seguían al regimiento, a lomo de mula, caballo de carga o carretas.

El jinete, durante las marchas, llevaba el poncho y el capote en rollizo en la montura. Las dos cantimploras iban tomadas de ganchos de la silla y en dos alforjas se guardaban los elementos más necesarios, como alguna muda de ropa interior, elementos de aseo, la ración de comida. En cuanto al armamento, en el caso de los oficiales era el sable Chatellerault, el arma corta y la carabina. El sable iba pendiendo del costado izquierdo de la silla y la carabina de un gancho al costado derecho con la culata hacia arriba y el cañón hacia atrás y abajo.

Cuando recibí la caramayola me llamó mucho la atención, ya que nunca había visto una de esas características: su diseño era muy innovador para la época. Era redonda, de aluminio, con una capacidad de dos litros. En su costado se adosaba mediante unos ganchos movibles de metal, un plato y sobre la tapa encorchada que era del mismo metal se insertaba una sobre tapa, que en realidad era un jarro. Con el tiempo aprendí que esta caramayola o cantimplora que se llevaba colgada con una correa de cuero que se terciaba, era tan importante como nuestras armas, ya que de ella dependería muchas veces nuestra vida en los resecos páramos del norte.

El 18 de septiembre lo celebramos en grande y participó toda la comunidad, además de los cuerpos acantonados en San Felipe, Curimón, Calle Larga y Los Andes. Lo primero, como a las ocho y media de la mañana, fueron las misas de acción de gracias, después desfiles en las diversas localidades y, para finalizar, un muy buen almuerzo de campo servido por las señoras de las familias connotadas de la zona y sus empleadas.

Al día siguiente salté de júbilo por la buena nueva: debíamos preparar todo, porque nos íbamos al norte, junto con todos los cuerpos acantonados en la zona.

¡A la guerra!

Dos días después, es decir el 20 de septiembre, muy de mañana, estábamos formados en la estación de Los Andes, con nuestra caballada y con los bultos de los atalajes y sillas más todos nuestros bártulos personales. Deben haber sido unos dos o tres mil hombres. Allí estaba junto a mi decena de soldados —en medio del gentío— preocupado de que los «manos largas» no nos robaran nada.

Casi se me escapa el corazón cuando entre la multitud que había llegado a dar el adiós a las tropas divisé a Clarita y su padre que venían a despedirme. Fueron minutos de inmensa emoción que pasaron demasiado rápido. Recuerdo conversaciones con Clarita y su padre. Otro instante en que él nos dejó a solas en un rincón de los andenes, ella me regaló un escapulario de la Virgen del Carmen, el que ató a mi cuello, donde permaneció muchos años. Siguieron besos plenos de pena, algunas lágrimas y luego un abrazo que me dan al mismo tiempo ella y su padre.

De pronto comenzaron a viva voz las órdenes de los oficiales para organizar el embarque del ganado y la tropa. Fue el momento de los últimos abrazos antes de subir a los trenes... y los pañuelos agitándose mientras el convoy iniciaba su marcha lentamente. En ese segundo, mi corazón y mi mente comprendieron que ese era el instante preciso en que iniciaba mi aventura.

Llegamos a Valparaíso en la tarde del 20. Fueron instantes de muchos esfuerzos para manejar casi medio centenar de caballos más el gran cúmulo de bultos que quedó en un solar del Almendral al cuidado de cinco soldados. Junto al resto de mi escuálida fuerza nos dirigimos a pasar la noche a unas bodegas de los Franciscanos, en el cerro del Barón.

Al alba del domingo 21 de septiembre —primer día de la primavera de 1879 —estábamos preparando la caballada y los bártulos. Iniciamos la marcha —más similar a un arreo— hacia los muelles, donde llegamos cerca de las seis de la mañana. La zona del puerto estaba atiborrada de soldados de muchos regimientos y la bahía repleta de buques.

Calculo que éramos unos seis mil hombres los que nos preparábamos a ocupar un sitio en las numerosas embarcaciones, a los que había que sumar gran cantidad de municiones, vituallas, víveres, fardos con uniformes, piezas de artillería, caballos y mulas destinados a los que ya estaban en el Nuevo Chile. En la bahía se veían muchos mercantes, que poco a poco y con la ayuda de un soldado porteño que se había acercado a pedirme un cigarro, fuimos identificando: Matías Cousiño, Hunay, Paquete del Maule, Santa Lucía y Toltén. La escolta la integraban el Cochrane y la O’Higgins, además de otros dos transportes artillados, de los cuales recuerdo el nombre de El Loa.

Y vino el largo y para mí desconocido trabajo de trasladar en barcas la caballada, subirla con jarcias a bordo e irla acomodando en las bodegas para su viaje. Medio día o más duró la faena y cuando ya estábamos a bordo de un buque repleto de hombres, animales y carga —desde las bodegas y hasta las cubiertas y toldillas— recién me di cuenta del nombre del transporte: Matías Cousiño.

Al caer la tarde el largo convoy se echó a la mar. Primero lo hizo el Cochrane echando grandes bocanadas de humo muy negro y espeso y luego otro buque de guerra, que me parece que era El Loa. Nosotros en el cuarto lugar de la hilera, viendo como el puerto se iba haciendo cada vez más pequeño y se iba notando con mayor nitidez su bonita bahía y las construcciones empinadas en los cerros. Los últimos recuerdos de ese 21 de septiembre —antes que cayera la oscuridad— fueron unas playas muy extensas y casi sin vida, que un soldado mostraba a otro y le decía que eran las playas de Quinteros.

Era la segunda vez que navegaba, aunque antes lo había hecho en mejores condiciones. Fue cuando tenía ocho o nueve años y mi padre me llevó a hacer la travesía de Valparaíso a Valdivia de ida y regreso. En esa ocasión —que recordaba con gran cariño— la navegación fue para mí muy entretenida y sin mareos y esperaba que ahora fuera lo mismo.

Luego de revisar a mis soldados y caballos, me fui a una toldilla de popa y allí con el poncho y el capote me preparé un lecho. Dormí toda la noche, solamente desperté con los primeros rayos de luz del día siguiente. Como la tierra apenas se divisaba en algunos momentos y el mar es casi igual en todas partes, además de cumplir con mis deberes de velar por los hombres y caballada, me dediqué a curiosear en el buque.

El segundo oficial del transporte me explicó que llevaba varios años a bordo.

Que el capitán era excelente marino y la nave muy buena. Dijo que el buque tenía casi veinte años, que había sido construido en Inglaterra y que su casco era de fierro. En realidad el buque se veía bien, con una máquina que emitía un sonido muy uniforme y poderoso y que destacaba por sus tres altos mástiles.

Me enteré, por el mismo pilotín, que el navío estaba casi como nuevo, ya que había sido recientemente remozado luego que en julio fuera atacado por el Huáscar en Iquique, recibiendo un par de tiros de cañón en una de sus carboneras. Sin embargo el Matías Cousiño se había salvado del legendario monitor peruano porque al ruido de los cañones del Huáscar concurrió la corbeta Magallanes —que le presentó combate— y cuando estaba muy afligida en el tiroteo con el blindado peruano llegó en su ayuda el blindado Cochrane, que puso en fuga al Huáscar, logrando así salvar al buque en que navegaba en esos momentos. En Antofagasta le hicieron reparaciones provisorias y luego en Valparaíso lo dejaron como nuevo, incluyendo una prolija mantención de las máquinas. Así que podía viajar tranquilo —al menos eso pensaba— ya que iba en un muy buen navío en el que navegaría sin mayores sobresaltos por casi cuatro días, contando una media jornada en Coquimbo, en donde hubo reabastecimiento de agua para hombres y máquinas, además de forraje para la caballada.

Capítulo 2

EN EL EJÉRCITO DEL NORTE

Antofagasta

El 25 de septiembre llegamos a Antofagasta, al Nuevo Chile, como le decían algunos. Apenas divisé la costa antofagastina me llamó la atención la resequedad de los cerros, la total ausencia de praderas y bosquecillos y la rugosidad de toda la seca geografía. Pero eso no me importó, ya que por fin, medio año después de iniciar mi aventura, me aprontaba a pisar tierra recuperada y podría decir con mucha propiedad que estaba en el frente de guerra; aunque después descubriría que allí ya no había guerra.

Nos preparamos para la larga tarea de desembarcar, que fue muy tediosa, porque en el orden que dieron los jefes de la flotilla el último en realizar la faena sería el Matías Cousiño. Por esa razón debimos pasar otra noche a bordo del transporte, durmiendo nerviosamente en la misma toldilla, pero respirando un aire con olor desconocido para mí, que me hacía sentir bien, no sé por qué razón. Quizás la causa era que desde ese momento ya no era parte del llamado Ejército del Centro o del Ejército de Reserva, sino un combatiente más del Ejército del Norte.

No hallaba las horas de unirme al resto de los granaderos y ser integrante por fin de un regimiento, ya que hasta el momento había deambulado de un lado a otro cumpliendo diversas funciones.

Producido el desembarco, un oficial del Parque —a través de un empleado— me ubicó en las estribaciones del embarcadero y dispuso que llevara la caballada y equipajes que transportábamos, a un cuartel situado tras la aduana, que en realidad era un gran galpón de calaminas cerrado por los costados con tablas tingladas.

Desde un comienzo la ciudad me pareció confusa, ya que con excepción del muelle salitrero y las vías férreas que de él salían hacia la pampa, el resto —salvo unos cinco o seis cuadras con edificios y casas de muy bonita arquitectura— eran construcciones de adobe o tablas, en las cuales vivían los miles de trabajadores chilenos, que eran la inmensa mayoría en esa ciudad antes de la ocupación chilena.

Allí entregué los caballos y los bultos y con ellos se quedaron los arrieros que se me habían agregado en Calle Larga, los que pasarían a ser parte de las unidades de bagajes. Desocupado de ese trámite me dirigí a la Comandancia de Armas y me presenté a un oficial ayudante, quien me dijo que haría las consultas y me informaría. Pasaron dos o tres horas hasta que un teniente me ordenó que me dirigiera con el piquete de soldados que me acompañaba desde Santiago a un sector que le llamaban Pampilla y me pasó un sobre cerrado. Llegado al lugar, lo cual me costó bastante, entregué dicho sobre al primer oficial que encontré, que por su uniforme gris noté que era del regimiento Chacabuco. Nuevamente la espera y por fin una respuesta. «Pasen y acomódense aquí, como puedan, mientras tanto».

En realidad fue difícil acomodarse, ya que el campamento era muy precario y desordenado: ramadas por aquí y por allá, algunas carpas y toldos, unas cocinerías humeando y un galpón grande al fondo. Allí comimos algo y luego los soldados armaron una ramada para ellos, establecieron un pivote para atar los caballos que fueron desensillados y yo me instalé en otra ramada junto con un médico y unos oficiales, que en realidad fueron muy poco afables y casi no cambié palabras con ellos.

Al día siguiente, muy temprano, los soldados se dieron a la tarea de ir a buscar forraje para los caballos, lo consiguieron quien sabe dónde y en cantidad como para dos días.

Después de permanecer todo el día en ese campamento, como allegados y sin saber nada de mi regimiento, salí a la mañana siguiente en mi caballo a recorrer la ciudad para ver si me encontraba con alguien conocido. Realmente todo estaba sobrepoblado. Regimientos por todos lados, cientos —por no decir miles— de soldados caminando por las estrechas calles, oficiales conversando en las esquinas, cientos de pampinos chilenos que merodeaban las tropas en busca de una plaza como soldado y, lo que me llamó la atención, muchas mujeres chilenas —que desde antes de la ocupación vivían allí con sus maridos e hijos— instaladas en esquinas o solares, vendiendo comida a las tropas.

Lo único que deseaba era encontrarme con mi regimiento, pero debí regresar sin ninguna respuesta clara.

Conociendo el desierto

Unos días después logré lo que tanto deseaba y me presenté donde el sargento mayor Marzán, que dijo que venía llegando en un vapor de carrera, aunque no le entendí su lugar de procedencia. Me saludó muy efusivo y le rendí cuentas de todo lo hecho desde que salí del cuartel de Santiago en agosto. Mientras yo hablaba, él me escuchaba y sonreía y luego me dijo: «Muy bien alférez, lo ha hecho todo bien, pero ahora tiene su primera misión y creo que la sabrá cumplir tan bien como ha hecho todo lo anterior». Recuerdo claramente que mientras pronunciaba esas palabras sentía que mi corazón saltaba y me llené de energía y entusiasmo.

Me ordenó que me pusiera a las órdenes de don Máximo Lira, delegado de la Intendencia, y que debía acatar todo lo que él me señalara, ya que mi misión sería escoltar convoyes con vituallas para diversos cuerpos que guarnecían la zona... «Y esto tómelo muy en serio ya que tendrá que adentrarse en el desierto», me dijo.

Don Máximo Lira era un civil muy culto, alto y delgado, de unos cuarenta años y que vestía de impecable traje café capuchino y corbatín. Estaba trabajando, por lo que después él mismo me contó, en la organización de los abastecimientos y equipos para las tropas. La primera tarea que me encomendó fue guarnecer un convoy de carretas que llevaría provisiones y equipos a las tropas del Chacabuco y del Navales, que se encontraban en Mejillones.

Pasaron dos o tres días hasta que la caravana estuvo dispuesta. En el intervalo recorrí con don Máximo unas maestranzas en las cuales se estaban reparando carretas calicheras —enteramente de fierro, incluso sus ruedas— que se estaban adaptando para que fueran tiradas por dos yuntas de bueyes, ya que en las faenas del caliche eran tractadas por burros o mulas.

Estudié el terreno y la ruta y nos dimos cuenta de que la distancia era algo así como unas diecisiete leguas, es decir, unos ochenta y cinco kilómetros, y los encargados del convoy calcularon que lo podíamos hacer en dos jornadas y media o tres jornadas.

Una mañana muy temprano —comenzando el mes de octubre— don Máximo nos dio la partida. Eran treinta carretas de fierro, con dos yuntas de bueyes cada una, además de una tropilla de unas doce mulas, todas al mando de un empleado de la Intendencia.

Estaba nervioso, ya que era mi primera tarea en territorio ocupado. Aprovechando todos los conocimientos adquiridos en los últimos meses, desplegué una avanzada en descubierta, integrada por los tres mejores granaderos que tenía, que avanzarían por la ruta unos doscientos a doscientos cincuenta metros por delante del convoy. Encabezando la caravana, yo en mi Carboncillo con dos granaderos, y cerrando el lento y tosco convoy el resto de los jinetes, que eran cinco.

Como estaba en territorio enemigo, dispuse que cada jinete llevara su carabina cruzada en la parte delantera de la silla y no en el gancho lateral y les aconsejé el máximo de atención en todo momento, ya que les dije algo así como «en cualquier momento nos pueden hacer una emboscada».

El primer día de marcha fue largo, extenuante y fatigoso, ya que el sol caía muy fuerte. No había vegetación en donde tomar un poco de sombra ni tampoco agua en parte alguna. Además de soportar la cabalgata tuvimos que ayudar muchas veces a sacar carretas que se quedaban pegadas en los interminables arenales o en aquellas zonas nitrosas llamadas chusca. Las sacábamos a lazo, mientras los capataces y arrieros picaneaban a los bueyes.

Mucho sacrificio, pero de enemigos... nada. Y, por supuesto que no tendríamos combate alguno, ya que después me enteré que al menos en cuatrocientos kilómetros a la redonda no había ningún soldado ni peruano ni boliviano.

Uno de los baqueanos de la zona —un ex salitrero chileno— me preguntó si había comido mejillones y como mi respuesta fue negativa, entonces me preguntó si los conocía, a lo que respondí que nunca había visto uno. Me dijo que eran como pequeñas vizcachas y que ya estábamos entrando en la zona en que vivían y que fuera atento para que los conociera y que trataría de cazar algunos para que comiéramos. A esas alturas estábamos aún en pleno desierto y yo observaba detenidamente los lomajes de la pampa por si veía alguno de estos animales, sin saber que estaba siendo objeto de las risas de varios de los soldados que me veían buscar mejillones en el desierto, sin saber que eran moluscos.

Llegamos a Mejillones en la media mañana del día subsiguiente, tal como estaba previsto. Fuimos recibidos con gritos de alegría por los chacabucanos y navales, porque les llevábamos comida, tabaco, vestuario y otros equipos.

Tras pernoctar en el campamento de Mejillones, que era bastante más agradable que el de Antofagasta, iniciamos el retorno con el piquete de granaderos, llegando en la mañana del día siguiente. Por supuesto que estando en ese puerto probé los famosos mejillones, y me encantaron. Los comí crudos con limón y cebolla, como también cocidos al vapor.

Don Máximo me estaba esperando y después de preguntarme detalles del comportamiento de las carretas y de los problemas que habíamos tenido, me dijo que me tenía listo otro trabajito, consistente en escoltar otra caravana, esta vez a Tocopilla, que estaba a más de cincuenta leguas de Antofagasta, algo aproximado a los ciento ochenta kilómetros. Se trataba de una empresa casi igual a la anterior, pero con menos carretas, cerca de veinte, para abastecer a la tropa del regimiento Artillería Naval, que allí se hallaba acantonado.

Todo fue similar al primer viaje, pero en esta ocasión el viaje de ida tardó cuatro días y dos de regreso.

Al volver de ese segundo viaje me enteré de la captura del Huáscar y de las celebraciones que hubo el día del combate en todos los campamentos. Lamenté no haber estado allí para ver algo siquiera de ese tremendo acontecimiento, ya que el Huáscar era el mayor freno para el desplazamiento de todos los buques de guerra y de transporte, por su inmenso poderío, y eso limitaba mucho las operaciones.

Estas misiones de escolta las seguí cumpliendo y recuerdo, entre otras, la protección de caravanas a Quillahua, donde había gente del batallón Santiago y al Salar del Carmen, donde esta ...