Loading...

USOS Y COSTUMBRES DE LOS ARAUCANOS

Claudio Gay

0


Fragmento

INTRODUCCIÓN

Usos y costumbres de los araucanos era, hasta hace poco, un manuscrito con más de ciento cincuenta años a la espera de ser publicado. Claudio Gay, su autor, vislumbró realizar esta obra en su primer viaje por tierras mapuches, e incluso antes de llegar a Chile. Sin embargo, y a pesar de sus ganas y fuerte interés, aparecieron a lo largo de su vida otras prioridades que le impidieron desarrollar el proyecto. Recién en 1870, a los setenta años, Gay encontró las condiciones para redactar la multitud de informaciones dispersas que había podido reunir en sus viajes por el sur de Chile, país al que arribó a punto de cumplir veintinueve años con la ilusión de llegar a ser un naturalista.

No era ni muy joven ni muy viejo para comenzar una carrera científica que terminó siendo excepcional tanto por su persistencia como por la envergadura de sus resultados: doce años de viajes y excursiones a lo largo de Chile, registrando los frutos de estas tierras (desde Chiloé hasta Copiapó), y más de tres décadas de análisis, redacción y publicación de un corpus compuesto por más de diez mil páginas en español, con miles de descripciones de especies animales y vegetales en su interior. Durante ese periodo, muchas de esas especies fueron descubrimientos científicos importantes: Gay clasificó especímenes que nadie había identificado, e incluso algunos que ningún occidental había visto. En la actualidad, sin embargo, las clasificaciones de Gay solo interesarían a los historiadores de la botánica o algún otro especialista en extinción. La teoría de la evolución de las especies, difundida desde la segunda mitad del siglo XIX, y los avances de la biología molecular a mediados del XX, han vuelto obsoleta la ciencia practicada por Gay. No hay hazañas científicas de este naturalista viajero, salvo la de realizar un trabajo meticuloso al que dedicó los mejores años de su vida en un país rústico, aislado y desconocido hasta para sus propios gobernantes.

Recibe antes que nadie historias como ésta

INFANCIA Y JUVENTUD

Claudio Gay nació en el sur de Francia en marzo de 1800. Él mismo y sus biógrafos han dicho que era un naturalista nato, o al menos muy prematuro. Uno de ellos, su sobrino Victor Raynaud, escribió que siendo adolescente, Gay experimentó una «metamorfosis completa» al descubrir un libro de botánica elemental, optimizando su tiempo para poder dedicarse a recorrer los campos y a recolectar, comparar y clasificar especies vegetales. El «buscador de perejil», le decían los vecinos de Draguignan, su localidad natal.

A los dieciocho años conoce por casualidad a los naturalistas Adrien de Jussieu y Achille Richard, bastante reputados en el moderno mundo de la ciencia francesa. Ambos estudiaban especies en terreno al interior de la región del Var, en la Provenza francesa. Desde ese encuentro, Gay decide que pronto dejará el terruño para desarrollar sus conocimientos en París, ciudad que durante todo el siglo XIX fue la punta de lanza de la ciencia. Mientras tanto, prosiguió sus estudios en una de las mejores bibliotecas de la región, perteneciente al diputado Paul de Châteaudouble, quien le consiguió en 1820 un puesto de ayudante de farmacéutico en el hospital de Saint-Denis, pequeña ciudad al norte de la capital francesa. Allí, podría seguir los cursos en el Museo de Historia Natural,* que se abrieron al público con la Revolución francesa y, así, pudo entrar en contacto con otros científicos relevantes. En su rol de ayudante en terreno, recorrió los Alpes, Suiza, Saboya y parte de Asia Menor.

Por entonces, Francia era una potencia cultural y política expansiva. Napoleón no solamente había invadido casi toda Europa, sino que había enviado expediciones por buena parte del mundo accesible (la monarquía ya había enviado misiones científicas en el siglo XVIII, como lo hacían otras potencias coloniales). Estas colectaban especímenes, o dibujaban o describían por escrito sus rasgos con palabras diseñadas para ello. El Museo de Historia Natural de París era un gran receptor y clasificador de objetos del mundo entero. De ese espacio y con esas informaciones surgen las teorías sobre la diferencia natural entre las especies, de las cuales solo se recuerda la teoría de la evolución, cuyos cimientos fueron elaborados y publicados por Charles Darwin en su libro El origen de las especies, de 1859.

EL PRIMER VIAJE

Con una formación teórica y práctica juzgada robusta por los contemporáneos de Gay y por sus biógrafos, el naturalista emprendió el mayor viaje científico de su larga trayectoria profesional. Reclutado como docente junto a otros «sabios» franceses para el Colegio de Santiago —por entonces la nueva competencia al Liceo de Santiago—, llega a Chile para difundir conocimientos pero, sobre todo, con la intención de producir otros nuevos. En Chile podría explorar y descubrir especies en territorios completamente desconocidos para los observadores franceses, que hasta hacía poco estaban controlados de manera casi monopólica por España y Portugal. Una carta de la administración del Museo de Historia Natural de 1825 señala que Chile y Perú deben ocupar el «primer rango» en la lista de países prioritarios por investigar.

Claudio Gay llega a Chile el 8 de diciembre de 1828. Recorre los alrededores de Santiago y asiste a la guerra civil de 1830. Una vez aplacadas las turbulencias políticas, el ministro Diego Portales, por mediación de Mariano Egaña, firma con Gay el primero de una serie de contratos que compromete al Estado a financiar y facilitar administrativamente la realización de lo que sería la primera iniciativa de investigación exhaustiva y general del territorio chileno. El contrato instaura una comisión científica compuesta por cuatro personas «familiarizadas con la ciencia» que tenía por objetivo supervisar los avances de Gay, mediante informes de expediciones y otros estudios temáticos o monográficos, muchos de ellos orientados a la potencial explotación de recursos naturales (minería, agricultura, silvicultura, entre otros). El contrato también crea el primer Gabinete de Historia Natural, un pequeño museo en el cual se conservarían ejemplares de animales y plantas que Gay colectaría en sus expediciones.

La expedición comienza en 1830, con excursiones a las provincias de Santiago, Colchagua y Valparaíso que durarían hasta mediados del año siguiente. Con una idea concisa de las condiciones y la envergadura del trabajo a realizar —describir científicamente un país completo—, Gay vuelve a Francia para buscar apoyo científico y financiero, comprar instrumentos científicos y contraer matrimonio. Mientras esperaba la embarcación que lo llevaría a su país natal, realizó una expedición de quince días en el archipiélago Juan Fernández y al partir finalmente a Europa, llevaba consigo más de tres mil especímenes de animales, insectos, moluscos, fósiles, mamíferos, nidos, huevos, plumas y, sobre todo, un sinnúmero de plantas que servirían para la composición de los dieciséis volúmenes de su Botánica y Zoología, la parte de su obra que él consideraba más propia. Regresaría casi dos años después, en 1834, para seguir sus recorridos por Chile y, en octubre de ese año, parte a Valdivia, donde estuvo por diecisiete meses. Allí conoció a Darwin y pasó el verano de 1835 en la isla de Chiloé, observando la naturaleza y las costumbres humanas, fuertemente marcadas por sus raíces indígenas, como consigna varias veces en este libro. En Valdivia tuvo la oportunidad de hacer numerosas expediciones a tierras mapuches, de las que nacen sus primeras observaciones etnográficas y que lo llevaron a asistir al entierro del gran cacique Cathijhi en Guanegue (Panguipulli), ceremonia que le causó una fuerte impresión y dio lugar a la primera de sus escasas publicaciones dedicadas a describir costumbres humanas.* Ya por estas fechas Gay intentaba conocer las costumbres indígenas haciendo entrevistas (para «hacer hablar a los indios con el fin de estudiarlos»**) y experimentaba rompiendo las reglas o costumbres de sus anfitriones, «impulsado por el espíritu de curiosidad por saber las consecuencias», como decía.

En agosto de 1836 Gay irá a la provincia de Coquimbo, viaje del que destacan informes sobre el potencial minero de la región nortina, pero también sobre las amenazas de la actividad minera para la vida vegetal y lo que hoy llamaríamos el «ecosistema». En 1838 vuelve al sur, pero al otro lado de la franja territorial mapuche, esto es, sobre su frontera norte —La Frontera, como se llamó, desde el siglo XVII en adelante, a la zona de intercambios más o menos felices entre mapuches y españoles que se daban en las cercanías del río Bío-Bío—. Durante los cinco meses que duraron sus excursiones por estas provincias, el naturalista francés tuvo varios encuentros con indígenas y conversaciones con importantes informantes de esta época, mencionados por él en este libro. Intentó llegar al volcán Llaima, pero se lo impidieron los mapuches de la zona de Tucapel.

En marzo de 1839 Gay regresa a Santiago. Mariano Egaña lo espera para agregar un nuevo ítem a la lista de temas que deben ser tratados en su gran obra sobre Chile: la historia política de cómo se construyó, a lo largo de los siglos, la nación chilena, desde la llegada de los españoles hasta el mismo siglo XIX. Gay no sabe muy bien cómo rechazar una oferta, para él, mucho menos interesante que el estudio de los seres vivos. Lo que sí sabe bien es que escribir la historia de Chile es escribir la historia de los antepasados de la elite chilena y que más de alguno podría enfadarse si consideraba que sus ancestros no eran tratados con la dignidad que correspondía. Escrúpulos científicos aparte, el Chile independiente, según el parecer del ministro Egaña, había alcanzado la edad suficiente como para contar con un relato de su pasado, y la tarea requería una mirada neutra que solo un extranjero como Gay podía ofrecer. Sería esta la «primera historia científica del país», como señala uno de los historiadores que más ha estudiado la vida del científico,* basada en una lectura exhaustiva y sistemática de los cientos de documentos históricos que Egaña ya había empezado a juntar para que el sabio se pusiera prontamente manos a la obra. No importaba entonces que Gay fuera un naturalista y no un historiador; por el contrario, eso aseguraría la objetividad de los resultados. De algún modo, estaba decidido que Gay partiría rumbo a Perú en busca de los archivos virreinales para la confección de los primeros volúmenes de su Historia física y política de Chile, dedicados al periodo colonial. Asimismo, su estadía le permitiría entrevistar, entre otros próceres, a Bernardo O’Higgins.*

En los meses previos a este nuevo viaje, Gay realizó tareas científicas normales, como ordenar en el gabinete los resultados de sus expediciones y emitir reportes para la comisión científica con el objetivo de difundir su trabajo en la prensa escrita. También tuvo que responder a solicitudes estrambóticas, como conservar en el gabinete los grilletes y el arma con los que encarcelaron y fusilaron a Diego Portales. En junio de 1838, el gabinete recibiría, además, una momia indígena peruana, botín de guerra tras la victoria de Chile contra la Confederación Peru-Boliviana. De este modo, se consagraba como un recinto patrimonial no solo dedicado a la naturaleza, sino también a objetos de la historia humana.

Con todo, estas filtraciones de la historia en su vida de naturalista —las que vivió como una verdadera invasión y un desvío de sus tareas principales— le brindaron algunas condiciones importantes para la realización de Usos y costumbres de los araucanos.

El encargo de la Historia física y política de Chile le permitió este viaje a Perú, donde pudo observar a las poblaciones indígenas de ese país, con las que compara a las poblaciones indígenas del territorio chileno. Allí visitó los monumentos de la civilización inca, que marcarían fuertemente sus reflexiones sobre las sociedades precolombinas, tema de primera predilección. Además, los primeros años de la presencia española en Chile y todo el periodo colonial gravitaron en torno a la resistencia y la presencia de las poblaciones mapuches, y en las fuentes virreinales consultadas, Gay encontró informaciones importantes sobre sus costumbres en los distintos momentos de su historia. Esto le permitió comparar lo que veía en terreno con lo que describieron antiguos cronistas, gobernadores y misioneros, para detectar transformaciones en el tiempo.

Desde Perú, Claudio Gay regresó a Chile un año después, en agosto de 1840. Comenzaba a asegurar las condiciones de lo que sería la segunda fase de su empresa: el análisis de la información levantada y la publicación de los resultados de sus análisis. En enero de 1841 se publica en la prensa el prospecto con los contenidos de la Historia física y política de Chile y el compromiso de su autor con la realización de la obra. Organizada en diferentes volúmenes, y con todo un aparato gráfico compuesto por dibujos y mapas, la obra contendría una descripción científica de la flora, la fauna, la agricultura, la geología, la estadística y varios otros ítems, entre ellos, su estudio sobre los «araucanos».* Solamente los tres primeros vieron la luz. Los otros quedaron reducidos a manuscritos y llenan los voluminosos archivos que dejó el naturalista entre Francia y Chile.

De regreso en Europa en 1842, Gay da a conocer los resultados de su trabajo en las instituciones científicas de Francia —con muy buena recepción— y forma equipos para clasificar sus especímenes de acuerdo a las «reglas del arte» de la botánica y la zoología: ponerle el nombre a la cosa después de observarla adecuadamente. Desempeña tareas múltiples, como revisar bibliografías y archivos, coordinar a dibujantes, impresores, traductores y especialistas en las diversas áreas de la botánica y de la zoología, mantener informado al gobierno chileno e incentivar las suscripciones a su proyecto —pilar importante de su financiamiento—, lidiar con la desconfianza de ministros y resolver un sinfín de diligencias y solicitudes que por esos tiempos podían recaer en un naturalista como él. Fruto de ese esfuerzo, van saliendo año a año los sucesivos volúmenes de la Historia física y política de Chile.

EL SEGUNDO VIAJE

En 1861 aparece lo que sería, posiblemente, el libro más importante que Gay haya publicado en vida: el primer volumen de Agricultura chilena, donde presenta un panorama extraordinariamente fino y completo de la situación y del potencial agrícola de Chile. Hoy podemos decir que es una opinión fundamentada de cómo se debería organizar una buena gestión de las poblaciones, los recursos alimentarios y las relaciones sociales, según su idea decimonónica de civilización. En esta investigación se encuentran también descripciones de numerosas costumbres campesinas, del mismo modo que en este libro describe las mapuches.

En 1862 el Congreso Nacional de Chile lo invita a recibir premios y homenajes, oportunidad que aprovecha para reunir más información sobre Chile útil para la terminación de su obra, así como para observar nuevamente a los mapuches y obtener, asimismo, testimonios sobre sus usos y costumbres. Consciente de la escasez del tiempo en sus primeras excursiones, Gay muestra en este viaje al sur una interesante eficacia en su búsqueda de información etnográfica: elabora pautas con preguntas para sus entrevistas —ordenadas por temas— y organiza grupos de conversación que dirige con un intérprete, para así conseguir testimonios colectivos. Se dirige a terreno diccionario en mano para verificar, con su propio oído, las variaciones de la lengua mapuche, tema al que dedica uno de los capítulos más contundentes de este libro.

No es un dato menor, para introducir a la lectura de Usos y costumbres de los araucanos, que su segunda visita a este territorio fue a inicios de la «Pacificación de la Araucanía». Puede parecer fuerte el contraste de los acalorados eventos que marcaban la vida en la frontera con el tipo de información «sin importancia» que Claudio Gay iba coleccionando sobre la vida cotidiana y los nombres de las cosas. Gay estuvo en Angol a un año de su fundación, acontecimiento clave para todas las operaciones militares que terminaron ocupando el territorio mapuche en las siguientes dos décadas. Lo que rescata para hacer esta monografía son modos de preparar alimentos, creencias religiosas, palabras para nombrar plantas o animales, recuerdos de los ancianos o anécdotas ejemplares de rasgos y costumbres típicos. Pero no es que Gay —tal vez agotado de la historia— no vea o no quiera ver los acontecimientos históricos que tiene frente a sí. Por el contrario, muestra tener plena conciencia de que el pueblo mapuche está pasando por una fase «última» de su historia, aunque sin saber muy bien en qué podría consistir el paso siguiente. La frontera que había preservado la independencia de los mapuches y su «pureza» se resquebrajaba, según él, inevitablemente. Por eso, se empeña en describir los últimos brillos de un pueblo que muy pronto sería absorbido por el Estado chileno.*

Si bien el registro dominante de Usos y costumbres de los araucanos es, como su nombre indica, una enumeración y descripción de las tipicidades de un pueblo —una investigación etnográfica diríamos en la actualidad— y de sus «analogías» con el mundo primitivo, esta obra da cuenta también, de manera marginal pero muy flagrante, de los hechos que marcarían el futuro del pueblo mapuche con alto nivel de precisión, y se percata muy bien de que el corazón de los conflictos de la última década se encuentra en la adquisición informal, confusa y fraudulenta de tierras que eran de su propiedad. En varios capítulos del libro se mencionan las graves consecuencias de la «infiltración», esto es, la colonización espontánea de las tierras al sur del Bío-Bío iniciada a comienzos de la década de 1850. La presencia cada vez mayor de estos «malos chilenos» —como los llamaba Gay— generó muchas de las tensiones y hechos de violencia que justificarían, a ojos de la opinión pública chilena de entonces, la decisión de «pacificar» militarmente la Araucanía.

Luego de esta segunda travesía, se instaló definitivamente en Francia, desde donde emprendió diversos viajes por el continente europeo, contactando a expertos, libreros y amigos a quienes informó que se encontraba en proceso un proyecto más personal: un futuro libro sobre los araucanos. Prosigue, al mismo tiempo, su actividad científica dedicada a nuestro país con la publicación, en 1871, del octavo volumen de su Historia física y política de Chile, dedicado al sofocamiento de las últimas brasas de las guerras de Independencia (cuyos efectos devastadores para el pueblo mapuche serán mencionados más adelante) y al rol de Diego Portales en la consolidación del Estado. Recién por esas fechas Gay logra la libertad necesaria para sumergirse en la redacción de Usos y costumbres de los araucanos. Una tranquilidad algo paradójica, pues Gay lo redacta en plena guerra franco-prusiana, que terminaría con la rendición francesa y con la instauración de la Comuna de París, acontecimientos que confirmarían al naturalista una de sus preocupaciones más recurrentes: la barbarie intrínseca de los civilizados, idea que matiza ciertos comentarios «eurocéntricos» de Gay que podrían llegar a incomodar a algunos lectores. La escritura de estos textos sería la principal y última actividad intelectual realizada por Gay hasta su muerte, acaecida en noviembre de 1873, en la localidad de Deffand, muy cerca de su Draguignan natal. Su último proyecto quedó inacabado.

SOBRE ESTA EDICIÓN

Es difícil afirmar con exactitud cuándo comenzó Gay la redacción de los manuscritos que hemos trabajado para fijar esta edición. En ciertas ocasiones Gay anotaba referencias bibliográficas; las más recientes datan de 1869. Tampoco sabemos el orden del libro: qué escribió primero, qué escribió después; no sabemos, a su vez, cómo pensaba la estructura de este manuscrito: si acaso quería hacer un libro y no una serie de artículos o separatas —lo cual es improbable, pues Gay usa expresiones del tipo «como veremos en el capítulo X», lo que confirma hasta cierto punto la unidad interna del proyecto—. Lo que sí sabemos es que se abocó a la escritura por tres años, donde acumuló cientos de hojas atiborradas de notas y largos ensayos descriptivos. Al tratarse de textos no definitivos, tienen numerosas inserciones hechas por él mismo, provenientes de relecturas y reescrituras implicadas en el trabajo de «armar» un texto publicable. A ese efecto hemos tomado una serie de decisiones editoriales que conviene consignar:

1. Todas estas redacciones tienen al final varias páginas de notas sueltas como ayudamemorias o elementos a insertar en la redacción de su texto. Ninguna de estas referencias —bibliográficas, citas de libros, frases sueltas, datos, ocurrencias y reenvíos codificados a sus propios cuadernos— se encuentran en la presente edición.

2. A falta de un índice definido por su autor, hemos dado un orden bastante libre a los capítulos del libro, agrupándolos en cuatro secciones temáticas. Cada uno de estos capítulos ha sido subdividido a partir de los contenidos del texto.

3. Las frases originales que componen el manuscrito fueron separadas solamente por puntos y muy rara vez por comas. Bajo esa antigua regla, todos los puntos y comas, paréntesis y guiones del texto han sido agregados en la fase de transcripción (realizada en 2005 y 2010) y durante la traducción (2017-2018).

4. Por lo general, hemos respetado las frases elaboradas por Claudio Gay y solo en casos de extensión extrema hemos dividido oraciones en dos. Según el mismo criterio, hemos dividido o reunido párrafos. Algunas palabras o frases breves han sido eliminadas cuando el autor repetía información, cuando la frase no estaba terminada o cuando la frase es ilegible en el manuscrito. En casos de posibles errores del autor en el texto original o de nuestra lectura de los manuscritos, hemos puesto el símbolo (❖) seguido a una palabra cuando la ambigüedad es de la palabra; si está sobre un punto, la ambigüedad es sobre la frase.

5. El autor tenía por costumbre ensayar redacciones alternativas o agregar segmentos de texto —a veces muy largos— en los márgenes para ser insertados en el cuerpo de texto según ciertos símbolos. Hemos borrado esos rastros e incorporado los textos, salvo en caso de repetición. Por último, hemos preferido para esta traducción modernizar ciertas expresiones, adecuando la estructura de las frases al uso actual del castellano (en vez de imitar a otros autores o traductores castellanos similares de la época). También hemos modernizado los nombres propios y la toponimia.

6. Gay incorporaba también notas al pie de página, que al interior de esta edición están indicadas con la abreviatura «NdA». Muchas fueron redactadas originalmente en español —citas de documentos históricos, por ejemplo— y van, por tanto, en cursiva. Algunas de ellas no tienen un vínculo explícito con el cuerpo de texto y han sido insertadas en función de la narración. Muchas de estas notas al margen eran redacciones alternativas de párrafos redactados, repeticiones o simplemente ilegibles. En tales casos han sido eliminadas.

Descontando las intervenciones recién señaladas, el lenguaje de Claudio Gay ha sido conservado, con toda su gracia, su frescura y su estilo decoroso, ponderado y entusiasta propio de los naturalistas de su tiempo. Gay no publicó prácticamente nada en lengua francesa, salvo textos técnicos muy breves de un estilo científico uniforme e impersonal (de botánica, orografía, mineralogía y geografía). El único antecedente es su sentido relato del funeral del cacique Cathijhi, publicado en 1842 por la Sociedad de Geografía de París. El estilo de Usos y costumbres... es más erudito y consciente de lo que se escribe, y presenta además rasgos «quijotescos» de un anciano que vuelve a vivir, en su escritura, los viajes de su juventud, recuperando recuerdos en la lectura de los cuadernos que conservan rastros de sus expediciones. La traducción que ofrecemos espera transmitir este aspecto formal, así como ciertos giros y expresiones «a la antigua» y «a la francesa», que también son coherentes con la identidad del autor.

Una necesaria mención debemos hacer sobre la dificultad de traducir del francés al español un texto que contiene numerosas palabras y expresiones en lengua mapuche (mapudungun) y en lengua científica (latín), además de citas en español insertadas en el manuscrito. Hemos decidido destacar en cursiva las palabras en lengua extranjera, incluidos el español y el mapudungun. Gay se refiere a muchas plantas o animales en las tres lenguas (en latín, francés y mapudungun) y muchas veces, por no tener la traducción a mano, deja espacios vacíos para ser rellenados en alguna fase posterior de redacción. Algunos de ellos han sido completados con lo que Gay referenció en los volúmenes de su Botánica y Zoología, siempre entre corchetes  [ ]. Los términos no encontrados quedan destacados así: [vacío]. Vale la misma regla para ciertos nombres propios (de lugares y personas).

Las expresiones en lengua mapuche merecen una atención particular. Gay escribe el mapudungun con oído francés, anotando, probablemente, los sonidos tal y como le suenan, con el registro fonético de su lengua natal. El lector deberá leer estos vocablos con prudencia, ya que es probable que su ortografía no se corresponda con los alfabetos actuales de la lengua mapuche. En la mayoría de los casos, Gay efectúa una traducción al francés de las palabras y frases en mapudungun que va integrando en el relato. Hay frases muy largas en mapudungun acompañadas de una traducción muy corta y viceversa. Salvo aquellas que saca de las fuentes documentales disponibles (principalmente antiguos léxicos de misioneros), estas voces de la lengua mapuche fueron recogidas en terreno, en entrevistas difíciles de imaginar con la información de que disponemos. Independientemente de estos problemas metodológicos de expresión y comunicación oral del autor en terreno, el capítulo «Lengua» da pruebas de que su estudio del idioma mapuche fue original y riguroso, y probablemente sean pocos los que logren valorarlo a cabalidad. Cabe destacar que Gay fue un fino observador del imbricamiento de las lenguas indígenas en el idioma español y de los chilenismos que todavía existen y que seguramente provienen del mapudungun, como la metátesis (transportar una letra de una sílaba a otra; p.e., perdonan, pedronan), la eufonía (suprimir letras o sílabas cuando se habla en confianza) o la manera de narrar las conversaciones ajenas, por mencionar solo algunas posibles herencias mapuches en el habla popular.

Queda pendiente el examen crítico del vocabulario y las reglas lingüísticas levantadas por Gay, y optamos por una transcripción directa de esas palabras tal como aparecen en los manuscritos. Para tratar este tipo de enunciados, hemos definido ciertas reglas para facilitar la claridad y la comodidad de la lectura. Muchas veces Gay escribe las mismas palabras con distinta ortografía (voighe y boighe), las cuales se han unificado en esta edición.

También hay palabras que provienen del mapudungun y que nos son familiares, como toqui (jefe guerrero), machi (curandera o curandero), malón (ataque). No han sido puestas en cursiva y se declinan según la regla del castellano.Vale la misma regla para otras palabras, menos familiares en nuestra lengua, pero que se repiten a lo largo del libro: ñendungu (jefe de asuntos guerreros), voighe (canelo), chilihueque (la camélida llama), pifilca, trutruca, cultrún (instrumentos musicales), entre otras.

Si bien todas estas complejas operaciones editoriales han sido decididas para facilitar una lectura autónoma del libro, consideramos útil ofrecer ciertas coordenadas, algunas muy generales y otras más específicas. Hemos insertado, en pie de página, notas del editor («NdE») con informaciones complementarias que tienen por objetivo facilitar la comprensión formal de frases o párrafos, principalmente relacionados con la traducción o con informaciones bibliográficas. Al final del libro, se encuentran notas del editor con coordenadas propiamente históricas, algunas de las cuales han sido anticipadas en las primeras páginas de esta introducción. Son comentarios, explicaciones o breves retratos de personajes medianamente conocidos, y una larga lista de informaciones que hemos reunido a lo largo del tiempo. Prácticamente todas esas informaciones provienen de lecturas, conversaciones, pistas y comentarios de una gran cantidad de personas, amistades cercanas o lejanas, a quienes quiero agradecer: Claudio Cratchley, Cristian Perucci, Marcelo Perez, Nicolás Richard, Elvira López, Fernando Pairican, Enrique Antileo, Vicente Undurraga, Gabriela Carmona, Jimena Jerez, Rafael Sagredo, Luis Mizón, Daniel Hopenhayn, Rolf Foerster, Rodrigo Yáñez, Simón Gabilondo, Vicente Cortés, Florencia Dansilio, Octavio Sotomayor, Valentina Rodríguez y particularmente a la Société d’études scientifiques et archéologiques de Draguignan, que han cuidado este manuscrito en las últimas décadas y facilitado sus contenidos para realizar este libro.

Diego Milos S.
Santiago, 13 de junio de 2018

FISIONOMÍA Y CARÁCTER

FISIONOMÍA

Sería difícil hoy en día determinar exactamente el carácter fisonómico de los primeros habitantes de la Araucanía. El famoso Colipi me dijo, y me lo confirmó después Maillin, que, desde la conquista, la sangre española se ha mezclado tanto con la de su raza que jamás estaremos seguros de encontrar un verdadero reche o «indio puro». Las numerosas españolas tomadas en las guerras, sobre todo durante el levantamiento de 1599,1 no son el único origen de esta promiscuidad, pues proviene también de un gran número de vagabundos chilenos que se refugian e instalan en esas tierras, contrayendo matrimonio a usanza del país y vertiendo abundantemente sus elementos étnicos en él. En su estado actual, es muy difícil generalizar sobre un hecho de una naturaleza tan compleja y tan variable; intentaremos, sin embargo, decir lo que creemos más cercano a la verdad sobre estas mezclas, según los numerosos tipos alejados de la frontera que pudimos observar.

RASGOS FÍSICOS

El araucano presenta una talla mediana en la costa y es más alto y esbelto en las cordilleras, donde puede alcanzar hasta un metro sesenta centímetros. Su cuerpo es bien proporcionado: tienen un pecho ancho y más cuadrado que el de los chilenos, miembros musculosos, gruesos y cortos, al igual que las manos y los dedos, y tienen los pies pequeños y bastante planos. Su cabeza es grande si se la compara con el cuerpo y tiene un rostro redondo, una frente poco desarrollada y huidiza hacia atrás, los pómulos poco o nada salientes, una nariz más bien achatada, una boca grande con labios bastante gruesos, dientes verticales, que conservan muy blancos hasta una edad avanzada y poco sujetos a las caries, y ojos pequeños y negros en cuencas poco oblicuas, a diferencia de los indios del Cuzco.

La voz de los pehuenches es ronca y fuerte, es más dulce en los habitantes de los llanos y más aún en los de la costa, quienes hablan suavemente y como buscando las palabras, contrariamente a los primeros, que hablan con gran volubilidad. El color de la piel es de un café un poco oliváceo, lo que junto a su espesor da la impresión de una impasibilidad que impide que el alma se manifieste, ni tampoco la rojez ni la palidez. Tienen muy poca barba y se la arrancan por considerarla un objeto de suciedad; conservan solamente el bigote y las pestañas, de las que están muy poco provistos. Por el contrario, su cabeza está vigorosamente dotada de cabellos negros y lacios, casi criniformes, con una partidura transversal, más ovalada que redonda, y los conservan hasta una edad bastante avanzada sin que se vuelvan blancos; son muy pocos los hombres calvos.

Tienen vidas largas, sobre todo las mujeres, que, acostumbradas a trabajos rudos, adquieren una constitución robusta y miembros muy fuertes. Desconocen, además, todas esas enfermedades que entristecen a los viejos de nuestros países civilizados, y a pesar de sus orgías y excesos, no es extraño ver a individuos superar el siglo, sin duda gracias a la existencia ociosa que llevan en su vida privada.

Se ha hablado a menudo de una raza de rostro blanco, cabellos rubios y ojos azules, confinada en Boroa y sus alrededores. Varios jesuitas hablan de ello en sus manuscritos y es probable que se repitan unos a otros, como también lo ha hecho Molina2; algunos llegan a decir que están tan orgullosos de ese color que, para conservarlo, no quieren de manera alguna unirse con las familias de otras tribus. En 1836 pude asistir al gran entierro de Cathijhi, ceremonia de placer y de tristeza en la que participaron más de mil doscientas personas, y confieso no haber podido distinguir entre ellos ningún tipo capaz de confirmar ese hecho. Sin duda, esta mezcla entre indios y españoles pudo haber desnaturalizado la fisionomía de algunos, pero con el tiempo el atavismo ha de haber retomado sus derechos en favor del tipo primitivo para devolverlo casi a la normalidad. Empero, esto no significa que muchos de estos mestizos no hayan conservado hasta cierto punto signos de esta mezcla, y pueden representar, en términos de una serie gradual, tipos de la raza caucásica. Es probable incluso que, por la introducción de hombres y mujeres blancos y por el comercio que hoy es más fuerte que nunca, haya una gran influencia en contra del tipo primitivo, de manera que el atavismo prontamente perderá su poder y la raza araucana será absorbida por la blanca.

Se ha hablado mucho también de gigantes que habrían habitado las comarcas meridionales de América del Sur. Spielberg, Schouten, Anson3 y otros autores pretenden haberlos visto y medido. Por muy serios que sean estos viajeros, es difícil darles total confianza, a pesar del acuerdo tan unánime entre ellos y del lenguaje ingenuo y honesto que utilizan. Este acuerdo podría dar a pensar que estos gigantes —cuya existencia no ha sido aceptada, ni siquiera como excepción, aunque generalmente los patagones sean de talla elevada— podría ser el resultado de una degradación, pero es algo difícil de creer.

En cuanto a los testimonios que aparecen en las crónicas españolas, estoy completamente seguro de que estas hablan a partir de huesos y dientes de mastodonte, fósiles muy comunes en América del Sur, y han reconstruido a estos gigantes con huesos que creían realmente pertenecientes a la especie humana. Así, atrapados por la convicción, pudieron describirlos como si los hubieran visto. Cieza de Leon4, para explicar su desaparición en el Perú, nos dice ingenuamente que al no encontrar mujeres para cumplir con las leyes de la naturaleza, se abandonaron a la sodomía, y que un ángel, descendido de los cielos con una espada en la mano, los habría matado a todos de un solo golpe. Este vicio (hueye) era bastante común en el Perú, donde gente joven estaba destinada a vestirse como mujer, adoptando voz y gestos femeninos, y estaban encerrados en los templos de los huacas. Esto no está menos difundido entre los araucanos, y quienes lo profesan frecuentan solamente mujeres y llevan sus vestimentas.

TE ...