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VERHOEVEN

Pierre Lemaitre  

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Fragmento

Prólogo

Por Pierre Lemaitre

Si hay una clase de novelas sobre las que no se puede revelar prácticamente nada sin estropear la lectura, esas son precisamente las policiacas. No lo consiguen ni los especialistas del eslalon. Y la metáfora me viene como anillo al dedo: siempre he comparado la escritura de novelas policiacas con esa disciplina. Es un género en el que existen si cabe más reglas que en el resto: si no hay suspense, misterio, sorpresas, giros inesperados, pistas falsas, indicios que se van descubriendo, varios sospechosos y otros ingredientes, es poco probable que la novela sea considerada una «auténtica» policiaca. Y para más inri, como se han escrito centenares de miles desde que el género existe, hay que realizar un sinfín de acrobacias para conseguir ser un poco original. Así que todas esas obligaciones literarias se convierten en las puertas de una pista de eslalon que hay que sortear sin fallo. Lo ideal (iba a decir lo más elegante) sería por supuesto que la última puerta coincidiese con la última frase del libro.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Es lo que quise hacer con Irène. En ese caso, la acrobacia consistía en hacer creer al lector que estaba leyendo una historia cuando en realidad estaba leyendo otra.

En Alex intenté jugar con la simpatía hacia el personaje principal y la identificación con él como motor del thriller.

En Camille traté de describir la acción según el punto de vista de un protagonista al que nadie conoce.

Si me hubiese limitado a eso no sería más que un acróbata. Ya habría sido bastante, pero yo quería ser novelista. Y, en mi opinión, la primera virtud de una novela es crear emociones. Positivas o negativas (odio, afecto, pasión, resentimiento, compasión, qué más da), pero emociones (y fuertes, a ser posible). Sin ellas una novela, por muy bien construida que esté, no es más que un ejercicio de estilo. ¿Hay algún lector que se haya sentido conmovido por un personaje de Agatha Christie o de Conan Doyle? Esos autores pueden fascinar, intrigar, divertir, pero difícilmente emocionar.

Espero pues que esta Trilogía Verhoeven sirva para algo más que para entretener.

El nexo de estas tres historias es Camille Verhoeven.

Como mi intención era que ese personaje viese la realidad desde un punto de vista poco habitual, hice que fuera extremadamente bajo (un metro cuarenta y cinco): contempla el mundo en contrapicado. Quería que pensase de forma algo distinta a los demás, así que hice de él un dibujante, con una parte de su cerebro concentrada en su mano. Por último, como mi primera novela era un homenaje a la literatura policiaca y estoy influido por algunos de sus autores, pensé en matar dos pájaros de un tiro: dado que la pintura flamenca, por su atención al detalle, su gusto por los fondos perfectos y sus turbadoras perspectivas, siempre ha sido un modelo para mi estilo, quise dar a mi personaje un apellido holandés.

Camille Verhoeven y yo nos entendimos a la perfección desde el principio, pero como salió bastante dañado de Irène me pareció poco razonable ofrecerle otra aventura. Se hubiera negado y, francamente, no habría podido reprochárselo (tengo fama, bastante justificada, de portarme mal con mis personajes).

Mis siguientes obras fueron novelas negras sin investigador (¡hasta nunca!), pero en Alex necesitaba uno. Y me acordé de Camille. Las negociaciones fueron tensas, pero al final llegamos a un acuerdo. Aceptó mi propuesta porque su carrera se estancaba (seguía siendo comandante en la Brigada Criminal), y de este modo ascendía desde el punto de vista literario ya que la trilogía cuenta la historia de un hombre a través de tres historias de mujer: Irène, Alex y Anne. No me lo ha dicho, pero supongo que a Camille, que nunca ha sido protagonista de su propia vida, le pareció divertido convertirse en el de una trilogía novelesca.

Queda Rosy & John, de la que todavía no he hablado.

La editorial SmartNovel me propuso escribir un folletín para smartphone. Las condiciones eran duras: los episodios no debían sobrepasar las tres páginas de una pantalla normal, es decir, el tiempo medio que pasa un parisino en el metro entre dos trasbordos. El editor conocía mi pasión por el folletín decimonónico y por Alexandre Dumas, y sabía que no podría resistirme. Así que me lancé a la aventura y propuse a Camille que retomase el servicio. Hubo que negociar de nuevo (ya saben ustedes que este tipo es un poco hipócrita) pero Camille aceptó mi propuesta. El texto se tituló entonces Les Grands Moyens.

Esa historia, ya liberada afortunadamente de las exigencias draconianas de la edición digital original, se convirtió en Rosy & John cuando fue publicada por Le Livre de Poche con ocasión de su sexagésimo aniversario. Cronológicamente va situada entre Alex y Camille.

Así que tenemos una trilogía en cuatro volúmenes.

Evidentemente, podría considerarse un homenaje a los Tres mosqueteros (también ellos eran cuatro) pero, como no se me ocurre ponerme a la altura de mi maestro, digamos que esta novela suplementaria es tan breve que podríamos dejarlo, con todo respeto, en una trilogía… de tres volúmenes y medio.

PIERRE LEMAITRE

Irène

Traducción de Juan Carlos Durán Romero

A Pascaline

A mi padre

El escritor es una persona que encadena citas quitando las comillas.

ROLAND BARTHES

Primera parte

Lunes, 7 de abril de 2003

1.

—Alice… —dijo mirando lo que cualquiera, excepto él, habría considerado una chica.

Había pronunciado su nombre para ganarse su complicidad, pero no había conseguido que aquello surtiera el menor efecto. Bajó la mirada hacia las notas a vuela pluma que había tomado Armand durante el primer interrogatorio: Alice Vandenbosch, veinticuatro años. Intentó imaginar qué aspecto podría tener normalmente una Alice Vandenbosch de veinticuatro años. Debía de ser una chica joven, con el rostro alargado, el cabello castaño claro y una mirada firme. Levantó la vista y lo que observó le resultó del todo improbable. Esa chica no se parecía a sí misma: el pelo, antaño rubio, pegado al cráneo y con largas raíces oscuras, una palidez enfermiza, un gran hematoma violáceo en el pómulo izquierdo, un hilillo de sangre seca en la comisura del labio… y, en cuanto a los ojos, aterrados y huidizos. Ningún signo de humanidad, salvo el miedo, un miedo terrible que hacía que todavía temblara, como si hubiese salido sin abrigo un día de nevada. Sostenía el vasito de café con las dos manos, como la superviviente de un naufragio.

Normalmente, la simple aparición de Camille Verhoeven perturbaba incluso a los más impasibles. Pero con Alice, nada. Alice permanecía encerrada en sí misma, temblorosa.

Eran las ocho y media de la mañana.

Desde su llegada a la Brigada Criminal, unos minutos antes, Camille se había notado cansado. La cena de la víspera había terminado cerca de la una de la mañana. Gente que no conocía, amigos de Irène. Hablaron de la televisión, contaron anécdotas que, en otro contexto, a Camille le hubiesen parecido más bien divertidas, si frente a él no se hubiera sentado una mujer que le recordaba muchísimo a su madre. Durante toda la comida había luchado para librarse de esa imagen, pero le parecían de verdad la misma mirada, la misma boca y los mismos cigarrillos, encadenados uno tras otro. Camille se había sentido transportado veinte años atrás en el tiempo, a la bendita época en que su madre todavía salía del taller con la bata maculada de colores, el pitillo en los labios y el pelo revuelto. A la época en la que todavía iba a verla trabajar. Mujer fuerte. Sólida y concentrada, con una pincelada algo rabiosa. Tan inmersa en sus pensamientos que a veces Camille tenía la impresión de que no percibía su presencia. Momentos largos y silenciosos en los que adoraba la pintura y durante los cuales observaba cada gesto como si fuese la llave de un misterio que le hubiese afectado personalmente. Eso era antes. Antes de que los miles de cigarrillos que consumía su madre le declararan una guerra abierta, pero mucho después de que acarrearan la hipotrofia fetal que había marcado el nacimiento de Camille. Desde lo alto de su definitivo metro cuarenta y cinco, Camille no sabía, en aquella época, a quién odiaba más, a esa madre envenenadora que le había fabricado como una pálida copia de Toulouse-Lautrec solo que menos deforme, a ese padre tranquilo e impotente que miraba a su mujer con la fascinación de los débiles, o a su propio reflejo en el espejo: a los dieciséis años, todo un hombre que se había quedado a medio hacer. Mientras su madre apilaba lienzos en el taller y su padre, eternamente silencioso, dirigía su oficina, Camille completaba su aprendizaje de bajito envejeciendo como los demás, dejaba de obstinarse en ponerse de puntillas, se acostumbraba a mirar al resto desde abajo, renunciaba a alcanzar los estantes sin acercar primero una silla, y construía su espacio personal con las medidas de una casita de muñecas. Y esa miniatura de hombre contemplaba, sin comprenderlos realmente, los inmensos lienzos que su madre debía sacar enrollados para poder transportarlos a las galerías. A veces, su madre decía: «Camille, ven aquí…». Sentada en el taburete, le acariciaba el pelo con la mano, sin decir nada, y Camille sabía que la quería, pensaba incluso que nunca querría a nadie más.

Aquellos eran todavía los buenos tiempos, pensaba Camille durante la cena, mientras observaba a la mujer que tenía enfrente y que se reía a carcajadas, bebía poco y fumaba por cuatro. Antes de que su madre se pasase el día de rodillas al pie de la cama, con la mejilla apoyada en las mantas, en la única posición en la que el cáncer le concedía algo de tregua. La enfermedad la había obligado a arrodillarse. Esos momentos fueron los primeros en que sus miradas, que se habían vuelto impenetrables la una para la otra, pudieron cruzarse a la misma altura. En aquella época, Camille dibujaba mucho. Pasaba muchas horas en el taller de su madre, entonces vacío. Cuando por fin se decidía a entrar en su habitación, encontraba allí a su padre, que pasaba la otra mitad de su vida también arrodillado, acurrucado contra su mujer, sosteniéndola por los hombros, sin decir nada, respirando al mismo ritmo que ella. Camille estaba solo. Camille dibujaba. Camille pasaba el tiempo y esperaba.

Al ingresar en la facultad de Derecho, su madre pesaba lo que uno de sus pinceles. Cuando volvía a casa, su padre parecía envuelto en el pesado silencio del dolor. Todo aquello se había alargado en el tiempo. Y Camille inclinaba su cuerpo de eterno niño sobre los libros de leyes, esperando el final.

Llegó un día cualquiera, en mayo. Como una llamada anónima. Su padre dijo simplemente: «Deberías volver», y Camille tuvo de pronto la certeza de que a partir de entonces debería vivir solo consigo mismo, que ya no habría nadie más.

A los cuarenta, ese hombrecillo de rostro largo y marcado, calvo como una bola de billar, sabía que no era así, desde que Irène había entrado en su vida. Pero con tantas visiones del pasado, aquella velada le había resultado realmente agotadora.

Y además, no digería bien la carne de caza.

Poco después de la hora en que le estaba llevando a Irène la bandeja del desayuno, Alice fue recogida en el boulevard Bonne-Nouvelle por una patrulla de barrio.

Camille se despegó de la silla y entró en el despacho de Armand, un hombre delgado que destacaba por sus grandes orejas y su antológica tacañería.

—Dentro de diez minutos —dijo Camille—, vienes a anunciarme que hemos encontrado a Marco. En un estado lamentable.

—¿Encontrado? ¿Dónde? —preguntó Armand.

—Ni idea. Arréglatelas.

Camille volvió a su despacho dando pequeñas zancadas apresuradas.

—Bueno —prosiguió acercándose a Alice—. Vamos a retomar todo con calma, desde el principio.

Estaba de pie, frente a ella, sus miradas casi a la misma altura. Alice parecía salir de su sopor. Lo miraba como si lo viera por primera vez y debía de sentir, con más claridad que nunca, lo absurdo que era el mundo al darse cuenta de que ella, Alice, molida a golpes dos horas antes, se encontraba de pronto en la Brigada Criminal frente a un hombre de un metro cuarenta y cinco que le proponía empezar todo desde cero, como si ella no estuviese ya a cero.

Camille rodeó su mesa y cogió maquinalmente un lápiz de entre la decena que se apiñaban en un bote de vidrio fundido, regalo de Irène. Levantó la mirada hacia Alice. No era nada fea. Más bien guapa. Rasgos finos algo inciertos, que los excesos de las noches en blanco habían arruinado en parte. Una pietà. Parecía una falsa reliquia.

—¿Desde cuándo trabajas para Santeny? —preguntó mientras esbozaba el perfil de su cara sobre un cuaderno.

—¡No trabajo para él!

—Vale, digamos desde hace dos años. Trabajas para él y te suministra, ¿verdad?

—No.

—¿Tú crees que se trata de amor? ¿Es lo que piensas?

Le miró fijamente. Él le sonrió y después se concentró de nuevo en el dibujo. Hubo un largo silencio. Camille recordó una frase que decía su madre: «Siempre es el corazón del artista el que late en el cuerpo del modelo».

Sobre el cuaderno, otra Alice fue surgiendo poco a poco en unos trazos de lápiz, más joven aún que esta, igual de dolorosa pero sin equimosis. Camille levantó los ojos hacia ella y pareció tomar una decisión. Alice le vio acercar una silla y encaramarse de un salto como un niño, con los pies colgando a treinta centímetros del suelo.

—¿Puedo fumar? —preguntó Alice.

—Santeny se ha metido en un buen lío —dijo Camille como si no la hubiese oído—. Todo el mundo lo está buscando. Tú eres la más indicada para saberlo —añadió señalando los moretones—. Molestan, ¿verdad? Sería mejor encontrarle primero, ¿no crees?

Alice parecía hipnotizada por los pies de Camille, que se balanceaban como un péndulo.

—No tiene suficientes contactos para librarse. Le doy dos días, en el mejor de los casos. Pero tú tampoco tienes suficientes contactos, y te van a encontrar… ¿Dónde está Santeny?

Un airecito terco, como esos niños que saben que están haciendo algo malo y lo hacen a pesar de todo.

—Bueno, vale, te voy a soltar —dijo Camille como si hablase consigo mismo—. La próxima vez que te vea, espero que no estés en el fondo de un cubo de basura.

En ese momento Armand se decidió a entrar.

—Acabamos de encontrar a Marco. Tenía razón, está en un estado lamentable.

Camille, fingiendo sorpresa, miró a Armand.

—¿Dónde?

—En su casa.

Camille miró a su compañero con lástima: Armand ahorraba hasta en imaginación.

—Bueno. Entonces podemos liberar a la niña —concluyó saltando de la silla.

Una ligera expresión de pánico, y después:

—Está en Rambouillet —soltó Alice en un suspiro.

—Ah —dijo Camille con voz neutra.

—Boulevard Delagrange. En el número 18.

—En el 18 —repitió Camille, como si el hecho de pronunciar ese simple número le dispensara de dar las gracias a la joven.

Sin que nadie la autorizase, Alice sacó de su bolsillo un paquete de cigarrillos arrugado y encendió uno.

—Fumar es malo —dijo Camille.

2.

Camille estaba ordenando a Armand que enviara rápidamente un equipo al lugar cuando sonó el teléfono.

Al otro lado de la línea, Louis parecía sin aliento. Corto de voz.

—Estamos en Courbevoie…

—Cuenta… —le pidió lacónicamente Camille mientras tomaba un bolígrafo.

—Esta mañana recibimos una llamada anónima. Estoy aquí. Es…, no sé cómo explicarlo…

—Inténtalo, y ya veremos —cortó Camille, algo molesto.

—Es horrible —exclamó Louis. Su voz sonaba alterada—. Es una carnicería. Nada de lo habitual, si entiende lo que quiero decir…

—No muy bien, Louis, no muy bien…

—No se parece a nada que yo haya visto antes…

3.

Como la línea estaba ocupada, Camille se desplazó hasta el despacho del comisario Le Guen. Dio un pequeño golpe con el nudillo en la puerta y no esperó respuesta. Solía entrar de esa manera.

Le Guen era un tipo grandote que, como llevaba veinte años a régimen sin haber perdido un solo gramo, había adquirido por ello un fatalismo vagamente exhausto que se leía en su rostro y en toda su persona. Camille le había visto adoptar poco a poco, en el transcurso de los años, la actitud de una especie de rey destronado, una expresión apesadumbrada y una mirada fundamentalmente pesimista que arrojaba sobre el mundo. Por costumbre, Le Guen interrumpía a Camille a mitad de su primera frase con la excusa inalterable de que «no tenía tiempo». Pero vistos los primeros elementos que le expuso Camille, decidió moverse a pesar de todo.

4.

Por teléfono, Louis había dicho: «No se parece a nada que yo haya visto antes…», y a Camille no le gustaba eso, porque su ayudante no solía ser catastrofista. Llegaba a ser incluso de un optimismo incómodo, así que Camille no esperaba nada bueno de aquel desplazamiento imprevisto. Mientras desfilaban ante sus ojos las carreteras de circunvalación, Camille Verhoeven no pudo evitar sonreír pensando en Louis.

Louis era rubio, peinado con raya a un lado y ese mechón algo rebelde que se aparta con un movimiento de cabeza o una mano negligente pero experta, y que pertenece genéticamente a los hijos de las clases privilegiadas. Con el tiempo, Camille había aprendido a distinguir los diferentes mensajes que transmitía el gesto de colocarse el mechón, auténtico barómetro del estado de ánimo de Louis. En su versión «mano derecha», el gesto cubría la gama que iba del «Seamos correctos» al «Eso no se hace». En la versión «mano izquierda» significaba incomodidad, molestia, timidez, confusión. Cuando se observaba a Louis con detenimiento, no era nada difícil imaginárselo haciendo la primera comunión. Conservaba toda la juventud, toda la gracia, toda la fragilidad. En resumen, físicamente Louis era alguien elegante, delgado, delicado, profundamente irritante.

Pero, sobre todo, Louis era rico. Con todo lo que conlleva ser rico de verdad: una cierta manera de comportarse, una cierta manera de hablar, de articular, de elegir las palabras, en fin, con todo lo que sale del molde de la estantería superior, en la que pone «niño rico». Antes que nada, Louis había hecho una carrera brillante (un poco de derecho, de economía, de historia del arte, de diseño, de psicología), dejándose llevar por sus deseos, y siempre había destacado, cultivando el trabajo universitario como un arte del placer. Y después había sucedido algo. Por lo que le parecía a Camille, había tenido que ver con la noche de Descartes y el olfato histórico, una mezcla de intuición razonable y whisky de malta. Louis se había visto a sí mismo viviendo en su soberbio piso de seis habitaciones del distrito IX, con toneladas de libros de arte en las estanterías, vajilla de porcelana en el aparador de marquetería, los alquileres de otros pisos entrando en su cuenta cada mes con más seguridad incluso que un salario de alto funcionario, estancias en Vichy en casa de mamá, cuenta en todos los restaurantes del barrio y, por encima de todo, una contradicción interna tan extraña como repentina, una auténtica duda existencial que cualquiera, salvo Louis, habría resumido en una frase: «Pero ¿qué demonios estoy haciendo aquí?».

Según Camille, treinta años antes Louis se habría convertido en un revolucionario de extrema izquierda. Pero en aquel momento la ideología había dejado de ser una alternativa. Louis odiaba la religiosidad y por ende el voluntariado y la caridad. Se preguntó qué podría hacer, buscó un lugar miserable. Y de pronto lo vio todo claro: ingresaría en la policía. En la Brigada Criminal. Louis no dudaba jamás —esa cualidad no figuraba en su herencia familiar—, y tenía el talento suficiente para que la realidad no le desmintiese demasiado a menudo. Pasó la oposición y entró en la policía. Su decisión se basaba a la vez en las ganas de servir (no de Servir, no, simplemente de servir para algo), en el temor a una vida que pronto viraría hacia la monomanía, y quizás en el pago de la deuda imaginaria que pensaba haber contraído con las clases populares por no pertenecer a ellas. Aprobados los exámenes, Louis se encontró inmerso en un universo muy alejado de lo que había imaginado: nada de la pulcritud inglesa de Agatha Christie, de la reflexión metódica de Conan Doyle, sino cuchitriles mugrientos con chicas apaleadas, pequeños traficantes desangrados en los contenedores de basura de Barbès, cuchilladas entre drogadictos, váteres apestosos donde encontraban a los que habían escapado de la navaja automática, chaperos que vendían a sus clientes por una raya y clientes que cotizaban la mamada a cinco euros después de las dos de la mañana. Al principio, para Camille había sido un auténtico espectáculo ver a Louis, con su flequillo rubio, la mirada loca pero la mente clara, su vocabulario cerrado hasta el cuello, redactando informes, informes y más informes; a Louis, que continuaba, flemático, escuchando declaraciones espontáneas en huecos de escaleras llenos de gritos y olor a orín, junto al cadáver de un chulo de trece años cosido a machetazos delante de su madre; a Louis, que volvía a las dos de la mañana a su piso de ciento cincuenta metros cuadrados de la rue Notre-Dame-de-Lorette y se derrumbaba completamente vestido sobre el sofá de terciopelo, bajo un aguafuerte de Pavel, entre su biblioteca de libros dedicados y la colección de amatistas de su difunto padre.

A su llegada a la Brigada Criminal, el comandante Verhoeven no había sentido una simpatía espontánea por ese joven coqueto, lampiño, de cadencia afectada y que no se asombraba de nada. Los otros oficiales del grupo, que apreciaban más bien poco compartir su día a día con un pijo, no le habían ahorrado prácticamente de nada. En menos de dos meses, Louis había sido víctima de casi todas las jugarretas que formaban parte del inventario de novatadas que todos los grupos gremiales cultivan para vengarse de no tener ni voz ni voto en las contrataciones. Louis había pasado por aquello con sonrisa torpe, sin quejarse una sola vez.

Camille Verhoeven había sabido distinguir antes que los demás el germen del buen policía en ese chico imprevisible e inteligente, pero, sin duda por un acto de fe en la selección darwiniana, había decidido no intervenir. Louis, con flema bastante británica, se lo había agradecido. Una noche, al terminar, Camille le había visto salir corriendo, entrar en el bar de enfrente y beberse de un trago dos o tres pelotazos, y había recordado la escena en la que Luke Mano Fría, completamente sonado, incapaz de boxear, ebrio de golpes, continúa levantándose una y otra vez, hasta aburrir al público y agotar incluso la energía de su adversario. De hecho, sus compañeros terminaron por rendirse ante el empeño que Louis ponía en su trabajo y ese algo asombroso que había en él y que podría calificarse de bondad o algo parecido. Al cabo de los años, Louis y Camille se habían sentido reconocidos de alguna manera en sus diferencias, y como el comandante disfrutaba de una autoridad moral incontestable en su grupo, nadie se extrañó de que el niño rico se convirtiese progresivamente en su colaborador más cercano. Camille había tuteado siempre a Louis, como tuteaba a todo su equipo. Pero con el paso del tiempo y con los cambios de destino, Camille se había dado cuenta de que solo los más antiguos continuaban tuteándole. Y ahora que los más jóvenes se habían vuelto mayoría, Camille se sentía a veces como el usurpador de un papel de patriarca que nunca había reclamado. Le llamaban de usted como a un comisario y sabía muy bien que no se debía a su posición en la jerarquía. Más bien a la incomodidad espontánea que muchos sentían ante su baja estatura, como una forma de compensación. Louis también le llamaba de usted, pero Camille sabía que su motivación era distinta: era un reflejo de clase. Los dos hombres no habían forjado nunca una amistad, pero se estimaban, lo que para ambos constituía la mejor garantía de una colaboración eficaz.

5.

Camille y Armand, seguidos por Le Guen, llegaron al número 17 de la rue Félix-Faure, en Courbevoie, poco después de las diez. Un baldío industrial.

Una pequeña fábrica abandonada ocupaba el centro del terreno, como un insecto muerto, y lo que habían sido talleres estaba siendo reformado. Cuatro de ellos, ahora terminados, parecían fuera de lugar, como bungalós tropicales en un paisaje nevado. Los cuatro estaban enlucidos de blanco, con techos acristalados y ventanas de aluminio con paneles deslizantes que dejaban adivinar espacios inmensos. El conjunto conservaba cierto aire de abandono. No había coche alguno salvo los policiales.

Se accedía a la vivienda subiendo dos escalones. Camille vio a Louis de espaldas, apoyado en la pared con una mano, inclinado sobre una bolsa de plástico que sostenía cerca de su boca. Pasó por delante de él seguido de Le Guen y otros dos oficiales del grupo, y entró en la habitación, ampliamente iluminada por focos. Cuando llegaban a la escena de un crimen, inconscientemente, los más jóvenes buscaban con la mirada el lugar donde se encontraba la muerte. Los más curtidos buscaban la vida. Pero allí no se podía. La muerte lo había invadido todo, hasta la mirada de los vivos, llena de incomprensión. Camille no tuvo tiempo de preguntarse sobre esa curiosa atmósfera, su campo de visión fue ocupado inmediatamente por la cabeza de una mujer clavada a la pared.

No había dado tres pasos dentro de la habitación y su mirada ya estaba inmersa en un espectáculo que la peor de sus pesadillas hubiese sido incapaz de inventar: dedos arrancados, charcos de sangre coagulada, todo ello envuelto en un olor a excrementos, sangre seca y entrañas vacías. Le vino de inmediato el recuerdo de Saturno devorando a sus hijos, de Goya, y volvió a ver durante un instante el rostro enloquecido, los ojos desorbitados, la boca escarlata, la locura, la locura absoluta. Aunque era uno de los más experimentados entre los hombres que se encontraban allí, sintió unas repentinas ganas de dar media vuelta hacia el descansillo donde Louis, sin mirar a nadie, sostenía en la mano la bolsa de plástico como un mendigo que afirma su hostilidad hacia el mundo.

—Qué es esta mierda…

El comisario Le Guen había dicho aquello para sí mismo, y la frase había caído en un vacío total.

Solo Louis la había oído. Se acercó secándose los ojos.

—No tengo ni idea —dijo—. He entrado y he salido inmediatamente… Ahora vuelvo…

Armand, desde el centro de la habitación, se volvió hacia los dos hombres con aire alelado. Se secó las manos sudorosas en el pantalón para recuperar la compostura.

Bergeret, el responsable de la policía científica, llegó a la altura de Le Guen.

—Necesito dos equipos. Esto va para largo.

Y añadió, cosa que no era su costumbre:

—Esto está fuera de lo común…

Estaba fuera de lo común.

—Bueno, te dejo —dijo Le Guen al cruzarse con Maleval, que acababa de llegar y que salió al instante tapándose la boca con las dos manos.

Camille hizo entonces una señal al resto del equipo para que supiesen que había llegado la hora de los valientes.

Era difícil hacerse una idea exacta de la vivienda antes de… todo eso. Porque «eso» había invadido la escena y no se sabía dónde posar la mirada. En el suelo, a la derecha, yacían los restos de un cuerpo destripado y decapitado cuyas costillas rotas atravesaban una bolsa roja y blanca, sin duda un estómago, y un seno, el que no había sido arrancado, aunque era bastante difícil distinguirlo, ya que ese cuerpo de mujer —en ese punto no había dudas— estaba cubierto de excrementos que ocultaban en parte innumerables marcas de mordeduras. Justo enfrente, sobre la cómoda, se encontraba una cabeza con los ojos quemados y el cuello extrañamente corto, como si la cabeza se hubiese incrustado en los hombros. La boca abierta desbordaba de tubos blancos y rosas de la tráquea y venas que una mano tenía que haber ido a buscar al fondo de la garganta para extirpar. Frente a ellos yacía un cuerpo despedazado en parte por cortes profundos realizados en la piel y cuyo vientre (al igual que la vagina) presentaba agujeros profundos, muy marcados, sin duda practicados con ayuda de un ácido líquido. La cabeza de la segunda víctima había sido clavada a la pared, por las mejillas. Camille pasó revista a esos detalles y sacó un cuadernillo de su bolsillo, pero lo volvió a guardar inmediatamente, como si la tarea fuese tan monstruosa que hiciera inútil cualquier método y condenara al fracaso todo plan. No hay estrategia ante la crueldad. Y sin embargo, por eso estaba allí, frente a ese espectáculo sin nombre.

Habían utilizado la sangre todavía líquida de una de las víctimas para escribir en letras enormes sobre la pared: «HE VUELTO». Para ello había sido necesaria mucha sangre, los largos regueros al pie de cada letra lo atestiguaban. Las letras se habían escrito con varios dedos, a veces juntos, otras separados, y la inscripción, por ello, parecía borrosa. Camille pasó por encima de medio cuerpo de mujer y se acercó a la pared. Al final de la inscripción habían estampado un dedo sobre el muro, con esmero. Cada detalle de la huella era claro, perfectamente marcado, una huella idéntica a la de un antiguo carné de identidad cuando el policía de servicio te aplastaba el dedo sobre el cartón ya amarillento haciéndolo girar en todos los sentidos.

Un raudal de sangre había salpicado las paredes hasta el techo.

Camille necesitó varios minutos para recuperarse. Le sería imposible pensar mientras permaneciese en aquel escenario, porque todo lo que veía representaba un desafío al pensamiento.

Una decena de personas trabajaba ahora en la casa. Como en un quirófano, a menudo reina en el lugar del crimen una atmósfera que podría calificarse de distendida. Las bromas son bienvenidas. Camille odiaba eso. Algunos técnicos agotaban su mundo a base de chistes, en general de carácter sexual, como si así pudieran demostrar su indiferencia. Esa actitud es propia de las profesiones donde impera una mayoría de hombres. Un cuerpo de mujer, incluso muerta, evoca siempre un cuerpo de mujer, y a los ojos de un técnico acostumbrado a despojar de drama la realidad, una suicida sigue siendo «una chica guapa» aunque su cara esté hinchada como un odre. Pero ese día reinaba en el loft de Courbevoie una atmósfera distinta. Ni de recogimiento ni de compasión; inmóvil y pesada como si hubiese pillado desprevenidos a los más listillos, preguntándose qué gracia podrían hacer acerca de un cuerpo destripado bajo la mirada ausente de una cabeza clavada en la pared. Así que se tomaban medidas sin decir palabra, se recogían muestras con delicadeza, se disponían focos para tomar fotos en un silencio vagamente religioso. Armand, a pesar de su experiencia, enarbolaba un rostro de una palidez casi sobrenatural, pasaba por encima de las cintas colocadas por la policía científica con ceremoniosa lentitud y parecía temer que uno de sus gestos despertase repentinamente la furia que bañaba todavía el lugar. En cuanto a Maleval, continuaba vomitando hasta las tripas en su bolsa de plástico entre tentativa y tentativa de unirse al equipo, para volver inmediatamente sobre sus pasos, sofocado, literalmente asfixiado por el olor a excrementos y carne despedazada.

El piso era muy amplio. A pesar del desorden, se veía que la decoración había sido estudiada. Como en muchos otros lofts, la entrada daba directamente al salón, una estancia inmensa con muros de cemento pintados de blanco. El de la derecha estaba cubierto por una reproducción fotográfica de dimensiones gigantescas. Era necesario alejarse mucho para tener una visión de conjunto. Era una foto que Camille ya había visto antes en algún lugar.

Intentó recordar, con la espalda pegada a la puerta de entrada.

—Un genoma humano —dijo Louis.

Eso. Una reproducción de la espiral de un genoma humano, retocada por un artista, realzada con tinta china y carboncillo.

Una ancha cristalera daba al suburbio urbanizado, a lo lejos, detrás de una hilera de árboles que todavía no habían tenido tiempo de crecer. Una falsa piel de vaca colgaba de un muro, una larga banda de cuero rectangular con manchas negras y blancas. Bajo la piel de vaca, un sofá de cuero negro de dimensiones extraordinarias, un sofá fuera de serie, quizás hasta fabricado a la medida exacta de la pared, cualquiera sabe, tratándose no de tu casa sino de otro mundo en el que se cuelgan fotografías gigantes del genoma humano o se corta a chicas en pedazos después de haberles vaciado el vientre… En el suelo, delante del sofá, un número de una revista llamada GQ. A la derecha, un bar bastante bien provisto. A la izquierda, en una mesa baja, un teléfono con contestador. Al lado, sobre una consola de cristal ahumado, una gran pantalla de televisión.

Armand estaba arrodillado delante del aparato. Camille, que debido a su altura nunca había tenido la ocasión, le puso la mano en el hombro y dijo:

—Pon eso en marcha —y señaló el aparato de vídeo.

La cinta estaba rebobinada. Apareció un perro, un pastor alemán, tocado con una gorra de béisbol, pelando una naranja mientras la sostenía con las patas y comiéndose los gajos. Parecía uno de esos programas estúpidos de vídeos divertidos, con planos muy caseros, encuadres previsibles y brutales. En la esquina inferior derecha, el logo «US-gag» con una minúscula cámara dibujada sonriendo con todos los dientes.

Camille dijo:

—Déjalo puesto, nunca se sabe…

Y se interesó por el contestador. La música que precedía al mensaje parecía elegida en función de los gustos del momento. Unos años antes, hubiese sido el Canon de Pachelbel. Camille creyó reconocer La primavera de Vivaldi.

—El otoño —murmuró Louis, concentrado, la mirada pegada al suelo.

Y después: «¡Buenas noches! (voz de hombre, tono culto, articulación cuidada, quizás unos cuarenta años, dicción extraña). Lo siento pero a estas horas estoy en Londres (recita de corrido, una voz algo alta, nasal). Deje un mensaje después de la señal (algo alta, sofisticada, ¿homosexual?), devolveré la llamada a mi vuelta. Hasta pronto».

—Utiliza un distorsionador de voz —soltó Camille.

Y avanzó hacia el dormitorio.

Un vasto ropero forrado de espejos ocupaba toda la pared del fondo. La cama también estaba cubierta de sangre y excrementos. Habían quitado la sábana bajera, escarlata, y hecho una bola con ella. Una botella vacía de Corona yacía al pie de la cama. En el cabecero, un enorme lector de CD portátil y unos dedos cortados colocados en círculo. Cerca del lector, aplastada sin duda de un taconazo, la caja que había contenido un CD de los Traveling Wilburys. Encima de la cama japonesa, muy baja y sin duda muy dura, se desplegaba una pintura en seda cuyos géiseres rojos iban muy bien con la escena. No había más ropa que unos pares de tirantes curiosamente anudados entre sí. Camille echó una mirada de soslayo al ropero que la policía científica había dejado entreabierto: nada más que una maleta.

—¿Alguien ha mirado dentro? —interrogó a la galería.

Le respondieron «Todavía no» con un tono desprovisto de emoción. «Está claro que les toco los cojones», pensó Camille.

Se inclinó cerca de la cama para descifrar la inscripción impresa en una caja de cerillas caída en el suelo: Palio’s, en letras cursivas, rojas sobre fondo negro.

—¿Te suena de algo?

—No, de nada.

Camille se dirigía a Maleval, pero al ver el rostro descompuesto del joven dibujarse tímidamente en el marco de la puerta de entrada le hizo una seña para que se quedase fuera. Podía esperar.

El cuarto de baño era uniformemente blanco, a excepción de una pared empapelada con un diseño dálmata. La bañera estaba, también, repleta de huellas de sangre. Al menos una de las chicas había, o bien entrado, o bien salido en un estado lamentable. El lavabo parecía haber sido utilizado para lavar algo, las manos de los asesinos quizás.

Envió a Maleval a buscar al propietario de la vivienda y después, acompañado de Louis y Armand, Camille salió, dejando a los técnicos terminar de tomar sus notas y sus medidas. Louis sacó uno de los pequeños cigarros que en presencia de Camille se prohibía encender en la oficina, en el coche, en el restaurante, en fin, en casi todas partes salvo en el exterior.

Hombro con hombro, los tres hombres miraron en silencio aquella zona residencial. Fuera del horror por un momento, parecían encontrar en el siniestro decorado del lugar algo tranquilizador, vagamente humano.

—Armand, vas a empezar trabajando los alrededores —dijo por fin Camille—. Te envío a Maleval en cuanto regrese. Sed discretos, ¿eh?… Ya tenemos bastantes marrones.

Armand hizo un gesto de asentimiento, pero sus ojos estaban clavados en el paquete de cigarros de Louis. Ya estaba gorroneándole el primer pitillo de la jornada cuando Bergeret salió a su encuentro.

—Necesitaremos tiempo.

Después se giró sobre sus talones. Bergeret había empezado su carrera en el ejército. Estilo directo.

—¡Jean! —llamó Camille.

Bergeret se volvió. Bonito rostro obtuso, aspecto del que sabe mantenerse firme en sus posiciones e inclinarse ante lo absurdo del mundo.

—Prioridad absoluta —dijo Camille—. Dos días.

—¡Delo por hecho! —exclamó el otro dándole resueltamente la espalda.

Camille se giró hacia Louis e hizo un gesto de resignación.

—A veces funciona…

6.

El loft de la rue Félix-Faure había sido reformado por una sociedad especializada en inversiones inmobiliarias, la Sogefi.

Once y media de la mañana, Quai de Valmy. Bonito edificio, frente al canal, moqueta jaspeada por todas partes, cristal por todas partes y recepcionistas de pechos grandes por todas partes. La placa de la policía judicial, algo de nerviosismo, y después el ascensor, moqueta jaspeada (colores invertidos), puerta de doble hoja de un despacho inmenso, tipo con cara de zapato llamado Cottet, siéntese, seguro de sí mismo, está usted en mi territorio, en qué puedo servirle aunque no puedo dedicarle mucho tiempo.

En realidad, Cottet parecía un castillo de naipes. Era de esos hombres a los que cualquier cosa puede derrumbar. Alto, daba la impresión de habitar una carcasa prestada. Se notaba a la legua que le vestía su mujer, que tenía una idea muy concreta sobre el sujeto y no precisamente la mejor. Se lo imaginaba como jefe de empresa dominador (traje gris claro), responsable (camisa de rayas azules finas) y con prisa (zapatos italianos puntiagudos), pero concedía que, en suma, no era más que un directivo un poco petulante (corbata chillona) y aceptablemente vulgar (sello de oro y gemelos a juego). Cuando vio a Camille aparecer en su despacho, suspendió lamentablemente su examen al izar las cejas con aspecto sorprendido, para recuperarse después y hacer como si no pasara nada. La peor reacción, según Camille, que las conocía todas.

Cottet era de esos que ven la vida como un negocio serio. Estaban los negocios de los que podía decirse «está chupado», los que declaraba «espinosos» y por fin los «asuntos feos». Con solo mirar la cara de Camille, comprendió que la circunstancia presente escapaba a esas categorías.

A menudo era Louis, en esos casos, el que tomaba la iniciativa. Louis era paciente. Louis a veces era muy pedagógico.

—Necesitamos saber quién ocupaba esa vivienda y en qué condiciones. Y es bastante urgente, evidentemente.

—Evidentemente. ¿De qué vivienda se trata?

—Rue Félix-Faure, 17, en Courbevoie.

Cottet palideció.

—Ah…

Y después el silencio. Cottet miraba su cartapacio como un pez, con aspecto aterrado.

—Señor Cottet —prosiguió entonces Louis con su tono más tranquilo y aplicado—, creo que sería mejor, para usted y su empresa, explicarnos todo esto, muy tranquilamente y de forma muy completa… Tómese su tiempo.

—Sí, claro —respondió Cottet.

Después levantó hacia ellos una mirada de náufrago.

—Ese asunto no se llevó a cabo…, quiero decir…, por los cauces habituales, ¿comprenden?…

—No muy bien, no —respondió Louis.

—Nos llamaron en abril del año pasado. La persona…

—¿Quién?

Cottet alzó la vista hacia Camille, su mirada pareció perderse un instante por la ventana en busca de ayuda, de consuelo.

—Haynal. Se llamaba Haynal. Jean. Creo…

—¿Lo cree?

—Eso es, Jean Haynal. Estaba interesado en ese loft de Courbevoie. Para ser sinceros —prosiguió Cottet recuperando la seguridad—, rentabilizar ese plan no es tarea fácil… Hemos invertido mucho, y en el conjunto de la antigua zona industrial, donde hemos puesto en marcha cuatro proyectos individuales, los resultados no son todavía lo bastante convincentes. Tampoco es nada alarmante, pero…

Sus circunloquios molestaban a Camille.

—Hablando claro, ¿cuántos han vendido? —cortó.

—Ninguno.

Cottet le miraba fijamente como si esa palabra, «ninguno», se convirtiese, para él, en una condena a muerte. Camille apostaba a que esa aventura inmobiliaria los había puesto, a él y a su empresa, en una situación pero que muy comprometida.

—Se lo ruego… —le animó Louis—, continúe…

—Ese caballero no deseaba comprar, quería alquilar por un período de tres meses. Decía representar a una empresa de producción cinematográfica. Me negué. Es algo que no hacemos. Demasiado riesgo de impago, demasiados gastos y para demasiado poco tiempo, entiéndanlo. Y además, nuestro trabajo es vender promociones, no jugar a agentes inmobiliarios.

Cottet había soltado eso con un tono de desprecio que decía mucho sobre la dificultad de la situación, que le había obligado a transformarse él mismo en agente inmobiliario.

—Comprendo —dijo Louis.

—Pero estamos sometidos a las leyes del realismo, ¿verdad? —añadió como si esa agudeza demostrase que también tenía cultura—. Y ese caballero…

—¿Pagaba en efectivo? —preguntó Louis.

—Sí, en efectivo, y…

—Y estaba dispuesto a pagar caro —añadió Camille.

—El triple del precio de mercado.

—¿Cómo era ese hombre?

—No lo sé —dijo Cottet—, solo hablé con él por teléfono.

—¿Y su voz? —preguntó Louis.

—Una voz clara.

—¿Y después?

—Pidió visitar el loft. Quería hacer algunas fotos. Fijamos una cita. Fui yo el que acudió. Ahí debí sospechar algo…

—¿Qué? —preguntó Louis.

—El fotógrafo… no parecía, cómo decirlo…, muy profesional. Apareció con una especie de Polaroid. Colocaba en el suelo cada foto que hacía, en fila, bien ordenadas, como si temiese mezclarlas. Consultaba un papel antes de cada toma, como si siguiese unas instrucciones sin comprenderlas. Pensé que ese tipo era tan fotógrafo como yo…

—¿… agente inmobiliario? —tentó Camille.

—Si quiere —dijo Cottet fusilándolo con la mirada.

—¿Y podría describirlo? —prosiguió Louis para asegurarse de que se cambiaba de tema.

—Vagamente. No me quedé mucho tiempo. Allí no tenía nada que hacer, y perder dos horas en un local vacío mirando a un tipo haciendo fotos… Le abrí, le observé trabajar un momento y me fui. Cuando terminó, dejó las llaves en el buzón, eran una copia y no corría prisa recuperarlas.

—¿Cómo era?

—Mediano…

—¿Qué quiere decir? —insistió Louis.

—¡Mediano! —se encrespó Cottet—. ¿Qué quiere que le diga? Mediana estatura… Mediana edad… ¡Mediano!

Siguió entonces un silencio durante el que cada uno de los tres hombres pareció meditar sobre la desesperante medianía del mundo.

—Y el hecho de que ese fotógrafo fuese tan poco profesional —preguntó Camille— le pareció una garantía más, ¿verdad?

—Sí, lo confieso —respondió Cottet—. Pagaban en efectivo, sin contrato, y pensé que una película…, bueno…, que con ese tipo de película no tendríamos problemas con el arrendatario.

Camille se levantó el primero. Cottet los acompañó hasta el ascensor.

—Deberá firmar una declaración, por supuesto —le explicó Louis, como si hablase con un niño—, quizás se vea obligado también a comparecer, así que…

Camille le interrumpió.

—Así que no toque nada. Ni sus libros, ni nada de nada. Tendrá que arreglárselas con Hacienda solo. Por ahora tenemos dos chicas troceadas. Así que, en este momento, eso es lo más importante, incluso para usted.

Cottet tenía la mirada perdida, como si intentase medir las consecuencias y se presentaran catastróficas, y su corbata multicolor pareciera de pronto una chalina sobre el pecho de un condenado a muerte.

—¿Tiene usted fotografías, o planos? —preguntó Camille.

—Hemos realizado un bonito folleto promocional… —empezó a decir Cottet con una larga sonrisa de ejecutivo comercial, pero se dio cuenta de la incongruencia de su satisfacción y envió de inmediato su sonrisa a la cuenta de pérdidas y ganancias.

—Envíeme todo eso cuanto antes —dijo Camille tendiéndole su tarjeta.

Cottet la cogió como si temiese quemarse.

Al bajar, Louis evocó brevemente las «ventajas» de la recepcionista. Camille respondió que no se había fijado.

7.

Incluso con dos equipos, la policía científica tendría que pasar una gran parte de la jornada en el lugar de los hechos. El inevitable ballet de coches, motos y furgonetas provocó una primera aglomeración al final de la mañana. Cabía preguntarse cómo la gente había tenido la idea de desplazarse hasta allí. Aquello parecía la ascensión de los muertos vivientes en una película de serie B. La prensa apareció media hora más tarde. Evidentemente nada de fotos del interior, evidentemente nada de declaraciones, pero con las primeras filtraciones, al filo de las dos de la tarde, cundió la sensación de que era mejor decir algo que dejar a la prensa a su libre albedrío. Desde el móvil, Camille llamó a Le Guen y compartió con él su preocupación.

—Aquí también está empezando a resonar… —exclamó Le Guen.

Camille salió del piso con un único deseo: decir lo menos posible.

No había tanta gente, algunas decenas de curiosos, una decena corta de reporteros y a primera vista ninguna celebridad, solo becarios y figurantes, una ocasión inesperada para desactivar la situación y ganar algunos días muy valiosos.

Camille tenía dos buenas razones para ser conocido y reconocido. Su buen hacer le había aportado una sólida reputación que su metro cuarenta y cinco había transformado en una pequeña notoriedad. Por muy difícil que fuese el encuadre del plano, los periodistas estaban bien dispuestos a interrogar a ese hombrecillo de voz seca y cortante. Le encontraban poco locuaz pero «recto».

En algunas ocasiones —pequeña ventaja comparada con los inconvenientes— su físico le había sido útil. Una vez que se le vislumbraba, no se le olvidaba nunca. Ya había rechazado acudir a varios programas de televisión, a sabiendas de que era invitado con la esperanza de que contara la historia deliciosamente emotiva de quien «ha sabido sobreponerse de un modo magnífico a la minusvalía». Estaba claro que a los presentadores se les hacía la boca agua imaginándose un reportaje impactante en el que se mostraba a Camille en su coche de discapacitado, con todos los mandos en el volante y el faro giratorio en el techo. Camille no lo deseaba en absoluto, y no solo porque odiaba conducir. Sus superiores se lo agradecían. Sin embargo, una vez, una sola, había dudado. Un día de oscura tormenta. Y de cólera. Un día en el que había tenido que realizar un trayecto en metro demasiado largo, entre miradas huidizas o burlonas. Le habían propuesto una intervención en France 3. Tras el énfasis habitual sobre el pretendido interés público que él representaba, su interlocutor le había dado a entender con medias palabras que no perdería nada en el intento, creyendo sin duda que todo el planeta estaba obsesionado con ser famoso. No, era el día en que se había partido la cara en la bañera. Un día maldito para los enanos. Había dicho que sí, y sus superiores habían fingido dar su consentimiento de buena gana.

Al llegar a los estudios, medianamente deprimido por ceder a lo que ni siquiera era ya una tentación, había tenido que subir en el ascensor. La mujer que había entrado con él, los brazos llenos de bobinas y papeles, le había preguntado a qué piso iba. Camille había señalado, con aire de derrota, el botón del decimoquinto, que estaba a una altura vertiginosa. Ella le había dedicado una sonrisa muy bonita pero, en su esfuerzo por alcanzar el botón, había soltado las bobinas. Cuando el ascensor llegó a su destino, todavía estaban a cuatro patas recogiendo cajas abiertas y reuniendo papeles. Ella le había dado las gracias.

—Me pasa lo mismo cuando quiero cambiar el papel pintado —la había tranquilizado Camille—. Se convierte de inmediato en una pesadilla…

La mujer se había reído. Tenía una sonrisa muy bonita.

Era una historia sencilla. Se casó con Irène seis meses más tarde.

8.

Los periodistas tenían prisa.

Camille soltó:

—Dos víctimas.

—¿Quiénes?

—No sabemos nada. Mujeres. Jóvenes…

—¿Qué edad?

—Unos veinticinco años. Es todo lo que podemos decir por ahora.

—¿Cuándo salen los cuerpos? —preguntó un fotógrafo.

—Están en ello, llevamos algo de retraso. Hay problemas técnicos…

Un silencio entre preguntas, una buena ocasión para añadir:

—No hay gran cosa que decir, honestamente. No tenemos muchos elementos, eso es todo. Deberíamos tener listo un balance para mañana a última hora. Hasta entonces, sería mejor dejar trabajar a los chicos del laboratorio…

—¿Qué se comenta? —preguntó un joven con mirada de alcohólico.

—Se comenta: dos mujeres, todavía no sabemos quiénes. Se comenta: asesinadas, hace uno o dos días, no sabemos por quién y todavía no sabemos cómo ni por qué.

—¡Poca cosa!

—Es lo que intento decir.

Difícilmente se podía decir menos. Hubo un instante de perplejidad entre los asistentes.

Y ocurrió, en ese preciso momento, lo que Camille menos deseaba. La furgoneta de la policía científica había dado marcha atrás pero no había podido acercarse lo suficiente a la entrada del loft por culpa de una jardinera de hormigón colocada allí por alguna misteriosa razón. El conductor descendió entonces para abrir de par en par las dos puertas traseras y, tras unos segundos, dos técnicos más salieron uno detrás de otro. La atención, hasta entonces distraída, de los reporteros se convirtió repentinamente en un interés apasionado cuando la puerta del loft dejó ver con claridad una pared del salón cubierta por un inmenso chorro de sangre, lanzado sin esmero como sobre un lienzo de Pollock. Como si aquella visión necesitara todavía de confirmación, los dos tipos de la científica empezaron a cargar concienzudamente en la furgoneta bolsas de plástico cuidadosamente cerradas con las etiquetas del Instituto Médico Forense.

Ahora bien, los periodistas son en cierto modo como los empleados de pompas fúnebres: calculan la longitud de un cuerpo al primer vistazo. Y al ver salir las bolsas, todo el mundo adivinó que aquello eran trozos.

—¡Joder! —exclamaron a coro los reporteros.

En el tiempo necesario para ampliar el perímetro de seguridad con el cordón policial, los fotógrafos habían ametrallado la primera salida. El pequeño grupo se dividió espontáneamente en dos como una célula cancerígena: unos disparaban a la camioneta gritando: «¡Aquí!», para atraer la mirada de los macabros transportistas y obligarles a marcar una pausa; otros empuñaban sus teléfonos móviles para pedir refuerzos.

—¡Joder! —confirmó Camille.

Una auténtica chapuza de aficionado. Sacó el móvil a su vez y realizó las inevitables llamadas que firmaban su entrada en el ojo del huracán.

9.

La policía científica había hecho un buen trabajo. Habían entreabierto dos ventanas para provocar una corriente de aire, y el olor de por la mañana se había dispersado lo suficiente como para que ya no fuesen necesarios pañuelos y mascarillas.

Las escenas de un crimen son a veces más angustiosas en esa fase que en presencia de los cadáveres, porque parece que la muerte ha golpeado por segunda vez haciéndolos desaparecer.

Allí era peor aún. Solo se habían quedado los del laboratorio, con sus cámaras, sus metros electrónicos, sus pinzas, frascos, bolsas de plástico, productos de revelado…, y ahora era como si nunca hubiese habido cuerpos o la muerte les hubiera negado su última dignidad de encarnarse en algo antaño vivo. Los transportistas habían recogido y se habían llevado los trozos de dedos, las cabezas y los vientres abiertos. No quedaban ya más que restos de sangre y mierda, y libre del horror desnudo, el piso adoptaba ahora un aspecto completamente distinto. E incluso, en opinión de Camille, un aspecto realmente extraño. Louis miró a su jefe con prudencia, le parecía que tenía una expresión curiosa, como si buscase la solución a un crucigrama, con una gran arruga en la frente y las cejas en tensión.

Avanzó por la habitación, caminó hasta el mueble del televisor y el teléfono, mientras Camille daba una vuelta por la estancia. Deambularon por la pieza como dos visitantes en un museo, deseosos de descubrir aquí y allá un nuevo detalle que hubiese pasado desapercibido hasta entonces. Algo más tarde, se cruzaron en el cuarto de baño, todavía pensativos. Louis fue a inspeccionar el dormitorio a su vez, Camille miraba por la ventana mientras los técnicos desconectaban los proyectores, enrollaban plásticos y cables, cerraban uno por uno maletines y cajas. A medida que vagaba por el decorado, Louis, con los sentidos alerta por la inquietud de Camille, hacía funcionar sus neuronas. Y, poco a poco, comenzó a adoptar él también una expresión más seria aún que de costumbre, como si efectuase mentalmente una operación de ocho cifras.

Se unió de nuevo a Camille en el salón. En el suelo estaba la maleta encontrada en el guardarropa (cuero beis, buena calidad, con el interior tapizado y esquinas metálicas como las fly cases), que los técnicos no se habían llevado todavía. Contenía un traje, un calzador, una maquinilla de afeitar eléctrica, una billetera, un reloj deportivo y una fotocopiadora de bolsillo.

Un técnico que había tenido que salir un momento volvió y le anunció a Camille:

—Un día duro, Camille, acaba de llegar la tele…

Después, siguiendo con la mirada las enormes manchas de sangre que cubrían la estancia, añadió:

—Con esto, vas a tener telediario durante algún tiempo.

10.

—Bonita puesta en escena —dijo Louis.

—Para mí que es algo más complicado. Y, ya que estamos, hay algo que no cuadra.

—¿Que no cuadra?

—No —dijo Camille—. Todo lo que hay aquí es casi nuevo. Sofá, cama, tapicería…, todo. No puedo creer que se gaste tanto con el único fin de rodar una peli porno. Se utilizan muebles de segunda mano. O se alquila un piso amueblado. De hecho, generalmente ni se alquila. Se usa lo que hay gratis por ahí.

—¿Una snuff movie? —preguntó Louis.

El joven se refería a una de esas películas pornográficas en las que, al final, se asesina de verdad. A mujeres, por supuesto.

—Ya he pensado en ello —dijo Camille—. Sí, es posible…

Pero los dos sabían que la moda de esas producciones había pasado. Y la puesta en escena meticulosa y cara que tenían ante ellos casaba mal con esa hipótesis.

Camille continuó deambulando en silencio por la habitación.

—La huella del dedo, allí, en la pared, es demasiado perfecta para ser involuntaria —prosiguió.

—No se puede ver nada desde el exterior —apuntó Louis—. La puerta estaba cerrada, al igual que las ventanas. Nadie ha descubierto el crimen. Así que, con toda seguridad, fue uno de los asesinos quien nos avisó. A la vez premeditado y reivindicado. Pero no puedo imaginar a un hombre solo realizando una carnicería como esta.

—Eso lo veremos. A mí —dijo Camille— lo que más me intriga es saber por qué hay un mensaje en el contestador.

Louis le miró un instante, sorprendido de haber perdido el hilo tan pronto.

—¿Por qué? —preguntó.

—Lo que me inquieta es que hay todo lo necesario, teléfono, contestador, salvo lo esencial: no hay línea…

—¿Qué?

Louis dio un salto, tiró del cable del teléfono y después miró detrás del mueble. Solo había una toma eléctrica, el teléfono no estaba enchufado a nada.

—La premeditación no ha sido camuflada. No han hecho nada para disimularla. Al contrario, parecería que todo ha sido dispuesto para ponerla en evidencia… Esto es demasiado.

Camille dio algunos pasos más por la habitación, con las manos en los bolsillos, y se plantó de nuevo delante de la cartografía del genoma.

—Sí —concluyó—. Esto es demasiado.

11.

Louis llegó el primero, seguido de Armand. Y cuando Maleval, que terminaba una conversación por su móvil, se reunió con ellos, todo el equipo de Camille —lo que algunos, por respeto o burla, llamaban la «brigada Verhoeven»— se encontró al completo. Camille repasó rápidamente sus notas y después miró a sus colaboradores.

—¿Vuestra opinión?

Los tres hombres se miraron.

—Habría que saber primero cuántos son —se arriesgó a decir Armand—. Cuanto más numerosos sean, más oportunidades tendremos de encontrarlos.

—Un tipo solo no ha podido hacer algo así —dijo Maleval—, no es posible.

—Para estar seguros habrá que esperar los resultados de la científica y de la autopsia. Louis, resúmenos lo del alquiler del loft.

Louis relató brevemente la visita a la Sogefi. Camille aprovechó para observar a Armand y Maleval.

Los dos hombres eran la antítesis el uno del otro, uno el exceso y el otro el defecto. Jean-Claude Maleval tenía veintiséis años y un encanto del que abusaba como abusaba de todo, de la noche, de las chicas, del cuerpo. El tipo de hombre que no se esconde. Exhibía, sistemáticamente, un rostro agotado. Cuando pensaba en Maleval, Camille se sentía algo inquieto y se preguntaba si las correrías de su ayudante serían muy caras. Maleval tenía el perfil de un futuro corrupto, al igual que algunos niños tienen cara de malos estudiantes desde el parvulario. De hecho, era difícil saber si dilapidaba su vida de soltero como otros su herencia o si estaba ya en el resbaladizo camino de las necesidades excesivas. En dos ocasiones durante los últimos meses había sorprendido a Maleval en compañía de Louis. En cada ocasión, los dos hombres se habían mostrado incómodos, como pillados in fraganti, y Camille estaba seguro de que Maleval sableaba a Louis. Quizás no con regularidad. No había querido entrometerse y había simulado no darse cuenta de nada.

Maleval fumaba muchos cigarrillos rubios, disfrutaba de algo de suerte en las carreras y tenía una predilección marcada por el Bowmore. Pero en la lista de sus valores colocaba a las mujeres en el lugar más alto. Es cierto que Maleval era guapo. Alto, moreno, una mirada que rezumaba astucia, y todavía el físico del campeón de Francia júnior de judo que había sido.

Camille contempló un instante a su antítesis, Armand. Pobre Armand: inspector de la Brigada Criminal desde hacía casi veinte años, y desde hacía por lo menos diecinueve y medio con la reputación del rácano más sórdido que jamás hubiese pertenecido a la policía. Era un hombre sin edad, largo como un día sin pan, de facciones marcadas, delgado e inquieto. Todo lo que podía definir a Armand se situaba en el lado de la escasez. Ese hombre era la encarnación de la penuria. Su avaricia no tenía el encanto de un rasgo de carácter. Era una patología pesada, muy pesada, infranqueable, y que nunca había hecho gracia a Camille. En el fondo, a Camille, Armand le importaba un comino, pero, a fuerza de trabajar tantos años con él, sufría siempre al ver al «pobre Armand» cometiendo, a su pesar, increíbles bajezas para no gastar un céntimo y adoptando estrategias extraordinariamente complicadas solo para evitar pagar una maldita taza de café. Quizás por herencia de su propia minusvalía, Camille sufría a veces con esas humillaciones como si fuesen suyas. Lo más patético era la conciencia real que tenía Armand de su estado. Padecía por ello, y por esa causa se había convertido en un hombre triste. Armand trabajaba en silencio. Armand trabajaba bien. A su manera, era quizás el mejor de los agentes de la Brigada Criminal. Su avaricia había hecho de él un policía meticuloso, puntilloso, escrupuloso, capaz de desmenuzar una guía telefónica durante días enteros, de esperar horas interminables dentro de un coche con la calefacción estropeada, de interrogar calles enteras, gremios al completo, de encontrar, en el sentido estricto de la frase, una aguja en un pajar. Si se le diese un puzle de un millón de piezas, Armand no haría otra cosa que entrar en su despacho y dedicar, con su escrupulosa integridad, sus horas de servicio a reconstruirlo. Poco importaba de hecho el motivo de la búsqueda. El tema no tenía ninguna importancia. Su obsesión por la acumulación excluía toda preferencia. A menudo había conseguido maravillas, y a pesar de que todos consideraban a Armand insoportable en el trato cotidiano, admitían sin reparo alguno que ese policía obstinado, rastreador, tenía una ventaja sobre los demás, algo intemporal que mostraba admirablemente hasta qué punto, llevada a su límite extremo, una tarea sin interés podía esconder genialidad. Tras haberle gastado casi todas las bromas posibles sobre su avaricia, sus compañeros habían acabado renunciando a burlarse de él. Nadie se reía a sus espaldas. Todo el mundo le tenía un poco de miedo.

—Bien —concluyó Camille cuando Louis terminó su exposición—. A la espera de los primeros elementos, vamos a tomar las cosas como van llegando. Armand y Maleval, empezad por seguir la pista de los indicios materiales, de todo lo que hayamos encontrado en el lugar, la procedencia de los muebles, de los objetos, complementos, ropa, lencería, etcétera. Louis, tú encárgate de la cinta de vídeo, de la revista americana, en fin, de todo lo exótico, pero no te disperses. Si aparece algo nuevo, Louis se ocupará de la comunicación. ¿Alguna pregunta?

No había preguntas. O había demasiadas, lo que venía a ser lo mismo.

12.

La policía de Courbevoie había sido informada del crimen por la mañana a través de una llamada anónima. Camille bajó a escuchar la grabación.

«Ha habido un asesinato. Rue Félix-Faure, número 17.»

Era seguramente la misma voz que la del contestador telefónico, con la misma distorsión, debida sin duda al mismo aparato.

Camille pasó las dos horas siguientes rellenando formularios, partes, cuestionarios, completando los espacios en blanco del texto con las incógnitas de la investigación, sin dejar de preguntarse de qué iba todo aquello.

A la hora de cumplir con las exigencias de la vida administrativa, le asaltaba a menudo una especie de estrabismo mental. Con su ojo derecho, cumplimentaba los formularios, se plegaba a las necesidades de la estadística local y redactaba, en el estilo reglamentario, las actas y los informes, mientras que en la retina de su ojo izquierdo permanecían grabadas las imágenes de los cuerpos inertes sobre el suelo, las heridas negras de sangre coagulada, los rostros arrasados por el dolor y la lucha desesperada por seguir vivo, la última mirada de incomprensión ante la evidencia de una muerte cierta, siempre sorprendente.

Y a veces todo aquello se solapaba. Camille descubrió de repente la imagen de los dedos de mujer cortados, dispuestos en círculo en el logotipo de la policía judicial… Dejó las gafas sobre la mesa y se masajeó lentamente las cejas.

13.

Bergeret, el responsable de la policía científica, como buen militar que había sido, no era un hombre que se precipitase ni que, consciente de su cargo, cediese ante las urgencias de nadie. Pero sin duda Le Guen había echado mano de su influencia (lucha de titanes entre los dos hombres, dos inercias enfrentándose en un cuerpo a cuerpo patético, como en un combate de sumo grabado a cámara lenta). Como resultado, al final de la tarde Camille disponía ya de las primeras conclusiones relativas a la identificación.

Dos mujeres jóvenes, pues, entre veinte y treinta años. Las dos rubias. Una de metro sesenta y cinco, cincuenta kilos, mancha de vino en la rodilla (interior izquierda), buena dentadura, pecho abundante; la otra, aproximadamente la misma talla, aproximadamente el mismo peso, también buena dentadura, sin señas particulares, también bastante pecho. Ambas víctimas habían comido entre tres y cinco horas antes de su muerte: crudités, carpaccio y vino tinto. Una de las víctimas había elegido de postre fresas con azúcar, la otra un sorbete de limón. Las dos habían bebido además champán. Una botella de Moët Hennessy brut y dos copas halladas bajo la cama llevaban sus huellas. La marca sangrienta de la pared había sido realizada con un ramillete de dedos cortados. La reconstrucción del modus operandi, expresión por la que se pirran todos los que nunca han estudiado latín, iba a llevar evidentemente más tiempo. ¿En qué orden habían sido troceadas? ¿De qué forma y con qué? ¿Se habían necesitado uno o varios hombres (o mujeres)? ¿Habían sido violadas, y cómo (o con qué)? Tantas incógnitas en esa macabra ecuación que Camille tenía por misión resolver.

Un detalle más extraño si cabe: la nítida huella de un dedo corazón que habían encontrado estampada en un muro no era real, sino que había sido hecha con un tampón de tinta.

Camille nunca había anidado sospechas particulares respecto a la informática, pero algunos días no podía evitar pensar que esas máquinas tenían una verdadera alma malvada. Nada más recibir los primeros elementos de la científica, el ordenador del registro central le envió una confirmación y le dio a elegir entre una buena y una mala noticia. La buena noticia era que se había verificado la identidad de una de las víctimas a partir de sus huellas. Una tal Évelyne Rouvray, de veintitrés años, domiciliada en Bobigny, fichada por la policía por prostitución. La mala suponía una bofetada que le devolvió de golpe a la cabeza lo que minutos antes había intentado alejar torpemente. La falsa huella encontrada en la pared correspondía a otro caso, que se remontaba al 21 de noviembre de 2001 y cuyo informe le fue enviado de inmediato.

14.

Aquel informe también tenía un fondo malvado. Todo el mundo estaba de acuerdo en ese punto. Solo un policía suicida habría podido desear hacerse cargo de un asunto que ya había hecho tanto ruido. En su momento, la prensa había hablado sin descanso de la falsa huella de un dedo embadurnado de tinta negra impresa en uno de los dedos del pie de una víctima. Durante varias semanas, los periódicos le habían dado al caso varios nombres. Se había hablado del «crimen de Tremblay» o del «vertedero trágico», pero el que se había llevado la palma, como acostumbraba, había sido Le Matin, que había cubierto el tema bajo el título de «La joven segada por la muerte».

Camille conocía el caso como todo el mundo, ni más ni menos, pero su aire espectacular le hizo pensar que el ojo del huracán había reducido bruscamente su diámetro.

La reaparición del caso de Tremblay modificaba la situación. Si aquel individuo se dedicaba a cortar chicas en trozos a lo largo de la periferia parisina, era de esperar que no dejaran de encontrarlas hasta que no lo detuvieran. ¿A qué tipo de cliente se enfrentaban? Camille descolgó el teléfono, llamó a Le Guen y le informó de la novedad.

—Joder —exclamó sobriamente Le Guen.

—Es una forma de decirlo, sí.

—A la prensa le va a encantar.

—Estoy seguro de que ya está encantada.

—¿Cómo que ya?

—Qué quieres —explicó Camille—, esta Casa es un auténtico coladero. Los becarios llegaron a Courbevoie una hora después que nosotros…

—¿Y…? —preguntó Le Guen, inquieto.

—Y la tele justo a continuación —concedió Camille con desgana.

Le Guen guardó unos segundos de silencio que Camille aprovechó inmediatamente.

—Quiero un perfil psicológico de esos tipos —pidió.

—¿Por qué esos tipos? ¿Tienes varias huellas?

—Ese tipo, esos tipos… ¡A mí qué me cuentas!

—Vale. Le han dado el caso a la jueza Deschamps. Voy a llamarla para pedirle un experto.

Camille, que nunca había trabajado con esa jueza, recordaba, por habérsela cruzado alguna vez, a una mujer de unos cincuenta años, delgada, elegante y de una fealdad desorbitada. El tipo de mujer que desafía toda descripción y a la que le gustan las joyas de oro.

—La autopsia tendrá lugar mañana por la mañana. Si puede asignar el experto rápidamente, te lo enviaré allí a esperar las primeras conclusiones.

Camille dejó para más tarde la lectura del informe de Tremblay. Se lo llevaría a casa. Por el momento, era mejor concentrarse en el presente.

15.

Informe de Évelyne Rouvray.

Nacida el 16 de marzo de 1980 en Bobigny, de Françoise Rouvray y padre desconocido. Deja los estudios tras terminar tercero. Sin empleo conocido. Primer rastro en noviembre de 1996: flagrante delito de prostitución en un coche en Porte de la Chapelle. Detenida por atentar contra las buenas costumbres pero no por prostitución. La chica es todavía menor, por lo que el asunto conlleva algo más de lío y de todas formas no tiene pinta de ser el último. Como efectivamente se demuestra. Tres meses más tarde, bingo, la pequeña Rouvray es pillada de nuevo en los bulevares de Maréchaux, de nuevo en un coche y en la misma posición. Esta vez pasa al tribunal, el juez sabe que la va a ver regularmente, y como regalo de bienvenida de la justicia francesa para una pequeña delincuente que se hará mayor, le impone ocho días de condicional. Curiosamente, desde ese momento se le pierde la pista. El hecho es bastante poco común. En general, la lista de arrestos por delitos menores se va ampliando a lo largo de los años, a veces a los pocos meses si la chica es muy activa, se droga o pilla el sida, en fin, si necesita dinero y hace la calle día y noche. Pero en este caso nada. Évelyne cumple sus ocho días de condicional y desaparece de los archivos. Al menos hasta que la encuentran troceada en un loft de Courbevoie.

16.

Último domicilio conocido: Bobigny, barriada Marcel Cachin.

Una hilera de edificios de los años setenta, puertas desfondadas, buzones reventados, pintadas del suelo al techo; en el tercero una puerta con mirilla y, tras el «¡Abran, policía!», un rostro arrasado, el de la madre, de edad avanzada.

—¿La señora Rouvray?

—Nos gustaría hablarle de su hija Évelyne.

—Ya no vive aquí.

—¿Dónde vivía…, dónde vive ahora?

—No sé. No soy policía.

—Nosotros sí, y sería mejor que nos ayudara… Évelyne se ha metido en problemas, grandes problemas.

Intrigada.

—¿Qué tipo de problemas?

—Necesitamos su dirección…

Dubitativa. Camille y Louis permanecen en el descansillo, prudentes. Y experimentados.

—Es importante…

—Está en casa de José. En la rue Fremontel.

La puerta se va a cerrar.

—¿José qué más?

—No lo sé. José sin más.

Esta vez, Camille bloquea la puerta con el pie. La madre no quiere saber nada de los problemas de su hija. Manifiestamente, tiene los suyos propios.

—Évelyne ha muerto, señora Rouvray.

En ese momento, la metamorfosis. La boca se abre, los ojos se entrecierran en lágrimas, ni un grito, ni un suspiro, solo lágrimas que empiezan a brotar, y Camille de pronto la encuentra bella, inexplicablemente, ve algo en su rostro similar a lo que había visto en la pequeña Alice esa mañana, aunque con menos moratones, excepto en el alma. Mira a Louis, y después se vuelve de nuevo hacia ella, que sigue sosteniendo la puerta, la mirada en el suelo. Y ni una palabra, ni una pregunta, solo silencio y lágrimas.

—Tendrá que venir a reconocer el cuerpo…

Ya no escucha. Ha levantado la cabeza. Hace un gesto para indicar que ha comprendido, siempre sin pronunciar palabra. La puerta se cierra muy lentamente. Camille y Louis se alegran de haberse quedado en el descansillo, listos para marcharse, ya fuera, sembradores de dramas.

17.

José, según el registro, es José Riveiro. Veinticuatro años. Carrera precoz, robo de coches, violencia, detenido en tres ocasiones. Algunos meses de calabozo por participar en el atraco de una joyería en Pantin. En la calle desde hacía seis meses, todavía no había vuelto a dar señales de vida. Con un poco de suerte no está en casa, con un poco más, se ha fugado y es el culpable. Ni Louis ni Camille lo creen por un instante. Según su ficha, José Riveiro no tiene el perfil de un asesino loco con grandes medios económicos. De hecho, allí está, en vaqueros y zapatillas, no muy alto, bonita cara sombría pero expresión inquieta.

—Hola, José. No nos conocíamos.

Entre Camille y él saltan chispas de inmediato. José es un tío de verdad. Mira al engendro como a una mierda sobre la acera.

Esta vez entran directamente. José no pregunta nada, les deja pasar, sin duda está estrujándose el cerebro en busca de las razones que puede tener la policía para entrar en su casa así, sin avisar. Y no deben de faltarle. El salón es muy pequeño, organizado alrededor de un sofá y una televisión. Dos botellas de cerveza vacías sobre una mesita baja, un cuadro horroroso en la pared y un olor a calcetín sudado, más bien del tipo soltero. Camille avanza hasta el dormitorio. Un auténtico delirio, ropa por todas partes, de hombre, de mujer, interior siniestro con colcha de felpa fluorescente.

José se apoya en el quicio de la puerta, tenso, taciturno, sin querer decir nada pero con pinta de ir a cantar más pronto que tarde.

—¿Vives solo, José?

—¿Por qué lo preguntan?

—Aquí las preguntas las hacemos nosotros, José. Y bien, ¿solo?

—No. Con Évelyne. Pero no está.

—¿Y a qué se dedica Évelyne?

—Está buscando trabajo.

—Ah… Y no lo encuentra, ¿verdad?

—Todavía no.

Louis no dice nada, espera a saber qué estrategia va a adoptar Camille. Pero a Camille le invade una inmensa pesadez porque le parece que todo eso es previsible, que está escrito, y que en su oficio hasta los marrones se convierten en una formalidad. Opta por lo más rápido, para quitárselo de encima.

—¿Desde cuándo no la ves?

—Se marchó el sábado.

—¿Y es normal que se marche así?

—Pues no, la verdad —dice José.

Y en ese momento, José comprende que saben más que él, que lo peor no ha llegado todavía y no tardará en llegar. Mira a Louis y después a Camille, una mirada al frente y otra hacia abajo. De pronto, Camille deja de ser un enano. Es la figura abominable de la fatalidad, a la que le dan igual las consecuencias.

—Ustedes saben dónde está… —dice José.

—La han matado, José. La hemos encontrado esta mañana en un piso en Courbevoie.

Solo en ese instante comprenden que el pequeño José está triste de verdad. Que Évelyne, cuando estaba entera, vivía allí con él, y que por muy puta que fuese, la apreciaba, era allí donde dormía, allí, con él, y Camille mira entonces su rostro hundido, marcado por una incomprensión total y por el golpe de las verdaderas catástrofes.

—¿Quién ha sido? —pregunta José.

—No sabemos nada. Precisamente por eso estamos aquí, José. Queremos saber qué estaba haciendo allí.

José niega con la cabeza. No sabe nada. Una hora más tarde, Camille sabe todo lo que tiene que saber sobre José, Évelyne y el pequeño negocio privado que ha llevado a esa chica, a pesar de ser lista, a acabar troceada por un loco anónimo.

18.

Évelyne Rouvray no se había caído de un guindo. Arrestada una primera vez, comprende de inmediato que ha tomado una senda resbaladiza y que su vida va a degenerar a marchas forzadas; le basta con mirar a su madre. En cuanto a las drogas, se limita a un consumo elevado pero sostenible, se gana la vida en Porte de la Chapelle y manda a tomar por culo a todo el que propone pagarle el doble si no hay preservativo. Unas semanas después de su condena, José aparece en su vida. Se instalan en la rue Fremontel y se abonan a Wanadoo. Évelyne pasa dos horas diarias buscando clientes y luego acude a las citas. José siempre la lleva y la trae, y mientras la espera se entretiene jugando al flíper en el café más cercano. No es un chulo de verdad. En esta historia es consciente de que no es él el que piensa, la que piensa es Évelyne, organizada, prudente. Hasta ahora. Muchos clientes la reciben en un hotel. Fue lo que pasó la semana anterior. Un cliente la recibió en un Mercure. Al salir, dijo pocas cosas sobre el tipo, nada vicioso, más bien simpático, con pasta. Pero Évelyne salió con una proposición. Una fiestecita para tres dos días después, con la condición de llevar a una amiga. La única exigencia del tipo es que sean aproximadamente de la misma talla, aproximadamente de la misma edad. Quiere pechos grandes, eso es todo. Entonces Évelyne llama a Josiane Debeuf, una chica que ha conocido en Porte de la Chapelle, será de noche, el tipo estará solo y ofrece un montón de pasta, el equivalente a dos días de trabajo sin gasto alguno. Ha dado la dirección de Courbevoie. Es José el que lleva a las dos. Llegan a esa barriada desierta y se inquietan un poco. Por si se trata de un asunto turbio, acuerdan que José se quede en el coche hasta que una de las chicas le haga una señal de que todo va bien. Permanece pues en su coche un buen rato después de que el cliente les abra la puerta. Solo distingue su silueta a través de la iluminación procedente del interior. El hombre da la mano a las dos chicas. José se queda veinte minutos en el coche, hasta que Évelyne aparece en la ventana y le hace la señal convenida. José se marcha contento, tenía pensado ver el partido del PSG en Canal Plus.

Cuando dejan el piso de José Riveiro, Camille encarga a Louis que recoja las primeras informaciones sobre la segunda víctima, Josiane Debeuf, veintiún años. La pista no debería ser difícil de seguir. Es poco común que las habituales de los bulevares de las afueras sean unas desconocidas para la policía.

19.

Al encontrarse a Irène tan tranquila, recostada sobre el sofá frente a la televisión, con las dos manos apoyadas en su vientre y una hermosa sonrisa en los labios, Camille se dio cuenta de que, desde esa mañana, tenía la cabeza llena de trozos de mujer.

—¿Va todo bien? —dijo ella al verle entrar con un grueso informe bajo el brazo.

—Sí…, muy bien.

Para cambiar de tema, puso una mano sobre su vientre y preguntó:

—¿Qué tal? ¿Hay mucho movimiento ahí dentro?

Apenas terminada la frase, el telediario de las ocho daba comienzo mostrando la imagen de una furgoneta de la policía judicial que abandonaba lentamente la rue Félix-Faure en Courbevoie.

Evidentemente, a la hora a la que habían llegado, los cámaras no habían tenido gran cosa que llevarse a la boca. Las imágenes mostraban bajo todos los ángulos la entrada del loft, puertas cerradas, algunas idas y venidas de los últimos técnicos de la científica, un primer plano de las ventanas también cerradas. El relato sonaba con voz grave, como a la hora de las grandes catástrofes. Ese único indicio bastaba a Camille para comprender que la prensa contaba con sacar mucho jugo del suceso y que no lo soltaría sin una razón sólida. Por un instante, esperó que no tardaran en acusar a un ministro.

La aparición de las bolsas de plástico era objeto de un tratamiento especial. No todos los días se ven tantas bolsas de plástico. El locutor subrayaba lo poco que se sabía del «terrible drama de Courbevoie».

Irène no decía nada. Miraba a su marido, que acababa de aparecer en pantalla. Al salir del loft al final de la jornada, Camille se había limitado a repetir lo que había dicho horas antes. Pero esta vez había imágenes. En medio de un círculo de micrófonos que colgaban de los extremos de las pértigas, había sido grabado en plano picado, como para subrayar lo incongruente de la situación. Por suerte, el tema había llegado bastante tarde a las redacciones.

—No han tenido mucho tiempo para hacer el montaje —comentó profesionalmente Irène.

Las imágenes confirmaban su diagnóstico. El resumen de Camille era discontinuo. Solo habían conservado lo mejor.

—Dos mujeres jóvenes, de identidad desconocida, asesinadas. Se trata de un crimen… particularmente salvaje —«¿Cómo se me ocurrió decir algo así?», se preguntó Camille—. La jueza Deschamps se hará cargo de la investigación. Es todo lo que podemos decirles por ahora. Deben dejarnos trabajar…

—Mi pobre amorcito… —dijo Irène al final de la noticia.

Después de cenar, Camille hizo ademán de ver algo en la tele, pero prefirió hojear una revista o dos, y más tarde sacó algunos papeles del secreter que recorrió con la mirada, bolígrafo en mano, hasta que Irène le dijo:

—Harías mejor en trabajar un poco. Eso te relajaría…

Irène sonreía.

—¿Vas a acostarte tarde? —preguntó.

—No —replicó Camille—. Le echo un vistazo por encima y voy.

20.

Eran las once de la noche cuando Camille dejó sobre su mesa el informe «01/12587». Informe grueso. Se quitó las gafas y se masajeó lentamente los párpados. Le gustaba ese gesto. Él, que siempre había tenido una vista excelente, a veces había esperado impaciente que le llegase el momento de ponerlo en práctica a él también. De hecho, había dos gestos. El primero consistía en retirar las gafas con un movimiento amplio de la mano derecha, girando ligeramente la cabeza para acompañar el gesto, para envolverlo, por así decirlo. Al segundo, que era una versión refinada, añadía una sonrisa algo enigmática, y cuando salía redondo, las gafas pasaban, con discreta torpeza, a la mano izquierda para que la otra pudiese tenderse hacia el visitante al que se dedicaba el gesto, como una ofrenda estética al placer de encontrarle. En el segundo gesto se retiraban las gafas con la mano izquierda, cerrando los párpados, se dejaban al alcance de la mano y después se masajeaba el puente de la nariz con el pulgar y el corazón, con lo que el índice quedaba apoyado en la frente. En esta versión, los ojos permanecían cerrados. Con ese gesto se pretendía alcanzar la relajación tras un esfuerzo o un excesivo período de concentración (podía acompañarse también de un profundo suspiro, si se deseaba). Era un gesto de intelectual ligeramente, muy ligeramente, envejecedor.

La larga experiencia en informes, actas y atestados de todo tipo le había enseñado a moverse rápidamente por expedientes voluminosos.

El caso había empezado con una llamada anónima. Camille buscó el parte: «Ha habido un asesinato en Tremblay-en-France. Vertedero de la rue Garnier». No había dudas de que el asesino tenía su método. Hay que ver qué rápido se adoptan las costumbres.

Esta repetición tenía evidentemente tanto sentido como las mismas frases. La fórmula elegida era sencilla, estudiada, nada más que informativa. Dejaba ver a las claras que no había ni emoción ni pánico, ni el más mínimo afecto. Y la repetición idéntica de la fórmula no se debía en ningún caso al azar. Decía en sí misma mucho sobre la maestría, real o supuesta, del asesino, que se convertía en mensajero de sus propios crímenes.

La víctima había sido identificada rápidamente como Manuela Constanza, joven prostituta de veinticuatro años, de origen español, que prestaba sus servicios en un hotel infecto en una esquina de la rue Blondel. Su amigo, Henri Lambert, llamado «el gordo Lambert» —cincuenta y un años, diecisiete arrestos, cuatro condenas, dos de ellas por proxenetismo con agravante—, había sido detenido inmediatamente. El gordo Lambert hizo un cálculo rápido y prefirió confesar su participación, el 21 de noviembre de 2001, en el atraco a un centro comercial de Toulouse, lo que le valió una condena de dieciocho meses de prisión, pero le evitó la acusación de asesinato. Camille prosiguió la lectura del dosier.

Fotos en blanco y negro de una precisión asombrosa. Y luego esto: un cuerpo de mujer partido en dos a la altura de la cintura.

—Pero bueno… —dejó escapar Camille—. Pero ¿qué clase de tipo…?

Primera foto: una de las mitades del cuerpo desnuda, la parte inferior. Las piernas muy abiertas. Habían arrancado un gran trozo de carne del muslo izquierdo, y una larga cicatriz, ya ennegrecida, revelaba una herida profunda que iba de la cintura hasta el sexo. En esa postura se adivina que las dos piernas han sido quebradas a la altura de las rodillas. La ampliación de la foto de una falange del pie muestra la huella estampada de un dedo, hecha con un tampón de tinta. La firma. La misma que encontraron en la pared del loft de Courbevoie.

Segunda foto: la otra mitad del cuerpo. Los senos acribillados a quemaduras de cigarrillo. El derecho seccionado. Solo unido al resto del cuerpo por unos jirones de carne y piel. El izquierdo desgarrado. Sobre cada seno las heridas son profundas, y llegan hasta los huesos. Sin duda la joven fue atada. Todavía se percibe la marca intensa, como de quemadura, causada posiblemente por cuerdas de un diámetro respetable.

Tercera foto: primer plano de la cabeza. El horror. El rostro no es más que una herida. La nariz está profundamente hundida en la cabeza. La boca ha sido agrandada con una cuchilla de oreja a oreja. El rostro parece mirarte con una repugnante mueca sonriente. Insoportable. La joven tenía el pelo muy negro, de ese color que los escritores llaman «negro azabache».

A Camille le falta el aliento. Le entran náuseas. Levanta los ojos, mira la habitación y se sumerge de nuevo en la foto. Vuelve a sentir, frente a esa joven cortada en dos, cierta familiaridad. Recuerda la expresión de un periodista: «Ese rictus es la atrocidad total». Los dos cortes con la cuchilla comienzan exactamente en la comisura de los labios y ascienden en curva hasta justo debajo de los lóbulos de las orejas.

Camille deja las fotos, abre la ventana y mira la calle y los tejados durante unos instantes. El crimen de Tremblay-en-France se remontaba a diecisiete meses atrás, pero nada probaba que hubiera sido el primero. Ni el último. La cuestión podría ser ahora saber con cuántos iban a encontrarse. Camille se columpiaba entre el alivio y la inquietud.

Técnicamente, había algo esperanzador en la forma en que las víctimas habían sido ejecutadas. Se correspondía con un perfil de psicópata bastante conocido, lo que suponía una ventaja para la investigación. El aspecto preocupante lo constituía la escena del crimen de Courbevoie. Más allá de la premeditación, existían demasiados elementos incoherentes, objetos lujosos abandonados en la escena, decorado extraño, signos de exotismo americano, teléfono sin línea… Rebuscó en los informes de la investigación. Una hora más tarde, su inquietud había encontrado dónde campar a sus anchas. El crimen de Tremblay-en-France también estaba salpicado de numerosas zonas oscuras, cuya lista empezó a confeccionar en su mente.

Los hechos curiosos tampoco faltaban en ese caso. Primero, la víctima, Manuela Constanza, tenía el pelo extrañamente limpio. Un informe pericial subrayaba que se lo habían lavado con un champú corriente con olor a manzana horas antes del descubrimiento del crimen, quizás después de la muerte de la joven, que se calculaba en unas ocho horas antes. Era difícil imaginar a un asesino que desfiguraba a una mujer y le cortaba el cuerpo en dos tomándose luego la molestia de lavarle el pelo… Curiosamente, algunas vísceras habían desaparecido. No había rastro de intestinos, ni de hígado, ni de estómago, ni de vesícula biliar. De nuevo, pensaba Camille, el carácter sin duda fetichista del asesino que conserva tales trofeos casaba mal con el perfil del psicópata que parecía definirse a primera vista. De cualquier modo, sería necesario esperar al día siguiente los resultados de la autopsia para saber si en el caso que les ocupaba faltaba alguna víscera.

Las dos víctimas de Courbevoie y la de Tremblay habían conocido con toda probabilidad al mismo hombre, la presencia de la falsa huella dactilar no dejaba duda alguna sobre ese punto.

Hecho diferencial: en la víctima de Tremblay, ni el menor rastro de violación. El informe de la autopsia confirmaba relaciones sexuales consentidas en los ocho días que precedían a la muerte, pero los restos de esperma no permitían saber, por supuesto, si se trataba de relaciones con el asesino.

La víctima de Tremblay-en-France había recibido latigazos, algo que en principio era común a ambos crímenes, pero el informe calificaba esos golpes de «benignos», al estilo de los que pueden intercambiar las parejas fetichistas sin mayores consecuencias.

Coincidencia: la joven había sido asesinada de una forma que varios informes calificaban de «brutal» (le habían roto las piernas con algo similar a un bate de béisbol, la tortura que había sufrido podía haber durado casi cuarenta y ocho horas, el cuerpo había sido partido en dos con un cuchillo de carnicero), pero la dedicación con la que el asesino parecía haber vaciado el cuerpo de sangre, lavado con abundante agua y devuelto limpio como una patena a la sociedad no tenía nada que ver con la morbosidad con la que en Courbevoie había regado de sangre las paredes, obteniendo un evidente placer en verterla y observarla.

Camille volvió a mirar las fotos. Estaba claro que nadie podría acostumbrarse nunca a esa sonrisa repugnante que sin embargo recordaba, a todas luces, la cabeza clavada en la pared del piso de Courbevoie…

Ya de madrugada, Camille sintió un ataque de vértigo provocado por el cansancio. Cerró el dosier, apagó la luz y se metió en la cama donde dormía Irène.

Hacia las dos y media de la mañana, seguía sin dormir. Acariciaba pensativo el vientre de Irène con su manita redonda. El vientre de Irène era un milagro. Velaba el sueño de esa mujer cuyo olor le llenaba, como parecía llenar también toda la habitación y toda su vida. A veces el amor era así de simple.

A veces, como esa noche, la miraba y una terrible sensación de milagro le encogía el corazón. Pensaba que Irène era increíblemente hermosa. ¿Lo era realmente? Se había hecho esa misma pregunta en otras dos ocasiones.

La primera cuando cenaron juntos, tres años atrás. Irène llevaba ese día un vestido azul oscuro, cerrado por una fila de botones de arriba abajo, el tipo de vestido que los hombres se imaginan desabotonando enseguida, y que las mujeres llevan precisamente para eso. En su escote, un sencillo colgante de oro.

Había recordado una frase que había leído mucho tiempo antes, que hablaba de la «ridícula prevención de los hombres sobre el recato de las rubias». Irène tenía un aire sensual que desmentía aquel juicio. ¿Irène era hermosa? La respuesta era «sí».

La segunda vez que se había hecho la pregunta había sido siete meses antes: Irène llevaba el mismo vestido, solo que el colgante había cambiado, ahora llevaba el que Camille le había regalado el día de su boda. Se había maquillado.

—Sales… —había preguntado Camille al llegar.

De hecho, no era una pregunta, más bien una especie de constatación interrogativa, de su propia cosecha, heredada de la época en que pensaba que Irène era uno de esos paréntesis que a veces la vida tiene el buen gusto de ofrecerte y la lucidez de quitarte.

—No —respondió ella—, no salgo.

Su trabajo en los estudios de montaje le dejaba poco tiempo para preparar la comida. En cuanto a Camille, sus horarios dependían directamente de la miseria del mundo, así que llegaba tarde y se marchaba temprano.

Esa noche, sin embargo, la mesa estaba puesta. Camille respiró cerrando los ojos. Salsa bordelesa. Ella se inclinó para besarle. Camille sonrió.

—Está usted muy guapa, señora Verhoeven —dijo acercando su mano a su pecho.

—Primero el aperitivo —respondió Irène esquivándole.

—Por supuesto. ¿Qué se celebra? —preguntó él mientras se encaramaba en el sofá.

—Una noticia.

—¿Una noticia de qué?

—Una noticia sin más.

Irène se sentó a su lado y le agarró de la mano.

—A priori, parece más bien una buena noticia —dijo Camille.

—Eso espero.

—¿No estás segura?

—No del todo. Hubiese preferido que la noticia llegase un día en el que estuvieras menos preocupado.

—No, solo estoy cansado —protestó Camille acariciándole la mano para disculparse—. Necesito dormir.

—La buena noticia es que yo no estoy cansada y que también me gustaría irme a la cama.

Camille sonrió. La jornada había estado marcada por apuñalamientos, detenciones problemáticas, gritos en los locales de la Brigada…, una auténtica herida vital, completamente abierta.

Pero Irène conocía el arte de la transición. Era de esas personas que generan confianza, de esas que saben manejar las situaciones. Habló del estudio, de la película en la que trabajaba («una gilipollez, ni te imaginas…»). La conversación, el calor del apartamento, el cansancio de la jornada ya pasada. Camille sintió ascender dentro de él un bienestar que le arrastraba al letargo. Ya no escuchaba. Su voz le bastaba. La voz de Irène.

—Bueno —dijo ella—. Vamos a comer.

Iba a levantarse cuando pareció que acababa de recordar algo.

—Oye, ahora que lo pienso, tengo dos cosas que decirte. No, tres.

—Venga —dijo Camille apurando su vaso.

—Cenamos en casa de Françoise el 13. ¿Puedes o no puedes?

—Puedo —respondió él tras un instante de reflexión.

—Vale. Segunda cosa. Tengo que echar cuentas, dame los recibos de tu tarjeta de crédito.

Camille bajó del sofá, sacó la cartera de su bolsa de mano, rebuscó y extrajo un montón de tiques arrugados.

—No vas a ponerte a hacer cuentas esta noche —añadió dejando el montón sobre la mesita baja—. Ya ha sido un día bastante duro.

—Claro —dijo Irène dirigiéndose a la cocina—. Vamos, a la mesa.

—¿No habías mencionado tres cosas?

Irène se detuvo, se volvió y fingió recordar.

—¡Ah, sí! Esto… ¿Te gustaría ser papá?

Irène estaba de pie cerca de la puerta de la cocina. Camille la miró con cara de estúpido. En un acto reflejo, su mirada descendió hasta su vientre, perfectamente plano sin embargo, y subió hasta su rostro. Vio que sus ojos reían. La idea de un hijo había sido objeto de largas discusiones entre ellos. Un auténtico desacuerdo. Al principio Camille había intentado ganar tiempo, pero Irène había seguido insistiendo. Camille se había escudado prudentemente en la genética, Irène había sorteado prudentemente el obstáculo mediante un chequeo en profundidad. Camille había utilizado su mejor carta: la negación. Irène la suya: tengo treinta años. La suerte estaba echada. Y la partida terminada. Entonces se preguntó por segunda vez si Irène era hermosa. La respuesta fue «sí». Tuvo la sensación absurda de que nunca volvería a plantearse la cuestión. Y, por primera vez desde la Edad Media, sintió brotar las lágrimas, un auténtico llanto de felicidad, algo así como si la existencia te explotase en plena cara.

21.

Ahora estaba allí, en la cama, con una mano bien apoyada sobre su vientre repleto. Y bajo su mano, sintió un golpe, brutal y algodonado. Completamente despierto, sin mover un solo músculo, esperó. Irène, en su sueño, lanzó un pequeño gruñido. Pasó un minuto, luego otro. Paciente como un gato, Camille acechaba, y llegó un segundo golpe, justo bajo su mano, algo diferente, una especie de movimiento aterciopelado, como una caricia. Era lo habitual. No podía decir más que la feliz estupidez: «La patadita», como si en su propia vida todo hubiese empezado de pronto a dar pataditas. La vida estaba allí. Sin embargo, durante un instante, se interpuso en ella la cabeza de una chica clavada en la pared. Apartó la imagen e intentó concentrarse en el vientre de Irène, en toda la felicidad del mundo, pero el mal estaba hecho.

Ahora la realidad había vencido al sueño, y comenzaron a desfilar las imágenes, primero lentamente. Un bebé, el vientre de Irène, después un grito de lactante de una presencia casi palpable. La máquina empezó a acelerar el ritmo, el hermoso rostro de Irène cuando hacía el amor, y sus manos, después dedos cortados, los ojos de Irène, y la horrible sonrisa de otra mujer, una sonrisa abierta de oreja a oreja… El tráiler de la película se convertía en una locura.

Camille se sentía inmerso en una lucidez asombrosa. La vida y él llevaban riñendo un tiempo. De pronto pensó que esas dos chicas cortadas en pedazos transformaban, inexplicablemente, la riña en combate. Dos chicas como la que él acariciaba en ese momento, dotadas también de un par de nalgas redondas y blancas, carne firme de mujer joven, dotadas también de un rostro como aquel, de nadadora boca abajo en el instante del sueño, con su respiración lenta y pesada, el ligero ronquido, las apneas inquietantes para el hombre que las ama y las observa dormir, y de cabellos como aquellos, que serpentean sobre una nuca conmovedora. Esas chicas eran exactamente como esa mujer, la que ahora amaba. Y un buen día habían llegado…, ¿cómo?, ¿invitadas?, ¿contratadas?, ¿obligadas?, ¿secuestradas?, ¿pagadas? Lo cierto es que habían terminado seccionadas, troceadas por unos tipos que simplemente tenían ganas de cortar en pedazos a chicas de traseros pálidos y apetecibles, que ninguno de ellos se había sentido conmovido por una sola de sus suplicantes miradas cuando comprendieron que iban a morir, las mismas miradas que les habían podido excitar, y que aquellas chicas hechas para el amor, para la vida, habían ido a morir, ni siquiera se sabía cómo, en aquel piso, en aquella ciudad, en aquel siglo en que él, Camille Verhoeven, policía de lo más ordinario, gnomo de la policía judicial, pequeño trol pretencioso y enamorado, en que él, Camille, acariciaba el vientre sublime de una mujer que era siempre la novedad absoluta, el auténtico milagro del mundo. Había algo que no cuadraba. En un último destello agotado, se vio volcando toda su energía en esas dos metas absolutamente supremas, definitivas: en primer lugar, amar tanto como le fuera posible ese cuerpo que estaba acariciando y del que iba a surgir el más inesperado de los regalos; en segundo lugar, buscar, acorralar y encontrar a aquellos que se habían cargado a esas chicas, las habían follado, violado, asesinado, cortado en pedazos y estampado contra la pared.

Justo antes de dormirse, Camille tuvo tiempo de emitir una última apreciación:

—Estoy realmente cansado.

Martes, 8 de abril de 2003

1.

Había ido leyendo la prensa en el metro. Su temor, que era lo mismo que decir —como todos los pesimistas— su diagnóstico, se había confirmado. Los periódicos ya se habían enterado de la relación establecida con el caso de Tremblay-en-France. La rapidez con la que este tipo de información llegaba a sus manos era tan fulgurante como lógica. Los redactores free lance se dedicaban a pulular por las comisarías y era sabido que muchos policías trabajaban como informadores para ciertas redacciones. A pesar de todo, Camille intentó reflexionar un instante sobre el recorrido que habría seguido esa información desde el final de la tarde del día anterior, pero la tarea era realmente imposible. El hecho estaba allí. Los periódicos anunciaban que la policía había descubierto coincidencias significativas entre el crimen de Courbevoie, del que solo tenían unos pocos datos, y el de Tremblay, sobre el que, por el contrario, disponían de informes muy detallados. Los ladillos rezumaban sensacionalismo, los redactores habían puesto toda la carne en el asador con titulares como «El destripador de la periferia», «El asesino de Tremblay reincide en Courbevoie» o «Después de Tremblay, carnicería en Courbevoie».

Entró en el Instituto Médico Forense y se dirigió a la sala que le habían indicado.

Maleval, con su simplismo a veces fructífero, consideraba que el mundo estaba dividido en dos categorías diferentes: indios y vaqueros. Era una forma de modernizar, en un estilo primario, la distinción tradicional que, burdamente, mucha gente hace entre introvertidos y extrovertidos. El doctor N’Guyen y Camille eran ambos indios: silenciosos, pacientes, observadores y atentos. Nunca les había hecho falta pronunciar muchas palabras y se comprendían tan solo con la mirada.

Había quizás entre el hijo de un refugiado vietnamita y el policía en miniatura una solidaridad secreta forjada por la adversidad.

En cuanto a la madre de Évelyne Rouvray, parecía una provinciana de visita en la capital. Embutida de arriba abajo en una ropa que vagamente habría sido de su talla, le pareció entonces más pequeña que la víspera. El dolor, sin duda. Olía a alcohol.

—No tardaremos mucho —dijo Camille.

Entraron en la sala. Sobre la mesa yacía ahora una forma que podía recordar ligeramente a un cuerpo entero. El conjunto había sido cubierto con esmero. Camille ayudó a la mujer a acercarse hasta allí e hizo una seña al tipo de la bata, que descubrió cuidadosamente la cabeza, sin ir más lejos, sin pasar del cuello, bajo el que no había nada.

La mujer miró sin comprender. Su mirada no decía nada. La cabeza sobre la mesa era como un objeto de atrezo que llevaba la muerte dentro. Aquella cabeza no se parecía a nada ni a nadie y la mujer dijo sí, nada más que sí, alelada. Fue necesario agarrarla para que no se derrumbara.

2.

En el pasillo esperaba un hombre.

Camille, como todo el mundo, juzgaba a los hombres según su propia medida. Para él, este no era demasiado alto, un metro setenta quizás. Lo que más le llamó la atención fue su mirada. Aquel hombre era ante todo una mirada. Podía tener unos cincuenta años, el tipo de persona que se cuida, que lleva una vida ordenada y corre veinticinco kilómetros los domingos por la mañana, tanto en invierno como en verano. De los que permanecen alerta. Bien vestido, sin pasarse, mantenía sobriamente en la mano una cartera de cuero clara y esperaba con paciencia.

—Doctor Édouard Crest —anunció tendiendo su mano—. Me envía la jueza Deschamps.

—Gracias por acudir tan pronto —dijo Camille mientras se la estrechaba—. He pedido que viniese porque necesitamos un perfil de esos tipos, de sus posibles motivaciones… Tengo una copia para usted de los informes preliminares —añadió tendiéndole una carpeta de cartón.

Camille le miró con más atención mientras recorría con la vista las primeras hojas. «Un tipo guapo», se dijo, y esa reflexión le condujo a Irène, inexplicablemente. Aparecieron unos celos fugitivos que rechazó al momento.

—¿Cuánto tiempo necesita? —preguntó.

—Se lo diré después de la autopsia —respondió Crest—, en función de los elementos que pueda utilizar.

3.

Al primer vistazo, Camille se dio cuenta de lo diferente que resultaba el asunto. Una cosa había sido contemplar la abominable cabeza —o lo que habían hecho con ella— de Évelyne Rouvray. Otra muy distinta practicar una autopsia que además parecía un puzle macabro.

Normalmente los cuerpos extraídos de las cámaras refrigeradas sugerían una terrible miseria, pero la miseria en sí tenía algo de vivo. Para sufrir, hay que vivir. Pero esta vez el cuerpo daba la impresión de haberse disuelto. Llegaba simplemente por paquetes, como trozos de atún al peso en una lonja marítima.

En la sala de autopsias, sobre las mesas de acero inoxidable, bajo las protecciones, se distinguían masas algo vagas, de tamaños diferentes. Aunque no habían sacado todo, ya se hacía difícil imaginar que aquellos fragmentos hubiesen podido formar uno o dos cuerpos. Delante del mostrador de un carnicero, a nadie se le ocurre recomponer mentalmente el animal entero.

Los doctores Crest y N’Guyen se dieron la mano como si se hubieran encontrado en un congreso. El representante de la locura saludó dignamente al de la atrocidad.

A continuación, N’Guyen se ajustó las gafas, se aseguró de que la grabadora estaba en marcha y decidió empezar por un vientre.

—Nos encontramos ante una mujer de tipo europeo, de una edad aproximada…

4.

Philippe Buisson quizás no era el mejor, pero estaba entre los más tenaces. El mensaje «El comandante Verhoeven no desea hablar con la prensa a estas alturas de la investigación» no provocaba en él emoción alguna.

—No le pido que haga una declaración. Solo quiero hablar con él un momento.

Había empezado a llamar el día anterior al final de la jornada. A las once, la recepcionista comunicaba a Camille que era la decimotercera vez que le llamaba. Se lo comunicó con cierto hartazgo.

Buisson no era una estrella. Le faltaba lo esencial para ser un gran periodista, pero era un buen peri ...