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VIDA VIUDA

Armando Uribe  

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Fragmento

I

«Hola, hola…». Son las últimas palabras que oigo de quien maneja la grabadora a través de la cual —de manera hablada— recordaré los años postreros desde que regresé a Chile. Distintas personas —amigas, claro— me han dicho que debería continuar mis Memorias para Cecilia, un mamotreto de casi seiscientas páginas publicado hace algún tiempo y que también fue grabado con la fortuna de tener a una persona que me ayudase.

Esa primera vez fueron cuarenta días. Ahora no sé qué título ponerles a estas nuevas memorias. Lo que creo es que pasaré por el «desierto de hablar» durante un número menor de días, a pesar de que con los años me he puesto parlanchín, aficionado a los soliloquios y monólogos. De hecho, desde 1990 he grabado y aun registrado en película o video una serie de monólogos sin asunto predeterminado, sin tema, sin recurrir a libros, utilizando la memoria y también la capacidad de inventar el pasado para volverlo presente.

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Cuando iba a publicar mis Memorias para Cecilia, una señora —madre de una persona relacionada con el texto— me preguntó si tenía derecho a editar dicho volumen, pues al cabo yo no era ningún personaje. Le encontré toda la razón, pero me dije que a veces las memorias, como los diarios de vida de personas que no son ni personalidades ni personajes, tienen interés porque muestran la vida común y corriente de la gente. Es la excusa para hacer este libro, al cual concibo como un suplemento de las Memorias para Cecilia de acuerdo con una vieja costumbre literaria, que consiste en reunir todos los recuerdos personales o históricos que no cupieron en el primer libro y ponerlos en un apéndice.

Yo he sido muy apasionado de las memorias, las autobiografías y los diarios de vida. Recuerdos que distintos escritores y aquellos que creían no serlo —como es el caso de cierto número de personas públicas— atesoran, con la idea, o sin ella, de que pasado el tiempo desde que se dictan o se escriben, alguien pueda interesarse por sus rememoraciones. Reminiscencias que para el lector se transforman en un doble pasado.

Hasta ahora he publicado muchas más páginas y palabras en prosa que los libros en verso y selecciones de ellos convertidos en volúmenes. Aquello que otros llaman poesía, pero a lo que no me atrevo a designar con ese nombre tan alto y bello, porque solo cuando esté muerto —si es que dura algo de lo que he escrito— las nuevas generaciones podrán decir o creer si esos libros llamados de poesía verdaderamente lo son.

Palabras cargadas de energía, emoción y sentido hasta el extremo. A uno le consta que ha escrito y escribe versos, pero no que sean realmente poesía. Poesía cargada hasta el máximo de vigor, del sentimiento más profundo y de un sentido que a veces también incluye los sinsentidos, las insensateces. Sentimientos que provienen del inconsciente personal y también de la participación que uno tiene en el inconsciente colectivo.

¿Por qué se escriben versos? Es casi imposible saberlo. Yo diría que «para fregar la pita», citando sin saber a quién. Pero, al mismo tiempo, me complazco en tener una versión para el público: a los catorce años (el año cuarenta y ocho) pasé a escribir poesía en verso o verso que quiere ser poesía. La explicación es ésta: cuando tenía dieciséis, en octubre de 1950, apareció un domingo en El Mercurio un largo artículo firmado por quien era en esa época, y desde hacía tres años, mi profesor de castellano en el colegio Saint George, al que nosotros llamábamos San Jorge.

El autor se llamaba Roque Esteban Scarpa. El artículo, para mi sorpresa, se titulaba «Poesía de Armando Uribe Arce». En dicho escrito, Scarpa comentaba lo que nunca me había dicho directamente, ni en los recreos o después de clases, ni tampoco en la Academia Literaria que él asesoraba en el colegio. En realidad, me puso por los «cuernos de la luna», o más bien puso lo que escribía a gran altura. A las pocas semanas yo cumpliría los diecisiete años de edad.

Scarpa citaba un poema, más largo que lo habitual entre los míos, titulado «Los sábados nocturnos». Él tenía los originales escritos a mano, en papel de cuadernos de colegio. Comencé a entregarle papeles originales o copiados el año cuarenta y ocho, a los catorce años, en reuniones que hacíamos durante los últimos cursos de Humanidades, como se llamaba entonces a los estudios que ahora denominan media o medios. La palabra Humanidades era más noble y correcta, o al menos lo era en esa época. El primer texto que escribí en verso tenía ocho breves líneas y solo lo publiqué en 1998, o sea, cuando ya estaba en Chile después del destierro. El libro que lo contiene se llama Odio lo que odio, rabio como rabio.

Cuando se hizo esta publicación, cincuenta años después de haber escrito el texto, desafié a algunos amigos a que descubrieran cuál era entre todos los poemas que aparecen en el libro. Nunca pudieron determinarlo. Lo anterior es un índice de la majadería que he tenido durante toda mi vida, por lo menos desde los catorce años. La porfía de continuar y continuar escribiendo textos que podrían ser indistintamente de mis catorce años o de mis veintiocho, como de los cuarenta o los veinte.

No digo que esto sea una virtud, podría jactarme de que demuestra una coherencia o una integridad personal, pero prefiero llamarlo con una expresión banal que en consecuencia no dice nada: seguir siendo como soy, en el entendido de que uno es una sola y misma persona durante toda la vida. Contrario a lo que creen algunos, que afirman que dentro de su corazón tienen muchas almas, o dentro de su cerebro o no sé en qué parte de su cuerpo. Yo creo ser el mismo, aunque —como dicen los magazines— uno cambia de piel, de cutis cada siete años. Sigo siendo el mismo y hasta la apariencia física creo que no me ha cambiado demasiado. Siempre he tenido las orejas grandes, narigón, de cara larga y poco sonriente.

Mi jactancia respecto del por qué escribo poesía se explica así: en el artículo Scarpa decía: «No sé si me va a perdonar que haga públicos sus versos y describa su manera de ser». Al día siguiente, un lunes de octubre, después de la clase de castellano me acerqué a él durante el recreo y le dije: «Le contesto ahora que en verdad no se lo perdono». «¿Por qué?», me replicó. «Porque al publicar mis versos me ha obligado a seguir escribiendo poesía por el resto de mi vida». «Pero yo no te obligo a nada», reclamó. «Es cierto que no me obliga a nada. Pero, tal como señala la Parábola de los Talentos del Evangelio (la cual usa la metáfora de la moneda para referirse a los talentos personales, intelectuales, emocionales, amistosos, capacidades, o lo que sea), se concluye que cuando a uno le reconocen sus talentos está obligado a hacerlos fructificar. Es por eso que siento que su artículo significa que estaré obligado a escribir hasta el fin de mis días».

La historia es completamente cierta, pero claro que al relatarla como lo hice adquiere más elegancia y hasta una cierta sabiduría.

La cosa es más simple, pero también mucho más compleja. Existe algo que impulsa a escribir poesía. Es una pulsión que sin duda está afiatada en las profundidades del inconsciente. Dicha pulsión o impulso depende de las proezas y fracasos, de las luchas y batallones que se hacen daño dentro del inconsciente de cada ser humano y también en el inconsciente colectivo, como, por ejemplo, en el de una nación, que en este caso sería Chile.

En cuanto a los versos de esa época inicial, confieso que mi memoria es mala para las propias creaciones y en general es selectiva. Recuerdo bien las cosas que me han importado mucho. Al parecer, mis propios versos no me han importado tanto como para recordarlos. Claro que vagas ideas tengo, como esos escritos en ocho líneas de 1948 y publicados cincuenta años después. Comienza con algo así como: «Eres frío, desaliento, / eres arduo, eres fuerte, / oigo tu sordo lamento / anticipo de la muerte / cuando el proceso lento / de la injusticia humana / me llena del desaliento / que de mi alma emana». Me acordé de esto nada más porque recordé la primera línea. Hace unos instantes recordaba mal esa línea: «Cómo eres agrio desaliento…».

Por lo demás, copiando ese primer texto mío, hace pocos años, un amigo, José Miguel Varas, cayó en una errata al transcribir las primeras líneas, lo que, como muchas veces ocurre, mejoró el texto. Tal errata fue introducir una palabra inesperada, pero correcta en el ánimo en que se presta. «Eres frío, desaliento», escribí y Varas puso: «Eres cuervo». Seguramente mejoró el texto.

Recuerdo que el título —en esa época le ponía título a mis versos, lo que he dejado de hacer hace muchísimos años— era la primera línea del texto. Algo que utilizo ahora en los índices de los libros, donde pongo las primeras líneas como si fueran los títulos. Pero dentro de los libros nunca va con letras grandes un título. «Los sábados nocturnos colmados de ansias…». Y ahí me detengo porque no recuerdo nada más. Sí sé que describe un hecho real de ese año 1950; debo decir que todos los textos en versos que he publicado se refieren a experiencias mías. Ese era el propósito.

Pero también debo agregar que las experiencias no se reducen de ninguna manera a aquellas de la vida externa a la carne. Es decir, encuentros con otras personas, conversaciones, actos y hechos que uno realiza en el mundo respecto de su materia. También son experiencias aquellas que se dan en el espíritu.

La carne, para cada ser humano, es el cuerpo y la psique. La psicología es también carne, depende de la materia de la cual uno está hecho. He llegado a creer que, si bien la conciencia racional puede estar situada principalmente en el cerebro, el inconsciente está en todo el cuerpo y, extremando como lo hago siempre en estas cosas, digo que el inconsciente está en las uñas de los pies, en los interiores, en los huesos, en las entrañas; en todo lo que es carne está el inconsciente. Por lo tanto, la psique, consciente e inconsciente, está en la carne. El alma es otra cosa, desde luego.

La experiencia específica de ese sábado consistió en caminar, ya caída la noche, para ir a una fiesta con niñas de mi propia edad, dieciséis o diecisiete años, por calles arboladas. Era invierno, con el cielo amenazando lluvia y oscuro, y en cierto modo iba preparándome para ese encuentro con otras personas. Me dirigía a un lugar con luz, con niñas, con amigos y donde se comía y se tomaba algunas bebidas alcohólicas, pocas a esa edad y en el medio donde me movía. Lugares donde además se bailaba, lo que yo hacía muy mal, así es que mis bailes eran más que nada conversaciones dando pequeños pasos con mi acompañante. O bien, desde un ángulo del salón, pegado a un rincón, miraba con mi cara seria y algo irónica a las parejas que daban vueltas, a veces rozándose levemente unas con otras.

Señalo esta experiencia como ejemplo de hasta qué punto mis versos revelan experiencias. En otros casos, las experiencias pueden ser interiores, sueños, fantasías o vigilias. El haberlas tenido, que tomen tal o cual forma expresadas en palabras, supone que son también experiencias que consideré importantes al momento de escribir. Incluso esto de «desaliento en el cuerpo…» estoy convencido que corresponde a una experiencia de decepción o desencanto, de perder el aliento, el aire en los pulmones. Experiencia que ha terminado como un hecho material porque, cincuenta y ocho años después, se transformó en mi dificultad para respirar debido a un enfisema pulmonar que me ha afectado y debo analizar. Me dicen que debo dejar el cigarrillo…

Son experiencias también las reflexiones que uno ha realizado, los pensamientos, las intuiciones, los recuerdos, todas las operaciones tanto conscientes como inconscientes de la psique. Por lo tanto, toda poesía que tenga algo de vigor debe exigir que la experiencia —traducida en palabras, cortes de líneas o puntuación— corresponda a situaciones precisas y concretas, aunque uno no siempre pueda puntualizar fechas, días y horas.

En todos mis libros en prosa (habrá alguna excepción) recuerdo haber relatado recuerdos, memorias o experiencias con mucha subjetividad. Eso ocurre no solo en las Memorias para Cecilia, sino también en un libro escrito en 1974 y publicado por primera vez en castellano en 2003: «Caballeros» de Chile.

Allí hay muchos recuerdos de infancia y adolescencia. También verifico mi presencia personal en mis ensayos literarios, como ocurre en los libros publicados en los sesenta Pound o Léautaud y el otro. El «otro» de aquel volumen soy yo mismo y por lo tanto aparezco muchas veces.

Asimismo, en muchas ocasiones afloran intimidades de mi vida, como señalar lo que leía de Pound en Roma cuando hacía mi posgrado en Derecho y mi mujer estudiaba Historia del Arte. Esta situación se repite incluso en el prefacio de una suerte de diccionario de leyes que publiqué en los años sesenta, en Santiago, donde hice una comparación entre las palabras de la ley y las de la poesía a partir de mi experiencia. En las cartas abiertas que he publicado en los noventa y después del 2000, también introduje elementos personales, confrontando a las dos personas de las distintas cartas: Patricio Aylwin y Agustín Edwards.

Decía que he publicado muchas más páginas en prosa que en verso, aunque los libros en este género superen en número a los de prosa. Además, mis versos son breves. Pero los asuntos que trato en prosa resultan ser más extensos y de más palabras. Reconozco que le doy mayor importancia a la poesía que a la prosa. Sin embargo, afirmo que lo contrario a la prosa no es la poesía, sino el verso. En las obras importantes en prosa, incluyendo novelas, ensayos, etcétera, uno encuentra palabras cargadas también de energía, emoción y sentimiento.

Las Memorias para Cecilia terminan con mi retorno definitivo a Santiago después de muchos años de un destierro que comienza el día del golpe y termina formalmente cuando se levanta mi prohibición de regreso al país. Yo estaba en las listas de quienes no podían siquiera tocar el pavimento o bajar de un avión, pues cometían un delito penado con cinco años y un día o incluso con la muerte.

Que yo sepa, esta última pena no se aplicó, aunque sí mataron a personas que volvieron estando impedidas de hacerlo. Apresaban a los que llegaban sin justificación alguna. La verdad es que el destierro es una tremenda pena. En mi caso y para mi familia fue la experiencia más negativa que hemos tenido en nuestras vidas.

Lo peor que nos ha ocurrido fue el golpe de Estado de 1973, la dictadura. Si bien no sufrimos torturas ni muerte, ni pasamos por campos de concentración, padecimos duramente el destierro. Recuerdo que cuando vino el Papa Juan Pablo II a Chile dijo que el exilio es la muerte civil y de hecho es así, porque es muy distinto a estar fuera por años y luego poder volver algún día, libremente. Pero la prohibición de regresar difiere la situación del desterrado con la del viajero, diplomático o turista.

Hace años publiqué un libro titulado El criollo en su destierro, que reúne lo escrito por mí en poco menos de un mes en octubre de 1978 y donde relato la vida cotidiana de varias semanas en el destierro. En las últimas páginas de las Memorias para Cecilia, en cambio, narro en forma resumida el período del exilio y se esboza el regreso que se produjo, ya para siempre, en los meses finales de 1989. Fijé como fecha para terminar dichas memorias la entrega del gobierno (no del poder) de Pinochet a Patricio Aylwin, el 11 de marzo de 1990. Con el mismo criterio de buscar una fecha con un sentido más allá de lo personal para el término de mis memorias, pensé ahora en el 11 de marzo del 2006. Ese día el presidente Lagos le entregó el gobierno a la señora, presidenta electa, Michelle Bachelet. Pero en esta segunda edición los plazos se extienden…

Mientras elaboraba las Memorias para Cecilia y después de cierto número de monólogos digitados, mi mujer empezó a leer las páginas a medida que iban llegando. Una mañana del 11 de octubre del 2001 leyó los últimos avances (los que he borrado de mi memoria). Al poco rato tuvo un infarto al miocardio, muriendo veinte minutos después, tornando inútil mi intento de reanimarla con una respiración boca a boca.

Fue entonces que decidí el título Memorias para Cecilia y en cierto modo podría decir que fueron escritas para ella, pues fue quien me empujó a dictar dichos recuerdos. Cada vez que me sentaba a escribir las memorias me detenía y al final las abandoné después de escasas páginas manuscritas. No sentía que me resultara fácil relatar las mismas historietas, cuentos, experiencias, circunstancias que antes había intercambiado con mi mujer, con mis hijos, con amigos y otras personas en varias etapas de mi vida. Ella fue quien me dijo cómo romper el candado que me impedía escribir. Me impulsó a que repitiera oralmente esas historietas, cuentos o experiencias mencionados. Y efectivamente esas memorias fueron realizadas gracias a ese útil consejo.

Argüía antes que lo más grave que nos sucedió en la vida, a mi mujer y a mí, fue el golpe de Estado. A la vez diría que lo más importante que me ha ocurrido es haberme casado con Cecilia Echeverría Eguiguren y vivir con ella durante cuarenta y cuatro años, hasta el día de su muerte.

Las consecuencias de esa muerte, en mi vida, son el motivo para escribir este libro.

II

Se ha hablado y escrito tanto sobre la vejez, uno de los asuntos primordiales del ser humano, así como lo son también el amor y su gemelo, el odio. Lo otro es la estupidez o tontería personal y de todo el género humano; la aspiración a lo Otro, llámese Dios en mi caso, puesto que pertenezco a la Iglesia Apostólica Católica Romana, o como yo prefiero llamarla, Católica Cristiana.

Aunque dije que soy el mismo desde que tengo uso de razón, debo reconocer que la circunstancia de la materia y de la carne —cuerpo y psique— difiere de una edad a otra. Es decir, la edad que uno tiene no siempre coincide con los años cronológicos. En mi caso, dadas las obligaciones que tenía para ganarme la vida y mantener a mi mujer y a otras seis personas —cinco hijos y mi madre viuda— hizo que cada día se transformara en dos, cada mes en dos meses, cada año en dos. Por ello he concluido que, como estuve prácticamente diecisiete años en el destierro, tengo la edad cronológica que tengo más otros diecisiete años.

Pese a que esto pueda parecer una exageración, sirve para ilustrar que mi edad es mayor al tiempo que registra el calendario. Cuando volví del destierro, conversando con gente joven, de generaciones siguientes a la mía —entre ellos, Arturo Fontaine Talavera—, les dije que así como nosotros teníamos diecisiete años más por haber estado exiliados, ellos, que se habían formado en el Chile de la dictadura, poseían diecisiete menos. Lo que hacía que gente de treinta tuviera trece.

Esto me trae a la mente el caso de Andrés Bello, que siempre creyó tener un año más del que cronológicamente tenía. Y recuerdo otro ejemplo, gracias a la relectura que he hecho hace pocos meses de las memorias de Paul Léautaud. Dicho escritor francés, quien murió con más de ocho décadas en 1956, constantemente se confundía al contar sus años de vida. Cuando llegaba el día de su cumpleaños, pese a realizar los cálculos correspondientes, o se ponía de más o de menos. Este ejercicio sirve para sostener que en verdad es solo una convención el atribuir a las personas las edades que dicen los calendarios. Creo que son muchos más los años que efectivamente se acumulan a medida que pasa el tiempo.

Debo decir que soy una persona contraria a que el promedio de vida aumente, como está ocurriendo en el mundo y en Chile con el auxilio de los nuevos tratamientos médicos. Por un lado, esto origina gerontocracia en el gobierno o las instituciones; y por otro, gente que por su edad ya no contribuye con su trabajo a la sociedad, es una carga para aquellos que están en plena actividad económica y social.

Mi argumento es el siguiente: cuando se llega a los sesenta o sesenta y cinco años, ya se ha realizado una vida completa, para bien o para mal. Aunque varía mucho de una persona a otra, por lo general en el período mencionado se ha agotado la experiencia de uno mismo y del mundo. Admito que puede haber excepciones, pero en realidad ya a los setenta años se ha vivido más que suficiente. En la civilización occidental cristiana existe una antigua tradición que destina la edad avanzada, si las condiciones lo permiten, a encerrarse en su vivienda y prepararse para morir.

Sin embargo, con los medicamentos que permiten vivir en forma más o menos activa, esta antiquísima tradición ya ha dejado de ser cumplida por la mayor parte de las personas de la «tercera edad». Ellos continúan figurando después de los setenta y cinco años, actuando en las realidades públicas, políticas, etcétera. Pero yo diría que, a pesar de la medicina, uno advierte que esta gente de edad avanzada se desenvuelve en forma más precaria y torpe que cuando eran adultos o estaban en plena madurez. En estas circunstancias, sus vidas terminan sin la necesaria preparación para morir. Porque desde que se nace, cada día de vida es una preparación para la muerte; ella está presente desde que un ser es concebido hasta su extinción.

¿De qué modo se manifiesta esta muerte cotidiana? El recién nacido —según sostienen los psicólogos especializados— lleva en su inconsciente la función, el deseo, casi la convicción de que es un ser todopoderoso. Y comprueba, cuando es separado de su madre, que no lo es. Adquiere entonces el conocimiento intuitivo de la imperfección humana y de sí mismo. Pero en la conciencia racional también existe este saber que no somos omnipotentes, ni eternos, ni infinitos, ni omnisapientes. A esta experiencia de limitación la llamo «los preludios cotidianos de la muerte», que es para la carne la gran imperfección. Se corrompe la carne y lo orgánico acaba por ser inorgánico: polvo, cenizas, nada…

Pienso que en la conciencia se puede (no me atrevo a decir se debe) confirmar cada día la presencia de la muerte, aunque se esté en plena vida activa. Con mucha más razón los viejos tienen la necesidad, no solo el deber, de enfrentar la propia muerte a sabiendas y tomar una actitud ante el fallecimiento. No se trata de preparar las últimas palabras para el día de la agonía, sino de tener la convicción de que la muerte está cerca. Aquí está en juego el interés por saber qué ocurre con uno después de muerto, sobre todo si se es religioso monoteísta o católico cristiano, como es mi caso.

A mi juicio tiene una importancia fundamental el encerrarse consigo mismo y examinar la vida a través de la memoria. Tratar de sacar lo más importante de cada experiencia y concluir algo respecto de lo que se fue en dichas vivencias y de lo que uno será cuando se enfrente finalmente a la muerte. Para estos efectos el idioma castellano ayuda, como asimismo el francés, el italiano, el catalán o el portugués; porque entre nosotros la muerte es femenina. No así en el alemán.

Siempre me gusta jugar —la literatura es el juego de las palabras, de palabras— con los desajustes entre los idiomas que conozco y aun con los que desconozco. Me gustan el castellano, el inglés, el francés y el italiano, que frecuento desde joven; y, sin ser invertido, invierto y pervierto. La primera edición de este libro que ahora se llama Vida viuda se tituló De memoria. By heart. Par coeur. Tres frases distintas que decían lo mismo: de memoria. Pero las dos últimas, enamoradas, introducían dos corazones con diversas letras, una inglesa y otra francesa, aunque coeur es masculino. Digamos que la otra es inglesa, pues no tiene género. Todo este párrafo es absurdo. ¡Qué comienzo de libro!... Nada memorable.

III

Si bien he dicho que regresé definitivamente a Chile a fines del ochenta y nueve, la verdad es que había venido por unos meses el año anterior. Visita en la que aproveché de votar por el NO en el plebiscito de aquel año y presenciar las modificaciones a la Constitución del ochenta, realizadas gracias a un acuerdo al que llegaron los opositores con quienes apoyaban al régimen e incluso con representantes de la misma dictadura. Me tocó informarme con detalle de dicha comisión, pero lamentablemente no estudié bien los cambios a votar, sea por flojera o descuido. Algo que Felipe Portales hizo en profundidad, lo que se refleja en sus dos importantes obras Chile, una democracia tutelada y Los mitos de la democracia chilena.

Creo que voté a ciegas a favor de todas esas modificaciones, algunas de ellas bastante tramposas, como era de esperar por la presencia de quienes adherían a la dictadura. Señalo, además, que voté en la elección presidencial del ochenta y nueve y que por entonces escribí columnas en la revista Análisis —durante casi un año— contrarias a la candidatura del señor Büchi (a quien yo llamo «buche»).

Aclaro estas cosas porque en esa época me vincularon a la postulación de Patricio Aylwin, pero ya tenía dudas sobre quién era ese político demócrata cristiano. Apreciaciones que varios años después sinteticé en la Carta abierta dedicada a su persona.

Una vez instalado el nuevo gobierno en marzo del noventa, me hicieron la cruz todos los que ejercían el poder, tanto los partidos de gobierno, como los de oposición y de derecha. Me di cuenta de que la Concertación no era de «centroizquierda» como decía serlo, sino de centroderecha. Los partidos llamados de izquierda y que están en esa coalición no se comportan según sus nombres. Por ejemplo, la conducta del Partido Socialista difiere de la que tenía desde comienzos de los años treinta. Puede haber bases electorales que voten por tal o cual partido y que continúen creyendo en lo que significa el nombre de la colectividad. Pero los jefes de esas tiendas, incluidos el PS, el PPD y el Radical (que entonces llamaban Radical Socialdemócrata), se volvieron al centro político e incluso le han adjudicado cargos públicos a algunos militantes que francamente son de derecha.

Ante esta realidad, no quise tener ningún vínculo con la Concertación, pese a que correspondía reintegrarme a la carrera diplomática, de la que había sido destituido por la Junta Militar. Había ejercido el cargo de ministro consejero de primera clase, un título un tanto ridículo, acreditado como embajador. Algunos diplomáticos de carrera, que también la habían perdido en el período dictatorial, se reintegraron en sus cargos nombrados por el señor Aylwin. Yo no lo busqué, ni lo pedí.

Soy y he sido crítico de este período de la historia de Chile, en el cual muchos aplauden las gestiones oficialistas, empezando por la derecha y los inversionistas extranjeros en nuestro país, y en general por las derechas y las socialdemocracias de distintas partes del mundo, así como en Estados Unidos y algunas naciones europeas. Creo que el primero de los gobiernos concertacionistas es el más responsable, pues son los continuadores —sin usar esa palabra— de lo esencial del régimen de Pinochet: el neoliberalismo capitalista de mercado desregulado, o sea, sin control suficiente. Ideología que en Chile comenzó a ser aplicada en 1975 y que después del noventa se ha agudizado con las concesiones que privatizan las obras públicas y que contradicen las indicaciones del Código Civil sobre bienes de uso público. Al cederles los derechos a concesionarias foráneas se prohíben dichas obras a quien no pague por su uso. Una ideología aplicada también a la política, a lo social y a lo cultural.

Me manifiesto por razones relacionadas más con la moral que con otra cosa. Soy totalmente contrario a la situación que ha generado la ideología neoliberal, la única ideología hegemónica que hay en el globo, incluyendo a los países que Estados Unidos declara sus enemigos, como, por ejemplo, Corea del Norte, Irán o Cuba. Países que en lo interno pueden no aplicar este neoliberalismo, pero que en sus relaciones internacionales están obligados a funcionar dentro de esta línea mundial.

Por primera vez en la historia, y por cierto en la prehistoria, hay una sola ideología que domina el mundo entero. Esto no había ocurrido nunca con los imperios anteriores al híper imperio, a la híper potencia de Estados Unidos. No ha sucedido ni con las religiones, si se las considera como ideologías. De modo que, desde el término de la Segunda Guerra Mundial, estamos en una situación completamente nueva en la historia de la humanidad.

El capitalismo, sea el de las ciudades-estado italianas, o aquel que surgió entre los siglos XV y XVI —con el descubrimiento de América, por lo demás—, nunca adquirió la forma que caracteriza al neoliberalismo actual. Considero que esta forma es más grave y peligrosa, provocando perjuicios profundos. Sin embargo, me estoy atribuyendo reflexiones a inicios de los noventa que, en verdad, he ido madurando en el curso de los postreros años. En cuanto a mi posición frente a la Co ...