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USOS Y COSTUMBRES DE LOS ARAUCANOS

Claudio Gay  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Usos y costumbres de los araucanos era, hasta hace poco, un manuscrito con más de ciento cincuenta años a la espera de ser publicado. Claudio Gay, su autor, vislumbró realizar esta obra en su primer viaje por tierras mapuches, e incluso antes de llegar a Chile. Sin embargo, y a pesar de sus ganas y fuerte interés, aparecieron a lo largo de su vida otras prioridades que le impidieron desarrollar el proyecto. Recién en 1870, a los setenta años, Gay encontró las condiciones para redactar la multitud de informaciones dispersas que había podido reunir en sus viajes por el sur de Chile, país al que arribó a punto de cumplir veintinueve años con la ilusión de llegar a ser un naturalista.

No era ni muy joven ni muy viejo para comenzar una carrera científica que terminó siendo excepcional tanto por su persistencia como por la envergadura de sus resultados: doce años de viajes y excursiones a lo largo de Chile, registrando los frutos de estas tierras (desde Chiloé hasta Copiapó), y más de tres décadas de análisis, redacción y publicación de un corpus compuesto por más de diez mil páginas en español, con miles de descripciones de especies animales y vegetales en su interior. Durante ese periodo, muchas de esas especies fueron descubrimientos científicos importantes: Gay clasificó especímenes que nadie había identificado, e incluso algunos que ningún occidental había visto. En la actualidad, sin embargo, las clasificaciones de Gay solo interesarían a los historiadores de la botánica o algún otro especialista en extinción. La teoría de la evolución de las especies, difundida desde la segunda mitad del siglo XIX, y los avances de la biología molecular a mediados del XX, han vuelto obsoleta la ciencia practicada por Gay. No hay hazañas científicas de este naturalista viajero, salvo la de realizar un trabajo meticuloso al que dedicó los mejores años de su vida en un país rústico, aislado y desconocido hasta para sus propios gobernantes.

INFANCIA Y JUVENTUD

Claudio Gay nació en el sur de Francia en marzo de 1800. Él mismo y sus biógrafos han dicho que era un naturalista nato, o al menos muy prematuro. Uno de ellos, su sobrino Victor Raynaud, escribió que siendo adolescente, Gay experimentó una «metamorfosis completa» al descubrir un libro de botánica elemental, optimizando su tiempo para poder dedicarse a recorrer los campos y a recolectar, comparar y clasificar especies vegetales. El «buscador de perejil», le decían los vecinos de Draguignan, su localidad natal.

A los dieciocho años conoce por casualidad a los naturalistas Adrien de Jussieu y Achille Richard, bastante reputados en el moderno mundo de la ciencia francesa. Ambos estudiaban especies en terreno al interior de la región del Var, en la Provenza francesa. Desde ese encuentro, Gay decide que pronto dejará el terruño para desarrollar sus conocimientos en París, ciudad que durante todo el siglo XIX fue la punta de lanza de la ciencia. Mientras tanto, prosiguió sus estudios en una de las mejores bibliotecas de la región, perteneciente al diputado Paul de Châteaudouble, quien le consiguió en 1820 un puesto de ayudante de farmacéutico en el hospital de Saint-Denis, pequeña ciudad al norte de la capital francesa. Allí, podría seguir los cursos en el Museo de Historia Natural,* que se abrieron al público con la Revolución francesa y, así, pudo entrar en contacto con otros científicos relevantes. En su rol de ayudante en terreno, recorrió los Alpes, Suiza, Saboya y parte de Asia Menor.

Por entonces, Francia era una potencia cultural y política expansiva. Napoleón no solamente había invadido casi toda Europa, sino que había enviado expediciones por buena parte del mundo accesible (la monarquía ya había enviado misiones científicas en el siglo XVIII, como lo hacían otras potencias coloniales). Estas colectaban especímenes, o dibujaban o describían por escrito sus rasgos con palabras diseñadas para ello. El Museo de Historia Natural de París era un gran receptor y clasificador de objetos del mundo entero. De ese espacio y con esas informaciones surgen las teorías sobre la diferencia natural entre las especies, de las cuales solo se recuerda la teoría de la evolución, cuyos cimientos fueron elaborados y publicados por Charles Darwin en su libro El origen de las especies, de 1859.

EL PRIMER VIAJE

Con una formación teórica y práctica juzgada robusta por los contemporáneos de Gay y por sus biógrafos, el naturalista emprendió el mayor viaje científico de su larga trayectoria profesional. Reclutado como docente junto a otros «sabios» franceses para el Colegio de Santiago —por entonces la nueva competencia al Liceo de Santiago—, llega a Chile para difundir conocimientos pero, sobre todo, con la intención de producir otros nuevos. En Chile podría explorar y descubrir especies en territorios completamente desconocidos para los observadores franceses, que hasta hacía poco estaban controlados de manera casi monopólica por España y Portugal. Una carta de la administración del Museo de Historia Natural de 1825 señala que Chile y Perú deben ocupar el «primer rango» en la lista de países prioritarios por investigar.

Claudio Gay llega a Chile el 8 de diciembre de 1828. Recorre los alrededores de Santiago y asiste a la guerra civil de 1830. Una vez aplacadas las turbulencias políticas, el ministro Diego Portales, por mediación de Mariano Egaña, firma con Gay el primero de una serie de contratos que compromete al Estado a financiar y facilitar administrativamente la realización de lo que sería la primera iniciativa de investigación exhaustiva y general del territorio chileno. El contrato instaura una comisión científica compuesta por cuatro personas «familiarizadas con la ciencia» que tenía por objetivo supervisar los avances de Gay, mediante informes de expediciones y otros estudios temáticos o monográficos, muchos de ellos orientados a la potencial explotación de recursos naturales (minería, agricultura, silvicultura, entre otros). El contrato también crea el primer Gabinete de Historia Natural, un pequeño museo en el cual se conservarían ejemplares de animales y plantas que Gay colectaría en sus expediciones.

La expedición comienza en 1830, con excursiones a las provincias de Santiago, Colchagua y Valparaíso que durarían hasta mediados del año siguiente. Con una idea concisa de las condiciones y la envergadura del trabajo a realizar —describir científicamente un país completo—, Gay vuelve a Francia para buscar apoyo científico y financiero, comprar instrumentos científicos y contraer matrimonio. Mientras esperaba la embarcación que lo llevaría a su país natal, realizó una expedición de quince días en el archipiélago Juan Fernández y al partir finalmente a Europa, llevaba consigo más de tres mil especímenes de animales, insectos, moluscos, fósiles, mamíferos, nidos, huevos, plumas y, sobre todo, un sinnúmero de plantas que servirían para la composición de los dieciséis volúmenes de su Botánica y Zoología, la parte de su obra que él consideraba más propia. Regresaría casi dos años después, en 1834, para seguir sus recorridos por Chile y, en octubre de ese año, parte a Valdivia, donde estuvo por diecisiete meses. Allí conoció a Darwin y pasó el verano de 1835 en la isla de Chiloé, observando la naturaleza y las costumbres humanas, fuertemente marcadas por sus raíces indígenas, como consigna varias veces en este libro. En Valdivia tuvo la oportunidad de hacer numerosas expediciones a tierras mapuches, de las que nacen sus primeras observaciones etnográficas y que lo llevaron a asistir al entierro del gran cacique Cathijhi en Guanegue (Panguipulli), ceremonia que le causó una fuerte impresión y dio lugar a la primera de sus escasas publicaciones dedicadas a describir costumbres humanas.* Ya por estas fechas Gay intentaba conocer las costumbres indígenas haciendo entrevistas (para «hacer hablar a los indios con el fin de estudiarlos»**) y experimentaba rompiendo las reglas o costumbres de sus anfitriones, «impulsado por el espíritu de curiosidad por saber las consecuencias», como decía.

En agosto de 1836 Gay irá a la provincia de Coquimbo, viaje del que destacan informes sobre el potencial minero de la región nortina, pero también sobre las amenazas de la actividad minera para la vida vegetal y lo que hoy llamaríamos el «ecosistema». En 1838 vuelve al sur, pero al otro lado de la franja territorial mapuche, esto es, sobre su frontera norte —La Frontera, como se llamó, desde el siglo XVII en adelante, a la zona de intercambios más o menos felices entre mapuches y españoles que se daban en las cercanías del río Bío-Bío—. Durante los cinco meses que duraron sus excursiones por estas provincias, el naturalista francés tuvo varios encuentros con indígenas y conversaciones con importantes informantes de esta

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