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UNA NOCHE MáGICA

Danielle Steel

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Fragmento

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La Cena Blanca es un poema de amor que ensalza la amistad, la alegría, la elegancia y los bellos monumentos de París. Y cada año es una velada inolvidable. Ciudades de todo el mundo han tratado de emularla, sin demasiado éxito. París no hay más que una y cuesta imaginar un evento tan admirado, respetado y bien ejecutado en ninguna otra ciudad.

Se originó hace unos treinta años, cuando un oficial de la marina y su esposa decidieron celebrar su aniversario con sus amigos de un modo creativo y poco habitual, frente a uno de sus monumentos preferidos de París. Convocaron a una veintena de amigos, todos vestidos de blanco. Se presentaron con mesas y sillas plegables, manteles, cubiertos, copas, platos e incluso flores, llevaron una sofisticada cena, lo dispusieron todo y compartieron una magnífica celebración con sus invitados. La magia comenzó aquella noche.

El éxito fue tal que repitieron al año siguiente en un enclave distinto, aunque igualmente incomparable. Y todos los años desde entonces, la Cena Blanca se ha convertido en una tradición, a la que cada vez asiste más gente, para celebrar la velada del mismo modo; vestidos de blanco de pies a cabeza en una noche de junio.

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Al evento solo se puede asistir mediante invitación, algo que todo el mundo respeta, y con el curso de los años ha pasado a ser uno de los acontecimientos secretos más apreciados que se celebran en París. El código de vestimenta que obliga a ir de blanco sigue siendo obligatorio, incluyendo el calzado, y todo el mundo se esfuerza por vestir de manera elegante y cumplir con las tradiciones establecidas. La Cena Blanca se celebra cada año frente a un monumento parisino distinto y en París las posibilidades son muchas. En Notre Dame, en el Arco del Triunfo, a los pies de la torre Eiffel junto al Trocadero, en la plaza de la Concordia, entre las pirámides frente al Louvre, en la plaza Vendôme. Hasta la fecha, la Cena Blanca se ha celebrado en un sinfín de lugares, a cuál más hermoso.

Con los años, la Cena Blanca se ha vuelto tan popular que ahora se celebra en dos lugares, con un número total de invitados que ronda los quince mil. Cuesta imaginar que tantas personas se comporten de forma apropiada, luzcan elegantes y acaten todas las reglas, pero por increíble que parezca, así es. Se fomenta la «comida blanca», pero sobre todo se ha de servir comida apropiada; nada de perritos calientes, hamburguesas ni sándwiches. Hay que llevar comida de verdad, presentarla sobre un mantel de lino blanco, comer con cubiertos de plata, cristalería y vajilla de porcelana, igual que en un restaurante o en una casa en la que se agasaja a los invitados de honor. Todo lo que se lleve debe caber en una maleta de ruedas y al final del evento deben depositarse todos los desperdicios generados, hasta la última colilla de cigarrillo, en bolsas de basura blancas y luego tirarlas. No debe quedar ni rastro de los asistentes en los bellos lugares que se eligen cada año para celebrar la Cena Blanca. La gente debe aparecer y desaparecer con la misma soltura.

La policía hace la vista gorda, aunque no se saca ningún permiso para el evento, a pesar del vasto número de participantes (obtener permisos echaría a perder la sorpresa), y por increíble que parezca, nadie se cuela. Las invitaciones para la Cena Blanca son muy codiciadas y valoradas cuando se reciben, pero nadie que no figure en la lista de invitados se presenta jamás ni intenta afirmar que sí está invitado. No ha habido ningún incidente ni conflicto relevante en el evento. Es una velada cargada de divertimento, consolidada por los invitados y el amor por la ciudad.

La mitad de la diversión radica en no saber dónde va a celebrarse cada año. Es un secreto oficial que los seis organizadores guardan religiosamente. Y allá donde tiene lugar, se invita a la gente por parejas y cada una debe llevar su propia mesa y un par de sillas plegables, de tamaño reglamentario.

Los seis organizadores envían mensajes de la velada para informar del primer lugar donde la gente ha de reunirse. Todos los invitados deben presentarse con sus maletas, mesas y sillas en uno de los emplazamientos iniciales a las ocho y cuarto en punto de la tarde. Los dos grupos cenarán en dos lugares distintos. El entusiasmo va en aumento cuando se desvela la primera ubicación, de la que se informa a los invitados la misma tarde del evento. Eso proporciona una idea aproximada de dónde se va a celebrar la cena, aunque no son más que conjeturas, pues por lo general hay varias ubicaciones posibles a corta distancia de ese primer lugar. La gente llega sin demora al primer enclave, vestida de blanco de pies a cabeza y pertrechada para la velada. Los amigos se encuentran entre la multitud, llamándose a voces unos a otros, y descubren con placer quiénes han acudido. Una gran animación flota durante media hora en el lugar de encuentro y a las nueve menos cuarto se desvela el destino final, a no más de cinco minutos a pie de donde se encuentran.

Una vez que se anuncia el lugar, a cada pareja se le asigna un espacio del tamaño exacto de su mesa y debe instalarse en él, formando largas hileras bien ordenadas. La gente suele acudir en grupos de parejas; amigos que llevan años asistiendo al evento y cenan unos al lado de otros en sus mesas individuales, como parte de las largas hileras.

A las nueve en punto, siete mil personas han llegado a los espectaculares monumentos que son los afortunados triunfadores de la noche. Y una vez que llegan y se les asigna el lugar para colocar la mesa, medido a la perfección, se abren las mesas, se colocan las sillas, se ponen los manteles, los candelabros y se visten las mesas como si fuera a celebrarse una boda. Al cabo de quince minutos, los comensales están sentados, sirviendo el vino, con una amplia sonrisa de felicidad, esperando pasar una espectacular velada entre viejos y nuevos amigos. La emoción y el secreto al fin desvelado de la ubicación hacen que los participantes se sientan como niños asistiendo a una fiesta sorpresa de cumpleaños. Y a las nueve y media, los festejos están en pleno apogeo. No puede haber nada mejor.

La cena comienza una hora antes de que anochezca, y cuando se pone el sol, se encienden las velas en las mesas y su luz ilumina la plaza o el lugar donde se celebra el evento. Siete mil asistentes vestidos de blanco brindando con relucientes copas de cristal y candelabros de plata en la mesa; un auténtico placer para la vista. A las once, se reparten y se encienden bengalas y un grupo de música toca durante la mitad de la velada, añadiendo más diversión. Las campanas repican en Notre Dame y el sacerdote de oficio da sus bendiciones desde el balcón. Y justo a las doce y media, la multitud recoge y desaparece, como ratoncillos desperdigándose en la noche, sin dejar el menor rastro de su presencia allí, salvo el buen rato pasado, que recordarán para siempre, las amistades forjadas y el momento especial que han compartido.

Otro aspecto interesante de la velada es que no hay dinero de por medio. No hay que abonar una tarifa para ser invitado, no se ha de comprar ni pagar nada. Cada uno se lleva su comida y no se puede adquirir con dinero la asistencia a la Cena Blanca. Los organizadores invitan a quien quieren y el evento conserva su integridad. Otras ciudades han tratado de sacar provecho de la celebración de cenas similares y han corrompido el evento al incluir a gente escandalosa que no encaja, paga el precio que sea con tal de estar allí y les arruina la velada a todos los demás. La Cena Blanca de París se ha mantenido fiel al modelo original con grandes resultados. Todo el mundo la espera con ansia a medida que se acerca el día. Y en treinta años, el secreto de dónde va a celebrarse la cena jamás se ha filtrado, lo que hace que sea más divertida.

La gente espera todo el año la Cena Blanca y el evento en sí nunca defrauda. Y es siempre una noche inolvidable del primer al último momento. Aquellos que tienen la fortuna de ser invitados atesoran el recuerdo durante mucho tiempo.

Jean-Philippe Dumas había asistido a la Cena Blanca durante diez años, desde que tenía veintinueve. Y como amigo de uno de los organizadores, se le permitía invitar a nueve parejas para formar un grupo de veinte personas, que se sentaban juntas con sus mesas individuales apiñadas unas junto a otras. Todos los años elegía a sus invitados con sumo cuidado, y además de a los buenos amigos a los que había invitado con anterioridad, procuraba incluir a algunos amigos nuevos que creía que respetarían las reglas del evento, congeniarían con sus otros invitados y pasarían un buen rato. Su lista de invitados no era nada aleatoria ni casual. Se lo tomaba muy en serio, y si incluía a alguien que no valoraba la velada, cuya compañía no resultaba agradable o abordaba el evento como una oportunidad de hacer contactos, cosa que desde luego no era, lo reemplazaba al año siguiente. Pero sobre todo invitaba de nuevo a los habituales, que suplicaban asistir al año siguiente.

Después de que Jean-Philippe se casara hacía siete años, Valerie, su esposa estadounidense, había acabado amando la cena tanto como él y cada año se esmeraban eligiendo a sus invitados.

Jean-Philippe trabajaba en inversiones internacionales en una empresa muy renombrada. Valerie le conoció a las dos semanas de mudarse a París. Ahora, a sus treinta y cinco años, era redactora adjunta de Vogue Francia y principal candidata a convertirse en editora jefe al cabo de dos años, cuando estaba previsto que se jubilara la actual. Jean-Philippe se enamoró de ella a primera vista hacía ocho años. Era alta, esbelta, lista, con un cabello negro largo y liso. Era sofisticada sin resultar tediosa, tenía un gran sentido del humor y disfrutaba con los amigos de él. Supuso una maravillosa incorporación al grupo; Jean-Philippe y ella se llevaban de fábula y después de casarse tuvieron tres hijos, dos chicos y una chica, en cuestión de seis años. Eran la pareja con la que todo el mundo quería estar. Valerie había trabajado en Vogue Estados Unidos en Nueva York nada más salir de la universidad, antes de trasladarse. Se tomaba muy en serio su trabajo, pero se las apañaba para ser una buena esposa y madre y compaginarlo todo. Le encantaba vivir en París y no se imaginaba viviendo en ningún otro sitio. Había hecho un gran esfuerzo para aprender francés por él, lo cual le había ido muy bien también en el trabajo. Ahora podía tratar con fotógrafos, estilistas y diseñadores. Él le tomaba el pelo por su marcado acento estadounidense, pero su francés era fluido. Llevaban a sus hijos a la casa de su familia en Maine cada verano, para que pudieran conocer a sus primos estadounidenses, pero para ella Francia se había convertido en su hogar. Ya no añoraba Nueva York ni trabajar allí. Y consideraba que París era la ciudad más hermosa del mundo.

Tenían un amplio círculo de amigos y gozaban de una buena vida. Vivían en un precioso apartamento. Recibían invitados con frecuencia y a veces cocinaban para los amigos o contrataban a un cocinero para dar cenas informales. Sus invitaciones eran muy codiciadas, sobre todo para asistir a la Cena Blanca.

Valerie había conocido a Benedetta y a Gregorio Mariani en la semana de la moda de Milán, justo después de entrar a trabajar para Vogue París. Hicieron buenas migas al instante, y Jean-Philippe también los apreciaba. Los invitaron a la Cena Blanca antes incluso de que Jean-Philippe y Valerie contrajeran matrimonio, cuando aún estaban saliendo. Los Mariani habían sido habituales desde entonces y acudían cada año desde Milán. Ese año, Benedetta llevaba un vestido blanco de punto, que ella misma había diseñado y que destacaba su magnífica figura, y zapatos de tacón, y Gregorio iba ataviado con un traje blanco que le habían confeccionado en Roma, con corbata de seda, camisa impecable y zapatos de ante, todo ello de un blanco inmaculado. Gregorio y Benedetta siempre parecían recién salidos de las páginas de una revista de moda. Las familias de ambos llevaban años metidos en el mundo de la moda y habían logrado combinar sus talentos en provecho de ambas casas. La familia de Benedetta elaboraba prendas de punto y ropa deportiva famosa en el mundo entero y ahora, gracias a su talento para el diseño, les iba todavía mejor que antes. Y la familia de Gregorio llevaba doscientos años fabricando las mejores telas de Italia. Hacía casi veinte años que se habían casado, y Gregorio había trabajado con ella todo ese tiempo mientras sus hermanos dirigían las fábricas textiles de la familia y les suministraban la mayoría de las telas. Eran un poco mayores que Jean-Philippe y Valerie; Benedetta tenía cuarenta y dos años y Gregorio, cuarenta y cuatro, y su compañía siempre resultaba divertida. No tenían hijos, pues descubrieron que Benedetta era incapaz de concebir, y optaron por no adoptar. En su lugar ella había volcado todo su amor, su tiempo y sus energías en su negocio y trabajaba codo con codo con Gregorio, con impresionantes resultados.

El único aspecto doloroso de su matrimonio era la debilidad de Gregorio por las mujeres guapas y los escandalosos devaneos ocasionales que captaban la atención de la prensa. Aunque Benedetta deploraba sus infidelidades, era algo que había decidido pasar por alto hacía mucho tiempo, ya que las indiscreciones de su marido solían olvidarse pronto y nunca eran relaciones serias. Él nunca se enamoraba de las mujeres con las que mantenía aventuras y no parecía ser peor que los maridos de muchas de sus amigas italianas. Le desagradaba que Gregorio tuviera aventuras y se quejaba de ello, pero él siempre se arrepentía e insistía en que la amaba con pasión y ella siempre le perdonaba. Y él tenía por norma no acostarse jamás con las esposas de sus amigos ni con las amigas de Benedetta.

A Gregorio le atraían irremediablemente las modelos, sobre todo las jóvenes, y Benedetta procuraba que no asistiera a las pruebas por ese motivo. No tenía sentido tentarlo, ya que se las ingeniaba para encontrarlas él solito. Parecía que siempre tenía alguna jovencita pendiente de todo lo que decía mientras su esposa hacía la vista gorda. Pero jamás se traslucía ningún indicio de sus infidelidades cuando salían juntos. Él era un marido devoto que adoraba a su esposa. Era muy guapo, formaban una pareja muy atractiva, con la que siempre era divertido estar, y a ambos se los veía extasiados en la plaza Dauphine, con Jean-Philippe y sus amigos, esperando a saber dónde tendría lugar la cena de esa noche. Todo el mundo hacía sus conjeturas y Jean-Philippe creía que sería en Notre Dame.

Resultó que estaba en lo cierto, y cuando se anunció el lugar, a las nueve menos cuarto en punto, la multitud prorrumpió en gritos de placer, vítores y aplausos. Era uno de los lugares preferidos. El resto de sus amigos ya habían llegado y estaban listos para ir a la cena.

Chantal Giverny, otra de las mejores amigas de Jean-Philippe, era una habitual de cada año. Con cincuenta y cinco años, era un poco mayor que los demás invitados y una guionista de éxito desde hacía mucho tiempo. Había ganado dos premios César, había sido nominada a los Oscar y a los Globos de Oro en Estados Unidos y siempre estaba creando algo nuevo. Su obra dramática era poderosa y de vez en cuando hacía documentales sobre temas relevantes, normalmente relacionados con la crueldad o las injusticias cometidas contra mujeres y niños. Ahora estaba escribiendo un guión, pero no se habría perdido la Cena Blanca por nada del mundo. Era una de las personas favoritas de Jean-Philippe y su confidente. Se habían conocido una noche en una cena y no tardaron en trabar amistad. Almorzaban con frecuencia y siempre le pedía consejo. Confiaba en su criterio sin reservas, y su amistad y el tiempo que pasaban juntos era un regalo para ambos.

A Chantal le entusiasmó que Valerie y él se casaran y pensaba que eran la pareja perfecta. Era la madrina de su primer hijo, Jean-Louis, que tenía cinco años. Tenía tres hijos adultos, ninguno de los cuales vivía en Francia. Se había dedicado por entero a ellos al enviudar cuando eran pequeños, y Jean-Philippe sabía que le resultaba duro que vivieran lejos. Los había educado para que fueran independientes y persiguieran sus sueños sin temor, cosa que habían hecho. Y ahora Eric, el pequeño, era artista en Berlín; Paul, el mayor, era cineasta independiente en Los Ángeles; y Charlotte, la hija, había estudiado en la facultad de Economía y Ciencias Políticas de Londres, se había sacado un máster en Administración de Empresas en Columbia y ahora era banquera en Hong Kong. Y ninguno tenía interés en vivir de nuevo en Francia, así que Chantal estaba sola. Había hecho muy bien su trabajo. Su prole había levantado el vuelo.

Siempre decía que daba las gracias por que su trabajo la mantenía ocupada y visitaba a sus hijos de vez en cuando, pero no quería molestarlos. Tenían su propia vida y esperaban que ella tuviera la suya. Lo único que lamentaba era que se había entregado tanto a ellos y había estado tan ocupada que no había hecho nada para mantener una relación seria con un hombre mientras sus hijos eran jóvenes. Y, a esas alturas, hacía años que no conocía a ningún hombre que le interesara. Así que trabajaba con más ahínco de lo haría si tuviera a alguien con quien compartir su vida o si sus hijos vivieran cerca. Pero estaba ocupada, era feliz y nunca se quejaba de su soledad, si bien Jean-Philippe se preocupaba por ella y deseaba que conociera a alguien para que no estuviera sola. De vez en cuando, ella le reconocía lo sola que se sentía por el hecho de que sus hijos vivieran tan lejos, pero la mayor parte del tiempo se mantenía entretenida con sus amigos, mostraba una actitud positiva ante la vida y aportaba diversión y sofisticación en cada ocasión.

El resto de su grupo de aquella noche también había asistido a la Cena Blanca con anterioridad, en calidad de invitados de Jean-Philippe y de Valerie, con la excepción de un encantador hombre indio al que habían conocido en Londres el año anterior. Dharam Singh, natural de Delhi, era uno de los hombres de más éxito de la India y un genio de la tecnología. Empresas de alta tecnología del mundo entero le solicitaban asesoramiento y era un hombre encantador, humilde y muy atractivo. Había dicho que tenía asuntos que atender en París en junio, de modo que le habían invitado a la cena, sobre todo por Chantal, ya que no tenía pareja a la que llevar y necesitaba a alguien en su mesa. Jean-Philippe estaba seguro de que congeniarían, aunque el gusto de Dharam parecía decantarse hacia las mujeres muy hermosas y muy jóvenes. En todo caso, los Dumas estaban convencidos de que Dharam y Chantal serían buenos compañeros de mesa y que se encontrarían interesantes el uno al otro.

Dharam tenía cincuenta y dos años y estaba divorciado, con dos hijos adultos en Delhi. Su hijo estaba en el negocio con él y su hija estaba casada con el hombre más rico de la India, tenía tres hijos y era una mujer de una belleza espectacular. Sentado frente a Chantal, llevaba un traje blanco, confeccionado por su sastre en Londres, que le otorgaba un aspecto muy atractivo y exótico. Ella se había ocupado del mantel, los servicios para la mesa y la comida, y él había aportado caviar en un cuenco de plata, champán y un excelente vino blanco.

Chantal estaba muy guapa esa noche y, como siempre, con su esbelta figura, su rostro todavía joven y su largo cabello rubio, aparentaba menos años de los que tenía. Dharam y ella ya estaban enfrascados en una conversación sobre el cine en la India y disfrutando de la mutua compañía mientras él abría el champán; también había llevado una botella para Valerie y Jean-Philippe. Varias de las mesas compartían su comida y se respiraba un ambiente agradable y festivo. Era sorprendente pensar que siete mil personas estuvieran disfrutando de una elegante cena y pasando un buen rato. Y a las nueve y media, todos estaban sentados y la fiesta en marcha; se servía vino, se pasaban los aperitivos, se redescubrían viejos amigos y se hacían otros nuevos.

Había una mesa de gente joven justo detrás de ellos, con algunas chicas muy guapas a las que Gregorio y Dharam ya habían echado el ojo para luego fingir que no habían reparado en ellas y centrarse en las personas sentadas a sus mesas. Jean-Philippe y Valerie habían reunido un grupo atractivo y animado, que saltaba a la vista que estaba pasando un rato estupendo, pues todos reían y se divertían mientras el sol se ponía despacio y los últimos rayos se reflejaban en las vidrieras de Notre Dame. Era una vista exquisita. Habían sido recibidos por las campanas de la catedral, que habían repicado casi en cuanto llegaron. Y el sacerdote había salido al balcón para saludarlos y hacer que se sintieran bienvenidos.

Media hora después se había puesto el sol y la plaza frente a Notre Dame estaba iluminada por las velas dispuestas en cada mesa. Jean-Philippe se paseó para cerciorarse de que todos sus invitados lo estuvieran pasando bien. Se paró a hablar con Chantal y durante un instante ella vio una expresión seria en sus ojos, algo que la preocupó.

—¿Va todo bien? —le susurró cuando se acercó para darle un beso. Le conocía bien.

—Mañana te llamo —respondió de forma que nadie más pudiera oírle—. Quedamos para comer si puedes.

Ella asintió, siempre encantada de estar a su disposición, tanto si era porque la necesitaba o para disfrutar de una agradable comida para charlar y reír. Jean-Philippe pasó a su siguiente invitado justo cuando el teléfono móvil de Gregorio sonó. Este respondió en italiano y cambió de inmediato al inglés cuando Benedetta le miró con expresión inquieta. Se levantó a toda prisa y se alejó para continuar con la conversación. Benedetta se unió a la charla de Dharam y Chantal en la mesa contigua a la suya y trató de aparentar despreocupación.

Chantal había visto el sufrimiento en sus ojos. Sospechaba que se trataba de la última aventura de Gregorio. Estuvo ausente mucho tiempo y Dharam incluyó a Benedetta en su conversación de forma muy hábil. Había estado intentando convencer a Chantal para que visitara la India y le había sugerido sitios que tenía que ver, Udaipur entre ellos, con sus templos y sus palacios, que según él era el lugar más romántico del mundo. No le dijo que no tenía nadie con quien viajar, pues habría parecido algo patético. Y a él le sorprendió descubrir que Benedetta tampoco había estado nunca en la India. Seguía intentando convencerlas a ambas, cuando Gregorio regresó a la mesa media hora después, dirigiéndole a su esposa una mirada nerviosa y diciéndole algo de manera críptica en italiano.

En ausencia de Gregorio, Dharam había servido vino para los tres con generosidad. Benedetta pareció más relajada, hasta que su marido regresó a la mesa. Le respondió en italiano con rapidez. Él acababa de decirle que tenía que marcharse. Le hablaba en voz baja para que nadie más le oyera, y Chantal y Dharam charlaban para que no diera la impresión de que estaban con la oreja puesta.

—¿Ahora? —le preguntó Benedetta con un tono bastante irritado—. ¿No puede esperar?

Había convivido con una situación difícil los últimos seis meses y no le gustaba que perturbara los ratos que pasaban con amigos, mucho menos esa noche, aunque sabía que hacía tiempo que el asunto era de sobra conocido y que había saltado a la prensa sensacionalista. Pero nadie había sido tan cruel como para sacarle el tema.

—No, no puede esperar —respondió Gregorio secamente. Había mantenido una aventura con una supermodelo rusa de veintitrés años durante los últimos ocho meses y la chica había sido tan tonta como para quedarse embarazada de gemelos hacía seis y se negaba a darlos en adopción. Gregorio había tenido otras aventuras, muchas, pero nunca había concebido un hijo. Y dada la incapacidad de Benedetta para concebir, el embarazo de la chica era tremendamente doloroso para ella. Había sido el peor año de su vida. Gregorio le había prometido que era un desafortunado error, que no estaba enamorado de Anya y que en cuanto tuviera a los bebés, rompería con ella. Pero Benedetta no estaba segura de que la chica estuviera dispuesta a dejarle marchar. Se había mudado a Roma hacía tres meses para estar más cerca de él y él había estado yendo y viniendo entre dos ciudades durante ese tiempo. Aquello la estaba volviendo loca—. Está de parto —agregó, acongojado por tener que discutirlo con ella allí.

Si eso era cierto, se había adelantado tres meses, comprendió Benedetta.

—¿Está en Roma? —preguntó con la voz cargada de sufrimiento.

—No. Aquí —prosiguió en italiano—. Tenía un trabajo aquí esta semana. Acaban de ingresarla en el hospital hace una hora por parto prematuro. Detesto dejarte, pero creo que debería ir. Está sola y aterrorizada.

Le mortificaba explicarle aquello a su esposa; hacía meses que la situación era dolorosa y complicada y los paparazzi habían hecho su agosto. Benedetta lo había llevado con elegancia; la chica rusa no tanto. Le llamaba constantemente y quería estar con él en momentos en los que era del todo imposible. Era un hombre casado y pretendía seguir siéndolo, y así se lo había dicho desde el principio. Pero ella estaba sola en un hospital de París, con un parto prematuro que se había adelantado tres meses, y le parecía que no tenía más alternativa que ir con ella de inmediato. A fin de cuentas era un ser humano decente, que se encontraba en una situación terrible tanto para él como para su esposa. Sabía que abandonarla en la Cena Blanca no le sentaría nada bien.

—¿No puedes esperar hasta que esto termine?

Anya estaba llorando como una histérica por teléfono, pero no quería explicarle eso a Benedetta. Ya sabía suficiente.

—No creo que deba. De verdad que lo siento. Me escabulliré sin armar ruido. Puedes decir que he visto a unos amigos en otra mesa. Nadie se dará cuenta de que me he ido.

Por supuesto que se darían cuenta, pero lo peor de todo era que ella sabría que se había marchado y adónde había ido, y con quién estaba y por qué. En ese instante se acabó el placer de la velada ...