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VIENEN POR TI

Andrea Larrabe  

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Fragmento

PRÓLOGO

A veces desearía poder decir que somos una familia normal, que somos iguales a esas miles de unidades de personas conformadas por un padre, una madre y dos niñas. Quizás sería cómodo poder decir que mi papá, Gérard Deveraux, tiene un trabajo de oficina de nueve a cinco, que disfruta jugando al golf con sus colegas y que, cuando llega a casa, se relaja frente al televisor viendo las noticias y bebiendo una cerveza. Mi madre, por su lado, sería una mujer sonriente y educada, siempre gentil con todos. Por supuesto que su pasión por las flores quedaría intacta, igual que su trabajo a media jornada en su propia tienda.

Mamá nos prepararía la cena a mi hermana y a mí todas las noches. Nos regañaría por las labores escolares que dejamos pendientes, nos iría a animar a los partidos de fútbol con camisetas gemelas —aunque lo cierto es que estas cosas las hace de igual forma— y me daría largos discursos sobre lo peligroso que es relacionarse con los chicos malos de la escuela. Supongo que en esta realidad paralela me relacionaría románticamente con chicos malos —ya que, según tengo entendido, ellos poseen un atractivo irresistible— sin tener deseo alguno de romperles la nariz. Lástima que en esta otra galaxia tampoco pudiera rompérsela con tanta facilidad... si surgiera la ocasión, claro está.

Mi madre se vestiría con pantalones de lino blanco y camisas de seda, llevaría un maquillaje inmaculado y no dejaría pasar ninguna de las reuniones de apoderados, donde felizmente hablaría de su amada jardinería, que en esta dimensión sí sería hermosa. En la realidad, Simone, que a pesar de su terquedad e infinitos intentos de hacer florecer algo en este espacio terroso que rodea nuestra casa, nunca ha logrado más que cosechar frustraciones.

En esta otra realidad tampoco llamaría a mi madre Simone. Le diría «mamá», «mami»,«ma», o cualquiera de esos otros diminutivos que son tan comunes y que, por ende, me parecen tan infinitamente aburridos.

Tendría muchas amistades en la escuela y hablaría de esos temas fascinantes que tanto parecen captar la atención de las personas de mi edad: el sexo, las fiestas, las drogas y el alcohol. O quizás sería del otro grupo, ese que no es ni nerd ni popular, sino una extraña mezcla de hormonas, dudas existenciales y depresión, temas que parecen inspirar tanto a los escritores juveniles de hoy. Como si ese grupo de marañas hormonales supieran algo de la vida. Algo de la muerte. O algo del intermedio.

Soñaría con asistir a Harvard o Yale y estudiar alguna carrera metódica y aburrida, solo para luego tener un trabajo metódico y aburrido, de esos que ahogan la creatividad, que sirven para pagar las deudas que dejó la carrera metódica y aburrida y que dan ganas de quitarse la vida.

Liki, mi hermana menor cuyo nombre real es Angélique, aunque lo odia con todas sus fuerzas, sería... bueno, en realidad sería prácticamente igual: la estrella de sus clases de ballet, rodeada de amistades que parecen venerarla y demasiado segura de sí misma y del mundo que la rodea a sus doce años.

Seríamos una familia normal y corriente, aburrida, repleta de huecos por llenar con la cotidianeidad, con la supuesta seguridad que nos entrega una vida normal y predecible. Nos imagino cenando en Navidad, compartiendo por primera vez un pavo y escuchando villancicos, dando las gracias por toda la mediocridad que poseemos y...

—Estée.

Gérard, mi padre, me habla y rompe el hilo de la fabulosa historia que había formado en mi cabeza, tan detallada y magnífica que casi había acabado por creérmela. Me mira con atención, casi quemándome con la intensidad de sus ojos chocolate, esos que me hubiese gustado heredar. En vez de eso, tengo su pelo, negro como la noche; por más que lo peine siempre parece que me acabo de levantar. O de electrocutar, tal vez. Pero probablemente los Deveraux no sufriríamos las consecuencias normales de una descarga eléctrica.

Mis ojos, en cambio, son de mi madre. «Verdes como la jungla», dice Gérard cuando quiere dedicarle un halago a Simone, cosa que sucede con más regularidad de lo que me resulta cómodo. «Verde Deveraux», dice Damián, mi mejor amigo.

Pero, sin importar nuestras diferencias, esta noche los cuatro Deveraux tenemos los ojos burdeos. Es el cambio que sufrimos cuando vamos en una de nuestras misiones. Simone me explicó lo que sucedía cuando comencé a trabajar junto a ellos: me dijo que era porque teníamos que resultar «más aterradores». Y la verdad es que funciona. Cuando era pequeña, no pude aguantarme la curiosidad de verme en el reflejo y casi me fui de espaldas.

No es lo único que vuelve más tenebrosa nuestra apariencia. También vestimos unas largas capas negras que nos cubren hasta la cabeza. A Gérard, la capa le sombrea el rostro de nariz aguileña, mientras mira con atención la casa frente a la que hemos aterrizado.

No somos brujos, pero sí tenemos algún que otro poder. El primero es que podemos volar con el viento, a su propia velocidad y pasando completamente inadvertidos por quien sea que mire al cielo justo en el momento de nuestro viaje. Gracias a este medio de transporte, hemos llegado a esta elegante casa colonial perdida en un cul-de-sac solitario, libre de cualquier peatón, especialmente a tan tempranas horas de la madrugada.

Nuestro segundo poder es que podemos controlar la visión y el sonido. Con un sencillo embrujo que hago a través de precisos movimientos de mis dedos medio y anular, como si formara la figura de un seis, la gente no puede vernos ni oírnos. Liki y yo siempre nos encargamos de crear este ambiente propicio para que nuestras misiones resulten sencillas.

Nos encaminamos hacia la casa y siento la adrenalina invadir mi cuerpo, zumbar en mis oídos y calentarme la sangre.

Nuestro tercer poder es que no necesitamos cerrajero. Veo en mi mente cómo la materia de la puerta se separa y cómo los átomos aumentan la distancia entre sí, hasta que lo que tenemos enfrente ya no es sólido. Pasamos por la puerta como si no existiese. Desearía poder manipular de esta misma forma muchas otras cosas, pero, como dije, no somos brujos. Estos poderes solo nos ayudan en las misiones, que es cuando los necesitamos.

Y así estamos en el interior de la casa colonial. La decoración es casi exactamente como me la imaginaba: victoriana, antigua, queriendo crear la ilusión de elegancia, pero jactándose realmente de lo costoso que es cada objeto. Hay un retrato espeluznante sobre la chimenea, probablemente de algún antepasado del alma que venimos a cobrar.

Mi trabajo continúa. Sigo haciendo las figuras con mi mano casi de forma inconsciente y ni siquiera me percato de que, poco a poco, el tictac del reloj, el viento que hace bailar los árboles tras la ventana, nuestros pasos que hacen crujir la madera oscura, el zumbido de la electricidad y nuestras propias respiraciones se han vuelto silentes. Nadie nunca podría saber que estamos aquí. Gracias a mí, jamás serían capaces de escuchar nada fuera de lo común; gracias a Liki, no somos nada más que unas débiles sombras en la noche.

Simone nos indica con un movimiento de cabeza que el alma está en el segundo piso. Subimos, sin preocuparnos de ser sigilosos, ya que podríamos dar pasos de elefante y, aun así, nadie podría escucharnos gracias a mi embrujo. No sé si hay más personas en la casa. La verdad es que mi foco de concentración siempre es a quien venimos a buscar; el resto no me incumbe. Hallamos al alma durmiendo plácidamente dentro de un cuerpo regordete de cincuenta y ocho años, roncando como un león. Lleva puesto un pijama que deja en asquerosa exposición un estómago que bien podría estar esperando quintillizos. Rodeamos su espacio de descanso y Simone se coloca a la cabeza, la más cercana a él. La sigue Gérard, luego yo y, a los pies de la cama, Liki. Como yo soy dueña del silencio, invoco el sonido una vez más. Es un silencio que puedo saborear en mis labios, cargado de una energía que parece provenir de lo más profundo de la tierra, como un escudo indestructible que nos da permiso para hacer lo que queramos.

Liki prende su encendedor, solo para dejar constancia de que cree que la misión resultaría mucho más limpia si quemáramos toda la casa. Simone le lanza una sola mirada de rabia para que lo apague. Liki y el fuego han sido mejores amigos desde que tengo memoria.

Mi padre le alcanza la daga a Simone. Se llama Caballero del Cielo y es un arma de la Edad Media que alguna vez perteneció a los templarios. Ella la toma sin mirarla, cierra los ojos y repite el encanto. La imitamos:

—Te venimos a buscar, alma del universo. En esta guerra nos perteneces hoy y siempre, hasta el resto de la eternidad.

A veces decimos el encanto una sola vez. A veces, cinco. El número máximo al que hemos llegado ha sido quince. Supongo que depende de cuántos segundos o minutos tarde Simone en reunir el coraje para clavarle la daga directamente en el corazón.

Recuerdo muy bien una noche en que creí que tendríamos que repetirlo por la eternidad. Fuimos solo tres, sin Liki, porque Simone temió que la escena que tendríamos que presenciar podría ser demasiado perturbadora para una niña de cuatro años. Pero esta situación era distinta. Lo supe apenas lo vi durmiendo en esa cama, en una posición tan rígida, como un personaje de película. Tenía solo trece años; era el alma más pequeña que había visto jamás. Se llamaba Esteban y estaba involucrado en la muerte de alguien de edad similar. Mi madre repitió el encantamiento varias veces antes de poder finalizarlo, clavándole la daga en el corazón mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, como tantas veces le ocurría, una pequeña reacción que creía esconder bien de nosotras, pero en lo que fallaba estrepitosamente.

Este hombre, sin embargo, no le da lástima a Simone. Lo veo por cómo levanta la daga con confianza mientras seguimos nuestro cántico. Liki y yo detenemos nuestros embrujos de visión y s

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