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UNA OVEJA NEGRA AL PODER

A - Tulbovitz Danza  

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Fragmento

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El origen

Tokio. Un arquitecto recibe en su teléfono celular un mensaje vía Twitter. El texto, que hace referencia al “discurso más importante de la cumbre de Río”, está enlazado a un video de poco más de diez minutos. Luego del clic, un veterano de pequeños bigotes gesticula con fuerza en medio de la pantalla hablando contra el consumismo y abajo se suceden los subtítulos en japonés. Sus palabras y su aspecto conmueven al profesional nipón. Tanto que decide poner en su computadora: ホセ・ムヒカ. Así se entera de la existencia de un país, al otro lado del mundo, que se llama Uruguay, de un grupo guerrillero conocido como Movimiento de Liberación Nacional - Tupamaros, que operó y tuvo su apogeo en la década de 1960 y comienzos de los años setenta, y hasta de una chacra en un lugar con el nombre Rincón del Cerro que tiene a una perra de tres patas, Manuela, como su anfitriona. ホセ・ムヒカ significa José Mujica. Es él quien habla ante los presidentes reunidos en Río de Janeiro, al otro lado del mundo. El arquitecto japonés siente que accedió a una pieza extraña, digna de que la luzca ante sus contactos, y la reenvía. A uno y a otra y a otro y otro. Así, el discurso del presidente del país desconocido y lejano se multiplica por distintas ciudades de Japón.

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Moscú. Las calles laterales a la plaza Roja están llenas de manteles en las veredas con recuerdos para ofrecer a los turistas. Hay gorros, escarapelas, pequeños pedazos de la Unión Soviética que fue y sobre todo mamushkas, esas figuras barrigonas que se abren al medio y de una más grande sale una más pequeña y así sucesivamente.

Los vendedores gritan sus ofertas, exhiben su mercadería. Las mamushkas son sus objetos más preciados y las muestran como trofeos. Las hay de líderes del mundo, de figuras del deporte, de referentes históricos. Entre ellas hay una de Mujica. El dibujo es muy fiel a la realidad, aunque presenta un solo problema: le pusieron corbata.

Tramútola. El pequeño pueblito entre las montañas italianas del sur, en la mitad de la Basilicata, luce muy tranquilo. Es viernes de tarde, otoño, y en una de las mesas del bar de la plaza central, en la vereda empedrada, tres amigas hablan casi a los gritos y mueven sus brazos de forma elocuente. El tema de conversación es Pepe Mujica.

Una de ellas tiene familiares en Uruguay. Más allá del fútbol y del nombre de algún jugador, no conocían nada de lo que ocurría por esas tierras al sur del sur. Ahora todos hablan de Pepe, el presidente más pobre del mundo. La televisión, los diarios, los intelectuales, los feriantes. Todos quieren saber más. Las amigas están emocionadas como si hubieran descubierto algo nuevo que las une, ya sea por los lazos sanguíneos con aquel país que ahora está en las noticias, o por contagio.

Tokio, Moscú y Tramútola. Tres anécdotas que tuvieron lugar entre 2012 y 2014 y que sirven para tener una idea de la repercusión internacional de Mujica luego de llegar a la Presidencia de Uruguay. Una ironía de la historia. Una gran ironía de la historia y una de las fotos más realistas de los tiempos actuales. De ironías, historias, fotografías y tiempos actuales es de lo que trata este libro.

Su protagonista es Pepe Mujica. El otro. Y él mismo. El que fuimos conociendo durante más de quince años, primero con cierta distancia y después muy de cerca. El de noches y noches de largas charlas, entre botellas de vino, o el que nos recibía en los pasillos del Parlamento o en el despacho presidencial o en un pueblito alejado de Uruguay o en mansiones destinadas a visitantes ilustres extranjeros en ciudades como Hamburgo o La Habana.

Así se fue haciendo el libro. Con la idea de mostrar lo que hay detrás de este fenómeno internacional, con resistencias en Uruguay pero con un lugar ya asegurado en la Historia. Con el objetivo de intentar encontrarle sentido a la ironía que significa que alguien, que siempre criticó el poder y dijo que no podría ser presidente, terminó desde ese lugar adquiriendo fama mundial y transformándose en una especie de oveja negra modelo de la política internacional.

La idea, que después se hizo libro, surgió el 22 de setiembre de 2005. Esa tarde estuvimos varias horas con Mujica en su chacra de Rincón del Cerro. Se cuentan por cientos las horas que compartimos con él, durante los últimos años como diputado, como senador, como ministro o como presidente. Siempre igual. La confianza se logró por los años de trabajo. Él como político, nosotros como periodistas.

La charla de ese 22 de setiembre tuvo algunas particularidades. Llegamos a su casa a media tarde y estaba solo, tomando mate. La intención era hacerle una entrevista para el semanario Búsqueda, en la que evaluara el primer año de gobierno de la izquierda en Uruguay. Así empezó, con las preguntas de rigor, pero Mujica tenía ganas de profundizar y terminamos hablando de la elección nacional que tendría lugar en 2009. Se lo veía entusiasmado, y entonces llegó la pregunta obvia:

—¿Vas a ser candidato?

—Estoy muy viejo. Tendría 75 años, si llego vivo. No es para un botija, pero es bueno para un sesentón. Yo tengo dificultades para ser buen administrador. Ahora, para juntar votos no tengo ninguna clase de problemas y eso quedó demostrado. El problema sustantivo es un problema de edad.

—¿Entonces no te ves como presidente a los 75 años?

—Esa verga no es para mí. Pero me parece que de aquí para allá no está despejado el camino de quiénes pueden ser candidatos. Puede surgir algún otro pero yo no.

¿Podría ser para él?, nos preguntamos de regreso al centro de Montevideo y nos resultó raro de solo pensarlo. No era una posibilidad que se estuviera manejando. Casi nadie en Uruguay lo veía como posible candidato y mucho menos como presidente.

Los meses fueron pasando y su popularidad creciendo. Desde el Ministerio de Ganadería lideró uno de los principales sectores del gobierno y se fue consolidando como posible postulante. Él lo negaba, pero ya sin tanta firmeza.

Su candidatura maduraba, se venía, pero no para la mayoría de los politólogos. Su informalidad, su lenguaje llano y su insistencia en colocarse fuera de la competencia eran leídos por los especialistas como un gigantesco no a sus posibilidades presidenciales.

“Yo no soy masón ni profesional universitario”, decía cuando le preguntaban si podía llegar a ser el jefe de Estado de Uruguay. “Soy sapo de otro pozo”, nos comentaba por lo bajo a nosotros. Pero lo contradecían las encuestas.

¿Y si es para él?, dudábamos en ese entonces. El presidente era Tabaré Vázquez y le había dicho en privado, a mediados de 2008, que le gustaría que fuera el candidato a vicepresidente de Danilo Astori, que entonces era ministro de Economía y que ya se había postulado una vez a la Presidencia. Mujica se emocionó con la propuesta. “Tengo un notición para contarles”, nos adelantó en ese momento. Sonreía como un niño.

A la primera que se lo dijo fue a su esposa, Lucía Topolansky. Se habían casado hacía apenas dos años, luego de convivir toda una vida. Comenzaron su relación a principios de los 70, en la clandestinidad guerrillera, abrigados por la bandera tupamara, y desde entonces solo los años de prisión los mantuvieron separados.

“Para arreglar los papeles”, argumentó él luego de dar el “sí” ante un juez del Estado y recibir de su mano la libreta de matrimonio. Claro, el concepto de “papeles” es muy amplio y para ser presidente de Uruguay es necesario estar casado. La ceremonia fue el 7 de octubre de 2005. Años después nos aseguró que no lo hizo pensando en su candidatura. A ella nunca se lo preguntamos.

Cuando Topolansky recibió la noticia de que Vázquez quería que la fórmula fuera encabezada por Astori y secundada por Mujica, también se alegró pero no se mostró del todo convencida. “Hay que conversar con los compañeros”, le dijo.

Lucía es una militante de la vieja guardia. De esas que no van a venir más. Era otra cosa todo eso. No sabés si la militancia se transforma en una manía, en una forma de ser, en una pasión o en todo junto. Yo también milité toda la vida. Ni me acuerdo de cuándo empecé. Y la barra que formó el Movimiento de Liberación Nacional tenía mucho de eso. Después se creó una mística pero era pura militancia. Ellos me convencieron de que fuera candidato.

¿Y por qué no iba a serlo? Tenía los votos, la estructura, el ego y sobre todo las ganas. La cúspide de la carrera de cualquier político no está a la vuelta de la esquina, pero para él estaba cerca, muy cerca. Salir corriendo para el otro lado no era una opción. La “piel de cocodrilo o caparazón de tortuga”, esa que para Mujica es tan necesaria para tener un rol protagónico en política, la tenía incorporada.

Y aceptó el desafío. Lo dijo de a poco para no generar alarma. Lo fue dando a entender mediante una de sus principales armas: la palabra. Un día decía que sí, otro que más o menos y otro que no, aunque siempre sugiriendo que sí. Lo único que repetía era que su llegada a la Presidencia sería un “terremoto”.

Así le ganó las elecciones internas a Astori en 2009 y se puso un traje, aunque sin corbata, para ir a visitar al entonces presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. Elaboró toda su campaña apostando a lo diferente. Hizo de esa debilidad algo a su favor. Fue a contramano en momentos de política devaluada. Y siguió sumando votos.

Colocó su pasado por delante para que no estorbara. “No tengo culpa de mi peripecia. Mi peripecia es consecuencia de que me agarraron y tengo una historia distinta a los demás presidentes”, decía. El fenómeno generaba cada vez más curiosidad.

Y también contó con ayudas importantes desde el exterior. Además de Lula, que desde ese momento se transformó en su padrino, colaboraron a su manera la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner y el venezolano Hugo Chávez. De eso también trata el libro. Porque también gracias a ellos ganó. Y empezó a gobernar. Y se hizo famoso en el mundo. Y promovió reformas sociales. Y fue criticado por su falta de ejecutividad y por su desprolijidad. Y generó amores. Y odios. Y todo lo vivió con mucha pasión. Y nos lo contó a veces con ganas, a veces con bronca, a veces como desahogo, a veces entre lágrimas.

De todo eso trata este libro.

¿Era para él?, sigue siendo la pregunta una vez concluida su Presidencia. El mundo exterior parece decir que sí a gritos, pero dentro de las fronteras de su país los gritos son a favor y en contra.

Pasó a ser Pepe Mujica para toda Latinoamérica, Europa, Estados Unidos y algunos países de otros continentes. La habilitación del matrimonio gay, la despenalización del aborto y la regulación de la producción y la comercialización de la marihuana por parte del Estado lo colocaron a él y a Uruguay por unos años en el mapa.

El presidente más pobre del mundo fue el mote que le pusieron y así caminó hacia los focos, como una oveja negra orgullosa de serlo y con gana ...