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YGDRASIL

Jorge Baradit  

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Fragmento

I

Relato fidedigno del hallazgo de un cuerpo extraño en el estómago del desierto. De su origen y de todo lo que hubo de ocurrir una vez desatados los acontecimientos

Es el atardecer de la segunda semana de febrero. Como todos los días a esta hora, la boca monstruosa de la Coatlicue devora los colores, la luz y el calor de la tierra con su lengua helada llena de estrellas.

La vida del planeta se diluye lentamente por el oriente. Un náhuatl mira hacia las nubes. La noche derrama negras lágrimas sobre el cielo de México; y los engranajes del calendario celeste, con su caligrafía congelada, solo le confirman aquello que su estirpe sabe hace décadas: la matemática ha tropezado consigo misma, los números están fallando, la realidad agoniza.

A solo unos kilómetros de allí, un hombre pintado de azul se arrastra dolorosamente por el centro geométrico del desierto de Sonora, arañando la tierra con sus gemidos. Parece el espíritu moribundo del desierto, saliendo a jirones por la boca del desgraciado en forma de cuchillos kirlian y frecuencias electrónicas desgarradoras. Lloran todos los médiums en doscientos treinta kilómetros a la redonda, pues dondequiera que miren se les aparece el rostro desfigurado del doliente. Los aullidos del hombre pulsan como una inflamación en los escáneres; son rítmicos a la manera de un código o una serie matemática, espasmos binarios de dolor digital. Una estridencia astral que copa los receptores de microondas, y que ha mantenido despierta a la unidad ltzcuáuhtli del ejército mexicano toda la noche frente a los monitores.

—¡Quiero la ubicación de la fuente de las anomalías, y la quiero ahora! —gritó el comandante Ramírez.

Llevaban horas recibiendo informes acerca del extraño comportamiento de la realidad en distintos estados de la Federación Mexicana; pronto el Ministerio del Interior comenzaría a hacer preguntas para las que no tenía ninguna respuesta. Todos conocían la difícil situación que atravesaba el militar. Los técnicos del Departamento de Estado habían descubierto que, en una de sus vidas pasadas, Pablo Ramírez Escobar había sido un asesino a sueldo; también habían conseguido rastrear un componente de su estructura psíquica hasta identificarlo con una mujer que había exigido a gritos la Crucifixión. La Iglesia, políticamente muy poderosa, vetaba secretamente ese tipo de nexos escandalosos, y las instrucciones del gobierno eran claras al respecto: «Solo almas nuevas o de probada pureza pueden alcanzar los puestos de poder».

Ramírez era una especie en extinción, desesperado por justificar su existencia en una sección perdida en el fondo del escalafón militar mexicano. Lo que menos necesitaba eran problemas. Había medrado en la carrera castrense sin apoyos, con mucho esfuerzo y grandes sacrificios. Sumiso hasta la humillación con sus superiores, soñaba con las balas que en el fondo de su alma reservaba para cada uno de ellos, como el veneno de una araña acurrucada en un rincón, esperando su momento.

—Si no tengo el informe en cinco minutos, voy a empezar a cortar cabezas —gruñó.

—Aún no está completo, señor... La zona se muestra muy inestable y las comunicaciones se cortan con facilidad. Pe..., pero podría leer el boletín preliminar, señor —dijo nerviosamente un operario.

Ramírez hizo un gesto casi imperceptible y el subalterno comenzó a leer.

—El grupo III, compuesto por dos sargentos, una médium, dos niños y tres perros implantados, informa que pasadas las cuatro de la madrugada hizo contacto con la fuente de las anomalías. En las coordenadas adjuntas encontraron un fenómeno... inesperado.

El subalterno se detuvo y miró a Ramírez.

—Hallaron algo que definieron como un «traspuesto», señor. Una malformación difícil de explicar. Un hombre agónico con su alma desplazada. Su existencia se encuentra traslapada entre su propio cuerpo, un cactus, una roca y una rata. El resto trataba de «aferrarse desesperadamente a la realidad, pero era succionado a jirones por la noche», dice textualmente. Los perros se pusieron histéricos y lo atacaron con furia. Los sargentos tuvieron que matarlos. Los niños no han vuelto a controlar sus esfínteres desde entonces, y la médium... Bueno, ella murió al cabo de unos minutos. Un equipo trabaja a toda velocidad para determinar el paradero de su personalidad original: ella manejaba información clasificada, y establecer la identidad de su siguiente encarnación es un asunto prioritario.

Ramírez mantuvo la vista en el suelo. La situación era un completo desastre. Sin embargo, no hay nada mejor que una crisis para escalar posiciones.

—¿Alguna información sobre la procedencia de esta anomalía? —preguntó distraídamente.

—No, señor. Excepto una marca en el tobillo izquierdo del sujeto, una inscripción donde se lee Test probe N° 21, señor.

Ramírez se mordió el labio inferior. «Tecnología desconocida. Pruebas extranjeras en suelo mexicano. Una grave amenaza se cierne sobre la patria», pensó.

—Perfecto —murmuró, y no pudo esconder el esbozo de una sonrisa.

Ella.

Ella crucificada y toda la humanidad naciendo violentamente entre sus piernas, como una multitud que busca comida. El parto sangriento de toda una especie. Ella como mater dolorosa de miles de cristos arrojados al polvo, aullando, envueltos en placenta, amarrados de pies y manos, sanguinolentos después de atravesar la matriz erizada de púas de la reina de la colmena.

Ella clavada a los meridianos y auscultada desde el interior por insectos electrónicos.

—¡Ayúdenme! —gritó Mariana al abrir los ojos.

Sudaba copiosamente. Siempre era lo mismo, soñar horrores y despertar asustada. Temblando, aferrada a unas imágenes horribles que retrocedían con demasiada lentitud al regresar a la realidad, a su infierno personal. La muerte diaria, cocinada en el óxido de la droga. Siempre cansada de constatar que seguía viva, que nuevamente tendría que luchar para levantar sus miembros hinchados, su cuerpo adolorido, avinagrado, impregnado de la hediondez de la resurrección.

Pero esta vez era distinto. Para su sorpresa, no despertó en su horrible cuartucho de las afueras de Puebla, esa celda de tres por dos, contigua a otras de igual tamaño, habitadas por despojos humanos tan patéticos como ella misma, y administradas por un matón que cobraba dos monedas por día a estos animales que noche a noche llegaban arrastrándose hasta su puerta. Celdas llenas de cucarachas y pulgas, hediondas a excrementos porque casi todos sus habitantes eran adictos al maíz, droga que relaja los esfínteres y los deja sin fuerzas para limpiar la inmundicia. Pero esta vez era distinto. Ma

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