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YGDRASIL

Jorge Baradit  

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Fragmento

I

Relato fidedigno del hallazgo de un cuerpo extraño en el estómago del desierto. De su origen y de todo lo que hubo de ocurrir una vez desatados los acontecimientos

Es el atardecer de la segunda semana de febrero. Como todos los días a esta hora, la boca monstruosa de la Coatlicue devora los colores, la luz y el calor de la tierra con su lengua helada llena de estrellas.

La vida del planeta se diluye lentamente por el oriente. Un náhuatl mira hacia las nubes. La noche derrama negras lágrimas sobre el cielo de México; y los engranajes del calendario celeste, con su caligrafía congelada, solo le confirman aquello que su estirpe sabe hace décadas: la matemática ha tropezado consigo misma, los números están fallando, la realidad agoniza.

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A solo unos kilómetros de allí, un hombre pintado de azul se arrastra dolorosamente por el centro geométrico del desierto de Sonora, arañando la tierra con sus gemidos. Parece el espíritu moribundo del desierto, saliendo a jirones por la boca del desgraciado en forma de cuchillos kirlian y frecuencias electrónicas desgarradoras. Lloran todos los médiums en doscientos treinta kilómetros a la redonda, pues dondequiera que miren se les aparece el rostro desfigurado del doliente. Los aullidos del hombre pulsan como una inflamación en los escáneres; son rítmicos a la manera de un código o una serie matemática, espasmos binarios de dolor digital. Una estridencia astral que copa los receptores de microondas, y que ha mantenido despierta a la unidad ltzcuáuhtli del ejército mexicano toda la noche frente a los monitores.

—¡Quiero la ubicación de la fuente de las anomalías, y la quiero ahora! —gritó el comandante Ramírez.

Llevaban horas recibiendo informes acerca del extraño comportamiento de la realidad en distintos estados de la Federación Mexicana; pronto el Ministerio del Interior comenzaría a hacer preguntas para las que no tenía ninguna respuesta. Todos conocían la difícil situación que atravesaba el militar. Los técnicos del Departamento de Estado habían descubierto que, en una de sus vidas pasadas, Pablo Ramírez Escobar había sido un asesino a sueldo; también habían conseguido rastrear un componente de su estructura psíquica hasta identificarlo con una mujer que había exigido a gritos la Crucifixión. La Iglesia, políticamente muy poderosa, vetaba secretamente ese tipo de nexos escandalosos, y las instrucciones del gobierno eran claras al respecto: «Solo almas nuevas o de probada pureza pueden alcanzar los puestos de poder».

Ramírez era una especie en extinción, desesperado por justificar su existencia en una sección perdida en el fondo del escalafón militar mexicano. Lo que menos necesitaba eran problemas. Había medrado en la carrera castrense sin apoyos, con mucho esfuerzo y grandes sacrificios. Sumiso hasta la humillación con sus superiores, soñaba con las balas que en el fondo de su alma reservaba para cada uno de ellos, como el veneno de una araña acurrucada en un rincón, esperando su momento.

—Si no tengo el informe en cinco minutos, voy a empezar a cortar cabezas —gruñó.

—Aún no está completo, señor... La zona se muestra muy inestable y las comunicaciones se cortan con facilidad. Pe..., pero podría leer el boletín preliminar, señor —dijo nerviosamente un operario.

Ramírez hizo un gesto casi imperceptible y el subalterno comenzó a leer.

—El grupo III, compuesto por dos sargentos, una médium, dos niños y tres perros implantados, informa que pasadas las cuatro de la madrugada hizo contacto con la fuente de las anomalías. En las coordenadas adjuntas encontraron un fenómeno... inesperado.

El subalterno se detuvo y miró a Ramírez.

—Hallaron algo que definieron como un «traspuesto», señor. Una malformación difícil de explicar. Un hombre agónico con su alma desplazada. Su existencia se encuentra traslapada entre su propio cuerpo, un cactus, una roca y una rata. El resto trataba de «aferrarse desesperadamente a la realidad, pero era succionado a jirones por la noche», dice textualmente. Los perros se pusieron histéricos y lo atacaron con furia. Los sargentos tuvieron que matarlos. Los niños no han vuelto a controlar sus esfínteres desde entonces, y la médium... Bueno, ella murió al cabo de unos minutos. Un equipo trabaja a toda velocidad para determinar el paradero de su personalidad original: ella manejaba información clasificada, y establecer la identidad de su siguiente encarnación es un asunto prioritario.

Ramírez mantuvo la vista en el suelo. La situación era un completo desastre. Sin embargo, no hay nada mejor que una crisis para escalar posiciones.

—¿Alguna información sobre la procedencia de esta anomalía? —preguntó distraídamente.

—No, señor. Excepto una marca en el tobillo izquierdo del sujeto, una inscripción donde se lee Test probe N° 21, señor.

Ramírez se mordió el labio inferior. «Tecnología desconocida. Pruebas extranjeras en suelo mexicano. Una grave amenaza se cierne sobre la patria», pensó.

—Perfecto —murmuró, y no pudo esconder el esbozo de una sonrisa.

Ella.

Ella crucificada y toda la humanidad naciendo violentamente entre sus piernas, como una multitud que busca comida. El parto sangriento de toda una especie. Ella como mater dolorosa de miles de cristos arrojados al polvo, aullando, envueltos en placenta, amarrados de pies y manos, sanguinolentos después de atravesar la matriz erizada de púas de la reina de la colmena.

Ella clavada a los meridianos y auscultada desde el interior por insectos electrónicos.

—¡Ayúdenme! —gritó Mariana al abrir los ojos.

Sudaba copiosamente. Siempre era lo mismo, soñar horrores y despertar asustada. Temblando, aferrada a unas imágenes horribles que retrocedían con demasiada lentitud al regresar a la realidad, a su infierno personal. La muerte diaria, cocinada en el óxido de la droga. Siempre cansada de constatar que seguía viva, que nuevamente tendría que luchar para levantar sus miembros hinchados, su cuerpo adolorido, avinagrado, impregnado de la hediondez de la resurrección.

Pero esta vez era distinto. Para su sorpresa, no despertó en su horrible cuartucho de las afueras de Puebla, esa celda de tres por dos, contigua a otras de igual tamaño, habitadas por despojos humanos tan patéticos como ella misma, y administradas por un matón que cobraba dos monedas por día a estos animales que noche a noche llegaban arrastrándose hasta su puerta. Celdas llenas de cucarachas y pulgas, hediondas a excrementos porque casi todos sus habitantes eran adictos al maíz, droga que relaja los esfínteres y los deja sin fuerzas para limpiar la inmundicia. Pero esta vez era distinto. Mariana se encontró en una pulcra cabina de sueño, de esas que había instaladas bajo las aceras en el centro de Ciudad de México. No se había orinado y estaba recién bañada. Miró en torno los blancos cojinetes de espuma, las gavetas llenas de objetos aromáticos. Sonrió, entre feliz y sorprendida. Entonces comenzó a recordar.

Estaba en un callejón, vigilando al tipo que le habían encargado liquidar. Era un traficante de maíz que se había entrometido en el territorio del Guajolote, un mafioso sin piernas que controlaba su imperio desde una pequeña bañera llena de agua de mar. El Guajolote había pedido que fuera Mariana la que se encargara del entrometido. No podía dar una mala señal a su competencia, y la chilena era famosa por su crueldad en el arte de matar. Sería una buena advertencia para todos.

Llevaba dos días siguiéndole los pasos al traficante y había decidido que ésa sería la noche del sacrificio. Los efectos de las anfetaminas comenzaban a agudizar los ángulos de su visión de gato. Sentía la adrenalina subiendo a medida que el traficante se acercaba al callejón; un animal agazapado, erizado de garras metálicas, esperando ansioso abrirle las carnes a su presa. Mariana tenía las manos crispadas sobre sus cuchillos, lista. De pronto, sintió un dolor agudo en el cuello e instintivamente se llevó la mano a la garganta. Recogió una aguja; un mareo la invadió y al minuto siguiente observaba, a tres metros de altura, lo que ocurría con su cuerpo abajo en el callejón. Había sido dividida. Químicamente dividida.

Tres furgones militares sin marcas llegaron raudos al lugar. El equipo de enfermeros que descendió de ellos la desnudó y la sacó rápidamente de allí, casi sin hacer ruido. A partir de ese momento, su memoria se desgajaba en retazos nebulosos e inconexos: un hombre bajo, de rasgos náhuatl, muy agresivo. Algo sobre un traspuesto; un encargo, el gobierno muy preocupado, amenazas... muchas amenazas; ella vomitando, un golpe seco en la cara, un grito que le partió la cabeza. Pero sobre todo, la luz. Había demasiada.

Intentó recordar algo más, pero le resultó imposible. Miró a su alrededor buscando la puerta de la cabina. Se palpó los costados y descubrió que le habían quitado sus cuchillos. Abrió las gavetas buscando algo que pudiera usar como arma, pero solo encontró cremas y polvos cosméticos. Se sentó con las piernas cruzadas, intentando pensar; se sacudió la cabellera negra, cortada a tijeretazos, como queriendo limpiarla de estática. Luego suspiró y se decidió a salir.

Abandonó la cabina con precaución mecánica. Llevaba años tanteando el suelo y oliendo el aire de la jungla urbana, siempre cazadora y siempre presa. Aunque esta vez se sentía algo más tranquila: sabía que si la hubieran querido juzgar ya estaría tras los barrotes de la cárcel de Oaxaca, y si la hubieran querido matar ya sería polvo disperso en algún suburbio de esa enorme costra metálica, ingobernable y llena de laberintos.

Subió con aparente relajo la escalinata que conducía hacia la calle. El sol, suspendido a medio camino de su muerte contra el horizonte de edificios, la encandiló. Reconoció el pasaje Motolinia, a solo unos metros del Zócalo y en pleno centro histórico de Ciudad de México, el corazón de la megápolis que se extendía por kilómetros a la redonda sobre el antiguo lecho de un lago, el Anáhuac de los aborígenes. Ahora no era más que una mala copia hipertrofiada de las grandes ciudades europeas de antaño, un quiste inverosímil en el costado del continente. Mexico City, «la costra», la llamaban con desprecio. Desde el cielo aparecía como una monstruosa ameba metálica engarfiada a la tierra, semejante a un parásito gris que emanara calor y ruido electrónico. Las carreteras que se enterraban en sus costados no cesaban de inyectarle vegetales, trozos de animales, madera y combustibles que la ciudad devoraba y degradaba, generando más y más calor. Era una reina monstruosa y obesa, incapaz de moverse, voraz e insaciable, sudaba y defecaba sin parar.

Entre los racimos de seres humanos que se movían por millones en esa caldera, esa mancha rojo sangre que aparecía en los mapas termales de los satélites, Mariana miraba a su alrededor, mareada por la incesante actividad humana de media tarde en Mexico City. Intentaba comprender lo que le ocurría, pero no podía recordar casi nada.

—Puta la huevá rara —murmuró rascándose la cabeza, solo para descubrir pequeñas marcas de sutura sobre su parietal derecho—. ¿Implantes? —exclamó para sí misma con horror.

«Debes ponerte en camino. La operación comenzará dentro de unos minutos.» La voz imperativa de Ramírez sonó dentro de su cabeza como un cuchillo hundiéndose en su masa encefálica.

—¡¿Quién los autorizó a implantarme, hijos de la chingada?! —gritó la mujer, tomándose la cabeza con ambas manos. El dolor le perforaba el cráneo.

«Tranquilízate. Somos el gobierno de México. Busca nuestras instrucciones entre tus recuerdos recientes...»

—¡Pero si yo no soy nadie! —interrumpió.

No entendía por qué el gobierno podría interesarse en su persona. Las autoridades preferían matar a la gente como ella en espectaculares purgas transmitidas en directo. No era más que una asesina de barrio miserable, el último depredador de la cadena alimenticia. «Mariana la Cortapicos», «la Cuchillo», «la Chilena». Todos desviaban la vista cuando ella cruzaba la calle como un espectro doloroso, con la mirada extraviada, manchada todavía con la sangre y el hedor de su último trabajo.

«Revisen la intensidad de la frecuencia...», oía como a lo lejos. Ramírez hablando con sus técnicos. ¿Pero qué tenía que ver el gobierno con ella? Ella era apenas un animal salvaje que mataba para drogarse, mientras esperaba desaparecer para siempre en una esquina cualquiera de esta Babilonia monstruosa, tejida estrato sobre estrato con fibra óptica, hormigón y huesos humanos. Ella, la cortapicos, la que solo mataba hombres, en un ritual que ya era leyenda, la que lloraba mientras despedazaba a sus presas.

«A unos metros te espera un automóvil blanco, ¿lo ves? Ahí encontrarás todo lo necesario para infiltrarte en tu objetivo. Deberás interceptar ciertas cifras del Banco de México y analizarlas antes de la medianoche.»

La voz le reventaba los globos oculares, y las uniones del cráneo le ardían como cordones de fuego. «No debes fallar. Si lo haces, morirás.» Cada palabra le producía el efecto de un golpe al mentón. Y náuseas. Se sentó en el borde de la acera. No entendía nada.

—Están equivocados. Yo no soy nadie. Me duele tanto... —murmuraba con los ojos apretados y llorosos, confundida por las voces y el dolor de su cerebro inflamado—. ¡Déjenme ir!

«Cálmate. Al parecer hay un problema en tus implantes de comunicaciones. No entres en pánico.»

Mariana se puso bruscamente de pie.

—¡Déjenme en paz! —bramó, e intentó caminar, pero cayó de bruces contra el concreto.

La gente se limitó a esquivar el bulto en su camino; nadie intentó socorrer a una mujer desmayada. Nadie prestó atención tampoco a los vehículos que llegaron y a los soldados que se la llevaron.

Ella. Ella dentro de ella, luchando por no ahogarse en oscuridad líquida. Enredada en sus intestinos, atrapada dentro de su cráneo. Cuarenta Marianas amarradas dentro de un saco que cuelga de su propia columna vertebral.

Despertó, muy confundida, dentro de un vehículo de seguridad. Miró a su alrededor y solo vio el interior de la cabina blanca que vibraba y se mecía mientras avanzaban hacia un destino desconocido. Se sentía mucho mejor. Es decir, se sentía bien, demasiado bien tratándose de una yanqui de treinta y seis años que acababa de desmayarse de dolor.

—Espero que hayas notado el cambio —dijo Ramírez, hablando desde el interior del cráneo de Mariana.

—¿A qué te refieres? —respondió con el pensamiento, sin articular palabra.

—¡Aprendes rápido, chamaca! Qué bien —bromeó el militar—. Tuvimos que ajustar un par de cosas en tu cabeza. Disculpa si no puedes recordar tu vida entre los veinte y los veintidós años, pero debimos eliminar experiencias incompatibles con el software de comunicaciones. Tampoco recordarás lo que significa la palabra «semilla», ni la sensación de tocar la corteza de un tronco de pino, pero no creo que te importe demasiado.

Mariana se sentía bien. La lenta caída en el pozo de la droga termina por hacerte olvidar el significado de estar bien, física y mentalmente. Al final te has vuelto un organismo semiinconsciente, acosado por el frío y la necesidad, con la vista nublada y todos los sentidos expuestos a la paranoia y orientados al único objetivo reconocible entre tanta estática: conseguir más.

«Quizás me limpiaron de la adicción », pensó. «Quizás me inyectaron alegría química.»

—Oye, Ramírez. Creo que cometieron un error. Yo no sé nada de infiltraciones ni de espionaje; creo que...

—Silencio —la interrumpió el militar—. Lo que tú creas no importa.

—Ándate a la mierda. No tengo ninguna intención de trabajar para el gobierno, cabrón. Ahora mismo...

No pudo terminar la frase: acababa de ser violentamente inundada con vértigo sintético. Las paredes se alejaron y todo comenzó a dar vueltas. Sintió pánico, frío, y un sonido agudo que se clavó de lado a lado entre sus oídos; las venas le estallaban, y vomitó en el piso como un animal enfermo.

—Vas a trabajar para nosotros, te guste o no —sentenció Ramírez en tono sombrío—. Además, no es necesario que seas experta en nada; tienes la cabeza llena de chips receptores, capaces de alojar decenas de espíritus de colaboradores muertos: médicos, asesinos, ingenieros, lo que necesitemos. Tenemos oficinas en el Más Allá, querida. Nuestros contactados reclutan espíritus gustosos de cooperar a cambio de volver a sentir el mundo, aunque sea a través de una marioneta como tú. No te preocupes, ellos harán el trabajo por ti.

El automóvil zumbaba, meciendo su estructura y los órganos de la mujer que, acurrucada junto a la portezuela, luchaba por fijar la mirada en un punto cualquiera y así recuperar la estabilidad.

—El grupo que escogimos para acompañarte es particularmente eficiente. Si tu cooperación nos satisface, serás liberada y exorcizada por especialistas, y tu cuenta corriente experimentará un repentino abultamiento. Con papeles nuevos y ese dinero podrás comenzar una nueva vida en cualquier parte del mundo. Excepto en México, por supuesto.

—Esto de la vida no es para mí —murmuró Mariana mientras se limpiaba la boca y recuperaba la calma—. Dios se equivocó al mandarme aquí. Quizás soy un ángel que quería vivir experiencias fuertes... —sonrió con dificultad.

—Si no nos ayudas —continuó Ramírez, siempre sombrío—, será peor que morir, te lo aseguro. Terminarás tus días como una esclava sexual de algún suburbio inmundo de Colombia —Mariana palideció—. Mutilada, sin brazos, sin piernas, incapaz de moverte. Violada ocho a diez veces al día por vagabundos y drogadictos durante seis, o tal vez cuatro años si estás con suerte.

Ramírez sabía que había tocado un punto sensible. La mujer estaba paralizada.

—Te venderemos como a una perra, igual que a tu madre.

Algo brotó frío y áspero desde el corazón de ella, una punzada que recorrió toda su piel.

—Si nos ayudas, tendrás una vida de verdad. Sabemos que quieres salir de la inmundicia. Además, tendrías el agradecimiento eterno del pueblo de México y de todo el mundo libre —concluyó, sarcástico, el militar.

Mariana miró hacia la oscuridad por la única ventana del compartimiento trasero del vehículo. Afuera no se veía nada, no había nada. Apretó las mandíbulas e intentó controlar su angustia.

—Díganme qué tengo que hacer.

Pocos minutos más tarde, mientras los técnicos le transmitían las instrucciones en código mnemónico bajo el umbral de la conciencia, Mariana se perdió en un recuerdo, en el fondo de un reflejo que emanaba de la moldura cromada del vehículo. Ejercitaba el viejo juego de diluirse en un detalle de la pared para mitigar el dolor, aquel mandala que invocaba para huir de su cuerpo cuando ella era niña y su padre no era su padre. Puertas que atravesaba para encerrarse en la penosa fortaleza donde se congelaba de soledad: el ruido de un carro, los destellos de los postes de alumbrado pasando por la ventana como la gráfica cardiovascular de un muerto. Su corazón abandonado en un rincón, la mirada perdida y el zumbido de la información colándose en su memoria.

Miguel Alvarado era el joven representante del pueblo por el estado de Yucatán, y celoso supervisor gubernamental de la operación que se llevaba a cabo. Él y Ramírez se entendían a la perfección. Ambos se hallaban en las gradas intermedias de la escala de poder, y se ayudaban mutuamente con entusiasmo mientras llegaba el momento de clavarle al otro un puñal en la espalda.

Alvarado estaba cómodamente sentado en el sillón de Ramírez al comenzar el despliegue de los monitores que seguían los movimientos de Mariana. Su impecable imagen combinaba a la perfección con su estudiada forma de aposentarse: la pierna cruzada sobre la rodilla comunicaba distensión y relajo; el cuerpo recostado sobre el respaldo del sillón, seguridad, y la cabeza erguida y el mentón retraído, dignidad. Su presencia oficializaba la puesta en marcha de la operación, y Alvarado estaba decidido a no perder esta oportunidad de hacer sentir su poder.

—Y dime, Ramírez, ¿cómo va el entrenamiento de Mariana? —inquirió, con un tono por sobre el volumen habitual de una conversación.

Todas las cabezas giraron en su dirección.

—No muy bien —gruñó Ramírez, incómodo. Ese tipo de manipulación sicológica lo sacaba de quicio. Lo suyo no eran las sutilezas comunicacionales sino el grito o el comentario lacónico; la política y sus rincones lo descolocaban—. Ya hemos perdido tres días ajustando el equipo. Su mente es todo un caso: aún no entiendo por qué la escogieron a ella.

—Eso no importa —dijo Alvarado, sin molestarse en mirarlo—. Quiero saber qué le dijiste sobre nuestro problema. —Ramírez miró de reojo a sus subalternos. Era una pregunta humillante: todos estaban al tanto de la información transmitida a Mariana, y hacer que él la repitiera era tratarlo como a un escolar. El militar decidió jugar ese ajedrez y caminó dos pasos hacia la ventana, dándole la espalda a su contendiente con estudiada indiferencia. Sabía que su gente lo miraba y no quería perder autoridad.

—Ella sabe lo que el gobierno decidió que debía saber —dijo con voz fuerte, insistiendo en la palabra «gobierno» para recordarle que los dos reportaban al mismo jefe—. Pero, por si no lo tienes claro, te lo voy a repetir. Ella sabe que descubrimos a un sujeto de prueba en el desierto, sometido a un tipo de experimento que desconocemos. Sabe que se trata de una tecnología absolutamente nueva, limpia, muy destructiva, con alcances militares insospechados, lo que por lo tanto constituye una amenaza para la seguridad nacional. Sabe también que el traspuesto liberó egos de vidas pasadas y se contaminó con esencias insostenibles, como recordar haber sido una roca y tener que acoger esa reminiscencia infinita. Traer a la memoria el haber estado enterrado dieciocho millones de años a quinientos kilómetros de profundidad no es algo que la mente humana pueda resistir sin daño.

»También se le informó que la internación de esa tecnología se realizó a espaldas del gobierno, y que nuestra misión consiste en infiltrarnos en el Banco de México para seguir la única pista que tenemos: unos movimientos bancarios inusuales referidos a la importación de aparatos médicos en las fechas en que se desataron los hechos de Sonora.»

Alvarado miró de reojo a los técnicos que terminaban de conectar los racimos de aparatos que controlarían la evolución del operativo.

—¿Ella sospecha algo acerca de por qué la escogimos?

—No —recalcó Ramírez con energía—. Y, a decir verdad, yo tampoco. No me explico por qué se decidieron por ese espantapájaros drogadicto para una operación tan relevante. Si me hubieran preguntado...

—Pero nadie lo hizo —interrumpió el político con suavidad—. El gobierno considera este operativo como estratégico. No pensarás que iban a dejar las decisiones importantes en manos de militares —sonrió—. No lo tomes a mal. Tú me entiendes.

Ramírez no lo entendía, y lo tomaba muy mal. Pero guardó silencio.

—De acuerdo con «mis» planes —dijo Alvarado, marcando sutilmente el posesivo—, Mariana es la mejor elección que podríamos haber hecho.

Ramírez suspiró. Ya tenía 48 años y la fila de culos por lamer se perdía en el horizonte de su carrera, empantanada como un bocado amargo en la garganta. Suspirando, se acercó a los monitores y pidió el perfil digital de Mariana; al verlo, casi se le salieron los ojos. La imagen de la mujer aparecía rodeada de una maraña de vínculos, vasos comunicantes, infecciones digitales y seguimientos policiales; todo un karma electrónico muy ruidoso. Ramírez sintió que entraba en pánico.

—¿Quieres decirme que esto es tu mejor elección? —vociferó, perdiendo la compostura por primera vez—. ¿Medio México la busca y tú la usas como espía?

A Alvarado no se le movió un músculo.

—¡Esa mujer, ese esperpento —continuó Ramírez—, deja un rastro tan notorio como un animal sangrando en la nieve! Debemos abortar la operación de inmediato. Voy a dar instrucciones para traspasar la responsabilidad a una unidad de confianza...

—¡Basta! —cortó el político—. ¿Es que no entiendes nada? Mariana es solo una carnada, un trozo de carne para atraer a los tiburones. ¿O tú crees que íbamos a enviar personal clasificado a realizar la infiltración? —Alvarado sonrió, sarcástico—. El Banco de México es una empresa privada, ¡por Dios! Si descubren a un agente oficial infiltrándose en sus instalaciones, el escándalo sería enorme: ¡podría derrocar al gobierno!

Ramírez lo miraba, sintiéndose estúpido.

—Ella será la vara con que probaremos el alto voltaje de sus cercas. Ella es un mensaje que sin duda leerá quien corresponda: los estamos vigilando, sabemos lo que están haciendo.

—Pero la destruirán...

—No te preocupes; leerán el mensaje y eso es todo lo que nos interesa por el momento. Ella no es una agente del Estado; no podrán sacarle nada importante de sus neuronas, excepto lo que nosotros queramos que sepan, por supuesto.

Ramírez estaba furioso. Había sido humillado sin misericordia en presencia de sus subalternos. Gritó un par de órdenes a los técnicos y salió de la sala con la cólera a flor de piel. Alvarado lo vio retirarse con una sonrisa.

—Indígena con charreteras...

2

Crónica verdadera de cómo la mujer entra en la caverna del dragón Mésico y del momento en que éste se despierta y la devora sin preguntar

Las redes de comunicaciones se habían convertido en carreteras blindadas por donde la información viajaba segura, encapsulada en encriptados imposibles. La única posibilidad de robar información era recurriendo al viejo sistema de forzar la cerradura y entrar como un ladrón agazapado, evadiendo los sistemas de seguridad y huyendo antes de que sonaran las alarmas y las mandíbulas de acero se cerraran sobre la carne del intruso.

Mariana llevaba ocho horas colgando de un garfio y respirando por una mascarilla dentro de un ducto de evacuación de desechos orgánicos. Cada quince minutos el edificio del Banco de México orinaba a través del ducto y Mariana podía avanzar unos centímetros sin ser detectada. El esfuerzo de marchar contra la corriente de desechos era enorme y los brazos le dolían. «¿Qué mierda estoy haciendo aquí?», se preguntaba una y otra vez mientras permanecía colgada, como una pupa, de las paredes interiores de la uretra del edificio.

Al cabo de catorce horas había logrado por fin penetrar el casco del complejo, a la altura del piso cuarenta bajo tierra.

Desde allí solo le tomó una hora llegar hasta el centro de la estructura tubular que albergaba la médula espinal de la construcción. La médula, de ocho metros de diámetro, se extendía por toda la edificación conectando los pisos y coordinando todas las funciones biológicas y administrativas de la empresa. Era el sistema neurovegetativo de una nueva generación de edificios vivos, monstruosas neuronas de exoesqueleto metálico llamadas colmenas.

Para abrir con comodidad su traje elástico de seguridad, Mariana enganchó el seguro de su cinturón a ...