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UNA NOCHE EN EL PARAíSO

Lucia Berlin  

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Fragmento

Prólogo
La historia es lo que cuenta

Mark Berlin

Lucia, bendita sea, era una rebelde y una mujer con un arte extraordinario, y en su día su vida era un baile. Ojalá pudiera contar todas sus anécdotas, como aquella vez que recogió a Smokey Robinson en la Avenida Central de Albuquerque, y lo llevó fumando un canuto al concierto que daba en el Tiki-Kai Lounge. Llegó tarde a casa, con restos de Chanel bajo el olor a humo y sudor. Fuimos a una danza sagrada en Santo Domingo, Nuevo México, por invitación de un anciano de la tribu. Uno de los bailarines se cayó y Lucia pensó que ella tuvo la culpa. Desgraciadamente, el pueblo entero pensó lo mismo, porque éramos los únicos forasteros. Durante años ese fue nuestro tótem de la mala suerte. En la familia, todos aprendimos a bailar en la playa, en los museos, en restaurantes y clubes como si fuéramos los dueños del lugar, en centros de desintoxicación y cárceles y galas de entregas de premios, con yonquis, chulos, príncipes e inocentes. El caso es que si intentara contar las peripecias de Lucia, incluso desde mi punto de vista (ya fuera o no objetivo), pasaría por realismo mágico. Nadie se creería esas movidas.

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Mi primer recuerdo es la voz de Lucia, leyéndonos a mi hermano Jeff y a mí. No importa qué cuento fuera, porque cada noche traía una historia con su dulce tonada, un acento mezcla de Texas y Santiago de Chile. Canciones, como «Red River Valley». Culto, pero llano… y que por suerte no heredó de su madre el deje nasal de El Paso. Quizá soy la última persona que habló con ella y, una vez más, me leyó. No recuerdo qué (¿una reseña, un fragmento de los cientos de lecturas que le pedían, una postal?), solo su voz clara, amorosa, volutas de incienso, destellos de crepúsculo, y que después los dos nos quedamos en silencio contemplando sus libros. Sabiendo el poder y la belleza de las palabras que guardaba en esas estanterías. Algo que saborear y ponderar.

Junto con el humor y el gusto por escribir, heredé sus dolores de espalda, y gruñíamos y se nos escapaba la risa al unísono o en armonía cada vez que alargábamos el brazo para coger más cambozola, una galleta salada o uvas. Quejándonos de los medicamentos y los efectos secundarios. Nos reíamos del primer precepto budista: la vida es sufrimiento. Y de la actitud mexicana de que la vida no vale mucho, pero desde luego puede ser divertida.

Recuerdo a mi madre muy joven, paseándonos por las calles de Nueva York: nos llevaba a museos, a visitar a otros escritores, a ver una linotipia en marcha y a pintores trabajando, a oír jazz. Y entonces de pronto estábamos en Acapulco, luego en Albuquerque. Las primeras paradas de una vida itinerante, con un promedio de nueve meses en cada escala. Aun así, el hogar era siempre ella. Vivir en México le daba terror. Escorpiones, lombrices intestinales, cocos que caían de las palmeras, policía corrupta y astutos traficantes de droga; pero como recordamos el día antes de su cumpleaños, de algún modo habíamos sobrevivido. Lucia sobrevivió por lo menos a tres maridos y sabe Dios a cuántos amantes… ¡y eso que a los catorce años los médicos le dijeron que nunca podría dar a luz y que no pasaría de los treinta! Trajo cuatro hijos al mundo, de los que soy el mayor y el más problemático, y criarnos le costó horrores. Pero lo hizo. Y bien.

Mucho se han cargado las tintas en su alcoholismo y ella tuvo que luchar contra la vergüenza de ese estigma, pero al final vivió casi dos décadas sobria, en las que produjo lo mejor de su obra, y además inspiró a buena parte de la nueva generación con sus clases. Eso no sorprende, porque desde los veinte años enseñaba de manera intermitente. Hubo momentos duros, incluso peligrosos. A veces se preguntaba en voz alta por qué no vino nadie a sacarnos de allí cuando éramos unos críos y ella tocó fondo. No sé, salimos adelante. Todos nos habríamos marchitado en un barrio residencial; éramos la banda de los Berlin. «El mundo está erizado de peligros» era una de las frases a las que mamá echaba mano últimamente. Vivo en la calle, y aunque a ella le gustaba oír algunas de mis anécdotas de los bajos fondos, le preocupaba imaginarme durmiendo a la intemperie con adictos al crack, esquizofrénicos y borrachos (aunque esa fauna sea solo un diez por ciento de los campistas urbanos). Las madres se preocupan, y Lucia era una gran madre. También sabía que yo sobreviviría, que continuaría escribiendo y creando.

Buena parte de nuestras experiencias son increíbles. La de historias que ella podría haber contado. Como cuando se bañó desnuda en Oaxaca con un amigo pintor después de tomar setas. Fliparon al salir del agua, verdes de los pies a la cabeza por el cobre del arroyo. ¡Me la imagino así, toda verde, con su rebozo rosa! Ni siquiera intentaré dar una pincelada de la colonia de rehabilitación en las afueras de Albuquerque (basta con leer su cuento «Perdidos»), pero imaginad a Luis Buñuel y Quentin Tarantino haciendo una película dentro de una película en la que aparecen seis exheroinómanos, Angie Dickinson, Leslie Nielsen, una docena de zombis de ciencia ficción, y la mencionada banda de los Berlin. Mi recuerdo favorito es una puesta de sol en Yelapa centelleando en el saxofón de Buddy Berlin, remolinos de bebop y humo de leña mientras mamá preparaba la cena en un comal, su cara radiante bajo la luz coral, flamencos pescando sobre un solo zanco en la laguna, el rumor de las olas y el croar de las ranas, mientras nosotros hacíamos los deberes a la luz de un farol oyendo discos rayados de Billie Holiday, descalzos en la arena gruesa.

Mi madre escribía historias verdaderas; no necesariamente autobiográficas, pero por poco. Las historias y los recuerdos de nuestra familia se han ido modelando, adornando y puliendo con el paso del tiempo, hasta el punto de que no siempre sé con certeza qué ocurrió en realidad. Lucia decía que eso no importaba: la historia es lo que cuenta.

Los joyeros musicales

«Oye la instrucción de tu padre y tu madre, porque adorno de gracia serán a tu cabeza y collares a tu cuello. Si los pecadores te quisieran engañar, no consientas.»

Mamie, mi abuela, lo leyó dos veces. Intenté recordar qué instrucción me habían dado. No te hurgues la nariz. Pero yo quería un collar, uno que tintineara cuando me riera, como el de Sammy.

Me compré una cadena y fui a la terminal de autobuses, donde había una máquina que grababa letras en discos de metal… con una estrella en el centro. Escribí LUCHA y me lo puse de colgante.

Fue a finales de junio, en 1943, cuando Sammy y Jake nos metieron en el tinglado a Hope y a mí. Estaban hablando con Ben Padilla y al principio nos dijeron que nos largáramos. Cuando Ben se fue, Sammy nos llamó desde el porche.

—Sentaos, queremos que estéis en el ajo.

Sesenta cartones. Arriba, en cada cartón, había una imagen a color de un joyero musical y un sello rojo que decía NO ABRIR. Al rasgar la pestaña aparecía uno de los nombres del cartón. Treinta nombres de tres letras con una línea al lado. AMY, MAE, JOE, BEA, etcétera.

—Cuesta cinco centavos la apuesta. Al lado del nombre escribes el de la persona que lo compra. Cuando están todos vendidos, abrimos el sello. La persona que escogió ese nombre gana el joyero.

—¡Joyeros a mansalva! —dijo Jake con una risita.

—Cállate, Jake. Consigo estos cartones de Chicago. Con cada uno se saca un pavo y medio. Mando un dólar por cartón y me envían los joyeros. ¿Lo pilláis?

—Sí —dijo Hope—. ¿Y?

—Pues vosotras os lleváis un cuarto de dólar por cada cartón vendido, y nosotros nos llevamos otro cuarto. O sea que iremos a medias.

—No podrán vender todos esos cartones —dijo Jake.

—Claro que podemos —contesté. Detestaba a Jake. Gamberro adolescente.

—Claro que pueden —dijo Sammy. Le dio los cartones a Hope—. Lucha queda a cargo del dinero. Son las once y media. Poneos en marcha, os cronometraremos.

—¡Buena suerte! —nos gritaron. Se empujaban uno a otro en la hierba, riéndose.

—Se ríen de nosotras, ¡creen que no lo conseguiremos!

Llamamos a la primera puerta… Abrió una señora y se puso las gafas. Compró el primer nombre. ABE. Escribió su nombre y dirección al lado, nos dio cinco centavos y nos regaló su lápiz. Primores, nos llamó.

Fuimos casa por casa siguiendo la acera de Upson Drive. Cuando llegamos al parque, habíamos vendido veinte nombres. Nos sentamos en el muro del jardín de los cactus, sin aliento, triunfales.

A la gente le parecíamos adorables. Las dos éramos muy pequeñas para nuestra edad. Siete años. Si abría una mujer, hablaba yo. Mi pelo rubio y rizado abultaba el doble que mi cabeza, parecía un rastrojo rodante amarillo.

—¡Algodón de azúcar dorado!

Estaba mellada y sonreía sacando la punta de la lengua, como si fuera tímida. Las señoras me daban palmaditas y se agachaban para oírme.

—¿Cómo dices, cielo? ¡Vaya, me encantaría!

Si era un hombre, le tocaba a Hope.

—Cinco centavos…, elija un nombre —decía arrastrando las palabras, y les entregaba el cartón y el lápiz antes de que pudieran cerrar la puerta. A los hombres les gustaba su temple y le pellizcaban las mejillas morenas y huesudas. Ella los miraba con sus ojos centelleantes a través del tupido velo de pelo negro.

Ahora solo nos preocupaba el tiempo. Resultaba difícil saber si había alguien en casa. Llamábamos al timbre, esperábamos. Lo peor llegaba cuando éramos las únicas visitas «desde hacía una eternidad». Eran todos muy viejos. La mayoría debieron de morir pocos años después.

Además de los que se sentían solos y de los que se enternecían al vernos, había algunos —dos aquel día— que realmente creían que el azar llamaba a su puerta ofreciéndoles una oportunidad, una elección. Se tomaban su tiempo, pero no nos importaba… Esperábamos también con emoción contenida, mientras hablaban consigo mismos. ¿Tom? Condenado Tom. Sal. Mi hermana me llamaba Sal. Tom. Sí, me quedo con Tom. ¿Y si gana?

Ni siquiera cruzamos a la acera de enfrente. Vendimos el resto en los apartamentos del otro lado del parque.

La una. Hope le entregó el cartón a Sammy, yo vacié el dinero sobre su pecho.

—¡Dios! —dijo Jake.

Sammy nos dio un beso. Estábamos radiantes, sonriendo en el césped.

—¿Quién ha ganado?

Sammy se incorporó. Tenía las rodilleras de los Levi’s verdes y mojadas, los codos teñidos de hierba.

—¿Qué pone? —Hope no sabía leer. Había suspendido el primer curso.

ZOE.

—¿Quién? —nos miramos—. ¿Cuál era ese?

—Es el último del cartón.

—Oh.

El hombre del ungüento en las manos. Psoriasis. Fue una desilusión, había dos personas encantadoras que nos hubiera gustado que ganaran.

Sammy dijo que podíamos quedarnos los cartones y el dinero hasta rifarlos todos. Saltamos la cerca y nos los llevamos al porche. Encontré una vieja panera donde guardarlos.

Cogimos tres cartones y salimos por el callejón de atrás. No queríamos que Sammy y Jake pensaran que estábamos demasiado ansiosas. Cruzamos la calle y corrimos de casa en casa, llamando a las puertas del otro lado de Upson hasta el final. Luego seguimos por una de las aceras de Mundy hasta el colmado Sunshine.

Habíamos vendido dos cartones enteros… Nos sentamos en el bordillo a tomar una gaseosa de uva. El señor Haddad nos metía las botellas en el congelador, así que salía granizada… como un polo derretido. Los autobuses tenían que hacer un giro cerrado en la esquina, pasándonos muy cerca, y tocaban el claxon. A nuestras espaldas el polvo y el humo se levantaban alrededor de la sierra del Cristo Rey, espuma amarilla en el atardecer de Texas.

Yo leía los nombres en voz alta, una y otra vez. Poníamos una X al lado de nuestros favoritos, una O al lado de los que nos caían mal.

El soldado descalzo. «¡Necesito un joyero musical!» La señora Tapia. «¡Bueno, pasad! ¡Cómo me alegro de veros!» Una chica de dieciséis años, recién casada, que nos enseñó cómo había pintado la cocina de rosa, ella sola. El señor Raleigh, que nos dio miedo. Mandó callar a dos dogos, a Hope la llamó «bomboncito».

—Oye… Podríamos vender mil nombres cada día si tuviéramos unos patines.

—Sí, necesitamos unos patines.

—¿Sabes cuál es el problema?

—¿Cuál?

—Siempre decimos: «¿Quiere elegir un nombre para la rifa?». Deberíamos decir «nombres».

—¿Y qué tal «quiere todo el cartón»?

Nos reímos, contentas, sentadas en el bordillo.

—Vamos a vender el último.

Doblamos la esquina, la calle por debajo de Mundy Drive. Era oscura, tupida de eucaliptos, higueras y granados, jardines mexicanos, helechos, adelfas y cinias. Las viejecitas no hablaban inglés. «No, gracias»,[1] y cerraban la puerta.

El cura de la parroquia de la Sagrada Familia compró dos nombres. JOE y FAN.

Después había una manzana llena de mujeres alemanas, con las manos embadurnadas de harina. Cerraban de un portazo. ¡Tsch!

—Vámonos a casa… Aquí no hay nada que hacer.

—No, subiendo por el Colegio Vilas hay muchos soldados.

Hope tenía razón. Los hombres estaban fuera, en pantalones militares y camiseta, regando la grama amarillenta y bebiendo cerveza. Le tocó a ella. Su pelo caía ahora en hebras lacias sobre la tez siria aceitunada, como una cortina de abalorios negros.

Un hombre nos dio un cuarto de dólar y su mujer lo llamó antes de que le devolviéramos el cambio.

—¡Dadme cinco! —nos gritó a través de la puerta mosquitera.

Empecé a escribir su nombre.

—No —dijo Hope—. Podemos venderlos otra vez.

Sammy rasgó los sellos.

La señora Tapia ganó con SUE, el nombre de su hija. Le habíamos puesto una X, era majísima. La señora Overland ganó el siguiente. Ninguna de las dos recordábamos quién era. El tercer ganador fue un hombre que compró LOU, cuando en realidad quien merecía el premio era el soldado que nos había dado el cuarto de dólar.

—Deberíamos dárselo al soldado —dije.

Hope se levantó el flequillo para mirarme, casi sonriendo…

—Vale.

Salté la cerca que daba a nuestro patio. Mamie estaba regando. Mi madre había ido a jugar al bridge, mi cena estaba en el horno. Con el boletín informativo de H. V. Kaltenborn a todo volumen dentro de la casa, tuve que leerle los labios a Mamie. No es que el abuelo estuviera sordo, era solo que le gustaba ponerlo muy alto.

—¿Puedo regar yo, Mamie? —no, gracias.

Golpeé la puerta de la entrada y el vidrio esmerilado reverberó contra la pared.

—¡Ven aquí ahora mismo! —gritó el abuelo para hacerse oír con el estruendo de la radio. Sorprendida, entré a toda prisa, sonriendo, y fui a sentarme en sus rodillas, pero me ahuyentó con un periódico lleno de recortes—. ¿Has estado con esos sucios árabes?

—Sirios —dije. Su cenicero resplandecía con una luz rojiza como el vidrio esmerilado de la puerta.

Aquella noche… Fibber McGee y Amos y Andy en la radio. No sé por qué le gustaban tanto. Siempre decía que odiaba a la gente de color.

Mamie y yo nos sentamos a leer la Biblia en el comedor. Todavía estábamos con los Proverbios.

—«Vale más reprender con franqueza que amar en secreto.»

—¿Por qué?

—No le des más vueltas.

Cuando me dormí, me acostó en la cama.

Me desperté cuando volvió mi madre… Me quedé despierta a su lado mientras ella comía palitos de queso y leía una novela de misterio. Años después, calculé que solo durante la Segunda Guerra Mundial mi madre se comió más de novecientas cincuenta cajas de palitos de queso.

Quería hablar con ella, contarle cosas de la señora Tapia, del tipo de los perros, que íbamos a medias con Sammy. Recosté la cabeza en su hombro, cubierto de migas, y me quedé dormida.

Al día siguiente, Hope y yo fuimos primero a los apartamentos de Yandell Avenue. Mujeres de soldados jóvenes con los rulos puestos, albornoces de felpilla, enfadadas porque las habíamos despertado. Ninguna quiso comprar.

—No, nena, no tengo cinco centavos.

Fuimos en autobús hasta la plaza, hicimos trasbordo a Kern Place. Un barrio de ricos…, paisajismo, campanillas en las puertas. Fue aún mejor que con las viejecitas. Amantes de las causas benéficas, bronceado, bermudas, pintalabios y melenas a lo paje estilo June Allyson. No creo que hubieran visto nunca niñas como nosotras, niñas vestidas con las blusas de gasa de sus madres.

Niñas con un pelo como el nuestro. Mientras que a Hope se le derramaba por la cara negro y espeso como la pez, a mí me crecía encrespado y rubio como una pelota de playa acolchada, chisporroteando al sol.

Siempre se reían al enterarse de lo que vendíamos, iban a buscar algo de «cambio». Escuchamos a una de ellas decirle a su marido: «Sal a verlas. ¡Auténticas pícaras!». El hombre salió, y fue el único que nos compró. Las mujeres simplemente nos daban dinero. Sus hijos nos miraban con curiosidad, pálidos, desde los columpios.

—Anda, vamos a la terminal.

Solíamos ir allí ya antes de las rifas… a deambular y a ver a todo el mundo besándose y llorando, a recoger las monedas caídas que se colaban debajo del puesto de los periódicos. En cuanto entramos por la puerta empezamos a darnos codazos y a reírnos. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Millones de personas con centavos sueltos y nada que hacer salvo esperar. Millones de soldados y marineros que tenían una novia o una esposa o un crío con un nombre de tres letras.

Nos hicimos un horario. Por las mañanas íbamos a la estación de trenes. Marineros tumbados en los bancos de madera, los gorros doblados sobre los ojos, como paréntesis.

—¿Eh? ¡Ah, buenos días, preciosas! Cómo no.

Viejos sentados matando el rato. Pagaban cinco centavos para hablar de la otra guerra, de algún difunto con un nombre de tres letras.

Entramos en la sala de espera para la gente DE COLOR, vendimos tres nombres antes de que un revisor blanco nos sacara agarrándonos del brazo. Pasábamos las tardes en la Organización de Servicios Unidos al otro lado de la calle. Los soldados nos daban almuerzos gratis, bocadillos rancios de jamón y queso envueltos en papel encerado, Coca-Cola, chocolatinas Milky Way. Jugábamos al ping-pong y a las máquinas del millón mientras los soldados rellenaban los cartones. Una vez ganamos veinticinco centavos cada una contando con un aparatito cuántos hombres de servicio entraban mientras la mujer que se ocupaba de eso iba a algún sitio con un marinero.

Llegaban nuevos soldados y marineros en cada tren. Los que ya estaban allí les decían que participaran en nuestra rifa. A mí me llamaban Cielo, y a Hope, Infierno.

Al principio el plan era quedarnos los sesenta cartones hasta venderlos todos, pero íbamos reuniendo más y más dinero y un montón de propinas y ni siquiera podíamos contarlo.

Además, nos moríamos de ganas por saber quién había ganado, aunque solo nos faltaban diez cartones. Recogimos las tres cajas de puros con el dinero y los cartones y se las llevamos a Sammy.

—¿Setenta dólares? —madre mía. Los dos se sentaron de golpe en la hierba—. Mocosas chifladas. Lo han conseguido.

Nos besaron y nos abrazaron. Jake se revolcaba de la risa, agarrándose la tripa, aullando.

—Dios…, Sammy, ¡eres un genio, un cerebro!

Sammy nos abrazó.

—Sabía que podíais hacerlo.

Hojeó todos los cartones, pasándose la mano por el pelo, largo y tan negro que siempre parecía mojado. Se reía al leer los nombres que habían ganado. Soldado raso Octavius Oliver, Fort Sill, Oklahoma.

—Eh, ¿dónde encontráis a estos tipos?

Samuel Henry Throper, Cualquier parte, EE. UU. Era un viejo de la zona DE COLOR que dijo que, si ganaba, nos podíamos quedar el joyero musical.

Jake fue al colmado Sunshine y nos compró unos helados de plátano. Sammy nos preguntaba por todos los nombres, cómo lo habíamos hecho. Le hablamos de Kern Place y las preciosas amas de casa con vestidos camiseros de batista, de la Organización de Servicios Unidos, de las máquinas del millón, del sátiro con los dogos.

Nos dio diecisiete dólares…, más de lo que nos tocaba al ir a medias. Ni siquiera cogimos un autobús, fuimos corriendo al centro hasta Penney’s. Lejos. Nos compramos patines y llaves para ajustarlos, pulseras de la suerte en Kress y una bolsa de pistachos rojos salados. Nos sentamos en la plaza cerca de los caimanes… Soldados, mexicanos. Borrachines.

Hope miró alrededor.

—Podríamos vender aquí.

—No, aquí nadie tiene dinero.

—¡Salvo nosotras!

—El problema será entregar los joyeros musicales.

—No, porque ahora tenemos patines.

—Mañana aprenderemos a patinar… Oye, hasta podemos bajar patinando por el viaducto y ver la escoria de la fundición.

—Si la gente no está en casa, podemos abrir la puerta mosquitera y dejarlos dentro.

—Los vestíbulos de los hoteles serían un buen sitio para vender.

Compramos té helado chorreante y zarzaparrilla con una bola de helado para llevar. Así se nos acabó el dinero. No nos tomamos nada hasta llegar al solar baldío al principio de Upson Drive.

El solar estaba al final de una cuesta tapiada, a una buena altura de la acera, abandonado y lleno de unas enredaderas desmadradas con flores violetas. Entre las plantas, por toda la parcela había vidrios rotos que el sol teñía de diferentes tonos de morado. A esa hora del día, al atardecer, los rayos caían oblicuos en el solar y la luz parecía venir desde abajo, desde el interior de las flores, de los cristales de amatista.

Sammy y Jake estaban lavando un coche. Un cacharro azul sin techo ni puertas. Echamos a correr desde la esquina, con los patines traqueteando dentro de las cajas.

—¿De quién es?

—Nuestro, ¿queréis dar una vuelta?

—¿De dónde lo habéis sacado?

Estaban lavando las llantas.

—De un tipo que conocemos —dijo Jake—. ¿Queréis dar una vuelta?

—¡Sammy!

Hope estaba de pie en el asiento. Parecía que se hubiera vuelto loca. Yo aún no lo entendía.

—¡Sammy! ¿De dónde habéis sacado el dinero para este coche?

—Bah, de aquí y de allá… —Sammy le sonrió, bebió de la manguera y se limpió la barbilla con la camisa.

—¿De dónde habéis sacado el dinero?

Hope parecía una de las viejas brujas de antaño, pálida y amarillenta.

—¡Tramposo hijo de puta! —chilló.

Entonces comprendí. La seguí al otro lado de la cerca hasta el porche.

—¡Lucha! —gritó Sammy, mi primer ídolo, pero me quedé con Hope, arrodillada junto a la panera.

Me pasó el fajo de los cartones rifados.

—Cuéntalos.

Tardé un buen rato.

Más de quinientas personas. Leímos los nombres que habíamos marcado con una X esperando que ganaran.

—Podríamos comprar joyeros musicales para algunos…

Hope me miró con desdén.

—¿Con qué dinero? De todos modos no existen, ¿alguna vez habías oído hablar de joyeros musicales?

Abrió la panera y sacó los diez cartones que quedaban por vender. Estaba ida, arrastrándose por el porche polvoriento como un pollo moribundo.

—¿Qué haces, Hope?

Jadeante, se agazapó en la madreselva que crecía hacia el patio. Sostuvo los cartones en alto, como el abanico de una reina demente.

—Ahora son míos. Si quieres, puedes venir. Iremos a medias. O puedes quedarte. Si vienes, significará que eres mi socia y no volverás a dirigirle la palabra a Sammy en tu vida, o te mataré con un cuchillo.

Se marchó. Me estiré en la tierra húmeda. Estaba cansada. Solo quería seguir ahí tumbada, para siempre, y no hacer nada nunca más.

Me quedé allí un buen rato y luego trepé la cerca de madera que daba al callejón. Hope estaba sentada en la acera en la esquina, su pelo como un balde negro sobre la cabeza. Inclinada, como una Pietà.

—Vamos —dije.

Subimos la cuesta hacia Prospect Street. Anochecía… Todas las familias estaban fuera regando el césped, hablando en murmullos desde las mecedoras del porche que chirriaban tan rítmicamente como las cigarras.

Hope cerró de golpe una verja cuando entramos. Enfilamos el sendero de cemento mojado hacia la familia. Tomaban té frío, sentados en los escalones del porche. Les tendió un cartón.

—Elijan un nombre. Diez centavos la apuesta.

Empezamos temprano a la mañana siguiente con el resto de los cartones. No dijimos nada del nuevo precio ni de los seis que hab ...