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¿Y AHORA QUé HACEMOS?

Alejandra Godoy Haeberle   Antonio Godoy Delard  

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Fragmento

Índice

Cubierta

Verónica y Javier después de la infidelidad

Una nueva mirada para tomar una decisión consciente

Este es el momento para una postergación reflexiva

¿Qué es lo primero que deberíamos saber acerca de la infidelidad?

¿Qué estamos entendiendo por infidelidad?

¿Cuán frecuente es la infidelidad?

¿Por qué ha aumentado la infidelidad en nuestros días?

¿Toda infidelidad termina en separación?

¿Son todas las Infidelidades iguales?

¿Hay infidelidades más graves que otras?

Quien fue infiel una vez, ¿lo volverá a hacer?

¿Por qué fue infiel?

¿Tienen algo que ver los genes?

¿Será un tema valórico?

¿Me fue infiel porque ya no me ama?

¿Será por su forma de ser?

Recibe antes que nadie historias como ésta

¿Será por su estilo de apego?

¿Tendrá la «culpa» el «amante»?

¿Y si soy yo quien tiene la «culpa»?

¿Cómo estaba nuestra relación de pareja antes de la infidelidad?

¿Detrás de toda infidelidad hay siempre una falla en la relación?

¿Era tan insatisfactoria nuestra relación?

La sensación de soledad y el sentirse ahogado

¿Se habían frustrado las expectativas?

¿Cómo era nuestra forma de relacionarnos en pareja?

¿Podríamos haber prevenido esta infidelidad?

Y entonces, ¿qué podemos concluir?

¿Qué puede pasar después de una infidelidad?

¿Qué le pasa a mi pareja después de haber sido infiel?

Pasos para las parejas que deciden reconstruir su relación

Anexo 1. ¿Confesar o no confesar?

Anexo 2. La infidelidad desde la mirada de la psicología

Bibliografía

Notas

Créditos

Dedicatorias

Como siempre, a mi marido: mi cómplice por más de cincuenta años.

A mis hermanos Álvaro, Antonio y Miguel, cada uno fiel a su propia esencia y siempre maravillosamente cercanos.

A mis dos padres. In memoriam

ALEJANDRA GODOY HAEBERLE

A mi mujer. Gracias por tu constante apoyo estos años y por esas largas conversaciones que ciertamente han dejado una huella en mi vida.

A mis amadas hijas, por sus mágicos abrazos, y por todos los desafíos y alegrías que me han regalado en esta aventura de ser padre.

A mi madre, por su incondicional amor, y por ser la que siempre me recuerda quién soy y quién puedo ser.

ANTONIO GODOY DELARD

Verónica y Javier después de la infidelidad

Es necesario reinterpretar

la infidelidad bajo una

mirada más flexible de

acuerdo a estos tiempos.

ESTHER PEREL

Verónica y Javier llegan a su primera sesión muy alterados. Ella, llorando, comienza diciéndonos: ¡Javier me ha sido infiel durante meses! Ya no sé quién es mi marido. Quizá qué otras cosas más habrá hecho a mis espaldas. Estoy destrozada. Javier permanece callado e intenta tomarle la mano para calmarla. Ella cuenta que cuando usó el computador de él para consultar algo en internet, su Facebook estaba abierto y vio varios mensajes de una mujer desconocida. Siguió revisando y encontró conversaciones muy íntimas entre ellos, tratándose de «mi amor» y poniéndose de acuerdo para verse. Cuando lo confrontó, Javier lo negó asegurando que era solo una amiga con la que se trataban cariñosamente, pero ante la dolorosa insistencia de Verónica, terminó por confesarle que sí tuvo una relación extrapareja.

En su sesión individual, Javier nos confiesa que desde hace dos años salía esporádicamente con esa otra mujer, quien durante meses fue parte de su mismo equipo de trabajo. Todo empezó como una simple amistad, pero luego, sin que se diesen cuenta, las conversaciones se fueron haciendo cada vez más personales, a diferencia de como se había vuelto la comunicación en casa. Ella también está casada, es mayor que él y, aunque no es tan atractiva como su esposa, Javier siente que se interesa de verdad por sus problemas y es muy cariñosa. Nos asegura que nunca fue algo importante, que siempre supo que esa relación no tenía destino y que no se proyectaba a futuro, pero se fue enganchando y, aunque se veían muy de vez en cuando, le costaba mucho cortar esos encuentros y todo se alargó más de lo que hubiese querido. Comencé a sentirme tan culpable que casi fue un alivio que Verónica encontrara abierto mi Facebook y saliera por fin a la luz, nos dice. Apenas su esposa se enteró, él le dijo a su amante que, por el bien de todos, debían terminar. No obstante y a pesar de que le ha dicho insistentemente a Verónica que ya no pasa nada más, ella no le cree.

Javier comprende que su esposa no esté tranquila sabiendo que debe ver casi diariamente a esa otra mujer, pero no puede dejar su trabajo porque sería muy perjudicial para la familia. Antes de que llegaran a la consulta, ella le había preguntado varias veces por qué lo hizo, cuándo comenzó, dónde se juntaban y cómo era ella en la cama: quería saber hasta el último detalle de los encuentros sexuales. Había veces en que lo interrogaba por horas y, aunque le contestaba todo, para ella nada era suficiente y, hasta hoy, sigue convencida de que él le oculta información.

Lo que más desconcierta a Javier no es la suspicacia, sino los cambios de actitud de Verónica: pasa por períodos muy cercanos en los que vuelven a hacer el amor apasionadamente, pero pocos días después ella lo rechaza, le reprocha llorando su infidelidad y algunas veces le dice que debería irse de la casa. Javier insiste en que fue una aventura que no significó nada para él, que es a ella a quien ama, que no fue su intención hacerla sufrir y que haría lo que sea para que sus vidas fuesen como antes. Le ofrece hacer lo que ella le pida con tal de que le tenga de nuevo confianza, sin embargo todo sigue igual.

Nos vuelve a asegurar que no se quiere separar, y llora ante la sola idea de no poder vivir más con sus hijos.

Verónica, en su sesión individual, nos dice que pareciera vivir dentro de una verdadera tormenta emocional. Se le vienen imágenes insoportables de Javier con «esa mujer» y la invade la rabia, pero momentos después la agobia el dolor y la pena. Es entonces cuando aparecen esas preguntas para las que no tiene respuestas: ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué ahora? ¿Tuve algo que ver? ¿Podré volver a confiar en él? ¿Lo volverá a hacer si lo perdono? Y como no le gusta que la vean mal, trata de poner su mejor cara. Le preocupa y le duele que Javier no parezca suficientemente arrepentido. Es cierto que me ha pedido perdón varias veces, pero me da la impresión de que es de la boca para afuera. ¡Es terrible no poder creerle nada! ¿Me amó de verdad alguna vez? ¿Fue real nuestra relación? ¿Qué tengo que hacer? ¿Será mejor que me separe? Ella está pesimista y ve muy difícil recuperar la confianza. Reconoce que siempre ha sido un poco celosa, pero él nunca antes le había dado motivos para sospechar. Después de su infidelidad todo cambió; se siente justificada para llamarlo varias veces al día, revisarle el celular mientras está en la ducha e incluso a veces lo va a buscar imprevistamente a su oficina.

Ahora Javier le parece un extraño que entró en la categoría de «hombres infieles», tal como su padre. Verónica recuerda el dolor que sentía su madre por las constantes aventuras de él, transformándose con el tiempo en una mujer amargada que vive criticando a todo el mundo. Fue entonces cuando se prometió a sí misma jamás tolerar algo así. Y considera que lo de Javier es aún peor, porque su infidelidad había durado tanto tiempo que seguramente estaba enamorado de esa otra mujer, por mucho que él lo negase. Está convencida de que aunque se resignase a seguir con él, la relación nunca volvería a ser la misma. Se rompió algo demasiado valioso como para que pueda ser reparado. Nuestro matrimonio era perfecto, casi no peleábamos, no teníamos problemas y nuestra vida sexual era buena. Javier también está desconcertado y tampoco logra explicarse qué le pasó.

Ambos coinciden en que se llevaban muy bien, se trataban cariñosamente, se apoyaban y no solían discutir. Para todos eran la pareja ejemplar. Y no es que no hayan tenido problemas. Fuera de que los niños son muy demandantes, él tiene dificultades con la madre de Verónica porque acostumbra a criticarlo en su rol de padre. Javier le pidió muchas veces que le pusiera límites a su madre, pero ella nunca se atrevió a hacerlo. Pese a que esta desagradable situación siguió repitiéndose, los dos dicen que no se faltaron el respeto entre ellos ni permitieron que se transformara en algo más grave. Él simplemente optó por evitar toparse con su suegra y Verónica esquivó el tema hasta que ninguno de los dos lo mencionó de nuevo.

Javier reconoce que le hace el quite a los conflictos porque le desagradan los ambientes tensos —como solía serlo en la casa de sus padres—, por lo que si se enoja con su esposa prefiere quedarse callado para que no se convierta en algo más serio. Para relajarse sale a hacer deporte, se junta con amigos y se llena de actividades que lo mantienen lejos de la casa. Como Verónica tampoco expresa lo que le molesta, se fueron alejando tan imperceptiblemente que no se percataron de la enorme distancia que los fue separando.

A pesar de que después de la infidelidad ambos creyeron por largo tiempo que estaban en un callejón sin salida, de todas maneras decidieron ir a terapia y fueron capaces de cooperar en el proceso terapéutico.

A lo largo del libro les contaremos la historia de Javier y Verónica, y les explicaremos cómo, con el paso de los meses, comprendieron de qué modo su dinámica de pareja —en la que ninguno quería enfrentar los conflictos— se fue convirtiendo en una silenciosa bomba de tiempo que posibilitó que una tercera persona pudiera entrometerse. A partir de ese momento, fueron haciendo cambios y emprendieron un nuevo camino que les permitió acercarse hasta que el vínculo entre ellos terminó siendo mucho más estrecho que como era antes.

Este relato es uno de los tantos que refleja cómo las parejas logran superar una crisis de infidelidad —pese al dolor que suelen vivir cuando la enfrentan— y llegar a algo mejor. En la consulta hemos sido testigos tanto del sufrimiento de los dos como también de la dedicación y compromiso que suelen asumir para revertirla. Así, lo sucedido pasa a ser solo una parte de su historia de pareja y no su fin.

Para salir de esta crisis tuvieron que reescribir su relación, comprender profundamente el fenómeno de la infidelidad y también aprender a «mirar el bosque y no solo el árbol». Es decir, lograron ver la historia de su relación y no quedarse solo con «la traición», y entendieron que la forma en que habían definido el «ser pareja» había jugado un importante papel en su problema.

Al salir a la luz una infidelidad, quien se siente traicionado comienza a vivir un torbellino emocional en el que fluctúan la rabia, la pena y la angustia ante el futuro. En nuestra sociedad se tiende a creer que la infidelidad es una agresión que nuestra pareja «nos ha hecho» y solemos preguntarnos «¿por qué me hizo esto?». Esta es solo la primera de una serie de interrogantes, al poco andar surgen otras más difíciles como: «Y ahora, ¿qué hago?, ¿me separo o no me separo?», dando inicio a un período que la mayoría vive con mucha ambivalencia, bajo la tentación de tomar decisiones rápidas y definitivas.

Y es que los seres humanos —demasiadas veces— nos inclinamos a tomar resoluciones según las emociones del momento, sin siquiera cuestionarlas porque estamos convencidos de que son verdades absolutas. Pero… ¿y si nuestras creencias resultasen ser parciales o incompletas?

Una nueva mirada para tomar una

decisión consciente

El tema de la infidelidad suele

simplificarse, trivializarse

o sobredimensionarse.

JAUME SOLER & MARÍA MERCÉ

El mundo ha cambiado enormemente y también nuestra forma de vivir, pero pareciera que aún no nos damos cuenta de sus repercusiones. Pese a que son miles los artículos y textos que acusan a la infidelidad de ser hoy el mayor destructor de las relaciones de pareja, todavía no entendemos bien por qué está ocurriendo este fenómeno en pleno siglo xxi ni de qué modo afecta a las personas.

Los que trabajamos en terapia de pareja nos vemos enfrentados todos los días a crisis agudas causadas por una infidelidad reciente, o a conflictos que se arrastran durante años después de ocurrida. En estos casos la terapia suele ser de por sí compleja, pero lo es más aún si no contamos con un mapa que ayude a nuestros pacientes a salir de esta situación. Enfrentados a este escenario, llegamos al convencimiento de que el fenómeno ameritaba una revisión con otros ojos, por lo que durante años dedicamos nuestras reuniones clínicas principalmente a estudiar, analizar y cuestionar sus distintas aristas, intentando desarrollar un modelo de terapia específico para este problema.

Dado que en este tema existen más preguntas que respuestas, nuestro propósito final es ayudarlos a que tomen una decisión informada. Pretendemos que se abran a nuevas posibilidades y estén dispuestos a derribar mitos, para que así se acerquen a comprender, desde la humildad, lo intrincadas y «neuróticas» que son las relaciones humanas. Para alcanzar estas metas revisamos los trabajos de numerosos autores y nos basamos también en nuestra experiencia de años con decenas de parejas que han sido capaces de sobrellevar la crisis resolviendo en conjunto de una forma más reflexiva qué hacer.

Al llegar a este punto queremos ser muy claros: si bien nos centraremos en aquellas visiones que nos permiten abordarla de una manera más esperanzadora y no tan destructiva, nuestra posición está muy lejos de las apologías a la infidelidad que se escuchan ahora. Aunque pensamos que se trata de un error humano, no por eso creemos que sea justificable cuando ha existido previamente un contrato explícito de fidelidad con la pareja.

En esta era de la igualdad, las reacciones emocionales y los efectos de una infidelidad parecen traer repercusiones mucho más serias que antes, siendo no pocos los que terminan separándose. Y es que como dice Rafael Santandreu, una de las creencias top ten de hoy apunta a que si nuestra pareja nos fue infiel deberíamos dejarla, ya que nos hizo algo tan terrible que de seguir con ella estaríamos poniendo en juego nuestra propia dignidad y entonces la única manera de salvarla sería rompiendo el vínculo.

Si damos un vistazo a la infidelidad a través de la historia, nos daremos cuenta de que durante siglos las relaciones extramaritales no provocaron las mismas consecuencias que en el presente. Aunque antiguamente el adulterio era causal legal de divorcio, se hacía realidad solo en escasas ocasiones y no originaba repercusiones tan negativas en el matrimonio como ahora.

La avalancha de separaciones después de una infidelidad estaría asociada a los nuevos lentes con que la estamos mirando. Hoy las exigencias impuestas a la relación de pareja son enormes, ya que suponen que la fidelidad, la satisfacción sexual, la comunicación íntima, la contención mutua y los proyectos en común deberían mantenerse durante décadas. Bajo este paraguas son muchas las personas que, agotadas, luchan por alcanzar de cualquier modo su «felicidad» individual, sea lo que sea lo que esto signifique.

En la actualidad tanto hombres como mujeres reclaman los mismos derechos e incurren a la par en infidelidades. Sin embargo —a diferencia de lo que ocurría antes— ellas perdonan cada vez menos a su pareja, mientras ellos están más dispuestos a dar vuelta la página y tienden a asumir mejor su cuota de responsabilidad. El panorama es muy distinto al de hace cuarenta años. ¿Serán estos cambios los que han provocado un mayor rechazo a la infidelidad? ¿Nos habremos transformado en una sociedad absolutamente intolerante a cualquier tipo de incumplimiento de parte del otro?

Lo paradójico es que esta aparente severidad no se condice con las tendencias que se observan actualmente. Vemos cómo han ido surgiendo distintas formas de ser infiel y sitios web que lo facilitan; asimismo se han levantado nuevas voces que elogian el derecho a las relaciones libres y a los diferentes estilos de ser en pareja.

Es indudable que existe una gran inconsistencia entre lo que valoramos públicamente y nuestro comportamiento en la vida privada. Mientras la inmensa mayoría de la personas proclama a todos los vientos que la fidelidad es un ideal valórico que debe practicarse, la alta frecuencia de conductas infieles deja en evidencia que en la vida real ello no se estaría cumpliendo y tanto es así que en términos estadísticos la infidelidad sería normal. De hecho, la probabilidad de que se produzca alguna en el transcurso de una relación de larga data sobrepasa el 75 por ciento entre los confesos. ¡Imaginen a cuánto ascendería esta cifra si se pudiesen conocer todas las que han permanecido ocultas!

Es probable que ustedes se hayan hecho una serie de preguntas en torno a este tema. ¿Es la monogamia algo natural en el ser humano, o estamos determinados genéticamente a ser infieles? Si nuestra pareja fue infiel una vez, ¿lo seguirá siendo? ¿Fue infiel porque no me ama? Hoy en día es muy atingente que nos formulemos, además, otras interrogantes: ¿Dónde empieza una infidelidad? ¿Son todas iguales? ¿Tienen todas la misma gravedad? Y es que como ahora es mucho más amplia la gama de comportamientos «infieles» —sobre todo desde que nos invadieron las redes sociales—, las delimitaciones son cada vez más vagas.

Por supuesto que también querríamos saber qué hace más probable una infidelidad y qué podemos hacer para disminuir la posibilidad de que ocurra. Tal como en muchas otras áreas de la vida humana, las conductas infieles se componen de distintas dimensiones y responden a múltiples factores, pero hasta ahora, no ha sido posible construir lo que sería una suerte de «psicología de la infidelidad» que nos pudiese explicar a cabalidad sus aristas.

Uno de los aspectos más problemáticos con el que tenemos que lidiar los terapeutas de pareja, tiene que ver con la suposición de que en toda infidelidad existe siempre alguien que es «el victimario» —el que fue infiel— y alguien que es «la víctima» —su pareja, que ha sido herida sin justificación alguna—. Podemos imaginarnos su sorpresa al poner en duda un «hecho tan evidente», porque estamos condicionados a verla como una traición imperdonable que acarrea consecuencias inevitables y muy negativas. Como veremos más adelante, lo que muestran las investigaciones y lo que observamos diariamente los terapeutas es un cuadro bastante distinto, por lo que para evitar quedar atrapados en una visión demasiado superficial y determinista nos atreveremos a dejar de hablar tanto de «victimarios» y de «víctimas», así como tampoco hablaremos de «consecuencias».

En una pareja ambos cooperan en la construcción de su historia común desde sus cojeras, sus necesidades y angustias particulares. Es en ese sentido que podemos ver algunos tipos de infidelidades más bien como un «síntoma» de un problema mayor y nos atrevemos a cuestionar esa dicotomía extrema entre «culpable versus inocente». Por supuesto que todo ello sin desmerecer las dolorosas emociones que surgen en la mayoría de estos casos. Y queremos insistir en que la forma en que los dos reaccionen ante la crisis, puede torcer dramáticamente el destino de la relación.

En su charla TED, Esther Perel hizo hincapié en que hoy, ante traiciones que podrían considerarse más graves —como por ejemplo en el área de las finanzas—, no suele plantearse tanto la opción de separarse como frente a una infidelidad. La buena noticia es que los seres humanos poseemos la maravillosa capacidad de reflexionar y contamos además con la plasticidad de nuestro cerebro, lo que permite que los cambios de mirada sean factibles y duraderos en el tiempo.

Pero no nos quedemos solo con la primera impresión. Hombres y mujeres normales, considerados «buenas parejas», pueden llegar a cometer una infidelidad —aun amando profundamente al otro— gatillados por múltiples razones. Y en esto queremos ser categóricos en aclarar: la conducta del «infiel» es siempre voluntaria y que por ende tiene plena responsabilidad sobre sus actos, sin que nada pueda realmente justificarlos. Una cosa es que intentemos comprender la infidelidad encontrando una explicación más profunda y otra muy distinta es pretender repartir la responsabilidad en partes iguales. Es obvio que nadie está «condenado» a cometer una trasgresión por más que haya habido problemas graves con la pareja, ya que siempre van a existir modos más sanos de enfrentarlos.

Seamos valientes y cuestionemos aquello que asumimos como verdades irrefutables, ya sea desde la moral o desde la ciencia. Atrevámonos a construir nuestras propias conclusiones a partir de miradas alternativas y reconsideremos todo más calmadamente. ¿Por qué tomamos tal o cual decisión? ¿Sobre qué bases lo estamos haciendo? ¿Será porque estamos seguros de tener la razón o será debido a que nuestro ego está demasiado herido? Y de ser así, ¿qué es lo que provoca este dolor? Como decía el poeta, muchas veces confundimos cuando el orgullo es simplemente orgullo o cuando es dignidad.

Nuestro libro es un llamado a que hagan una pausa para ir respondiendo una a una estas preguntas —y varias más que irán surgiendo en el camino—, previo a tomar cualquier decisión. No pretendemos darles respuestas sino entregarles la información que ustedes puedan necesitar para llegar a sus propias conclusiones. Aspiramos a que, gracias a este proceso, logren una nueva mirada sobre la pareja y la infidelidad.

Una de las mayores dificultades iniciales con la que tiene que lidiar quien se siente traicionado por su pareja, es aprender a manejar sus intensas emociones negativas. Volviendo a Verónica, en sus primeras sesiones ella se quejaba de que le estaba costando mucho mantenerse en calma. Lloraba en las noches, se resentía con Javier por cualquier cosa, luego caía en silencios angustiosos y se preguntaba cómo podrían verse afectados sus hijos con todo esto. Había días en que no quería volver a la casa porque le daba pena mirar a los niños e imaginar la debacle que podría producirse. A ratos quería estrangular a su marido cuando lo veía y, otras veces, quería que él le devolviese la seguridad refugiándola en sus brazos. Se sentía totalmente perdida. Aun cuando esas sensaciones fueron disminuyendo poco a poco, en ocasiones reaparecían de manera muy intensa apenas recordaba lo sucedido y se imaginaba a Javier con su amante. Lo único que quería era que esa angustia terminase, pero no sabía cómo.

Ella nos decía: Salto de un extremo a otro como si mis emociones me controlaran. ¡No las puedo frenar! ¿Ahora qué hago? ¿En algún momento se deja de sentir todo esto? Como sabemos, el tiempo lo cura todo y —si queremos— llegará el día en que ya no duela tanto. Pero lo primero es aceptar que en un comienzo no podremos solucionar nada y que tendremos que aprender a pensar de otra manera.

No es fácil manejar esa vorágine emocional que nos inunda luego de enterarnos de una infidelidad. Sentimos que nuestra vida se está desmoronando, que quien hasta hace poco era parte de nuestro proyecto vital hoy es un completo desconocido, que la persona que amamos nos ha agredido y nos ha generado un dolor demasiado grande. Aunque algunos no lo crean, quien fue infiel también vive su propio vendaval, con la impotencia de no poder volver atrás y revertir lo ocurrido, observando cómo todo a su alrededor parece caerse a pedazos.

Tengan por seguro que muchos de ustedes pasarán de una furia profunda a la angustia de sentir al otro demasiado lejos; pasarán del amor al odio todos los días, varias veces al día. También su pareja fluctuará entre estar dispuesta a lo inconcebible por recomponer la relación y tirar la esponja al ver que ninguno de sus esfuerzos da resultado. Esta violenta tempestad de emociones impide que nos sentemos a pensar con tranquilidad cuál sería la mejor manera de actuar. Pasamos de una idea a otra sin saber qué hacer, ya que todo nos parece una mala elección y no encontramos una salida que nos deje realmente conformes.

Para nosotros como terapeutas no siempre es sencillo discernir qué decirles a quienes están atravesando por esta crisis, ya que por un lado nuestra labor es acompañar a la pareja en esos momentos y validar su sufrimiento, pero por otro también debemos ir sembrando aquellas preguntas necesarias para que logren reconocerse, mirarse a los ojos y repensar su relación (algo que no ocurre ni mágica ni instantáneamente).

Una de las primeras tareas que tenemos que enfrentar en terapia es que ambos comprendan el inmenso poder que solemos darle a nuestras emociones. Cuando nos ha tocado vivir este drama tendemos a dejarnos llevar por «lo que sentimos», como si ello fuese una prueba empírica de que estamos pensando y haciendo lo correcto, olvidándonos así de que nuestros juicios están teñidos por la rabia: lo único que percibimos es que nos atacaron, nos agredieron y nos dañaron. No vemos otras alternativas porque solo alcanzamos a vislumbrar parcial y tendenciosamente aquello que nos está ocurriendo. Lo que pasa es que hemos perdido de vista que todo comenzó con nuestras creencias, que son ellas las ...